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📑Seduciendo a La Teen

📑Seduciendo a La Teen

Desde que la vio por primera vez, Martín supo que algo dentro de él había cambiado. Ella se llamaba Camila, amiga y compañera de clases de su hija, apenas 18 años, con ese uniforme provocador que lo atormentaba: pollera corta tableada que dejaba al descubierto sus piernas y, a veces, la marca de una diminuta tanga blanca cuando se inclinaba.

Teen

Martín era un hombre casado, con familia, con vida hecha… pero no podía dejar de desearla. Cada visita de Camila a la casa era un suplicio: sus risas juveniles, el olor a perfume fresco, esa manera de moverse con inconsciencia erótica lo volvían loco.

Una tarde, mientras ella esperaba a su hija para salir a estudiar, él se acercó demasiado.

—¿Sabés que te queda muy bien ese uniforme? —le dijo con voz grave.

Camila lo miró con asco y sonrió con ironía.

—Viejo pervertido… —respondió, apartándolo con la mirada.

Martín rió suavemente, pero no se rindió. Cada vez que podía, lanzaba un comentario, una insinuación, un gesto que le dejaba claro su deseo. Al principio, ella lo ignoraba; luego comenzó a molestarse, a desafiarlo, a decirle que jamás tendría oportunidad con ella.

Pero él insistía. Le escribía mensajes a escondidas, le hacía cumplidos más atrevidos cada día. La obsesión lo carcomía: soñaba con esa pollera levantada, con esas tangas tensas entre sus nalgas jóvenes.

Hasta que un día, Camila salió sola del colegio y Martín apareció con su auto.

—Te acerco —dijo, con esa sonrisa segura.

Ella dudó, pero terminó subiendo. El ambiente dentro del auto se volvió pesado, cargado de tensión. Él no quitaba los ojos de sus piernas cruzadas, de cómo la falda se subía al asiento.

Camila lo notó.

—¿Otra vez con tus miradas? —le dijo, pero esta vez no había tanto enojo como antes, sino algo más… un dejo de curiosidad.

Martín se inclinó un poco, con voz baja y firme:

—Te juro que me tenés loco, Camila. No aguanto más…

Ella lo miró, respiró hondo y, contra lo que había repetido tantas veces, no se apartó. Ese silencio fue la grieta que él necesitaba.

Sus labios se encontraron, primero con resistencia, luego con un fuego que la sorprendió a ella misma. La pollera corta se deslizó un poco más arriba, las manos de Martín subieron por sus muslos, y la obsesión comenzó a convertirse en realidad.

Camila jadeó entre besos:

—No puedo creer que esté haciendo esto… con vos.

Martín sonrió, besándole el cuello.

—Caíste, preciosa… y ahora ya no hay vuelta atrás.

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Martín la llevó a un motel discreto. Camila, con sus 18 años y su uniforme de falda tableada que tanto lo desquiciaba, iba en silencio, con la respiración acelerada y una mezcla de nervios y deseo.

Apenas cerraron la puerta, él la atrapó contra la pared y la besó con hambre.

—Sos mi mayor obsesión… —susurró con la voz ronca, mientras le desabrochaba la blusa y sus labios descendían hasta atraparle un pezón entre la lengua y los dientes.

Camila se estremeció, incapaz de frenarlo. Martín le levantó la falda y bajó con lentitud la tanga blanca que lo había vuelto loco desde la primera vez que la notó. La acostó en la cama, separó sus muslos y devoró su conchita entre gemidos, haciéndola arquearse.

—Quiero que te quedes con la pollerita puesta… me mata verte así —dijo, bajándose el pantalón.

Ella abrió los ojos y tragó saliva al ver su pija dura frente a ella.

—Mirá lo que me hacés, Camila… —gruñó.

Ella dudó apenas un instante, pero la excitación fue más fuerte: se lo agarró con la mano y luego lo besó suavemente, lamiendo desde la base, hasta la punta, arrancándole un gemido grave.

Martín la giró con brusquedad, dejándola en cuatro sobre la cama. Levantó su falda, le besó las nalgas firmes, y le dio una lamida a su concha y la penetró de una embestida.

—¡Ahhh! —gritó Camila, clavando las uñas en las sábanas, sorprendida por la fuerza y la invasión ardiente.

Él la tomó del cabello y embistió su concha una y otra vez, disfrutando sus gemidos cada vez más sueltos. Luego la volteó, se tumbó y la obligó a cabalgarlo.

Camila lloraba de placer, rebotando sobre su pija mientras él le apretaba los pechos con brutal deseo.

