Ana se acercó más, hasta que su cuerpo generoso presionó contra el de él con deliberada lentitud. Sus tetas se aplastaron contra su pecho delgado y huesudo, la carne suave y cálida desbordándose alrededor, los pezones duros como piedrecitas rozando la camiseta fina y enviando chispas de placer directo a su entrepierna. El calor de su piel lo envolvió, el olor a vainilla de su jabón mezclado con el almizcle de su coño excitado invadiendo sus sentidos. Le besó el cuello con labios húmedos y calientes, la lengua trazando líneas lentas por la piel sensible, mordisqueando suavemente el lóbulo de la oreja mientras un gemido bajo escapaba de su garganta. Sus manos, expertas y posesivas, bajaron por su torso hasta el cinturón, desabrochándolo con dedos hábiles que rozaban deliberadamente el bulto endurecido debajo, presionando la verga a través de la tela para sentir su rigidez.
—¿Listo para amarme como se debe, esposo? —preguntó Ana, mordisqueándole el lóbulo de la oreja con dientes suaves pero insistentes, la lengua caliente rozando la piel sensible mientras su aliento cálido y húmedo le erizaba el cuello. Su voz era un ronroneo grave, cargado de urgencia contenida, y una mano ya envolvía la verga de Daniel dentro de los pantalones, apretándola con firmeza rítmica, el pulgar frotando la punta sensible donde ya brotaba una gota de precum que humedecía la tela.
Daniel la miró a los ojos: profundos, oscuros, brillando con un deseo puro y animal, un amor incondicional mezclado con lujuria cruda y devoradora, como si él fuera lo único que existía en su mundo. No había dudas en esa mirada, solo entrega absoluta, el coño palpitando ya contra su muslo en anticipación. El último resto de confusión se disolvió en el calor de su cuerpo; el deseo acumulado del día —todas esas imágenes de madres folladas en público, tetas chupadas, coños abiertos— explotó en él como una necesidad primal.
La levantó en brazos con un esfuerzo que le hizo jadear, pero en ese momento pesaba perfecto: la carne abundante y suave desbordándose contra su pecho delgado, las tetas aplastadas y calientes rozando su camiseta, el culo carnoso llenándole las manos mientras lo apretaba con dedos hundidos en las nalgas separadas. Ana rio bajito, ronco, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo con lengua profunda mientras él la llevaba al sofá de la sala, sus muslos gruesos envolviendo su cintura, el coño húmedo frotándose contra la erección aprisionada en los pantalones.
La tumbó boca arriba con cuidado pero urgente, el sofá crujiendo bajo su peso combinado. El delantal corto se abrió del todo como una flor obscena, cayendo a los lados y exponiéndola completamente: el cuerpo gordibueno extendido como una ofrenda, la piel suave y ligeramente sudorosa brillando bajo la luz tenue, el abdomen redondeado subiendo y bajando con respiraciones aceleradas, las tetas enormes desbordándose hacia los lados, pesadas y temblorosas, pezones oscuros y gruesos erectos como invitaciones. Ana abrió las piernas sin pudor, con una lentitud deliberada que lo torturó: los muslos gruesos separándose, revelando el coño depilado en toda su gloria —labios mayores hinchados y separados, rosados e inflamados de deseo, reluciendo con flujo abundante que chorreaba ligeramente por la entrada, el clítoris asomando hinchado y rojo, palpitando visiblemente, el aroma almizclado y dulce de su excitación llenando la sala como una droga.
Daniel se quitó la ropa con manos temblorosas, casi rasgando la camiseta y los jeans en su prisa. Su verga, delgada pero larga y venosa, saltó libre, dura como piedra, la punta roja y brillante de precum, palpitando en el aire con urgencia. Se arrodilló entre los muslos abiertos de Ana, admirando un segundo ese coño maduro y ansioso, las manos temblando al rozar la piel interna de sus piernas, sintiendo el calor irradiando.
Se posicionó entre sus muslos, rozando la punta de la verga contra la entrada húmeda y caliente, deslizándola arriba y abajo por los labios resbalosos, untándose en su flujo, torturándola un poco mientras ella empujaba las caderas hacia arriba, gimiendo impaciente.
—Adentro, mi amor —susurró Ana, guiándolo con una mano experta que envolvió la base de su verga, posicionándola justo en la entrada palpitante—. Hazme tuya como siempre… métemela toda, rómpeme el coño con esa verga dura.
La penetró de un solo movimiento profundo y lento, sintiendo cada centímetro: la cabeza abriéndose paso entre los labios calientes, el coño apretado y maduro envolviéndolo como terciopelo húmedo y vivo, contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios, tan caliente que casi quemaba. Ana gimió largo y gutural, arqueando la espalda con violencia, las tetas temblando y rebotando con el impacto, los pezones endureciéndose más mientras clavaba las uñas en los hombros de él. El coño la succionaba hacia adentro, profundo hasta el fondo, hasta que sus bolas rozaron el culo carnoso de ella, y ambos jadearon al unísono, unidos por completo en ese calor asfixiante y perfecto.
Daniel se quedó quieto un momento, abrumado por la sensación: el coño apretado a pesar de los años, paredes suaves y resbalosas ordeñándolo, el flujo chorreando alrededor de su verga, el aroma intenso de sexo llenando todo. Ana movió las caderas en círculos lentos, frotándose contra él, gimiendo contra su boca mientras lo besaba con lengua hambrienta.
—Muévete, hijo mío… fóllame fuerte —suplicó, las piernas gruesas envolviéndolo por la cintura, atrayéndolo más profundo—. Lléname como solo tú sabes.
