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Karen: Mi primera vez

“Arequipa, Perú. Era un viernes por la noche, el clima templado típico de agosto llenaba el aire con una ligera brisa. Caminábamos cerca de la Plaza de Armas, por uno de esos pasajes peatonales llenos de luces tenues y música que se escapaba de los bares. Yo ya estaba algo mareada por los tragos, extasiada por el ambiente, y sin saberlo, a punto de vivir una experiencia que cambiaría mi forma de sentir el deseo. Todo comenzó así…”

Desde muy joven supe que mi cuerpo llamaba la atención. No solo por cómo me miraban en la calle, sino por cómo me sentía yo misma al moverme, al bailar, al vestirme. Me encantaba verme al espejo, explorar lo que provocaba en los demás. No sabía si eso era sensualidad, coquetería o simple curiosidad… pero me gustaba. Me hacía sentir viva.

Me llamo Karen. Tengo 18 años, mido 1.65 y mi cuerpo siempre ha llamado la atención. Soy de piel clara, curvas marcadas, caderas suaves pero firmes, un culito redondo que se levanta como si lo llevara en bandeja. Mi cintura es pequeña, y aunque mis pechos no son grandes, tienen esa firmeza provocadora que suele atrapar miradas… y manos. Siempre me dicen que mi sonrisa es angelical, pero a veces siento que mi cuerpo dice cosas muy distintas.
Karen: Mi primera vez
Todo sucedió una noche cualquiera en Arequipa, Perú, cerca de la Plaza de Armas, donde vivo. Mis amigas me propusieron salir. Yo soy la menor del grupo, pero eso nunca ha sido un problema. Terminamos en una discoteca tranquila, medio escondida, de esas que solo conocen los que viven por la zona. Ya eran como las 8 de la noche, y entre tragos y carcajadas, alguien propuso ir a otro lugar, algo más movido. A esa hora ya estábamos un poco subidas de alcohol y aceptamos de inmediato. La noche aún era joven.
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La siguiente discoteca era distinta: gente mayor, ambiente más cargado, más sexual. En la entrada casi no nos dejan pasar, pero una de mis amigas conocía al vigilante y, con una sonrisa y algo de coqueteo, logramos entrar. Apenas cruzamos la puerta, el cambio de energía fue evidente: las luces, la música más intensa, los cuerpos más pegados, el aire denso, cargado de deseo. Todo me resultaba nuevo… y excitante. Había chicos y chicas realmente guapos, con cuerpos que llamaban la atención. Aunque no me considero lesbiana, no pude evitar notar que algunas chicas tenían una figura envidiable. Me sorprendí a mí misma mirándolas más de la cuenta… y disfrutándolo.

La música nos envolvió de inmediato. Bailábamos entre nosotras, riendo, moviendo las caderas como si no importara el mundo. Nuestros bailes llamaron la atención, y en eso un grupo de chicos y chicas se nos acercó cortésmente, nos invitaron a su mesa y prometieron más licor. Eran tres chicos y dos chicas, todos mayores que yo, por supuesto… pero muy guapos.
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Nos pusimos junto a su mesa, y rápidamente hicimos amistad —ya sabes, el alcohol hace milagros—. Después de unos cuantos tragos y carcajadas, mis amigas fueron las primeras en levantarse a bailar de nuevo, me ganaron. Yo me quedé con las chicas, Karla y Daniela. Eran amenas, divertidas… y coquetas.
Su actitud era muy desinhibida, y eso me ponía algo nerviosa. Cuando se acercaban a hablarme, tenían que hacerlo al oído por el volumen de la música. Sentía su aliento cálido contra mi piel, y una vez, juraría que Karla me dio un beso en la oreja. Me estremecí. Pensé que era solo el alcohol… pero me gustó. Me pareció raro… pero no dije nada. Solo reí, como si nada hubiera pasado. Así que, sin pensarlo mucho, salimos a bailar las tres.
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Ya estábamos bastante prendidas. Yo llevaba puesta una falda larga, delgada, de esas que se pegan al cuerpo como si fueran parte de la piel. Abajo, una tanga diminuta… y nada más. No uso brasier; me gusta sentir mis pezones rozar la tela, que se marquen cuando se endurecen. Y ese roce de cuerpos entre mujeres, esa manera en que Karla y Daniela bailaban conmigo, lo estaba logrando. Sus pechos rozaban los míos, sus manos jugueteaban por mi cintura, por mi espalda baja… incluso por mi trasero. Yo fingía no notar, sonreía tímida… pero por dentro, mi cuerpo respondía con cada caricia.
Fue en ese vaivén de pasos, música y risas que me di cuenta: tenían unos cuerpos increíblemente sexys. No sé si antes no lo había notado, pero ya con el alcohol encima… me parecían irresistibles. Pensé que tal vez se habían operado los senos o se habían puesto algo en el trasero. Tenían una figura perfecta. En uno de los roces de pechos, me acerqué al oído de Daniela, por la bulla, y le dije que tenía un escote muy sexy. Ella me miró y me respondió con una sonrisa traviesa: —¿Te gustan mis pechos?
Me sonrojé y solté una risa nerviosa, como si no supiera qué decir. Pero la verdad… sí me daba curiosidad. No sé por qué. Me gustan los hombres, siempre me han gustado, pero con ellas… había algo distinto. Tal vez era el alcohol, la música, el ambiente, el calor, la bulla, las miradas. Tal vez era todo junto. Lo cierto es que, al estar bailando entre semejantes mujeres, sentía que llamábamos la atención de todos. Las miradas se posaban en nosotras: chicos, chicas, parejas. Las caderas, los pechos, los traseros de Karla y Daniela eran un imán. Y yo, en medio de ellas, me sentía parte de ese imán también.
Mientras seguíamos bailando entre risas y roces, en uno de esos giros sentí como una mano, no sé de quién, pasó por mi cintura baja y rozó la parte donde apenas cubría mi tanga. Me estremecí, pero no me alejé. Daniela se me acercó por detrás, y al oído me dijo con picardía:
—No estás usando brasier, ¿no?
Me giré y sonreí, algo tímida, pero divertida.
—No… así me gusta.
—A nosotras también —dijo Karla, mirándome de arriba abajo sin vergüenza—. Es súper sexy.
Sentí que me sonrojaba. No sabía si era el comentario, el alcohol, o el calor de la pista… pero todo me parecía excitante. La música, los cuerpos, sus palabras. La noche se sentía distinta.

