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📑La Hermana de Mí Tío

📑La Hermana de Mí Tío


Iván nunca esperaba demasiado de esas reuniones familiares.
A los 20, introvertido, timido, delgado, siempre terminaba escondido con el celular o junto a la mesa del fondo.

Hasta que apareció Clara, 30 años, Hermana del esposo de su tía. Caderas que hablaban solas ,Sonrisa peligrosa, Ojos que parecían saber más de él que él mismo.

Y un vestido tan ajustado que le marcaba el alma.

Iván apenas la vio pasar, sintió un pulso caliente correrle por el cuerpo.
Apartó la mirada como si estuviera prohibido… pero Clara ya lo había elegido.

Horas después, él estaba solo junto a la mesa de dulces.
Y ella llegó. No por casualidad.

—¿Siempre tan tranquilito vos, no? —susurró ella, acercándose al punto exacto donde su perfume empezaba a marearlo.

—No sé… —balbuceó él—. Soy así.

Clara tomó una cereza del plato.
La llevó a su boca.
La mordió lento, dejando que el jugo le resbalara por el labio inferior.

—A mí me gustan los chicos callados… —dijo, lamiéndose el dedo—. Los que esconden cosas interesantes.

Iván sintió un cosquilleo extraño, que le endurecío la pija.

Clara lo notó. Por supuesto que lo notó.

Se inclinó un poco más, tanto que su escote casi rozó el brazo de él.

—¿Sabés qué es lo mejor de no ser familia? —murmuró cerca de su oído—.
Que puedo mirarte como me gusta.
Y tocarte… si vos me dejás.

Él tragó saliva.
La miró.
Ella sonrió con descaro.

—Relajate, Iván.
Si no querés nada, me voy —dijo, girándose apenas—.
Pero si lo querés… sabés dónde estoy y te voy a mostrar lo fogosa que puedo ser

Y se alejó.
Dejando a Iván encendido hasta la raíz.

La noche cayó.
La casa quedó en silencio.
Todos dormían.

Menos él.
Menos ella.

Iván caminó en puntas hacia la habitación del pasillo.
La puerta estaba entreabierta.

Clara estaba despierta, sentada en la cama, con una camiseta larga… muy larga… y nada más debajo.

—Sabía que ibas a venir —susurró.

Iván cerró la puerta despacio.
Su respiración era un temblor.

Clara se levantó. Caminó hacia él.
Lo tomó de la camisa y lo pegó a su cuerpo.

—Me gustás demasiado… —susurró—. No voy a fingir.

Su mano bajó despacio por el abdomen de él, hasta su entrepierna Se detuvo ahí. Sintió la tensión.
La dureza.

—Eso… —murmuró con una sonrisa que quemaba—. Eso es lo que quería sentir.

Iván casi pierde el aire.

Ella apoyó la boca en su cuello.
Lo besó suave, luego más abajo.
Sus labios trazaron un camino lento, directo hacia su entrepierna… hasta que él tuvo que apoyarse en la pared para no temblar.

—Estás ardiendo —susurró contra su piel—.
Y quiero conocerte un poco más.

Él levantó su rostro con torpeza.

—Clara… esto no está bien.

Ella lo miró con calma, sin retroceder.

—No hay nada prohibido si nadie lo sabe… —le dijo, llevando su mano entre sus piernas—.
¿Ves lo mojada que estoy? Los dos queremos lo mismo.

El contacto lo dejó sin palabras.

Ella lo besó., mientras le bajaba el pantalon. Un beso profundo, lento, que le robó todo rastro de timidez.


Ella no te dio ni un respiro. Apenas su pija quedó expuesta, su mirada cambió: una mezcla de hambre, poder y decisión. Lo tomó por la muñeca y lo hizo retroceder hasta que su espalda chocó con la pared.

—Quieto —ordenó con una voz baja que lo encendió aún más—. Hoy mando yo.

Se arrodilló frente a él , pero no con suavidad: sus uñas recorrieron sus muslos dejando un rastro ardiente, subiendo y bajando como si marcara su territorio. Después le agarro la pija con una mano, apretando justo lo necesario para obligarlo a gemir.

—Eso… así quiero escucharte —dijo sin mirarlo, concentrada en su cuerpo.

Su boca descendió de nuevo, esta vez sin juegos. Atrapó su dura pija entre los labios, mamandolo recorriéndolo con movimientos lentos y profundos que le hicieron tensar todo el cuerpo. No se detuvo cuando lo escuchó gemir ; al contrario, aceleró, presionó, exigió más de él , como si buscara quebrarlo

Luego se separó un segundo, con la boca húmeda y los ojos brillando.