Daniel empezó a moverse, primero despacio, con embestidas largas y deliberadas que le permitían sentir cada centímetro de ese coño maduro y caliente envolviéndolo: las paredes suaves y resbalosas contrayéndose alrededor de su verga, el flujo abundante chorreando por la base y empapando sus bolas, el calor asfixiante que lo succionaba hacia adentro como si nunca quisiera dejarlo ir. Cada retiro era una tortura deliciosa, la punta de su verga rozando los labios hinchados antes de hundirse de nuevo hasta el fondo, golpeando profundo contra el cérvix con un sonido húmedo y obsceno. Ana lo abrazaba con las piernas gruesas y carnosas, envolviéndolo por la cintura como un torno vivo, los muslos temblando contra sus caderas flacas mientras clavaba las uñas en su espalda, arañando la piel pálida y dejando surcos rojos que ardían de placer doloroso.
—Más fuerte… así… rómpeme el coño, hijo mío… mi esposo… —suplicó con voz ronca y entrecortada, los gemidos saliendo en oleadas mientras empujaba las caderas hacia arriba para encontrarlo, el clítoris rozando la base de su verga en cada choque.
Él obedeció, acelerando el ritmo hasta embestir con fuerza bruta, las caderas chocando contra los muslos de ella con un slap-slap-slap constante y rítmico que llenaba la sala, mezclado con los gemidos guturales de Ana —largos y animales— y los jadeos jadeantes de él, el sudor empezando a perlar sus cuerpos y hacer que la piel se deslizara con más facilidad. Las tetas enormes de ella rebotaban con cada golpe violento, pesadas y libres, ondas carnosas recorriendo la carne suave desde la base hasta los pezones oscuros que se endurecían más, temblando en el aire como invitaciones. Daniel bajó la boca con hambre, capturando un pezón grueso entre los labios, chupándolo con fuerza succionadora mientras la lengua giraba alrededor de la areola arrugada, mordisqueándolo suavemente al principio y luego con más dientes, tirando de él hasta que Ana arqueó la espalda con un grito ahogado.
Ana gritó de placer puro, el coño apretando más con contracciones involuntarias, envolviéndolo como un puño caliente y viscoso, ordeñando su verga en espasmos que lo llevaban al borde.
—Así, mi vida… chúpame las tetas… son tuyas… siempre han sido tuyas… —gimió, una mano en la nuca de él presionándolo contra su pecho, la otra bajando para apretar sus bolas con gentileza posesiva, masajeándolas mientras él seguía follándola sin piedad.
No pudieron contenerse más en esa posición; Daniel se retiró con un sonido húmedo y obsceno, la verga brillando de flujo saliendo del coño abierto y palpitante. Cambió de posición con urgencia: la puso de rodillas en el sofá, el culo enorme alzado hacia él como una ofrenda obscena, las nalgas separadas revelando el ano fruncido y rosado, el coño chorreando semen y flujo por los muslos internos. Lo admiró un momento, hipnotizado —redondo y suave, carnoso con hoyuelos profundos en los costados, temblando ligeramente con cada respiración agitada de ella, la piel suave invitando a ser azotada o mordida—. Rozó las nalgas con las manos, separándolas más para ver cómo el coño se abría ansioso, los labios hinchados goteando.
Entró de golpe por detrás, profundo hasta el fondo en un solo empuje brutal que la hizo gritar y empujar hacia atrás, encontrando su ritmo inmediatamente, el culo chocando contra su vientre con sonidos carnosos y húmedos. El ángulo era perfecto: su verga golpeaba puntos nuevos dentro de ella, rozando las paredes frontales y haciendo que Ana temblara entera.
—Fóllame el culo también si quieres… métemela ahí, rómpeme todo… pero primero lléname el coño… quiero sentir tu leche caliente chorreando dentro… —jadeó, mirando por encima del hombro con ojos vidriosos de lujuria, el cabello revuelto pegado a la frente sudorosa.
Daniel la tomó por las caderas anchas, los dedos hundidos en la carne blanda y abundante, embistiendo con furia animal, el sofá crujiendo bajo ellos mientras el sudor volaba con cada choque. Una mano bajó para acariciar el clítoris hinchado, dedos rápidos y resbalosos trazando círculos firmes y veloces, pellizcándolo suavemente mientras la follaba, sintiendo cómo el coño se contraía más con cada toque.
—Voy a correrme… no pares… ¡Sí, Dani, sí! ¡Fóllame más fuerte, hijo mío! —gritó Ana, el cuerpo temblando violento, las tetas colgando y balanceándose debajo de ella como péndulos pesados.
El orgasmo de Ana fue violento y devastador: el coño se contrajo en espasmos intensos y rítmicos, apretándolo como un puño vivo y caliente, paredes pulsando alrededor de su verga en oleadas que lo ordeñaban sin misericordia, flujo caliente chorreando por sus bolas y muslos. Ella gritó largo y ronco, arqueando la espalda, el culo empujando hacia atrás con fuerza mientras temblaba entera, uñas clavadas en los cojines del sofá.
Daniel sintió que no podía más —el apretón insoportable, el calor, los gemidos— y se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, chorro tras chorro potente y caliente llenándola hasta el borde, el semen espeso desbordándose alrededor de su verga y deslizándose por los muslos gruesos de Ana en riachuelos blancos y viscosos, mezclándose con su flujo mientras seguían unidos, jadeando, temblando en el éxtasis compartido.
No terminaron ahí; el deseo era un fuego que se alimentaba de sí mismo, insaciable y voraz, como si el día entero de tensiones acumuladas hubiera explotado en una maratón de carne y gemidos.
