La noche comenzó como un torbellino de luces y música en el club, donde Camila y yo nos perdimos en el ritmo salvaje del reggaetón. Ella, mi esposa de curvas exuberantes y ojos ardientes, bailaba pegada a mí, su vestido negro ceñido al cuerpo sudado, rozando mis manos con promesas de pasión. Yo, embriagado por el alcohol y su aroma a vainilla y deseo, la besaba con furia, sintiendo cómo su lengua se enredaba con la mía mientras la multitud nos empujaba. Era una noche de descontrol total: shots de tequila que quemaban la garganta, risas histéricas y toqueteos en la pista que nos dejaban jadeando. Camila gemía en mi oído, "Te quiero dentro de mí ya", pero decidimos prolongar la agonía, saliendo del club a medianoche, con las piernas temblando de excitación.Llamamos un Uber, y ahí apareció René, un tipo fornido de unos treinta y tantos, con brazos tatuados y una sonrisa pícara que me inquietó desde el principio. Subimos al asiento trasero, Camila en el medio, yo a su lado. El viaje era corto, pero el tráfico nos atrapó. Ella, juguetona por el alcohol, empezó a rozar su mano en mi muslo, subiendo peligrosamente, mientras René nos echaba miradas por el retrovisor. "Qué pareja tan caliente", dijo él con voz grave, y Camila rio, coqueta, inclinándose hacia adelante para charlar. Yo sentía los celos picar, pero el deseo me nublaba.Llegamos a casa, y el desastre: Camila había olvidado su cartera en el club. "No tengo plata para pagar", murmuró ella, mordiéndose el labio con esa inocencia fingida que me volvía loco. René apagó el motor, se giró con una mirada depredadora. "Bueno, preciosa, siempre hay formas de arreglarlo". Antes de que yo pudiera protestar, Camila ya estaba sonriendo, sus ojos brillando con esa lujuria desatada. "Qué propones?", preguntó ella, y él, sin pudor, se desabrochó el cinturón. "Ven acá y muéstrame lo que vales".Mi corazón latió con fuerza. "¡No, Camila, espera!", dije, pero ella ya se había inclinado sobre el asiento delantero, su vestido subiéndose para revelar sus muslos suaves y el tanga negro que apenas cubría su coño húmedo. René la tomó por la nuca, guiándola hacia su polla ya dura, sacándola del pantalón con un gruñido. Era gruesa, venosa, palpitante, y Camila la miró con hambre antes de abrir la boca y engullirla entera. El sonido de su chupada era obsceno: saliva goteando, gemidos ahogados mientras su cabeza subía y bajaba con ritmo experto. Yo estaba paralizado, mi propia erección traicionándome mientras veía cómo mi esposa se entregaba a ese extraño."Para, Camila, por favor", intenté de nuevo, mi voz temblorosa, pero ellos ya no me escuchaban. René la levantó como si fuera una muñeca, la sentó en su regazo frente a mí, en el asiento del conductor. Le arrancó el tanga de un tirón, exponiendo su coño depilado y chorreante, y la penetró de golpe. Camila gritó de placer, arqueando la espalda, sus tetas rebotando bajo el vestido mientras cabalgaba sobre él. "¡Sí, René, más duro!", jadeaba ella, sus uñas clavándose en sus hombros. Él la follaba con embestidas brutales, el coche meciéndose, el aire cargado de olor a sexo. Yo veía todo: cómo su polla entraba y salía, estirándola, cubriéndose de sus jugos; cómo ella se tocaba el clítoris, gimiendo mi nombre mezclado con el de él, "Mírame, amor, mira cómo me coge este cabrón".Intenté abrir la puerta, gritar, pero el deseo me clavaba al asiento. René la volteó, poniéndola a cuatro patas sobre el asiento, su culo perfecto hacia mí mientras la embestía por detrás. Sus bolas golpeaban contra ella, el slap-slap resonando, y Camila se corrió primero, convulsionando, squirteando un poco sobre el cuero. Él la siguió, gruñendo como un animal, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. "Pago aceptado", dijo él con una risa, y Camila, exhausta y satisfecha, se giró hacia mí con una sonrisa perversa. "Fue increíble, ¿verdad?".La noche de descontrol había cruzado todos los límites, y yo, entre la rabia y la excitación, supe que nada volvería a ser igual.
0 comentarios - Se descontrolo. Mi mujer y el uber