Sebassonrió con esa calma depredadora que siempre ha tenido, se desabrochó los jeansdel todo y dejó que su polla dura saltara libre. Era más gruesa que la mía, máslarga, y Samantha no pudo evitar mirarla con los ojos muy abiertos, mordiéndoseel labio inferior mientras un gemido bajo escapaba de su garganta.
—Venaquí —le ordenó Sebas con voz ronca, sin mirarme siquiera.
Samanthase levantó de mis piernas de inmediato, obediente, temblorosa de excitación.Sus jugos brillaban en el interior de sus muslos mientras caminaba los dospasos que la separaban de él. Yo me quedé sentado en el sofá, con la polla aúnfuera, palpitando en el aire, pero sin tocarme. Solo mirar. Solo ser testigo.
Sebasla tomó por la cintura y la giró de espaldas a mí, de modo que yo tuviera lavista perfecta. Le bajó los shorts y las bragas que ya había quitado anteshasta los tobillos de un solo tirón. Samantha se apoyó con las manos en elrespaldo del sofá, justo frente a mí, arqueando la espalda y abriendo laspiernas sin que se lo pidieran.
—Míralo,Mati —dijo Sebas, colocándose detrás de ella—. Mira cómo tu novia se abre paramí.
Introdujodos dedos de nuevo dentro de ella, rápido y profundo. Samantha gritó, echandola cabeza hacia atrás. Los sonidos húmedos llenaban la sala cada vez que Sebasla follaba con la mano, cada vez más rápido, más fuerte. Ella me miraba a losojos mientras gemía mi nombre mezclado con el de él.
—Mati…mírame… mírame cómo me toca…
Sebassacó los dedos empapados y los reemplazó con la cabeza de su polla. Rozó laentrada de Samantha una, dos veces, cubriéndose de sus jugos. Ella empujó lascaderas hacia atrás, desesperada.
—Pídemelo—ordenó Sebas.
—Porfavor… métemela… —susurró Samantha, la voz rota.
—Másalto. Que tu novio lo oiga bien.
Samanthame miró fijamente, los ojos llenos de lágrimas de placer.
—Sebas,por favor… fóllame. Fóllame fuerte delante de Mati.
Sebasno esperó más. Empujó de una sola estocada, enterrándose hasta el fondo. Samanthagritó con fuerza, el cuerpo temblando violentamente. Yo vi cómo su coño seabría alrededor de él, cómo lo tragaba entero, cómo sus labios se estiraban allímite.
Empezóa moverse. Lento al principio, saliendo casi del todo para volver a clavárselahasta los huevos. Cada embestida hacía que los pechos de Samantha sebalancearan, que sus gemidos se volvieran más altos, más animales. Sebas lasujetaba por las caderas, marcando el ritmo, dominándola por completo.
—Joder,qué apretada estás… —gruñó él—. Tu novio nunca te ha llenado así, ¿verdad?
Samanthanegó con la cabeza, incapaz de hablar, solo gimiendo con cada golpe que recibíacontra su culo.
Yono me tocaba. No podía. Solo miraba, hipnotizado, cómo mi mejor amigo follaba ami novia a centímetros de mi cara. Veía su polla entrar y salir brillante desus jugos, veía cómo el cuerpo de Samantha se rendía por completo a él, cómosus rodillas flaqueaban cada vez que Sebas la embestía más profundo.
Sebasaceleró. El sonido de piel contra piel llenaba todo el departamento. Samanthaempezó a correrse otra vez, esta vez más fuerte, gritando su nombre sinvergüenza.
—Sebas…me vengo… me vengo en tu polla…
Suorgasmo la hizo convulsionar, apretándolo tanto que Sebas gruñó y tuvo quedetenerse un segundo para no correrse él también. Pero no salió. Siguió dentro,esperando a que ella terminara de temblar.
CuandoSamantha se calmó un poco, jadeando, Sebas la giró con facilidad y la empujó derodillas al suelo, justo entre mis piernas abiertas, pero sin tocarme. Le tomóel cabello y guió su boca hasta su polla empapada de ella.
—Límpiala—ordenó.
Samanthaobedeció al instante, lamiendo con avidez, saboreándose a sí misma en él,gimiendo alrededor de su grosor. Sebas la follaba la boca ahora, lento peroprofundo, mirándome a los ojos por primera vez.
—Tunovia es una puta perfecta, Isma —dijo con voz grave—. Y todavía no heterminado con ella.
Samanthagimió más fuerte al oírlo, chupando con más ganas, como si aquellas palabras laexcitaran aún más.
Yoseguía sin tocarme. Solo miraba. Solo sentía cómo mi mundo se reducía a esaimagen: mi novia de rodillas, tragándose la polla de mi mejor amigo, mientrasél decidía cuánto más iba a usarla delante de mí.