Ana lo empujó suavemente hacia atrás con manos firmes pero tiernas, hasta que Daniel quedó tumbado en el sofá, la verga aún dura y brillante de sus fluidos mezclados, palpitando en el aire caliente de la sala. Ella se montó sobre él con una gracia felina a pesar de su volumen, las rodillas gruesas hundiéndose en los cojines a ambos lados de sus caderas flacas. Sus tetas enormes colgaban frente a su cara como frutos maduros y pesados, balanceándose con cada movimiento, los pezones oscuros y gruesos rozando sus labios mientras ella se posicionaba. Tomó la verga con una mano experta, guiándola de nuevo a la entrada de su coño chorreante —aún lleno de su semen anterior, resbaloso y caliente— y bajó despacio, empalándose centímetro a centímetro con un gemido largo y satisfecho que vibró en el pecho de Daniel.
Lo cabalgaba despacio al principio, subiendo y bajando con movimientos deliberados y profundos, girando las caderas en círculos amplios que hacían que su verga rozara cada rincón interno de ese coño maduro y apretado, las paredes contrayéndose alrededor de él como si lo ordeñaran con vida propia. El sonido era obsceno y delicioso: el chap-chap húmedo de su coño tragando y soltando la verga, el flujo y semen anteriores chorreando por las bolas de Daniel y empapando el sofá. Sus tetas rebotaban hipnóticas frente a su cara, pesadas y suaves, y Daniel las tomó con ambas manos, amasándolas con fuerza, los dedos hundidos en la carne blanda y abundante, pellizcando los pezones endurecidos hasta tirarlos y hacerla jadear, la leche de placer —o quizás solo sudor— brotando ligeramente de ellos mientras ella aceleraba el ritmo, montándolo con más urgencia, el culo carnoso chocando contra sus muslos en slaps carnosos.
—Te amo, hijo mío… te amo tanto… eres todo para mí… mi hombre, mi esposo… —susurraba con voz ronca y quebrada por los gemidos, los ojos vidriosos fijos en los de él, una mano en su pecho huesudo mientras la otra se apoyaba en el respaldo del sofá para impulsarse más fuerte, el coño apretando en espasmos anticipatorios.
Volvió a correrse ella, esta vez con un orgasmo que la sacudió entera: gritando su nombre largo y desesperado —“¡Dani! ¡Sí, mi amor!”— —Mientras el coño se contraía en oleadas violentas alrededor de su verga, chorros de flujo caliente empapándolo todo, las caderas temblando incontrolables, las tetas rebotando salvajes contra las manos de él. Daniel la siguió poco después, incapaz de resistir el apretón insoportable de ese coño insaciable, corriéndose por segunda vez dentro de ella con gruñidos animales, chorros potentes y espesos que la llenaban de nuevo, desbordándose en riachuelos blancos por sus muslos gruesos y goteando al sofá mientras ella seguía moviéndose, ordeñándolo hasta la última gota sin piedad.
Jadeantes y sudorosos, con los cuerpos resbalosos por el sudor caliente que perlaba sus pieles y hacía que cada roce fuera eléctrico y viscoso, no pudieron quedarse quietos ni un segundo más; el deseo los impulsaba como una fuerza primal, instintiva y voraz, un hambre que no admitía pausas ni agotamiento, solo más carne, más unión, más placer prohibido.
Se movieron al piso con torpeza urgente y febril, tropezando con piernas entrelazadas y risas roncas entre jadeos, rodando sobre la alfombra suave y mullida que amortiguaba sus caídas, pero se empapaba rápidamente de sus fluidos mezclados —semen chorreando de su coño, sudor salado, flujo abundante que dejaba rastros brillantes en la tela—. Ana lo empujó boca arriba de nuevo con manos firmes y posesivas, montándose a horcajadas sobre su pecho delgado un instante para mirarlo desde arriba, las tetas enormes colgando pesadas y sudorosas frente a su cara, los pezones oscuros goteando sudor mientras ella se inclinaba para lamerle el cuello con lengua plana y caliente, trazando líneas húmedas por la piel sensible, mordisqueando la clavícula y bajando hasta los pezones endurecidos de él, chupándolos con succiones fuertes y dientes suaves que lo hacían arquear la espalda y gruñir de placer inesperado.
Mientras tanto, sus caderas se frotaban con urgencia contra la verga semidura de Daniel, el coño hinchado y chorreante deslizándose arriba y abajo por el tronco venoso, untándolo en una capa fresca de flujo caliente y semen residual, los labios mayores separados envolviendo la verga como una mano viva y resbalosa, el clítoris palpitante rozando la punta hasta endurecerla de nuevo por completo, hinchándola hasta doler de necesidad. Ana gemía contra su piel, el aliento caliente erizándole los vellos, mientras sus muslos gruesos apretaban sus costados, el culo carnoso temblando con cada frotada deliberada.
Al fin, con un suspiro satisfecho y gutural que vibró en el pecho de él, levantó las caderas lo justo para guiar la verga endurecida a la entrada de su coño —aún abierto y palpitante de las corridas anteriores— y se dejó caer de golpe, metiéndosela entera con un chap húmedo y obsceno que los hizo jadear al unísono. Lo cabalgó breve pero intenso en el suelo, con furia contenida y desesperada: bajadas brutales y rápidas que hacían rebotar sus tetas pesadas contra el pecho de él, aplastándolas en carne suave y sudorosa, los pezones rozando su piel en chispas de placer; el culo carnoso temblando y chocando contra sus muslos con slaps carnosos y resonantes, ondas de carne recorriendo las nalgas abundantes mientras ella giraba las caderas en círculos finales, apretando el coño con contracciones deliberadas que lo ordeñaban una vez más, sacándole gemidos roncos hasta que otro mini-orgasmo la sacudió, chorros calientes de flujo empapando sus bolas y la alfombra mientras seguían unidos, temblando en esa unión primal y exhausta.
