En aquél entonces…
Ethel Portillo acababa de cumplir 18 años, pero su presencia ya llevaba tiemporobando suspiros a medio mundo.
Es una belleza muy latina, deesas que parecen esculpidas con cariño por manos expertas. Mide alrededor de1.65, pero su proporción es tan perfecta que parece más alta cuando camina. Supiel es un tono miel cálido, suave como terciopelo, con un brillo natural queresalta especialmente en el escote y en la curva de sus hombros.
El rostro… ay, el rostro es deesos que hacen que la gente se quede callada un segundo. Ojos grandes, coloravellana oscuro con pestañas larguísimas que enmarcan una mirada entre dulce ypeligrosamente coqueta. Sus cejas son gruesas y perfectamente arqueadas, perolo que más impacta es el delineado felino, negro intenso, que alarga sus ojos yles da ese aire de "sé exactamente lo que estoy provocando". Loslabios carnosos, siempre pintados de un rosa fresa o nude brillante, se curvanen una sonrisa que parece prometer secretos.
El cabello largo, liso como seda,color castaño oscuro con reflejos chocolate que brillan bajo la luz, le caehasta casi la mitad de la espalda. Cuando se mueve, se balancea como unacortina tentadora.
Y luego está el cuerpo… Dios mío,el cuerpo.
Ethel tiene una figura de relojde arena de ensueño: cintura pequeña, de esas que invitan a rodearlas con lasmanos, busto redondo, firme y generoso (el tipo de copa C-D que se veespectacular en cualquier escote), caderas anchas y marcadas que contrastandeliciosamente con esa cintura diminuta.
Pero si hay algo que realmentevuelve loco a cualquiera que la vea de espaldas… es su culito.
Un culito de encanto absoluto.Redondo, elevado, perfectamente respingón, de esos que parecen desafiar lagravedad. Carne suave pero firme, con la forma exacta de corazón invertidocuando está parado. Cada paso que da hace que se mueva con una cadencia hipnótica,suave pero evidente, como si tuviera vida propia. Cuando usa jeans ajustados oleggings, la tela se abraza a él de una forma casi indecente, marcando cadacurva, cada redondez. Y si lleva falda… la forma en que la tela cae y se muevecon cada movimiento de cadera es simplemente criminal.
Es el tipo de trasero que haceque la gente "accidentalmente" deje caer el celular detrás de ellasolo para tener una excusa para mirar un poco más. Pequeño en comparación conlas caderas exageradas, pero tan bien puesto, tan armónico y tan provocador quese convierte en el protagonista silencioso de cualquier habitación en la queEthel entra.
En resumen: cara de ángel conmaquillaje de demonio, cuerpo de pecado perfectamente equilibrado y un culitoque debería tener su propio código postal de tanto que destaca.
Ofelia Martínez, a sus 49 años,era el epítome de una mujer atrapada en un ciclo de frustración eterna. Vivíaamargada, con un temperamento agrio que convertía cada día en un campo minadopara su familia. Como esposa, era insoportable para Pedro: por ejemplo, en unacena familiar reciente, cuando Pedro llegó exhausto del trabajo y solo queríaun momento de paz, Ofelia lo bombardeó con quejas interminables sobre el preciode la comida, criticando cada bocado que él tomaba como si fuera un derrochepersonal, terminando en una discusión donde lo acusó de no valorar sus"sacrificios" invisibles, dejando a Pedro con un nudo en la gargantay deseando escapar a cualquier bar. Como madre, Ethel la sufría igual: en otraocasión, cuando Ethel pidió permiso para salir con amigas a una fiestainocente, Ofelia la interrogó como a una criminal, recordándole "loingrata que eres por no ayudar más en casa", y al final le prohibió salirsolo para que se quedara limpiando la cocina, alegando que "las chicascomo tú solo piensan en divertirse mientras yo me rompo el lomo". TantoEthel como Pedro estaban hartos de ella; Pedro, en particular, recordaba connostalgia el día que se casó con Ofelia, cuando ella era menos enojona —nuncahabía sido alegre, siempre con esa sombra de resentimiento—, pero al menos nolo asfixiaba tanto. Se casaron jóvenes, impulsados por un embarazo inesperadoque resultó en Ethel, su única hija, y desde entonces, la vida se habíaconvertido en una rutina gris donde Ofelia mandaba con mano de hierro.
Ofelia odiaba su propio físicocon una pasión que la consumía. A pesar de probar dietas estrictas —keto, ayunointermitente, lo que fuera— y caminar kilómetros cada mañana, su cuerpo senegaba a cooperar: era gorda, con curvas que se habían vuelto flácidas y unabdomen que sobresalía como un recordatorio cruel de los años. Medía 1.60, perosu peso rondaba los 95 kilos, y cada espejo era un enemigo que le devolvía unaimagen de cansancio, con arrugas prematuras y un rostro que parecíapermanentemente fruncido. Esta insatisfacción se traducía en una envidiaprofunda hacia Ethel, su propia hija. ¿Cómo era posible? Ofelia había sido unajoven medianamente atractiva en su juventud, pero el tiempo, el estrés y quizásuna genética caprichosa la habían transformado en alguien que se sentíainvisible, mientras Ethel florecía como una flor exótica en el mismo hogar. Laenvidia nacía de ver en Ethel todo lo que Ofelia había perdido: juventud,belleza, vitalidad. Era como si Ethel, sin esfuerzo, le robara el protagonismoque Ofelia anhelaba recuperar, recordándole diariamente su propia decadencia.En una ocasión, durante una reunión familiar en la playa, Ethel lució un bikiniajustado que realzaba su figura de reloj de arena, con ese culito respingónmeneándose al caminar por la arena; Ofelia, enfundada en un traje de bañoholgado que ocultaba sus rollos, sintió una punzada aguda al ver cómo losprimos y tíos miraban a Ethel con admiración, mientras a ella la ignoraban."Mira nada más cómo se exhibe", murmuró Ofelia entre dientes, pero enrealidad ardía de celos, deseando secretamente tener ese cuerpo que hacía girarcabezas. En otra instancia, en una boda de un familiar, Ethel apareció con unvestido ceñido que marcaba su cintura diminuta y sus caderas anchas, bailando congracia y atrayendo piropos; Ofelia, con un atuendo ancho y sin forma, se sentóen una esquina, envidiando cómo Ethel irradiaba confianza, pensando para sí:"Yo a su edad no era ni la mitad de eso... ¿por qué ella sí?".
Ethel, en el fondo, sabía que sumamá la odiaba —o al menos la resentía—, pero con su corazón noble, lo atribuíaa "días malos" y no profundizaba más allá de las peleas cotidianas.Discutían por tonterías, como la ropa que Ethel usaba o el tiempo que pasaba enel teléfono, pero Ethel siempre cedía, ayudando en casa con una sonrisaresignada, sin imaginar la profundidad del veneno que bullía en Ofelia. Sinembargo, quien aún no había mirado a Ethel con ojos de hombre era Pedro... peroeso estaba por cambiar muy pronto.
Una mañana soleada, Ofelia habíasalido al mercado con Pedro, dejando a Ethel a cargo de los quehaceres delhogar: barrer el piso, lavar los platos y ordenar la sala, como siempre conórdenes estrictas y un tono de reproche. Ethel, sola en la casa, decidió hacerla tarea más llevadera. Encendió el equipo de sonido a todo volumen, poniendoreggaetón puro fuego —esa música latina con beats pesados y letras provocativasque hacía vibrar las paredes—. Empezó con "Despacito" remixado, peropronto pasó a algo más intenso, como "Gasolina" de Daddy Yankee, y sucuerpo respondió instintivamente. Mientras barría el piso de la sala, Ethelcomenzó a contonearse al ritmo: sus caderas se mecían de lado a lado con unacadencia sensual, como si la escoba fuera un compañero de baile. Giraba sobresus talones, dejando que su culito respingón se elevara y bajara en unmovimiento hipnótico, redondo y firme bajo los shorts ajustados de algodón queapenas cubrían la curva perfecta. Su cintura se torcía, marcando esa forma dereloj de arena, y sus pechos rebotaban ligeramente con cada paso, el sudorempezando a perlar su piel miel bajo la camiseta holgada que se pegaba un pocopor el calor. Bailaba con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior,perdida en el ritmo, meneando las nalgas con una gracia natural que parecíasalida de un video musical —arriba, abajo, círculos lentos que hacían que sutrasero pareciera tener vida propia, desafiando la gravedad con cada contoneo.
Ignorando por completo que supadre había regresado por su billetera olvidada —Ofelia lo había mandado devuelta mientras ella seguía comprando—, Pedro entró sigilosamente por la puertaprincipal, esperando no interrumpir. Pero al verla... ¡POR DIOS! Pensó Pedro,congelado en el umbral, su corazón latiendo como un tambor desbocado. Era laprimera vez que la miraba así, no como a su hija, sino como a una mujer —unadiosa en pleno éxtasis rítmico. Vio su culito de encanto meneándose con esaperfección redonda, elevado y firme, como si invitara a ser tocado; los shortsse ceñían tanto que delineaban cada curva, cada redondez que subía y bajaba alcompás de la música, haciendo que Pedro sintiera un calor repentino en laentrepierna, una erección involuntaria que lo tomó por sorpresa. Sus ojosbajaron por sus piernas tonificadas, subieron por la cintura diminuta que setorcía con gracia felina, y se detuvieron en sus pechos generosos rebotandobajo la tela, el sudor haciendo que la camiseta se transparentara ligeramente,revelando el contorno de sus pezones. Como hombre, sintió un torrente de deseoprohibido: el pulso acelerado, la boca seca, un nudo en el estómago que se convertíaen una lujuria cruda, imaginando por un segundo cómo sería rodear esa cinturacon sus manos, apretar ese culito que parecía esculpido para el pecado."Es mi hija... pero joder, qué mujer", pensó, avergonzado peroincapaz de apartar la vista, su mente traicionándolo con flashes de fantasíasque nunca había admitido. Se quedó allí, oculto en la sombra de la puerta,observando cada movimiento, sintiendo cómo su mundo se tambaleaba en eseinstante eterno.
No era para menos que Pedro sesintiera como si un rayo lo hubiera atravesado al ver a Ethel bailando de esamanera. Hacía más de cinco años que no tenía sexo con Ofelia, su esposa. Alprincipio, lo intentaron un par de veces más, pero siempre terminaba enfracaso: Pedro, estresado por el trabajo y la rutina asfixiante, no lograba unaerección firme, sintiéndose humillado y frustrado mientras Ofelia lo miraba conuna mezcla de lástima y reproche. Ella, por su parte, confesó que ya no ledaban ganas; el resentimiento acumulado, el cansancio de la vida diaria y supropia insatisfacción con su cuerpo la habían apagado por completo. "Mejorno forcemos nada, Pedro", le dijo una noche, girándose de espaldas en lacama. "Somos demasiado viejos para estas tonterías". Desde entonces,acordaron tácitamente dejarlo estar, como si el sexo fuera un lujo olvidado, yPedro se hundió en una rutina gris: trabajo, trabajo y más trabajo en su empleode contador en una pequeña empresa, ganando lo justo para vivir"bien" —pagando las cuentas, comprando lo esencial, pero sin lujoscomo vacaciones o cenas elegantes. Siempre había sido un hombre noble, sumiso yagachón, cooperador con todos, servicial hasta el punto de que sus colegas lousaban como paño de lágrimas sin reciprocidad. A sus 47 años, estaba barrigón,con una panza que colgaba sobre el cinturón, y ya se estaba quedando calvo, conentradas pronunciadas que lo hacían verse mayor de lo que era, ocultas bajo unsombrero cuando salía.
Pero cuando vio a Ethel esamañana, algo se activó en él, tanto psicológicamente como fisiológicamente.Psicológicamente, fue como si una grieta se abriera en su muro de resignación:por primera vez en años, sintió un deseo crudo, prohibido, que lo hacíacuestionar toda su vida de sumisión. "¿Cómo no me di cuenta antes?",pensó, mientras su mente reproducía en bucle el meneo de ese culito perfecto,redondo y elevado, como un imán que lo atraía hacia pensamientos oscuros yliberadores. Fisiológicamente, su cuerpo traicionó su edad: el pulso seaceleró, la sangre fluyó con fuerza hacia su entrepierna, endureciéndolo de unamanera que no recordaba desde su juventud, un calor pulsante que lo dejójadeante y con las palmas sudadas. Era como si Ethel, con su juventud vibrantey su cuerpo de diosa, hubiera encendido un interruptor dormido, recordándoleque aún era un hombre con necesidades, no solo un engranaje en la máquina de larutina.
No la interrumpió; no podía.Simplemente tomó su billetera del mueble de la entrada, donde la había dejadoolvidada, y salió de la casa en silencio, con el corazón martilleando y lamente en ebullición. En el camino de regreso al mercado, pensó en el senderoque debía tomar de ahí en adelante: ya no más sumisión, ya no más agacharseante la vida. Ethel había despertado algo salvaje en él, y necesitaba actuar,necesitaba poder para reclamar lo que deseaba.
Apenas llegó con Ofelia, pagóapresuradamente las compras —frutas, verduras, carne para la semana— y ayudó acargar las bolsas con una eficiencia inusual, ignorando las quejas de ellasobre el precio de los tomates. "Vamos rápido, que tengo que ir a ver a mipadre", murmuró, ansioso por escapar y poner en marcha su plan reciénnacido. Ofelia frunció el ceño, pero no protestó mucho; estaba acostumbrada aque Pedro corriera a ayudar a su familia.
Luego, salió rumbo a la casa desu padre, un anciano de 78 años que vivía solo en una modesta pero valiosapropiedad en las afueras de la ciudad. Generalmente, un ayudante lo acompañaba—un enfermero contratado que le administraba medicamentos y lo asistía en susnecesidades diarias—, pero esa vez, por suerte o destino, el ayudante habíasalido a la farmacia a reponer unas recetas. El padre de Pedro estaba en losúltimos días de su vida, postrado en cama por un cáncer avanzado, con loshermanos de Pedro —tres hermanas y dos hermanos— aguardando como buitres laherencia. El señor tenía muchas propiedades: una casa en el centro, terrenos enel campo valorados en cientos de miles, y una cuenta bancaria robusta deahorros de toda una vida de trabajo duro como comerciante. Los hermanos yahabían empezado a cuchichear sobre divisiones, presionando al viejo para quefirmara testamentos a su favor, pero Pedro, siempre el noble, se habíamantenido al margen... hasta ahora.
En esa visita, Pedro dobló sumoral por primera vez en la vida, una moral que jamás había torcido ni siquieraen momentos de tentación. Entró a la habitación del anciano, quien lo recibiócon una sonrisa débil, y tras un rato de charla banal sobre el clima y lasalud, Pedro se armó de valor. "Papá, necesito que me des la contraseña dela caja fuerte", dijo con voz temblorosa, inventando una excusa sobre"documentos importantes para el seguro". El viejo, confundido por losanalgésicos y confiando ciegamente en su hijo más sumiso, se la dio sinresistencia: 5491, el año de su nacimiento al revés. Pedro abrió la caja fuerteen el closet, y vació su contenido en una maleta que llevaba consigo,ocultándola bajo su chaqueta al entrar. El motín fue impresionante: 109 mildólares en efectivo, atados en fajos ordenados; 378 mil pesos mexicanos en billetesnuevos; 120 onzas de plata en barras relucientes; 9 centenarios de oro, cadauno brillando con valor histórico; joyas de la difunta madre —anillos condiamantes, collares de perlas, un reloj de oro antiguo—; y otras cosas de valorque añadió sin pensarlo dos veces. Sus manos temblaban mientras lo empaquetabatodo, el sudor perlando su frente casi calva.
