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Secretos De Un Viaje

Hola a todos, o mejor dicho, hola a quien sea que lea esto en este rincón oculto de internet donde descargo mis locuras. Me llamo Carolina, tengo 26 años, y soy esa chica que parece tenerlo todo bajo control: trabajo en marketing digital en Ciudad de México, vivo en un departamentito lindo, salgo con amigos los fines de semana y viajo cuando puedo. Pero como todo el mundo, tengo mis secretos. Y este que les voy a contar... uf, es de los que te queman por dentro. Pasó hace unos meses, durante un viaje familiar a Playa del Carmen, en Quintana Roo. Fuimos toda la familia: mis papás, tíos, primos... y él, Alexander, mi primo de 19 años. Alto, moreno, con esa carita de niño travieso que aún no ha crecido del todo, pero con un cuerpo que ya dice lo contrario – gracias al fútbol que juega en la uni. Nunca lo vi de esa forma hasta ese viaje. O tal vez sí, pero no lo admitía.


Todo empezó en el vuelo desde CDMX. Estábamos sentados juntos por casualidad – o eso pensé. Alexander no paraba de mirar su teléfono, riéndose solo. Yo, con mi laptop abierta, fingiendo trabajar en un informe, pero en realidad chismeando en redes. De repente, me pasa su celular con una sonrisa pícara. "Mira esto, prima. ¿Te suena familiar?".


Mi corazón se detuvo. En la pantalla había una foto vieja, borrosa, de una chica en lencería roja, posando en una cama deshecha. Era yo. De hace como cinco años, cuando estaba en la uni estudiando comunicación. ¿Cómo carajos la había encontrado? "Alexander, ¿de dónde sacaste eso?", le susurré, mirando alrededor para que nadie nos oyera. El avión estaba lleno, pero mis papás dormían unas filas atrás.


Se rió bajito, sus ojos café clavados en mí. "Prima, el internet no olvida. Busqué tu nombre por curiosidad y... boom. ¿Vendías contenido +18? ¿En serio? Mis tíos se mueren si se enteran".

Sentí el rubor subirme por el cuello. Sí, lo hice. Entre los 20 y 22 años, para pagar la uni. Mis papás me ayudaban con lo básico, pero quería independencia: libros, salidas, hasta un viaje a Cancún con amigas. Empecé con fotos suaves en una app de suscripciones, luego videos más explícitos. Nada hardcore, pero sí mostrando todo: tetas, culo, masturbándome para la cámara con juguetes que compraba online. Ganaba bien. Con ese dinero, a los 21 años decidí darme un gusto que llevaba tiempo queriendo: me operé los pechos. Pasé de una 34B natural a una 34C/D perfecta, firme, redonda, con esa forma que se ve natural pero que levanta la mirada de cualquiera. Me sentía más segura, más sexy, Lo dejé cuando me gradué y conseguí mi primer trabajo decente. Borré todo, o eso creí. Pero el internet, como dijo él, no olvida.


En el avión, intenté explicarle. "Fue solo para pagar mis estudios, Alex. No era prostitución ni nada. Solo fotos y videos para fans anónimos. Nadie de la familia lo sabe, y así debe quedar. Por favor, borra eso y no digas nada".

Él asintió, pero su mirada era diferente. Curiosa, hambrienta. "Ok, prima. Pero... ¿me cuentas más? ¿Cómo era? ¿Te gustaba?".

El vuelo duró dos horas, y en ese tiempo, le conté lo básico. Cómo empecé tímida, posando en mi cuarto de la uni con luz natural filtrándose por la ventana. Cómo aprendí a editar fotos para resaltar mis curvas: mis tetas, firmes y con pezones rosados que se ponían duros con solo pensarlo; mi cintura delgada y caderas anchas que formaban esa figura de reloj de arena que tanto gustaba. Los videos: yo sola en la cama, piernas abiertas, dedos deslizándose por mi coño depilado, gimiendo para la cámara mientras imaginaba ojos ajenos devorándome. "Me excitaba la idea de ser deseada", admití en un susurro, sintiendo un cosquilleo familiar entre las piernas. Alexander escuchaba atento, su pierna rozando la mía accidentalmente – o no. Noté cómo se ajustaba el pantalón corto, disimulando una erección creciente.


Llegamos al hotel en Playa del Carmen esa tarde. Un resort todo incluido, con playa privada, piscinas infinitas y habitaciones compartidas por familia. Mis papás en una, yo en otra con mi prima menor, pero Alexander tenía la suya solo porque era el "chico grande". Esa noche, después de la cena familiar – tacos al pastor, margaritas y risas sobre anécdotas viejas – me mandó un mensaje: "Ven a mi habitación. Quiero ver uno de esos videos. Porfa, prima. No le digo a nadie".

