
El rugido del motor acompañaba la soledad de la ruta nocturna. Apenas pasaban autos, y la niebla levantada por la humedad daba a todo un aire fantasmal.
De pronto, en el haz de luz de los faros, apareció una silueta femenina. El camionero frenó de golpe, el chirrido de los frenos mordiendo el asfalto vacío.
Era una mujer, descalza, la piel de sus piernas marcada por el frío. Solo llevaba una remera larga, que caía hasta la mitad de sus muslos, y debajo apenas se adivinaba la fina tela de su ropa interior. Su respiración era agitada, los ojos abiertos con un miedo que parecía devorarla.
—¡Por favor… ayúdeme! —suplicó, temblando—. Me persiguen…
Él no dudó. Abrió la puerta y la subió de un tirón. Apenas alcanzó a cerrar el pestillo cuando ella se desplomó en el asiento, desmayada.

El viaje siguió entre sombras hasta que llegó a un parador de camiones. La acomodó en la litera trasera y fue por café.
Cuando ella despertó, lo primero que vio fue el vaso caliente entre sus manos rudas.
—Tranquila, estás a salvo —dijo él con voz grave.
Ella sorbió el café, todavía con el cuerpo tembloroso. Su mirada se cruzó con la de él: un hombre ancho de hombros, barba de varios días, camiseta ajustada que dejaba ver la dureza de su pecho. Ese tipo de hombre que parecía hecho para proteger… o para devorar.
Su agradecimiento se mezclaba con otra cosa. La vulnerabilidad de la situación, la adrenalina de la huida, el calor que por fin comenzaba a recorrerle las venas… todo la encendía por dentro.
Ella se acomodó en la litera, con las piernas desnudas recogidas, la remera larga cayéndole a medias. Su respiración seguía agitada, pero ya no era de miedo. Lo miraba con una mezcla de alivio y deseo, los labios húmedos, los ojos brillantes.
—Gracias… por ayudarme, camionero —susurró, con voz ronca, acariciando el borde del vaso vacío que había dejado sobre el tablero—. ¿Cómo te llamas?
Él se pasó la mano por la barba, mirándola fijamente.
—Me dicen Ramiro —respondió con esa voz grave que parecía un gruñido suave.
Ella inclinó la cabeza, dejando que un mechón le cayera sobre la cara.
—Yo soy Ashley… —dijo lento, paladeando cada sílaba—. Y déjame… agradecerte como se debe.
Se puso de rodillas en la litera, avanzando hacia él con la tela de la remera deslizándose, dejando ver la ropa interior diminuta que apenas la cubría. La fragancia de su piel tibia lo envolvió cuando se inclinó, rozando sus labios contra los de él.
El beso fue primero suave, pero enseguida se volvió urgente. Ashley lo tomó por la nuca, pegándolo contra su boca mientras su lengua lo invadía. El camionero gruñó bajo, atrapándola de la cintura con una fuerza brutal que la hizo gemir.
Ella se dejó caer sobre su regazo, sintiendo de inmediato el bulto duro y palpitante bajo el pantalón de trabajo. Se frotó contra él, jadeando en su oído.
—Mmm… Ramiro… quiero que me uses aquí mismo… —susurró, deslizándole la mano por el pecho, bajando hacia su cintura—. Quiero ser tuya, camionero.
El aire en la cabina se volvió espeso, caliente. Afuera, el mundo seguía indiferente, pero ahí dentro, en medio de la ruta, empezaba a desatarse un incendio.
Ashley estaba sobre su regazo, moviéndose con suavidad, sintiendo cómo el bulto bajo el pantalón de Ramiro crecía con cada roce. Sus labios se devoraban con un hambre que parecía venir de mucho más atrás que ese encuentro en la ruta.
El camionero gruñó, atrapando su cintura estrecha con ambas manos, apretándola contra él. Su boca bajó hacia el cuello de ella, besando, mordiendo, dejando marcas que la hicieron gemir bajito.
—Dios… estás ardiendo… —susurró él, con la respiración pesada.