Luego, para cubrir sus huellas,le dio a su padre una pastilla extra de somnífero —una de las que el enfermerodejaba en la mesita—, disuelta en un vaso de agua. "Toma, papá, para quedescanses mejor", le dijo, viendo cómo el viejo se dormía profundamente,asegurándose de que no recordara mucho de la visita al despertar. Antes de eso,le hizo firmar papeles improvisados: autorizando "créditos post vida"que pudieran ser cobrados directamente con bienes como las propiedades, sinnecesidad de intervención de un notario —un truco sucio que Pedro habíaaprendido de un colega en el trabajo, aunque nunca pensó usarlo. El ancianofirmó con mano temblorosa, medio dormido ya, sin entender del todo.
Salió de ahí sintiéndose mal, conel estómago revuelto por la culpa, como si hubiera traicionado su propiaesencia noble. Pero también se decía a sí mismo, justificándolo en el camino:"Si no hago esto, termino la vida como siempre la he vivido, agachado ysirviendo a todos, mientras mis hermanos y hermanas siempre disfrutando yabusando de papá, llevándose lo mejor sin mover un dedo". Era verdad;ellos eran los ambiciosos, los que visitaban solo para pedir dinero, mientrasPedro era el que limpiaba y cuidaba.
Salió y se subió a su automodesto, un sedán de 10 años viejo con abolladuras y pintura descolorida,arrancando con un rugido oxidado. "Esto tiene que cambiar", se dijo así mismo, apretando el volante mientras aceleraba. "Para poder hacerchingaderas necesito dinero de respaldo. El dinero da poder, y el poder dalujos como ese manjar de culito...". Recordaba el baile de la bella Ethel,su culito meneándose hipnóticamente, y una sonrisa torcida se formó en surostro barrigón. Por primera vez, sentía que el control estaba en sus manos.
Al día siguiente de su visita alpadre, Pedro despertó con una determinación férrea, como si el fuego que Ethelhabía encendido en él se hubiera convertido en un motor imparable. Saliótemprano a caminar y trotar por el parque cercano, jadeando al principio por subarriga y falta de condición, pero empujado por una visión clara: "Deboestar preparado para ella", se repetía mentalmente con cada paso,imaginando la primera vez con Ethel como un sueño prohibido hecho realidad. Ensu mente, la veía en su habitación, con ese culito de encanto elevado hacia él,sus caderas anchas temblando bajo sus manos mientras él, fuerte y vigoroso, lapenetraba despacio al principio, sintiendo la calidez apretada de su juventud,sus gemidos suaves convirtiéndose en gritos de placer mientras él la hacíasuya, marcando cada curva de ese cuerpo perfecto con besos y cariciasposesivas. "Será suave, pero intensa... la haré mía para siempre",fantaseaba, el sudor mezclándose con la excitación que lo endurecía incluso mientrascorría.
No se detuvo ahí: esa mismatarde, compró un banco de ejercicios multifuncional en una tienda local,pagando en efectivo con parte de los pesos mexicanos robados, y lo instaló enel garaje. Empezó a entrenar diariamente —pesas para fortalecer los brazos y elpecho, abdominales para reducir la panza, sentadillas que le dolían pero lomotivaban al pensar en cómo su cuerpo renovado impresionaría a Ethel.Complementó todo con proteínas en polvo, batidos de avena y plátano, ysuplementos que investigó en línea: viagra genérico para la potencia sexual,testosterona en cápsulas para el vigor, y ginseng con maca para esa fuerzaextra que lo haría sentir como un toro en celo. En solo semanas, su barrigaempezó a menguar, sus músculos a definirse levemente, y su libido, dormida poraños, rugía con vida propia.
Comenzó a acercarse más a su hijaEthel, interesándose en sus gustos y rutinas como nunca antes. Le preguntabapor sus series favoritas en Netflix, por las canciones de reggaetón quebailaba, por sus sueños de estudiar diseño gráfico en la universidad. Ethel,sorprendida al principio, recibió gratamente su compañía; siempre había visto asu padre como un hombre distante y sumiso, pero ahora lo encontraba atento,casi cómplice. "Papá, ¿por qué de repente quieres saber tanto demí?", le preguntó un día con una sonrisa coqueta, y Pedro solo respondíacon un guiño: "Porque eres lo mejor que tengo, hija". Pronto, empezóa consentirla en secreto: le compraba ropa ajustada que realzaba su figura dereloj de arena —tops escotados, jeans que abrazaban ese culito respingón—,maquillaje de marcas caras como MAC para acentuar sus ojos felinos y labioscarnosos, y productos para el cabello que lo hacían brillar como seda. "Niuna palabra a tu mamá, eh, que sabes cómo rezonga con el dinero", le susurrabaPedro al entregarle los regalos en privado, y Ethel asentía, encantada con elsecreto compartido, sintiéndose valorada por primera vez.
Gracias a estos mimos, Ethelcomenzó a vestir mejor: faldas cortas que dejaban ver sus piernas tonificadas,blusas que marcaban su busto generoso y cintura diminuta, siempre con un toquesexy pero elegante. Su maquillaje se volvió impecable —delineado perfecto,labios brillantes en tonos rojos que invitaban a besos—, y su peinado, antessimple, ahora era ondas suaves o liso planchado que caía como una cascadatentadora. Todo mejor, y ya se veía más preciosa que nunca, una diosa que hacíagirar todas las cabezas en la calle. Pedro, al verla así, comenzaba a ser másceloso: no soportaba la idea de que otros hombres la miraran, especialmente susamigos. Empezó a ideárselas para aislarla sutilmente —le sugería películas encasa en lugar de salidas con amigas, le compraba un nuevo teléfono con apps destreaming para que se quedara "relajada" en su habitación, oinventaba excusas como "hoy hay tráfico, mejor quédate y ayúdame con lacena"—. Ethel, encantada con la atención y los lujos —joyas discretas,perfumes caros, incluso un nuevo bolso de diseño—, prefería ya estar en casa,donde se sentía como una princesa mimada, bailando sola en su cuarto con la músicaalta, ignorando el mundo exterior.
Pedro empezó gastando los pesosmexicanos en estos caprichos y en su transformación personal, pero prontocambió las 120 onzas de plata y los 9 centenarios de oro en un cambistadiscreto del mercado negro, obteniendo una suma jugosa que invirtió en bienesraíces: compró un departamento pequeño en el centro de la ciudad y un terrenoen las afueras, todo a nombre de una empresa fantasma que creó con ayuda de uncontacto turbio. Todo esto lo hizo en poco tiempo, en apenas dos meses demaniobras frenéticas, trabajando de noche en planes y reuniones secretas.Pronto, el papá falleció —una noche tranquila, sin dolor, como si el somníferode esa visita hubiera sido un presagio—. Pedro contrató un abogado voraz, untiburón sin escrúpulos que, armado con los papeles firmados por el anciano, yotras mañas como testigos comprados y documentos retroactivos, dejó a sushermanos casi en la calle. Demandó las propiedades en nombre de Pedro, alegandodeudas pendientes y preferencias testamentarias "olvidadas",embargando casas y terrenos que los buitres habían codiciado. Los hermanosgritaron traición, pero el abogado los aplastó en corte, dejando a Pedro con lamayor parte: millones en propiedades y cuentas que multiplicaron su fortunainicial.
Pedro, sin que Ofelia se dieracuenta —ella seguía en su rutina amargada, quejándose del precio de todo—, yaamasaba una importante fortuna: vendía y compraba inmuebles, invertía enacciones a través de apps, y guardaba el efectivo en una caja fuerte nueva enel garaje. Ofelia notó los cambios en Ethel —la ropa nueva, el maquillajereluciente, el aire de confianza que la hacía aún más hermosa—, y un díaexplotó: "¿De dónde está saliendo todo esto, eh? ¿Estás robando oqué?". Ethel, con calma, le mintió como Pedro le había instruido: "Elabuelo me dejó herencia, mamá, unos ahorros que me dio antes de morir".Ofelia, envidiosa hasta el hueso —viendo en su hija la belleza y los lujos queella nunca tuvo—, discutió con ella ferozmente: "¡Mentirosa! Ese viejo note quería tanto, siempre fui yo la que lo cuidaba. ¡Estás malgastando todo entonterías mientras yo me mato trabajando en casa!". La pelea escaló agritos, con Ofelia acusándola de ser una "niña consentida y exhibicionista",hasta que Ethel, harta y con lágrimas en los ojos, se refugió en su habitación,sollozando sobre la cama, su culito perfecto curvándose bajo la falda mientrasse acurrucaba.
Es cuando Pedro, como buencazador oliendo la oportunidad, entró en la alcoba de Ethel sin llamar,cerrando la puerta detrás de él con un clic suave. Se acercó a la cama,sentándose al borde, y con voz grave pero tierna, dijo: "Hija... necesitohablar contigo... me divorcio de tu madre...".
Ethel levantó la mirada hacia supadre, con los ojos aún brillantes por las lágrimas, el delineado felinocorrido en finas líneas negras que le daban un aire trágicamente hermoso. Seincorporó un poco en la cama, el culito respingón curvándose bajo la faldacorta mientras se sentaba sobre las rodillas.
—Papá… por favor, no lo hagas—susurró con voz temblorosa—. O si lo haces… llévame contigo. No me dejes aquícon ella. No puedo más.
Pedro sintió un calor subirle porel pecho, pero mantuvo la expresión de padre preocupado, noble, dolido. Seinclinó hacia ella, acariciándole el cabello con ternura fingida.
—Hija… ojalá pudiera. Perolegalmente no es posible. Eres mayor de edad pero NO para independizarte sinconsentimiento de ambos padres, y tu mamá nunca te dejaría ir. Si me divorcio yme voy solo, ella te retendría aquí por pura venganza. La ley es clara:custodia compartida hasta que cumplas 21, o hasta que haya un juez que diga locontrario… y eso tomaría años. No quiero que vivas en una guerra.
Ethel rompió a llorar de nuevo,cubriéndose el rostro con las manos.
—No… no, papá, por favor… no medejes aquí. ¡Te lo suplico!
Pedro la abrazó, sintiendo cómosu cuerpo joven y cálido se pegaba al suyo, el perfume dulce de su cabelloinvadiéndole los sentidos. La dejó llorar contra su pecho unos minutos más,hasta que, con voz grave y resignada, dijo:
—Escucha… esta misma tarde iremosa ver a un abogado profesional en divorcios. Uno de los mejores. Vamos a ver sihay alguna salida, ¿sí? No te prometo nada, pero al menos lo intentaremos.
Ethel asintió, sorbiendo, y porprimera vez en el día, una chispa de esperanza brilló en sus ojos avellana.
Esa misma tarde, Pedro condujohasta un despacho elegante en una zona exclusiva de la ciudad. El abogado, unhombre de unos 55 años con traje impecable y sonrisa de tiburón, los recibió enuna oficina con ventanales al piso. Pedro lo había comprado semanas atrás conun fajo generoso de los dólares de la caja fuerte; el tipo sabía exactamentequé papel jugar.
Tras saludar y ofrecerles café,el abogado se sentó frente a ellos, juntó las manos y comenzó su discursocalculado, hablando mucho pero diciendo poco concreto al principio:
—Señor Portillo, señorita Ethel…la situación que plantean es compleja, muy compleja. La legislación familiar ennuestro país es rígida, proteccionista, diseñada para “el bien del menor”… peroa veces esa protección se convierte en una jaula. El divorcio contencioso, condisputa de custodia, puede durar de dos a cinco años. Durante ese tiempo, lamenor así se le dice por ley a una mujer de 18 pues, aunque ya tenga 18, siguebajo la patria potestad compartida hasta los 21, salvo que demuestrennegligencia grave de uno de los progenitores, lo cual aquí no aplica. La madre,aunque… digamos, difícil, no ha cometido delitos que justifiquen la pérdidatotal de derechos. Y mientras tanto, la joven quedaría en un limbo emocional ypráctico devastador.
Hizo una pausa teatral, miró aPedro con complicidad disimulada, y luego a Ethel con falsa compasión.
—Sin embargo… existe una sola víaalternativa, pero va en contra de muchas normas morales y sociales. No esilegal, técnicamente, pero es… excepcional. Muy excepcional.
Ethel lo miró confundida,nerviosa, con miedo en los ojos.
—¿Cuál es? —preguntó con vozapenas audible.
El abogado suspiró, como si lecostara decirlo.
—Tendrían que casarse. Ser maridoy mujer.
Silencio absoluto. Ethel abriómucho los ojos, el labio inferior temblando.
—¿Casarnos…? ¿Ser la esposa demi… padre?
—Sí —confirmó el abogado,inclinándose hacia adelante—. Legalmente, el matrimonio crea un nuevo vínculocivil que desplaza automáticamente la patria potestad. Al convertirse encónyuge, la joven pasa a ser adulta plena en el ámbito familiar y patrimonial.La madre pierde toda autoridad legal sobre ella, porque ahora el lazoprioritario es el matrimonial. Es un mecanismo antiguo, casi olvidado, perovigente en el código civil. Se ha usado en casos extremos de orfandad oabandono, y la jurisprudencia lo ha avalado en contadas ocasiones. No esincesto en el sentido penal —porque no hay consanguinidad directa que loprohíba en este contexto civil—, y el registro civil lo aceptaría sin mayortrámite si se presenta como un matrimonio voluntario entre adultos. Claro… lasociedad lo vería con horror, pero la ley no pregunta por moral, solo porformalidades.
Pedro fingió indignaciónperfecta. Se puso de pie, paseando por la oficina como un hombre ultrajado.
—¡Esto es una barbaridad! ¿Cómoes posible que la justicia nos obligue a algo tan… aberrante solo para protegera mi hija de una madre tóxica? ¿Dónde está la humanidad en las leyes de estepaís? ¡Es una vergüenza! ¡Una absoluta vergüenza que tengamos que llegar aesto!
El abogado asintió con gravedad,como si compartiera su indignación.
—Estoy de acuerdo, señorPortillo. Pero así está escrito. Es la única forma de sacarla del control de lamadre sin años de pleitos.
Ethel estaba pálida, las manosapretadas en el regazo, el cuerpo temblando ligeramente.
De regreso a casa, Ethel no dijouna palabra. Miraba por la ventana del auto, perdida en sus pensamientos, elmaquillaje corrido por las lágrimas secas. Pedro, por su parte, ya habíapreparado el terreno: esa misma mañana, había disuelto una dosis ligera peropotente de ansiolítico en la botella de agua que Ofelia siempre dejaba en lamesa de la cocina. No era para dormirla del todo, solo para descontrolar sutemperamento, hacerla más irritable, más explosiva. Sabía que, al llegar, Ethelsería recibida por una loca desquiciada.
Y así fue. Apenas cruzaron lapuerta, Ofelia salió de la cocina con los ojos enrojecidos, el rostro hinchadopor la rabia contenida y la pastilla que ya hacía efecto.
—¿Dónde estabas, eh? ¡Tedesapareces toda la tarde con tu padre y ni un mensaje! ¡Eres unadesconsiderada! ¡Mira nada más cómo vienes, toda maquillada como puta dediscoteca!
Ethel, ya con los nervios allímite, explotó.
—¡Basta, mamá! ¡Siempre es lomismo contigo! ¡Nunca me dejas en paz!
La discusión escaló en segundos.Ofelia, desinhibida por la droga, perdió todo control. Levantó la mano yabofeteó a Ethel con fuerza, el sonido seco resonando en la sala. Ethel sellevó la mano a la mejilla, los ojos llenos de lágrimas, y salió corriendohacia su cuarto, sollozando.
Pedro intervino entonces,fingiendo calma paternal.