Luego, riendo ronca y lujuriosa, lo jaló hacia la mesa del comedor, el olor a comida enfriándose olvidado en el aire cargado de sexo. Ana se sentó en el borde de la mesa sólida, abrió las piernas con descaro total —los muslos gruesos temblando, el coño rojo e hinchado reluciendo con semen y flujo acumulado, los labios mayores separados y goteando— y lo jaló hacia ella por la nuca, besándolo con lengua hambrienta mientras lo guiaba adentro de nuevo. Esta vez fue lento, profundo, casi tortuoso: Daniel embistiendo con empujes largos y pausados, sintiendo cada vena de su verga rozar las paredes sensibles de ella, el coño contrayéndose suave alrededor mientras se miraban a los ojos, intensos y conectados en esa lujuria maternal-prohibida.
Ella le acariciaba el rostro con manos temblorosas, los dedos trazando sus gafas empañadas, el cabello revuelto, susurrando palabras de amor crudo y tierno contra sus labios entre gemidos: “Eres el hombre de mi vida… siempre lo has sido… desde que te sentí crecer dentro de mí, supe que serías el único que me llenaría así… mi hijo, mi esposo… córrete en mamá otra vez, mi amor…”.
Daniel la penetraba una y otra vez, profundo hasta el fondo, las bolas rozando el culo de ella con cada embestida lenta, las tetas de Ana balanceándose pesadas contra su pecho mientras se abrazaban, el sudor mezclándose, los gemidos sincronizados en un ritmo hipnótico que los llevó a un tercer clímax compartido: ella apretando con el coño en espasmos suaves y prolongados, él llenándola una vez más con semen caliente que desbordaba y chorreaba por la mesa, ambos temblando en un abrazo exhausto pero perfecto.
La tercera corrida fue en su boca, un clímax lento y tortuoso que Ana orquestó con devoción absoluta, como si quisiera grabar en él la prueba final de su entrega.
Daniel estaba de pie, piernas temblorosas, la verga roja e hinchada palpitando después de las rondas anteriores, cubierta aún de una capa brillante de flujo y semen seco. Ana se arrodilló frente a él despacio, las rodillas gruesas hundiéndose en la alfombra, las tetas pesadas balanceándose libres y sudorosas, los pezones oscuros erectos rozando sus muslos mientras se acomodaba. Lo miró desde abajo con esa mirada maternal y lujuriosa que lo deshacía: ojos profundos, brillantes de deseo y amor incondicional, una sonrisa suave curvando los labios carnosos y húmedos.
Tomó la verga con una mano experta en la base, apretando justo lo suficiente para sentir el pulso acelerado, mientras la otra masajeaba las bolas pesadas y sensibles, rodándolas con gentileza. Empezó despacio, torturándolo: la lengua plana y caliente lamiendo la punta hinchada, girando alrededor del glande rojo y brillante, recogiendo el precum salado que brotaba en gotas gruesas, saboreándolo con un gemido bajo de aprobación. Luego bajó por el tronco venoso, lamiendo cada centímetro con devoción, la boca abierta dejando rastros de saliva caliente que chorreaban hasta las bolas, que chupó una a una, succionando suave hasta hacerlas entrar completas mientras su mano subía y bajaba por la verga con movimientos firmes y resbalosos.
Daniel jadeaba, las manos enredadas en el cabello revuelto de ella, empujando instintivamente las caderas. Ana lo tomó más profundo entonces, la boca abriéndose amplia para tragarse la verga entera en una garganta profunda y experta, los labios estirados alrededor de la base, la nariz hundida en el vello púbico mientras contraía la garganta alrededor de la punta, ordeñándolo con contracciones rítmicas que lo volvían loco. Subía y bajaba con maestría, la lengua presionando la parte inferior del tronco en cada retiro, la mano girando en la base sincronizada con la boca, saliva espesa chorreando por la barbilla y goteando sobre sus tetas enormes, que rebotaban ligeramente con el movimiento.
Lo miró a los ojos todo el tiempo, esa mirada intensa y posesiva, gimiendo alrededor de la verga con vibraciones que lo llevaban al borde, acelerando hasta que Daniel gruñó que se corría. Ana no se apartó: apretó más la boca, tragó profundo y recibió cada chorro caliente y espeso directamente en la garganta, tragando con avidez mientras la verga palpitaba en su boca, ordeñándolo con succiones fuertes. Cuando el último chorro salió, se retiró despacio, lamiendo hasta la última gota con la lengua plana, limpiando la punta sensible con besitos suaves y lametones largos, saboreando la mezcla salada de semen y flujo residual hasta dejarla brillando solo de saliva.
Después, quedaron jadeando en el suelo, cuerpos sudorosos y exhaustos rodando hasta entrelazarse sobre la alfombra empapada. Ana lo abrazó con fuerza, las tetas aplastadas contra su pecho delgado, cálidas y suaves como almohadas vivas, los pezones aún duros rozando su piel. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor intenso a sexo impregnando todo: semen, flujo femenino, sudor femenino almizclado y dulce. Ella le acariciaba el cabello con infinita ternura, dedos suaves peinando los mechones revueltos, besándole la frente, las mejillas, los labios con besos lentos y maternales mientras sus cuerpos temblaban en réplicas de placer.
Daniel, con la cabeza apoyada entre esos pechos suaves y cálidos —hundido en esa carne abundante que subía y bajaba con su respiración jadeante, el corazón de ella latiendo fuerte contra su oreja—, la voz ronca y quebrada por el agotamiento, preguntó al fin, casi en susurro:
—Si esto es así… ¿Dónde está mi papá? ¿Y mi hermana?
Ana solo sonrió con esa serenidad enigmática y satisfecha, besándole la frente con labios suaves y húmedos, un beso largo y tierno que sabía aún a él.