—Dame tu boca… —le ordenó con voz ronca.

Ella obedeció, bajando, tomándolo su pija entre sus labios. Segundos después sintió la explosión caliente llenándola, mientras Martín gruñía y la sostenía fuerte de la cabeza.

Camila jadeaba, temblando, con la falda aún subida y el cuerpo marcado por la intensidad.

—Ahora sí… —le susurró él con tono dominante—, ya sos mía.

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Camila despertó esa mañana con el cuerpo aún sensible. Cada rincón de su piel recordaba el encuentro en el motel. Se duchó rápido, pero el agua caliente solo intensificó las imágenes: la falda levantada, la fuerza con la que él la había tomado, el sabor de su deseo en su boca.

“Fue un error… no puede repetirse”, se repetía una y otra vez. Pero apenas salía de clases vio a Martín esperándola afuera, apoyado en su auto, con esa mirada hambrienta que parecía desnudarla en público, sus piernas flaquearon.

—Hola, Camila —dijo él con tono grave.
—¿Qué hacés acá? —preguntó ella, nerviosa.
—Pasé a buscarte… Necesito verte otra vez.

Ella tragó saliva, sintiendo el calor entre sus piernas crecer sin control.

—Martín… no deberíamos…
—No me mientas. —Se acercó tanto que sus labios rozaron su oído—. Yo sé que lo pensaste toda la noche.

El temblor de su cuerpo fue la confirmación. Terminadas sus clases, Camila subió al auto. Esta vez no hubo resistencia, solo expectación.

En lugar del motel, él la llevó a un estacionamiento vacío, oscuro. Apenas apagó el motor, la besó con desesperación, metiéndole la mano bajo la falda, manoseandola.

—Mirá cómo estás ya… —le dijo al sentir su concha húmeda.

Camila gimió, mordiéndose los labios para no gritar. Martín la sentó encima y la obligó a cabalgarlo ahí mismo, en el asiento del acompañante.

—¡Dios…! —susurraba ella, apoyada contra el parabrisas empañado, mientras rebotaba con fuerza sobre su pija dura.

Martín la sujetó de la cintura y la nalgueó con brutalidad, haciéndola jadear más alto.

—Esto es lo que querías, putita—le dijo al oído—. Admitilo.

Ella lloraba de placer, sintiendo cómo se rendía por completo, presa del deseo que la quemaba viva.

Cuando él terminó, derramándose dentro de ella con un gruñido, la abrazó contra su pecho, jadeando los dos en la oscuridad.

Camila supo que ya no había marcha atrás. Había cruzado un límite del que no podría regresar.

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Camila estaba en la vereda, riéndose con un par de compañeros. Llevaba la falda más corta que nunca, los labios pintados de rojo intenso, y un movimiento de cabello que parecía calculado para encender a cualquiera.

Martín la observaba desde el auto, con las manos apretadas al volante, hasta que la rabia le ganó y tocó la bocina con fuerza.

Uno de los chicos soltó una carcajada y dijo en tono burlón:
—Mirá, Camila, ahí llegó tu papá a buscarte.

Ella se sonrojó, incomodísima.
—No es mi padre —respondió rápido—, solo me hace el favor de llevarme.

Pero Martín alcanzó a escuchar esa frase. Se le nubló la vista de celos, sintiendo que lo minimizaba frente a esos pendejos.

Cuando ella subió al auto, él no le dirigió palabra. Manejaba con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de tanto apretar el volante.

—Martín… no hagas una escena, por favor —dijo ella en voz baja.
—¿Una escena? —soltó una carcajada amarga—. ¿Así me presentás? ¿Un favor? ¿Solo eso?

Camila lo miró, nerviosa, sin saber qué responder. Pero él ya había decidido. No fue al edificio ni a un bar. La llevó directo al motel, estacionando con violencia.

—Martín, no… —intentó frenarlo.

Pero él la arrastró a la habitación, la acorraló contra la pared y la besó con brutalidad. Le levantó la falda de un tirón y le bajó la tanga hasta las rodillas.

—Vas a aprender a quién pertenecés —le gruñó al oído.

De un empujón la puso de espaldas sobre la cama y la penetró sin miramientos, embistiéndola con toda la furia de sus celos. 

—¡Mierda, Martín! —gritaba ella, ahogándose en placer y dolor mezclados.

Él la tomó del cabello, poniéndola en cuatro, y le metió la pija en la concha con ritmo salvaje, golpeando fuerte, arrancándole gemidos descontrolados. Cada movimiento iba acompañado de un azote en sus nalgas que resonaba en la habitación.