—Ofelia, basta. Ya, cálmate. Ve adescansar, por favor. Esto no ayuda a nadie.
Ofelia murmuró insultos entredientes y se encerró en su habitación, temblando de furia. Pedro esperó unosminutos, asegurándose de que la casa estuviera en silencio, y luego caminóhacia la alcoba de Ethel.
Tan pronto abrió la puerta, Ethelse levantó de la cama de un salto, corrió hacia él y se arrojó a sus brazos,abrazándolo con fuerza, el rostro hundido en su pecho.
—Hagámoslo… —sollozó—. Hagámoslo,papá.
Pedro la rodeó con los brazos,manteniendo el cuerpo ligeramente hacia atrás para que ella no sintiera laenorme erección que ya tensaba sus pantalones, dura como piedra.
—¿Qué cosa, hija? —preguntó convoz suave, fingiendo inocencia.
Ethel levantó la cara, los ojosrojos pero decididos.
—Casémonos, papá… Quiero ser tuesposa. Quiero irme de aquí contigo. No soporto más esto… por favor.
Pedro sonrió satisfecho, unasonrisa que ocultó contra el cabello de ella. En ese momento, una oleada devictoria pura lo invadió: “Lo logré. La tengo justo donde la quería. Esteculito perfecto, este cuerpo de diosa, esta juventud que me vuelve loco… prontoserá mía por completo. Esposa mía. En mi cama. En mi vida. Nadie me la va aquitar. Todo el dinero, todo el poder, todo el plan… valió cada malditosegundo”. Su miembro palpitaba con fuerza, imaginando ya la primera noche, laspiernas de Ethel abiertas para él, ese culito de encanto elevándose mientras laposeía como hombre, como dueño.
La abrazó más fuerte,susurrándole al oído:
—Está bien, hija… lo haremos.Todo va a estar bien.
Y en su mente, la victoria eraabsoluta.
Esa noche, después de laconversación en su alcoba, Ethel se acurrucó en su cama, el rostro aúnenrojecido por las lágrimas y la bofetada de su madre. Cerró los ojos,intentando calmar el torbellino en su mente. "Solo es papeleo", serepetía una y otra vez, como un mantra para no enloquecer. Imaginaba firmandodocumentos fríos en una oficina polvorienta, nada más que tinta sobre papelpara romper las cadenas de la prisión que era vivir con Ofelia —sus gritosconstantes, sus envidias, su control asfixiante—. "Seremos marido y mujeren papel, solo eso", pensaba, ignorando el escalofrío que le subía por laespalda al recordar el abrazo de su padre. "Papá me protegerá, me sacaráde aquí, y luego... luego todo volverá a la normalidad. No hay nada más".Se durmió con esa ilusión inocente, ajena al depredador que acechaba en lahabitación contigua.
Los preparativos del matrimoniosecreto comenzaron esa misma noche, con Pedro moviéndose como un depredadorastuto en las sombras de su nueva fortuna, pero ahora con un morbo que loconsumía por dentro, un fuego perverso que lo hacía jadear en silencio mientrasplaneaba. "Esa boquita carnosita... ese culito que me vuelve loco...pronto será mío de verdad", pensaba mientras marcaba números en suteléfono nuevo, su mano libre bajando instintivamente a su entrepierna paraajustar la erección que no lo abandonaba desde el abrazo. Usando contactosturbios adquiridos a través de su abogado voraz, contrató a un joven ambiciosode 25 años, un asistente de notaría con deudas de juego, para que fingiera seroficial del registro civil. Pero Pedro no dejó nada al azar: antes de laceremonia, sobornó a un juez corrupto con 100 mil pesos en efectivo —lacorrupción que impera en el sistema judicial mexicano le facilitó un divorcioexpress de Ofelia, firmado en menos de 48 horas bajo pretextos de"incompatibilidad irreconciliable" y sin notificación inmediata aella. "Toma, cabrón, y asegúrate de que el acta de matrimonio con mi'hija' sea válida al cien", le dijo Pedro al juez en un bar oscuro,deslizando el sobre bajo la mesa con una sonrisa lasciva. "Imagínate,casándome con esa belleza... pero legal, eh, todo legal". El juez rioentre dientes: "Por esa lana, hasta te hago un paquete con noche de bodasincluida. México es así, amigo". Paralelamente, consiguió un acta dematrimonio válida con Ethel, manipulando registros para que pareciera untrámite rutinario, todo sellado con más billetes que aseguraban discreciónabsoluta. "Esto es México, todo se arregla con lana", pensó Pedromientras firmaba los cheques, su mente ya en el premio: Ethel como su esposalegal, atada a él por ley y deseo, imaginando cómo la desvestiría esa noche,explorando cada curva con manos hambrientas.
Mientras tanto, Ethel seguíapensando que era solo papeleo, un salvavidas burocrático. "Papá estáhaciendo todo esto por mí", se decía al verlo ocupado en llamadas, sinsospechar el morbo que bullía en él. Pedro, por su parte, intensificó su transformacióncon un fervor obsesivo: entrenaba diario con más intensidad en el garaje,agregando cardio furioso —carreras en la cinta que lo dejaban sudado yjadeante, pensando en cómo su resistencia le permitiría follar a Ethel toda lanoche sin cansarse—. "Necesito estar como un toro para esa putitainocente", murmuraba entre series de pesas, su pene endureciéndose alimaginarla gimiendo bajo él. Se fue a checar con un urólogo discreto, pagandoen efectivo por un examen completo: "Doctor, quiero que esto funcione a laperfección... erecciones fuertes, duración, todo. Démelo todo: pastillas,inyecciones si hace falta". El urólogo, sobornado con un extra, le recetóViagra de alta dosis y testosterona inyectable. "Para su 'esposa joven',¿eh? Tranquilo, señor, con esto la deja gritando". Pedro salió con unasonrisa perversa, sintiendo ya el vigor renovado, su polla latiendo enanticipación.
No escatimó en lujos: compró untraje caro de lana italiana en una boutique exclusiva, probándoselo frente alespejo mientras se imaginaba quitándoselo en la suite, con Ethel arrodilladaante él. "Mira nada más cómo me veo... listo para reclamar mi premio",pensó, ajustando la corbata. Pidió un perfume caro, un Armani intenso ymasculino, rociándoselo en el cuello mientras olfateaba: "Esto la va aponer cachonda, aunque no lo sepa aún". Y reservó una suite en el mejorhotel de la ciudad, el Four Seasons, con jacuzzi, cama king size y vistaspanorámicas —"Para la noche de bodas, quiero lo top: champagne, rosas, yprivacidad absoluta", le dijo al gerente por teléfono, agregando unsoborno para que no registraran nombres reales. "Va a ser épico... la voya hacer mía hasta que suplique". Todo esto lo integraba en conversacionescasuales con Ethel, manteniendo la fachada: "Hija, esto es solo paraprotegerte, un trámite rápido", le decía con voz paternal, mientras susojos devoraban su culito al verla caminar por la casa. Ethel asentía, aliviada:"Sí, papá, solo papeleo... gracias por salvarme".
La ceremonia "secreta"se llevó a cabo algunos días después, en una oficina trasera del registrocivil, a puerta cerrada y fuera de horario, con solo el joven fingiendoautoridad, un fotógrafo pagado por Pedro y un par de testigos comprados. Ethellucía hermosísima, como una novia salida de un sueño erótico: vestida con unsencillo pero ceñido vestido blanco que abrazaba su figura de reloj de arena,el escote sutil resaltando su busto generoso y la falda cayendo justo porencima de las rodillas, dejando ver sus piernas tonificadas. Su cabello castañocon reflejos chocolate caía en ondas suaves sobre los hombros, el maquillajeimpecable —ojos felinos delineados en negro, labios rosados brillantes— y untoque de perfume floral que hacía que el aire se cargara de tentación. Eseculito de encanto se marcaba sutilmente bajo la tela, redondo y elevado, comosi invitara a ser admirado. Pedro, por su parte, ya lucía más elegante ytransformado: el traje gris oscuro a medida ocultaba los últimos rastros de subarriga pasada, ahora reducida por semanas de entrenamiento y suplementos; sucalvicie disimulada con un corte corto y prolijo, y una confianza nueva en supostura que lo hacía verse diez años más joven, vigoroso, con esa testosteronabullendo bajo la piel.

Todo parecía un mero trámite:firmas rápidas, intercambio de anillos simples de oro comprados esa mañana, ydeclaraciones monótonas leídas por el joven oficial. Ethel estaba nerviosa,mordiéndose el labio inferior, sus manos temblando ligeramente mientrasfirmaba, pero decidida a escapar de Ofelia. Pedro, en cambio, observaba cadadetalle con una sonrisa interna, su erección latente bajo los pantalonesrecordándole el verdadero propósito. Al final, el oficial —siguiendo lasórdenes precisas de Pedro, quien le había pagado extra por este"detalle"— carraspeó y dijo con seriedad fingida: "Para validarel matrimonio conforme al protocolo civil, deben sellarlo con un beso conyugal.Es un requisito indispensable; de lo contrario, el acta se invalida y todo sedeshace".
Ethel reaccionó con un jadeoahogado, sus ojos avellana abriéndose como platos, el rostro sonrojado denervios y temor. "¿Un beso? ¿Aquí?", murmuró, retrocediendo un paso,su culito presionándose contra el escritorio en un movimiento instintivo quesolo avivó el deseo de Pedro. El oficial insistió: "Sí, señorita. Es laley; sin el beso capturado en foto como prueba, no hay validez. El fotógrafodebe registrar el momento para el expediente". Ethel miró a Pedro conpánico, las lágrimas asomando, pero él fingió resignación, extendiendo lasmanos: "Hija... esposa... cariño… no hay otra salida. Hagámoslo por elbien de los dos". Sin más preámbulos, y con esa excusa como escudo, Pedrola tomó por la cintura diminuta, atrayéndola hacia él con firmeza posesiva,sintiendo la calidez de su cuerpo joven contra el suyo.
El beso fue eléctrico, prohibidoy cargado de emociones cruzadas. Pedro presionó sus labios contra los de Ethelcon una pasión contenida, su boca devorando la suya en un movimiento profundo,su lengua rozando tentativamente la de ella, saboreando el dulzor de su lápizlabial y la inocencia temblorosa. Sentía un torrente de victoria y lujuria:"Mía... por fin mía", pensaba, su erección endureciéndose al máximomientras sus manos bajaban sutilmente hacia las caderas anchas, rozando elborde de ese culito de encanto que tanto lo obsesionaba. El corazón le latíadesbocado, un calor primitivo invadiéndole, imaginando ya lo que vendríadespués. Ethel, por su parte, se tensó al principio, nerviosa y temerosa, elcuerpo rígido como una estatua, sintiendo un remolino de confusión —"Es…es mi papá... pero es para escapar"—, pero pronto una oleada inesperada decalidez la invadió, sus labios respondiendo instintivamente, suaves y carnosos,un gemido ahogado escapando mientras cerraba los ojos, el miedo mezclándose conuna extraña excitación que la hacía temblar. El fotógrafo flashó la imagen una,dos, tres veces, el destello blanco capturando el momento eterno: sus cuerposunidos, el beso profundizándose, Ethel rindiéndose levemente con las manos enel pecho de él, Pedro dominando con hambre voraz. Al separarse, Ethel jadeaba,sonrojada hasta el escote, evitando su mirada; Pedro, con una sonrisadisimulada, sentía que el mundo era suyo.
Al salir de la oficina delregistro civil, con el acta recién firmada en manos de Pedro, el joven"oficial" —aún con la toga improvisada— se acercó a ellos con unasonrisa profesional pero cargada de complicidad. Bajó la voz, como sicompartiera un secreto grave.
—Señor Portillo, señoraPortillo... —dijo, dirigiéndose a Ethel por primera vez con ese título—. Solouna cosa más para que todo quede completamente válido. La ley exige la consumacióndel matrimonio en la noche de bodas. No es solo un beso; debe haber unióncarnal. Sin eso, el matrimonio puede ser anulado por falta de intención real, yen casos extremos... podría interpretarse como fraude al registro civil. Lesrecomiendo encarecidamente que lo hagan esta noche. Es por su bien.
Ethel sintió que el suelo seabría bajo sus pies. El pánico la invadió de golpe; ya no pudo disimularlo. Susojos se abrieron enormes, las manos temblaron, y su voz salió en un susurroroto:
—Papá... ¿qué? Esto no nos habíandicho... ¡No! ¡No puede ser! Solo era papeleo, ¿verdad? ¿Verdad?
Pedro fingió sorpresa y le dio larazón inmediatamente, poniéndole una mano en el hombro con expresión de padreindignado.
—Tienes toda la razón, hija. Estoes una locura... nadie nos advirtió. Es una exigencia absurda, pero... mira, nohay opción. Vamos a calmarnos, ¿sí? Respira. Todo va a salir bien.
En ese momento, el abogado intervinocon tono grave:
—Si no consuman, podrían ir a lacárcel por falsedad en documento público y simulación de matrimonio. Es raroque fiscalicen, pero hay protocolos estrictos en estos casos"excepcionales". No arriesguen.
Justo entonces, como por arte demagia, se acercaron dos policías uniformados —otros pagados por Pedro, actoresperfectos con placas falsas—. Uno de ellos, con voz autoritaria, preguntó:
—¿Son los novios? ¿Pedro Portilloy Ethel Portillo?
Pedro, sin inmutar, abrazó aEthel por la cintura y respondió con naturalidad:
—Sí, oficiales. Acabamos decasarnos. Somos marido y mujer.
Ethel, aterrorizada, tartamudeópero siguió el juego:
—S-sí... estamos... enamorados.Fue decisión nuestra.
El policía mayor sonrió conescepticismo:
—¿Enamorados, eh? Qué bonito.Para que no haya dudas, demuéstrenlo.
Pedro aprovechó el instante. Sindudar, giró a Ethel hacia él y la besó en los labios —un beso casual alprincipio, pero que profundizó rápidamente, su lengua rozando la de ella condescaro, aprovechando el teatro para saborearla de nuevo. Ethel se tensó, perorespondió lo justo para no romper la farsa, sus labios carnosos temblandocontra los de él. El beso duró unos segundos eternos; Pedro sintió su erecciónpresionando contra ella, disimulada por el ángulo.
Los policías asintieron,satisfechos.
—Bien. Estaremos al pendiente.Vigilaremos de cerca. Y sobre la noche de bodas... ¿dónde la pasarán?
Pedro, con voz firme:
—En el Four Seasons, suitepresidencial. Reservada para esta noche.
El policía tomó nota:
—Perfecto. Podríamos pasar averificar sorpresivamente en algún momento de la noche. Solo para confirmar quetodo está en orden. No queremos problemas.
Se fueron, dejando un silenciopesado.
Pedro, Ethel y el abogado sequedaron charlando unos minutos más en el pasillo. Ethel se veía resignada,pero aún nerviosa: los brazos cruzados sobre el pecho, mordiéndose el labio,los ojos bajos.
—No hay salida... ¿verdad?—murmuró.
Pedro le acarició la mejilla:
—No, mi amor. Pero confía en mí.Todo va a estar bien.
Luego, Pedro la tomó de la mano yla llevó al auto viejo —el mismo sedán de 10 años que aún no había cambiado—.En el camino al restaurante, con la mano en su muslo (un toque"protector"), le dijo con voz grave:
—Debemos aparentar, Ethel. Si nolo hacemos bien, si no consumamos... iremos a la cárcel. Los policías lodijeron. No es juego. Hay que hacerlo creíble, ¿entiendes?
Ethel asintió en silencio, laslágrimas contenidas.
