La mente de Iván, ahora alimentada por una lujuria sin límites y un sentido de poder distorsionado, comenzó a urdir pensamientos cada vez más oscuros. "Pero si ya tengo a la reina en mi cama," rumiaba mientras observaba a su madre dormir, exhausta después de satisfacerlo, "¿por qué no hacerme también de la princesa?" La idea no era solo de posesión carnal; era más profunda, más retorcida. "¿Por qué no seguir con el linaje con la sangre más pura? La de papá y mamá, refinada en ella... Tomar la posesión más valiosa del reino. Sería lo justo. Lo merezco."
Esta idea se enraizó, y sus miradas hacia Ethel, que antes eran furtivas, ahora se volvieron descaradas, intensas, cargadas de una intención que hacía que Claudia se estremeciera. Paradójicamente, la relación superficial entre los hermanos florecía. La culpa de Iván, o quizá su astucia, lo llevaba a ser más cercano y juguetón que nunca.
Por ejemplo, una mañana Ethel estaba intentando alcanzar un frasco en el estante más alto. Iván se acercó por detrás, con una sonrisa relajada que no llegaba a sus ojos intensos.
"¿Necesitas ayuda, princesa?" dijo, alzando el brazo y tomando el frasco con facilidad.
"¡Hey! Yo podía," protestó Ethel, riendo y dando una palmada juguetona en su brazo. "Uff, ¡estás durísimo, hermanito! ¿Qué es lo que comes?"
Iván la miró de arriba abajo, con una sonrisa pícara. "Carne de mujeres guapas," respondió, soltando una carcajada cuando Ethel puso cara de asco y luego se rió, sin captar el siniestro doble sentido.
"¡Eres un idiota!" le dijo, empujándolo suavemente.
En otra ocasión Ethel corría descalza sobre la hierba, persiguiendo una abeja. Iván, con una agilidad sorprendente para su complexión, la interceptó y la levantó en el aire en un abrazo de oso, haciéndola girar.
"¡Iván, suéltame!" gritaba Ethel entre risas nerviosas, pataleando en el vacío. Sus mejillas estaban sonrojadas, y su cuerpo, contra el torso duro de su hermano, se estremecía en una mezcla de protesta y diversión.
Claudia, observando desde la terraza, sintió un nudo en el estómago. No veía solo un juego de hermanos. Veía la forma en que los dedos de Iván se hundían en la cintura de Ethel, cómo su mirada se posaba en su cuello mientras reía. "¡Iván, basta! Suéltala ya," ordenó con una voz más cortante de lo que pretendía.
Iván la soltó de inmediato, pero su sonrisa era amplia y desafiante. Ethel, jadeando y con la risa aún temblando en sus labios, le dio un golpe en el pecho. "¡Eres un bruto!" dijo, pero su mirada brillaba con una admiración que a Claudia le pareció peligrosamente cercana al coqueteo.
"Pobre de mi hija," pensó Claudia, con el corazón oprimido. "Si nosotras, que somos mujeres, no podemos con este hombre... ella, con su inocencia, mucho menos."
Desesperada, Claudia volvió a hablar con Iván en su habitación, después de una de sus sesiones nocturnas. "Iván, la otra vez no me respondiste respecto a lo que te pedí con Ethel..." su voz era un susurro cargado de súplica.
Iván la miró, sereno, casi indiferente, mientras se vestía. No dijo una palabra.
Fue entonces que Claudia, sintiendo que se le agotaban las opciones, jugó su última y más desesperada carta. No era su cuerpo, sino su legado. "Mira, hijo," comenzó, con una voz que intentaba sonar firme. "Tu padre construyó todo esto para nosotros. Eres el hombre de la familia ahora. Tal vez... tal vez es hora de que tomes las riendas."
Durante los días siguientes, Claudia inició un meticuloso y acelerado proceso para traspasar a Iván el control total del imperio Chávez. Le otorgó poderes notariales, lo hizo firmar como representante legal de todas las empresas, le transfirió cuentas bancarias millonarias y le entregó las llaves de las bóvedas y los títulos de propiedad. Era el botín completo. La fortuna de Alfredo, ahora en manos de su hijo.
Iván lo aceptó todo con una calma aterradora. Asistía a las reuniones con abogados y banqueros, firmaba los documentos sin inmutarse, y asumía la responsabilidad con la misma naturalidad con la que respiraba. Era como si siempre hubiera sabido que todo sería suyo.
Claudia observaba, esperando una señal, una promesa, algo que le asegurara que Ethel estaba a salvo. Pero Iván nunca lo dijo. Nunca contestó si dejaría en paz a su hermana. Solo tomó posesión de todo, incluyendo, en su mente, el derecho sobre la princesa de su reino ahora legitimado. El silencio era su respuesta, y para Claudia, era más aterrador que cualquier negativa. Había creado un monarca, y ahora temía la primera ley que decretaría.
No pasaron ni dos días desde que Iván tomó el control financiero cuando, durante la cena, sacó un pequeño estuche de terciopelo azul y se lo deslizó a Ethel por la mesa.
"Un detalle para la princesa de la casa," dijo con una sonrisa tranquila.
Ethel lo abrió y un destello de diamantes y esmeraldas la dejó boquiabierta. Era un collar exquisito, de platino, con una cadena tan fina como resistente. Del centro colgaba un dije: una "E" estilizada, elaborada con diamantes de talla brillante, rodeada por un marco de pequeñas pero vibrantes esmeraldas que hacían juego con sus ojos.
"¡Iván! Es... es demasiado," exhaló, con los ojos brillando más que las piedras preciosas. Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y lo abrazó con una fuerza y una espontaneidad que no había mostrado antes, enterrando su rostro en su cuello. "¡Muchas gracias! Es el regalo más lindo que me han dado."
Él la recibió en sus brazos, esos brazos poderosos que se cerraron alrededor de su espalda delgada. No fue un abrazo fraternal y rápido. Fue un abrazo posesivo, prolongado, de varios segundos en los que su mano ancha se posó en la nuca de ella, acariciando su melena dorada. Claudia, al otro lado de la mesa, observaba con el rostro pálido, viendo cómo su hija se fundía en el abrazo del depredador, completamente ignorante del precio oculto del collar.
Al día siguiente, una sorpresa aún mayor aguardaba en la entrada de la mansión. Un automóvil antiguo se detuvo y de él bajó un hombre mayor, de rostro curtido por el sol y una presencia autoritaria. Era el abuelo materno, Don Rodrigo, quien llegaba desde el norte de México sin previo aviso. Claudia lo miró con asombro. Llevaba años sin verlo; su relación siempre había sido distante, filtrada a través de los recuerdos de su difunta madre. "Ya ves cómo es tu padre," le decía su madre, justificando su ausencia. Verlo allí, en carne y hueso, era un acontecimiento que la dejó sin palabras.
