

Habían pasado tres días desde que su novio voló a Bruselas por negocios. Ella se quedó en Madrid con el eco del aeropuerto todavía en la piel y una libertad que no había pedido pero que pulsaba, inquieta, bajo su pecho.
Su nombre era Clara. Pelo largo y rizado, volcado a un lado, labios gruesos, forma de hablar suave y andaluza, una cadencia que en Madrid había aprendido a disimular pero que regresaba cada vez que respiraba hondo.
Esa mañana decidió que no quería quedarse allí, sola entre reuniones ajenas y una cama grande. Compró un billete y bajó a Málaga, al pueblo al que había jurado que no volvería para nada serio. Pero esta vez no iba a por nostalgia, sino a por algo distinto: dinero y deseo.
Caminó por las calles viejas, con el olor a sal y fritura que había marcado su adolescencia. Allí la esperaba Rocío, una amiga que siempre encontraba oportunidades en los lugares menos esperados. Se abrazaron, se rieron, y en mitad del café, Rocío le soltó la propuesta sin rodeos:
—Hay un cliente en Málaga capital. Está solo esta semana, paga muy bien y quiere compañía. Solo una noche.
—¿Compañía… de qué tipo? —preguntó Clara, aunque ya lo sabía.
—Del tipo que hace que merezca la pena haber bajado de Madrid —sonrió Rocío, sin maldad.
Clara no dijo que sí de inmediato, pero llenó el silencio con una sonrisa tensa y un trago largo. Por dentro, algo vibraba entre la curiosidad y la culpa. La ausencia del novio, la ciudad caliente, el dinero fácil, la oportunidad de sentirse deseada sin explicaciones… todo se mezcló en una ecuación que solo podía resolverse con un “sí”.
Esa noche se vistió con calma. Vestido negro, espalda descubierta, rizos cayendo en cascada, perfume cálido. Se miró al espejo y reconoció algo que había olvidado: poder.
El hombre la esperaba en un apartamento con vistas al puerto. Era mayor que ella, no viejo, elegante, con esa seguridad tranquila de quien está acostumbrado a pagar por lo que quiere. La invitó a un vino, sin prisa. La conversación empezó neutra, pero poco a poco se llenó de insinuaciones, miradas largas y pausas que hablaban mejor que cualquier frase.
—No tienes que hacer nada que no quieras —le dijo él, sin perderle los ojos.
—No te preocupes —respondió Clara, sintiendo la garganta más caliente que el vino.
Cuando aceptó el dinero, lo hizo sin temblar. Lo guardó en el bolso con una naturalidad que la sorprendió. No era solo el dinero: era la sensación de tomar decisiones sin pedir permiso.
Lo que pasó después fue lento, íntimo y eléctrico, sin vulgaridad. No hubo urgencia, sino exploración. Él la acarició como quien descubre un objeto valioso; ella se dejó llevar con la misma libertad con la que había bajado del tren esa mañana. El deseo se volvió un lenguaje, y el apartamento entero pareció respirar con ellos.
Cuando terminó la noche, él se quedó dormido, desnudo y satisfecho. Clara se levantó despacio, recogió su vestido del suelo y se lo puso como quien recupera una armadura. Se pintó los labios otra vez, no para él, sino para ella misma.
Bajó al puerto y caminó sola entre los barcos. El aire salado le lamió el cuello y los rizos. El móvil vibró: un mensaje de su novio contando que la reunión había salido bien. Sonrió con una mezcla imposible de ternura y secreto.
Volvió al pueblo al amanecer, con el bolso lleno, el cuerpo caliente y la certeza de que ya nada sería igual.
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