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Taboo: Padre e hija

Tabú


Pedro Páramo, a sus 54 años, eraun hombre forjado en el fuego de la ambición y el esfuerzo incansable. Morenoclaro de piel curtida por años bajo el sol de las obras, medía 1.75 deestatura, con una figura que aún conservaba fuerza: algo panzón por los años ylas cenas tardías, pero con brazos musculosos y hombros fuertes que hablaban desu pasado de peón y de las rutinas en el mini gym del sótano. Se estabaquedando algo calvo, con el cabello oscuro y corto en las sienes y unacoronilla cada vez más despejada que disimulaba peinándola hacia atrás; aunasí, su presencia imponía respeto, con esa mezcla de rudeza obrera y autoridadde quien había construido un imperio desde cero.
Desde los 16 años había empezadoa trabajar en la construcción, como peón cargando sacos de cemento bajo el solabrasador. Ahorró cada peso, estudió por las noches ingeniería civil yadministración, y a los 25 fundó su propia compañía: Páramo Construcciones,especializada en desarrollos inmobiliarios de lujo. En una década, su negociocreció hasta complejos de apartamentos y centros comerciales, permitiéndole asu familia una vida cómoda: casa espaciosa en barrio exclusivo, autos de gamaalta, vacaciones en la playa.
Pero ahora, a solo once meses delos 55, planeaba vender la empresa a un grupo inversionista internacional poruna suma que le aseguraría un retiro dorado. Pensaba en playas tranquilas, golfmatutino, dejar atrás el estrés. Su vida había sido un torbellino: dolores deespalda, ojeras profundas, decisiones que costaron salud y relaciones.
Con Alicia, su esposa desde hacía30 años, ya no quedaba nada. Se habían casado jóvenes por un amor que se enfrióhasta convertirse en desprecio mutuo. No se toleraban: las conversaciones eranmínimas, cargadas de reproches contenidos; dormían en habitaciones separadashacía más de cinco años. Pedro se había mudado al sótano, que convirtió en surefugio: baño con hidromasaje, dormitorio minimalista con cama king-size, minigym, cocineta para sus batidos de proteínas, avena, bananas, espinacas,suplementos para recuperación muscular, omega-3, colágeno. Todo para combatirel tiempo y sentirse vivo.
Una tarde, en la sala, Pedro lepropuso a Alicia la venta de la compañía. “La mitad y mitad del dinero, limpio.Y el divorcio de una vez. No tiene sentido seguir fingiendo”. Alicia, con lamirada fría, asintió sin dudar. “Acepto. Quiero mi parte y largarme de aquí”.No hubo gritos ni lágrimas; solo un acuerdo seco, como un contrato más.
El cumpleaños 18 de Ethel llegódos meses después, en medio de esa tensión. Ethel, la hija adorada de Pedro,era una belleza delicada y cautivadora: cabello rubio miel en ondas suaveshasta los hombros, ojos oscuros expresivos realzados por delineador sutil,labios carnosos pintados de rojo vibrante que iluminaban su sonrisa tierna. Sufigura curvilínea y femenina, piel clara y suave, busto generoso que destacabaen vestidos como el negro con estampados florales amarillos y rosas, escotefruncido que acentuaba su escote. Era tierna, cariñosa, leal con su padre: lepreparaba café, le masajeaba los hombros, lo escuchaba con atención genuina.Brillante en la escuela de monjas, notas perfectas, clases de piano,voluntariados en la iglesia. Nunca novio conocido; proyectaba inocencia.
Pero esa noche, cuando Pedro yAlicia le contaron del divorcio, Ethel se derrumbó por dentro. Pasó el díatriste, con los ojos vidriosos, fingiendo sonrisas. El pastel fue íntimo: soloellos tres en el comedor, luces bajas, silencio pesado. Alicia se encerrótemprano en su habitación. Pedro, con el corazón apretado, bajó al sótano conuna botella de whisky.
Se sentó en el sofá cama, bebiódirecto del pico. Sus ojos se posaron en un retrato enmarcado sobre la mesita:él, Alicia y Ethel. Ethel en medio, sonriendo con esa dulzura que lo desarmaba.En la foto, su cabello rubio miel caía en ondas perfectas, los ojos oscurosbrillaban con inocencia y misterio, los labios rojos curvados en una sonrisatierna. El vestido floral negro se ceñía a su cuerpo joven y curvilíneo, elescote sutil dejando ver la suavidad de su piel clara y el inicio de su bustogeneroso. Estaba hermosa, radiante, ya toda una mujer.
Pedro no pudo evitar pensarlo:qué afortunado sería el hombre que se casara con ella. La imaginó vestida deblanco, caminando hacia otro, riendo con otro, entregándose a otro. Un nudo decelos y envidia le apretó el pecho. ¿Por qué otro? ¿Por qué no...?
Bebió más. El alcohol soltababarreras. Su mente divagaba: retiro tranquilo, playas, pero no solo. A su lado,esa hermosa diosa de nombre Ethel. La idea se instaló, prohibida, ardiente.Sintió cómo su pene reaccionaba, endureciéndose como hacía años no lo hacía,una erección firme y dolorosa que lo avergonzaba y excitaba al mismo tiempo. Erasu hija, su pequeña, pero también una mujer hecha y derecha, curvas que lollamaban, mirada que lo adoraba.
Rápido, escondió el retrato bajouna almohada cuando oyó pasos suaves en la escalera.
Era Ethel, con el mismo vestidofloral, los ojos hinchados de llorar. “Papá... no puedo dormir. Todo esto deldivorcio... duele tanto”.
Pedro tragó saliva, la voz ronca.“Ven, siéntate conmigo, mi amor”.