Esa tarde, Iván salió con su abuelo a un bar, no sin antes acercarse a Claudia y susurrarle al oído con tono de orden: "Espérame en mi habitación. Y arréglate como a mí me gusta."
Al regresar, Don Rodrigo se despidió pronto, argumentando una repentina mareadez, y se retiró a la habitación de huéspedes. Iván, por su parte, subió directamente a su suite. Claudia ya estaba allí, vestida con una bata de seda negra que se ataba con un lazo flojo en la cintura.
Iván, con una mirada lúbrica, sacó una venda de seda negra. "Hoy probaremos algo nuevo, madre. Confía en mí."
Ella, ansiosa por mantenerlo satisfecho y alejado de Ethel, asintió con nerviosismo. "Lo que tú digas, hijo."
Él le vendó los ojos, sumiéndola en una oscuridad absoluta. "Solo relájate y disfruta. Tu boca me pertenece, ¿verdad?"
"Sí, hijo... tuya es," susurró ella, sumisa.
Poco después, sintió unas manos diferentes, más grandes y ásperas, que le guiaban la cabeza. Sin poder ver, se inclinó y tomó en su boca una verga que ya estaba erecta. Pero algo no cuadraba. La textura de la piel era distinta, más laxa. El grosor... era similar, pero la forma, el ángulo, le resultaba extraña. "Quizás apenas se está endureciendo," pensó, confundida, y continuó con su tarea, tratando de complacer.
Pasaron los segundos y ella seguía, cada vez más perpleja, hasta que un fuerte bufido de placer, con una voz ronca y anciana que no era la de su hijo, estalló en la habitación: "¡OOOHHHH, HIJA! ¡POR DIOS! ¡QUÉ BOCA TAN RICA TIENES!"
Claudia se paralizó. Con un movimiento brusco, se arrancó la venda de los ojos. La visión la hizo retroceder en un grito ahogado. Allí, frente a ella, completamente desnudo y con una sonrisa triunfal y lasciva, estaba su padre, Don Rodrigo. Quiso huir, el shock nublando su mente, pero entonces la voz de Iván, fría y dominante, resonó desde un rincón de la habitación donde los observaba con los brazos cruzados.
"Haz lo que te pide tu padre, Claudia."
El abuelo, envalentonado, se acercó y tomó del brazo a su hija, que estaba al borde del colapso. "Vamos, Claudita, no te pongas así. Siempre fuiste mi niña consentida. No sabes lo mucho que soñé con tu boquita mamando mi verga... todos estos años, añorándote..."
La repugnancia y el terror se apoderaron de ella, pero la orden de Iván y el miedo a lo que podría pasar con Ethel la paralizaron. Don Rodrigo, convenciéndola con palabras perversas y el peso de una autoridad paternal distorsionada, guió su cabeza de vuelta hacia su sexo. "Sueño con esto desde que tenías la edad de esa nieta tuya... tan guapa..."
Entre lágrimas silenciosas y con el estómago revuelto, Claudia obedeció. Luego, él la recostó boca arriba en la cama y, posicionándose entre sus piernas, la penetró por primera vez con un gruñido de profunda satisfacción.
"¡AAHHH, hija! Creí que moriría sin probarte... Tantos años..." susurró mientras su cuerpo envejecido pero aún fuerte se movía sobre el de ella.
Iván observaba, impasible, dueño del espectáculo que había orquestado. El acto continuó hasta que Don Rodrigo se vació dentro de su hija con un último gemido ronco.
Al final, Iván se acercó y dio su orden final, sellando el nuevo orden familiar: "Vete a dormir con tu padre. Esta noche, y las que sigan, le perteneces."
El abuelo, triunfante y rejuvenecido por el poder que se le había concedido, tomó del brazo a una Claudia devastada y la llevó a la habitación de huéspedes, de donde no saldrían hasta la mañana siguiente.
Esa mañana, durante un desayuno cargado de un silencio eléctrico, Iván, con una calma aterradora, anunció:
"Esta noche iremos a cenar a 'Le Bélier'. Todos. Es una ocasión especial."
Luego, se dirigió a su hermana, que comía sonriente. "Ethel... tú vienes conmigo. Vamos de compras para la noche, ¿qué te parece?"
Ethel gritó emocionada y aceptó encantada. Salieron juntos y se dirigieron a la plaza más exclusiva de la ciudad. Iván la consintió como nunca. Le compró zapatos, un bolso de diseñador, joyas finas y, finalmente, un vestido largo de un color azul zafiro que se ajustaba a su torso y fluía hasta el suelo, resaltando cada curva de su figura esbelta y realzando el dorado de su cabello y el brillo de sus ojos. Era el vestido de una reina, o de una novia.
Mientras salían de la tienda, Ethel, radiante de felicidad pero confundida por tanta generosidad, le preguntó: "Iván, ¿a qué se debe todo esto?"
Él le sonrió, una sonrisa cargada de significado y posesión, mientras ajustaba el cuello de su abrigo. "Se debe a una nueva era en nuestra familia, Ethel. Una era donde el poder y la pureza reinarán, unidos, en las personas indicadas. Donde los lazos más fuertes forjarán nuestro legado."
Su mirada, intensa y prometedora, dejó claro que él sería ese poder, y ella, esa pureza. El reinado de Iván y Ethel estaba a punto de ser proclamado.
Ethel no entendió el significado profundo de las palabras de su hermano, pero la emoción de la noche, el lujo y la atención que recibía eran más que suficientes. Una sensación dulce y anticipada le recorría el cuerpo, imaginando el futuro que Iván pintaba con pinceladas de grandeza.
Por la noche, Iván adelantó a su madre y a su abuelo al restaurante. Él esperó impaciente en el vestíbulo de la mansión, vestido con un traje a la medida que acentuaba su poderosa complexión. Cuando Ethel comenzó a bajar la escalera, su aliento se cortó. Ella lucía sumamente hermosa. El vestido azul zafiro se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando la gracia de sus curvas y la palidez luminosa de su piel. Su melena dorada caía en ondas suaves sobre sus hombros desnudos, y sus ojos, amplios y confiados, brillaban con una inocencia que le provocó un deseo feroz y protector a la vez.
"Estás... radiante, Ethel," logró decir, su voz un poco más ronca de lo usual.