Y lopeor… o lo mejor… es que no quería que parara nunca.
Sebasseguía follándole la boca a Samantha con un ritmo controlado pero implacable.La tenía agarrada por el pelo, guiando su cabeza hacia adelante y hacia atrás,haciendo que se tragara casi toda su longitud con cada embestida. Los ojos de Samanthaestaban llorosos, el rímel corrido, pero no apartaba la mirada de él; alcontrario, lo miraba con una mezcla de sumisión y hambre que yo nunca le habíavisto conmigo.
Cadavez que Sebas empujaba más profundo, ella emitía un gemido ahogado que vibrabaalrededor de su polla. La saliva le brillaba en los labios y le caía por labarbilla, goteando sobre sus pechos desnudos. Yo seguía sentado en el sofá, amenos de un metro, viendo cada detalle: cómo sus mejillas se hundían alsuccionar, cómo su garganta se movía al tragárselo, cómo sus manos se aferrabana los muslos musculosos de Sebas como si temiera que se apartara.
Sebasrespiraba cada vez más pesado. Sus abdominales se marcaban con cadacontracción, y una fina capa de sudor le cubría el pecho.
—Joder,Samantha… me vas a hacer correr así si sigues chupando tan rico —gruñó, la vozronca y baja.
Ellarespondió acelerando, moviendo la cabeza más rápido, una mano bajando paramasajearle los huevos con suavidad mientras la otra se apoyaba en su cadera. Sebassoltó un jadeo profundo y cerró los ojos un segundo, perdiendo por primera vezesa calma dominante.
—No…todavía no quiero correrme en tu boca —dijo de pronto, apartándola condelicadeza pero firmeza.
Samanthajadeó al liberarse, hilos de saliva conectando aún sus labios con la punta rojae hinchada de él. Sebas la levantó del suelo como si no pesara nada y la empujóde nuevo contra el respaldo del sofá, esta vez boca abajo, el culo en alto, laspiernas abiertas. Yo tenía la cara a la altura perfecta para ver cómo su coñoseguía hinchado, rojo, chorreando después de los orgasmos anteriores.
Sebasse colocó detrás de ella, frotando la cabeza de su polla entre sus labiosresbaladizos, cubriéndose otra vez de sus jugos.
—Míralobien, Mati —me dijo sin girarse—. Voy a correrme dentro de tu novia. Profundo.Hasta que no quede ni una gota fuera.
Samanthagiró la cabeza hacia mí, el rostro enrojecido, el pelo pegado a la frente porel sudor.
—¿Loquieres ver, amor? ¿Quieres ver cómo me llena? —susurró con voz temblorosa deexcitación.
Nopude responder. Solo asentí apenas, la garganta seca.
Sebasempujó de una sola vez, enterrándose hasta el fondo. Samantha gritó, arqueandola espalda con violencia. Él no esperó: empezó a follarla con embestidas cortasy brutales, los huevos golpeando contra su clítoris con cada choque. El sonidoera obsceno, húmedo, animal.
Samanthagemía sin control, las manos aferradas al respaldo, los nudillos blancos.
—Másfuerte… Sebas, por favor… rómpeme…
Élobedeció. La sujetó por las caderas y aceleró hasta que el sofá se movía conellos. Sus gruñidos se volvieron más guturales, más desesperados. Veía cómo supolla entraba y salía, brillante, cada vez más rápido, cada vez más hinchada.
—Ahora…joder, ahora… —masculló Sebas.
Seclavó hasta el fondo una última vez, quedándose quieto, los músculos tensoscomo cables. Su cara se contrajo en un gesto de placer puro mientras bombeabadentro de ella. Sentí casi el pulso de cada chorro: uno, dos, tres… largos ypotentes. Samantha gritó también, sintiendo cómo la llenaba, su cuerpotemblando con un nuevo orgasmo que la pilló por sorpresa.
—Tesiento… te siento correrte dentro… tan caliente… —gimió ella, empujando haciaatrás para recibirlo todo.
Sebasse quedó enterrado varios segundos más, respirando agitado, dejando que lasúltimas gotas salieran dentro. Cuando por fin se retiró despacio, un hilogrueso de semen salió con él, resbalando por los muslos de Samantha hastagotear en el suelo.
Ellase derrumbó sobre el sofá, jadeando, el cuerpo laxo y satisfecho. Sebas se dejócaer a su lado, aún semiduro, y le acarició el culo con posesión mientrasmiraba hacia mí por primera vez en minutos.
—Tunovia está llena de mí ahora, Isma —dijo con voz tranquila, casi amable—. Ycreo que a los dos nos encantó que lo vieras todo.
Samantha,aún temblando, giró la cabeza hacia mí y sonrió débilmente, los ojos vidriosos.
—Venaquí, amor… ven a sentirlo todavía caliente dentro de mí si quieres…
Yoseguía sin moverme, la polla palpitando dolorosamente, al borde sin habermetocado ni una vez.