Ella se acercó, se sentó a sulado en el sofá cama. Hablaron un rato: del dolor, de lo que vendría, de cómonada sería igual.
“¿Quieres una copa? Solo pararelajarnos un poco”, ofreció él.
Ethel dudó. Nunca había bebido.“Bueno... solo un poquito”.
Sirvió. Hablaron más sueltos:recuerdos felices, anécdotas de cuando era niña, planes vagos de futuro. Elwhisky fluía. Ethel perdió la cuenta de las copas; reía con facilidad, lasmejillas sonrosadas. Pedro, con su aguante de roble, seguía lúcido aunqueebrio, observándola con intensidad.
En un momento, Ethel se recostóen el sofá, apoyando la cabeza en el pecho de su padre. “Gracias por estarsiempre, papá... te quiero tanto”, murmuró, la voz pastosa.
Siguieron platicando bajito:sueños, miedos, caricias inocentes en el cabello. Hasta que Ethel cayócompletamente dormida, el cuerpo relajado contra él, el perfume floralenvolviéndolo, su respiración calmada sobre su camisa.
Pedro la miró dormir, elconflicto ardiendo más fuerte que nunca.
Pedro la miró dormir, su pechosubiendo y bajando con respiración profunda y alcohólica, el cuerpo laxo contrael suyo en el sofá cama. El whisky aún ardía en su garganta, amplificando elpulso en sus venas, en su entrepierna. "Ethel, hija...", murmuróPedro, su voz baja y temblorosa, inclinándose para besarle la frente conternura fingida. "Anda, ve a tu cama a dormir. Es tarde". La sacudiósuavemente por el hombro, esperando una respuesta, pero ella solo emitió unmurmullo incoherente, los ojos cerrados, perdida en el sueño inducido por lascopas que nunca antes había probado. No respondía, su cuerpo pesado como plomo,vulnerable y entregado al sopor.
Con sigilo y cautela, como unladrón en su propia casa, Pedro la acomodó en el sofá cama. La levantó concuidado, sus brazos fuertes envolviéndola, sintiendo el calor de su piel através del vestido floral. La tendió de espaldas, arreglando las almohadas bajosu cabeza rubia miel, y se apartó un paso para contemplarla. Dios, qué belleza.Ethel dormida era una visión de sensualidad inocente: sus labios carnososentreabiertos, pintados de rojo vibrante ahora ligeramente borroneados por elroce del vaso; los ojos oscuros cerrados bajo el delineador sutil, las pestañaslargas proyectando sombras suaves en sus mejillas sonrosadas por el alcohol. Sufigura curvilínea se extendía ante él, el vestido negro con flores amarillas yrosas ceñido a sus caderas, el escote fruncido revelando la curva generosa desu busto, subiendo y bajando con cada respiración. Las piernas ligeramenteentreabiertas, la falda subida un poco por el movimiento, dejando ver la pielclara y suave de sus muslos. Pedro sintió un torrente de deseo prohibido: esaniña suya, ya toda una mujer, irradiaba una sensualidad que lo consumía."Debe haber una forma de hacer que me pertenezcas...", pensó, losojos devorándola con lujuria cruda. "De lograr que seas mi mujer... mía,solo mía, no de algún idiota que no te merezca". Imaginaba sus curvas bajoél, sus gemidos en su oído, su perfume floral mezclado con el sudor del placer.Su pene palpitaba dolorosamente en los pantalones, endurecido por la perversiónde la idea: su propia hija, su sangre, convertida en amante.
Bebió más whisky directo de labotella, el líquido ardiente avivando el fuego en su interior. Se acercó denuevo, moviéndola con delicadeza para medir riesgos: le giró una pierna, letocó el brazo, susurró su nombre. Nada. Ethel no reaccionaba, sumida en unsueño profundo, el alcohol actuando como un sedante en su cuerpo inexperto. Elcorazón de Pedro latía con fuerza, la excitación mezclada con un atisbo deculpa que se disipaba rápido en la niebla del deseo. Con manos temblorosas perodecididas, se arrodilló junto a ella, subiendo lentamente la falda del vestidohasta revelar el tanga blanco, delicado y ceñido a su intimidad. Enganchó losdedos en la tela, bajándolo con morosa lentitud, sintiendo el calor emanando desu piel. El tanga se deslizó por sus muslos suaves, exponiendo su cuquitadepilada, rosada y virgen, los labios hinchados por el sueño o quizás por elroce inconsciente. Pedro jadeó, la lujuria invadiéndolo como una bestia: olía aella, un aroma dulce y almizclado, femenino y puro. Se inclinó, su alientocaliente sobre su sexo, y extendió la lengua para lamerla con perversiónabsoluta.
Primero, un roce suave en loslabios externos, saboreando la salinidad ligera de su piel, el gusto sutil ainocencia y juventud. Ethel emitió un gemido bajo, involuntario, dormida aún,un sonido suave como un suspiro que lo enardeció más. Pedro profundizó,lamiendo el surco húmedo, la lengua plana presionando contra su clítorishinchado, circundándolo con movimientos lentos y lascivos. El sabor eraembriagador: dulce como miel fresca, con un toque ácido que le recordaba afrutas maduras, jugos vaginales que empezaban a fluir por la estimulación.Chupó con avidez, succionando el botoncito sensible, sintiendo cómo su cuerporespondía traidoramente en el sueño –los gemidos de Ethel ahora un poco másfuertes, pero aún bajos, ahogados en la garganta, como murmullos eróticos deuna virgen soñando placer prohibido. "Mmm... ahh...", escapaban desus labios, su cadera moviéndose ligeramente de forma instintiva, presionandocontra su boca sin despertar. Pedro lamía con frenesí, la lengua penetrandosuperficialmente los pliegues, bebiendo cada gota que brotaba, el morboconsumiéndolo: era su hija, su pequeña, y aquí estaba devorándola como unendemoniado, sintiendo los jugos calientes derramarse en su boca. Los tragabacon gula, el sabor inundándolo –viscoso, cálido, adictivo, como néctarprohibido que lo hacía jadear y endurecerse más. Ethel se arqueó levemente enel sueño, sus gemidos bajos pero intensos ahora, "Oh... Pedro...",murmuró su nombre inconscientemente, y eso lo volvió loco, lamiendo más rápidohasta que ella derramó todo: un torrente de jugos vaginales, empapando su barbay labios, que él bebió como un poseído, succionando hasta la última gota, elclítoris palpitando bajo su lengua en un orgasmo dormido.
