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Capítulo 2 de Pachi: La Denuncia que Salió Mal

Pachi se despertó al día siguiente en su departamento, con el cuerpo adolorido como si la hubieran molido a palos. El sol entraba por la ventana rota de persianas, iluminando los moretones en sus tetas firmes, el semen seco pegado a su piel blanca y los tatuajes salpicados de marcas rojas.
Su zorra rapada ardía, su culo igual, y su garganta estaba ronca de tanto gritar y chupar a la fuerza. Se miró en el espejo: ojos oscuros hinchados, labios carnosos partidos, pelo castaño claro revuelto como nunca. "Hijos de puta", murmuró, pero debajo de la rabia, ese fuego oscuro ardía. No, no lo iba a admitir.
Era feminista, joder. Iba a denunciar.Se duchó rápido, tratando de borrar el olor a humo, coca y semen, pero los recuerdos seguían ahí. Se puso una polera holgada que igual marcaba sus pezones erectos —siempre parados, como si su cuerpo la traicionara— y unos pantalones sueltos que no ocultaban su culo redondo.
Tomó el metro hacia la comisaría más cercana, repitiendo en su mente el relato: el asado, los cinco cabrones, la violación grupal. "Me van a creer", se dijo. "Soy una mujer, carajo. El sistema tiene que funcionar para nosotras".Llegó a la comisaría a media mañana. El lugar olía a café rancio y papeleo.
Detrás del mostrador, un oficial gordo y bigotudo la miró de arriba abajo, deteniéndose en el tatuaje que asomaba por el escote mínimo de su polera.
—Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó con una sonrisa falsa.
Pachi tragó saliva, su voz temblorosa pero firme.
—Vengo a denunciar una violación. Anoche en un asado, cinco hombres me atacaron. Me drogaron, me forzaron...
El oficial levantó una ceja, escribiendo lento.
—Ajá. ¿Nombres? ¿Dirección del asado?
Ella dio los detalles que recordaba, pero cuando mencionó la hierba, la coca y el alcohol, el tipo dejó de escribir.
—Espera un segundo. ¿Estabas consumiendo drogas? ¿Alcohol?
—Sí, pero eso no importa. Ellos me violaron, conchetumare.
El oficial se rio por lo bajo y llamó a dos más: un sargento alto y flaco, con cara de rata, y otro más joven, musculoso, con ojos hambrientos. Los tres se la quedaron mirando, cruzados de brazos.
—Mira, guapa —dijo el sargento, acercándose—. Con tatuajes como esos, pelo desordenado y oliendo a fiesta... ¿seguro que no fue consensual? Las feministas como tú a veces confunden las cosas después de una noche loca.
Pachi se enfureció, sus ojos oscuros brillando.
—¿Qué mierda? ¡No fue consensual! ¡Me sujetaron, me penetraron por todos lados! ¡Los voy a demandar a ustedes también si no me toman en serio!
El oficial gordo intercambió miradas con los otros.
—Vamos a "interrogarte" en la sala de atrás. Para verificar detalles.
La agarraron de los brazos, arrastrándola a una habitación pequeña y sucia, con una mesa metálica y sillas. Cerraron la puerta con llave.
Pachi intentó forcejear, pero el joven la empujó contra la pared.
—¡Suéltenme, cerdos! ¡Esto es abuso policial!El sargento se rio, desabrochándose el cinturón.
—Abuso? Tú viniste aquí contando cuentos de zorra drogada. Nadie te va a creer, Pachi. ¿O prefieres que te llamemos puta feminista?
Le arrancaron la polera de un tirón, exponiendo sus tetas grandes y firmes. El tatuaje acuarela en la izquierda parecía una invitación. Sus pezones, siempre erectos, se endurecieron más con el aire frío.
—Mira estas tetas, hueones —dijo el gordo, agarrándolas con manos ásperas, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla gemir de dolor—. Paradas como si pidieran verga. ¿Seguro que no viniste a provocarnos?