La llevó a un restaurante fino enel corazón de la ciudad: velas, manteles blancos, música suave. La ostentó todoel tiempo como su mujer —le apartaba la silla, le besaba la mano, pedía el vinomás caro—. Bebieron para relajarse; Ethel, poco acostumbrada al alcohol, sesoltó con el vino tinto. Sus mejillas se sonrojaron, sus ojos brillaron más, ycuando Pedro la besaba —ahora con más frecuencia, en los labios, en el cuello—,ella ya no se apartaba. Respondía: labios suaves contra los suyos, un gemidito tímidoescapando, el vino haciendo que el miedo se diluyera en una calidez confusa.
Salieron tomados de la mano,rumbo a la suite. El hotel los recibió de la mejor manera: el valet tomó elauto viejo sin un gesto de desprecio (Pedro había avisado), el concierge losllamó "señor y señora Portillo" con reverencia, y los llevarondirectamente al ascensor privado.
Pedro abrió la puerta de la suitepresidencial. Ethel entró y se quedó boquiabierta ante tanto lujo: cama kingcon pétalos de rosa, jacuzzi iluminado, champagne enfriándose, vistaspanorámicas de la ciudad nocturna.
—Dios... —susurró.
Pedro sonrió y sacó una cajita deterciopelo.
—Para ti, mi esposa.
Dentro: un collar precioso dediamantes, una esclava de oro delicada, y un reloj elegante. Detrás del reloj,grabado: "Para siempre, tu esposo Pedro - 10/01/2026".
Ethel se emocionó, pero entoncesvio un llavero con dos llaves modernas.
—¿Y estas?
Pedro la miró a los ojos, vozronca:
—Son las llaves de tu nuevohogar. Tan pronto salgamos de aquí, te llevaré a vivir conmigo a tu nueva casa.Solo nosotros dos. Sin Ofelia. Sin nadie más.
Fue el detonante. Ethel, abrumadapor el lujo, el vino, la promesa de libertad y algo más profundo que empezaba adespertar, se abalanzó sobre él. Lo besó con pasión verdadera por primera vez:labios abiertos, lengua buscando la suya, manos en su nuca, cuerpo pegándose alde él con entrega completa. Pedro la recibió con un gruñido bajo, sus manosbajando a ese culito de encanto que tanto había soñado, apretándolo conposesión mientras el beso se volvía salvaje.
En ese instante, Ethel se entregópor completo —al hombre, al esposo, al futuro que él le prometía.
En la suite presidencial, con lasluces tenues y el champagne burbujeando en las copas, Pedro cerró la puerta conun clic definitivo, su corazón latiendo como un tambor de guerra. Ethel, aúnabalanzada sobre él tras ese beso apasionado, sentía una mezcla de gratitud,vino en las venas y una excitación confusa que la impulsaba. Sus labios seencontraron de nuevo en un beso profundo, voraz: Pedro devorando su boca conlengua insistente, saboreando el dulzor del vino en ella, mientras sus manosgrandes bajaban por su espalda, apretando ese culito de encanto que lo habíaobsesionado desde aquella mañana fatídica. Ethel respondía con inocenciaardiente, sus manos en la nuca calva de él, gimiendo suavemente contra su boca,el cuerpo presionándose contra el suyo como si buscara refugio en el pecado.
Pedro la levantó en brazos con sunueva fuerza, llevándola a la cama king size cubierta de pétalos. La depositócon ternura posesiva, y comenzaron a desvestirse mutuamente. Él le quitó elvestido blanco ceñido, deslizándolo por sus hombros, revelando el sujetador deencaje que contenía su busto generoso y las bragas a juego que abrazaban suscaderas anchas. Ethel, temblando pero entregada, le desabotonó la camisa deltraje, exponiendo su pecho ahora tonificado, sin la panza de antaño, y luegolos pantalones, bajándolos con manos inexpertas. Pedro quedó en boxers, suerección evidente; Ethel en lencería, su piel miel brillando bajo la luz suave.
La besó en todo el cuerpo,empezando por el cuello —besos húmedos que la hicieron arquearse—, bajando alescote, lamiendo el valle entre sus pechos mientras desabrochaba el sujetador.Liberó sus senos redondos y firmes, succionando los pezones rosados con hambre,alternando mordiscos suaves que arrancaban jadeos de Ethel. Siguió por suabdomen plano, besando la cintura diminuta, y luego las caderas, girándola parabesar la curva de su culito respingón, mordisqueando la carne suave como sifuera un manjar prohibido. Ethel gemía, las piernas temblando, sintiendo uncalor líquido entre los muslos que nunca había conocido tan intenso.
Entonces, Pedro se incorporó ybajó sus boxers, revelando su verga hinchada, gruesa y medianamente larga —unos16 centímetros—, con una curva ascendente que prometía rozar puntos de placerinternos. Ethel la vio por primera vez, sus ojos avellana abriéndose en shock ycuriosidad virgen. "Dios... es... grande", pensó, sintiendo un nudoen el estómago de miedo y fascinación. Nunca había hecho algo así; susexperiencias previas eran besos inocentes con chicos de la escuela. La vergapalpitaba, venosa y roja en la punta, y Ethel sintió un pulso entre laspiernas, imaginando cómo esa curva podría llenarla de una forma que la haríagritar.
Pedro, notando su mirada, le guióla mano hacia ella.
—Tócame, mi amor... aprende acomplacerme como esposa.
Ethel, nerviosa, la tomó condedos temblorosos, sintiendo el calor y la dureza. Pedro la instruyó con vozronca: "Bésala... chúpala despacio". Ella se arrodilló en la cama,acercando los labios carnosos a la punta, lamiendo tentativamente el glandesalado. Pedro gruñó de placer, guiando su cabeza: "Más profundo, hija...así, como una buena esposa". Ethel aprendió rápido, succionando coninocencia, la boca llena de esa grosor que la hacía babear, la curva rozando supaladar. Sentía náuseas al principio, pero el gemido de aprobación de Pedro lamotivó, y pronto chupaba con ritmo, las mejillas hundidas, sintiendo un orgulloperverso al verlo extasiado.
Después de minutos eternos, Pedrola levantó y la tumbó en la cama, quitándole las bragas para exponer suintimidad virgen, húmeda y rosada. La lamió allí, su lengua experta explorandolos pliegues, succionando el clítoris hasta que Ethel se arqueó gritando deplacer por primera vez. Justo antes de desvirgarla, Pedro se posicionó entresus piernas, la punta de su verga rozando su entrada.
—Te prometo amor eterno, Ethel...serás mía para siempre, mi esposa, mi todo —murmuró, besándola con pasión.
Luego, empujó despacio,desvirgándola con un movimiento firme. Ethel sintió un dolor agudo, como undesgarro, y gritó:
—Papá... ¡sácala! ¡Duele mucho!
Pedro, lleno de triunfo y éxtasis—"Por fin... mía por completo"—, la calmó con besos en la frente,susurrando:
—Shh, mi amor... relájate. Esnormal la primera vez. Respira... ya pasa.
Se quedó quieto un momento,dejando que se acostumbrara. Ethel lloriqueó, pero pronto el dolor cedió a unaplenitud extraña, el calor de esa verga curvada rozando sus paredes internas.Empezó a moverse despacio, y Ethel se acostumbró, gimiendo de placer mezclado.Cambiaron posiciones: primero misionero, luego ella encima, cabalgándolo concaderas meneándose instintivamente, su culito rebotando; después a cuatropatas, donde Pedro admiraba ese trasero perfecto mientras la penetrabaprofundo.
Antes de soltar su semen, Pedrojadeó:
—Voy a correrme... dentro de ti.
Ethel, en pánico, suplicó:
—No, papá... ¡sácate! Noquiero...
Pero él no hizo caso, empujandomás fuerte y soltando toda la leche caliente en chorros potentes, llenándolapor completo. Ethel sintió el calor inundándola, un éxtasis traicionero, peroluego rompió en un ligero llanto, temiendo quedar embarazada.
—Papá... ¿y si quedo embarazada?¡No puedo!
Pedro la abrazó, calmándola concaricias:
—Tranquila, mi amor. Mañanairemos al médico y te darán medicamento para evitarlo. Pastillas de emergencia.Todo estará bien.
Ethel se calmó, exhausta, y sedurmieron juntos, entrelazados en la cama lujosa.
En medio de la noche, Pedrodespertó con el deseo renovado, su erección presionando contra el culito deEthel mientras ella dormía de lado. Aprovechó para deflorarle el culo: untólubricante del minibar en su verga y en ella, despertándola con besos en laespalda. Ethel se tensó, pero el vino residual y el cansancio la hicieronceder. Pedro empujó despacio en esa entrada virgen, el culito respingónresistiendo al principio. Ethel lloró de dolor —un ardor intenso, como si lapartieran—, pero pronto el placer se mezcló, la curva de la verga rozandonervios nuevos que la hicieron gemir. Pedro la montó como toro en celo,embistiendo con gruñidos animales, sus manos apretando esas nalgas perfectas,al fin haciendo suyo ese culo tan deseado y bello —redondo, firme, elevándosecon cada arremetida. Ethel sollozó de dolor y placer a la vez, arqueándose,hasta que ambos alcanzaron un clímax salvaje, él eyaculando profundo en ella.
Al día siguiente, se ducharonjuntos en el jacuzzi enorme: Pedro enjabonándola con ternura, besando cadacurva, Ethel riendo nerviosa pero relajada, el agua lavando los pecados de lanoche. Salieron tomados de la mano, como una pareja real, y Pedro la llevó enel auto viejo a la nueva casa —una villa moderna en las afueras, comprada consu fortuna robada.
Ethel quedó asombrada al llegar:jardines amplios, piscina reluciente, interiores elegantes con muebles dediseño. "¡Es un palacio!", exclamó, girando en la sala principal.
Apenas entraron, llamaron a lapuerta. Era el abogado, con expresión seria.
—Señor Portillo, señora... sobrela consumación: en estos casos excepcionales, significa embarazo como medio deprueba definitiva. Deben cerciorarse, o el matrimonio podría cuestionarse.
Apenas cerraron la puerta, Pedromiró a Ethel con ojos hambrientos, la tomó en brazos y la llevó a la habitaciónprincipal —una cama enorme con sábanas de seda.
—Hay que cerciorarnos de quequedes embarazada, mi amor... por seguridad —dijo con voz ronca, la excusaperfecta para hacerla suya de nuevo.
La tumbó en la cama, besándolacon pasión, y la penetró profundo, embistiendo con vigor renovado, Ethelgimiendo entregada, su cuerpo respondiendo al ritmo familiar. Pedro soltó susemen dentro una vez más, sellando su unión prohibida con cada gota. Ethel,esta vez, no protestó —solo se abrazó a él, perdida en el torbellino de placery posesión.
A la par de la consumación en lasuite y el inicio de su vida en la nueva casa, Ofelia Martínez se enteró deldivorcio de la manera más cruel posible. Ese mismo día siguiente a la bodasecreta, mientras Pedro y Ethel se duchaban juntos en el hotel, un mensajerotocó a la puerta de la antigua casa familiar. Ofelia abrió, frunciendo el ceñocon su habitual amargura, y recibió un sobre lacrado con el acta de divorcioexpress. Sus ojos se abrieron como platos al leerlo: "Divorcio porincompatibilidad irreconciliable, custodia nula de la hija mayor de edad, ydivisión de bienes mínima". Gritó de rabia, tirando el sobre al piso, peroantes de que pudiera llamar a Pedro, el abogado voraz —el mismo que habíadejado en la calle a los hermanos de Pedro— apareció en la puerta, invitado porel mensajero.
El abogado, un hombre de miradafría y sonrisa sádica, entró sin permiso, cerrando la puerta detrás de él."Señora Martínez... o mejor dicho, ex señora Portillo", dijo con vozmelosa pero cortante. "Su marido ha sido generoso: le deja la casa vieja yunos ahorros miserables, pero usted... usted es un estorbo. Gorda, amargada,envidiosa de su propia hija... ¿de verdad cree que alguien la querrá ahora?Pedro la cambió por algo fresco, algo que usted nunca fue". Ofelia se pusoroja de furia, balbuceando insultos, pero el abogado la cortó: "Cállese.Si arma escándalo, si intenta contactar a Ethel o a Pedro, le juro que lahundo. Tengo pruebas falsas de fraude fiscal a su nombre, contactos en lapolicía que la meterán en la cárcel por años. O... toma este cheque de 200 milpesos y se larga de la ciudad en silencio. Váyase a un pueblo olvidado, dondenadie la recuerde". Ofelia, humillada hasta las lágrimas —su físicoflácido y su ego destrozado expuestos como nunca—, firmó el acuerdo con manostemblorosas. Al día siguiente, abandonó la ciudad en un autobús barato,cargando una maleta con sus pertenencias, jurando venganza en silencio perosabiendo que estaba derrotada. Nunca más se supo de ella en la vida de Pedro yEthel.
Luego de ese día, Pedro y Ethelfollaban como conejos a todas horas, convertidos en una pareja devorada por eldeseo prohibido. La nueva villa se convirtió en su nido de lujuria: en lapiscina, Ethel montaba a Pedro con agua salpicando, su culito respingónrebotando mientras él la llenaba de semen caliente; en la cocina, él laempotraba contra la encimera, sus caderas anchas temblando con cada embestidaprofunda; en la cama majestuosa, pasaban noches enteras explorando posiciones—ella a cuatro patas, gimiendo mientras esa verga curvada rozaba su interior, oél lamiéndole el coño hasta que suplicaba ser follada. Ethel, virgen hasta esanoche de bodas, se volvió adicta: chupaba su verga con maestría aprendida,tragando cada gota, y se dejaba sodomizar con gemidos de dolor-placer, su culoperfecto apretando alrededor de él hasta hacerlo rugir. Pedro, con su vigorrenovado por suplementos y testosterona, la llenaba a diario —mañana, tarde ynoche—, su semen espeso inundándola sin piedad, como si marcara territorio.Ethel sabía que estaba embarazada; era inevitable con tanto semen acumulado ensu útero, sus pechos ya sensibles y su vientre con un leve hinchazón. Pedro,orgulloso y deseoso, imaginaba que sería un varón —el hijo que siempre quiso,pero ahora en una vida de lujos absolutos: mansiones, autos nuevos (habíacambiado el viejo por un Mercedes reluciente), viajes y una "esposa"como Ethel, una modelo de curvas perfectas que lo hacía sentir como un rey."Un hijo fuerte, como yo... criado en opulencia, con una madre que es unadiosa", pensaba mientras la follaba, su mente llena de visiones paternas yeróticas.
Finalmente, la noticia delembarazo llegó una mañana soleada, semanas después. Ethel, con una pruebapositiva en la mano —dos líneas rosadas que confirmaban lo inevitable—, sesentó en el borde de la piscina, mirando el agua con lágrimas confusas. Felicidadpor la vida nueva, confusión por el incesto, el secreto, el futuro torcido.Lloró en silencio, el delineado felino corrido por las lágrimas, su mano en elvientre plano aún. Pedro entró, vio la prueba y sonrió con triunfo paternal."Mi amor... es nuestro", dijo, arrodillándose ante ella, besándolelas manos. Ethel levantó la vista, sollozando: "Papá... estoy feliz,pero... ¿qué vamos a hacer? Es tan... confuso". Él la calmó con besossuaves, prometiendo el mundo: "Lo criaremos como reyes, hija. Serás lamadre perfecta". Pero el deseo no esperó: ese día, la volvió a empotrarcon fuerza en una majestuosa cogida. La levantó contra la pared de la salaprincipal —majestuosa con techos altos y ventanales al jardín—, arrancándole laropa con urgencia. Su verga curvada entró en ella de una penetración profunda,follándola con embestidas salvajes mient
Ethel Portillo acababa de cumplir 18 años, pero su presencia ya llevaba tiemporobando suspiros a medio mundo.