Saciado de beberla directo de lafuente de vida, Pedro se levantó, jadeante, el rostro brillante de sus fluidos.Se sacó la ropa con prisa, desnudo ahora, su cuerpo de 54 años aún fuerte peromarcado por los años –el pecho velloso, el vientre algo panzón, pero su vergaen mano, erecta y venosa, gruesa y dura como en su juventud, goteando por laexcitación. Pensó en desvirgarla ahí mismo, en hundirse en esa cuquita húmeda yapretada, reclamarla como suya. Pero se detuvo, el conflicto rugiendo:"No... no aún, no así". Demonios, no me puedo quedar así... tampocosería justo para mí... La miró, dormida y expuesta, y una idea perversa, muyperversa, se formó en su mente enferma de lujuria. Sin penetrarla vaginal oanalmente, sin desvirgarla, pero reclamando placer de su cuerpo inocente. Concuidado, la giró de lado, posicionando su boca entreabierta cerca de suentrepierna. Se arrodilló sobre el sofá, guiando su verga hacia esos labioscarnosos y rojos, rozando la punta contra ellos, sintiendo la suavidad húmeda.Empujó suavemente, no profundo, solo lo suficiente para que la cabeza entraraen su boca dormida, la lengua de Ethel rozándolo inconscientemente. El morboera abrumador: follando su boquita virgen mientras dormía, sintiendo el calorenvolvente, el sabor residual de su propio beso mezclado con sus jugos. Empezóa moverse con lentitud perversa, empujando un poco más, sintiendo cómo susaliva lo lubricaba, los gemidos bajos de ella ahora amortiguados por sumiembro. "Ah, hija... así, chúpame sin saberlo...", pensó, la mano ensu cabello rubio, guiándola sutilmente. El placer crecía, perverso y prohibido:el roce de sus dientes suaves, la lengua inerte pero cálida, el calor de sugarganta que lo succionaba levemente con cada respiración. Aceleró, follándolela boca con cuidado para no despertarla, el pene palpitando, las venas hinchadas,hasta que explotó en un orgasmo monumental –un chorro tras chorro de semencaliente inundando su boca dormida, tragado involuntariamente por ella en elsueño, el exceso goteando por sus labios rojos. Pedro gruñó bajo, el cuerpoconvulsionando en éxtasis puro, el placer tan intenso que vio estrellas, laperversión culminando en liberación absoluta.
Al final, exhausto y saciado, secercioró de no dejar huella: limpió con un pañuelo su boca y su intimidad,subiéndole el tanga con ternura fingida, bajando la falda, arreglando sucabello. La dejó durmiendo en el sofá cama, esa princesa que pronto quería comosu reina, besándola en la frente antes de cubrirla con una manta. Se alejó, elcorazón latiendo con promesas oscuras para el futuro.
Al día siguiente, Ethel despertóen el sofá cama del sótano con un dolor de cabeza punzante, la boca seca comopapel de lija y una náusea ligera revolviéndole el estómago. Parpadeó confusa,incorporándose lentamente, el vestido floral arrugado y el maquillaje corrido.Pedro, que ya había preparado café y un vaso de agua con limón y sal paracombatir la resaca, entró con una sonrisa paternal pero cargada de secretos."Buenos días, princesa. ¿Cómo amaneciste? Esa es tu primera cruda,¿eh?", le dijo, sentándose a su lado y ofreciéndole el remedio. Ethel tomóel vaso, bebió con una mueca, y luego rieron juntos: ella contándole cómo elmundo giraba un poco, él bromeando sobre sus propios excesos juveniles."Me siento... adulta, papá. Como si hubiera cruzado una línea. Megusta", confesó ella con una fascinación ingenua, los ojos oscurosbrillando de emoción, mientras Pedro la abrazaba, ocultando el pulso aceleradoal recordar la noche anterior, su sabor aún en la lengua.
Desde esa noche, los viernes seconvirtieron en un ritual prohibido a escondidas de Alicia. Bajaban al sótanodespués de la cena, cuando la casa estaba en silencio, con una botella dewhisky o vino que Pedro sacaba de su reserva. Platicaban sueltos, riendo detonterías, Ethel perdiendo la cuenta de las copas hasta que el alcohol lavencía y caía dormida en el sofá cama. Sin que ella supiera, Pedro repetía superversión: una vez que su respiración se volvía profunda y rítmica, le bajabael tanga con manos expertas, lamiéndole la cuquita hasta hacerla derramar jugosen sueños, bebiéndolos con avidez endemoniada. Pero pronto evolucionó: cuandoveía que Ethel empezaba a cabecear, la guiaba con sutileza para que recostarala cabeza en sus piernas, fingiendo comodidad. Luego, se sacaba la vergaendurecida, venosa y goteante, y se la daba de comer, empujando suavemente ensu boca dormida, sintiendo el calor húmedo envolviéndolo, sus gemidos bajosamortiguados mientras él se movía con morosa lujuria hasta explotar en sugarganta. Ethel nunca sospechó nada; al día siguiente, solo recordaba la resacay las charlas divertidas, atribuyendo cualquier sabor extraño a la bebida.