—Duerme, mi amor. Mañana será otro día perfecto.
Y Daniel cerró los ojos, el cuerpo pesado y saciado, la mente girando aún en preguntas sin respuesta, sin saber si alguna vez entendería este mundo perverso y delicioso… o si, en el fondo, ya no quería hacerlo; solo quería perderse para siempre en el calor de esas tetas, en el apretón de ese coño, en el amor absoluto de su madre-esposa.
—¿Listo para amarme como se debe, esposo? —preguntó Ana, mordisqueándole el lóbulo de la oreja con dientes suaves pero insistentes, la lengua caliente rozando la piel sensible mientras su aliento cálido y húmedo le erizaba el cuello. Su voz era un ronroneo grave, cargado de urgencia contenida, y una mano ya envolvía la verga de Daniel dentro de los pantalones, apretándola con firmeza rítmica, el pulgar frotando la punta sensible donde ya brotaba una gota de precum que humedecía la tela.
Daniel la miró a los ojos: profundos, oscuros, brillando con un deseo puro y animal, un amor incondicional mezclado con lujuria cruda y devoradora, como si él fuera lo único que existía en su mundo. No había dudas en esa mirada, solo entrega absoluta, el coño palpitando ya contra su muslo en anticipación. El último resto de confusión se disolvió en el calor de su cuerpo; el deseo acumulado del día —todas esas imágenes de madres folladas en público, tetas chupadas, coños abiertos— explotó en él como una necesidad primal.
La levantó en brazos con un esfuerzo que le hizo jadear, pero en ese momento pesaba perfecto: la carne abundante y suave desbordándose contra su pecho delgado, las tetas aplastadas y calientes rozando su camiseta, el culo carnoso llenándole las manos mientras lo apretaba con dedos hundidos en las nalgas separadas. Ana rio bajito, ronco, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo con lengua profunda mientras él la llevaba al sofá de la sala, sus muslos gruesos envolviendo su cintura, el coño húmedo frotándose contra la erección aprisionada en los pantalones.
La tumbó boca arriba con cuidado pero urgente, el sofá crujiendo bajo su peso combinado. El delantal corto se abrió del todo como una flor obscena, cayendo a los lados y exponiéndola completamente: el cuerpo gordibueno extendido como una ofrenda, la piel suave y ligeramente sudorosa brillando bajo la luz tenue, el abdomen redondeado subiendo y bajando con respiraciones aceleradas, las tetas enormes desbordándose hacia los lados, pesadas y temblorosas, pezones oscuros y gruesos erectos como invitaciones. Ana abrió las piernas sin pudor, con una lentitud deliberada que lo torturó: los muslos gruesos separándose, revelando el coño depilado en toda su gloria —labios mayores hinchados y separados, rosados e inflamados de deseo, reluciendo con flujo abundante que chorreaba ligeramente por la entrada, el clítoris asomando hinchado y rojo, palpitando visiblemente, el aroma almizclado y dulce de su excitación llenando la sala como una droga.
Daniel se quitó la ropa con manos temblorosas, casi rasgando la camiseta y los jeans en su prisa. Su verga, delgada pero larga y venosa, saltó libre, dura como piedra, la punta roja y brillante de precum, palpitando en el aire con urgencia. Se arrodilló entre los muslos abiertos de Ana, admirando un segundo ese coño maduro y ansioso, las manos temblando al rozar la piel interna de sus piernas, sintiendo el calor irradiando.
Se posicionó entre sus muslos, rozando la punta de la verga contra la entrada húmeda y caliente, deslizándola arriba y abajo por los labios resbalosos, untándose en su flujo, torturándola un poco mientras ella empujaba las caderas hacia arriba, gimiendo impaciente.
—Adentro, mi amor —susurró Ana, guiándolo con una mano experta que envolvió la base de su verga, posicionándola justo en la entrada palpitante—. Hazme tuya como siempre… métemela toda, rómpeme el coño con esa verga dura.
La penetró de un solo movimiento profundo y lento, sintiendo cada centímetro: la cabeza abriéndose paso entre los labios calientes, el coño apretado y maduro envolviéndolo como terciopelo húmedo y vivo, contrayéndose alrededor de él en espasmos involuntarios, tan caliente que casi quemaba. Ana gimió largo y gutural, arqueando la espalda con violencia, las tetas temblando y rebotando con el impacto, los pezones endureciéndose más mientras clavaba las uñas en los hombros de él. El coño la succionaba hacia adentro, profundo hasta el fondo, hasta que sus bolas rozaron el culo carnoso de ella, y ambos jadearon al unísono, unidos por completo en ese calor asfixiante y perfecto.
Daniel se quedó quieto un momento, abrumado por la sensación: el coño apretado a pesar de los años, paredes suaves y resbalosas ordeñándolo, el flujo chorreando alrededor de su verga, el aroma intenso de sexo llenando todo. Ana movió las caderas en círculos lentos, frotándose contra él, gimiendo contra su boca mientras lo besaba con lengua hambrienta.
—Muévete, hijo mío… fóllame fuerte —suplicó, las piernas gruesas envolviéndolo por la cintura, atrayéndolo más profundo—. Lléname como solo tú sabes.
Daniel empezó a moverse, primero despacio, con embestidas largas y deliberadas que le permitían sentir cada centímetro de ese coño maduro y caliente envolviéndolo: las paredes suaves y resbalosas contrayéndose alrededor de su verga, el flujo abundante chorreando por la base y empapando sus bolas, el calor asfixiante que lo succionaba hacia adentro como si nunca quisiera dejarlo ir. Cada retiro era una tortura deliciosa, la punta de su verga rozando los labios hinchados antes de hundirse de nuevo hasta el fondo, golpeando profundo contra el cérvix con un sonido húmedo y obsceno. Ana lo abrazaba con las piernas gruesas y carnosas, envolviéndolo por la cintura como un torno vivo, los muslos temblando contra sus caderas flacas mientras clavaba las uñas en su espalda, arañando la piel pálida y dejando surcos rojos que ardían de placer doloroso.
