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El Umbral del Deseo

El Umbral del Deseo
La habitación estaba sumergida en una penumbra cálida, apenas interrumpida por el resplandor de una vela que agonizaba. Ella estaba allí, de pie, envuelta en un encaje negro que parecía fundirse con las sombras de su piel.
—Está bien... hagámoslo, si es que tu capricho no tiene límites —dijo ella, con una voz que era un ronroneo cargado de veneno y miel.
—¿Hacer qué? —Él tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía irrespirable—. Solo vine a despedirme. Estás confundida, el vino te está haciendo imaginar cosas.
—¿Imaginar? —Ella soltó una risa suave, caminando hacia él con una lentitud felina—. No me obligues a ser la única pecadora aquí. Llevas meses recorriéndome con esos ojos hambrientos, desnudándome en cada pasillo, imaginando el sabor de mi piel bajo la tuya. ¿Vas a negarme que esta noche, sin nadie más en casa, es el santuario que esperabas para profanarme?
—Yo te respeto... eres mi madre —susurró él, aunque sus ojos no podían apartarse del escote profundo que subía y bajaba con la respiración agitada de ella.
—Esa palabra es solo un escudo para tu cobardía —ella se detuvo a milímetros de su pecho, permitiendo que el calor de sus cuerpos chocara—. Mira mis manos, mira cómo buscan las tuyas. Si vas a destruir mi vida, hazlo de una vez. Voy a entregarte este cuerpo que tanto te perturba, voy a dejar que sientas la humedad que tú mismo has provocado con tus juegos mentales.
Ella tomó la mano de él y, con una firmeza electrizante, la llevó hacia su pecho, presionando la palma sobre la curva de su seno, donde el pezón se erguía, desafiante y duro bajo la tela fina.
—Siente esto... —gimió ella al oído—. ¿Crees que es terror? Es la anticipación de tu boca sobre mí. Sé que quieres morder, que quieres marcarme, que quieres que gotee de deseo hasta que no quede nada de mi dignidad. No te detengas ahora. Si eres el monstruo que mis sueños dicen, devórame.
—Mami, yo no sabía que tú... —Él cerró los ojos, perdiendo la batalla mientras sus dedos se cerraban instintivamente sobre la suavidad de su carne.
—No hables. Solo úsame —ella deslizó una mano por la nuca de él, forzándolo a bajar la mirada hacia su boca entreabierta—. Humíllame con tu placer, hazme olvidar quién soy mientras me rompes en mil pedazos de éxtasis. Solo termina lo que empezaste en tu mente hace tanto tiempo... y hazlo ahora.

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