Cuando Alicia decidió irse con sumadre, Ethel le suplicó: "Mamá, déjame quedarme con papá al menos hastaque se venda la compañía. Él me necesita, y yo a él". Alicia, indiferentey ansiosa por alejarse, accedió con un encogimiento de hombros. Luego, Ethel seacercó a Pedro con ojos suplicantes: "Papá, quiero un año sabático de launi. Para apoyarte en todo, como mereces. Solo un año, por favor". Loconvenció con su dulzura, masajeándole los hombros mientras argumentaba lomucho que lo consentiría, y Pedro, con el deseo latente, aceptó con la promesade que sería temporal. Desde entonces, Ethel asumió el rol de mujer de la casa:le preparaba desayunos elaborados con huevos, frutas y sus batidos favoritos;limpiaba con esmero, vistiendo faldas cortas que dejaban ver sus muslos suaves;le daba masajes en las noches, sus manos suaves aliviando tensiones mientras élinhalaba su perfume floral, sintiendo cómo lo consentía como hacía años nadielo hacía, avivando su obsesión perversa.
Las rutinas de los viernescontinuaron, pero ahora sin esconderse: con Alicia fuera, bebían en la sala dela casa, el sofá amplio convirtiéndose en su nido, la televisión de fondomientras platicaban y el alcohol fluía. Ethel se soltaba más, riendo con lasanécdotas de Pedro, y siempre terminaba dormida, propinándole sin saberlo unadeliciosa mamada que lo dejaba temblando de placer.
Un día, unos inversionistas seacercaron a Pedro por teléfono, proponiendo hablar de la venta en una cenaformal. "Iremos en parejas, Pedro. Es más ameno así", le dijeron.Pedro, con un nudo en el estómago, les confirmó, pero luego le contó a Ethel:"No supe decirles que no tengo pareja. Y fíjate, hija, sus esposas sonjóvenes... como tú, vibrantes y hermosas". Lo dijo con doble intención, suvoz ronca, esperando justo lo que salió de la boquita de Ethel: "Iré yo yfingiremos que soy tu esposa... nadie sabe que soy tu hija. Será perfecto,papá". Sus ojos oscuros brillaron con excitación ingenua, y Pedro sonrió,el plan perverso encajando.
En la cena, en un restauranteelegante con luces tenues y mesas de mantel blanco, se veían como una pareja deensueño. Pedro, con traje gris ajustado que realzaba sus hombros fuertes ydisimulaba su panza ligera, el cabello peinado hacia atrás, barba recortada yuna presencia imponente de hombre maduro y exitoso. Ethel, a su lado, era unavisión de sensualidad juvenil: el vestido blanco ceñido al cuerpo, escotepronunciado que acentuaba su busto generoso, el cabello rubio miel en ondassuaves, labios rojos vibrantes y ojos delineados con misterio. Se acurrucabacontra él, su brazo alrededor de sus hombros, como en esa foto familiar quePedro atesoraba.
Los inversionistas, a pesar de iracompañados por sus propias esposas jóvenes, quedaron fascinados con Ethel: susmiradas la devoraban, comentando su belleza y encanto. "Por Dios, qué eresun hombre con mucha suerte, Pedro", le dijeron en un francés fluido queEthel no entendía para nada, riendo con complicidad. Ella, discreta, lepreguntó a Pedro: "¿Qué dicen? ¿Algo malo?". Él, con astuciaperversa, mintió: "No me creen que seas mi esposa. Dicen que si losengaño, se retiran de la venta. Pero si demostramos que sí lo eres, el tratosigue. No quiero demoras, hija... eso solo haría que tu madre y yo sigamospeleando por el dinero". Ethel, con su lealtad ciega y el deseo de ayudar,mordió el anzuelo: "Fingiremos entonces. No tengo problema, papá. Noquiero que la venta se demore más y sigan sufriendo".
Ayudado por esto, con el pretextode fingir, Pedro comenzó a actuar con posesión y confianza. Primero, un beso enla mejilla, suave pero prolongado, su mano en su cintura atrayéndola más cerca.Luego, besó su hombro desnudo, inhalando su perfume, mientras charlaban denegocios. La abrazó con fuerza, sus dedos rozando la curva de su cadera, yEthel, sonrojada pero comprometida con el "engaño", correspondió consonrisas coquetas. Progresó a besos de pico: rápidos al principio, labiosrozando labios en saludos fingidos, pero cada uno más insistente, su lenguarozando la de ella fugazmente. Finalmente, en un momento álgido de laconversación, Pedro la besó apasionado: su mano en su nuca, atrayéndola, labiospresionando con hambre, lengua invadiendo su boca en un remolino húmedo yprofundo que duró segundos eternos. Ethel se sorprendió, un jadeo ahogado, peroreaccionó fingiendo: correspondió con torpeza inicial que se volvió ardiente,sus manos en su pecho, besándolo de vuelta como si fuera real, el morbo del"engaño" excitándola sin saberlo.
Brindaron con los socios, elchampagne burbujeando, y Pedro susurró: "Lo hemos logrado, mi amor. Laventa se hará". Para entonces, Ethel estaba muy mareada por las copas, lasmejillas sonrosadas, el mundo girando un poco. Los socios se retiraron conapretones de manos y promesas de contratos, pero Pedro, astuto, continuó en lamesa con ella, pidiendo más bebida. A pesar de que se habían ido, siguióbesándola: primero suaves en el cuello, luego profundos en la boca, sus manosexplorando su espalda, rozando el inicio de su busto. Ethel parecía ya estar enotro planeta, riendo tontamente, dejándose llevar por el "engaño" queahora se sentía real, sus gemidos bajos escapando mientras él la devoraba conlujuria disfrazada.