—No te atrevas a correrte sin que yo te lo pida —advirtió, limpiándose la comisura con el pulgar—. ¿Entendido?

No esperó respuesta. Volvió a devoralo, esta vez tomando su pija con ambos labios y una succión profunda que lo arqueó contra la pared. Su lengua bajó más, acariciando la base, lamiendo la punta, explorando cada parte sensible sin piedad.

Con su mano libre lo sujetó de la cadera, presionándolo contra su boca como si quisiera sentir cada pulso de su cuerpo. Él apenas podías respirar. Ella, en cambio, gemía de placer al dominarlo.

—Me encanta cómo tiemblas —susurró sin dejar de mover la boca—. Y todavía no estoy ni cerca de terminar contigo.

Subió lentamente, dejando un rastro húmedo de besos y mordidas suaves en su abdomen. Se puso de pie, le sujetó la cara y lo besó con una intensidad feroz, haciéndolo probar su propio sabor.

—Ahora vas a hacer exactamente lo que yo quiera —dijo contra tus labios—. Y voy a llevarte tan lejos que vas a pedirme más.

Lo empujó hacia la cama, sin delicadeza. Caminó hacia él mientras se sacaba la remera, despacio, pero con provocación brutal, dejando ver sus tetas, la piel erizada, el fuego en sus ojos.

—Acuéstate —ordenó—. Quiero montarte… pero antes voy a torturarte un poco más.


Ella subió a la cama con una seguridad que lo dejó sin aliento, mostrandole su concha mojada y se colocó sobre el, lenta, como una reina tomando su trono. Sus manos se apoyaron en su pecho, las uñas marcando su piel con pequeños arañazos mientras frotaba su concha sobre su pija.

—Mírame —ordenó, inclinándose apenas—. Quiero ver tu cara cuando me tengas encima.

Tomó su pija dura con una mano, guiándola entre sus piernas, rozándose la concha despacio, provocándose a sí misma mientras mantenía el control absoluto. Su respiración se volvió más profunda, más pesada. Cerró los ojos un segundo, saboreando la sensación.

—Dios… así… —murmuró con un tono ronco—. Qué bien me encajas.

Se dejó caer sobre su pija, primero despacio, muy despacio, como si quisiera sentir cada milímetro entrar en ella. Su cuerpo entero tembló, pero ella apretó sus hombros con fuerza, manteniéndolo quieto.

—No te muevas —advirtió, sin dejar de deslizarse hacia abajo—. Déjame hacerlo a mi ritmo.

Cuando finalmente lo tuvo entero dentro, soltó un gemido profundo, largo, cargado de placer. Apoyó las manos en su abdomen y comenzó a moverse, primero con un vaivén suave, provocador, calentando la tensión. Su concha caliente subía y bajaba, marcando un ritmo que lo obligaba a morderse los labios.

—Así… mírame —repitió, con la respiración entrecortada—. Me encanta sentir cómo te tenso… cómo te cuesta aguantar.

Aumentó la velocidad de golpe. Sus caderas chocaron contra las suyas con un sonido húmedo y delicioso, cada vez más fuerte. Su pelo caía hacia adelante, rozando su pecho, sus tetas saltaban, mientras sus uñas se clavaban en sus costados.

Le agarró de las muñecas y las llevó por encima de su cabeza, sujetándolas con una sola mano mientras seguía cabalgándolo sin piedad.

—Quiero oírte… —exigió, moviéndose más rápido, más profundo—. Quiero sentir cómo pierdes el control debajo de mí.

Se inclinó sobre su boca, pero no lo besó. Simplemente respiró sobre sus labios, jadeando, mientras su cuerpo vibraba encima de él. Sus movimientos se volvieron más circulares, más intensos, buscando un punto que la hacía gemir más fuerte cada vez que pasaba por él.

—Dios… sí… así… —gimió, clavando sus caderas contra el como si quisiera absorberlo entero—. No sabes cómo me enciendes así… rígido… duro… aguantando solo porque yo lo digo…

Su cuerpo empezó a temblar, pero no bajó el ritmo. Lo montaba como si quisiera romperlo, buscando su propio clímax, sin pausa, sin suavidad. Lo miró con los ojos entornados, llenos de fuego.

—No te corras todavía —dijo casi gruñendo, sintiendo cómo él estaba a punto de perderse —. Todavía no… primero me vengo yo.

Y aceleró aún más.


