Soy Cristian.
32 años. El wey de la playera de Batman que todos se burlan a mis espaldas. El que usa lentes gruesos y siempre parece que va a pedir permiso para respirar. El que se casó con Tania hace tres años porque desde el primer día que la vio en ese antro pensó: “esta morra es demasiado para mí… pero voy a intentarlo”.
Y lo intenté.
Le di un hijo. Un rancho. Mi vida entera.

Pero desde que nació el niño… algo se rompió. O tal vez nunca estuvo bien puesto. Tania empezó a cambiar. O tal vez siempre fue así y yo estaba ciego. El cuerpo se le puso más cabrón después del parto. Ese culo cubano que ya era grande se volvió una maldita obra de arte. Caminaba por la casa con leggings y yo me quedaba viendo como idiota, pero cuando intentaba tocarla… “estoy cansada, Cristian”, “el bebé me tiene harta”, “no estoy de humor”.
Y yo me quedaba callado. Porque la amo. Porque si la pierdo, me muero.
Cuando llegó la herencia del abuelo Flavio pensé que esto se iba a arreglar. Un rancho en medio de la nada, aire puro, trabajo de hombres, mi mujer iba a volver a mirarme como antes. Iluso.
Llegamos y ahí estaba él: don Hilario.
Sesenta y pico, pero parece que el tiempo le dio más fuerza en vez de quitársela. Bigote grueso, manos como mazos, mirada que te atraviesa. Me saludó con un “qué onda, patrón” que sonó a burla. Y Tania… Tania lo miró diferente desde el primer día. No de miedo. De curiosidad. De esa curiosidad que las hembras ponen cuando ven un macho de verdad.

Yo lo dejé seguir como capataz. ¿Qué sabía yo de vacas, de potreros, de sementales? Nada. Así que don Hilario mandaba. Y mandaba también en otras cosas que yo tardé en entender.
Al principio eran detalles pequeños.
Tania salía más al campo “a ayudar”. Volvía con las mejillas coloradas, el pelo revuelto, oliendo a sudor y a alfalfa. Yo le preguntaba:
—¿Qué hacías, mi amor?
—Nada, Cristian… nomás viendo las cercas con don Hilario.
Y yo le creía. Porque quería creerle.
Una tarde los vi desde lejos. Estaban en el granero. Ella de espaldas, agachada, los jeans bajados hasta las rodillas, la tanga violeta metida entre esas nalgas monstruosas. Él atrás, nomás mirando. No la tocaba. Solo veía. Como si estuviera tasando una yegua fina. Tania se quedó ahí un buen rato, quieta, dejándose ver. Cuando se subieron los pantalones y salieron, yo me escondí detrás de un árbol como un pinche cobarde. El corazón me latía en la garganta. Y lo peor… tenía la verga dura.

Esa noche, en la cama, intenté acercarme. Le besé el cuello, le metí la mano por debajo del camisón. Ella se hizo la dormida. Yo me masturbé en silencio al lado de su cuerpo tibio, pensando en cómo se veía agachada en el granero. Me corrí en mi mano imaginando que don Hilario la estaba mirando. Y me sentí sucio. Y me gustó.
Después vinieron más cosas.