Salieron de ahí, Pedrososteniéndola por la cintura, y en el camino a casa, no solo le acarició laentrepierna: su mano subió por su muslo, dedos rozando el tanga húmedo bajo elvestido, presionando contra su cuquita hinchada, sintiendo su calor y humedad.La besaba con pasión, lengua entrelazada, mientras Ethel se dejaba, mareada yentregada, sus caderas moviéndose instintivamente contra su toque, un suspirode placer escapando de sus labios rojos.
Llegaron a la casa en el auto dePedro, un Mercedes negro reluciente que cortaba la noche como una sombrasilenciosa. Ethel se recostaba en el asiento del copiloto, las mejillas aúnsonrosadas por el champagne y los besos intensos en el restaurante. Su vestidoblanco ceñido se había arrugado un poco en el muslo donde la mano de Pedrohabía explorado con audacia durante el trayecto, rozando el tanga húmedo queahora se sentía pegajoso contra su piel. Ella parpadeaba con lentitud, el mundoborroso por el alcohol, pero una chispa de confusión y excitación latía en supecho. "¿Papá... qué estamos haciendo?", murmuró con voz pastosa, sumano temblorosa buscando la de él en la palanca de cambios. Pedro, con los ojosfijos en la carretera, sonrió con esa autoridad calmada que siempre la habíahecho sentir segura, pero ahora teñida de algo más oscuro, más posesivo."Solo seguimos fingiendo, mi amor. Para que la venta se cierre sinproblemas. Recuerda, esos inversionistas son astutos; si dudan de nosotros,todo se complica. Y no queremos que tu mamá y yo sigamos atados por el dinero,¿verdad?". Ethel asintió débilmente, mordiéndose el labio rojo vibrante,un gesto de culpa pinchándole el estómago. Era inocente, criada en la escuelade monjas, donde el pecado se susurraba en confesiones, pero aquí estaba,dejando que su padre la tocara de formas que solo había imaginado en sueñosconfusos. "Pero... en el auto, cuando me tocaste ahí... sentí algo raro,papá. Como si estuviera mal, pero... también bien. ¿Es normal?". Pedroapretó su mano, su voz un ronroneo convincente. "Es normal entre parejasque se aman de verdad, Ethel. Tú y yo nos amamos más que nadie. Solo estamospracticando para que nadie dude. Ven, relájate".
Aparcó en el garaje amplio de lacasa, las luces automáticas iluminando el espacio con un brillo frío. Pedrobajó primero, rodeando el auto para abrirle la puerta a Ethel como uncaballero, pero sus ojos devoraban la curva de su busto en el escote pronunciado,recordando el sabor de sus jugos en las noches prohibidas del sótano. La ayudóa salir, sosteniéndola por la cintura cuando sus tacones tambalearon en elconcreto. "Cuidado, princesa. El champagne te pegó fuerte estanoche". Ethel rió tontamente, apoyándose en su pecho ancho, inhalando elaroma de su colonia mezclada con el sudor sutil de la excitación. "Sí,papá... todo gira un poquito. Pero fue divertido fingir. ¿Crees que les creímos,que diga, nos creyeron? Jeje es el alcohol que no me deja hablar bien…".Caminaron hacia la puerta interior, el brazo de Pedro alrededor de sus hombros,atrayéndola contra su cuerpo fuerte. En el umbral, se detuvo, girándola paramirarla a los ojos oscuros, delineados con ese misterio que lo enloquecía."Nos creyeron, pero para asegurarnos, debemos practicar más. En privado.¿Quieres ayudarme, hija? Para que todo salga perfecto". Ethel dudó, unrubor subiendo por su cuello, la inocencia chocando con el nerviosismo que leaceleraba el pulso. "Sí... quiero ayudarte, papá. Siempre. Pero... ¿qué simamá se entera? O si... Dios, ¿es pecado?". Pedro la besó en la frente, sumano bajando por su espalda hasta rozar la curva de su trasero. "No especado cuando es por amor, Ethel. Y tu mamá ya no está aquí. Somos solo tú y yoahora. Ven, entremos".
La casa estaba en silencio, lasluces bajas del pasillo proyectando sombras largas en las paredes. Pedro laguió hacia la sala principal, el sofá amplio donde tantas noches habían bebidohasta que ella caía dormida. Ethel se dejó caer en los cojines mullidos,quitándose los tacones con un suspiro de alivio, sus pies descalzos rozando laalfombra suave. "Papá, me siento rara... caliente, como si tuvierafiebre". Pedro se sentó a su lado, sirviéndole un vaso de agua de lamesita, pero con una gota sutil de whisky que él mismo añadió disimuladamente."Bebe esto, te ayudará a relajarte. Recuerda, estamos practicando para serla pareja perfecta". Ethel tomó el vaso, bebiendo con tragos pequeños, suslabios rojos dejando huellas en el borde. El alcohol extra avivó el fuego en suvientre, haciendo que sus muslos se apretaran inconscientemente. Pedro laobservaba, su pene ya endureciéndose bajo los pantalones del traje, palpitandocon la anticipación de lo que planeaba. "Dime, hija, ¿te gustaron losbesos en el restaurante? ¿Los sentiste reales?". Ethel bajó la mirada,jugueteando con el dobladillo de su vestido, la culpa pinchándola como unaespina. "Sí... me gustaron. Pero eres mi papá, no debería sentir esto. Meda miedo... ¿y si alguien nos ve? ¿Y si me equivoco?". Su voz temblaba,inocente y vulnerable, los ojos vidriosos por el alcohol y las emociones. Pedrose acercó más, su mano en su muslo desnudo, subiendo lentamente. "No haynadie, Ethel. Y no te equivocas; esto es natural. Las parejas se tocan así parademostrarse amor. Déjame mostrarte, para que practiques bien". Laconvenció con esa voz maestra, suave pero firme, como cuando le enseñaba anadar de niña.