Es una belleza muy latina, deesas que parecen esculpidas con cariño por manos expertas. Mide alrededor de1.65, pero su proporción es tan perfecta que parece más alta cuando camina. Supiel es un tono miel cálido, suave como terciopelo, con un brillo natural queresalta especialmente en el escote y en la curva de sus hombros.
El rostro… ay, el rostro es deesos que hacen que la gente se quede callada un segundo. Ojos grandes, coloravellana oscuro con pestañas larguísimas que enmarcan una mirada entre dulce ypeligrosamente coqueta. Sus cejas son gruesas y perfectamente arqueadas, perolo que más impacta es el delineado felino, negro intenso, que alarga sus ojos yles da ese aire de "sé exactamente lo que estoy provocando". Loslabios carnosos, siempre pintados de un rosa fresa o nude brillante, se curvanen una sonrisa que parece prometer secretos.
El cabello largo, liso como seda,color castaño oscuro con reflejos chocolate que brillan bajo la luz, le caehasta casi la mitad de la espalda. Cuando se mueve, se balancea como unacortina tentadora.
Y luego está el cuerpo… Dios mío,el cuerpo.
Ethel tiene una figura de relojde arena de ensueño: cintura pequeña, de esas que invitan a rodearlas con lasmanos, busto redondo, firme y generoso (el tipo de copa C-D que se veespectacular en cualquier escote), caderas anchas y marcadas que contrastandeliciosamente con esa cintura diminuta.
Pero si hay algo que realmentevuelve loco a cualquiera que la vea de espaldas… es su culito.
Un culito de encanto absoluto.Redondo, elevado, perfectamente respingón, de esos que parecen desafiar lagravedad. Carne suave pero firme, con la forma exacta de corazón invertidocuando está parado. Cada paso que da hace que se mueva con una cadencia hipnótica,suave pero evidente, como si tuviera vida propia. Cuando usa jeans ajustados oleggings, la tela se abraza a él de una forma casi indecente, marcando cadacurva, cada redondez. Y si lleva falda… la forma en que la tela cae y se muevecon cada movimiento de cadera es simplemente criminal.
Es el tipo de trasero que haceque la gente "accidentalmente" deje caer el celular detrás de ellasolo para tener una excusa para mirar un poco más. Pequeño en comparación conlas caderas exageradas, pero tan bien puesto, tan armónico y tan provocador quese convierte en el protagonista silencioso de cualquier habitación en la queEthel entra.
En resumen: cara de ángel conmaquillaje de demonio, cuerpo de pecado perfectamente equilibrado y un culitoque debería tener su propio código postal de tanto que destaca.
Ofelia Martínez, a sus 49 años,era el epítome de una mujer atrapada en un ciclo de frustración eterna. Vivíaamargada, con un temperamento agrio que convertía cada día en un campo minadopara su familia. Como esposa, era insoportable para Pedro: por ejemplo, en unacena familiar reciente, cuando Pedro llegó exhausto del trabajo y solo queríaun momento de paz, Ofelia lo bombardeó con quejas interminables sobre el preciode la comida, criticando cada bocado que él tomaba como si fuera un derrochepersonal, terminando en una discusión donde lo acusó de no valorar sus"sacrificios" invisibles, dejando a Pedro con un nudo en la gargantay deseando escapar a cualquier bar. Como madre, Ethel la sufría igual: en otraocasión, cuando Ethel pidió permiso para salir con amigas a una fiestainocente, Ofelia la interrogó como a una criminal, recordándole "loingrata que eres por no ayudar más en casa", y al final le prohibió salirsolo para que se quedara limpiando la cocina, alegando que "las chicascomo tú solo piensan en divertirse mientras yo me rompo el lomo". TantoEthel como Pedro estaban hartos de ella; Pedro, en particular, recordaba connostalgia el día que se casó con Ofelia, cuando ella era menos enojona —nuncahabía sido alegre, siempre con esa sombra de resentimiento—, pero al menos nolo asfixiaba tanto. Se casaron jóvenes, impulsados por un embarazo inesperadoque resultó en Ethel, su única hija, y desde entonces, la vida se habíaconvertido en una rutina gris donde Ofelia mandaba con mano de hierro.
Ofelia odiaba su propio físicocon una pasión que la consumía. A pesar de probar dietas estrictas —keto, ayunointermitente, lo que fuera— y caminar kilómetros cada mañana, su cuerpo senegaba a cooperar: era gorda, con curvas que se habían vuelto flácidas y unabdomen que sobresalía como un recordatorio cruel de los años. Medía 1.60, perosu peso rondaba los 95 kilos, y cada espejo era un enemigo que le devolvía unaimagen de cansancio, con arrugas prematuras y un rostro que parecíapermanentemente fruncido. Esta insatisfacción se traducía en una envidiaprofunda hacia Ethel, su propia hija. ¿Cómo era posible? Ofelia había sido unajoven medianamente atractiva en su juventud, pero el tiempo, el estrés y quizásuna genética caprichosa la habían transformado en alguien que se sentíainvisible, mientras Ethel florecía como una flor exótica en el mismo hogar. Laenvidia nacía de ver en Ethel todo lo que Ofelia había perdido: juventud,belleza, vitalidad. Era como si Ethel, sin esfuerzo, le robara el protagonismoque Ofelia anhelaba recuperar, recordándole diariamente su propia decadencia.En una ocasión, durante una reunión familiar en la playa, Ethel lució un bikiniajustado que realzaba su figura de reloj de arena, con ese culito respingónmeneándose al caminar por la arena; Ofelia, enfundada en un traje de bañoholgado que ocultaba sus rollos, sintió una punzada aguda al ver cómo losprimos y tíos miraban a Ethel con admiración, mientras a ella la ignoraban."Mira nada más cómo se exhibe", murmuró Ofelia entre dientes, pero enrealidad ardía de celos, deseando secretamente tener ese cuerpo que hacía girarcabezas. En otra instancia, en una boda de un familiar, Ethel apareció con unvestido ceñido que marcaba su cintura diminuta y sus caderas anchas, bailando congracia y atrayendo piropos; Ofelia, con un atuendo ancho y sin forma, se sentóen una esquina, envidiando cómo Ethel irradiaba confianza, pensando para sí:"Yo a su edad no era ni la mitad de eso... ¿por qué ella sí?".
Ethel, en el fondo, sabía que sumamá la odiaba —o al menos la resentía—, pero con su corazón noble, lo atribuíaa "días malos" y no profundizaba más allá de las peleas cotidianas.Discutían por tonterías, como la ropa que Ethel usaba o el tiempo que pasaba enel teléfono, pero Ethel siempre cedía, ayudando en casa con una sonrisaresignada, sin imaginar la profundidad del veneno que bullía en Ofelia. Sinembargo, quien aún no había mirado a Ethel con ojos de hombre era Pedro... peroeso estaba por cambiar muy pronto.
Una mañana soleada, Ofelia habíasalido al mercado con Pedro, dejando a Ethel a cargo de los quehaceres delhogar: barrer el piso, lavar los platos y ordenar la sala, como siempre conórdenes estrictas y un tono de reproche. Ethel, sola en la casa, decidió hacerla tarea más llevadera. Encendió el equipo de sonido a todo volumen, poniendoreggaetón puro fuego —esa música latina con beats pesados y letras provocativasque hacía vibrar las paredes—. Empezó con "Despacito" remixado, peropronto pasó a algo más intenso, como "Gasolina" de Daddy Yankee, y sucuerpo respondió instintivamente. Mientras barría el piso de la sala, Ethelcomenzó a contonearse al ritmo: sus caderas se mecían de lado a lado con unacadencia sensual, como si la escoba fuera un compañero de baile. Giraba sobresus talones, dejando que su culito respingón se elevara y bajara en unmovimiento hipnótico, redondo y firme bajo los shorts ajustados de algodón queapenas cubrían la curva perfecta. Su cintura se torcía, marcando esa forma dereloj de arena, y sus pechos rebotaban ligeramente con cada paso, el sudorempezando a perlar su piel miel bajo la camiseta holgada que se pegaba un pocopor el calor. Bailaba con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior,perdida en el ritmo, meneando las nalgas con una gracia natural que parecíasalida de un video musical —arriba, abajo, círculos lentos que hacían que sutrasero pareciera tener vida propia, desafiando la gravedad con cada contoneo.
Ignorando por completo que supadre había regresado por su billetera olvidada —Ofelia lo había mandado devuelta mientras ella seguía comprando—, Pedro entró sigilosamente por la puertaprincipal, esperando no interrumpir. Pero al verla... ¡POR DIOS! Pensó Pedro,congelado en el umbral, su corazón latiendo como un tambor desbocado. Era laprimera vez que la miraba así, no como a su hija, sino como a una mujer —unadiosa en pleno éxtasis rítmico. Vio su culito de encanto meneándose con esaperfección redonda, elevado y firme, como si invitara a ser tocado; los shortsse ceñían tanto que delineaban cada curva, cada redondez que subía y bajaba alcompás de la música, haciendo que Pedro sintiera un calor repentino en laentrepierna, una erección involuntaria que lo tomó por sorpresa. Sus ojosbajaron por sus piernas tonificadas, subieron por la cintura diminuta que setorcía con gracia felina, y se detuvieron en sus pechos generosos rebotandobajo la tela, el sudor haciendo que la camiseta se transparentara ligeramente,revelando el contorno de sus pezones. Como hombre, sintió un torrente de deseoprohibido: el pulso acelerado, la boca seca, un nudo en el estómago que se convertíaen una lujuria cruda, imaginando por un segundo cómo sería rodear esa cinturacon sus manos, apretar ese culito que parecía esculpido para el pecado."Es mi hija... pero joder, qué mujer", pensó, avergonzado peroincapaz de apartar la vista, su mente traicionándolo con flashes de fantasíasque nunca había admitido. Se quedó allí, oculto en la sombra de la puerta,observando cada movimiento, sintiendo cómo su mundo se tambaleaba en eseinstante eterno.
No era para menos que Pedro sesintiera como si un rayo lo hubiera atravesado al ver a Ethel bailando de esamanera. Hacía más de cinco años que no tenía sexo con Ofelia, su esposa. Alprincipio, lo intentaron un par de veces más, pero siempre terminaba enfracaso: Pedro, estresado por el trabajo y la rutina asfixiante, no lograba unaerección firme, sintiéndose humillado y frustrado mientras Ofelia lo miraba conuna mezcla de lástima y reproche. Ella, por su parte, confesó que ya no ledaban ganas; el resentimiento acumulado, el cansancio de la vida diaria y supropia insatisfacción con su cuerpo la habían apagado por completo. "Mejorno forcemos nada, Pedro", le dijo una noche, girándose de espaldas en lacama. "Somos demasiado viejos para estas tonterías". Desde entonces,acordaron tácitamente dejarlo estar, como si el sexo fuera un lujo olvidado, yPedro se hundió en una rutina gris: trabajo, trabajo y más trabajo en su empleode contador en una pequeña empresa, ganando lo justo para vivir"bien" —pagando las cuentas, comprando lo esencial, pero sin lujoscomo vacaciones o cenas elegantes. Siempre había sido un hombre noble, sumiso yagachón, cooperador con todos, servicial hasta el punto de que sus colegas lousaban como paño de lágrimas sin reciprocidad. A sus 47 años, estaba barrigón,con una panza que colgaba sobre el cinturón, y ya se estaba quedando calvo, conentradas pronunciadas que lo hacían verse mayor de lo que era, ocultas bajo unsombrero cuando salía.
Pero cuando vio a Ethel esamañana, algo se activó en él, tanto psicológicamente como fisiológicamente.Psicológicamente, fue como si una grieta se abriera en su muro de resignación:por primera vez en años, sintió un deseo crudo, prohibido, que lo hacíacuestionar toda su vida de sumisión. "¿Cómo no me di cuenta antes?",pensó, mientras su mente reproducía en bucle el meneo de ese culito perfecto,redondo y elevado, como un imán que lo atraía hacia pensamientos oscuros yliberadores. Fisiológicamente, su cuerpo traicionó su edad: el pulso seaceleró, la sangre fluyó con fuerza hacia su entrepierna, endureciéndolo de unamanera que no recordaba desde su juventud, un calor pulsante que lo dejójadeante y con las palmas sudadas. Era como si Ethel, con su juventud vibrantey su cuerpo de diosa, hubiera encendido un interruptor dormido, recordándoleque aún era un hombre con necesidades, no solo un engranaje en la máquina de larutina.
No la interrumpió; no podía.Simplemente tomó su billetera del mueble de la entrada, donde la había dejadoolvidada, y salió de la casa en silencio, con el corazón martilleando y lamente en ebullición. En el camino de regreso al mercado, pensó en el senderoque debía tomar de ahí en adelante: ya no más sumisión, ya no más agacharseante la vida. Ethel había despertado algo salvaje en él, y necesitaba actuar,necesitaba poder para reclamar lo que deseaba.
Apenas llegó con Ofelia, pagóapresuradamente las compras —frutas, verduras, carne para la semana— y ayudó acargar las bolsas con una eficiencia inusual, ignorando las quejas de ellasobre el precio de los tomates. "Vamos rápido, que tengo que ir a ver a mipadre", murmuró, ansioso por escapar y poner en marcha su plan reciénnacido. Ofelia frunció el ceño, pero no protestó mucho; estaba acostumbrada aque Pedro corriera a ayudar a su familia.
Luego, salió rumbo a la casa desu padre, un anciano de 78 años que vivía solo en una modesta pero valiosapropiedad en las afueras de la ciudad. Generalmente, un ayudante lo acompañaba—un enfermero contratado que le administraba medicamentos y lo asistía en susnecesidades diarias—, pero esa vez, por suerte o destino, el ayudante habíasalido a la farmacia a reponer unas recetas. El padre de Pedro estaba en losúltimos días de su vida, postrado en cama por un cáncer avanzado, con loshermanos de Pedro —tres hermanas y dos hermanos— aguardando como buitres laherencia. El señor tenía muchas propiedades: una casa en el centro, terrenos enel campo valorados en cientos de miles, y una cuenta bancaria robusta deahorros de toda una vida de trabajo duro como comerciante. Los hermanos yahabían empezado a cuchichear sobre divisiones, presionando al viejo para quefirmara testamentos a su favor, pero Pedro, siempre el noble, se habíamantenido al margen... hasta ahora.
En esa visita, Pedro dobló sumoral por primera vez en la vida, una moral que jamás había torcido ni siquieraen momentos de tentación. Entró a la habitación del anciano, quien lo recibiócon una sonrisa débil, y tras un rato de charla banal sobre el clima y lasalud, Pedro se armó de valor. "Papá, necesito que me des la contraseña dela caja fuerte", dijo con voz temblorosa, inventando una excusa sobre"documentos importantes para el seguro". El viejo, confundido por losanalgésicos y confiando ciegamente en su hijo más sumiso, se la dio sinresistencia: 5491, el año de su nacimiento al revés. Pedro abrió la caja fuerteen el closet, y vació su contenido en una maleta que llevaba consigo,ocultándola bajo su chaqueta al entrar. El motín fue impresionante: 109 mildólares en efectivo, atados en fajos ordenados; 378 mil pesos mexicanos en billetesnuevos; 120 onzas de plata en barras relucientes; 9 centenarios de oro, cadauno brillando con valor histórico; joyas de la difunta madre —anillos condiamantes, collares de perlas, un reloj de oro antiguo—; y otras cosas de valorque añadió sin pensarlo dos veces. Sus manos temblaban mientras lo empaquetabatodo, el sudor perlando su frente casi calva.