Ashley levantó la remera lentamente, dejando que la tela subiera hasta descubrir sus tetas desnudas, los pezones endurecidos por la excitación. Ella misma guió la mano áspera de Ramiro hasta su pecho, jadeando cuando él le apretó las tetas con rudeza, cuando su lengua atrapó un pezón y lo succionó con un sonido húmedo que la hizo arquear la espalda.
—Ahhh… sí, así… —gimió, enredando los dedos en su cabello.
Las manos del camionero bajaron con fuerza, recorriendo sus caderas hasta colarse bajo la tela de la tanga diminuta. Sus dedos gruesos encontraron la humedad de su vagina y Ashley soltó un gemido desesperado al sentir cómo la acariciaba, cómo abría con firmeza su carne sensible y jugaba con ella hasta dejarla temblando.
—Estás empapada… —murmuró él con voz ronca.
Ella lo miró a los ojos, mordiendo su labio inferior, y se inclinó para desabrocharle el cinturón. Bajó el cierre del pantalón y liberó su pija dura, caliente, gruesa. Se la envolvió con la mano, jadeando por el tamaño, y empezó a acariciarla mientras sus caderas se movían despacio sobre su muslo.
—Quiero sentirte dentro… metémela ahora… —le rogó, con la voz entrecortada.
Ramiro la tomó de la nuca y la besó con furia, levantándola apenas para bajarle la tanga. Ella bajó la cadera y dejó que la punta de su pija le rozara la concha. Un gemido ahogado escapó de su garganta cuando se dejó hundir poco a poco, sintiendo cómo la estiraba, cómo la llenaba centímetro a centímetro hasta que quedó completamente ensartada en él.
—¡Ahhh…! —gritó, echando la cabeza hacia atrás.
El camionero le sujetó las caderas con brutalidad y empezó a embestir desde abajo, golpeando profundo, haciendo que sus tetas rebotaran con cada sacudida. La cabina crujía con el movimiento, los vidrios se empañaban, y los gemidos de Ashley se mezclaban con los gruñidos graves de Ramiro.
—Más… ¡más fuerte! —suplicaba ella, clavando las uñas en sus hombros.
Él obedeció, bombeando su concha con una fuerza animal, llevándola al borde del descontrol. Sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo, sus respiraciones se entrecortaban, y el aroma del sexo llenaba el espacio cerrado.
Ashley se aferró a su cuello, temblando, sintiendo que se venía abajo con cada embestida. Su clítoris rozaba contra el vello áspero de él, y el orgasmo la golpeó con una violencia eléctrica.
—¡Ramirooooo! —gritó, estremeciéndose, con las piernas temblando alrededor de su cintura.
El camionero la sostuvo con más fuerza, rugiendo en su oído mientras se dejaba llevar, descargando dentro de ella con un gemido grave. Sus cuerpos quedaron pegados, sudorosos, jadeando en la penumbra.
Ella se dejó caer contra su pecho, aún temblando, con una sonrisa exhausta en los labios.
—Así… sí que se agradece, camionero… —susurró, antes de besarlo otra vez, lenta y suavemente.

La cabina olía a sexo y sudor. Los vidrios seguían empañados, y el cuerpo de Ashley descansaba desnudo sobre el pecho de Ramiro, con su cabello húmedo pegado a la piel de él.
Él, aún jadeante, la sostuvo fuerte entre sus brazos, acariciándole la espalda con una mano enorme. Su voz grave rompió el silencio:
—Ashley… —murmuró en su oído—. Dime la verdad… ¿de qué estabas huyendo?
Ella tragó saliva, con los ojos cerrados, como si el recuerdo la quemara más que el cuerpo que acababan de compartir. Se incorporó apenas, quedando sentada sobre su abdomen, el sudor perlándole las tetas, y lo miró con los ojos vidriosos.
—Ramiro… yo soy escort —confesó con un hilo de voz.
Él arqueó una ceja, pero no dijo nada, solo esperó.
Ashley respiró hondo, temblando.
—Estaba con un cliente, en un hotel de cerca de la ruta… lo cabalgaba, estaba encima de él… cuando de repente la puerta se abrió de un golpe. Eran tres hombres armados. —Su voz se quebró—. Le gritaban que les debía dinero. Lo golpearon, lo tiraron al piso… yo intenté cubrirme, pero en el caos solo pude agarrar la remera y la tanga.