Pachi escupió
.—¡Váyanse a la mierda! ¡Los voy a denunciar al ministerio!
El joven, riendo, le bajó los pantalones y la tanga de un jalón, revelando su zorra rapada al cero, ya hinchada de la noche anterior.
—Concha peladita... lista para follar. ¿Ves? Las putas como tú siempre vienen preparadas.La tiraron sobre la mesa boca abajo, el sargento sujetándole las muñecas con esposas frías.
El gordo se posicionó detrás, escupiendo en su verga gorda y clavándosela en el culo sin aviso.
Pachi gritó, arqueando la espalda.
—¡Aaaahhh! ¡Nooo, por favor, no ahí! ¡Me duele, cabrón!
—¿Duele? —gruñó el gordo, embistiendo con fuerza, sus bolas golpeando contra su culo redondo—. Eso es porque eres una perra apretada. Toma, feminista, toma autoridad policial en el ojete.
Mientras tanto, el sargento le metió la picha en la boca, agarrándola del pelo ondulado y tirando fuerte.
—Chupa, zorra. Chupa como la puta que eres. Hablabas de denuncia... ahora traga mi denuncia hasta las bolas.
Pachi intentó morder, pero el joven le dio una cachetada en la cara, haciendo que sus labios carnosos sangraran un poco.
—No muerdas, concha. O te rompo la cara inocente esa que tienes —le dijo, y luego se arrodilló para chuparle la zorra, mordiendo el clítoris con dientes afilados.
Ella gemía ahogada, lágrimas corriendo: mitad dolor, mitad ese placer traicionero que su cuerpo no podía negar.El gordo salió de su culo y se la metió en la concha, follando violento, slap en las nalgas que dejaban marcas rojas.
—Qué concha rica, húmeda ya. ¿Te moja que te violen policías, Pachi? Di que sí, puta.
Ella negó con la cabeza, pero el sargento le sacó la picha de la boca un segundo.
—Di-lo —ordenó, dándole otra cachetada.
—...sí... me moja... duro... —susurró rota, odiándose.
Los tres se rieron. Cambiaron posiciones: el joven ahora en su concha, embistiendo como animal, agarrándola de las tetas y mordiendo los pezones hasta sangrar.
—Tetas perfectas, duras como de veinteañera. Muerde esto, sargento —dijo, y el sargento le pellizcó el otro pezón mientras le follaba la boca de nuevo.
—Garganta profunda, perra. Traga todo —gruñó el sargento, empujando hasta que ella arcadaba.
El gordo se metió en su culo otra vez, doble penetración: concha y culo llenos, estirándola al límite.
—¡Me están partiendo en dos! ¡Para, por Dios! —suplicó Pachi, pero sus caderas se movían involuntarias.
—¿Partiendo? Esto es justicia, zorra —dijo el joven, acelerando—. Nadie cree a putas drogadas. Toma más, feminista.La rotaron por turnos: boca, concha, culo.
A veces dos vergas en la concha a la fuerza, estirándola dolorosamente. Manos en el cuello, asfixiándola hasta que se ponía azul, luego soltando para que gritara.
—Di que retiras la denuncia —ordenó el sargento mientras le llenaba la boca de semen.
Pachi tosió, escupiendo.
—...la retiro... por favor...Pero no pararon.
El joven le eyaculó en las tetas, frotando el semen en sus tatuajes. El gordo en el culo, dejándola goteando.
—Buena chica —dijo el sargento, eyaculando en su cara inocente—. Ahora vete, y no vuelvas con cuentos. O repetimos.
La soltaron, temblando sobre la mesa, cubierta de semen policial. Pachi se vistió como pudo, saliendo cojeando. Su feminismo roto, pero ese deseo oscuro más vivo que nunca. ¿Qué seguía? Quizás venganza... o más.

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