Luego, para cubrir sus huellas,le dio a su padre una pastilla extra de somnífero —una de las que el enfermerodejaba en la mesita—, disuelta en un vaso de agua. "Toma, papá, para quedescanses mejor", le dijo, viendo cómo el viejo se dormía profundamente,asegurándose de que no recordara mucho de la visita al despertar. Antes de eso,le hizo firmar papeles improvisados: autorizando "créditos post vida"que pudieran ser cobrados directamente con bienes como las propiedades, sinnecesidad de intervención de un notario —un truco sucio que Pedro habíaaprendido de un colega en el trabajo, aunque nunca pensó usarlo. El ancianofirmó con mano temblorosa, medio dormido ya, sin entender del todo.
Salió de ahí sintiéndose mal, conel estómago revuelto por la culpa, como si hubiera traicionado su propiaesencia noble. Pero también se decía a sí mismo, justificándolo en el camino:"Si no hago esto, termino la vida como siempre la he vivido, agachado ysirviendo a todos, mientras mis hermanos y hermanas siempre disfrutando yabusando de papá, llevándose lo mejor sin mover un dedo". Era verdad;ellos eran los ambiciosos, los que visitaban solo para pedir dinero, mientrasPedro era el que limpiaba y cuidaba.
Salió y se subió a su automodesto, un sedán de 10 años viejo con abolladuras y pintura descolorida,arrancando con un rugido oxidado. "Esto tiene que cambiar", se dijo así mismo, apretando el volante mientras aceleraba. "Para poder hacerchingaderas necesito dinero de respaldo. El dinero da poder, y el poder dalujos como ese manjar de culito...". Recordaba el baile de la bella Ethel,su culito meneándose hipnóticamente, y una sonrisa torcida se formó en surostro barrigón. Por primera vez, sentía que el control estaba en sus manos.
Al día siguiente de su visita alpadre, Pedro despertó con una determinación férrea, como si el fuego que Ethelhabía encendido en él se hubiera convertido en un motor imparable. Saliótemprano a caminar y trotar por el parque cercano, jadeando al principio por subarriga y falta de condición, pero empujado por una visión clara: "Deboestar preparado para ella", se repetía mentalmente con cada paso,imaginando la primera vez con Ethel como un sueño prohibido hecho realidad. Ensu mente, la veía en su habitación, con ese culito de encanto elevado hacia él,sus caderas anchas temblando bajo sus manos mientras él, fuerte y vigoroso, lapenetraba despacio al principio, sintiendo la calidez apretada de su juventud,sus gemidos suaves convirtiéndose en gritos de placer mientras él la hacíasuya, marcando cada curva de ese cuerpo perfecto con besos y cariciasposesivas. "Será suave, pero intensa... la haré mía para siempre",fantaseaba, el sudor mezclándose con la excitación que lo endurecía incluso mientrascorría.
No se detuvo ahí: esa mismatarde, compró un banco de ejercicios multifuncional en una tienda local,pagando en efectivo con parte de los pesos mexicanos robados, y lo instaló enel garaje. Empezó a entrenar diariamente —pesas para fortalecer los brazos y elpecho, abdominales para reducir la panza, sentadillas que le dolían pero lomotivaban al pensar en cómo su cuerpo renovado impresionaría a Ethel.Complementó todo con proteínas en polvo, batidos de avena y plátano, ysuplementos que investigó en línea: viagra genérico para la potencia sexual,testosterona en cápsulas para el vigor, y ginseng con maca para esa fuerzaextra que lo haría sentir como un toro en celo. En solo semanas, su barrigaempezó a menguar, sus músculos a definirse levemente, y su libido, dormida poraños, rugía con vida propia.
Comenzó a acercarse más a su hijaEthel, interesándose en sus gustos y rutinas como nunca antes. Le preguntabapor sus series favoritas en Netflix, por las canciones de reggaetón quebailaba, por sus sueños de estudiar diseño gráfico en la universidad. Ethel,sorprendida al principio, recibió gratamente su compañía; siempre había visto asu padre como un hombre distante y sumiso, pero ahora lo encontraba atento,casi cómplice. "Papá, ¿por qué de repente quieres saber tanto demí?", le preguntó un día con una sonrisa coqueta, y Pedro solo respondíacon un guiño: "Porque eres lo mejor que tengo, hija". Pronto, empezóa consentirla en secreto: le compraba ropa ajustada que realzaba su figura dereloj de arena —tops escotados, jeans que abrazaban ese culito respingón—,maquillaje de marcas caras como MAC para acentuar sus ojos felinos y labioscarnosos, y productos para el cabello que lo hacían brillar como seda. "Niuna palabra a tu mamá, eh, que sabes cómo rezonga con el dinero", le susurrabaPedro al entregarle los regalos en privado, y Ethel asentía, encantada con elsecreto compartido, sintiéndose valorada por primera vez.
Gracias a estos mimos, Ethelcomenzó a vestir mejor: faldas cortas que dejaban ver sus piernas tonificadas,blusas que marcaban su busto generoso y cintura diminuta, siempre con un toquesexy pero elegante. Su maquillaje se volvió impecable —delineado perfecto,labios brillantes en tonos rojos que invitaban a besos—, y su peinado, antessimple, ahora era ondas suaves o liso planchado que caía como una cascadatentadora. Todo mejor, y ya se veía más preciosa que nunca, una diosa que hacíagirar todas las cabezas en la calle. Pedro, al verla así, comenzaba a ser másceloso: no soportaba la idea de que otros hombres la miraran, especialmente susamigos. Empezó a ideárselas para aislarla sutilmente —le sugería películas encasa en lugar de salidas con amigas, le compraba un nuevo teléfono con apps destreaming para que se quedara "relajada" en su habitación, oinventaba excusas como "hoy hay tráfico, mejor quédate y ayúdame con lacena"—. Ethel, encantada con la atención y los lujos —joyas discretas,perfumes caros, incluso un nuevo bolso de diseño—, prefería ya estar en casa,donde se sentía como una princesa mimada, bailando sola en su cuarto con la músicaalta, ignorando el mundo exterior.
Pedro empezó gastando los pesosmexicanos en estos caprichos y en su transformación personal, pero prontocambió las 120 onzas de plata y los 9 centenarios de oro en un cambistadiscreto del mercado negro, obteniendo una suma jugosa que invirtió en bienesraíces: compró un departamento pequeño en el centro de la ciudad y un terrenoen las afueras, todo a nombre de una empresa fantasma que creó con ayuda de uncontacto turbio. Todo esto lo hizo en poco tiempo, en apenas dos meses demaniobras frenéticas, trabajando de noche en planes y reuniones secretas.Pronto, el papá falleció —una noche tranquila, sin dolor, como si el somníferode esa visita hubiera sido un presagio—. Pedro contrató un abogado voraz, untiburón sin escrúpulos que, armado con los papeles firmados por el anciano, yotras mañas como testigos comprados y documentos retroactivos, dejó a sushermanos casi en la calle. Demandó las propiedades en nombre de Pedro, alegandodeudas pendientes y preferencias testamentarias "olvidadas",embargando casas y terrenos que los buitres habían codiciado. Los hermanosgritaron traición, pero el abogado los aplastó en corte, dejando a Pedro con lamayor parte: millones en propiedades y cuentas que multiplicaron su fortunainicial.
Pedro, sin que Ofelia se dieracuenta —ella seguía en su rutina amargada, quejándose del precio de todo—, yaamasaba una importante fortuna: vendía y compraba inmuebles, invertía enacciones a través de apps, y guardaba el efectivo en una caja fuerte nueva enel garaje. Ofelia notó los cambios en Ethel —la ropa nueva, el maquillajereluciente, el aire de confianza que la hacía aún más hermosa—, y un díaexplotó: "¿De dónde está saliendo todo esto, eh? ¿Estás robando oqué?". Ethel, con calma, le mintió como Pedro le había instruido: "Elabuelo me dejó herencia, mamá, unos ahorros que me dio antes de morir".Ofelia, envidiosa hasta el hueso —viendo en su hija la belleza y los lujos queella nunca tuvo—, discutió con ella ferozmente: "¡Mentirosa! Ese viejo note quería tanto, siempre fui yo la que lo cuidaba. ¡Estás malgastando todo entonterías mientras yo me mato trabajando en casa!". La pelea escaló agritos, con Ofelia acusándola de ser una "niña consentida y exhibicionista",hasta que Ethel, harta y con lágrimas en los ojos, se refugió en su habitación,sollozando sobre la cama, su culito perfecto curvándose bajo la falda mientrasse acurrucaba.
Es cuando Pedro, como buencazador oliendo la oportunidad, entró en la alcoba de Ethel sin llamar,cerrando la puerta detrás de él con un clic suave. Se acercó a la cama,sentándose al borde, y con voz grave pero tierna, dijo: "Hija... necesitohablar contigo... me divorcio de tu madre...".
Ethel levantó la mirada hacia supadre, con los ojos aún brillantes por las lágrimas, el delineado felinocorrido en finas líneas negras que le daban un aire trágicamente hermoso. Seincorporó un poco en la cama, el culito respingón curvándose bajo la faldacorta mientras se sentaba sobre las rodillas.
—Papá… por favor, no lo hagas—susurró con voz temblorosa—. O si lo haces… llévame contigo. No me dejes aquícon ella. No puedo más.
Pedro sintió un calor subirle porel pecho, pero mantuvo la expresión de padre preocupado, noble, dolido. Seinclinó hacia ella, acariciándole el cabello con ternura fingida.
—Hija… ojalá pudiera. Perolegalmente no es posible. Eres mayor de edad pero NO para independizarte sinconsentimiento de ambos padres, y tu mamá nunca te dejaría ir. Si me divorcio yme voy solo, ella te retendría aquí por pura venganza. La ley es clara:custodia compartida hasta que cumplas 21, o hasta que haya un juez que diga locontrario… y eso tomaría años. No quiero que vivas en una guerra.
Ethel rompió a llorar de nuevo,cubriéndose el rostro con las manos.
—No… no, papá, por favor… no medejes aquí. ¡Te lo suplico!
Pedro la abrazó, sintiendo cómosu cuerpo joven y cálido se pegaba al suyo, el perfume dulce de su cabelloinvadiéndole los sentidos. La dejó llorar contra su pecho unos minutos más,hasta que, con voz grave y resignada, dijo:
—Escucha… esta misma tarde iremosa ver a un abogado profesional en divorcios. Uno de los mejores. Vamos a ver sihay alguna salida, ¿sí? No te prometo nada, pero al menos lo intentaremos.
Ethel asintió, sorbiendo, y porprimera vez en el día, una chispa de esperanza brilló en sus ojos avellana.
Esa misma tarde, Pedro condujohasta un despacho elegante en una zona exclusiva de la ciudad. El abogado, unhombre de unos 55 años con traje impecable y sonrisa de tiburón, los recibió enuna oficina con ventanales al piso. Pedro lo había comprado semanas atrás conun fajo generoso de los dólares de la caja fuerte; el tipo sabía exactamentequé papel jugar.
Tras saludar y ofrecerles café,el abogado se sentó frente a ellos, juntó las manos y comenzó su discursocalculado, hablando mucho pero diciendo poco concreto al principio:
—Señor Portillo, señorita Ethel…la situación que plantean es compleja, muy compleja. La legislación familiar ennuestro país es rígida, proteccionista, diseñada para “el bien del menor”… peroa veces esa protección se convierte en una jaula. El divorcio contencioso, condisputa de custodia, puede durar de dos a cinco años. Durante ese tiempo, lamenor así se le dice por ley a una mujer de 18 pues, aunque ya tenga 18, siguebajo la patria potestad compartida hasta los 21, salvo que demuestrennegligencia grave de uno de los progenitores, lo cual aquí no aplica. La madre,aunque… digamos, difícil, no ha cometido delitos que justifiquen la pérdidatotal de derechos. Y mientras tanto, la joven quedaría en un limbo emocional ypráctico devastador.
Hizo una pausa teatral, miró aPedro con complicidad disimulada, y luego a Ethel con falsa compasión.
—Sin embargo… existe una sola víaalternativa, pero va en contra de muchas normas morales y sociales. No esilegal, técnicamente, pero es… excepcional. Muy excepcional.
Ethel lo miró confundida,nerviosa, con miedo en los ojos.
—¿Cuál es? —preguntó con vozapenas audible.
El abogado suspiró, como si lecostara decirlo.
—Tendrían que casarse. Ser maridoy mujer.
Silencio absoluto. Ethel abriómucho los ojos, el labio inferior temblando.
—¿Casarnos…? ¿Ser la esposa demi… padre?
—Sí —confirmó el abogado,inclinándose hacia adelante—. Legalmente, el matrimonio crea un nuevo vínculocivil que desplaza automáticamente la patria potestad. Al convertirse encónyuge, la joven pasa a ser adulta plena en el ámbito familiar y patrimonial.La madre pierde toda autoridad legal sobre ella, porque ahora el lazoprioritario es el matrimonial. Es un mecanismo antiguo, casi olvidado, perovigente en el código civil. Se ha usado en casos extremos de orfandad oabandono, y la jurisprudencia lo ha avalado en contadas ocasiones. No esincesto en el sentido penal —porque no hay consanguinidad directa que loprohíba en este contexto civil—, y el registro civil lo aceptaría sin mayortrámite si se presenta como un matrimonio voluntario entre adultos. Claro… lasociedad lo vería con horror, pero la ley no pregunta por moral, solo porformalidades.
Pedro fingió indignaciónperfecta. Se puso de pie, paseando por la oficina como un hombre ultrajado.
—¡Esto es una barbaridad! ¿Cómoes posible que la justicia nos obligue a algo tan… aberrante solo para protegera mi hija de una madre tóxica? ¿Dónde está la humanidad en las leyes de estepaís? ¡Es una vergüenza! ¡Una absoluta vergüenza que tengamos que llegar aesto!
El abogado asintió con gravedad,como si compartiera su indignación.
—Estoy de acuerdo, señorPortillo. Pero así está escrito. Es la única forma de sacarla del control de lamadre sin años de pleitos.
Ethel estaba pálida, las manosapretadas en el regazo, el cuerpo temblando ligeramente.
De regreso a casa, Ethel no dijouna palabra. Miraba por la ventana del auto, perdida en sus pensamientos, elmaquillaje corrido por las lágrimas secas. Pedro, por su parte, ya habíapreparado el terreno: esa misma mañana, había disuelto una dosis ligera peropotente de ansiolítico en la botella de agua que Ofelia siempre dejaba en lamesa de la cocina. No era para dormirla del todo, solo para descontrolar sutemperamento, hacerla más irritable, más explosiva. Sabía que, al llegar, Ethelsería recibida por una loca desquiciada.
Y así fue. Apenas cruzaron lapuerta, Ofelia salió de la cocina con los ojos enrojecidos, el rostro hinchadopor la rabia contenida y la pastilla que ya hacía efecto.
—¿Dónde estabas, eh? ¡Tedesapareces toda la tarde con tu padre y ni un mensaje! ¡Eres unadesconsiderada! ¡Mira nada más cómo vienes, toda maquillada como puta dediscoteca!
Ethel, ya con los nervios allímite, explotó.
—¡Basta, mamá! ¡Siempre es lomismo contigo! ¡Nunca me dejas en paz!
La discusión escaló en segundos.Ofelia, desinhibida por la droga, perdió todo control. Levantó la mano yabofeteó a Ethel con fuerza, el sonido seco resonando en la sala. Ethel sellevó la mano a la mejilla, los ojos llenos de lágrimas, y salió corriendohacia su cuarto, sollozando.
Pedro intervino entonces,fingiendo calma paternal.