—Más fuerte… así… rómpeme el coño, hijo mío… mi esposo… —suplicó con voz ronca y entrecortada, los gemidos saliendo en oleadas mientras empujaba las caderas hacia arriba para encontrarlo, el clítoris rozando la base de su verga en cada choque.
Él obedeció, acelerando el ritmo hasta embestir con fuerza bruta, las caderas chocando contra los muslos de ella con un slap-slap-slap constante y rítmico que llenaba la sala, mezclado con los gemidos guturales de Ana —largos y animales— y los jadeos jadeantes de él, el sudor empezando a perlar sus cuerpos y hacer que la piel se deslizara con más facilidad. Las tetas enormes de ella rebotaban con cada golpe violento, pesadas y libres, ondas carnosas recorriendo la carne suave desde la base hasta los pezones oscuros que se endurecían más, temblando en el aire como invitaciones. Daniel bajó la boca con hambre, capturando un pezón grueso entre los labios, chupándolo con fuerza succionadora mientras la lengua giraba alrededor de la areola arrugada, mordisqueándolo suavemente al principio y luego con más dientes, tirando de él hasta que Ana arqueó la espalda con un grito ahogado.
Ana gritó de placer puro, el coño apretando más con contracciones involuntarias, envolviéndolo como un puño caliente y viscoso, ordeñando su verga en espasmos que lo llevaban al borde.
—Así, mi vida… chúpame las tetas… son tuyas… siempre han sido tuyas… —gimió, una mano en la nuca de él presionándolo contra su pecho, la otra bajando para apretar sus bolas con gentileza posesiva, masajeándolas mientras él seguía follándola sin piedad.
No pudieron contenerse más en esa posición; Daniel se retiró con un sonido húmedo y obsceno, la verga brillando de flujo saliendo del coño abierto y palpitante. Cambió de posición con urgencia: la puso de rodillas en el sofá, el culo enorme alzado hacia él como una ofrenda obscena, las nalgas separadas revelando el ano fruncido y rosado, el coño chorreando semen y flujo por los muslos internos. Lo admiró un momento, hipnotizado —redondo y suave, carnoso con hoyuelos profundos en los costados, temblando ligeramente con cada respiración agitada de ella, la piel suave invitando a ser azotada o mordida—. Rozó las nalgas con las manos, separándolas más para ver cómo el coño se abría ansioso, los labios hinchados goteando.
Entró de golpe por detrás, profundo hasta el fondo en un solo empuje brutal que la hizo gritar y empujar hacia atrás, encontrando su ritmo inmediatamente, el culo chocando contra su vientre con sonidos carnosos y húmedos. El ángulo era perfecto: su verga golpeaba puntos nuevos dentro de ella, rozando las paredes frontales y haciendo que Ana temblara entera.
—Fóllame el culo también si quieres… métemela ahí, rómpeme todo… pero primero lléname el coño… quiero sentir tu leche caliente chorreando dentro… —jadeó, mirando por encima del hombro con ojos vidriosos de lujuria, el cabello revuelto pegado a la frente sudorosa.
Daniel la tomó por las caderas anchas, los dedos hundidos en la carne blanda y abundante, embistiendo con furia animal, el sofá crujiendo bajo ellos mientras el sudor volaba con cada choque. Una mano bajó para acariciar el clítoris hinchado, dedos rápidos y resbalosos trazando círculos firmes y veloces, pellizcándolo suavemente mientras la follaba, sintiendo cómo el coño se contraía más con cada toque.
—Voy a correrme… no pares… ¡Sí, Dani, sí! ¡Fóllame más fuerte, hijo mío! —gritó Ana, el cuerpo temblando violento, las tetas colgando y balanceándose debajo de ella como péndulos pesados.
El orgasmo de Ana fue violento y devastador: el coño se contrajo en espasmos intensos y rítmicos, apretándolo como un puño vivo y caliente, paredes pulsando alrededor de su verga en oleadas que lo ordeñaban sin misericordia, flujo caliente chorreando por sus bolas y muslos. Ella gritó largo y ronco, arqueando la espalda, el culo empujando hacia atrás con fuerza mientras temblaba entera, uñas clavadas en los cojines del sofá.
Daniel sintió que no podía más —el apretón insoportable, el calor, los gemidos— y se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, chorro tras chorro potente y caliente llenándola hasta el borde, el semen espeso desbordándose alrededor de su verga y deslizándose por los muslos gruesos de Ana en riachuelos blancos y viscosos, mezclándose con su flujo mientras seguían unidos, jadeando, temblando en el éxtasis compartido.
No terminaron ahí; el deseo era un fuego que se alimentaba de sí mismo, insaciable y voraz, como si el día entero de tensiones acumuladas hubiera explotado en una maratón de carne y gemidos.
Ana lo empujó suavemente hacia atrás con manos firmes pero tiernas, hasta que Daniel quedó tumbado en el sofá, la verga aún dura y brillante de sus fluidos mezclados, palpitando en el aire caliente de la sala. Ella se montó sobre él con una gracia felina a pesar de su volumen, las rodillas gruesas hundiéndose en los cojines a ambos lados de sus caderas flacas. Sus tetas enormes colgaban frente a su cara como frutos maduros y pesados, balanceándose con cada movimiento, los pezones oscuros y gruesos rozando sus labios mientras ella se posicionaba. Tomó la verga con una mano experta, guiándola de nuevo a la entrada de su coño chorreante —aún lleno de su semen anterior, resbaloso y caliente— y bajó despacio, empalándose centímetro a centímetro con un gemido largo y satisfecho que vibró en el pecho de Daniel.
