Desde que tengo memoria, Lisset siempre ha sido la perfecta. Es mayor que yo, la consentida, la que saca dieces sin esforzarse, la que tiene el pelo brillante, la sonrisa de comercial de pasta dental y, desde hace tiempo, al novio que todas mis amigas envidian: Fernando.
Fer no es alto, tiene esa risa grave que se te mete en el estómago, es un gran fotógrafo y siempre huele a una mezcla de shampoo y loción. Lisset lo presume como si fuera un trofeo. Y yo… yo llevaba tiempo tragándome el nudo en la garganta cada vez que lo veía entrar a la casa, saludarme con un “¿qué onda, enana?” y luego desaparecer con ella hacia su cuarto.
El día que todo se rompió fue un jueves cualquiera.
Lisset llegó del gimnasio, tiró su mochila en el sillón y empezó a gritarme porque, según ella, yo había usado su secador “sin permiso” y lo había dejado enchufado. No era cierto. Yo ni siquiera había entrado al cuarto ese día. Pero ella no me dejó explicarle. Empezó a gritarme cosas que no venían al caso: que soy una desordenada, que siempre quiero atención, que “ya estás grande para andar de víctima”, que “ojalá madures de una vez porque das pena”. Delante de mi mamá. Delante de la vecina que justo pasaba por el patio.
Me quedé callada, con la cara ardiendiendo, subí a mi habitación, me senté en la cama y sentí algo nuevo: no solo coraje. Sentí ganas de destruirla.
Esa misma noche Fer vino a buscarla. Lisset se estaba arreglando todavía, así que él se quedó esperando en la sala, jugando con el celular. Yo bajé por agua, descalza, con el short de pijama y una playera vieja de dormir que deja ver el ombligo cuando me estiro.
—Hola, enana —dijo sin levantar mucho la vista.
—Hola —respondí, pero no me fui. Me apoyé en el marco de la puerta de la cocina y lo miré fijo—. ¿Te dijo Lisset lo que me gritó hoy?
El frunció el ceño, confundido.
—¿Qué pasó?
Le conté. No exageré. Solo repetí sus palabras textuales, con voz baja, como si me doliera recordarlas. Vi cómo su expresión cambiaba: primero sorpresa, luego incomodidad, después algo que parecía… enojo.
—No mames… ¿de verdad te dijo eso? —preguntó, bajando el celular.
Asentí, mordiéndome el labio inferior. Dejé que mis ojos se llenaran de agua. No era actuación del todo; todavía me ardía el pecho.
—Siempre es lo mismo —murmuré—. Para ella soy invisible hasta que puede pisotearme.
Fernando se pasó la mano por el pelo, incómodo. Se levantó del sillón.
—No debería tratarte así. Eres su hermana, no su desahogó.
Me acerqué un paso. Luego otro. Lo suficientemente cerca para que oliera mi perfume de vainilla que sé que le gusta porque una vez lo dijo sin querer.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurré—. Que tú siempre la defiendes. Aunque ella esté mal. Aunque me haga mierda. Tú siempre estás de su lado.
—No es cierto —dijo rápido. Demasiado rápido.
Lo miré a los ojos. Los suyos bajaron un segundo a mi boca.
—¿Seguro?
Silencio.
Subí la mano despacio y le acomodé el cuello de la chamarra como si fuera lo más natural del mundo. Mis dedos rozaron su clavícula. No se apartó.
—Nicol… —murmuró, pero su voz ya no sonaba tan firme.
—Shhh —le dije, casi sonriendo—. Solo quiero saber cómo se siente que alguien te mire de verdad.
Lo besé.
Fue lento al principio, como probando. Él se quedó congelado un segundo, pero después sus manos aparecieron en mi cintura, apretándome contra él como si hubiera estado esperando esa excusa toda la vida. El beso se volvió urgente, hambriento. Sus dedos se metieron debajo de mi playera, subiendo por mi espalda. Yo le mordí el labio inferior y sentí cómo se le escapaba un gemido bajito.
Escuchamos pasos en el pasillo.
Nos separamos de golpe.
Lisset apareció en la escalera, maquillada, oliendo a su perfume caro, sonriendo como si nada hubiera pasado.
—¿Ya estás listo, amor? —preguntó, bajando los últimos escalones.
Diego se aclaró la garganta, todavía con la respiración agitada.
—S-sí, ya vamos.
Me miró un segundo. Solo un segundo. Pero en ese segundo vi todo: culpa, deseo, miedo.
Yo solo le sonreí con dulzura, como si nada.
—Que se diviertan —dije, y subí las escaleras sin mirar atrás.
Esa noche no dormí.
No porque me arrepintiera.