La tomó de la mano con una firmeza que no admitía réplica y la condujo hacia el BMW que ahora era, oficialmente, suyo. Durante la cena en el exclusivo "Le Bélier", la dinámica fue inconfundible. Iván y Ethel conversaban animadamente en un extremo de la mesa, mientras Claudia y Don Rodrigo, una pareja incómoda y silenciosa, ocupaban el otro. Parecían dos parejas, no una familia, uniendo sus destinos en una danza perversa.
Fue entonces, entre el postre y el café, cuando Iván, con una calma estudiada, anunció la noticia.
"Ethel," comenzó, tomando su mano sobre el mantel. "Mi madre y yo hemos estado hablando mucho estos días."
Claudia, pálida como la porcelana fina, asintió mecánicamente, clavando la mirada en su copa de vino. Sentía que cada asentimiento era un clavo más en el ataúd de la inocencia de su hija. Era, literalmente, entregar la oveja al lobo, y el peso de esa traición la ahogaba.
"Estoy por montar un emprendimiento muy importante en el sur del país," continuó Iván, su voz proyectándose con la seguridad de un CEO, "y te necesito a mi lado. Sabemos que no quieres continuar estudiando y creemos que lo mejor para tu futuro, y para el de la familia, será que tú y yo formemos un... 'equipo'. Una alianza."
Ethel lo escuchaba, hechizada, sus ojos brillando con la importancia que se le confería.
"Mientras yo abro camino en el mundo empresarial," explicó él, acariciando suavemente el dorso de su mano con el pulgar, "tú estarás a cargo de todo lo demás. Serás la arquitecta de nuestro hogar. Lo amueblarás a tu gusto, dirigirás a la servidumbre con esa dulzura que te caracteriza y mantendrás mi agenda al día. Serás mi mano derecha, la pieza fundamental en este nuevo proyecto."
Cada palabra era música para los oídos de Ethel. Era una propuesta de vida, una oportunidad de ser importante, de estar al lado de su poderoso hermano. "¡Sí, Iván! Me encanta la idea," aceptó de inmediato, una sonrisa deslumbrante iluminando su rostro. "¡Lo haré lo mejor que pueda!"
Antes de que la cena terminara, Iván sacó dos obsequios más. Primero, una cadena de oro macizo de la que colgaba un dije circular. Con sus propias manos, se la colocó alrededor del cuello de Ethel. En el dije estaban grabados sus dos nombres: IVÁN & ETHEL.
"Para reforzar nuestra alianza," dijo, su voz un susurro íntimo. "Para que nunca olvides que somos un equipo."
Luego, con una naturalidad aterradora, sacó un pequeño anillo de oro blanco con un discreto pero perfecto diamante solitario. Tomó la mano izquierda de Ethel y, ante la mirada petrificada de Claudia y la sonrisa cómplice de Don Rodrigo, deslizó la sortija en su dedo anular.
Ethel miró el anillo, luego a su hermano, una leve confusión en su rostro.
"Este anillo," declaró Iván, elevando un poco la voz para que todos escucharan, "es un símbolo. Un símbolo del compromiso inquebrantable que hacemos esta noche. Representa que nuestra unión, nuestra alianza, está por encima de todo. Que juntos construiremos un legado que llevará el nombre de los Chávez a lugares inimaginables. Confía en mí, hermanita. Este es solo el comienzo de algo eterno."
Ethel, deslumbrada por las palabras, la joya y la promesa de un futuro a su lado, solo pudo sonreír, aceptando el anillo y su simbología sin comprender su verdadero y siniestro significado.
Fue entonces cuando el abuelo, Don Rodrigo, que había permanecido en un segundo plano, alzó su copa. Una sonrisa amplia y llena de orgullo perverso se dibujó en su rostro.
"¡Propongo un brindis!" anunció con voz potente. "¡Por la nueva era en la familia Chávez! ¡Por la unión que fortalecerá nuestra sangre y nuestro poder! ¡Por Iván y Ethel!"
Las copas se alzaron. Claudia lo hizo con mano trémula, sintiendo el sabor amargo de la complicidad y el miedo. Ethel, radiante e inocente, brindó por su futuro. Iván lo hizo con la satisfacción de un jugador que acaba de mover su pieza maestra. Y Don Rodrigo, por el renacimiento de un linaje gobernado por los deseos más oscuros. El destino de Ethel quedó sellado en ese brindis, bajo la luz de las candilejas y la sombra de una pasión que pronto dejaría de ser fraternal.
Rodrigo y Claudia fueron los primeros en abandonar el restaurante. Se despidieron de Iván y Ethel con una formalidad que ocultaba un océano de complicidades y miserias. Don Rodrigo, con una palmada en el hombro de Iván y un beso en la mejilla de Ethel —que ella recibió con sorpresa—, los felicitó calurosamente por su "proyecto de vida y trabajo", como si se tratara de dos socios, no de hermanos. Claudia, por su parte, apenas articuló un "cuídense" con la voz quebrada antes de salir, arrastrada por la sombra de su padre.
Una vez solos, Iván guió a Ethel hacia un rincón más íntimo del restaurante, una mesa baja con sillones cómodos y una vista tenue a la ciudad. Pidió una botella de champán dulce, el favorito de ella.
"Todo esto es increíble, Iván," murmuró Ethel, la yema de sus dedos acariciando el círculo de oro y el diamante que ahora pesaba en su dedo anular. Una cálida languidez, producto del champán y la emoción, se extendía por sus venas. "Me siento... importante por primera vez. Como si por fin tuviera un propósito verdadero."
"Y lo tienes, Ethel," respondió él, llenando su copa de nuevo sin apartar sus ojos de ella. Su voz era un seductor mantra, un río de miel oscura que fluía directamente hacia su confianza. "Eres la pieza angular que le faltaba a este imperio. Mi éxito será el tuyo, y el tuyo, el mío. Juntos, no habrá límites. Esta fortuna, este apellido... necesita una nueva sangre, una nueva energía. Una esencia pura y brillante. Y esa, hermanita, eres tú."
Brindaron una y otra vez. Cada choque de copas era un eslabón más en la cadena que forjaba. "Por nuestra alianza," decía él, y ella bebía, sintiéndose cómplice. "Por el futuro," añadía, y un escalofrío de anticipación la recorría. "Por la princesa que se convierte en reina," finalizó, con una intensidad que le erizó la piel.