Se abrazó las piernas, temblando, y continuó:
—Cuando intenté salir, escuché disparos… y uno de ellos gritó: “¡Atrápenla! ¡Esa puta lo vio todo!”. Fue entonces cuando corrí, descalza, sin rumbo… hasta que tus luces me iluminaron en la ruta.
El silencio llenó la cabina. Afuera, el viento nocturno azotaba las chapas del parador, pero dentro todo era estático, cargado de peligro.
Ramiro la miró fijo, con la mandíbula apretada.
—Entonces esos tipos todavía pueden estar buscándote… —dijo con voz baja, casi un gruñido.
Ashley asintió despacio, con lágrimas en los ojos.
—Si me encuentran… estoy muerta.
El camionero la sostuvo de la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Tranquila, nena. —Su tono era firme, protector—. Mientras estés conmigo, no van a tocarte.
Ella se hundió en su pecho otra vez, desnuda, buscando refugio en su calor. Pero la mente de Ramiro ya estaba en otra parte: la ruta era larga, y él sabía que esos hombres no se detendrían hasta cazarla.
Ramiro la abrazó un momento más, sintiendo cómo su cuerpo seguía temblando sobre el suyo.
—Ashley… debemos contarle a la policía —dijo con firmeza, acariciándole la espalda—. Esto no puede quedar así.
Ella asintió, aunque el miedo seguía dibujando líneas de tensión en su rostro. Subieron al camión y arrancaron, el motor rugiendo mientras avanzaban por la ruta solitaria. La noche parecía tragarlos a cada kilómetro, y la sensación de peligro era palpable.
Decidieron detenerse en la primera estación de servicio para cargar combustible. Ashley estaba al borde de la desesperación, mirando los alrededores con ojos temblorosos. Fue entonces que los vio.
Tres hombres bajaron de un auto negro, rápido, con una mirada que la hizo palidecer al instante. Su corazón se aceleró y, sin pensar, se escondió detrás del asiento, dejando apenas ver sus ojos entre la cabina y la puerta.
—Oye, camionero… —dijo uno de ellos, acercándose con pasos lentos pero seguros—. Una pregunta… ¿viste a una mujer corriendo por la ruta, semidesnuda?
Ramiro se inclinó ligeramente hacia ellos, cruzando los brazos sobre el volante y manteniendo la voz tranquila, grave:
—¿Yo? —respondió—. Solo vi animales por aquí. Es raro ver a una mujer así por estos lugares…
Los tres hombres lo miraron con desconfianza, midiendo cada palabra, pero finalmente se encogieron de hombros.
—Mmm… raro, raro… —murmuró uno—. Bueno, seguimos buscando.
Subieron de nuevo al auto negro, pero Ashley no podía dejar de temblar. Su respiración era rápida, y se abrazó a sí misma detrás del asiento, con los ojos fijos en la ruta que habían recorrido, esperando que ellos no volvieran.
Ramiro la miró de reojo, la mandíbula apretada.
—No te preocupes… —susurró—. Mientras estés conmigo, nadie te va a tocar.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que el peligro aún estaba muy cerca. La ruta seguía, interminable, y cada sombra podía ser la de los hombres que la habían perseguido…
Ashley se acurrucó más contra él mientras el camión avanzaba lentamente por la ruta solitaria. Su respiración seguía agitada, entre miedo y excitación.
—Ramiro… —susurró, mirándolo con ojos preocupados—. No confío en esos hombres… seguro me esperan más adelante en la ruta. Mejor… nos quedamos en un motel por esta noche, donde me puedas ocultar.
Él asintió sin dudar. Giró el camión hacia una salida lateral y, minutos después, estaban estacionando frente a un motel oscuro y discreto, perfecto para pasar desapercibidos.
Dentro de la habitación, él cerró la puerta, y el silencio solo estaba roto por el leve rugido del motor del camión aún encendido afuera. Ramiro la acomodó en la cama, llevándole algo de comida caliente, mientras ella lo miraba con ojos húmedos y brillantes.
—Gracias… mi héroe —murmuró, mordiendo su labio inferior.