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Y en ese punto, les dije que tenía que ir al baño. Karla y Daniela insistieron en acompañarme. No supe por qué, pero no me molestó. De hecho… me gustó. Caminamos juntas, entre risas, y ellas seguían con sus comentarios juguetones:
—Qué cuerpazo tienes, Karen… —decía Karla.
—Eres tan provocadora y no te das cuenta… —añadía Daniela.
Me reía nerviosa. Les dije, quizás para aclarar las cosas:
—Por si acaso, no soy lesbiana…
Ellas se miraron y sonrieron sin decir nada. Solo caminaron más cerca, como si fuéramos amigas de toda la vida.
El baño estaba medio vacío. Apenas unas chicas retocándose el maquillaje y dos puertas cerradas. Entramos las tres y nos miramos por un momento, como esperando a que alguien dijera algo… pero nadie lo hizo. Karla se quedó cerca del espejo, Daniela cerró la puerta detrás de nosotras. Yo fui directo al inodoro.
—No nos mires —dije en broma, mientras me subía un poco la falda para bajarme la tanga.
—¿Y si queremos mirar? —respondió Daniela, divertida.
Solté una risa nerviosa mientras me sentaba. Me estaban mirando, y aunque parte de mí sentía vergüenza… otra parte sentía una cosquilla distinta, algo entre la timidez y el morbo. Me sentía caliente, medio mareada. El alcohol, la música que aún retumbaba desde afuera, la actitud de ellas… todo me tenía un poco ebria, pero también encendida.