Ethel brindaba con él, y mientras lo hacía, no podía evitar estudiar su rostro. La luz tenue acariciaba la línea de su mandíbula fuerte, la barba recortada que enmarcaba unos labios firmes, la mirada intensa que parecía ver a través de ella. "Dios mío," pensó, y el pensamiento fue tan claro como el cristal de su copa, "es tan guapo." El alcohol, actuando como un desinhibidor de verdades ocultas, le permitió sentir por primera vez una punzada de algo que no era admiración fraternal. Era un calor bajo el vientre, una curiosidad húmeda y temblorosa que nunca antes había asociado con Iván.
Él la miraba, y en la profundidad de sus ojos podía leer la confusión dulce, el despertar de esa semilla que él mismo había plantado. Sabía lo que significaba esa mirada vidriosa, ese rubor que no era solo por el vino. Era el momento.
Se inclinó un poco hacia adelante, su presencia envolviéndola. "Ethel," comenzó, su voz ahora un susurro íntimo que solo ella podía escuchar, "desde que éramos niños, siempre supe que eras especial. Mientras los demás jugaban, yo te observaba. No solo eras mi hermana, eras... la luz de la casa. La razón por la que cada esfuerzo, cada sacrificio, valía la pena. Todo lo que he construido, todo lo que soy y seré, no tiene sentido si no es para verte brillar a mi lado. Eres mi musa, mi destino. Y esta alianza... no es un contrato. Es la promesa de que nunca más estaremos solos."
La escena pareció detenerse en un instante cargado de electricidad pura, de esos que casi contienen la respiración del mundo alrededor. El bullicio del restaurante se desvaneció en un lejano zumbido.
Ethel lo miraba con una mezcla de ternura absoluta, sorpresa y una alegría tan profunda que iluminaba sus ojos desde dentro. Su expresión era un libro abierto que revelaba cuán hondo habían calado sus palabras. Resonaban en ella, vibrando en cada fibra de su ser, tocando lugares vulnerables y hermosos que nunca antes habían sido nombrados. Un brillo cálido y húmedo inundó su mirada, diciendo más que cualquier respuesta verbal.
Inclinó ligeramente el rostro hacia él, un movimiento casi imperceptible pero cargado de significado. Era la rendición. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa íntima, la clase que solo nace cuando el corazón se ablanda por completo. Sus ojos no parpadeaban; lo observaban fijos, atentos, completamente conectados, como si todo lo demás hubiera desaparecido.
Iván la miraba con una expresión de tranquila certeza, la seguridad de un hombre que ve el fruto de su paciencia madurar ante sus ojos. La distancia entre ellos era mínima, apenas unos centímetros cargados de una tensión dulce y expectante. Era el punto de no retorno, donde la emoción hablaba por ambos.
Y entonces, en el instante preciso en que el mundo pareció contener la respiración, él cerró esa distancia infinitesimal.
Su beso no fue un asalto, sino una afirmación. Fue profundo, lento, lleno de una pasión contenida que se liberaba con cuidado. Sus labios se encontraron con los de ella, y Ethel no se resistió. Al contrario, respondió con una entrega que la sorprendió a ella misma, una chispa que se convirtió en llamarada, sellando en ese contacto un nuevo pacto, infinitamente más complejo y prohibido que cualquier "alianza" empresarial.
Desde la discreta penumbra de un rincón, el fotógrafo que Iván había contratado para inmortalizar "el inicio de su proyecto" —una mentira piadosa para capturar la verdad—, congeló el momento. El clic de la cámara fue ahogado por el sonido de sus propios latidos. Primero, la mirada cargada. Luego, el beso.
Iván atesoraría esas fotografías en su vida digital para siempre. No como un recuerdo de un negocio, sino como el certificado de nacimiento de su reinado compartido, el momento en que su hermana dejó de serlo para convertirse, irrevocablemente, en su reina.
Al final del beso, Ethel separó su rostro unos centímetros, jadeando levemente. Un rubor cálido teñía sus mejillas y su mirada estaba nublada por una mezcla de sorpresa y éxtasis. "Wow..." logró exhalar, como si esa sílaba contuviera todo el torbellino que sentía.
Iván le sonrió, una sonrisa ancha y triunfal que iluminó su rostro severo. Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y capturó sus labios en un segundo beso, más dulce pero igual de afirmativo.
"¿Quieres ser mi novia?" le preguntó, sus palabras un susurro cálido contra su boca.
Ethel, aún aturdida por la cascada de emociones, no necesitó pensarlo. Asintió con la cabeza, tierna y enérgicamente al mismo tiempo, antes de fundirse en un tercer beso que selló su nuevo y prohibido estatus.
Esa noche salieron del restaurante ya no como hermanos, sino como una pareja de novios. Las miradas de los demás comensales, si las hubo, se desvanecieron en la irrelevancia. En el coche, sus manos permanecieron entrelazadas sobre el asiento, un contacto eléctrico y novedoso.
Cuando llegaron a casa, entraron en silencio, como cómplices. El ambiente estaba cargado de una intimidad que nunca antes habían compartido. Al verse solos en el vestíbulo oscuro, una chispa de audacia iluminó los ojos de Ethel. Tomándolo de la mano, lo guió hacia las escaleras y, tan pronto como estuvieron en la planta alta, se giró y se lanzó a besarlo con una pasión que lo tomó por sorpresa.
Fue un beso feroz, cargado de la novedad y el deseo reprimido que ahora bullía en ella. Sus manos recorrieron su espalda, sintiendo la dureza de los músculos a través de la fina tela de su camisa. Iván respondió con igual intensidad, guiándola hacia su habitación sin separar sus labios de los de ella. Una vez dentro, la espalda de Ethel encontró la pared y él se inclinó sobre ella, devorando su boca mientras sus manos, grandes y ansiosas, comenzaron a explorar. Una palma se deslizó por la curva de su cadera, luego subió, acariciando su costado a través del vestido de zafiro. Ethel, embriagada por la sensación, hizo lo mismo. Sus dedos delgados se aferraron a sus bíceps, palpando la roca viva que era su brazo, y luego se atrevieron a bajar, trazando la línea definida de su abdomen a través de la camisa. Un gemido bajo escapó de su garganta; estaba encantada, excitada más allá de lo que creía posible.
Pero justo cuando la mano de Iván empezaba a deslizarse por debajo del dobladillo de su vestido, buscando la piel desnuda de sus muslos, él se detuvo.
Con un esfuerzo sobrehumano, separó sus labios de los de ella. Ambos respiraban con dificultad. Iván la miró, sus ojos oscuros eran dos pozos de deseo, pero en su centro ardía una determinación extraña.