Ella siguió moviéndose sobre él como si su cuerpo hubiera encontrado un compás propio, frenético y delicioso. Sus tetas rebotaban, sus caderas subían y bajaban con un ritmo cada vez más urgente, buscando ese punto preciso que la encendía desde adentro. Sus manos se apoyaban en su pecho, las uñas marcándolo con líneas rojas mientras su respiración se volvía un caos.

Él intentaba contenerse, pero ella no le daba descanso. Dejaba caer su concha sobre su pija una y otra vez, con una intensidad que hacía temblar la cama. Su concha húmeda se ajustaba a él de un modo casi voraz, absorbiendo cada pulso, cada estremecimiento.

—No… no te atrevas a correrte —jadeó ella, sin dejar de moverse—. Aguanta… esto es mío primero…

Sus palabras lo obligaron a apretar la mandíbula, a contener el impulso que lo desbordaba. Ella sonrió al verlo luchar: le excitaba tenerlo al borde, completamente sometido a su ritmo.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a los lados de su cabeza. Su pelo cayó alrededor de su rostro, formando un pequeño refugio caliente donde solo existían sus gemidos mezclados. Sus movimientos cambiaron: ahora eran circulares, profundos, rozando ese punto que la hacía casi perder la voz.

Su cuerpo empezó a tensarse. Las piernas le temblaron, las caderas se movieron en espasmos cortos y rápidos, y de sus labios escapó un gemido que no pudo contener. Él sintió cómo ella lo apretaba con una fuerza casi insoportable, cómo su concha vibraba alrededor de su pija.

Ella arqueó la espalda y apoyó la frente en su hombro.

—Ah… sí… ahí… —jadeó con un hilo de voz—. No te muevas… no te muevas…

Y entonces se rompió.

Todo su cuerpo se contrajo en una oleada intensa, profunda, que la atravesó desde el centro hasta la columna. Sus uñas se clavaron en su espalda mientras un gemido largo, tembloroso, escapaba de su garganta. Sus caderas siguieron moviéndose apenas, como un temblor involuntario, mientras su clímax la recorría sin freno.

Él la sostuvo, sintiendo cada sacudida, cada pulsación húmeda envolviéndolo. Ella se aferró a su cuello, respirando contra su piel, todavía temblando mientras su cuerpo trataba de recuperar el control.

Por un momento quedó quieta sobre él, con la respiración desbocada, su concha caliente, ajustándose aún a su pija, sin dejarlo moverse.

Luego levantó la cabeza, aún jadeante, y lo miró con una sonrisa peligrosa.

—Muy bien… —susurró, deslizando sus caderas lentamente sobre la pija aún rígida de él—. Ahora… te toca a vos.


Ella aún estaba encima de él cuando empezó a moverse de nuevo, lenta pero con una intención clara: llevarlo al borde… y empujarlo más allá. Su cuerpo, todavía sensible por su propio clímax, temblaba ligeramente mientras deslizaba sus caderas hacia adelante y hacia atrás.

Él soltó un gemido profundo, uno que llevaba rato conteniendo. Su pija pulsando dentro de ella, caliente, desesperada por liberarse. Ella lo notó de inmediato y sonrió con malicia, bajando las manos hasta su abdomen para mantenerlo quieto.

—Ahora sí… —murmuró, con la voz ronca—. Quiero sentir cómo te quiebras debajo de mí.

Se movió otra vez, pero esta vez con un ritmo lento, casi cruel, como si quisiera alargar su tormento. Él intentó levantar las caderas para acelerar, pero ella lo detuvo presionando con firmeza.

—No. —Su mirada era fuego puro—. Me lo vas a dar cuando yo te lo saque… no antes.

Ese control lo hizo temblar más. Él respiraba de forma irregular, su pecho subía y bajaba con brusquedad. Cada vez que ella se deslizaba hacia abajo, su pija palpitante parecía arder.

Ella, disfrutando de su desesperación, cambió de ritmo otra vez: movimientos rápidos, profundos, sin aviso. Su cuerpo chocaba contra el de él, su concha húmeda lo envolvía por completo, apretándolo con la misma fuerza con que había temblado minutos antes.

Él ya no podía ocultarlo. Su respiración se volvió un jadeo continuo, sus manos se aferraron a sus tetas, sus piernas se tensaron.

—No… no voy a aguantar… —dijo con la voz entrecortada, tratando de contenerse.

Ella bajó el torso hasta quedar a centímetros de su boca, mirándolo directamente a los ojos mientras seguía cabalgándolo sin piedad.