Terminé, me limpié, y al levantarme, Karla se acercó de pronto. Me miró a los ojos, muy de cerca, y sin decir nada, me besó. No fue largo, pero fue directo. Suave, húmedo, con una seguridad que me desarmó.
Detrás, Daniela me acariciaba la cintura, el trasero. Sus manos subían y bajaban lento, sin apuro. Yo, aún con la tanga bajada, no me moví. Solo las miré, confundida… pero curiosa.
—Chicas… —dije, casi sin voz— ¿qué están haciendo?
—Nada que no te guste… —respondió Karla, mientras su mano también bajaba.
Fue ahí cuando sentí su dedo rozar mis labios íntimos, apenas un toque. Me estremecí. Intenté cerrarme, por reflejo, pero no lo logré. Daniela me rodeó por detrás, abrazándome, susurrándome al oído:
—Estás mojada, Karen… mucho.
No supe qué decir. Mi cuerpo ardía, mi cabeza no entendía nada… pero no me aparté. Cerré los ojos. Y cuando los abrí, Karla me tomó del mentón con dulzura.
Sin decir nada, me tomó de la mano y me hizo sentar en una de esas banquitas del baño, altas, delgadas, donde apenas cabe una persona… y siempre te dejan el culo medio afuera. Me reí bajito, nerviosa, excitada. Cerré los ojos otra vez, como queriendo detener el tiempo. Estaba confundida… pero también encendida.
Karla comenzó a besarme de nuevo, esta vez más despacio, con más hambre. Sus labios suaves, su lengua juguetona. Daniela, mientras tanto, recorría mi espalda con la yema de los dedos. Luego bajó… acariciando mi culito al descubierto. Mis piernas temblaban.
Entonces, sin que me lo esperara, Daniela deslizó una mano entre mis muslos. Su tacto fue cálido, firme. Mis labios íntimos palpitaban, sensibles, mojados. Yo solo respiraba agitada, con los ojos cerrados, mientras Karla seguía besándome… hasta que se detuvo.
Abrí los ojos, un poco perdida, buscando su mirada.
Fue entonces cuando ella dijo, con esa voz baja que me erizaba:
—¿Puedo darte algo más rico?
No dije nada. Solo la miré, y ella sonrió con picardía.
—Cierra los ojos y abre la boca… —susurró.
Y lo hice.
Al abrir la boca sentí algo raro. Abrí los ojos, confundida… y ahí estaba: una verga dura, firme, tibia, tocando mis labios. Me quedé congelada por un segundo. ¿Esto es real? No supe qué decir, estaba sorprendida… pero no podía parar. Algo más fuerte que la razón me empujaba a seguir.
La sentí cálida… húmeda… deliciosa. Apenas tocó mi lengua, supe que aquello no era un juego. Era real. Era la verga de Karla. Mi mente gritó confundida: “¿Esto está pasando de verdad?”… pero mi cuerpo no se resistía. Al contrario… se entregaba. Mi lengua la exploraba como si lo hubiese hecho antes, como si mi curiosidad siempre hubiera estado dormida esperando este momento.
No sabía qué hacer con las manos. Una las tenía sobre el muslo de Karla, firme, temblorosa. La otra acariciaba la cintura de Daniela, que seguía detrás de mí, pegada, sus pechos apretados contra mi espalda, su respiración agitada en mi oído.
“No soy lesbiana… no soy lesbiana…” me repetía en mi cabeza, como si eso pudiera detener lo que estaba sintiendo. Pero el cuerpo… el cuerpo no miente. Estaba mojada, caliente, vibrante. El sabor de Karla, el calor de Daniela, las manos que me tocaban sin pausa… eran demasiadas cosas a la vez.
Una corriente eléctrica me recorrió la espina cuando Karla gemía bajito, y Daniela mordía mi cuello con ternura. Era placer puro. Una mezcla de sensaciones que nunca había experimentado. Me sentía viva, deseada, sucia… y me encantaba.
No sé cuánto tiempo pasó, pero sentía que el mundo giraba más lento. Todo lo demás se desvaneció: la música fuera del baño, los murmullos, incluso el eco del lugar. Solo existíamos nosotras tres. Karla empujaba con suavidad su cadera hacia mi boca, y yo la recibía sin miedo, como si mi lengua hubiera nacido para eso. Su verga entraba y salía despacio, húmeda, vibrante, como si cada roce me hipnotizara más.
Daniela me acariciaba sin parar, como si supiera exactamente qué hacer. Una de sus manos bajó hasta mi entrepierna, y al tocarme soltó un suspiro.
—Estás empapada… —me dijo al oído, casi en un susurro ronco.
Me mordí los labios, cerré los ojos otra vez. No sabía si quería detenerme o dejarme llevar hasta el final. Cada beso, cada toque, cada jadeo de ellas me empujaba más profundo en ese abismo placentero donde todo se sentía prohibido… pero exquisito.
Me estaban desarmando, y yo no hacía nada para evitarlo. Al contrario. Me abría más. Dejaba que mi cuerpo hablara por mí. Nunca imaginé estar en un baño, en pleno centro de Arequipa, con dos mujeres hermosas, una de ellas con una verga deliciosa entre mis labios… y la otra con sus dedos dentro de mí.
Justo cuando sentí que ya no podía más, que mi cuerpo estaba a punto de explotar en placer, alguien tocó la puerta del baño con insistencia.
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—¿Hay alguien ahí? —preguntó una voz femenina desde fuera, con tono impaciente.
Nos congelamos. Karla se retiró de inmediato, y Daniela me ayudó a subirme la tanga con una sonrisa traviesa. Todas nos miramos por un segundo, entre jadeos, risas contenidas y miradas cargadas de deseo. El corazón me latía tan fuerte que creí que se me notaría en el pecho.
—Creo que es hora de salir —dijo Karla, aún con la voz agitada.
Nos arreglamos como pudimos. Me miré en el espejo, tenía los labios hinchados, el cabello un poco alborotado, y una mezcla de rubor y brillo en el rostro que no podía ocultar. Me sentía distinta. Como si algo dentro de mí se hubiera abierto.
Salimos del baño como si nada hubiera pasado, aunque yo sabía que todo había cambiado.
Regresamos a la pista como si fuéramos las mismas… pero no lo éramos. Yo no lo era. Sentía las piernas aún temblorosas, la boca ligeramente húmeda, y un cosquilleo persistente entre las piernas que no desaparecía. Caminábamos entre la gente, riendo, tratando de parecer normales. Pero por dentro, el fuego seguía. Nos acercamos a la mesa, y Karla me ofreció otro trago como si nada. Daniela se sentó muy cerca de mí, nuestras piernas se rozaban, y de vez en cuando, su mano encontraba mi muslo, como sin querer.
Nos mirábamos. Sonreíamos. No decíamos nada… pero lo sabíamos todo.
—¿Estás bien? —preguntó Karla, mirándome con una sonrisa suave.
Asentí con la cabeza, sintiéndome más viva que nunca. Los chicos nos miraban con interés, las chicas del grupo nos sonreían con complicidad. Todo era más lento, más eléctrico. Y entonces, Daniela acercó su boca a mi oído y me susurró:
—¿Te gustó, Karen?
Me reí bajito, algo sonrojada. La miré de reojo y respondí, casi sin pensarlo:
—No sé qué me está pasando…
—Solo déjate llevar —dijo, y me dio un beso corto en la mejilla.