Sin poder resistirse, se inclinó sobre él, le bajo el pantalón, besando su pecho mientras su boca descendía hacia su dura pija , mojándola con la lengua. Ramiro dejó escapar un gruñido grave, sosteniéndola de la cabeza, mientras sentía cómo su calor lo consumía.
Ella se incorporó sobre él, arqueando la espalda, le tomó la pija y lo guió dentro de su concha y lo montó lentamente, disfrutando de cada centímetro, de cada embestida que la hacía gemir en la cama. Sus manos se aferraban a su pecho, a su cuello, mientras lo cabalgaba con intensidad, sin querer soltarlo.
—Sí… así… más rápido… —jadeaba Ashley, con el cuerpo pegado al de él, el calor entre ambos subiendo a niveles insoportables.
Cuando él la tomó con más fuerza, ella lo miró a los ojos y, con un susurro atrevido, le dijo:
—Ramiro…querés meterme la pija en el culo?

Él tragó saliva y, sin apartarse, la inclinó hacia atrás, penetrándola con fuerza, mientras ella se arqueaba, jadeando y gemiendo como nunca. Sus pechos se levantaban con cada embestida, y él no pudo resistirse: la cogió con más fuerza y, en un último impulso salvaje, acabó sobre sus tetas dejándolas cubiertos de su leche.
Ashley gimió, temblando, pegándose a él mientras sentía cómo el miedo y la excitación se mezclaban en un torbellino ardiente.
—Eres… mi héroe… —susurró otra vez, con la voz rota de placer y alivio.
Ramiro la sostuvo contra su pecho, acariciándola, mientras afuera la noche seguía siendo peligrosa, y los perseguidores seguían allí, al acecho… sin imaginar que esa noche ellos no la encontrarían.
La luz del sol apenas entraba por la rendija de la cortina cuando Ashley se despertó, aún pegada al pecho de Ramiro, el sudor de la noche anterior brillando en su piel. Él la abrazaba por detrás, su respiración profunda todavía cargada de deseo.
—Buenos días… —murmuró Ramiro, con la voz grave—. ¿Lista para el desayuno?
Ella lo miró con una sonrisa pícara y se separó un poco, acariciando su brazo:
—Creo que primero necesitamos… una ducha.
Él arqueó una ceja, divertido y tentado al mismo tiempo.
—¿Una ducha juntos, entonces?
Ashley asintió con picardía y se levantó, llevándolo de la mano hacia el baño. El vapor subía rápido, empañando los espejos mientras el agua caliente caía en cascada sobre sus cuerpos.
Primero fue el roce de sus manos, explorando suavemente la piel aún húmeda del otro. Ramiro la sostuvo contra el azulejo, su boca bajando a su cuello, mordiendo y chupando con fuerza mientras sus manos recorrían sus caderas, muslos y tetas.
Ashley jadeaba, dejando que sus dedos se deslizaran por el pecho firme de él, sintiendo la dureza de su pija. Se inclinó hacia adelante, dejando que el agua caliente mojara su cabello y sus pezones, y se lo llevó a la boca, provocando un gruñido profundo de Ramiro.
—Ahh… nena… así… —susurró, con la voz rota por la excitación.
Ella se incorporó, presionando su cuerpo contra el de él, cabalgándolo bajo el agua, deslizando su concha sobre su pija, disfrutando de cada embestida, de cada roce húmedo y caliente. La espuma de jabón resbalaba entre ambos, mezclándose con el sudor y los gemidos.
Ramiro la tomó con fuerza, girándola contra la pared, penetrándola mientras el agua corría sobre sus cuerpos, empapándolos en un ritual de placer interminable. Ella arqueaba la espalda, jadeando y atrapando sus labios en besos húmedos, mientras él la sentía temblar de deseo.
Finalmente, exhaustos, se quedaron abrazados bajo la ducha, dejando que el agua caliente los envolviera, acariciando sus cuerpos y calmando la tensión acumulada.
Cuando salieron, él le ofreció ropa limpia.
—Aquí tienes… —dijo, tendiéndole una remera suelta y una calza cómoda.