—No aguantes —susurró—. Venite… adentro mío… así… así como estás…

Ese permiso, dicho con esa voz temblorosa y dominante, lo destruyó.

Él intentó advertirla, pero solo salió un gemido ronco. Su cuerpo entero se tensó de golpe, la espalda arqueándose contra el colchón mientras un impulso feroz lo recorría desde la base de la columna hasta su pija.

Ella sintió cada pulso dentro de su concha, cada sacudida de su clímax estallando sin control. Lo abrazó con las piernas, apretándolo aún más contra su interior para no dejarlo escapar. Su propia respiración se aceleró otra vez al sentir la fuerza de su descarga, como la llenaba de semen, la intensidad con la que él se rendía completamente.

Él enterró el rostro en su cuello, temblando, jadeando, aferrándose a ella como si su cuerpo fuera lo único que podía sostenerlo mientras su orgasmo lo atravesaba sin freno.

Ella lo sostuvo firme, cabalgándolo suave durante los segundos finales, ordeñando cada pulso, cada estremecimiento, cada rastro de placer.

Cuando él finalmente cayó exhausto contra las sábanas, ella se quedó sobre él, aún montándolo, con una sonrisa satisfecha y peligrosa en los labios.

—Eso… —susurró, acariciándole el rostro—. Así te quería. Deshecho…Deslechado... temblando… y mío.

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Ella lo había invitado a conocer su departamento y la segunda vez no fue en una cama. Fue contra la puerta apenas él entró al departamento.

Ella lo empujó con fuerza, cerrando la puerta de un golpe sin apartar su cuerpo del suyo. Lo atrapó entre la madera y su cuerpo caliente, respirándole en el cuello.

—¿Pensaste que iba a dejarte descansar? —murmuró con una sonrisa peligrosa.

Él abrió la boca para responder, pero ella lo tomó por la camiseta, tirándolo hacia adelante para besarlo con una ferocidad que le robó el aire. Sus lenguas chocaron, húmedas, urgentes, mezclando gemidos que no tenían paciencia.

De pronto, lo sujetó por la nuca y le mordió el labio, apenas lo suficiente para hacerlo temblar.

—Voy a sacarte esa timidez… —susurró contra su boca—. Te voy a volver un maldito adicto a mi cuerpo.

Sin esperar respuesta, bajó las manos hasta su pantalón y lo abrió con brusquedad. Él apenas pudo respirar cuando ella tomó su pija creciente y lo pajeo con movimientos cortos, rápidos, provocadores.

—Mirá cómo reaccionás… —dijo, riéndose suave, con malicia pura—. Y después decís que sos tímido. ¿Tímido dónde?

Él intentó atraparla por la cintura, pero ella se soltó enseguida.

—No —dijo—. Hoy no me tocás hasta que yo te lo diga.

Lo empujó hacia el sillón, haciéndolo caer sentado. Se subió sobre él sin suavidad, apoyando las rodillas a cada lado de sus piernas. Su concha húmeda, todavía cubierta por su ropa fina, se frotó contra su pene en movimientos lentos que lo volvieron loco.

Ella lo tomó del mentón y lo obligó a mirarla.

—Te voy a enseñar a usar ese cuerpo sin miedo. —Se inclinó, sus labios rozando su oreja—. Te voy a sacar cada resto de timidez… aunque tengas que rogarme.

Él tragó saliva, completamente sometido al ritmo que ella imponía. Ella lo sintió y sonrió.

—Eso… —dijo con voz baja—. Así te quiero. Vulnerable. Encendido. Obedeciendo.

Se enderezó y, sin quitarle la vista de encima, se deslizó la ropa interior. Con una mano guió su pija ardiente hasta su entreda húmeda, presionando apenas, tentándolo, castigándolo con la distancia.

—¿La querés? —preguntó, moviendo las caderas lento sobre la punta—. Decímelo.

Él jadeó, tratando de controlarse.

—Sí… —susurró.

Ella negó con la cabeza.

—No. Decímelo bien. Decímelo como un hombre, no como un tímido.

Él respiró hondo, su voz más firme.

—Quiero tu concha… toda… —dijo, temblando.

Ella sonrió satisfecha.

—Así me gusta.

Y se dejó caer de golpe sobre su pija dura y caliente, hundiéndoselo entero adentro. Él soltó un gemido ahogado; ella, un suspiro cargado de placer.

Empezó a moverse salvaje, sin compasión, cabalgándolo con un ritmo rápido, húmedo, profundo, como si quisiera sacarle el alma a través del cuerpo.