"Así no, mi amor," murmuró, su voz ronca pero sorprendentemente tierna. "Así no, mi princesa."
Ethel lo miró, confundida, su cuerpo aún ardiendo por el contacto interrumpido.
"Contigo," continuó él, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos, "quiero estar por todas las de la ley. Tú no eres una aventura, Ethel. Eres una mujer digna, la mujer más digna que conozco. Y mereces un trato... correcto. Esta," señaló el espacio ardiente entre ellos, "no es la manera."
Antes de que ella pudiera protestar o entender completamente, Iván se arrodilló frente a ella, allí, en medio de su lujosa habitación. Tomó sus manos entre las suyas y miró fijamente a sus ojos, que brillaban con emoción y perplejidad.
"Ethel Chávez," dijo, con una solemnidad que cortó la respiración, "¿te quieres casar conmigo?"
La pregunta resonó en la habitación, absurda y sublime. Ethel soltó una risa nerviosa, un sonido de pura incredulidad. "Iván... hace un par de horas me pediste ser tu novia. ¿Y ahora me pides que me case contigo?" Sacudió la cabeza, la sonrisa aún en sus labios. "Somos hermanos, Iván. No... no podemos casarnos."
"Para el amor no existen límites, Ethel," declaró él, con una fe inquebrantable. "Las reglas del mundo no fueron hechas para un amor como el nuestro. Te lo pregunto de nuevo, con todo mi corazón: ¿te casarías conmigo?"
Ethel lo miró. Vio la intensidad en sus ojos, la certeza absoluta, y la locura romántica de la propuesta se apoderó de ella. El miedo se disolvió en el calor del amor que sentía, un amor que ahora, liberado, parecía justificarlo todo. La divertida incredulidad se transformó en una oleada de ternura y devoción.
"Sí, Iván," susurró, y luego, con más fuerza, una sonrisa radiante iluminando su rostro: "Sí. Sí, mi amor. Quiero ser tu esposa. Sí, un millón de veces."
Se fundieron en otro beso, esta vez más dulce, más profundo, sellando una promesa que trascendía cualquier ley o convención.
Y esa noche, Iván, fiel a su nueva y retorcida caballerosidad, durmió abrazado a ella en su cama, sin traspasar el último límite físico. Quería hacer las cosas "de forma correcta", como él decía. Pero ese acto de contención, lejos de calmar a Ethel, la enloqueció aún más. La espera, la promesa de una consumación futura dentro de un marco que su mente enamorada ahora veía como legítimo, avivó el deseo hasta un punto casi insoportable. Se durmió sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón contra su espalda, y la certeza de que, pronto, su hermano se convertiría en su esposo en todos los sentidos de la palabra.
Con los primeros rayos del sol filtrándose por las persianas, Iván salió silenciosamente de la habitación donde Ethel aún dormía, plácida y abrazada a su almohada. Buscó a Claudia y a Rodrigo, encontrándolos en el estudio, bebiendo café en un silencio tenso.
"Ha llegado el momento de definir nuestro nuevo orden familiar," anunció Iván, con la voz fría y directa de un director ejecutivo. "Ustedes dos se quedarán con esta casa. Nadie los molestará. Recibirán una transferencia mensual de treinta mil pesos, más un fondo discrecional para sus... gastos personales." Su mirada se posó en Rodrigo, cómplice y desafiante. "A cambio, su apoyo incondicional a mi unión con Ethel. No habrá objeciones, no habrá miradas de reproche. Para el mundo, seremos una familia unida que ha decidido vivir a su manera."
Claudia, pálida, lo miró. "¿Y qué garantías tengo de que no la lastimarás, Iván? ¿De que esta farsa no la destruirá?"
"Ya no es la farsa de antes, madre," respondió él, y por primera vez hubo un destello de algo que podía parecer sinceridad. "Lo que siento por ella es real. La trataré como a una reina. Le daré un lugar a su lado que nadie más ocupará. Esa es mi garantía."
Claudia, viendo la determinación en sus ojos y el cambio en su actitud —ya no la bestia desatada, sino un hombre con un plan—, tragó saliva y, con el corazón encogido, asintió. "Está bien. Tienes... mi bendición."
Iván despertó a Ethel con suaves besos en su frente. "Despierta, princesa. Tenemos planes que hacer."
Ella abrió los ojos, sonriendo al instante al verlo. "¿Planes?"
"Sí. Nos casamos mañana."
Ethel se incorporó de un salto, la sorpresa y la alegría iluminando su rostro. "¿Mañana? ¡Iván, es tan pronto!"
"¿Acaso no aguantas las ganas de ser mi mujer?" preguntó él, con una sonrisa pícara.
Ethel se ruborizó hasta la raíz del cabello. "No," admitió en un suspiro, avergonzada y excitada. "No aguanto las ganas." Se lanzó sobre él, besándolo con una pasión que confirmaba sus palabras.
Abajo, Claudia y Rodrigo los esperaban con un desayuno exquisito. Ethel, bajando tomada de la mano de Iván, miró a su madre con una mezcla de timidez y felicidad. "Mamá... es que... ¿tú sabes todo?"
Claudia forzó una sonrisa que le dolía en el alma. "Sí, hija. Lo sé todo. Sé lo mucho que te ama Iván y, aunque yo misma dudé en darle tu mano y la bendición, hoy más que nunca se la doy." Cada palabra era una traición, pero también un acto de desesperada protección.
Durante el desayuno, rápido pero cargado de emociones encontradas, Iván anunció los detalles. "La boda será mañana. En una playa virgen y privada en la costa. Un buen amigo, un juez comprensivo, ha hecho todos los arreglos. Incluso tendrá validez religiosa; una dispensa especial para 'casos únicos', conseguida mediante una donación considerable a la diócesis adecuada." Su ingenio para torcer las reglas era tan impresionante como aterrador.
Claudia no pudo contener las lágrimas, una mezcla de emoción verdadera por la felicidad de Ethel y horror por la situación. Abrazó a su hija, sintiéndola a la vez como su hija y como su nuera. Luego, las dos se miraron nerviosas cuando Iván, con un tono cargado de morbosa ironía, le dijo a Claudia: "Prepárate, suegrita. Pronto tendrás que cuidar muchos nietos. La sangre de los Chávez debe fluir pura y fuerte."
El viaje en carretera fue un sueño. Iván convirtió el BMW en un descapotable, y el viento jugueteaba con el cabello dorado de Ethel, que lucía radiante con un vestido sencillo pero elegante. Con sus gafas de sol y sus sonrisas, parecían la pareja perfecta, joven, rica y enamorada, ocultando a los ojos del mundo su secreto a gritos.