Ashley la tomó, y una sonrisa traviesa apareció en sus labios:
—Gracias… esta remera era del cliente… la voy a tirar —dijo, guiñándole un ojo—. Pero la tanga es mía, la voy a lavar.
Se acercó a él, bajando la voz en un susurro húmedo y provocador:
—De hecho… deberíamos ducharnos de nuevo antes de salir.
Ramiro la miró, con la respiración acelerada y la erección que no había desaparecido, y solo pudo asentir, dejando que Ashley lo guiara nuevamente hacia el baño, el agua prometiendo otra ronda de calor y deseo intenso.
Ashley lo miró a los ojos con una sonrisa traviesa mientras cerraba la puerta del baño. El vapor empezó a subir, envolviendo la habitación en un calor denso. Ramiro la siguió, y apenas entraron, ella se lanzó contra él, besando su boca con hambre, lengua contra lengua, dejando que sus cuerpos se presionaran uno contra el otro bajo el agua caliente.
El agua caía sobre sus hombros, pecho y espalda mientras Ashley subía sus manos por su torso, deteniéndose en la dureza de su erección. Con un suspiro húmedo y bajo, se inclinó hacia adelante y se lo llevó a la boca, humedeciéndolo mientras sus dedos masajeaban sus testículos con delicadeza y precisión. Él emitió un gruñido grave, mientras la empujaba más cerca, disfrutando de cada roce y succión.
—Dios… nena… —jadeó Ramiro, sintiendo cómo la excitación de ambos aumentaba—. Así no voy a durar mucho…
Ashley lo miró con ojos brillantes y traviesos, separándose apenas para guiarlo hacia la pared del baño. Él la giró suavemente, presionando su pecho desnudo contra el azulejo y besándole el cuello mientras sus manos recorrían su espalda y caderas.
—Quiero sentirte… dentro otra vez —susurró Ashley, arqueando la espalda, empujando su entrepierna contra la suya.
Ramiro la levantó, apoyándola contra la pared con firmeza, y comenzó a penetrarla lentamente, sintiendo cómo su concha le envolvía la pija mientras el agua corría entre sus cuerpos. Cada embestida era profunda, húmeda, ardiente. Ashley gemía, sus uñas marcando la espalda de Ramiro, mientras su respiración se mezclaba con el sonido del agua y sus gemidos.
Ella lo abrazó con fuerza, cabalgándolo con movimientos largos y sensuales, inclinando su cabeza hacia atrás y dejando que el placer la recorriera en olas. Ramiro la sostenía por las caderas, golpeándola con fuerza bajo el agua, disfrutando de cómo se arqueaba y gritaba su nombre.
—Sí… así… más fuerte… —jadeaba Ashley, sus tetas empapadolas y palpitantes contra su torso—. No pares… por favor…
Él la tomó con más fuerza, penetrándola con brutalidad mientras sentía cómo su cuerpo respondía a cada gemido, a cada movimiento. Ella, excitada al límite, le susurró en el oído:
—Ramiro… quiero que me llenes por completo…
El camionero no tardó. Con un último impulso violento, la llenó dentro de sí, y luego, en un arrebato salvaje, descargó sobre sus tetas, dejándolas calientes y brillantes bajo el agua. Ashley gimió, temblando de placer, abrazándolo mientras sus cuerpos seguían pegados, el vapor y el calor envolviéndolos como un fuego que no se apagaba.
Finalmente, se quedaron abrazados bajo la ducha, jadeantes, humedecidos y satisfechos, mientras la tensión de la noche anterior comenzaba a mezclarse con el deseo consumado, uniendo el miedo, el erotismo y la intimidad de manera intensa y peligrosa.

Ramiro y Ashley salieron del baño entre risas y respiraciones aún agitadas. Se vistieron rápido: él con su ropa de siempre, y ella con la remera limpia y una calza ajustada que él había conseguido para ella. La tanga la lavó, la colgó discretamente en la ducha, y al mirarlo le dijo con una sonrisa pícara:
—Esta me la llevo… no pienso perderla otra vez.
Él negó con la cabeza, sonriendo por primera vez en mucho tiempo. Pero su instinto seguía alerta: esa calma era demasiado frágil.