—Eso… —jadeó—. Quiero oírte… quiero sentir cómo te rompés adentro mío…

Sus caderas golpeaban contra él con fuerza, cada impulso más intenso que el anterior. Su pelo moviéndose, sus tetas saltando, su respiración entrecortada, sus uñas marcándole la piel… todo en ella era puro instinto, puro deseo dominante.

—Vas a aprender —dijo mientras gemía, montándolo sin freno—. Vas a aprender a no esconderte, a no temblar… porque conmigo vas a ser todo menos tímido.

Lo tomó del rostro entre las manos, respirando agitada.

—Y cuando termine con vos hoy… —susurró, acelerando—. Vas a pedirme más.

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Ella lo cabalgó unos segundos más, con un ritmo frenético que hacía que el sillón crujiera bajo ellos. Pero de pronto se detuvo, respirando agitada, con las manos apoyadas en su pecho. No porque estuviera cansada, sino porque tenía otro plan.

—No… —sonrió, con la mirada encendida—. Quiero verte de otra forma.

Se levantó de su cuerpo despacio, dejando que su concha se deslizara fuera de su pija con un sonido suave y provocador. Él soltó un gemido involuntario, y ella lo miró como si ese sonido le perteneciera.

—De pie —ordenó.

Él obedeció, todavía respirando rápido. Ella se puso detrás, apoyando su cuerpo caliente, sus tetas, contra su espalda. Sus manos bajaron por su abdomen y tomaron su pija, apretándolo, guiándolo hacia adelante.

—Tranquilo… —susurró cerca de su cuello—. Yo te voy a decir cómo moverte.

Lo empujó suavemente hacia la mesa del comedor, inclinándolo apenas. Ella se colocó detrás, pero no para tomarlo: se arrodilló, besando su espalda, luego su cintura, dejando marcas húmedas en su piel.

—Relajate… —murmuró mientras lo acariciaba con la boca y las manos.

Luego se puso de pie y lo giró para quedar frente a él. Lo empujó contra la mesa con un movimiento firme de la cadera. Se subió ella misma a la mesa, abriendo sus piernas, dejando ver su concha mojada, hinchada de deseo.

—Vení —dijo, guiándolo con un dedo—. Y hacé exactamente lo que yo te diga.

Lo tomó por la cintura y lo atrajo entre sus piernas. Con una mano guió su pija hacia su vagina húmeda, pero no lo dejó entrar. Frotó la punta contra su entrada con movimientos lentos que lo hicieron temblar.

—Primero despacio —le indicó, mirándolo con los ojos entrecerrados—. Sentí cómo te recibo… no te apures.

Él empujó apenas, y ella exhaló un gemido suave, estremeciéndose. Lo abrazó por la nuca, atrayéndolo más cerca.

—Ahora sí… —susurró—. Adentro… entero.

Lo guio con las manos en la cadera, haciéndolo deslizarse profundamente dentro de ella. Ambos soltaron un gemido cuando sus cuerpos se unieron de nuevo.

Ella marcó el ritmo, moviendo su pelvis en círculos, tirando de él con las piernas para dirigir cada embestida. Sus uñas se clavaron en su espalda, obligándolo a mantener la velocidad que ella pedía.

—Más… —jadeó—. Firme… así… así.

Él trató de seguirla, pero ella lo ajustó con las manos, corrigiendo su ángulo, intensificando cada empuje.

—Aprendé —dijo entre gemidos—. Seguí mi ritmo… dejame llevarte…

Lo tomó por la cara, pegó sus frentes, respirando contra sus labios.

—Así… eso… ese es el movimiento que quiero.

Sus caderas chocaban fuerte contra la mesa, cada golpe más húmedo, más profundo, más salvaje. Ella jadeaba sin vergüenza, totalmente entregada al control de la situación.

—Mirá cómo te hago moverme… —dijo con la voz temblorosa pero dominante—. Mirá cómo te enseño…

Sus cuerpos se aceleraron, las respiraciones se mezclaron, y la mesa vibraba bajo ellos como si fuera a romperse.

—No pares… —ordenó, sintiendo cómo él se volvía más intenso—. No pares hasta que yo te diga…



Ella lo soltó de golpe, respirando agitada, con una sonrisa temblorosa en los labios. Todavía unida a él, lo empujó suavemente hacia atrás para liberarse. Sus cuerpos estaban húmedos, calientes, brillando bajo la luz tenue.