Sino porque por primera vez en mucho tiempo sentí que tenía el control.
Y todavía no había terminado.

Fer no es alto, tiene esa risa grave que se te mete en el estómago, es un gran fotógrafo y siempre huele a una mezcla de shampoo y loción. Lisset lo presume como si fuera un trofeo. Y yo… yo llevaba tiempo tragándome el nudo en la garganta cada vez que lo veía entrar a la casa, saludarme con un “¿qué onda, enana?” y luego desaparecer con ella hacia su cuarto.
El día que todo se rompió fue un jueves cualquiera.
Lisset llegó del gimnasio, tiró su mochila en el sillón y empezó a gritarme porque, según ella, yo había usado su secador “sin permiso” y lo había dejado enchufado. No era cierto. Yo ni siquiera había entrado al cuarto ese día. Pero ella no me dejó explicarle. Empezó a gritarme cosas que no venían al caso: que soy una desordenada, que siempre quiero atención, que “ya estás grande para andar de víctima”, que “ojalá madures de una vez porque das pena”. Delante de mi mamá. Delante de la vecina que justo pasaba por el patio.
Me quedé callada, con la cara ardiendiendo, subí a mi habitación, me senté en la cama y sentí algo nuevo: no solo coraje. Sentí ganas de destruirla.
Esa misma noche Fer vino a buscarla. Lisset se estaba arreglando todavía, así que él se quedó esperando en la sala, jugando con el celular. Yo bajé por agua, descalza, con el short de pijama y una playera vieja de dormir que deja ver el ombligo cuando me estiro.
—Hola, enana —dijo sin levantar mucho la vista.
—Hola —respondí, pero no me fui. Me apoyé en el marco de la puerta de la cocina y lo miré fijo—. ¿Te dijo Lisset lo que me gritó hoy?
El frunció el ceño, confundido.
—¿Qué pasó?
Le conté. No exageré. Solo repetí sus palabras textuales, con voz baja, como si me doliera recordarlas. Vi cómo su expresión cambiaba: primero sorpresa, luego incomodidad, después algo que parecía… enojo.
—No mames… ¿de verdad te dijo eso? —preguntó, bajando el celular.
Asentí, mordiéndome el labio inferior. Dejé que mis ojos se llenaran de agua. No era actuación del todo; todavía me ardía el pecho.
—Siempre es lo mismo —murmuré—. Para ella soy invisible hasta que puede pisotearme.
Fernando se pasó la mano por el pelo, incómodo. Se levantó del sillón.
—No debería tratarte así. Eres su hermana, no su desahogó.
Me acerqué un paso. Luego otro. Lo suficientemente cerca para que oliera mi perfume de vainilla que sé que le gusta porque una vez lo dijo sin querer.
—¿Sabes qué es lo peor? —susurré—. Que tú siempre la defiendes. Aunque ella esté mal. Aunque me haga mierda. Tú siempre estás de su lado.
—No es cierto —dijo rápido. Demasiado rápido.
Lo miré a los ojos. Los suyos bajaron un segundo a mi boca.
—¿Seguro?
Silencio.
Subí la mano despacio y le acomodé el cuello de la chamarra como si fuera lo más natural del mundo. Mis dedos rozaron su clavícula. No se apartó.
—Nicol… —murmuró, pero su voz ya no sonaba tan firme.
—Shhh —le dije, casi sonriendo—. Solo quiero saber cómo se siente que alguien te mire de verdad.
Lo besé.
Fue lento al principio, como probando. Él se quedó congelado un segundo, pero después sus manos aparecieron en mi cintura, apretándome contra él como si hubiera estado esperando esa excusa toda la vida. El beso se volvió urgente, hambriento. Sus dedos se metieron debajo de mi playera, subiendo por mi espalda. Yo le mordí el labio inferior y sentí cómo se le escapaba un gemido bajito.
Escuchamos pasos en el pasillo.
Nos separamos de golpe.
Lisset apareció en la escalera, maquillada, oliendo a su perfume caro, sonriendo como si nada hubiera pasado.
—¿Ya estás listo, amor? —preguntó, bajando los últimos escalones.
Diego se aclaró la garganta, todavía con la respiración agitada.
—S-sí, ya vamos.
Me miró un segundo. Solo un segundo. Pero en ese segundo vi todo: culpa, deseo, miedo.
Yo solo le sonreí con dulzura, como si nada.
—Que se diviertan —dije, y subí las escaleras sin mirar atrás.
Esa noche no dormí.
No porque me arrepintiera.
Sino porque por primera vez en mucho tiempo sentí que tenía el control.
Y todavía no había terminado.

1 comentarios - Mi desquite empieza