Al arribar al destino, un paraíso de aguas turquesas y arena blanca, todo estaba listo. Una capilla improvisada con arcos de madera y telas blancas que ondeaban con la brisa marina esperaba frente al océano. Ethel fue llevada a una suite donde una estilista la peinó y maquilló, vistiéndola con un deslumbrante vestido de novia blanco, sencillo pero de una elegancia sublime, que se aferraba a su cuerpo como una segunda piel.
El día de la boda, el escenario era idílico. Bajo un dosel de gasa blanca, con el sonido de las olas como sinfonía, Iván esperaba, impecable en un traje blanco de lino y su complexión poderosa. Claudia y Rodrigo, de pie como los únicos invitados, se mostraban como una pareja consolidada, un hecho que Ethel observó con asombro pero, en su nube de felicidad, decidió no cuestionar.
La ceremonia, oficiada por un juez de mirada comprensiva (y bien pagada), fue breve pero intensa. Cuando llegó el momento, Iván tomó las manos de Ethel y, mirándola a los ojos, dijo con una voz que temblaba de una emoción genuinamente perversa:
"Ethel, desde que tengo uso de razón, mi vida ha sido una búsqueda. De poder, de control, de fuerza. Pero en medio de esa tormenta, siempre estabas tú. Eres el único espejo en el que me he visto sin ver a un monstruo, sino a un hombre. Eres la calma en mi caos, la luz que da sentido a toda esta oscuridad. No te prometo un amor fácil, porque nuestro amor nunca lo será. Te prometo un amor tan vasto y profundo como este mar, un amor que trascenderá cada regla, cada límite, cada juicio. No seré solo tu esposo. Seré tu protector, tu cómplice, y el arquitecto de un mundo donde solo existamos tú y yo. Porque eres mía, Ethel. Y hoy, por fin, me entrego a ti por completo, para siempre."
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Ethel, limpias de toda duda, puras de felicidad. El beso que selló su unión no fue casto. Fue un beso de consumación, lento, profundo y cargado de la promesa de la noche que les esperaba. Al separarse, entre aplausos de Claudia y Rodrigo, Iván tomó a su esposa de la mano y, bajo la lluvia de pétalos que alguien lanzó, caminaron con paso firme rumbo a la suite nupcial, donde la luna sobre el mar sería testigo de la culminación de su retorcido y absoluto reinado.
No hubo fiesta de celebración. Tan pronto como el eco del "puede besar a la novia" se disipó sobre el rumor de las olas, Rodrigo y Claudia se despidieron con prisas, cargando con el peso de su complicidad. No había espacio para ellos en el paraíso privado que Iván había creado.
Él, tomando a Ethel de la mano, la guió directamente hacia la suite nupcial, un lujoso bungalow con vistas infinitas al océano. La puerta se cerró, aislando el mundo.
"Finalmente," susurró Iván, apoyando su frente contra la de ella. "Eres mi esposa."
"Y tú mi esposo," respondió Ethel, con una sonrisa que mezclaba nerviosismo y felicidad absoluta. "Es tan... increíble. Todo esto."
"Es solo el comienzo, mi amor," dijo él, llevándola hacia el centro de la habitación, donde una cama amplia estaba cubierta de pétalos. "Construiremos un imperio a nuestra imagen. Tendremos hijos fuertes, hermosos. Hijos que llevarán nuestro legado, nuestra sangre unida. Serán príncipes y princesas."
Ella rió, un sonido claro y alegre. "¿Y yo seré tu reina consorte?"
"Serás la reina, punto," afirmó él, con una intensidad que la hizo estremecer. "La única. La eterna."
Pasaron las primeras horas en un torbellino de juegos, risas y bromas íntimas. Se persiguieron por la suite, se contaron secretos infantiles a la luz de las velas, y se besaron con una mezcla de ternura y una lujuria que crecía con cada caricia. Sus manos exploraban, desvaneciendo la línea entre el cariño fraternal y el deseo conyugal, hasta que este último lo inundó todo.
Con una paciencia que Ethel no le conocía, Iván la desvistió lentamente, adorando cada centímetro de piel que descubría con sus labios y sus manos. Ella, embriagada por el amor y el deseo, respondió con una curiosidad audaz, explorando el paisaje de músculos duros y cicatrices antiguas de su cuerpo, maravillándose de la potencia que latía bajo sus palmas.
Pero cuando el momento crucial llegó, cuando él se posicionó entre sus piernas, la realidad de su tamaño descomunal golpeó a Ethel como un muro.
"Iván... espera," susurró, con un atisbo de pánico en los ojos.
"Confía en mí, princesa," murmuró él, acariciando su rostro. "Soy tuyo."
El dolor fue agudo, desgarrador, un fuego blanco que le arrancó un gemido ahogado y lágrimas que brotaron incontenibles. Iván se detuvo, conteniendo su impulso con un esfuerzo sobrehumano.
"Duele..." sollozó ella, clavando las uñas en sus brazos.
"Lo sé, mi amor, lo sé," susurró él, besando sus lágrimas. "Pero eres fuerte. Mi reina es fuerte. Aguanta por mí."
Y ella, con un amor tan vasto y ciego que trascendía el dolor, asintió. "Por ti... todo por ti."
Fue una prueba de resistencia. Él avanzó con una lentitud exquisita y tortuosa, sintiendo cómo su cuerpo virgen se abría para él, se ajustaba a su enormidad. Ethel resistió, mordiendo su labio hasta sangrar, ahogando los gritos en el hueco de su hombro. Quería estar a la altura de su hombría, de su amor. Se comportó como una reina en el lecho, aceptando el sacrificio como parte de su coronación.
Durante más de una hora, el ritmo del mar se mezcló con el de sus cuerpos. Un vaivén primitivo, posesivo, en el que Iván marcaba a su esposa con cada embestida, reclamando cada rincón de su ser. Ethel, una vez superado el umbral del dolor, comenzó a sentir destellos de un placer tan intenso que casi la asustaba, oleadas que se enredaban con la sensación de estar siendo poseída por completo.
Finalmente, con un rugido gutural que surgió desde lo más profundo de su ser, Iván se hundió en lo más hondo de su matriz y descargó su semen de manera salvaje, un torrente caliente que pareció querer fecundarla en ese mismo instante. Fue una posesión total, física y simbólica.