—Ahora quiero lo último —dijo, bajándose de la mesa con las piernas aún temblorosas—. La parte salvaje.

Se dio vuelta sin esperar respuesta, apoyando las manos en el borde de la mesa, y arqueó la espalda. Su concha quedó perfectamente presentada, tibia, palpitante, invitándolo sin pudor.

—Vení —ordenó—. Quiero sentirte detrás de mí. Quiero ver hasta dónde te animé a llegar.

Él se acercó sin poder controlarse, guiado por el deseo crudo. Sus manos tomaron sus caderas, notando cómo ella las movía, insinuando el ritmo que quería.

—Abríme —susurró ella—. Así… así mismo.

Él la tomó por la cintura y deslizó su pija entre sus pliegues, sintiendo cómo su cuerpo lo esperaba, blando y ansioso. Ella empujó hacia atrás.

—Adentro —jadeó—. Todo.

Él la penetró con una embestida profunda, firme, que hizo que ella soltara un gemido ronco, casi animal. Sus uñas arañaron la madera de la mesa mientras su cuerpo vibraba.

—Eso… —dijo ella, inclinando la cabeza hacia un lado—. Así te quería… salvaje.

Él empezó a moverse. Primero siguiendo su ritmo, luego perdiendo el control poco a poco… hasta que ella lo tomó con ambas manos por atrás, guiándolo, ajustando su ángulo, hundiéndolo más.

—No te frenes —susurró con la voz rota—. Quiero sentirte chocar contra mí.

La habitación se llenó de sonidos húmedos, carne contra carne, jadeos desesperados. Ella se impulsaba hacia atrás con fuerza, aumentando la velocidad sin tregua, llevándolo al límite.

Las caderas de él golpeaban sus nalgas con un ritmo crudo, urgente. Ella movía su cintura en círculos, apretando, atrapándolo más hondo, empujándolo directo al borde.

—Mirá cómo te uso… —jadeó ella—. Mirá lo que hago contigo…

Él ya no podía pensar. Su respiración se quebraba, sus manos temblaban sujetando las caderas de ella, su cuerpo entero era un latido descontrolado.

—No puedo… —susurró él, perdiéndose—. Me vas a hacer acabar…

—Eso quiero —respondió ella, arqueando la espalda aún más—. Venite conmigo. Dale… soltate.

Él se hundió hasta el fondo con un gemido contenido, un espasmo que recorrió toda su columna. Ella lo apretó fuerte con su cuerpo, atrapándolo, exprimiendo cada temblor, cada pulso caliente que él derramaba dentro de ella.

Se quedaron así unos segundos, temblando, respirando como si les faltara el aire.

Finalmente ella se incorporó despacio, aún apoyada en la mesa, con la piel erizada y una sonrisa satisfecha. Miró por encima del hombro, con la mirada encendida.

—Decime… —susurró, aún jadeante—.
¿Te gustan mis enseñanzas?

Incesto Familiar



Su sonrisa era una mezcla perfecta de ternura, picardía y dominio.

Y él, todavía tembloroso detrás de ella, supo que no había vuelta atrás.


Él ya no era el chico tímido de antes. Cada vez que la veía, su cuerpo reaccionaba con deseo, pero su mente estaba lista, alerta, confiada. No dudaba, no se escondía. Sabía lo que quería… y esa vez, era ella.

Ella lo recibió en el lobby del motel con una sonrisa peligrosa y un movimiento de cadera que lo hizo jadear.

—Llegaste puntual —murmuró, con voz ronca y cargada de hambre—. Me gusta eso.

Él sonrió y se acercó sin miedo, tomando su cintura, rozando su cuerpo caliente contra el suyo.

—Me dijiste que hoy me enseñabas algo nuevo —respondió él, con un dejo de picardía.

—Exacto —contestó ella, guiándolo hacia la habitación—. Hoy vamos a usar algo diferente. Quiero el sofá.

La habitación olía a humedad cálida, luces tenues iluminaban la escena. El sofá estaba justo en el centro, invitando a que sus cuerpos jugaran sin límites.

Ella se subió primero, dejando que sus piernas colgaran por los lados, arqueando la espalda y dejando ver su vulva húmeda, palpitante de deseo.

—Vení —dijo, señalando con un dedo—. Quiero sentirte aquí, conmigo.

Él no dudó. Se acercó y la tomó por la cintura, hundiéndo su pija contra su concha ardiente, esta vez con la seguridad de un hombre que sabía lo que hacía. Ella lo recibió con un gemido suave, atrapándolo con sus piernas alrededor de su cintura mientras arqueaba el cuerpo.