Ethel tragó saliva, elnerviosismo haciendo que su corazón latiera como un tambor. "Está bien...pero solo practicando, ¿verdad? No de verdad". Pedro asintió, mintiendocon facilidad, y la besó: primero suave en los labios, saboreando el rojo vibranteque se borroneaba bajo su presión. Ethel correspondió torpemente, su lenguarozando la de él con inocencia, un gemido bajo escapando de su garganta."Papá... se siente tan... intenso". Él profundizó el beso, su manosubiendo por su muslo hasta rozar el tanga húmedo de nuevo, presionando contrasu cuquita hinchada. Ethel jadeó, apartándose un poco, el miedo en sus ojos."¡Espera! Ahí... no, papá. Eso es... privado. Me da vergüenza". Pedrola calmó con besos en el cuello, su aliento caliente contra su piel clara."Shh, mi amor. Es parte del fingimiento. Las esposas dejan que sus maridoslas toquen así. Confía en mí; te hará sentir bien, como en los besos". Laconvenció paso a paso, sus dedos hábiles bajando el tanga con lentitud,exponiendo su intimidad depilada y rosada, ya húmeda por la excitación confusa.Ethel se mordió el labio, la culpa mezclándose con un placer desconocido."Pero soy virgen, papá... nunca nadie me ha tocado. ¿Duele?". Pedrosonrió interiormente, su pene endurecido dolorosamente, pero mantuvo lafachada. "No duele si se hace con amor. Déjame prepararte, hija. Para queseas una buena esposa en el engaño".
La tendió en el sofá, subiendo suvestido blanco hasta la cintura, sus ojos devorando la visión: sus muslossuaves, su cuquita virgen reluciendo con jugos incipientes. Ethel cubrió surostro con las manos, nerviosa y temblorosa. "Dios, papá... me sientoexpuesta. ¿Qué si no lo hago bien?". Pedro se arrodilló entre sus piernas,besando sus muslos internos con ternura fingida. "Lo harás perfecto,porque me amas". Bajó la cabeza, lamiendo su surco húmedo con la lenguaplana, saboreando el néctar dulce y ácido que ya conocía de noches pasadas.Ethel arqueó la espalda, un grito ahogado de sorpresa y placer. "¡Ah!Papá... eso... oh, Dios, se siente raro... pero bueno. ¿Es normal gemirasí?". Sus gemidos eran inocentes, bajos y entrecortados, el taboo pesandoen su mente: era su padre, el hombre que la había criado, y aquí estaba,devorándola. Pedro lamía con frenesí controlado, succionando su clítorishinchado, sintiendo cómo su cuerpo respondía: jugos fluyendo copiosamente,empapando su barba. "Sí, es normal, Ethel. Gime para mí, muéstrame cuántome amas". Ella lo hizo, sus manos en su cabello oscuro, tirando suavementesin saberlo, el placer construyéndose en oleadas que la hacían temblar."Papá... me estoy mojando... lo siento. ¿Es sucio?". Él levantó lacabeza, lamiéndose los labios. "No es sucio; es hermoso. Significa queestás lista para más práctica".
Se desvistió con prisa, revelandosu cuerpo de 54 años: pecho velloso, vientre panzón pero firme, y su vergaerecta, gruesa y venosa, goteando liquido preseminal. Ethel la miró con ojosabiertos, inocencia y miedo mezclados. "Papá... es tan grande. ¿Eso...entra? Me da miedo que duela. ¿Y si no puedo?". Pedro se posicionó sobreella, besándola para distraerla, su punta rozando sus labios externos. "Entrará,hija. Confía en mí; lo haré lento. Es parte de ser pareja". La convenciócon palabras suaves, empujando suavemente, sintiendo la resistencia virgen desu himen. Ethel jadeó, lágrimas en los ojos. "¡Ay! Duele un poco... papá,para. Me siento culpable... eres mi papá". Él susurró en su oído, su vozconvincente como un hipnotizador. "Shh, es solo al principio. Piensa encómo me ayudas con la venta. Te amo tanto, Ethel. Déjame hacerte mujer… ya esmomento.". Empujó más, rompiendo la barrera con un ruidito sutil,hundiéndose en su calidez apretada. Ethel gritó, el dolor agudo como unpinchazo, pero mezclado con una plenitud extraña. "¡Oh, Dios! Siento comosi me abrieras... me estás abriendo, papá. Es... grande, me llena toda. Te sientodentro…!". Pedro gruñó, el placer prohibido consumiéndolo: su hija, virgeny tabú, envolviéndolo como un guante caliente y húmedo. "Sí, hija... teestoy haciendo mujer. Siente cómo encajamos perfecto, estamos hechos a lamedida".