Por primera vez, Ethel sintió cómo esa vara de hierro, que había sido su tormento y su éxtasis, perdía su formidable rigidez y tamaño, derrotada por la propia satisfacción de su dueño. Iván se desplomó sobre ella, jadeante, cubierto de un sudor sagrado, y rodó a un lado, llevándola consigo en un abrazo.
Una paz absoluta, primitiva, lo inundó. Se sintió pleno, satisfecho como nunca en su vida. No era el vacío de después de Blanquita, sino una culminación.
Ethel, dolorida pero radiante de una felicidad extraña, se acurrucó contra su pecho. Lo besó suavemente en el cuello.
"Gracias," susurró, con una voz ronca por los gemidos y el llanto. "Por tratarme como una reina... por hacerme tu mujer."
Él la abrazó con fuerza, sellando su unión en el silencio de la noche.
"Y yo te prometo," continuó ella, trazando círculos en su pecho, "que no solo seré la mejor esposa. Seré la mejor madre para nuestros hijos. Criaré a los herederos de tu imperio con todo mi amor."
Iván no respondió con palabras. Solo la besó en la coronilla, sabiendo que había alcanzado la cúspide de su poder. Había conquistado su reino, y ahora yacía con su reina, su hermana, su esposa, la madre de su futura estirpe. El círculo se había cerrado. Su mundo, retorcido y perfecto, estaba completo.
El sol de la mañana siguiente encontró a Iván y Ethel entrelazados entre las sábanas de seda, los cuerpos relajados y satisfechos tras la intensa noche nupcial. Se despertaron con besos perezosos y la cálida luz bañando sus pieles desnudas.
Bajaron a desayunar tomados de la mano, con una complicidad nueva y palpable. Ethel, con un brillo especial en los ojos, se sentó junto a él, sus piernas rozándose bajo la mesa. Cada mirada, cada sonrisa, estaba cargada de un secreto íntimo y deliciosamente prohibido. Desayunaron como lo que ahora eran: marido y mujer, dueños de un mundo que habían redefinido a su medida.
Después, corrieron hacia el mar como dos niños, las olas espumosas rompiendo a sus pies. Iván la levantó en brazos con facilidad, haciendo girar su cuerpo mientras ella reía, una risa cristalina que se perdía en el rumor del océano. La besó, saboreando la sal en sus labios, sintiendo su cuerpo esbelto y confiado contra el suyo. Ethel no dejaba de sonreír, una felicidad tan pura y absoluta que, por un momento, pareció borrar toda la perversidad que había conducido hasta ese instante.
Pasó un momento de calma, sentados en la orilla, cuando Ethel, mirándolo fijamente con sus ojos oscuros que ahora brillaban con un fuego nuevo, le susurró: "Llévame a la habitación, Iván... Quiero sentirte dentro de mí nuevamente."
La orden, dicha con una mezcla de dulzura y lujuria, electrizó a Iván. Obediente y sumamente excitado, se levantó de un salto y, sin decir una palabra, la tomó en sus brazos y emprendió el camino de regreso a la suite, mientras ella enterraba su rostro en su cuello, riendo suavemente.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, Ethel tomó el control. "Acuéstate," le ordenó con una sonrisa pícara, empujándolo suavemente hacia la cama. Iván, que siempre había dictado cada movimiento, se dejó guiar, fascinado. "Aquí mando yo," declaró ella, subiéndose a él con una confianza que lo enloqueció.
Durante la siguiente hora, Ethel fue la arquitecta de su placer. Le marcó tres posiciones con una seguridad que dejó a Iván sin aliento. Primero, cabalgando sobre él, controlando el ritmo con sus caderas, su melena dorada cayendo como una cortina sobre sus rostros. Luego, pidiéndole que la tomara por detrás, de pie frente al espejo, para ver cómo sus cuerpos se fundían. Finalmente, tumbada sobre la cama, guiándolo sobre ella, sus piernas enlazadas alrededor de su cintura.
"Afuera de mi cama mandas tú, mi amor," le susurró al oído, clavándole las uñas suavemente en la espalda. "Pero aquí... aquí mando yo."
Esas palabras, esa muestra de dominio dentro de su propia fortaleza, fueron el detonante final. Iván, poseído por una energía sobrehumana, perdió todo control. Sus embestidas se volvieron más profundas, más urgentes, un ritmo primitivo y desesperado. Los gemidos de Ethel, antes contenidos, se transformaron en alaridos ensordecedores de placer, gritos que atravesaron las paredes de la suite y se perdieron en la brisa marina. Algunos de los pocos empleados del complejo, a distancia, se detuvieron un momento, intercambiando miradas de complicidad y sorpresa ante los sonidos de una pasión tan desinhibida.
Cuando la explosión final llegó, Iván se derrumbó sobre ella, vaciándose en su interior con un gruñido ronco que era pura rendición. Ethel, jadeante y cubierta de un brillo sudoroso, lo abrazó con fuerza.
Después, mientras yacían recuperando el aliento, Ethel posó una mano sobre su vientre bajo y dijo con una sonrisa soñadora y convencida: "Ya me siento embarazada, Iván. No sé por qué, pero siento que por lo menos traigo ya un hijo tuyo aquí dentro."
Iván rió, una risa profunda y satisfecha, y la besó con una ternura que nadie más en el mundo habría creído capaz de poseer. "Será el primero de muchos, mi reina," murmuró contra sus labios, sellando no solo su unión, sino el comienzo del linaje que tanto había anhelado. Ethel se durmió poco después, completamente satisfecha, anidada en los brazos del hombre que había reescrito las reglas del universo solo para poseerla.
La luna de miel fue un sueño prolongado de pasión y lujo. Iván y Ethel navegaron en un yate privado por aguas cristalinas, sintiendo la brisa salada en sus rostros mientras se amaban bajo las estrellas. Recorrieron selvas en cuatrimotos, riendo como adolescentes, el rugido de los motores ahogando sus gritos de alegría. En una de sus excursiones, visitaron a un anciano curandero en un pueblo costero. El hombre, de ojos nublados pero penetrantes, tomó la mano de Ethel y, después de un momento, afirmó con una sonrisa desdentada: "En tu matriz, niña, ya crece el fruto. Un heredero fuerte para tu hombre. Llevas un guerrero en el vientre."
La afirmación, aunque supersticiosa, electrizó a Ethel. "¿Lo ves, Iván? ¡Lo sabía!" Le brillaban los ojos, llenos de una emoción que rayaba en el éxtasis. La luna de miel, planeada para unos días, se alargó varias semanas. Estaban tan intoxicados el uno con el otro, tan satisfechos de su mundo aislado, que la realidad exterior parecía una intrusa. Fue allí, en ese paraíso, cuando la menstruación de Ethel no llegó. Un test de embarazo comprado en una farmacia de un pueblo pesquero confirmó lo que el curandero y su propio cuerpo le habían anunciado: estaba embarazada.