—Eso… así me gusta —jadeó—. Todo tuyo… y yo tuya.

Se movió lenta al principio, guiando cada empuje, marcando el ritmo. Él respondió con fuerza, seguro, controlando ahora su erección palpitante, entregándose sin inhibiciones. Sus cuerpos chocaban húmedos y calientes, mezclando gemidos y suspiros que llenaban la habitación.

—Quiero que me enseñes —dijo ella entre jadeos—. Quiero que me lleves al límite.

Él sonrió y aumentó la intensidad. La tomó con firmeza por las caderas, moviéndose más rápido, profundo, sintiendo cómo su concha caliente lo envolvía completamente. Ella arqueó la espalda, agarrándose de su cuello, gimiendo mientras sus cuerpos vibraban juntos sobre el sofá.

—Así… —jadeó ella, moviéndose más salvaje, empujando sus caderas contra las suyas—. Mostrame que no sos tímido ahora… que sos mío.

Él respondió con gemidos, apretándole las tetas, guiándola con fuerza, firmeza y seguridad. Cada empuje era más intenso, más profundo, y ella lo abrazaba con las piernas, apretando, guiándolo hacia su clímax.

—Ah… sí… —susurró ella, arqueando la espalda y hundiéndose contra él con un espasmo—. Así… así… no pares… no pares…

Él ya no podía controlarse. Cada pulso, cada roce, lo llevaba al borde. Sus cuerpos se movían como uno solo, húmedos, calientes, desbordados de deseo.

—Decime que me querés —murmuró ella mientras lo abrazaba con fuerza—. Que me querés así… conmigo.

—Te quiero… —dijo él con la voz rota—. Te quiero… así… salvaje.

Ella lo tomó de la cara, lo besó con hambre, y lo empujó un poco más allá, asegurándose de que cada empuje lo hiciera perder el control. Sus gemidos se mezclaron, el sofá crujió bajo ellos, y finalmente, juntos, cayeron en un clímax largo, intenso, húmedo, que los dejó temblando, abrazados, sudados.

Ella se recostó sobre su pecho, respirando entrecortada, acariciando su espalda. Miró su rostro con una sonrisa pícara:

—Eso… —susurró—. Te dije que ya no había timidez. Ahora sos mío, sin miedo.

Él la abrazó, sonriendo. Ya no era un secreto, ya no había dudas. Entre ellos solo quedaba el deseo… intenso, salvaje, ardiente.


aprendiendo



No habían pasado ni diez minutos cuando ella lo miró con esa chispa traviesa que lo hacía temblar. Su cuerpo aún estaba caliente, húmedo, palpitando con cada movimiento que habían compartido.

—¿Creías que ya había terminado contigo? —susurró, con la voz ronca y cargada de deseo—. Hoy vamos a jugar… de otra manera.

Él la miró, confiado y excitado. Ya no había timidez, solo hambre.

—Decime cómo —respondió, acercándose, tocando su espalda caliente—. Hoy todo tuyo.

Ella se recostó de lado, arqueando un poco la espalda, y lo miró fijamente:

—Primero, quiero que me tomes de frente… pero esta vez, quiero que uses ese otro lugar, el que aún no exploraste conmigo.

Él tragó saliva, sintiendo cómo su pija respondía al instante. Ella se levantó apenas, se colocó en cuatro sobre el sofá, arqueando la espalda, dejando sus nalgas redondas y tentadoras al descubierto.

—Vení —jadeó—. Quiero sentirte adentro, pero por donde nunca me tocaste antes… y que lo disfrutes tanto como yo.

Él acercó su pija lentamente hacia su culo, con las manos en sus caderas, sintiendo la piel caliente, la suavidad húmeda de su cuerpo. Ella lo guió con firmeza:

—Un poco más rápido… así… no tengas miedo… dejate llevar.

Él obedeció, entrando y saliendo con cuidado al principio, pero ella lo incentivaba con sus caderas, con gemidos roncos, empujándolo a moverse más profundo, más salvaje.

—Eso… eso… —jadeaba ella—. Sí… así me gusta… me hacés vibrar… enseñame cómo usás tu fuerza ahora.

Cada empuje lo hacía temblar más, cada roce lo volvía loco. Su respiración se mezclaba con la de ella, jadeos húmedos que llenaban la habitación, mientras ella se arqueaba más, dejando que cada estremecimiento de él la recorriera por completo.

—Más fuerte… —murmuró—. No pares… quiero sentirlo todo… hasta el final.