Ysupe que ese clímax de Sebas no era el final… solo el punto sin retorno.
—Venaquí —le ordenó Sebas con voz ronca, sin mirarme siquiera.
Samanthase levantó de mis piernas de inmediato, obediente, temblorosa de excitación.Sus jugos brillaban en el interior de sus muslos mientras caminaba los dospasos que la separaban de él. Yo me quedé sentado en el sofá, con la polla aúnfuera, palpitando en el aire, pero sin tocarme. Solo mirar. Solo ser testigo.
Sebasla tomó por la cintura y la giró de espaldas a mí, de modo que yo tuviera lavista perfecta. Le bajó los shorts y las bragas que ya había quitado anteshasta los tobillos de un solo tirón. Samantha se apoyó con las manos en elrespaldo del sofá, justo frente a mí, arqueando la espalda y abriendo laspiernas sin que se lo pidieran.
—Míralo,Mati —dijo Sebas, colocándose detrás de ella—. Mira cómo tu novia se abre paramí.
Introdujodos dedos de nuevo dentro de ella, rápido y profundo. Samantha gritó, echandola cabeza hacia atrás. Los sonidos húmedos llenaban la sala cada vez que Sebasla follaba con la mano, cada vez más rápido, más fuerte. Ella me miraba a losojos mientras gemía mi nombre mezclado con el de él.
—Mati…mírame… mírame cómo me toca…
Sebassacó los dedos empapados y los reemplazó con la cabeza de su polla. Rozó laentrada de Samantha una, dos veces, cubriéndose de sus jugos. Ella empujó lascaderas hacia atrás, desesperada.
—Pídemelo—ordenó Sebas.
—Porfavor… métemela… —susurró Samantha, la voz rota.
—Másalto. Que tu novio lo oiga bien.
Samanthame miró fijamente, los ojos llenos de lágrimas de placer.
—Sebas,por favor… fóllame. Fóllame fuerte delante de Mati.
Sebasno esperó más. Empujó de una sola estocada, enterrándose hasta el fondo. Samanthagritó con fuerza, el cuerpo temblando violentamente. Yo vi cómo su coño seabría alrededor de él, cómo lo tragaba entero, cómo sus labios se estiraban allímite.
Empezóa moverse. Lento al principio, saliendo casi del todo para volver a clavárselahasta los huevos. Cada embestida hacía que los pechos de Samantha sebalancearan, que sus gemidos se volvieran más altos, más animales. Sebas lasujetaba por las caderas, marcando el ritmo, dominándola por completo.
—Joder,qué apretada estás… —gruñó él—. Tu novio nunca te ha llenado así, ¿verdad?
Samanthanegó con la cabeza, incapaz de hablar, solo gimiendo con cada golpe que recibíacontra su culo.
Yono me tocaba. No podía. Solo miraba, hipnotizado, cómo mi mejor amigo follaba ami novia a centímetros de mi cara. Veía su polla entrar y salir brillante desus jugos, veía cómo el cuerpo de Samantha se rendía por completo a él, cómosus rodillas flaqueaban cada vez que Sebas la embestía más profundo.
Sebasaceleró. El sonido de piel contra piel llenaba todo el departamento. Samanthaempezó a correrse otra vez, esta vez más fuerte, gritando su nombre sinvergüenza.
—Sebas…me vengo… me vengo en tu polla…
Suorgasmo la hizo convulsionar, apretándolo tanto que Sebas gruñó y tuvo quedetenerse un segundo para no correrse él también. Pero no salió. Siguió dentro,esperando a que ella terminara de temblar.
CuandoSamantha se calmó un poco, jadeando, Sebas la giró con facilidad y la empujó derodillas al suelo, justo entre mis piernas abiertas, pero sin tocarme. Le tomóel cabello y guió su boca hasta su polla empapada de ella.
—Límpiala—ordenó.
Samanthaobedeció al instante, lamiendo con avidez, saboreándose a sí misma en él,gimiendo alrededor de su grosor. Sebas la follaba la boca ahora, lento peroprofundo, mirándome a los ojos por primera vez.
—Tunovia es una puta perfecta, Isma —dijo con voz grave—. Y todavía no heterminado con ella.
Samanthagimió más fuerte al oírlo, chupando con más ganas, como si aquellas palabras laexcitaran aún más.
Yoseguía sin tocarme. Solo miraba. Solo sentía cómo mi mundo se reducía a esaimagen: mi novia de rodillas, tragándose la polla de mi mejor amigo, mientrasél decidía cuánto más iba a usarla delante de mí.
Y lopeor… o lo mejor… es que no quería que parara nunca.