Lo cabalgaba despacio al principio, subiendo y bajando con movimientos deliberados y profundos, girando las caderas en círculos amplios que hacían que su verga rozara cada rincón interno de ese coño maduro y apretado, las paredes contrayéndose alrededor de él como si lo ordeñaran con vida propia. El sonido era obsceno y delicioso: el chap-chap húmedo de su coño tragando y soltando la verga, el flujo y semen anteriores chorreando por las bolas de Daniel y empapando el sofá. Sus tetas rebotaban hipnóticas frente a su cara, pesadas y suaves, y Daniel las tomó con ambas manos, amasándolas con fuerza, los dedos hundidos en la carne blanda y abundante, pellizcando los pezones endurecidos hasta tirarlos y hacerla jadear, la leche de placer —o quizás solo sudor— brotando ligeramente de ellos mientras ella aceleraba el ritmo, montándolo con más urgencia, el culo carnoso chocando contra sus muslos en slaps carnosos.
—Te amo, hijo mío… te amo tanto… eres todo para mí… mi hombre, mi esposo… —susurraba con voz ronca y quebrada por los gemidos, los ojos vidriosos fijos en los de él, una mano en su pecho huesudo mientras la otra se apoyaba en el respaldo del sofá para impulsarse más fuerte, el coño apretando en espasmos anticipatorios.
Volvió a correrse ella, esta vez con un orgasmo que la sacudió entera: gritando su nombre largo y desesperado —“¡Dani! ¡Sí, mi amor!”— —Mientras el coño se contraía en oleadas violentas alrededor de su verga, chorros de flujo caliente empapándolo todo, las caderas temblando incontrolables, las tetas rebotando salvajes contra las manos de él. Daniel la siguió poco después, incapaz de resistir el apretón insoportable de ese coño insaciable, corriéndose por segunda vez dentro de ella con gruñidos animales, chorros potentes y espesos que la llenaban de nuevo, desbordándose en riachuelos blancos por sus muslos gruesos y goteando al sofá mientras ella seguía moviéndose, ordeñándolo hasta la última gota sin piedad.
Jadeantes y sudorosos, con los cuerpos resbalosos por el sudor caliente que perlaba sus pieles y hacía que cada roce fuera eléctrico y viscoso, no pudieron quedarse quietos ni un segundo más; el deseo los impulsaba como una fuerza primal, instintiva y voraz, un hambre que no admitía pausas ni agotamiento, solo más carne, más unión, más placer prohibido.
Se movieron al piso con torpeza urgente y febril, tropezando con piernas entrelazadas y risas roncas entre jadeos, rodando sobre la alfombra suave y mullida que amortiguaba sus caídas, pero se empapaba rápidamente de sus fluidos mezclados —semen chorreando de su coño, sudor salado, flujo abundante que dejaba rastros brillantes en la tela—. Ana lo empujó boca arriba de nuevo con manos firmes y posesivas, montándose a horcajadas sobre su pecho delgado un instante para mirarlo desde arriba, las tetas enormes colgando pesadas y sudorosas frente a su cara, los pezones oscuros goteando sudor mientras ella se inclinaba para lamerle el cuello con lengua plana y caliente, trazando líneas húmedas por la piel sensible, mordisqueando la clavícula y bajando hasta los pezones endurecidos de él, chupándolos con succiones fuertes y dientes suaves que lo hacían arquear la espalda y gruñir de placer inesperado.
Mientras tanto, sus caderas se frotaban con urgencia contra la verga semidura de Daniel, el coño hinchado y chorreante deslizándose arriba y abajo por el tronco venoso, untándolo en una capa fresca de flujo caliente y semen residual, los labios mayores separados envolviendo la verga como una mano viva y resbalosa, el clítoris palpitante rozando la punta hasta endurecerla de nuevo por completo, hinchándola hasta doler de necesidad. Ana gemía contra su piel, el aliento caliente erizándole los vellos, mientras sus muslos gruesos apretaban sus costados, el culo carnoso temblando con cada frotada deliberada.
Al fin, con un suspiro satisfecho y gutural que vibró en el pecho de él, levantó las caderas lo justo para guiar la verga endurecida a la entrada de su coño —aún abierto y palpitante de las corridas anteriores— y se dejó caer de golpe, metiéndosela entera con un chap húmedo y obsceno que los hizo jadear al unísono. Lo cabalgó breve pero intenso en el suelo, con furia contenida y desesperada: bajadas brutales y rápidas que hacían rebotar sus tetas pesadas contra el pecho de él, aplastándolas en carne suave y sudorosa, los pezones rozando su piel en chispas de placer; el culo carnoso temblando y chocando contra sus muslos con slaps carnosos y resonantes, ondas de carne recorriendo las nalgas abundantes mientras ella giraba las caderas en círculos finales, apretando el coño con contracciones deliberadas que lo ordeñaban una vez más, sacándole gemidos roncos hasta que otro mini-orgasmo la sacudió, chorros calientes de flujo empapando sus bolas y la alfombra mientras seguían unidos, temblando en esa unión primal y exhausta.
Luego, riendo ronca y lujuriosa, lo jaló hacia la mesa del comedor, el olor a comida enfriándose olvidado en el aire cargado de sexo. Ana se sentó en el borde de la mesa sólida, abrió las piernas con descaro total —los muslos gruesos temblando, el coño rojo e hinchado reluciendo con semen y flujo acumulado, los labios mayores separados y goteando— y lo jaló hacia ella por la nuca, besándolo con lengua hambrienta mientras lo guiaba adentro de nuevo. Esta vez fue lento, profundo, casi tortuoso: Daniel embistiendo con empujes largos y pausados, sintiendo cada vena de su verga rozar las paredes sensibles de ella, el coño contrayéndose suave alrededor mientras se miraban a los ojos, intensos y conectados en esa lujuria maternal-prohibida.