Cuando subieron al camión, el sol apenas asomaba entre la bruma de la mañana. La ruta parecía tranquila, aunque Ramiro tenía los músculos tensos, los ojos fijos en los retrovisores.
—Ashley —dijo con voz grave mientras avanzaban—. No te confíes. Esos hombres no se rinden fácil.
Ella se acomodó a su lado, jugando nerviosa con sus dedos, hasta que lo vio: un auto negro estacionado a un costado de la ruta, motor encendido. Su corazón se aceleró al instante.
—Ramiro… es el mismo coche… —susurró, con el pánico reflejado en los ojos.
El camionero apretó la mandíbula y aceleró, el rugido del motor llenando la carretera. El auto negro se incorporó detrás de ellos, manteniendo la distancia primero… y luego acercándose con velocidad.
—Agárrate fuerte —dijo él, pisando el acelerador.
El camión temblaba por la fuerza, los neumáticos mordiendo el asfalto. Ashley se agarró del tablero, el miedo recorriéndole el cuerpo como un rayo.
—¡Nos siguen! —gritó.
Los hombres del auto negro se emparejaron por el lado izquierdo, bajando la ventanilla. Uno de ellos asomó el brazo con lo que parecía ser un arma.
Ramiro maniobró con fuerza, cerrándoles el paso con el tráiler, obligándolos a frenar de golpe. El camión rugió, adelantándose, mientras Ashley gritaba, temblando y pegándose a él.
—Tranquila, nena —gruñó Ramiro, con los ojos clavados en el retrovisor—. Conmigo no te van a tocar.
El auto volvió a acercarse, esta vez por el lado derecho. Ramiro giró bruscamente, obligándolos a desviarse hacia la banquina. Polvo y piedras volaron en todas direcciones.
Ashley lo miraba con los ojos abiertos de par en par, su respiración desbocada, entre miedo y adrenalina. A pesar del peligro, sentía esa misma electricidad en el cuerpo que la noche anterior: Ramiro no era solo un camionero… era un animal protector, un hombre que ponía su vida para salvarla, y esa mezcla de terror y deseo la encendía.
—Ramiro… —susurró, con voz rota, apoyándose contra él incluso mientras el camión seguía esquivando la amenaza—. Eres mi héroe…
El auto negro quedó atrás por un momento, pero ambos sabían que aquello solo era el comienzo.
El camión avanzaba a toda velocidad por la ruta desierta, mientras el auto negro volvía a ponerse a la par. Esta vez, sin esconderse, el hombre del asiento trasero sacó un arma y comenzó a disparar.
El estruendo de las balas golpeó el costado del tráiler, chispas saltaron del metal y Ashley gritó, cubriéndose la cabeza y pegándose contra el pecho de Ramiro.
—¡Agáchate! —rugió él, maniobrando con violencia para sacarlos de la línea de fuego.
El camión se bamboleó, pero Ramiro mantuvo el control, cerrándoles el paso con el tráiler como un muro de acero. El auto tuvo que frenar y volver a intentarlo por detrás, acelerando de nuevo.
Ashley, temblando, levantó la vista lo suficiente para verlos. Su respiración estaba agitada, sus labios secos, pero en sus ojos brillaba esa mezcla de pánico y adrenalina.
—¡No puedo más, nos van a matar! —sollozó.
Ramiro le apretó el muslo con fuerza, sin apartar la vista de la carretera.
—Confía en mí, nena. No voy a dejar que te toquen.
El auto volvió a disparar, una bala atravesó el espejo retrovisor, haciéndolo estallar en mil pedazos. Ramiro soltó un gruñido, girando el volante con violencia. El camión se abalanzó hacia un costado, rozando al vehículo enemigo y obligándolo a morder la banquina.
En ese instante, a lo lejos, luces rojas y azules comenzaron a brillar en la neblina matinal. Una patrulla de la policía estaba estacionada más adelante, controlando la ruta.
El auto negro intentó retroceder, pero ya era tarde: la sirena de la patrulla rugió, cerrándoles el paso. Los agentes bajaron con armas en mano, interceptándolos. El camión de Ramiro se detuvo más adelante, los frenos chirriando con fuerza.