Comenzó a moverse, lento alprincipio, sintiendo cada centímetro de su interior virgen ceder ante sugrosor. Ethel jadeaba, el dolor dando paso a un placer creciente, sus paredesvaginales palpitando alrededor de él. "Papá... se siente... profundo. Comosi me completaras. Pero es malo... somos familia. ¿Por qué me gusta?". Eltaboo la aterrorizaba y excitaba, lágrimas rodando por sus mejillas sonrosadas.Pedro aceleró, sus embestidas firmes, sintiendo su pene venoso rozar sus puntossensibles, sus bolas golpeando contra su trasero. "Porque nospertenecemos, Ethel. Nadie te amará como yo". La follaba con posesión, sucuerpo panzón presionando contra su figura curvilínea, sus gemidos mezclándose:los de ella inocentes y nerviosos, los de él guturales y dominantes. Ethel seaferraba a sus hombros fuertes, sus uñas clavándose, el placer construyéndoseen su vientre. "Papá... algo viene... me voy a... ¡ah!". Orgasmeó porprimera vez con un hombre dentro, sus jugos empapando su unión, contrayéndosealrededor de su verga.
Pedro sintió el clímax acercarse,su pene hinchándose más dentro de ella. "Hija... me voy a venir. Dentro deti". Ethel, en pánico inocente, abrió los ojos con miedo. "¡No, papá!Sácala... me vas a embarazar. ¡Por favor, no lo hagas!". Su voz era unsusurro aterrorizado, el taboo golpeándola: un bebé de su padre sería el pecadodefinitivo. Pedro, sonriendo perversamente, se inclinó a su oído, susurrando:"Es precisamente lo que más deseo, Ethel. Un hijo nuestro...". Conesas palabras, explotó: chorros calientes y espesos de semen inundando suinterior virgen, pintando sus paredes con su esencia prohibida. "Tomatodo, hija... siénteme llenándote". Ethel jadeó, sintiendo el torrente:caliente, viscoso, pulsando dentro de ella como una inundación vital."¡Oh, Dios! Lo siento... tu semen... me está llenando. Es cálido,profundo... me hace sentir tan llena, como si me marcaras". Pensamientoscorrían por su mente: era su padre, su semen podría crear vida en ella, eltaboo consumándola en éxtasis y culpa. "Papá... me estás embarazando... sientoque me estás embarazando…!, pero se siente... bien. HMM". Pedro gruñó,vaciándose hasta la última gota, su cuerpo convulsionando sobre el de ella.
Exhaustos, se quedaron unidos, elsemen goteando de su cuquita cuando él se retiró. Ethel lloraba suavemente,mezcla de placer, culpa y amor. "Papá... ¿qué hemos hecho?". Él laabrazó, convenciendo una vez más: "Lo que debíamos, mi amor…". Y ensu mente, planeaba más noches, más engaños, hasta que el retiro dorado losuniera para siempre.
Esa noche, después de la intensaunión en el sofá de la sala, Pedro y Ethel se quedaron envueltos en una mantaligera, sus cuerpos aún temblorosos por el éxtasis prohibido. El semen de Pedrogoteaba lentamente de la cuquita de Ethel, una sensación cálida y pegajosa quela hacía removerse inquieta contra su pecho velloso. Ella, con el vestidoblanco arrugado alrededor de la cintura y el maquillaje corrido por laslágrimas y el sudor, sollozaba suavemente, una mezcla de culpa y plenitudabrumándola. "Papá... ¿qué hemos hecho? Fue... real. No solo fingiendo. Mesiento sucia, pero... también completa. ¿Cómo pudimos?". Su voz era unsusurro inocente, cargada de nerviosismo, los ojos oscuros vidriosos por elremanente del alcohol y las emociones. Pedro, aún desnudo y con su penesemierecto rozando su muslo, la abrazó con fuerza posesiva, su mano acariciandosu cabello rubio miel como si fuera su amante, no su hija. "Shh, mi amor.No fue un error. Era inevitable. Te amo de una forma que nadie más podría.Ahora eres mía, Ethel. Mi mujer. El mundo no entendería, pero nosotrossí". Charlaron en voz baja durante horas, el alcohol disipándoselentamente de su sistema, dejando espacio para la claridad. Ethel, alprincipio, se resistía: "Pero soy tu hija... la iglesia, la familia...¿qué dirían? Me da miedo, papá. Siento culpa aquí", tocándose el pecho,"como si hubiera traicionado algo sagrado". Pedro, maestro del engañoy el convencimiento, la calmaba con besos suaves en la frente y palabras roncas:"La culpa es solo lo que otros nos imponen, hija. Nosotros nospertenecemos desde siempre. Recuerda cómo te cuidé, cómo te crié. Esto es laevolución de ese amor. ¿No te sentiste viva cuando te llené? ¿No fueperfecto?". Poco a poco, con el alcohol bajando, Ethel comenzó a aceptar,su inocencia cediendo ante la lógica perversa de él. "Sí... se sintióperfecto. Como si estuviera destinada a ser tuya. Pero... ¿y ahora qué? ¿Serétu mujer de verdad?". Pedro sonrió, besándola en los labios, su lenguarozando la de ella con ternura. "Sí, Ethel. Mi mujer. Para siempre".
Antes del amanecer, cuando lacasa aún estaba envuelta en la penumbra y el silencio de la noche, Pedro sintióel deseo arder de nuevo. Ethel yacía a su lado, más consciente ahora, el mareodel champagne casi desaparecido, pero su cuerpo aún sensible y húmedo por laprimera vez. Él la giró hacia él, sus manos explorando sus curvas con posesión."Hija... quiero reclamarte de nuevo. Para sellar esto". Ethel dudó unmomento, un atisbo de culpa en sus ojos, pero el calor entre sus muslos latraicionaba. "Papá... ¿de nuevo? Me duele un poco ahí abajo, pero... estábien, la verdad es que yo también quiero sentirte otra vez. Hazme tuya".Pedro la besó con pasión, posicionándose entre sus piernas, su verga endurecidarozando su entrada aún hinchada. Empujó lentamente, sintiendo cómo su interiorlo envolvía con menos resistencia esta vez, lubricado por los restos de susemen anterior. Ethel jadeó, el dolor inicial dando paso rápido a un placerprofundo. "Ah... papá, entra más suave... sí, así. Me estás abriendo denuevo, pero ahora se siente... mejor". Él embestía con ritmo controlado,su pene venoso frotando sus paredes sensibles, sus bolas golpeando contra supiel. Ethel gemía más libremente, con menos culpa, sus manos clavándose en suespalda musculosa. "Oh, Dios... es intenso, papá. Siento cada centímetrotuyo dentro de mí... me hace mujer". El orgasmo la golpeó como una ola másfuerte que la primera, su cuerpo convulsionando, jugos vaginales empapando suunión mientras gritaba: "¡Papá! Me vengo... ¡sí!". Pedro gruñó,vaciándose de nuevo en ella con chorros calientes, pero esta vez ella loabrazó, aceptando el flujo con un susurro: "Lléname... soy tuya".