—Ofelia, basta. Ya, cálmate. Ve adescansar, por favor. Esto no ayuda a nadie.
Ofelia murmuró insultos entredientes y se encerró en su habitación, temblando de furia. Pedro esperó unosminutos, asegurándose de que la casa estuviera en silencio, y luego caminóhacia la alcoba de Ethel.
Tan pronto abrió la puerta, Ethelse levantó de la cama de un salto, corrió hacia él y se arrojó a sus brazos,abrazándolo con fuerza, el rostro hundido en su pecho.
—Hagámoslo… —sollozó—. Hagámoslo,papá.
Pedro la rodeó con los brazos,manteniendo el cuerpo ligeramente hacia atrás para que ella no sintiera laenorme erección que ya tensaba sus pantalones, dura como piedra.
—¿Qué cosa, hija? —preguntó convoz suave, fingiendo inocencia.
Ethel levantó la cara, los ojosrojos pero decididos.
—Casémonos, papá… Quiero ser tuesposa. Quiero irme de aquí contigo. No soporto más esto… por favor.
Pedro sonrió satisfecho, unasonrisa que ocultó contra el cabello de ella. En ese momento, una oleada devictoria pura lo invadió: “Lo logré. La tengo justo donde la quería. Esteculito perfecto, este cuerpo de diosa, esta juventud que me vuelve loco… prontoserá mía por completo. Esposa mía. En mi cama. En mi vida. Nadie me la va aquitar. Todo el dinero, todo el poder, todo el plan… valió cada malditosegundo”. Su miembro palpitaba con fuerza, imaginando ya la primera noche, laspiernas de Ethel abiertas para él, ese culito de encanto elevándose mientras laposeía como hombre, como dueño.
La abrazó más fuerte,susurrándole al oído:
—Está bien, hija… lo haremos.Todo va a estar bien.
Y en su mente, la victoria eraabsoluta.
Esa noche, después de laconversación en su alcoba, Ethel se acurrucó en su cama, el rostro aúnenrojecido por las lágrimas y la bofetada de su madre. Cerró los ojos,intentando calmar el torbellino en su mente. "Solo es papeleo", serepetía una y otra vez, como un mantra para no enloquecer. Imaginaba firmandodocumentos fríos en una oficina polvorienta, nada más que tinta sobre papelpara romper las cadenas de la prisión que era vivir con Ofelia —sus gritosconstantes, sus envidias, su control asfixiante—. "Seremos marido y mujeren papel, solo eso", pensaba, ignorando el escalofrío que le subía por laespalda al recordar el abrazo de su padre. "Papá me protegerá, me sacaráde aquí, y luego... luego todo volverá a la normalidad. No hay nada más".Se durmió con esa ilusión inocente, ajena al depredador que acechaba en lahabitación contigua.
Los preparativos del matrimoniosecreto comenzaron esa misma noche, con Pedro moviéndose como un depredadorastuto en las sombras de su nueva fortuna, pero ahora con un morbo que loconsumía por dentro, un fuego perverso que lo hacía jadear en silencio mientrasplaneaba. "Esa boquita carnosita... ese culito que me vuelve loco...pronto será mío de verdad", pensaba mientras marcaba números en suteléfono nuevo, su mano libre bajando instintivamente a su entrepierna paraajustar la erección que no lo abandonaba desde el abrazo. Usando contactosturbios adquiridos a través de su abogado voraz, contrató a un joven ambiciosode 25 años, un asistente de notaría con deudas de juego, para que fingiera seroficial del registro civil. Pero Pedro no dejó nada al azar: antes de laceremonia, sobornó a un juez corrupto con 100 mil pesos en efectivo —lacorrupción que impera en el sistema judicial mexicano le facilitó un divorcioexpress de Ofelia, firmado en menos de 48 horas bajo pretextos de"incompatibilidad irreconciliable" y sin notificación inmediata aella. "Toma, cabrón, y asegúrate de que el acta de matrimonio con mi'hija' sea válida al cien", le dijo Pedro al juez en un bar oscuro,deslizando el sobre bajo la mesa con una sonrisa lasciva. "Imagínate,casándome con esa belleza... pero legal, eh, todo legal". El juez rioentre dientes: "Por esa lana, hasta te hago un paquete con noche de bodasincluida. México es así, amigo". Paralelamente, consiguió un acta dematrimonio válida con Ethel, manipulando registros para que pareciera untrámite rutinario, todo sellado con más billetes que aseguraban discreciónabsoluta. "Esto es México, todo se arregla con lana", pensó Pedromientras firmaba los cheques, su mente ya en el premio: Ethel como su esposalegal, atada a él por ley y deseo, imaginando cómo la desvestiría esa noche,explorando cada curva con manos hambrientas.
Mientras tanto, Ethel seguíapensando que era solo papeleo, un salvavidas burocrático. "Papá estáhaciendo todo esto por mí", se decía al verlo ocupado en llamadas, sinsospechar el morbo que bullía en él. Pedro, por su parte, intensificó su transformacióncon un fervor obsesivo: entrenaba diario con más intensidad en el garaje,agregando cardio furioso —carreras en la cinta que lo dejaban sudado yjadeante, pensando en cómo su resistencia le permitiría follar a Ethel toda lanoche sin cansarse—. "Necesito estar como un toro para esa putitainocente", murmuraba entre series de pesas, su pene endureciéndose alimaginarla gimiendo bajo él. Se fue a checar con un urólogo discreto, pagandoen efectivo por un examen completo: "Doctor, quiero que esto funcione a laperfección... erecciones fuertes, duración, todo. Démelo todo: pastillas,inyecciones si hace falta". El urólogo, sobornado con un extra, le recetóViagra de alta dosis y testosterona inyectable. "Para su 'esposa joven',¿eh? Tranquilo, señor, con esto la deja gritando". Pedro salió con unasonrisa perversa, sintiendo ya el vigor renovado, su polla latiendo enanticipación.
No escatimó en lujos: compró untraje caro de lana italiana en una boutique exclusiva, probándoselo frente alespejo mientras se imaginaba quitándoselo en la suite, con Ethel arrodilladaante él. "Mira nada más cómo me veo... listo para reclamar mi premio",pensó, ajustando la corbata. Pidió un perfume caro, un Armani intenso ymasculino, rociándoselo en el cuello mientras olfateaba: "Esto la va aponer cachonda, aunque no lo sepa aún". Y reservó una suite en el mejorhotel de la ciudad, el Four Seasons, con jacuzzi, cama king size y vistaspanorámicas —"Para la noche de bodas, quiero lo top: champagne, rosas, yprivacidad absoluta", le dijo al gerente por teléfono, agregando unsoborno para que no registraran nombres reales. "Va a ser épico... la voya hacer mía hasta que suplique". Todo esto lo integraba en conversacionescasuales con Ethel, manteniendo la fachada: "Hija, esto es solo paraprotegerte, un trámite rápido", le decía con voz paternal, mientras susojos devoraban su culito al verla caminar por la casa. Ethel asentía, aliviada:"Sí, papá, solo papeleo... gracias por salvarme".
La ceremonia "secreta"se llevó a cabo algunos días después, en una oficina trasera del registrocivil, a puerta cerrada y fuera de horario, con solo el joven fingiendoautoridad, un fotógrafo pagado por Pedro y un par de testigos comprados. Ethellucía hermosísima, como una novia salida de un sueño erótico: vestida con unsencillo pero ceñido vestido blanco que abrazaba su figura de reloj de arena,el escote sutil resaltando su busto generoso y la falda cayendo justo porencima de las rodillas, dejando ver sus piernas tonificadas. Su cabello castañocon reflejos chocolate caía en ondas suaves sobre los hombros, el maquillajeimpecable —ojos felinos delineados en negro, labios rosados brillantes— y untoque de perfume floral que hacía que el aire se cargara de tentación. Eseculito de encanto se marcaba sutilmente bajo la tela, redondo y elevado, comosi invitara a ser admirado. Pedro, por su parte, ya lucía más elegante ytransformado: el traje gris oscuro a medida ocultaba los últimos rastros de subarriga pasada, ahora reducida por semanas de entrenamiento y suplementos; sucalvicie disimulada con un corte corto y prolijo, y una confianza nueva en supostura que lo hacía verse diez años más joven, vigoroso, con esa testosteronabullendo bajo la piel.

Todo parecía un mero trámite:firmas rápidas, intercambio de anillos simples de oro comprados esa mañana, ydeclaraciones monótonas leídas por el joven oficial. Ethel estaba nerviosa,mordiéndose el labio inferior, sus manos temblando ligeramente mientrasfirmaba, pero decidida a escapar de Ofelia. Pedro, en cambio, observaba cadadetalle con una sonrisa interna, su erección latente bajo los pantalonesrecordándole el verdadero propósito. Al final, el oficial —siguiendo lasórdenes precisas de Pedro, quien le había pagado extra por este"detalle"— carraspeó y dijo con seriedad fingida: "Para validarel matrimonio conforme al protocolo civil, deben sellarlo con un beso conyugal.Es un requisito indispensable; de lo contrario, el acta se invalida y todo sedeshace".
Ethel reaccionó con un jadeoahogado, sus ojos avellana abriéndose como platos, el rostro sonrojado denervios y temor. "¿Un beso? ¿Aquí?", murmuró, retrocediendo un paso,su culito presionándose contra el escritorio en un movimiento instintivo quesolo avivó el deseo de Pedro. El oficial insistió: "Sí, señorita. Es laley; sin el beso capturado en foto como prueba, no hay validez. El fotógrafodebe registrar el momento para el expediente". Ethel miró a Pedro conpánico, las lágrimas asomando, pero él fingió resignación, extendiendo lasmanos: "Hija... esposa... cariño… no hay otra salida. Hagámoslo por elbien de los dos". Sin más preámbulos, y con esa excusa como escudo, Pedrola tomó por la cintura diminuta, atrayéndola hacia él con firmeza posesiva,sintiendo la calidez de su cuerpo joven contra el suyo.
El beso fue eléctrico, prohibidoy cargado de emociones cruzadas. Pedro presionó sus labios contra los de Ethelcon una pasión contenida, su boca devorando la suya en un movimiento profundo,su lengua rozando tentativamente la de ella, saboreando el dulzor de su lápizlabial y la inocencia temblorosa. Sentía un torrente de victoria y lujuria:"Mía... por fin mía", pensaba, su erección endureciéndose al máximomientras sus manos bajaban sutilmente hacia las caderas anchas, rozando elborde de ese culito de encanto que tanto lo obsesionaba. El corazón le latíadesbocado, un calor primitivo invadiéndole, imaginando ya lo que vendríadespués. Ethel, por su parte, se tensó al principio, nerviosa y temerosa, elcuerpo rígido como una estatua, sintiendo un remolino de confusión —"Es…es mi papá... pero es para escapar"—, pero pronto una oleada inesperada decalidez la invadió, sus labios respondiendo instintivamente, suaves y carnosos,un gemido ahogado escapando mientras cerraba los ojos, el miedo mezclándose conuna extraña excitación que la hacía temblar. El fotógrafo flashó la imagen una,dos, tres veces, el destello blanco capturando el momento eterno: sus cuerposunidos, el beso profundizándose, Ethel rindiéndose levemente con las manos enel pecho de él, Pedro dominando con hambre voraz. Al separarse, Ethel jadeaba,sonrojada hasta el escote, evitando su mirada; Pedro, con una sonrisadisimulada, sentía que el mundo era suyo.
Al salir de la oficina delregistro civil, con el acta recién firmada en manos de Pedro, el joven"oficial" —aún con la toga improvisada— se acercó a ellos con unasonrisa profesional pero cargada de complicidad. Bajó la voz, como sicompartiera un secreto grave.
—Señor Portillo, señoraPortillo... —dijo, dirigiéndose a Ethel por primera vez con ese título—. Solouna cosa más para que todo quede completamente válido. La ley exige la consumacióndel matrimonio en la noche de bodas. No es solo un beso; debe haber unióncarnal. Sin eso, el matrimonio puede ser anulado por falta de intención real, yen casos extremos... podría interpretarse como fraude al registro civil. Lesrecomiendo encarecidamente que lo hagan esta noche. Es por su bien.
Ethel sintió que el suelo seabría bajo sus pies. El pánico la invadió de golpe; ya no pudo disimularlo. Susojos se abrieron enormes, las manos temblaron, y su voz salió en un susurroroto:
—Papá... ¿qué? Esto no nos habíandicho... ¡No! ¡No puede ser! Solo era papeleo, ¿verdad? ¿Verdad?
Pedro fingió sorpresa y le dio larazón inmediatamente, poniéndole una mano en el hombro con expresión de padreindignado.
—Tienes toda la razón, hija. Estoes una locura... nadie nos advirtió. Es una exigencia absurda, pero... mira, nohay opción. Vamos a calmarnos, ¿sí? Respira. Todo va a salir bien.
En ese momento, el abogado intervinocon tono grave:
—Si no consuman, podrían ir a lacárcel por falsedad en documento público y simulación de matrimonio. Es raroque fiscalicen, pero hay protocolos estrictos en estos casos"excepcionales". No arriesguen.
Justo entonces, como por arte demagia, se acercaron dos policías uniformados —otros pagados por Pedro, actoresperfectos con placas falsas—. Uno de ellos, con voz autoritaria, preguntó:
—¿Son los novios? ¿Pedro Portilloy Ethel Portillo?
Pedro, sin inmutar, abrazó aEthel por la cintura y respondió con naturalidad:
—Sí, oficiales. Acabamos decasarnos. Somos marido y mujer.
Ethel, aterrorizada, tartamudeópero siguió el juego:
—S-sí... estamos... enamorados.Fue decisión nuestra.
El policía mayor sonrió conescepticismo:
—¿Enamorados, eh? Qué bonito.Para que no haya dudas, demuéstrenlo.
Pedro aprovechó el instante. Sindudar, giró a Ethel hacia él y la besó en los labios —un beso casual alprincipio, pero que profundizó rápidamente, su lengua rozando la de ella condescaro, aprovechando el teatro para saborearla de nuevo. Ethel se tensó, perorespondió lo justo para no romper la farsa, sus labios carnosos temblandocontra los de él. El beso duró unos segundos eternos; Pedro sintió su erecciónpresionando contra ella, disimulada por el ángulo.
Los policías asintieron,satisfechos.
—Bien. Estaremos al pendiente.Vigilaremos de cerca. Y sobre la noche de bodas... ¿dónde la pasarán?
Pedro, con voz firme:
—En el Four Seasons, suitepresidencial. Reservada para esta noche.
El policía tomó nota:
—Perfecto. Podríamos pasar averificar sorpresivamente en algún momento de la noche. Solo para confirmar quetodo está en orden. No queremos problemas.
Se fueron, dejando un silenciopesado.
Pedro, Ethel y el abogado sequedaron charlando unos minutos más en el pasillo. Ethel se veía resignada,pero aún nerviosa: los brazos cruzados sobre el pecho, mordiéndose el labio,los ojos bajos.
—No hay salida... ¿verdad?—murmuró.
Pedro le acarició la mejilla:
—No, mi amor. Pero confía en mí.Todo va a estar bien.
Luego, Pedro la tomó de la mano yla llevó al auto viejo —el mismo sedán de 10 años que aún no había cambiado—.En el camino al restaurante, con la mano en su muslo (un toque"protector"), le dijo con voz grave:
—Debemos aparentar, Ethel. Si nolo hacemos bien, si no consumamos... iremos a la cárcel. Los policías lodijeron. No es juego. Hay que hacerlo creíble, ¿entiendes?
Ethel asintió en silencio, laslágrimas contenidas.
