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Como convertí a mi esposa en una puta y yo en un cornudo

Mi esposa, Elena, siempre ha sido el epítome de la reserva. Con su cuerpo voluptuoso que se curva en todos los lugares correctos, su cabello afro rojizo que cae en ondas salvajes sobre sus hombros, esas pecas salpicadas en su nariz y mejillas que le dan un aire inocente, y un culo envidiable que podría hacer que cualquier hombre se detuviera en seco, uno pensaría que es una diosa del deseo. Pero no, Elena era todo lo contrario: tímida en la cama, prefería las luces apagadas, misionero rápido y nada de experimentos. Yo, por otro lado, llevaba años fantaseando con verla liberada, compartida, convertida en el centro de atención. Sabía que tenía que ir despacio, sugestivamente, sin presionar.Todo empezó hace unos meses. Una noche, después de la cena, puse una película en la tele, pero en lugar de algo romántico, elegí un video porno sutil. No le dije nada; solo lo dejé correr como si fuera accidental. Era un gangbang suave, con una mujer rodeada de hombres, gimiendo de placer mientras la llenaban. Elena se sonrojó al instante, sus pecas destacando más bajo el rubor. "¡Qué es esto!", exclamó, cubriéndose los ojos, pero noté cómo sus muslos se apretaban bajo la falda. "Solo curiosidad, amor", respondí con una sonrisa inocente. "Pensé que podría avivar las cosas". No insistí, pero al día siguiente, le compré un vibrador pequeño, uno de esos discretos que parecen un lápiz labial. Lo dejé en su mesita de noche con una nota: "Para cuando quieras explorar sola". Ella lo miró con ojos grandes, pero no lo devolvió.Poco a poco, escalé. Empecé a poner trios HMH –hombre-mujer-hombre– durante nuestras noches de "cine en casa". Al principio, fingía que eran escenas de películas mainstream, pero pronto eran videos explícitos: una mujer entre dos hombres, uno besándola mientras el otro la penetraba desde atrás. Elena se mordía el labio, su respiración se aceleraba, y yo notaba cómo su mano se deslizaba bajo las sábanas. "Imagínate eso", le susurraba al oído, sin forzar. Le compré más juguetes: un dildo mediano, luego uno más grande, con venas y todo. "Prueba esto mientras miro", le dije una noche, y para mi sorpresa, accedió. Su cuerpo voluptuoso se retorcía en la cama, su cabello afro rojizo desparramado en la almohada, mientras empujaba el juguete dentro de sí misma. Gemía bajito, pero sus ojos se cerraban imaginando... algo más.La semilla estaba plantada. Hablaba de fantasías en voz baja durante el sexo: "Imagínate si otro hombre te tocara aquí", mientras mis dedos exploraban su culo envidiable. Ella negaba con la cabeza, pero su coño se mojaba más. Compré un dildo de 20 cm, grueso, y lo usamos juntos. "Piensa en uno real", le dije, y vi el destello en sus ojos pecosos.Entonces, llegó el momento impensable. Había contactado a un tipo en línea –un desconocido de 28 años, atlético, con una polla que medía 25 cm de largo y gruesa como mi muñeca. Lo verifiqué todo: fotos, videos, discreción absoluta. Le mostré a Elena una foto borrosa una noche, después de un trio en video que la dejó jadeando. "Mira esto, amor. Imagina si...". Ella se quedó mirando, su mano deteniéndose en el juguete. "Es enorme", murmuró, y en lugar de horror, había curiosidad en su voz. "Solo una vez", sugerí. "Yo estaré ahí, mirándote. Serás el centro". Pensé que me mandaría al diablo, pero después de unos días de silencio, me miró con esos ojos pecosos y dijo: "Está bien. Pero solo miras".La noche llegó. Invité al tipo a casa, un hotel neutral habría sido demasiado para ella. Elena se vistió con lencería que le compré: un conjunto negro que acentuaba sus curvas voluptuosas, su culo envidiable sobresaliendo tentador. Su cabello afro rojizo estaba suelto, salvaje. El tipo entró, educado pero directo. Se desvistió, revelando esa monstruosidad de 25 cm, ya medio erecta, gruesa y venosa. Elena tragó saliva, sus pecas ardiendo en rojo, pero no se echó atrás. Me senté en la silla del rincón, mi polla dura en mis pantalones, observando.Empezó lento. Él la besó, sus manos grandes explorando su cuerpo. Elena gimió, reservada al principio, pero cuando él la levantó y la puso en la cama, abriéndole las piernas, algo se rompió en ella. "Dios, es tan grande", susurró mientras él frotaba la cabeza contra su entrada mojada. Yo no podía creerlo: mi esposa reservada, empujando sus caderas hacia adelante, invitándolo. Él entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola. Ella gritó, un mezcla de dolor y placer, su cabello rojizo agitándose mientras arqueaba la espalda. "Más", pidió, y él obedeció, embistiendo profundo, su grosor llenándola como ningún juguete podía.Yo miraba, masturbándome lento, el corazón latiéndome fuerte. Elena, mi Elena tímida, ahora gritaba: "¡Fóllame más fuerte!". Su culo envidiable rebotaba con cada embestida, sus tetas voluptuosas saltando. Él la giró, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás, golpeando profundo. Ella miró hacia mí, sus ojos pecosos vidriosos de lujuria. "Mírame, amor. Mírame siendo follada por esta polla enorme". Vino dos veces, temblando, antes de que él se corriera dentro de ella, llenándola.Después, se acurrucó conmigo, exhausta pero sonriente. "No puedo creer que lo hice", murmuró. Pero yo sabía que era solo el principio. Mi plan había funcionado.
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