Desde ese día, adoptaron el rolde marido y mujer en toda forma, un secreto prohibido que florecía en laintimidad de la casa. Ethel, con su dulzura natural, asumía tareas de esposa:preparaba desayunos para Pedro, vestida en camisones cortos que acentuaban suscurvas, masajeaba sus hombros tensos después de las reuniones de negocios, ypor las noches, se entregaba a él en la cama king-size del sótano, ahora sunido compartido. "Mi amor, ¿te gusta así?", preguntaba con inocenciamientras lo cabalgaba, sus pechos generosos rebotando, aprendiendo a mover lascaderas con instinto femenino. Pedro, a sus 54 años, revivía con ella:"Sí, esposa mía. Eres perfecta". La venta de la compañía se concretóen unas semanas, el grupo inversionista internacional cerrando el trato por unasuma millonaria que aseguraba su retiro. El divorcio con Alicia se consumó sindramas, un trámite seco en el juzgado, donde Ethel esperaba afuera, luciendocomo una joven amante radiante. Con el dinero en mano, Pedro y Ethel se mudarona otra ciudad, un penthouse lujoso en la costa, donde nadie los conocía. Allí,vivían como pareja: caminatas de la mano por la playa, cenas románticas convelas, y sexo apasionado en cada rincón –en la ducha, con el agua calienteresbalando por sus cuerpos; en el balcón al atardecer, Ethel gimiendo contra labarandilla mientras él la tomaba por detrás. "Nadie sabe que eres mipapá... solo mi hombre", susurraba ella, la culpa disipándose en el placer.
El viaje por Europa fue untorbellino de sexo y amor, un mes de ensueño financiado por la venta. Empezaronen París, donde en una suite con vista a la Torre Eiffel, Pedro la follabacontra la ventana, sus reflejos en el vidrio mientras ella gemía: "Papá...mi marido... más profundo". 





Taboo: Padre e hija




En Roma, paseaban por las calles empedradas,deteniéndose en callejones para besos apasionados que escalaban a toquesrápidos bajo su falda, culminando en hoteles con camas antiguas donde él ladevoraba oralmente hasta que ella derramaba jugos en su boca. "Se sientetan libre aquí... como si fuéramos normales", confesaba Ethel en Venecia,durante un paseo en góndola, donde bajo una manta, Pedro la penetrabadiscretamente, el agua del canal meciendo sus movimientos. En Barcelona,bailaban en clubes hasta el amanecer, el alcohol soltándolos para sesionessalvajes en la playa, arena pegándose a sus cuerpos sudorosos mientras follabanbajo las estrellas. El amor se profundizaba: Pedro la consentía con joyas yvestidos, Ethel lo adoraba con masajes y caricias, su conexión tabúconvirtiéndose en un lazo inquebrantable.
Fue en un crucero por elMediterráneo, atracados en Grecia, cuando se enteraron del embarazo. Ethelhabía sentido náuseas matutinas y un retraso, comprando una prueba en unafarmacia local. Sentados en la cubierta, con el mar azul extendiéndose anteellos, ella miró el resultado positivo, sus ojos oscuros llenos dedesconcierto. "Papá... estoy embarazada. Tu bebé... nuestro bebé. Tengosolo 18, y ahora... soy tu mujer, y voy a ser mamá? ¿Cómo pasó tan rápido? Meda miedo... ¿estaré lista?". Lágrimas rodaban por sus mejillas sonrosadas,la inocencia chocando con la realidad: de niña mimada a amante prohibida yahora madre. Pedro, en cambio, estalló en alegría pura, abrazándola con fuerza,su mano en su vientre plano. "¡Es perfecto, Ethel! Un hijo nuestro... laprueba de nuestro amor. Serás la mejor mamá, y yo el padre más feliz. No temas,mi amor; te cuidaré siempre". La besó con pasión, y esa noche, en lacabina, la folló con ternura, sus embestidas suaves pero profundas, celebrandola vida que crecía en ella.
Nueve meses después, en elcumpleaños de Pedro –exactamente cuando cumplía 55–, el bebé nació en unaclínica privada de su nueva ciudad. Ethel, exhausta pero radiante, dio a luz aun niño sano, con ojos oscuros como los de ella y el cabello oscuro de él. Lollamaron Pedrito Jr., un nombre que sellaba su legado prohibido. Pedro,sosteniendo al bebé en brazos, miró a Ethel con lágrimas en los ojos:"Mira lo que hemos creado hermosa mujer. Nuestra familia". Ethel,ahora una madre de 19, sonrió con una madurez nueva, la culpa del pasadodisuelta en el amor: "Sí, papá... ya no solo eres mi padre, ahora eres mimarido y el padre de mi hijo. Somos completos". Y así, en su retirodorado, vivieron como una familia unida, el secreto tabú guardado en suscorazones.



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