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La Mudanza... (parte 10)

Me desperté con una resaca de campeonato, la cabeza me latía como si me hubieran dado con un martillo. La luz del sol entraba por las rendijas de la persiana y me molestaba un huevo. Miré el reloj: casi las doce. Joder, qué noche.

Ana estaba boca abajo en la cama, completamente desnuda, con las sábanas revueltas a los pies. Su culo perfecto tenía restos secos de mi corrida de anoche, pegotes blanquecinos que brillaban un poco con la luz. Se veía... sucia, usada. Me puso burro solo de verla así. El suelo del dormitorio estaba hecho un desastre: manchas de fluidos, de vino derramado, hasta un preservativo usado tirado junto a la mesita. Olía a sexo viejo, a sudor y a porro apagado.

Me levanté despacio y me miré en el espejo del armario. Cara de idiota total. Recordé todo de golpe: cómo le enseñé las tetas de Ana a Antonio en el móvil, esas fotos que le mandé borracho como un loco. Cómo luego, en la cama, me la follé como un animal mientras le suplicaba que se follara con él, que lo dejara meterle la polla. "Quiero que te lo folles, zorra", le decía yo, y ella gemía más fuerte. Todo se nos había ido de las manos. Otra vez.

Fui al baño a ducharme, necesitaba quitarme esa sensación pegajosa. Pero mientras el agua caliente caía, mi mente no paraba. Resumiendo rápido lo que había pasado estos días: todo empezó con miraditas en la piscina, Ana en topless, Antonio comiéndosela con los ojos. Luego los porros, el vino, los comentarios cada vez más guarros. Ella sabía perfectamente que aquel bikini blanco se volvía transparente en el agua, y aun así se lo puso. Y yo, el gran cabrón, en vez de cabrearme del todo, me ponía como una moto.

Con todo eso en la cabeza, mi polla empezó a empalmarse sola bajo la ducha. Me apoyé en la pared y empecé a pajearme despacio, imaginando a Antonio tocándole las tetas, metiéndole mano. "Quiero follarme a Antonio", resonaba en mi mente una y otra vez, como si ella lo hubiera dicho de verdad. Estaba a punto de correrme cuando...

La puerta del baño se abrió de golpe.

—Alfredo, cariño, ¿tienes una pastilla para la cabeza? Me va a explotar —dijo Ana, con voz ronca de resaca.

Me giré rápido, con la polla en la mano todavía dura. Ella me miró, sonrió pícara y entró sin pedir permiso.

—Joder, me has interrumpido la paja —murmuré, medio enfadado medio excitado.

Salí del baño envolviéndome en la toalla. Ana estaba allí de pie, totalmente desnuda, sin pudor ninguno. Joder, qué mujer. Las tetas grandes y firmes, con los pezones oscuros todavía un poco hinchados de anoche. La barriguita plana, el coño depilado con ese triangulito pequeño de pelo, los labios mayores un poco hinchados y brillantes, como si aún estuviera excitada. Las piernas largas, el culo redondo... y sí, restos de mi corrida seca en las nalgas y un poco en la espalda. Se veía guarra, usada, y me encantaba.

—Necesito una ducha urgente, cariño. Estoy asquerosa —dijo, oliéndose el sobaco con cara de asco—. Huelo a sexo y a vino.

Se metió en la ducha mientras yo me vestía. Después, bajamos a la terraza del apartamento a tomar café. El sol pegaba fuerte ya, pero corría una brisita agradable.

Nos sentamos con las tazas humeantes. Yo no podía dejar de mirarla: se había puesto una camiseta vieja mía y unas braguitas, nada más.

—Joder, Ana... anoche se nos fue otra vez —empecé yo, con voz baja.

Ella soltó una carcajada.

—Venga, Alfredo, no dramatices. Estábamos borrachos, colocados... son cosas que pasan.

—Le enseñé tus tetas a Antonio, hostia. Y luego te follé como un loco pidiéndote que te lo tiraras.

Ana me miró seria un segundo, luego sonrió juguetona.

—Cariño, relájate. Antonio es un pesado, pero yo le dejo claro que no. Mira.