Volvimos a la pista. Esta vez, bailamos más juntas. Más pegadas. Más atrevidas. Las miradas se clavaban en nosotras como si fuéramos un espectáculo privado. Y quizás… lo éramos. Pero no me importaba. Porque por primera vez, estaba descubriendo algo que me encendía desde adentro. Algo nuevo. Algo prohibido.
Y eso… era solo el comienzo.
La música seguía retumbando en nuestros cuerpos, pero ahora ya no bailábamos por diversión… bailábamos con deseo. Karla se movía detrás de mí, sus manos recorrían mi cintura con descaro mientras sus caderas seguían el ritmo, y Daniela me bailaba de frente, mirándome directo a los ojos, mordiendo su labio inferior de vez en cuando. Cada roce era intencional. Cada caricia, una invitación a algo más.
No sabía si eran sus manos o las mías, pero mis pechos volvían a sentirse apretados entre sus cuerpos. Sus labios me susurraban cosas calientes al oído:
—Estás temblando, Karen… —decía Karla—. ¿Te gusta que te toquemos así?
—Tu piel está ardiendo… —añadía Daniela, mientras deslizaba una mano por mi espalda baja.
Yo solo podía reír nerviosa, empapada entre las piernas, completamente desinhibida. Una parte de mí quería parar, pero otra, mucho más poderosa, solo quería que siguieran.
—Parece que te gustó el baño… —bromeó Karla, acariciando mi muslo por debajo de la falda.
—¿Y si vamos a un lugar más tranquilo? —preguntó Daniela, con esa sonrisa suya que ya sabía que me desarmaba.
Las miré a ambas. Estaba mareada, excitada, confundida… pero curiosamente segura. Me acerqué a sus oídos, juguetona, y les dije:
—Con una condición… compren algo para comer y seguir tomando.
Ellas rieron como si hubieran ganado una apuesta. Karla levantó la mano y pidió otro trago. Daniela ya estaba buscando un taxi.
Y yo… yo ya no quería detenerme.
Karen: Mi primera vez
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Subimos al taxi entre risas, las tres abrazadas como si fuéramos amigas de toda la vida. Yo en el medio, con sus cuerpos pegados al mío, sus manos aún jugueteando entre caricias. El alcohol seguía haciendo lo suyo, pero lo que sentía ya no era solo ebriedad. Era deseo, curiosidad… una entrega que no había planeado, pero que ya no quería frenar.
En el asiento trasero del taxi, iba en medio de las dos. Karla tenía su mano sobre mi muslo, acariciando con calma, como si midiera mi temperatura… o mi deseo. Daniela, por su parte, se acercó a mi cuello y comenzó a besarme suave, como si el auto fuera solo para nosotras. Cerré los ojos por un momento, sentía el calor subir desde mi vientre hasta el pecho. Me mordí los labios cuando Karla deslizó sus dedos por debajo de mi vestido, apenas tocándome la entrepierna.
Fue entonces que abrí los ojos y, por un segundo, nuestras miradas se cruzaron en el espejo retrovisor. El conductor, un hombre de unos cuarenta, fingía mirar al frente… pero su expresión lo delataba. Me observaba. Se hacía el indiferente, pero no podía evitarlo. Sentí ese pequeño escalofrío en la espalda, entre el pudor y la excitación. Saber que nos estaba mirando, que estaba presenciando esa escena sin poder tocar, sin decir nada… me calentó más de lo que hubiera imaginado.
Volví a cerrar los ojos. Me reí bajito, excitada, sorprendida de mí misma.
—No creí que fueras tan traviesa, Karen —murmuró Daniela, muy cerca.
—Ni yo… —respondí, sin aliento.
Bajamos del taxi entre risas cómplices, caminando las tres como si fuéramos amigas de toda la vida. El chofer se quedó mirándonos mientras nos alejábamos, con los ojos clavados en nuestros cuerpos, especialmente en cómo me sostenían de la cintura. Pensar lo caliente que lo pusimos nos hizo reír a las tres, como si compartiéramos un pequeño secreto perverso. Karla me tenía agarrada de la cintura, y Daniela no paraba de acariciar mi espalda baja, con esos toques sutiles que me erizaban la piel. Subimos las escaleras del edificio con pasos tambaleantes, entre el alcohol, la adrenalina y las ganas. Sentía sus manos subir y bajar por mi cuerpo, rozándome los pechos, apretándome el culito con descaro bajo el vestido. Y yo… no decía nada. Solo reía, me dejaba hacer, me sentía otra.
Entramos al ascensor. Las puertas se cerraron y todo se volvió más íntimo. Daniela me besó con hambre, su lengua buscaba la mía con urgencia, mientras Karla guiaba mi mano hasta su entrepierna. Me sorprendí al sentir su verga dura bajo el vestido, gruesa, palpitante. Mis ojos se abrieron, pero no la retiré… al contrario, la acaricié con timidez. Daniela aprovechó para subirme el vestido y bajarme la tanga. Lo hizo lento, como si fuera un ritual, como si saboreara cada segundo.

Yo no ofrecí resistencia.
De hecho… la ayudé.
El ascensor se detuvo en el piso 10. Salimos casi a tropezones, entre risas, besos y manos que no dejaban de explorar.
Antes de entrar al departamento, mientras Karla buscaba las llaves, no dejaba de besarme. Me tenía acorralada contra la pared, sus labios hambrientos en los míos y sus manos acariciando mi cintura con firmeza. Sentía su verga dura palpitar muy cerca, apenas contenida por la tela de su vestido ajustado. Esa presión me provocaba escalofríos. Daniela nos observaba de lado, divertida, como si supiera que la noche apenas comenzaba.

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Una vez adentro, tras el primer trago, las caricias continuaron. De pie, luego sentadas, y yo, cada vez más rendida. Me abrí de piernas sin pensar, y ambas comenzaron a tocarme por todos lados. Mis pechos, mis muslos, mi entrepierna. Ya no tenía tanga —me la habían quitado en el ascensor— y estaba empapada. Busqué la verga de Karla por encima de su ropa, la acaricié con suavidad, y luego me deslicé por debajo de su tanga. Estaba tan caliente, tan dura… me mordí los labios al tocarla completa.
Pero justo cuando más encendida estaba, ellas se separaron un poco, se miraron entre sí con una sonrisa maliciosa, y empezaron a quitarse los vestidos lentamente. Los tiraron al suelo, dejando ver sus cuerpos: pechos grandes, redondos, bien formados; caderas anchas, piernas hermosas. Ambas llevaban tangas diminutas que dejaban poco a la imaginación.
Y ahí fue cuando lo noté.
Había asumido que Karla era la trans… pero también Daniela lo era. Me quedé muda. Me sorprendí, claro, pero más que nada… me calenté todavía más.
Me quedé mirándolas, sin decir palabra. El deseo me hervía en la piel. Karla se acercó y con una ternura ardiente comenzó a subirme la parte superior de mi ropa. Yo levanté los brazos, dejándome hacer. Daniela se arrodilló frente a mí, besándome los muslos mientras deslizaba el vestido por mi cuerpo hasta dejarlo caer al suelo. Ya sin ropa, mis pezones duros y mi piel encendida hablaban por sí solos. Estaba desnuda entre las dos, completamente expuesta, con sus ojos recorriéndome como si fuera un manjar.
Karla me tomó del rostro y me besó lento, con una mezcla de cariño y lujuria que me desarmó. Daniela, detrás de mí, acariciaba mi espalda, bajando hasta mis nalgas y separándolas con suavidad, provocando escalofríos en todo mi cuerpo. Yo no sabía dónde mirar, solo podía cerrar los ojos y dejarme llevar.