—¿Quién te hace gritar así, ah? —le gritó al oído—. ¿Tus noviecitos? ¡Decilo, Camila!

—¡Vos! —jadeó ella entre lágrimas y gemidos— ¡Sólo vos!

Martín gruñó satisfecho, descargándose dentro de ella con un estremecimiento violento.

Camila cayó boca abajo, exhausta, con las nalgas enrojecidas por los azotes y el cuerpo vibrando de placer prohibido.

Martín la miró, sudoroso, con el pecho aún agitado. Había marcado su territorio, aunque sabía que la batalla recién comenzaba.

La habitación del motel estaba cargada de sudor y silencio. Camila, aún jadeando, lo miró con los ojos llenos de reproche.

—Martín… sos un hombre casado… con una hija de mi edad —dijo temblando, recogiendo su blusa del suelo—. No deberías buscarme. Llevame a mi casa, por favor.

Esa frase fue como una puñalada en el orgullo de Martín. Su mirada se volvió fría, oscura, y soltó una risa grave.

—¿Así que eso es lo que pensás? —se acercó lento, imponiéndose—. Sos una puta respondona… Y yo te voy a enseñar a respetar.

De un tirón la sentó sobre sus muslos y empezó a nalguearla con fuerza. Las palmadas resonaban en la habitación mientras Camila gritaba y se retorcía.

—¡Basta, Martín, basta! —suplicaba con lágrimas en los ojos.

Pero el sonido de sus ruegos solo lo excitaba más. La tomó del cabello, la puso en cuatro sobre la cama y, sin darle tiempo a reaccionar, le metió la pija en el culo de golpe.

—¡Ahhh! —chilló Camila, con el rostro hundido en las sábanas, mientras sentía el ardor intenso.

Martín gruñía, embistiéndola con brutalidad, sujetándola de la cintura y golpeando sin piedad.

—Decime lo que sos… —le rugió al oído.
—No… —negó ella, llorando.
—¡Decilo, carajo!

Camila se quebró.
—¡Soy tu puta! —gritó, entre gemidos y lágrimas.

Eso lo volvió loco. La embistió con más fuerza, haciéndola temblar, hasta descargar toda su leche sobre sus nalgas enrojecidas.

Respirando con fiereza, tomó su pene aún húmedo y, con descaro, se lo limpió con la falda tableada de Camila, marcándola como si fuese un trofeo.

Camila quedó desplomada, sollozando y jadeando, con el cuerpo sometido y la mente enredada entre la culpa, el deseo y el miedo.

Martín, satisfecho, le acarició el cabello con una sonrisa oscura.
—Ahora sí… aprendiste quién manda.

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Al día siguiente, Camila no salió de su casa. Apagó el celular, evitó mirar mensajes y se quedó en cama, con la pollera y la blusa del uniforme hechas un bollo en la silla. Tenía las marcas aún rojas en sus nalgas y cada vez que las rozaba al sentarse, revivía la escena en el motel.

“Esto no puede seguir… me está destruyendo”, pensaba, con un nudo en la garganta.

hizo todo lo posible por esquivar a Martín. Llegó tarde a clases, se fue temprano, caminaba rápido y evitaba las miradas. Sus compañeras la notaron distinta, callada, ausente.

Pero Martín no era de rendirse. La esperaba en la salida, en el estacionamiento, incluso una vez en la parada del bus. Siempre con esa mirada fija, dominante, como un cazador paciente.

—Camila —le dijo una tarde, sujetándole el brazo antes de que escapara—, dejá de hacerte la difícil. Sabés que lo nuestro es real.

Ella tragó saliva, apartando la mirada.
—No… esto es un error, Martín. No quiero seguir… no puedo.

Él soltó una carcajada amarga, apretando más fuerte.
—¿Un error? ¿Así le llamás a cómo gemías la otra vez? ¿A cómo llorabas pidiéndome más? No me tomés por idiota.

Camila se soltó de un tirón y corrió hasta perderlo de vista, con lágrimas en los ojos. Esa noche bloqueó su número, lo eliminó de sus contactos, e intentó convencerse de que había acabado todo.

Pero a medianoche, el celular vibró con un mensaje desconocido. Una foto. Era ella misma, en el motel, en cuatro, con la falda levantada y las marcas rojas brillando en su piel. Abajo, un texto:

“Podés intentar huir, putita… pero nunca vas a escapar de mí.”

Camila intentó ignorar los mensajes, fingir que no los había visto. Se juró a sí misma que no volvería a caer. Pero Martín apareció de nuevo, esperándola, apoyado en su auto con esa mirada fija que la desarmaba.