La veía llegar del arroyo con la ropa mojada pegada al cuerpo, los pezones marcados, la cara muy apenada. Una vez la encontré en la cocina, lavando trastes, y don Hilario entró sin avisar. Se paró atrás de ella, muy cerca. Le dijo algo al oído. Tania se mordió el labio y se le escapó un gemidito. Yo estaba en la sala, a unos metros, viendo Netflix con el volumen bajo. No hice nada. Solo bajé el volumen más.
Una noche me enfermé. Fiebre del carajo. Deliraba. Tania me cuidó todo el día. Me ponía trapos fríos, me daba medicina. Pero cuando me quedé dormido profundo… se fue.
Me desperté a media noche con sed. La casa estaba en silencio. Me levanté tambaleándome y salí al patio. Escuché ruidos en el granero. Gemidos bajos. Golpes rítmicos. Carne contra carne.
Me acerqué como zombi. La puerta estaba entreabierta.
Y los vi.
Tania desnuda, apoyada en una pila de pacas. Las piernas abiertas. Don Hilario atrás de ella, con los pantalones en los tobillos, metiéndosela hasta los huevos en el culo. La tenía agarrada del pelo como rienda. Ella gemía bajito, lloriqueaba, le pedía:
—Más duro, don… rómpame…
Él le contestaba con voz de fiera:
—Así te gusta, ¿verdad, putita? Que un viejo te dé lo que tu cornudito no puede…
Y ella asentía, llorando de placer.
Yo me quedé ahí, paralizado. La verga me dolía de tan dura. Me bajé el pants en silencio y empecé a jalármela viendo cómo él la reventaba. Cada embestida hacía que esas nalgas se le abrieran y cerraran como olas. Escuché el sonido húmedo, el chapoteo, los huevos de él chocando contra el coño empapado de mi mujer.
Cuando don Hilario se corrió, gruñó como toro y se quedó enterrado hasta el fondo. Tania se estremeció entera, se vino con él adentro, mordiéndose el brazo para no gritar.
Yo también me vine. En el piso del granero. Sin hacer ruido. Como el pinche cornudo que soy.
Desde entonces… lo sé todo.
Sé cuando se manda mensajes. Sé cuando ella sale “a caminar” y vuelve con las piernas temblando. Sé que en el río se mete desnuda y él la espera para cogérsela en el agua. Sé que a veces, cuando yo estoy en la ciudad comprando alambre o alimento, él la sube a la troca y la revienta en la caja mientras yo estoy a kilómetros.
Y lo más enfermo… es que ya no peleo.
Cuando Tania llega oliendo a sexo y a hombre viejo, yo la beso en la boca. Le digo “te extrañé, mi amor”. Y ella me sonríe con esa sonrisa de puta satisfecha, me da un beso rápido y se va a bañar.
A veces, en la noche, cuando ella duerme, me masturbo oliendo la tanga que dejó tirada. Huele a semen de otro. Y me corro pensando en ellos.
Don Hilario ya ni disimula.
Me saluda con un “qué onda, patrón” y una media sonrisa. Me da palmadas en la espalda como si fuera su compa. Y yo le digo “gracias por todo, don”.
Porque en el fondo… le agradezco.
Le agradezco que le dé a mi mujer lo que yo nunca pude. Que la haga gritar. Que la haga temblar. Que la haga sentirse hembra de verdad.

Yo solo miro.
Y me toco.
Y me corro.
Y sigo siendo el cornudo del rancho.
El de la playera de Batman.
El que se queda en casa mientras don Hilario le rompe el culo a mi esposa en el granero.
Y la verdad…
Nunca he sido tan feliz.
32 años. El wey de la playera de Batman que todos se burlan a mis espaldas. El que usa lentes gruesos y siempre parece que va a pedir permiso para respirar. El que se casó con Tania hace tres años porque desde el primer día que la vio en ese antro pensó: “esta morra es demasiado para mí… pero voy a intentarlo”.
Y lo intenté.
Le di un hijo. Un rancho. Mi vida entera.

Pero desde que nació el niño… algo se rompió. O tal vez nunca estuvo bien puesto. Tania empezó a cambiar. O tal vez siempre fue así y yo estaba ciego. El cuerpo se le puso más cabrón después del parto. Ese culo cubano que ya era grande se volvió una maldita obra de arte. Caminaba por la casa con leggings y yo me quedaba viendo como idiota, pero cuando intentaba tocarla… “estoy cansada, Cristian”, “el bebé me tiene harta”, “no estoy de humor”.
Y yo me quedaba callado. Porque la amo. Porque si la pierdo, me muero.
Cuando llegó la herencia del abuelo Flavio pensé que esto se iba a arreglar. Un rancho en medio de la nada, aire puro, trabajo de hombres, mi mujer iba a volver a mirarme como antes. Iluso.
Llegamos y ahí estaba él: don Hilario.
Sesenta y pico, pero parece que el tiempo le dio más fuerza en vez de quitársela. Bigote grueso, manos como mazos, mirada que te atraviesa. Me saludó con un “qué onda, patrón” que sonó a burla. Y Tania… Tania lo miró diferente desde el primer día. No de miedo. De curiosidad. De esa curiosidad que las hembras ponen cuando ven un macho de verdad.

Yo lo dejé seguir como capataz. ¿Qué sabía yo de vacas, de potreros, de sementales? Nada. Así que don Hilario mandaba. Y mandaba también en otras cosas que yo tardé en entender.
Al principio eran detalles pequeños.
Tania salía más al campo “a ayudar”. Volvía con las mejillas coloradas, el pelo revuelto, oliendo a sudor y a alfalfa. Yo le preguntaba:
—¿Qué hacías, mi amor?
—Nada, Cristian… nomás viendo las cercas con don Hilario.
Y yo le creía. Porque quería creerle.
Una tarde los vi desde lejos. Estaban en el granero. Ella de espaldas, agachada, los jeans bajados hasta las rodillas, la tanga violeta metida entre esas nalgas monstruosas. Él atrás, nomás mirando. No la tocaba. Solo veía. Como si estuviera tasando una yegua fina. Tania se quedó ahí un buen rato, quieta, dejándose ver. Cuando se subieron los pantalones y salieron, yo me escondí detrás de un árbol como un pinche cobarde. El corazón me latía en la garganta. Y lo peor… tenía la verga dura.