Y entonces, fue mi turno de tocarlas. Llevé mis manos hacia sus entrepiernas, acariciando sus vergas por encima de las tangas. Las sentía duras, palpitantes, y eso me encendía más. Las recorría con deseo, sintiendo cómo respondían a mis caricias. Una parte de mí todavía no podía creer lo que estaba pasando… pero otra, más profunda y atrevida, lo deseaba con toda el alma.
Me sentía adorada. Deseada. Y dispuesta a todo.
Karla me tomó de la mano y, con una mirada cargada de intención, me condujo hacia el sofá. Daniela me seguía de cerca, acariciando mi espalda y mi cintura con esa suavidad que ya me hacía temblar. Me sentaron al centro, como si fuera su regalo. Una a cada lado, me rodeaban con caricias, besos, susurros. Karla lamía mis pezones, húmeda y lenta, mientras Daniela recorría con su lengua mi cuello y bajaba, trazando un camino ardiente entre mis senos y mi vientre.
Me abrí de piernas sin que me lo pidieran, instintivamente, deseando más. Daniela se acomodó entre ellas y empezó a besarme el coño con una entrega deliciosa. Gemí, y al mismo tiempo, mi mano buscó nuevamente la verga de Karla, que se asomaba hinchada bajo la tanga. Esta vez no me detuve: metí la mano por debajo y la envolví con mis dedos. Estaba caliente, dura, vibrante. La acaricié lento, sintiendo cómo reaccionaba a cada roce.
Karla me besaba mientras yo la masturbaba, y Daniela me devoraba como si no hubiera mañana. Sentía lenguas, manos, sus cuerpos junto al mío, y el mundo afuera del departamento dejó de existir.
Estuvimos así un rato, entre besos, caricias y lenguas. Mis piernas temblaban, y mi respiración era entrecortada. En un momento, no pude evitarlo: llevé ambas manos hacia sus entrepiernas. Acaricié sus vergas por encima de las tangas, sintiendo cómo palpitaban con fuerza. Me invadió un deseo incontrolable… y empecé a jugar con ambas al mismo tiempo, una en cada mano. Ellas se miraron entre sí, sonrientes, y Karla fue quien preguntó:
—¿Quieres que nos quitemos las tangas?
Yo asentí, mordiéndome el labio, completamente ruborizada, empapada de deseo. Apenas las vi empezar a bajar esas pequeñas prendas, me invadió una mezcla de curiosidad, nervios y excitación.
Y entonces… lo vi. Daniela tenía una verga más corta, pero tan gruesa que se me hizo agua la boca. En cambio, la de Karla era grande, venosa, imponente. De esas que te hacen dudar un segundo… y luego te prenden fuego por dentro.

Me dio miedo… y morbo. Mucho morbo. Mis ojos iban de una a otra, mis manos temblaban. Tenía frente a mí dos cuerpos increíbles, femeninos, sensuales… con esas vergas deliciosas que me provocaban más de lo que quería admitir.
No sabía por dónde empezar… pero no quería detenerme. Me arrodillé lentamente entre ellas, mis manos aún temblaban mientras las acariciaba, esta vez sin tela de por medio. Sentía su calor, su dureza. Mis dedos recorrían cada pulgada, explorando, jugando. Las miré desde abajo… y ellas me observaban con esa mezcla de ternura y lujuria que me derretía.
Me incliné primero hacia la verga gruesa de Daniela. La besé, tímida al inicio. La punta estaba caliente, palpitante. La tomé con ambas manos, mientras mis labios se abrían para rodearla. Sentí su peso en mi lengua, lo intensa que era su forma. Gemí apenas al tenerla dentro.
Entonces Karla se acercó por el otro lado. La suya era más grande, más desafiante. Pero no quise esperar. Alternaba entre una y otra, con hambre, con necesidad. Las lamía, las besaba, las chupaba. Mis manos no paraban de acariciarlas. Escuchaba sus respiraciones agitadas, sus gemidos, sus palabras sucias al oído… y eso solo me encendía más.
Las lenguas de ambas comenzaron a recorrer mi espalda, mis hombros, mis senos. Una me sujetaba el cabello, mientras la otra acariciaba mi culito con sus dedos. Yo ya no era Karen, la tímida… era una puta feliz, entregada al placer. Las quería dentro de mí, las quería completamente.
Pero aún había mucho más por venir…
Me guiaron hasta la habitación como si fuera un tesoro. Al entrar, lo primero que noté fue la enorme cama de sábanas blancas impecables y, justo detrás, un ventanal que daba a la ciudad iluminada. Las luces de los edificios se colaban por el cristal, creando sombras suaves que jugaban con nuestros cuerpos.
Me recostaron al centro de la cama, y ambas se tomaron su tiempo para admirarme. Yo, completamente desnuda, aún con el maquillaje perfecto y el cabello un poco alborotado, me sentía como en una fantasía. Daniela se arrodilló a mi lado y comenzó a besarme los muslos con suavidad, subiendo lentamente, mientras Karla se acomodaba en mi pecho, besándolo, mordiéndolo con delicadeza.
—Estás hermosa… —murmuró Karla, mientras su lengua giraba en torno a mi pezón erecto.