Ashley se quedó unos segundos inmóvil, todavía aferrada a él. Sus ojos húmedos lo miraron con devoción, su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas.
—Se acabó… —susurró, como si no pudiera creerlo.
Los policías detuvieron a los tres hombres, comprobando luego que formaban parte de un cártel mafioso que había estado extorsionando y cazando deudores. Ashley, con la voz temblorosa, les contó todo lo que había visto: el cliente, el ataque, los disparos… y cómo había escapado casi desnuda para salvar su vida.
Después de la declaración, cuando por fin quedaron solos junto al camión, ella lo miró. Sus ojos brillaban de gratitud, de alivio y de esa pasión que no podía ocultar.
Se lanzó hacia él, rodeándole el cuello con sus brazos, y lo besó con fuerza, casi con desesperación.
—Gracias… —murmuró contra sus labios—. Gracias por salvarme, camionero… gracias, mi héroe.
Ramiro la sostuvo fuerte contra su pecho, su mano firme en la cintura de ella, mientras el eco de la sirena quedaba atrás.
Ramiro miró a Ashley, que ahora respiraba más tranquila, con la serenidad que antes no podía permitirse.
—Creo que ahora estarás más tranquila —dijo él, con esa voz grave que tanto la reconfortaba.
Ella sonrió, acariciándole el brazo fuerte y curtido.
—Sí… gracias a ti. —Lo miró fijo a los ojos, con esa chispa traviesa que nunca desaparecía—. ¿Y qué harás ahora, camionero?
Ramiro se encogió de hombros.
—Pues… terminar el trabajo. Aún debo entregar mi carga.
Ashley rió suave, acercándose hasta rozar su boca con la de él.
—¿Quieres compañía por el camino?
Él le sostuvo la barbilla, besándola con firmeza.
—Claro que sí.
Arrancaron de nuevo, pero apenas unos kilómetros después Ramiro redujo la marcha. El paisaje se abría en un descampado, el sol bañando los pastizales. Detuvo el camión al costado de la ruta, bajó con Ashley de la mano y, desde la bodega, sacó una manta. La tendió sobre la hierba fresca.
Ella lo miraba, mordiéndose el labio inferior.
—¿Aquí? —preguntó en un susurro excitado.
—Aquí —respondió él, sacandole la remera lentamente.
Ashley se dejó desnudar, el viento acariciándole la piel mientras Ramiro se tumbaba sobre la manta y la guiaba con la mano hacia su pija dura. Ella lo tomó con decisión, lo acarició, y pronto lo tuvo en su boca, devorándolo con hambre, mirándolo hacia arriba con los labios húmedos.
—Mi héroe… —murmuró antes de volver a mamarlo.

Ramiro gruñó, sujetándole el cabello, hasta que no aguantó más y la volteó suavemente sobre él, metiendole la pija en la concha. Ella lo cabalgó, gimiendo con cada embestida, su cabello suelto cayendo sobre sus hombros, sus tetas rebotando al ritmo frenético.
—Más fuerte… —jadeó ella, y él la complació, cogiendola luego en cuatro sobre la manta. La penetró con fuerza, el sonido de sus cuerpos mezclándose con el canto lejano de las aves. Ashley, fuera de sí, se arqueó y le ofreció el culo.
—Hazlo… metémela toda.
Ramiro la sostuvo con firmeza, entrando lentamente hasta que ella gritó de placer y dolor mezclados. La embistió con intensidad, hasta que tembló convulsionando con un orgasmo.
Ella, exhausta, se arrodilló después y le chupó la pija, limpiando cada gota de su leche mientras lo miraba con devoción.
Cuando terminaron, rieron juntos, aún jadeantes, y volvieron al camión. Ashley se vistió con una camisa limpia que él le había dado, y se acomodó en el asiento del copiloto.
Ramiro arrancó, el motor rugió, y la ruta volvió a abrirse frente a ellos.
—¿Lista para perderte conmigo? —preguntó él, con media sonrisa.
—Siempre —respondió ella, acariciándole el muslo.
El camión se alejó despacio, perdiéndose en el horizonte, mientras el sol se hundía en la ruta interminable.

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