La llevó a un restaurante fino enel corazón de la ciudad: velas, manteles blancos, música suave. La ostentó todoel tiempo como su mujer —le apartaba la silla, le besaba la mano, pedía el vinomás caro—. Bebieron para relajarse; Ethel, poco acostumbrada al alcohol, sesoltó con el vino tinto. Sus mejillas se sonrojaron, sus ojos brillaron más, ycuando Pedro la besaba —ahora con más frecuencia, en los labios, en el cuello—,ella ya no se apartaba. Respondía: labios suaves contra los suyos, un gemidito tímidoescapando, el vino haciendo que el miedo se diluyera en una calidez confusa.
Salieron tomados de la mano,rumbo a la suite. El hotel los recibió de la mejor manera: el valet tomó elauto viejo sin un gesto de desprecio (Pedro había avisado), el concierge losllamó "señor y señora Portillo" con reverencia, y los llevarondirectamente al ascensor privado.
Pedro abrió la puerta de la suitepresidencial. Ethel entró y se quedó boquiabierta ante tanto lujo: cama kingcon pétalos de rosa, jacuzzi iluminado, champagne enfriándose, vistaspanorámicas de la ciudad nocturna.
—Dios... —susurró.
Pedro sonrió y sacó una cajita deterciopelo.
—Para ti, mi esposa.
Dentro: un collar precioso dediamantes, una esclava de oro delicada, y un reloj elegante. Detrás del reloj,grabado: "Para siempre, tu esposo Pedro - 10/01/2026".
Ethel se emocionó, pero entoncesvio un llavero con dos llaves modernas.
—¿Y estas?
Pedro la miró a los ojos, vozronca:
—Son las llaves de tu nuevohogar. Tan pronto salgamos de aquí, te llevaré a vivir conmigo a tu nueva casa.Solo nosotros dos. Sin Ofelia. Sin nadie más.
Fue el detonante. Ethel, abrumadapor el lujo, el vino, la promesa de libertad y algo más profundo que empezaba adespertar, se abalanzó sobre él. Lo besó con pasión verdadera por primera vez:labios abiertos, lengua buscando la suya, manos en su nuca, cuerpo pegándose alde él con entrega completa. Pedro la recibió con un gruñido bajo, sus manosbajando a ese culito de encanto que tanto había soñado, apretándolo conposesión mientras el beso se volvía salvaje.
En ese instante, Ethel se entregópor completo —al hombre, al esposo, al futuro que él le prometía.
En la suite presidencial, con lasluces tenues y el champagne burbujeando en las copas, Pedro cerró la puerta conun clic definitivo, su corazón latiendo como un tambor de guerra. Ethel, aúnabalanzada sobre él tras ese beso apasionado, sentía una mezcla de gratitud,vino en las venas y una excitación confusa que la impulsaba. Sus labios seencontraron de nuevo en un beso profundo, voraz: Pedro devorando su boca conlengua insistente, saboreando el dulzor del vino en ella, mientras sus manosgrandes bajaban por su espalda, apretando ese culito de encanto que lo habíaobsesionado desde aquella mañana fatídica. Ethel respondía con inocenciaardiente, sus manos en la nuca calva de él, gimiendo suavemente contra su boca,el cuerpo presionándose contra el suyo como si buscara refugio en el pecado.
Pedro la levantó en brazos con sunueva fuerza, llevándola a la cama king size cubierta de pétalos. La depositócon ternura posesiva, y comenzaron a desvestirse mutuamente. Él le quitó elvestido blanco ceñido, deslizándolo por sus hombros, revelando el sujetador deencaje que contenía su busto generoso y las bragas a juego que abrazaban suscaderas anchas. Ethel, temblando pero entregada, le desabotonó la camisa deltraje, exponiendo su pecho ahora tonificado, sin la panza de antaño, y luegolos pantalones, bajándolos con manos inexpertas. Pedro quedó en boxers, suerección evidente; Ethel en lencería, su piel miel brillando bajo la luz suave.
La besó en todo el cuerpo,empezando por el cuello —besos húmedos que la hicieron arquearse—, bajando alescote, lamiendo el valle entre sus pechos mientras desabrochaba el sujetador.Liberó sus senos redondos y firmes, succionando los pezones rosados con hambre,alternando mordiscos suaves que arrancaban jadeos de Ethel. Siguió por suabdomen plano, besando la cintura diminuta, y luego las caderas, girándola parabesar la curva de su culito respingón, mordisqueando la carne suave como sifuera un manjar prohibido. Ethel gemía, las piernas temblando, sintiendo uncalor líquido entre los muslos que nunca había conocido tan intenso.
Entonces, Pedro se incorporó ybajó sus boxers, revelando su verga hinchada, gruesa y medianamente larga —unos16 centímetros—, con una curva ascendente que prometía rozar puntos de placerinternos. Ethel la vio por primera vez, sus ojos avellana abriéndose en shock ycuriosidad virgen. "Dios... es... grande", pensó, sintiendo un nudoen el estómago de miedo y fascinación. Nunca había hecho algo así; susexperiencias previas eran besos inocentes con chicos de la escuela. La vergapalpitaba, venosa y roja en la punta, y Ethel sintió un pulso entre laspiernas, imaginando cómo esa curva podría llenarla de una forma que la haríagritar.
Pedro, notando su mirada, le guióla mano hacia ella.
—Tócame, mi amor... aprende acomplacerme como esposa.
Ethel, nerviosa, la tomó condedos temblorosos, sintiendo el calor y la dureza. Pedro la instruyó con vozronca: "Bésala... chúpala despacio". Ella se arrodilló en la cama,acercando los labios carnosos a la punta, lamiendo tentativamente el glandesalado. Pedro gruñó de placer, guiando su cabeza: "Más profundo, hija...así, como una buena esposa". Ethel aprendió rápido, succionando coninocencia, la boca llena de esa grosor que la hacía babear, la curva rozando supaladar. Sentía náuseas al principio, pero el gemido de aprobación de Pedro lamotivó, y pronto chupaba con ritmo, las mejillas hundidas, sintiendo un orgulloperverso al verlo extasiado.
Después de minutos eternos, Pedrola levantó y la tumbó en la cama, quitándole las bragas para exponer suintimidad virgen, húmeda y rosada. La lamió allí, su lengua experta explorandolos pliegues, succionando el clítoris hasta que Ethel se arqueó gritando deplacer por primera vez. Justo antes de desvirgarla, Pedro se posicionó entresus piernas, la punta de su verga rozando su entrada.
—Te prometo amor eterno, Ethel...serás mía para siempre, mi esposa, mi todo —murmuró, besándola con pasión.
Luego, empujó despacio,desvirgándola con un movimiento firme. Ethel sintió un dolor agudo, como undesgarro, y gritó:
—Papá... ¡sácala! ¡Duele mucho!
Pedro, lleno de triunfo y éxtasis—"Por fin... mía por completo"—, la calmó con besos en la frente,susurrando:
—Shh, mi amor... relájate. Esnormal la primera vez. Respira... ya pasa.
Se quedó quieto un momento,dejando que se acostumbrara. Ethel lloriqueó, pero pronto el dolor cedió a unaplenitud extraña, el calor de esa verga curvada rozando sus paredes internas.Empezó a moverse despacio, y Ethel se acostumbró, gimiendo de placer mezclado.Cambiaron posiciones: primero misionero, luego ella encima, cabalgándolo concaderas meneándose instintivamente, su culito rebotando; después a cuatropatas, donde Pedro admiraba ese trasero perfecto mientras la penetrabaprofundo.
Antes de soltar su semen, Pedrojadeó:
—Voy a correrme... dentro de ti.
Ethel, en pánico, suplicó:
—No, papá... ¡sácate! Noquiero...
Pero él no hizo caso, empujandomás fuerte y soltando toda la leche caliente en chorros potentes, llenándolapor completo. Ethel sintió el calor inundándola, un éxtasis traicionero, peroluego rompió en un ligero llanto, temiendo quedar embarazada.
—Papá... ¿y si quedo embarazada?¡No puedo!
Pedro la abrazó, calmándola concaricias:
—Tranquila, mi amor. Mañanairemos al médico y te darán medicamento para evitarlo. Pastillas de emergencia.Todo estará bien.
Ethel se calmó, exhausta, y sedurmieron juntos, entrelazados en la cama lujosa.
En medio de la noche, Pedrodespertó con el deseo renovado, su erección presionando contra el culito deEthel mientras ella dormía de lado. Aprovechó para deflorarle el culo: untólubricante del minibar en su verga y en ella, despertándola con besos en laespalda. Ethel se tensó, pero el vino residual y el cansancio la hicieronceder. Pedro empujó despacio en esa entrada virgen, el culito respingónresistiendo al principio. Ethel lloró de dolor —un ardor intenso, como si lapartieran—, pero pronto el placer se mezcló, la curva de la verga rozandonervios nuevos que la hicieron gemir. Pedro la montó como toro en celo,embistiendo con gruñidos animales, sus manos apretando esas nalgas perfectas,al fin haciendo suyo ese culo tan deseado y bello —redondo, firme, elevándosecon cada arremetida. Ethel sollozó de dolor y placer a la vez, arqueándose,hasta que ambos alcanzaron un clímax salvaje, él eyaculando profundo en ella.
Al día siguiente, se ducharonjuntos en el jacuzzi enorme: Pedro enjabonándola con ternura, besando cadacurva, Ethel riendo nerviosa pero relajada, el agua lavando los pecados de lanoche. Salieron tomados de la mano, como una pareja real, y Pedro la llevó enel auto viejo a la nueva casa —una villa moderna en las afueras, comprada consu fortuna robada.
Ethel quedó asombrada al llegar:jardines amplios, piscina reluciente, interiores elegantes con muebles dediseño. "¡Es un palacio!", exclamó, girando en la sala principal.
Apenas entraron, llamaron a lapuerta. Era el abogado, con expresión seria.
—Señor Portillo, señora... sobrela consumación: en estos casos excepcionales, significa embarazo como medio deprueba definitiva. Deben cerciorarse, o el matrimonio podría cuestionarse.
Apenas cerraron la puerta, Pedromiró a Ethel con ojos hambrientos, la tomó en brazos y la llevó a la habitaciónprincipal —una cama enorme con sábanas de seda.
—Hay que cerciorarnos de quequedes embarazada, mi amor... por seguridad —dijo con voz ronca, la excusaperfecta para hacerla suya de nuevo.
La tumbó en la cama, besándolacon pasión, y la penetró profundo, embistiendo con vigor renovado, Ethelgimiendo entregada, su cuerpo respondiendo al ritmo familiar. Pedro soltó susemen dentro una vez más, sellando su unión prohibida con cada gota. Ethel,esta vez, no protestó —solo se abrazó a él, perdida en el torbellino de placery posesión.
A la par de la consumación en lasuite y el inicio de su vida en la nueva casa, Ofelia Martínez se enteró deldivorcio de la manera más cruel posible. Ese mismo día siguiente a la bodasecreta, mientras Pedro y Ethel se duchaban juntos en el hotel, un mensajerotocó a la puerta de la antigua casa familiar. Ofelia abrió, frunciendo el ceñocon su habitual amargura, y recibió un sobre lacrado con el acta de divorcioexpress. Sus ojos se abrieron como platos al leerlo: "Divorcio porincompatibilidad irreconciliable, custodia nula de la hija mayor de edad, ydivisión de bienes mínima". Gritó de rabia, tirando el sobre al piso, peroantes de que pudiera llamar a Pedro, el abogado voraz —el mismo que habíadejado en la calle a los hermanos de Pedro— apareció en la puerta, invitado porel mensajero.
El abogado, un hombre de miradafría y sonrisa sádica, entró sin permiso, cerrando la puerta detrás de él."Señora Martínez... o mejor dicho, ex señora Portillo", dijo con vozmelosa pero cortante. "Su marido ha sido generoso: le deja la casa vieja yunos ahorros miserables, pero usted... usted es un estorbo. Gorda, amargada,envidiosa de su propia hija... ¿de verdad cree que alguien la querrá ahora?Pedro la cambió por algo fresco, algo que usted nunca fue". Ofelia se pusoroja de furia, balbuceando insultos, pero el abogado la cortó: "Cállese.Si arma escándalo, si intenta contactar a Ethel o a Pedro, le juro que lahundo. Tengo pruebas falsas de fraude fiscal a su nombre, contactos en lapolicía que la meterán en la cárcel por años. O... toma este cheque de 200 milpesos y se larga de la ciudad en silencio. Váyase a un pueblo olvidado, dondenadie la recuerde". Ofelia, humillada hasta las lágrimas —su físicoflácido y su ego destrozado expuestos como nunca—, firmó el acuerdo con manostemblorosas. Al día siguiente, abandonó la ciudad en un autobús barato,cargando una maleta con sus pertenencias, jurando venganza en silencio perosabiendo que estaba derrotada. Nunca más se supo de ella en la vida de Pedro yEthel.
Luego de ese día, Pedro y Ethelfollaban como conejos a todas horas, convertidos en una pareja devorada por eldeseo prohibido. La nueva villa se convirtió en su nido de lujuria: en lapiscina, Ethel montaba a Pedro con agua salpicando, su culito respingónrebotando mientras él la llenaba de semen caliente; en la cocina, él laempotraba contra la encimera, sus caderas anchas temblando con cada embestidaprofunda; en la cama majestuosa, pasaban noches enteras explorando posiciones—ella a cuatro patas, gimiendo mientras esa verga curvada rozaba su interior, oél lamiéndole el coño hasta que suplicaba ser follada. Ethel, virgen hasta esanoche de bodas, se volvió adicta: chupaba su verga con maestría aprendida,tragando cada gota, y se dejaba sodomizar con gemidos de dolor-placer, su culoperfecto apretando alrededor de él hasta hacerlo rugir. Pedro, con su vigorrenovado por suplementos y testosterona, la llenaba a diario —mañana, tarde ynoche—, su semen espeso inundándola sin piedad, como si marcara territorio.Ethel sabía que estaba embarazada; era inevitable con tanto semen acumulado ensu útero, sus pechos ya sensibles y su vientre con un leve hinchazón. Pedro,orgulloso y deseoso, imaginaba que sería un varón —el hijo que siempre quiso,pero ahora en una vida de lujos absolutos: mansiones, autos nuevos (habíacambiado el viejo por un Mercedes reluciente), viajes y una "esposa"como Ethel, una modelo de curvas perfectas que lo hacía sentir como un rey."Un hijo fuerte, como yo... criado en opulencia, con una madre que es unadiosa", pensaba mientras la follaba, su mente llena de visiones paternas yeróticas.
Finalmente, la noticia delembarazo llegó una mañana soleada, semanas después. Ethel, con una pruebapositiva en la mano —dos líneas rosadas que confirmaban lo inevitable—, sesentó en el borde de la piscina, mirando el agua con lágrimas confusas. Felicidadpor la vida nueva, confusión por el incesto, el secreto, el futuro torcido.Lloró en silencio, el delineado felino corrido por las lágrimas, su mano en elvientre plano aún. Pedro entró, vio la prueba y sonrió con triunfo paternal."Mi amor... es nuestro", dijo, arrodillándose ante ella, besándolelas manos. Ethel levantó la vista, sollozando: "Papá... estoy feliz,pero... ¿qué vamos a hacer? Es tan... confuso". Él la calmó con besossuaves, prometiendo el mundo: "Lo criaremos como reyes, hija. Serás lamadre perfecta". Pero el deseo no esperó: ese día, la volvió a empotrarcon fuerza en una majestuosa cogida. La levantó contra la pared de la salaprincipal —majestuosa con techos altos y ventanales al jardín—, arrancándole laropa con urgencia. Su verga curvada entró en ella de una penetración profunda,follándola con embestidas salvajes mient
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