Daniela, por su parte, soplaba sobre mi clítoris, sin tocarlo, como si supiera que eso me desesperaba. Luego su lengua finalmente me alcanzó… y gemí. Su lengua era gruesa, lenta, precisa. Karla me sujetaba de las muñecas, besándome con hambre, mientras su cuerpo se acomodaba sobre el mío.
Yo me retorcía entre las dos, completamente entregada. Las caricias eran infinitas: labios, lengua, dedos. Daniela pasaba de mi clítoris a mi culito, probando, explorando. Yo no decía nada… solo gemía, me aferraba a las sábanas y las dejaba hacer.
De reojo, podía ver el reflejo de nuestros cuerpos desnudos contra el ventanal. Verme así, siendo adorada por esas dos mujeres con vergas, con sus cuerpos tan sensuales, con sus tetas grandes, sus manos suaves y sus intenciones tan claras… me hacía sentir irresistible.
—¿Estás lista para más? —me susurró Daniela, mientras sus dedos jugaban en mi entrada, húmeda y abierta.
—Sí… por favor —dije casi sin voz—. No paren…
Daniela fue la primera en posicionarse detrás de mí. Me levantaron un poco, colocando almohadas bajo mi vientre para alzarme, mientras Karla se arrodillaba al frente, su verga dura apuntando hacia mi boca.
—Despacio… —susurré, nerviosa pero ardiente.
Daniela me abrió con sus dedos, asegurándose de que estuviera lo suficientemente mojada. Lo estaba. Apenas apoyó la punta de su verga en mi entrada y ya sentí cómo me temblaban las piernas. Comenzó a entrar lentamente, mientras Karla me acariciaba el rostro y me guiaba hacia su verga.
La tenía tan cerca que su olor me embriagaba. Abrí la boca para recibirla justo cuando sentí cómo Daniela rompía la barrera del placer. Su grosor me hacía gemir fuerte, pero tenía la boca ocupada. Me llenaba poco a poco, mientras mis labios se cerraban en torno a la verga de Karla, succionando con deseo.
El vaivén comenzó. Daniela me penetraba con fuerza rítmica, mientras Karla me sujetaba por el cabello y gemía con cada movimiento de mi lengua. Yo no podía más. Estaba siendo poseída por completo, cuerpo y mente. Me sentía usada… adorada… completamente deseada.
—Te ves hermosa así… —susurró Karla, jadeando.
Daniela no se detenía, cada embestida me hacía temblar. Su verga era tan gruesa que sentía cómo me abría de una manera deliciosa, mientras la de Karla se endurecía aún más en mi boca. Yo, entre gemidos, saliva y calor, solo podía rendirme a ese placer brutal.

