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La caída de Ana

La caída de Ana
Ana tenía 32 años y acababa de llegar como la nueva profesora de educación física a una exclusiva escuela privada.
Su cuerpo era un imán: curvas generosas, pechos firmes que se marcaban bajo las camisetas deportivas ajustadas, piernas tonificadas y un trasero redondo que hacía que tanto alumnos como profesores giraran la cabeza.
Los chicos de último año susurraban comentarios subidos de tono en los vestidores, y más de un docente veterano la miraba con deseo disimulado durante las reuniones de personal.
Pero Ana no estaba allí solo por el trabajo. Su mejor amiga, Laura, había desaparecido meses atrás mientras trabajaba en la misma escuela como profesora de biología. Nadie daba explicaciones convincentes, y Ana sospechaba que algo oscuro ocultaba la institución.
Una noche, cuando la escuela estaba vacía y silenciosa, decidió infiltrarse para buscar pistas.El celador de la escuela, Don Ernesto, un hombre de 60 años con el cuerpo encorvado por los años pero los ojos brillantes de obsesión, patrullaba los pasillos.
Su vicio secreto era una fascinación enfermiza por los olores fuertes de las mujeres: el sudor después de una clase intensa, el aroma íntimo de las axilas, las bragas usadas... Esa noche, en el vestidor femenino del gimnasio, tenía la nariz hundida en un montón de ropa deportiva olvidada, inhalando profundamente el olor almizclado de las alumnas y profesoras.
De pronto, vio una sombra pasar por el pasillo. Era Ana, vestida con pantalones deportivos negros ajustados y una sudadera, moviéndose sigilosa hacia las oficinas de los profesores.
Don Ernesto sonrió en la oscuridad; reconocía ese cuerpo perfecto. La siguió en silencio.Ana entró en el despacho de un profesor sospechoso, el director adjunto que había sido el último en ver a Laura. Revolvió cajones hasta encontrar un sobre oculto: fotos eróticas de su amiga, posando semidesnuda, con expresiones de placer forzado. El corazón le latió fuerte.
"¿Qué demonios es esto?", murmuró.De repente, un trapo húmedo cubrió su boca y nariz desde atrás. El olor químico del cloroformo la invadió. Intentó forcejear, pero los brazos fuertes del celador la inmovilizaron. Sus ojos se nublaron, y todo se volvió negro.
Cuando Ana despertó, el mundo era un tormento. Estaba en un sótano oculto bajo la escuela, un calabozo improvisado con paredes de concreto húmedo, iluminado por una luz roja tenue.
Su cuerpo estaba completamente desnudo, suspendido en el aire por cuerdas gruesas que ataban sus manos a la espalda y separaban sus piernas en una V amplia e indefensa.
Sus pechos colgaban pesados, los pezones endurecidos por el aire frío, y su vagina y ano quedaban expuestos sin piedad, abiertos al vacío.Un jadeo escapó de sus labios al sentir una presencia detrás.
Don Ernesto emergió de las sombras, desnudo también, su cuerpo arrugado pero su erección prominente traicionando su excitación. Sus ojos brillaban con locura fetichista.
—Bienvenida, preciosa —gruñó con voz ronca—. He soñado con olerte de cerca desde el primer día.Se acercó por detrás, su nariz rozando primero las nalgas de Ana.
Inhaló profundo, como un animal, oliendo el sudor natural de su piel después de la noche de búsqueda. Bajó más, su rostro entre las piernas abiertas. Olfateó su vagina, aspirando el aroma femenino intenso, mezclado con un leve sudor.
—Dios, qué olor tan fuerte y delicioso... tan maduro, tan mujer...Ana se retorció, humillada y aterrorizada.
—¡Suéltame, hijo de puta! ¿Qué le hiciste a Laura?Él ignoró sus gritos y continuó. Su nariz se hundió en el ano, inhalando el olor más prohibido, más intenso.
—Esto es lo que más me gusta... el olor real de una mujer, sin filtros.Luego, sacó su lengua. Era anormalmente larga, como la de una serpiente, gruesa y flexible, fácilmente de 15 centímetros. La extendió y, sin aviso, la introdujo directamente en la vagina de Ana.
Ella gritó de sorpresa y placer involuntario. La lengua se deslizó profunda, más allá de lo que cualquier hombre normal podría alcanzar, retorciéndose dentro de sus paredes internas como un ser vivo.
Llegaba hasta el fondo, rozando el cérvix, girando y explorando cada pliegue húmedo. Ana se arqueó en el aire, sus músculos vaginales contrayéndose alrededor de esa intrusión invasiva.
—¡No... ahhh... quítala! —gimió, pero su cuerpo traicionaba: el jugo empezaba a fluir, lubricando la lengua que se movía como un tentáculo, retorciéndose en espirales, lamiendo las profundidades que nunca habían sido tocadas así.
Don Ernesto gemía de placer, saboreando y oliendo al mismo tiempo. Sacó la lengua lentamente, cubierta de sus fluidos, y la volvió a meter, esta vez alternando entre vagina y ano, penetrando el agujero trasero con la misma profundidad imposible.
Ana se convulsionaba, lágrimas de vergüenza mezcladas con orgasmos forzados que la sacudían una y otra vez.La noche apenas comenzaba. El celador tenía planes para su nueva "colección", y Ana, suspendida y expuesta, era ahora el centro de su obsesión más oscura.

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