Esa noche, en la cama, intenté acercarme. Le besé el cuello, le metí la mano por debajo del camisón. Ella se hizo la dormida. Yo me masturbé en silencio al lado de su cuerpo tibio, pensando en cómo se veía agachada en el granero. Me corrí en mi mano imaginando que don Hilario la estaba mirando. Y me sentí sucio. Y me gustó.
Después vinieron más cosas.

La veía llegar del arroyo con la ropa mojada pegada al cuerpo, los pezones marcados, la cara muy apenada. Una vez la encontré en la cocina, lavando trastes, y don Hilario entró sin avisar. Se paró atrás de ella, muy cerca. Le dijo algo al oído. Tania se mordió el labio y se le escapó un gemidito. Yo estaba en la sala, a unos metros, viendo Netflix con el volumen bajo. No hice nada. Solo bajé el volumen más.
Una noche me enfermé. Fiebre del carajo. Deliraba. Tania me cuidó todo el día. Me ponía trapos fríos, me daba medicina. Pero cuando me quedé dormido profundo… se fue.
Me desperté a media noche con sed. La casa estaba en silencio. Me levanté tambaleándome y salí al patio. Escuché ruidos en el granero. Gemidos bajos. Golpes rítmicos. Carne contra carne.
Me acerqué como zombi. La puerta estaba entreabierta.
Y los vi.
Tania desnuda, apoyada en una pila de pacas. Las piernas abiertas. Don Hilario atrás de ella, con los pantalones en los tobillos, metiéndosela hasta los huevos en el culo. La tenía agarrada del pelo como rienda. Ella gemía bajito, lloriqueaba, le pedía:
—Más duro, don… rómpame…
Él le contestaba con voz de fiera:
—Así te gusta, ¿verdad, putita? Que un viejo te dé lo que tu cornudito no puede…
Y ella asentía, llorando de placer.
Yo me quedé ahí, paralizado. La verga me dolía de tan dura. Me bajé el pants en silencio y empecé a jalármela viendo cómo él la reventaba. Cada embestida hacía que esas nalgas se le abrieran y cerraran como olas. Escuché el sonido húmedo, el chapoteo, los huevos de él chocando contra el coño empapado de mi mujer.
Cuando don Hilario se corrió, gruñó como toro y se quedó enterrado hasta el fondo. Tania se estremeció entera, se vino con él adentro, mordiéndose el brazo para no gritar.
Yo también me vine. En el piso del granero. Sin hacer ruido. Como el pinche cornudo que soy.
Desde entonces… lo sé todo.
Sé cuando se manda mensajes. Sé cuando ella sale “a caminar” y vuelve con las piernas temblando. Sé que en el río se mete desnuda y él la espera para cogérsela en el agua. Sé que a veces, cuando yo estoy en la ciudad comprando alambre o alimento, él la sube a la troca y la revienta en la caja mientras yo estoy a kilómetros.
Y lo más enfermo… es que ya no peleo.
Cuando Tania llega oliendo a sexo y a hombre viejo, yo la beso en la boca. Le digo “te extrañé, mi amor”. Y ella me sonríe con esa sonrisa de puta satisfecha, me da un beso rápido y se va a bañar.
A veces, en la noche, cuando ella duerme, me masturbo oliendo la tanga que dejó tirada. Huele a semen de otro. Y me corro pensando en ellos.
Don Hilario ya ni disimula.
Me saluda con un “qué onda, patrón” y una media sonrisa. Me da palmadas en la espalda como si fuera su compa. Y yo le digo “gracias por todo, don”.
Porque en el fondo… le agradezco.
Le agradezco que le dé a mi mujer lo que yo nunca pude. Que la haga gritar. Que la haga temblar. Que la haga sentirse hembra de verdad.

Yo solo miro.
Y me toco.
Y me corro.
Y sigo siendo el cornudo del rancho.
El de la playera de Batman.
El que se queda en casa mientras don Hilario le rompe el culo a mi esposa en el granero.
Y la verdad…
Nunca he sido tan feliz.
4 comentarios - Relato cornudo: el capataz y el rancho cornudo (cristian)