La vista desde la cama, el ventanal, las luces de la ciudad... todo parecía una película erótica donde yo era la protagonista.
Y apenas estábamos empezando.
Daniela aumentaba el ritmo, embistiéndome con fuerza, mientras Karla se inclinaba para besarme. Me tomaba el rostro con una mano firme, y con la otra me acariciaba los pechos, apretándolos, pellizcando mis pezones duros y sensibles. Gemí fuerte, el sonido ahogado entre besos y jadeos.
De pronto, Daniela salió de mí lentamente, haciendo que soltara un suspiro profundo. Me giraron con cuidado, boca arriba esta vez, y Karla tomó su lugar entre mis piernas. Me las levantó, acomodándolas sobre sus hombros. Su mirada era intensa, sus manos firmes, su verga dura… y enorme. Sentí un escalofrío de deseo puro.
—¿Lista? —me preguntó con esa voz ronca que me derretía.
No respondí con palabras. Solo asentí, mordiendo mi labio inferior, deseosa. Karla empujó, y su verga fue entrando poco a poco, estirándome, llenándome de una forma diferente a Daniela. Era más profunda, más intensa… más salvaje.
Mis piernas temblaban sobre sus hombros, y Karla no dejaba de mirarme a los ojos mientras me penetraba. Subía el ritmo lentamente, luego rápido, y luego volvía al vaivén suave, como si jugara con mi cuerpo. Mientras tanto, Daniela estaba a mi lado, besando mis pechos, acariciando mi clítoris con ternura.
Ese juego de ritmos, de caricias suaves y embestidas fuertes, de una lamiendo mis pezones mientras la otra me cogía con furia, me tenía en un estado de delirio. Mi cuerpo estaba encendido, mi piel ardía, mis gemidos llenaban la habitación.
—Así estás tan rica… —dijo Daniela, mientras su lengua recorría mi abdomen, bajando lentamente.
Y yo… yo no sabía si estaba a punto de llorar, de gritar, o de venirme otra vez.
Karla salió de mí con un gemido grave, y me acomodaron de costado sobre la cama. Daniela se acostó frente a mí, besándome suave, mientras Karla se puso detrás. Me levantó una pierna y volvió a entrar… esta vez con movimientos más profundos, más lentos. La combinación era deliciosa: una me penetraba con fuerza contenida, y la otra me besaba con ternura, acariciando mi rostro, mis pechos, mi alma.
Después de unos minutos, cambiaron de nuevo. Karla me tomó de las manos y me guió hasta ponerme de rodillas en el centro de la cama. Ella se paró frente a mí, con su verga palpitando apenas a unos centímetros de mi cara. Yo la miré con deseo, abrí la boca y la recibí. Karla soltó un suspiro ronco, profundo, y empezó a moverse lentamente, cogiéndome la cabeza con ambas manos.
Mientras yo mamaba la verga de Karla de rodillas sobre la cama, Daniela se subió también al colchón y se colocó detrás de mí, en cuclillas, acariciando mis nalgas, besando mi espalda, deslizándose por todo mi cuerpo con hambre. Me tomó de la cintura y comenzó a frotar su verga gruesa entre mis muslos, mojando mi piel con su líquido preseminal. Yo gemía con la boca llena, saboreando a Karla mientras sentía a Daniela jugar con mi cuerpo desde atrás, preparando el siguiente asalto.
Sentí cómo Daniela alineaba su verga gruesa con mi entrada, y me aferré con fuerza a las caderas de Karla, aún con su verga dura en mi boca. Cuando Daniela empezó a entrar, gemí ahogada, estremecida por la invasión lenta, poderosa… tan llena. Ella me penetraba con ritmo profundo y constante, sujetándome por la cintura mientras sus caderas chocaban contra las mías, llenando el cuarto con el sonido húmedo y salvaje de nuestros cuerpos.
Mi cuerpo temblaba, sacudido entre las dos. Karla me acariciaba el rostro, los cabellos, me miraba con deseo puro mientras yo seguía mamándola, sintiendo su sabor, su dureza palpitante. Daniela, detrás, comenzaba a embestirme con más fuerza, más hambre, y mi cuerpo solo sabía abrirse, rendirse, recibir.
Ya había sentido placer con ellas antes, momentos intensos, incluso un par de veces pensé que había tenido un orgasmo. Pero esta vez… fue diferente. Sentí una descarga desde el centro de mi cuerpo, una oleada que me recorrió entera, que me dejó sin aire, sin palabras. Me arqueé entre ambas, gimiendo con la boca llena, mientras las dos se coordinaban como si supieran exactamente cómo deshacerme. Si eso era un verdadero orgasmo… no sabía cómo había vivido sin sentir algo así antes.
Estaba jadeando, empapada, pero también encendida con una seguridad nueva. Me incorporé despacio, lamiéndome los labios y sin dejar de mirarlas. Las empujé suavemente hacia la cama y me subí encima de Karla, guiando su verga dentro de mí con un movimiento lento, provocador. Sentí cómo se abría paso en mi interior, y gemí sin vergüenza, moviendo las caderas con firmeza, cabalgándola con un ritmo que yo misma marcaba.
Mientras lo hacía, no pude evitar fijarme en sus senos… grandes, redondos, suaves. Estaban justo frente a mí, tan hermosos, tan femeninos… y sin pensarlo, los acaricié con mis manos temblorosas, fascinada. Nunca antes había tocado los pechos de una mujer —al menos no de una forma tan consciente, tan intencionada—, y sin embargo ahí estaba, besándolos con deseo, atrapando los pezones con mis labios, sintiéndome completamente libre. Era extraño, excitante… y natural al mismo tiempo. Porque sí, eran mujeres, pero con algo más. Con todo lo que me gustaba de ambos mundos. Y en ese momento, yo lo quería todo.
Daniela, parada al borde de la cama, me miraba con los labios entreabiertos y su verga palpitante apuntando hacia mí. La tomé con una mano, mientras seguía montando a Karla, y la acerqué a mi boca. La lamí, la besé, y luego me la metí hasta el fondo con hambre, sujetándola con fuerza mientras mis caderas seguían moviéndose sin pausa.
Ellas gemían, se tocaban, me decían cosas sucias, pero yo no paraba. Estaba en control. Dominando a las dos. Sintiéndolas mías.
Karla empezó a tensarse bajo mí, sus manos me aferraban las caderas como si no quisiera que me moviera tan rápido, pero yo no paré. Y Daniela… gemía cada vez que mi lengua la envolvía, cuando la miraba desde abajo con esa mirada traviesa.
—No aguanto más… —susurró Karla, casi con un gemido.
—Yo tampoco… —añadió Daniela, con la voz ronca.
Entonces, aceleré. Me moví más rápido, más profundo, más sucio. Mi boca chupaba a Daniela con desesperación, y mi cuerpo recibía cada centímetro de Karla como si fuera lo único que necesitara en el mundo.
Y entonces sucedió. Las dos se vinieron casi al mismo tiempo. Karla gimió y su verga tembló dentro de mí, derramándose caliente mientras yo me apretaba contra su cuerpo. Daniela empujó suavemente en mi boca y sentí sus pulsaciones llenándome la garganta. Me tragué todo mientras me venía también, entre sus cuerpos, estremecida por esa sensación total de poder, deseo y entrega.
Nos quedamos un rato ahí, entrelazadas, sudadas, jadeantes… con las piernas temblorosas y el cuerpo todavía latiendo con los ecos del orgasmo. Yo estaba en medio, recostada sobre el pecho de Karla, con su verga aún semidura dentro de mí, y Daniela a mi lado, acariciándome el muslo con ternura, como si quisiera mantener encendida esa electricidad sin romper el encanto del momento.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Solo respirábamos. El cuarto olía a sexo, a piel, a deseo cumplido. Afuera la ciudad seguía latiendo en la oscuridad de la noche, pero dentro de ese departamento, todo era calma y calor. La luz tenue del dormitorio acariciaba nuestros cuerpos como si celebrara el deseo que habíamos compartido.

—No pensé que fueras así de caliente —dijo Daniela, con una risita sorprendida mientras sus dedos recorrían mi cintura.
—Es que… no es mi primera vez —le respondí con una sonrisa ladeada, sintiendo aún el rubor en mis mejillas, pero sin esconder el orgullo.
—Pues lo hiciste tan rico… —dijo Karla desde debajo de mí, acariciándome la espalda—. Que tengo la sensación de que vamos a repetir.
—Más de una vez —agregó Daniela, dándome una nalgada suave, juguetona.
Reímos las tres, relajadas, cómplices. Y yo me sentía tan cómoda entre ellas… tan deseada, tan mujer. Acaricié sus cuerpos sin pensar, solo por el gusto de tocar esa piel suave, esos senos firmes, esas vergas que me habían hecho temblar de placer.
—Creo que necesitamos una ducha —dije finalmente, incorporándome con pereza.
—Sí… pero no prometo que solo vayamos a lavarnos —dijo Daniela, levantándose y tomándome de la mano.
—Yo sí prometo… que vamos a mojarnos —agregó Karla, entre risas, mientras nos dirigíamos al baño.
Y así, desnudas, llenas de deseo y aún con el sabor del placer en los labios, nos fuimos juntas a la ducha, sabiendo que la noche aún no terminaba.
El agua tibia caía sobre nuestros cuerpos como un bálsamo. Entramos juntas a la ducha, apretadas, riéndonos como adolescentes después de una travesura. La risa se mezclaba con susurros y besos suaves. Karla me abrazó por la espalda mientras Daniela me acariciaba el cabello, dejando que el agua resbalara por nuestras curvas.
—Pareces una muñeca mojada… —dijo Daniela, besando mi cuello.
—Y ustedes… dos diosas —susurré, con una sonrisa dulce.
Nos enjabonamos con lentitud, disfrutando cada roce, cada mirada. Les acariciaba los pechos, firmes, llenos, provocadores, y sentía cómo se estremecían bajo mis manos. Me sentí feliz de poder explorarlas así, sin prisa, sin presión. Karla me guiaba las manos hacia sus vergas, aún hinchadas, calientes, y las acaricié con ternura, sintiendo cómo reaccionaban aún al contacto.
Las besaba de a una, después a la otra, mientras el vapor envolvía nuestros cuerpos y convertía ese momento en una fantasía húmeda y tibia. No había apuro, no había lujuria intensa… solo placer suave, íntimo, compartido.
Salimos de la ducha envueltas en toallas y en sonrisas, con los cuerpos limpios pero el deseo aún tibio en la piel. Nos secamos ayudándonos mutuamente, mirándonos a los ojos con complicidad. Y después fuimos al dormitorio, ahora más silenciosas, agotadas pero felices.