Ella le acariciaba el rostro con manos temblorosas, los dedos trazando sus gafas empañadas, el cabello revuelto, susurrando palabras de amor crudo y tierno contra sus labios entre gemidos: “Eres el hombre de mi vida… siempre lo has sido… desde que te sentí crecer dentro de mí, supe que serías el único que me llenaría así… mi hijo, mi esposo… córrete en mamá otra vez, mi amor…”.
Daniel la penetraba una y otra vez, profundo hasta el fondo, las bolas rozando el culo de ella con cada embestida lenta, las tetas de Ana balanceándose pesadas contra su pecho mientras se abrazaban, el sudor mezclándose, los gemidos sincronizados en un ritmo hipnótico que los llevó a un tercer clímax compartido: ella apretando con el coño en espasmos suaves y prolongados, él llenándola una vez más con semen caliente que desbordaba y chorreaba por la mesa, ambos temblando en un abrazo exhausto pero perfecto.
La tercera corrida fue en su boca, un clímax lento y tortuoso que Ana orquestó con devoción absoluta, como si quisiera grabar en él la prueba final de su entrega.
Daniel estaba de pie, piernas temblorosas, la verga roja e hinchada palpitando después de las rondas anteriores, cubierta aún de una capa brillante de flujo y semen seco. Ana se arrodilló frente a él despacio, las rodillas gruesas hundiéndose en la alfombra, las tetas pesadas balanceándose libres y sudorosas, los pezones oscuros erectos rozando sus muslos mientras se acomodaba. Lo miró desde abajo con esa mirada maternal y lujuriosa que lo deshacía: ojos profundos, brillantes de deseo y amor incondicional, una sonrisa suave curvando los labios carnosos y húmedos.
Tomó la verga con una mano experta en la base, apretando justo lo suficiente para sentir el pulso acelerado, mientras la otra masajeaba las bolas pesadas y sensibles, rodándolas con gentileza. Empezó despacio, torturándolo: la lengua plana y caliente lamiendo la punta hinchada, girando alrededor del glande rojo y brillante, recogiendo el precum salado que brotaba en gotas gruesas, saboreándolo con un gemido bajo de aprobación. Luego bajó por el tronco venoso, lamiendo cada centímetro con devoción, la boca abierta dejando rastros de saliva caliente que chorreaban hasta las bolas, que chupó una a una, succionando suave hasta hacerlas entrar completas mientras su mano subía y bajaba por la verga con movimientos firmes y resbalosos.
Daniel jadeaba, las manos enredadas en el cabello revuelto de ella, empujando instintivamente las caderas. Ana lo tomó más profundo entonces, la boca abriéndose amplia para tragarse la verga entera en una garganta profunda y experta, los labios estirados alrededor de la base, la nariz hundida en el vello púbico mientras contraía la garganta alrededor de la punta, ordeñándolo con contracciones rítmicas que lo volvían loco. Subía y bajaba con maestría, la lengua presionando la parte inferior del tronco en cada retiro, la mano girando en la base sincronizada con la boca, saliva espesa chorreando por la barbilla y goteando sobre sus tetas enormes, que rebotaban ligeramente con el movimiento.
Lo miró a los ojos todo el tiempo, esa mirada intensa y posesiva, gimiendo alrededor de la verga con vibraciones que lo llevaban al borde, acelerando hasta que Daniel gruñó que se corría. Ana no se apartó: apretó más la boca, tragó profundo y recibió cada chorro caliente y espeso directamente en la garganta, tragando con avidez mientras la verga palpitaba en su boca, ordeñándolo con succiones fuertes. Cuando el último chorro salió, se retiró despacio, lamiendo hasta la última gota con la lengua plana, limpiando la punta sensible con besitos suaves y lametones largos, saboreando la mezcla salada de semen y flujo residual hasta dejarla brillando solo de saliva.
Después, quedaron jadeando en el suelo, cuerpos sudorosos y exhaustos rodando hasta entrelazarse sobre la alfombra empapada. Ana lo abrazó con fuerza, las tetas aplastadas contra su pecho delgado, cálidas y suaves como almohadas vivas, los pezones aún duros rozando su piel. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor intenso a sexo impregnando todo: semen, flujo femenino, sudor femenino almizclado y dulce. Ella le acariciaba el cabello con infinita ternura, dedos suaves peinando los mechones revueltos, besándole la frente, las mejillas, los labios con besos lentos y maternales mientras sus cuerpos temblaban en réplicas de placer.
Daniel, con la cabeza apoyada entre esos pechos suaves y cálidos —hundido en esa carne abundante que subía y bajaba con su respiración jadeante, el corazón de ella latiendo fuerte contra su oreja—, la voz ronca y quebrada por el agotamiento, preguntó al fin, casi en susurro:
—Si esto es así… ¿Dónde está mi papá? ¿Y mi hermana?
Ana solo sonrió con esa serenidad enigmática y satisfecha, besándole la frente con labios suaves y húmedos, un beso largo y tierno que sabía aún a él.
—Duerme, mi amor. Mañana será otro día perfecto.
Y Daniel cerró los ojos, el cuerpo pesado y saciado, la mente girando aún en preguntas sin respuesta, sin saber si alguna vez entendería este mundo perverso y delicioso… o si, en el fondo, ya no quería hacerlo; solo quería perderse para siempre en el calor de esas tetas, en el apretón de ese coño, en el amor absoluto de su madre-esposa.
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