Sebasseguía follándole la boca a Samantha con un ritmo controlado pero implacable.La tenía agarrada por el pelo, guiando su cabeza hacia adelante y hacia atrás,haciendo que se tragara casi toda su longitud con cada embestida. Los ojos de Samanthaestaban llorosos, el rímel corrido, pero no apartaba la mirada de él; alcontrario, lo miraba con una mezcla de sumisión y hambre que yo nunca le habíavisto conmigo.
Cadavez que Sebas empujaba más profundo, ella emitía un gemido ahogado que vibrabaalrededor de su polla. La saliva le brillaba en los labios y le caía por labarbilla, goteando sobre sus pechos desnudos. Yo seguía sentado en el sofá, amenos de un metro, viendo cada detalle: cómo sus mejillas se hundían alsuccionar, cómo su garganta se movía al tragárselo, cómo sus manos se aferrabana los muslos musculosos de Sebas como si temiera que se apartara.
Sebasrespiraba cada vez más pesado. Sus abdominales se marcaban con cadacontracción, y una fina capa de sudor le cubría el pecho.
—Joder,Samantha… me vas a hacer correr así si sigues chupando tan rico —gruñó, la vozronca y baja.
Ellarespondió acelerando, moviendo la cabeza más rápido, una mano bajando paramasajearle los huevos con suavidad mientras la otra se apoyaba en su cadera. Sebassoltó un jadeo profundo y cerró los ojos un segundo, perdiendo por primera vezesa calma dominante.
—No…todavía no quiero correrme en tu boca —dijo de pronto, apartándola condelicadeza pero firmeza.
Samanthajadeó al liberarse, hilos de saliva conectando aún sus labios con la punta rojae hinchada de él. Sebas la levantó del suelo como si no pesara nada y la empujóde nuevo contra el respaldo del sofá, esta vez boca abajo, el culo en alto, laspiernas abiertas. Yo tenía la cara a la altura perfecta para ver cómo su coñoseguía hinchado, rojo, chorreando después de los orgasmos anteriores.
Sebasse colocó detrás de ella, frotando la cabeza de su polla entre sus labiosresbaladizos, cubriéndose otra vez de sus jugos.
—Míralobien, Mati —me dijo sin girarse—. Voy a correrme dentro de tu novia. Profundo.Hasta que no quede ni una gota fuera.
Samanthagiró la cabeza hacia mí, el rostro enrojecido, el pelo pegado a la frente porel sudor.
—¿Loquieres ver, amor? ¿Quieres ver cómo me llena? —susurró con voz temblorosa deexcitación.
Nopude responder. Solo asentí apenas, la garganta seca.
Sebasempujó de una sola vez, enterrándose hasta el fondo. Samantha gritó, arqueandola espalda con violencia. Él no esperó: empezó a follarla con embestidas cortasy brutales, los huevos golpeando contra su clítoris con cada choque. El sonidoera obsceno, húmedo, animal.
Samanthagemía sin control, las manos aferradas al respaldo, los nudillos blancos.
—Másfuerte… Sebas, por favor… rómpeme…
Élobedeció. La sujetó por las caderas y aceleró hasta que el sofá se movía conellos. Sus gruñidos se volvieron más guturales, más desesperados. Veía cómo supolla entraba y salía, brillante, cada vez más rápido, cada vez más hinchada.
—Ahora…joder, ahora… —masculló Sebas.
Seclavó hasta el fondo una última vez, quedándose quieto, los músculos tensoscomo cables. Su cara se contrajo en un gesto de placer puro mientras bombeabadentro de ella. Sentí casi el pulso de cada chorro: uno, dos, tres… largos ypotentes. Samantha gritó también, sintiendo cómo la llenaba, su cuerpotemblando con un nuevo orgasmo que la pilló por sorpresa.
—Tesiento… te siento correrte dentro… tan caliente… —gimió ella, empujando haciaatrás para recibirlo todo.
Sebasse quedó enterrado varios segundos más, respirando agitado, dejando que lasúltimas gotas salieran dentro. Cuando por fin se retiró despacio, un hilogrueso de semen salió con él, resbalando por los muslos de Samantha hastagotear en el suelo.
Ellase derrumbó sobre el sofá, jadeando, el cuerpo laxo y satisfecho. Sebas se dejócaer a su lado, aún semiduro, y le acarició el culo con posesión mientrasmiraba hacia mí por primera vez en minutos.
—Tunovia está llena de mí ahora, Isma —dijo con voz tranquila, casi amable—. Ycreo que a los dos nos encantó que lo vieras todo.
Samantha,aún temblando, giró la cabeza hacia mí y sonrió débilmente, los ojos vidriosos.
—Venaquí, amor… ven a sentirlo todavía caliente dentro de mí si quieres…
Yoseguía sin moverme, la polla palpitando dolorosamente, al borde sin habermetocado ni una vez.
Ysupe que ese clímax de Sebas no era el final… solo el punto sin retorno.
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