Mi estómago dio un vuelco. Sabía que era riesgoso, pero la adrenalina del secreto me empujaba. Me escabullí después de medianoche, con un vestido ligero de verano que apenas cubría mis muslos, sin bra ni panties – el calor de Quintana Roo es brutal. Toqué la puerta de su habitación. Me abrió en shorts y camiseta, el pelo húmedo de una ducha reciente. Olía a jabón y a juventud.

Entré, el aire acondicionado enfriando mi piel erizada. Nos sentamos en la cama king size, con vistas al mar negro a través de la ventana. "Ok, Alex. Te muestro uno viejo que guardé en mi drive privado. Pero solo para que veas que no era nada malo, y después lo olvidas todo".

Saqué mi teléfono, busqué el video. Era uno de mis favoritos: yo de 21 años, en mi antiguo cuarto, arrodillada en la cama con lencería negra. Me quitaba el bra lentamente, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones endureciéndose al aire. Luego, me tumbaba, abría las piernas y empezaba a tocarme: dedos circulando mi clítoris hinchado, deslizándome dentro de mi coño mojado, gimiendo "Sí, mírame, tócate por mí". El video duraba cinco minutos, y terminaba conmigo corriéndome, el cuerpo arqueado, jugos brillando en mis dedos.

Alexander lo vio entero, su respiración acelerándose. Cuando terminó, me miró. "Prima... eso fue... joder, eres increíble. ¿Por qué lo dejaste?".

"Porque era temporal. Para pagar la uni. Ahora soy profesional, no necesito eso". Pero mi voz temblaba. Ver el video con él me había excitado. Sentía mi coño húmedo, los jugos resbalando por mis muslos internos.

Él se acercó más, su mano rozando mi rodilla. "No le digo nada a los tíos... si me dejas tocarte como en el video".

Mi mente gritó no, pero mi cuerpo dijo sí. Era mi primo, pero en ese momento, solo un chico guapo, joven, excitado por mí. "Alex... estas loco. Somos familia".

"Por eso es emocionante", murmuró, su mano subiendo por mi muslo. "Solo una vez. Para sellar el secreto".

Cedí. Me incliné y lo besé, sus labios suaves y ansiosos. Nuestras lenguas se enredaron, sabor a sal del mar y a juventud. Le quité la camiseta, revelando su pecho definido, abdominales marcados del fútbol. Bajé la mano a su short, palpando su verga ya dura, latiendo bajo la tela. Era grande, gruesa, como de 16 cm, venosa y caliente.

"Prima... Caro...", gimió cuando la saqué. El glande rojizo, hinchado, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a hombre joven, a deseo reprimido. La envolví con mi mano, piel suave sobre músculo duro. Empecé a pajearlo despacio, arriba y abajo, sintiendo cada vena pulsar.

"Shh, relájate", susurré, acelerando el ritmo. Escupí en mi palma para lubricar, el sonido húmedo llenando la habitación: chap, chap, chap. Él empujaba las caderas, follándome la mano, sus bolas pesadas golpeando contra mi muñeca. Con la otra mano, masajeé sus testículos, sintiéndolos contraerse.

"Dime qué te gustó del video", le dije, mi voz ronca de excitación. Mi coño chorreaba ahora, empapando el vestido.

"Todo... tus tetas, cómo te tocabas la chocha... joder, prima, eres una diosa". Su voz se quebraba, el pecho subiendo y bajando rápido.

Aceleré más, retorciendo la muñeca en la punta, frotando el pulgar sobre el glande sensible. Él gruñó, sus manos en mis tetas ahora, pellizcando mis pezones a través del vestido. "Voy a... Caro, me vengo...".

"Suéltalo todo, Alex. Para mí". Bombeé fuerte, y explotó: chorros calientes de lechita blanca y espesa salpicando mi mano, mi brazo, incluso mi vestido. Siguió latiendo en mi agarre pegajoso hasta que se vació, jadeando como si hubiera corrido un maratón.

Me limpié con una toalla del baño, sonriendo. "Ahora el secreto está sellado. No le digas a nadie, ¿ok?".
Asintió, exhausto y feliz. "Nunca, prima. Esto fue... increíble".

Salí de la habitación con las piernas temblando, el coño aún palpitando de deseo no satisfecho. El resto del viaje fue normal: playa, snorkel, fotos familiares. Pero cada mirada de Alexander me recordaba ese momento. ¿Repetiremos? No lo sé. Solo sé que México tiene playas hermosas... y secretos aún más calientes.

Si les gustó, comenten. ¿Quién sabe? Tal vez cuente más.

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