Nos dejamos caer sobre la cama sin decir mucho. Solo se escuchaba el ritmo pausado de nuestras respiraciones, y de vez en cuando, una risa suave. Daniela apagó la luz. El cuarto quedó en penumbra.
—No me imaginé que terminaría así esta noche —dije, mirando el techo, todavía procesando lo vivido.
—Ni nosotras —respondió Karla, acercándose hasta quedar frente a mí.
Daniela se acomodó detrás, abrazándome por la espalda. Las tres estábamos completamente desnudas, cuerpo con cuerpo, piel contra piel. Yo quedé al medio, rodeada por sus calorcitos, sus senos suaves, sus vergas rozando apenas mi piel. Me sentí protegida, deseada, envuelta en un calor distinto al de la pasión… uno más profundo.
—¿Y si nos quedamos así hasta que amanezca? —susurró Daniela, su voz ronca y tierna.
—No me movería por nada del mundo —dije, cerrando los ojos.
Y así lo hicimos. Sin necesidad de más palabras. Solo el silencio compartido de quienes ya lo dijeron todo con sus cuerpos. Me dormí entre sus brazos, sintiendo la respiración de ambas, el calor de sus cuerpos y una sonrisa que no me cabía en el rostro.


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Al amanecer, aún seguíamos en la misma posición.
Desperté tarde, el sol se colaba con timidez entre las cortinas, y mi celular marcaba las 11:03 a.m. Por un instante creí que todo había sido un sueño… uno de esos tan vívidos que te dejan caliente y confundida al despertar. Pero ese techo blanco y desconocido me recordó que no estaba en mi habitación.
Parpadeé lentamente, giré la cabeza… y ahí estaban. Karla frente a mí, Daniela detrás. Desnudas. Hermosas. Sus cuerpos entrelazados con el mío. Sus pechos suaves contra mi piel. Sus respiraciones tranquilas. Y al levantar apenas las sábanas…
Sus vergas… grandes, duras por la mañana.
Mi corazón dio un vuelco y me levanté de un salto, envuelta apenas en una sábana.
—¿Qué sucede? —preguntó Karla, entreabriendo los ojos.
—¿Estás bien? —dijo Daniela, incorporándose un poco, sus senos moviéndose con el gesto.
—Nada… solo… ya es tarde, me voy —respondí torpemente, buscando mi ropa con rapidez.
—No tienes que irte corriendo —dijo Karla, con una sonrisa suave.
Pero ya estaba vistiéndome. Me puse el top, la falda, los zapatos… pero algo faltaba. Miré alrededor con prisa. No estaba por ningún lado.
Mi tanga.
No la encontraba.
Ellas seguían en la cama, viéndome con esa mezcla de ternura y deseo que me hizo dudar un segundo.
—¿Te volveremos a ver? —preguntó Daniela, sin moverse.
No dije nada al principio. Solo fui al espejo del tocador, cogí un pintalabios y escribí mi número de celular con trazo firme. Luego me miré a mí misma reflejada ahí, aún con el cabello revuelto, y sonreí.
—Nos vemos… —susurré antes de salir del cuarto.
Caminé por el pasillo hacia el ascensor con el corazón a mil. Apreté el botón y me miré en el reflejo de las puertas metálicas. Me sentía diferente. ¿Más mujer? ¿Más libre? ¿Más perdida?
Mientras bajaba, no podía dejar de pensar… ¿Me gustaban los hombres? ¿O las mujeres? ¿O quizás todo eso ya no importaba? Lo cierto es que me había encantado sentir los cuerpos de Karla y Daniela. Sus pechos, sus labios… sus vergas. Todo. Me había vuelto loca.
Sonreí de nuevo. Era imposible ocultarlo.
Tomé un taxi en la esquina y pedí que me llevara a casa. Me acomodé en el asiento trasero, cerré los ojos y dejé que el recuerdo me abrazara.
ladyboy
Pasaron unos días. Una tarde cualquiera, mientras tomaba café frente a la ventana, mi celular vibró. Era un mensaje de un número guardado apenas como “D ✨”:
¿Almorzamos o tomamos un café esta semana? 😏 Tengo algo tuyo.
Me mordí el labio. Mi respuesta no tardó en salir
Sí. Me encantaría.
Y así… la historia entre nosotras comenzó a volverse más estrecha.
Más intensa.
Más peligrosa.
Más deliciosa.

Continuará…

By Joao Muri
😇Relatos e Ilusiones😈

0 comentarios - Karen: Mi primera vez