—Subí —ordenó con voz seca.

Ella negó con la cabeza, pero él abrió la puerta y prácticamente la empujó adentro. Camila temblaba, entre miedo y excitación contenida, sabiendo que discutir solo lo provocaría más.

El viaje fue un silencio denso hasta que dobló hacia el mismo motel. Camila lo miró, con lágrimas contenidas.
—Por favor, Martín… no más.

Él la sujetó del mentón, obligándola a mirarlo.
—¿No más? —bufó con furia contenida—. Sos mi obsesión, Camila. No me digas que no lo sentís igual.


En la habitación, la empujó contra la cama, la besó con hambre, arrancándole la blusa y bajándole la pollera a tirones. La puso de rodillas, con el rostro hundido en la sábana.
—Vas a aprender que no me podés dejar.

Sus manos cayeron duras sobre sus nalgas hasta enrojecerlas de nuevo, y sin darle respiro le metió la pija en la concha, embistiéndola con una brutalidad que le arrancaba gritos. La sujetó del cabello, haciéndola mirarlo en el espejo del cuarto.
—Decime de quién sos… —gruñó entre jadeos.

Camila, sofocada, terminó rindiéndose.
—¡Tuya! ¡Soy tuya!

Martín la giró, la alzó de la cintura y la subió sobre él, la hizo rebotar sobre su pija, el sudor empapando sus cuerpos. Cada embestida era un castigo y una caricia al mismo tiempo, un reclamo de posesión que la hacía perder la voz.

Cuando sintió que estaba al borde, la llevó de nuevo en cuatro y la cogió con más fiereza, descargándose al fin sobre su piel roja y marcada.

Camila cayó exhausta, con el cuerpo tembloroso. Entonces Martín, respirando agitado, la abrazó por detrás, enterrando el rostro en su cuello.
—Perdoname… —susurró con un tono quebrado—. Sé que no debería… pero sos mi obsesión. No puedo dejarte ir.

Ella cerró los ojos, atrapada en esa contradicción de brutalidad y ternura, sin saber si debía escapar o rendirse por completo.

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Martín estaba solo en su casa, con la cabeza doliéndole de tanto pensar. Se miró en el espejo y se dio cuenta de lo que había estado haciendo: dejando que la obsesión por Camila lo consumiera. Respiró hondo y tomó una decisión.

“Esto no puede seguir así… por tu bien y por el mío”, se dijo a sí mismo.

Llamó a Camila y con voz firme pero contenida le dijo:
—Te voy a dejar en paz… pero antes… por favor, ¿una última vez?

Ella dudó, pero al ver sinceridad en sus ojos, aceptó con una condición: que fuera solo esa vez y que cada uno respetara el límite después.

Se dirigieron a un motel discreto. Apenas llegaron, fue Camila quien tomó la iniciativa. Con una sonrisa traviesa, se desnudó por completo, dejando que él la mirara sin reservas. Se acercó, lo besó con hambre y comenzó a acariciarlo, entregándose con confianza, le bajó el pantalón y comenzó a lamerle y mamarle la pija.

Se montó sobre él, guiando su pija a su concha, rebotando con ritmo y fuerza mientras él le besaba las tetas, explorando cada curva con desesperación contenida. Luego, con un movimiento decidido, se puso en cuatro sobre la cama. Martín la penetró con fuerza, sintiendo la entrega total de Camila.

—El otro agujerito también —susurró ella, jadeante.

—¿Segura? —preguntó él, sonriendo mientras sentía cómo la tensión crecía.
—Sí —contestó ella, metemela.

Martín le metió la pija en el culo, bombeando intensamente, besando su espalda. Unas embestidas más tarde, Martín terminó sobre sus tetas , luego ella lo abraza con fuerza completamente satisfecha.

Al salir, la llevó hasta su casa.
—Te prometo que cumpliré lo que dije —le murmuró, con un dejo de arrepentimiento y cariño.

Camila le dio un beso suave y, con complicidad, le entregó su tanga blanca:
—Para que me recuerdes… tal vez más adelante cuando sea un poco más madura podamos repetirlo.

Martín la vio entrar, con la certeza de que aquella sería la última vez… por ahora. El deseo quedaba grabado, pero también la promesa de respetar los límites, cerrando así el capítulo de su intensa y peligrosa aventura.

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2 comentarios - 📑Seduciendo a La Teen

Sauceda10
😍😍😍 Que ricura de mujer
dann_soy22378
Hermosa conchita para preñarla toda ufff