Sacó el móvil y me enseñó la conversación de WhatsApp. Antonio no paraba: "Ana preciosa, esas tetas son una locura, no paro de pensar en ellas", "Dejaría todo por chupártelas un rato", mensajes guarros uno tras otro. Ella le respondía coqueta pero firme: "Jajaja Antonio para ya", "Eres un pesado 😘", "Mi marido está aquí al lado, no seas malo", pero siempre con emojis, con un tonillo juguetón que lo mantenía enganchado. Al final: "No va a pasar nada, Antonio. Disfruta las fotos y ya".

Me quedé mirando la pantalla. Me puse celoso, claro, pero también duro otra vez.

—Ves? Le dejo claro que no —dijo ella, dándome un beso en la mejilla—. No pasa nada.

Bajamos a la piscina sobre las dos. Antonio y Marta estaban ya allí, tumbados en las hamacas. Marta nos saludó con la mano.

—¡Hola chicos! Qué resaca tenemos todos, eh?

Ana se había puesto un bikini rojo diminuto, de esos que apenas cubren nada. El tanguita se le metía un poco por el culo, y la parte de arriba apenas contenía sus tetas. Espectacular.

Nadamos un rato los cuatro. Luego Marta anunció la noticia:

—Me voy mañana unos meses a cuidar a mi hermana, está mala la pobre.

Antonio puso cara de pena.

—Pues hay que hacer una fiesta de despedida esta noche, ¿no? Vino, porros, música...

Ana y yo nos miramos. Yo noté cómo Antonio me guiñaba un ojo disimuladamente.

Mientras las chicas charlaban, Antonio se acercó a mí en el agua.

—Alfredo, tío... dame una oportunidad. Solo un poco. No te arrepentirás.

—Ni de coña, Antonio. Olvídalo —le dije, tajante.

Pero mi voz no sonaba tan convencida como quería.

Al final subimos al apartamento. Estábamos solos, Marta y Antonio se quedaron abajo.

Nos tumbamos en la cama para la siesta. Ana se quitó el bikini y se quedó desnuda otra vez. Yo no podía más. Me acerqué, la besé en el cuello y bajé la mano directo a su coño.

—Déjame darte placer solo a ti —le susurré.

Empecé despacio, besándole las tetas, chupando los pezones hasta que se pusieron duros como piedras. Ella gemía bajito. Bajé más, le abrí las piernas y empecé a lamerle el coño despacio, saboreando ese sabor salado mezclado con cloro de la piscina. Estaba empapada en nada. Metí dos dedos, los moví en círculos mientras le chupaba el clítoris. El chapoteo de sus jugos sonaba fuerte en el silencio del cuarto. Ella se retorcía, me agarraba el pelo.

—Joder, Alfredo... sí, así...

Subí los dedos más rápido, curvándolos para tocarle el punto G. Ella empezó a temblar, las caderas se le levantaban solas. Le metí tres dedos, empapados, y con el pulgar le frotaba el clítoris en círculos rápidos. Los sonidos eran obscenos: chap chap chap, sus gemidos cada vez más altos.

Cuando la vi al borde, con la cara roja y los ojos cerrados, saqué el tema.

—Ana... no tienes que follarte a Antonio necesariamente.

Ella abrió los ojos, jadeando.

—¿A... a qué te refieres?

—Que lo calientes un poco. Que lo dejes tocarte, no sé... solo un poco.

—¿Qué dices, loco? —rio entre gemidos—. ¿Eso te pone?

Le enseñé la polla, que la tenía dura como una piedra, apuntando al techo.

—Mira.

—Joder, Alfredo... te me estás desconociendo. Tú que eras tan celoso... estás mal de la cabeza.

Mis dedos no paraban, ella estaba a punto de correrse.

—¿Lo harás? Dime.

—No sé, Alfredo... déjame correrme, hostia...

Aceleré, le metí los dedos hasta el fondo, le mordisqueé el clítoris. Se corrió fuerte, el coño se le contrajo alrededor de mis dedos, un chorro pequeño me salpicó la mano. Gritó mi nombre, se sacudió entera.

Después se quedó quieta, respirando fuerte.

Yo me quedé ahí, con la polla latiendo, sin correrme.

—¿Lo harás mañana en la fiesta? —insistí.

—No sé, Alfredo... déjame dormir —murmuró, dándose la vuelta.

Me quedé mirando el techo, excitado y muerto de celos a la vez.

Mañana iba a ser una noche larga. 😎

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