Él ya no podía contenerse. Sus músculos se tensaron, sus manos se aferraron a su cintura mientras sentía cómo su cuerpo respondía al clímax que él mismo estaba provocando.

Ella arqueó la espalda, apretándolo, disfrutando de cada sacudida, cada pulso que él derramaba dentro de ella. Su respiración se volvió un jadeo constante, su cuerpo temblaba, gozando del poder que tenía sobre él.

—Decime que te gusta mí culo… —susurró ella, con la voz rota de placer—. Decime que te gusta cómo te hago perder el control.

Él gimió, aferrándose a ella:

—Sí… sí, me gusta cojerte por el culo… me volvés loco… no puedo… no puedo parar…

hasta que ambos cayeron en un clímax salvaje, profundo, intenso, húmedo, temblando sobre el sofá.

Cuando terminaron, ella se recostó sobre su pecho, acariciando su espalda, respirando agitadamente, con una sonrisa de triunfo:

—Eso… —susurró—. Eso te va a enseñar a no esconderte nunca más.

Él la abrazó, completamente entregado, y por primera vez se sintió libre, deseado y dominado a la vez.


Relatos eroticos



La habitación estaba caliente, cargada del sudor y el aroma de los encuentros anteriores. Él ya no dudaba, no había timidez, solo hambre, confianza y un deseo que no podía contener.

Ella lo miró desde la cama, apoyada sobre los codos, con esa sonrisa peligrosa que siempre lo hacía temblar.

—Hoy… —murmuró con voz ronca y provocadora—. Hoy voy a sacar todo lo que sos capaz de dar… y no quiero que escapes.

Él sonrió, acercándose sin reservas. Ya no había miedo, solo ansias de sentirla, de dejarse guiar.

Ella se arrodilló sobre la cama, empujándolo hacia ella, sujetando su pija con ambas manos. Sus labios rozaron su cuello, susurrándole palabras que lo encendían más de lo que creía posible.

—Quiero sentirte adentro… pero quiero que me demuestres cuánto me deseás. —Sus ojos brillaban, llenos de malicia—. Movete conmigo… rápido, profundo… sin miedo.

Él la penetró con fuerza, y ella arqueó la espalda, impulsando sus caderas, envolviéndolo con las piernas, guiándolo, exprimiéndolo de cada pulso, de cada movimiento. Sus gemidos llenaban la habitación, húmedos y urgentes.

—Sí… eso… —jadeó ella, moviéndose salvaje, presionándolo contra su cuerpo—. Quiero sentir todo… cada centímetro… hacé que me pierda de placer…

Él ya no controlaba nada. Sus manos la sujetaban fuerte, cada embestida más intensa que la anterior. Ella lo apretaba con las piernas, arqueando la espalda, jugando con él, llevándolo directo al límite.

—Ah… —jadeó ella, tirando de su cabello con suavidad—. Sí… más… rápido… exprímeme… haceme sentir tu deseo…

Cada choque, cada roce, cada movimiento lo hacía temblar, hasta que finalmente él cayó en un clímax salvaje, profundo, que lo dejó temblando sobre ella, completamente rendido. Ella, jadeante, lo abrazó, apretándolo contra su pecho, disfrutando del control absoluto que tenía sobre su cuerpo y su deseo.

Cuando se incorporó lentamente, ella lo miró con una expresión que mezclaba placer y un dejo de tristeza.

—Tengo que decirte algo —susurró—. Voy a volver con mi ex.

Él frunció el ceño, el corazón encogiéndose. Su sonrisa se apagó, un peso pesado cayendo sobre su pecho.

Ella vio su reacción, y sin dejar que la distancia los separara, lo tomó del rostro con suavidad, sus dedos acariciando su mandíbula. Se inclinó, lo besó con fuerza y ternura al mismo tiempo, marcando territorio, dominando cada emoción.

—Pero eso no quiere decir que me alejaré de vos —susurró entre besos—. Nuestros encuentros… seguirán mientras vos quieras.

Él la abrazó, confundido, excitado, y con el corazón latiendo rápido. Su cuerpo quería perderse en ella otra vez, y su mente entendía que aunque las reglas fueran complicadas, ese deseo salvaje no iba a desaparecer.

Ella sonrió, satisfecha, recostándose sobre su pecho mientras acariciaba su espalda, y él supo que nada de lo que viniera podría detener esos encuentros.

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1 comentarios - 📑La Hermana de Mí Tío

Internal33 +1
muy bueno, es largo pero tan bueno que casi ni se nota