La alegría fue un torrente. Regresaron a casa de Rodrigo y Claudia, no como los amantes furtivos que se fueron, sino como una pareja consolidada, dueña de un secreto glorioso. Tan pronto como Claudia abrió la puerta, Ethel, sin poder contenerse, la abrazó con fuerza.
"¡Estoy embarazada, mamá! ¡Serás abuela...!"
Claudia lo sabía. Había visto la posesión en los ojos de su hijo, había escuchado su promesa perversa. Pero escuchar las palabras salir de la boca de su hija, sentir la realidad del hecho, fue un golpe distinto, más hondo de lo que esperaba. Una mezcla de resignación, de temor y de un amor maternal que se retorcía ante la situación. Miró a Iván, quien estaba de pie detrás de Ethel, con una sonrisa ancha y triunfal.
"Ya llegó el momento de ser abuela, suegrita," dijo él, y el título, usado con sorna, selló la grotesca realidad.
Esa noche, después de una cena "familiar" donde brindaron por el futuro heredero bajo miradas cargadas de significados ocultos, se quedaron a dormir. La casa estaba en silencio cuando, bien entrada la madrugada, Iván se despertó al escuchar un leve ruido en la planta baja. Se deslizó de la cama, cuidando de no despertar a Ethel, que dormía profundamente, y bajó las escaleras con sigilo.
Lo que encontró en la penumbra de la cocina lo dejó inmóvil. Allí, recostada contra la isla central, estaba Claudia. Llevaba puesto el mismo baby doll negro de encaje sedoso, tan breve y translúcido como la primera noche que se le ofreció a él. La tela, iluminada tenuemente por la luz de la luna que se filtraba por la ventana, insinuaba cada curva de su cuerpo aún esculpido. Era un espectro de su propia perdición.
"Iván," susurró ella, su voz un hilo cargado de nostalgia y deseo. "No puedo dormir... los recuerdos me persiguen. ¿Por qué no vienes y me haces vibrar una vez más?"
Iván sintió un impulso primario, un eco del monstruo que una vez fue. Pero entonces, la imagen de Ethel, de su vientre que llevaba a su hijo, lo ancló a la realidad. "No, Claudia," dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a él mismo. "Eso se acabó. Tengo una esposa."
"¡Una esposa que es tu hermana!" replicó ella, con un dejo de amargura, acercándose. "¿Crees que eso te hace mejor que nosotros? Es solo otra regla que rompes. Una noche, Iván. Solo una. Ella nunca lo sabrá." Su mano, temblorosa, buscó la de él.
Él retiró la mano. "No. Lo sabría yo. Y ella se merece más que eso." Dio media vuelta para irse, decidido a regresar al calor de su cama, al lado de su mujer.
Al verlo marcharse, la fachada de seducción de Claudia se quebró. Un sollozo seco y desgarrado escapó de su garganta. "¡Por favor, Iván!" su voz se quebró, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. "Fui tuya primero... Te di todo... mi cuerpo, mi dignidad, incluso te entregué a tu propia hermana para protegerla de ti... ¿Y ahora soy nada? ¿Solo la 'suegrita'?" Se desplomó contra la isla de la cocina, llorando con un dolor profundo y auténtico, el dolor de una mujer que había perdido todo, incluso su propia moral, en el altar de la lujuria de su hijo.
Iván se detuvo en seco. El sonido de su llanto, tan diferente a su usual compostura, lo atravesó. A pesar de todo, era su madre. Regresó lentamente y se acercó a ella. No la tocó, pero su presencia era un bálsamo incómodo.
"Claudia," dijo, su voz más suave. "No eres nada. Eres la abuela de mi hijo. Eso es lo que somos ahora. Lo otro... lo otro fue un infierno del que ambos salimos. O al menos, del que yo salí." La miró, viendo a la mujer destrozada que yacía bajo la ex reina de belleza. "Ahora, lo correcto es estar con Ethel."
Claudia lo miró entre lágrimas, sin entender completamente al hombre que tenía frente a sí. Ya no era solo el semental insaciable, ni el hijo posesivo. Había algo más, algo aterradoramente parecido a la lealtad, por retorcida que fuera. Y en ese momento, comprendió que su papel en su vida había cambiado para siempre.
Mientras Iván intentaba consolar a Claudia en la cocina, una sombra se deslizaba con sigilo por el pasillo oscuro. Don Rodrigo, completamente desnudo, su cuerpo anciano pero aún fornido, se coló en la habitación donde Ethel dormía profundamente. Su verga, erecta y gruesa, brillaba bajo la tenue luz, lubricada con un gel frío que le cubría hasta los testículos, dándole un aspecto grotescamente resbaladizo.
Se detuvo al pie de la cama, jadeando levemente, devorando con la mirada la figura cubierta por una sábana. "No sabes lo mucho que me excitas, nietecita hermosa," susurró con voz ronca y llena de lujuria. "Tener a tu madre ha sido un regalo de la vida... pero tenerte a ti será algo incluso más grande. La flor más joven y fresca del jardín."
Avanzó despacio, y con un movimiento cuidadoso pero decidido, retiró la sábana que cubría a Ethel. Su cuerpazo desnudo yació expuesto a la luz de la luna: la piel suave y pálida, las curvas suaves de sus caderas, el vientre aún plano que guardaba el secreto de su embarazo, y los pechos firmes que se elevaban con cada respiración tranquila. La visión hizo que la verga de Rodrigo pulsara con fuerza, la excitación corriendo como fuego por sus venas.
Sin perder un segundo, se subió a la cama con la agilidad de un depredador. Se abrió camino entre sus piernas, su peso comenzando a hundir el colchón. Ethel, sumida en un sueño profundo, comenzó a despertar con la sensación de un cuerpo sobre el suyo. Confundida, aún en la bruma del sueño, susurró con voz soñolienta y sensual: "Eres insaciable, mi amor..."
Don Rodrigo, aprovechando la confusión, bajó su rostro y buscó sus labios. Ethel, creyendo que era Iván, correspondió el beso. Sus labios se encontraron, pero la textura era diferente, más áspera, el sabor a tabaco y alcohol, la barba más gruesa. Una punzada de confusión atravesó su somnolencia, pero antes de que pudiera reaccionar, sintió la presión de algo grande y frío en su entrada. Era la punta de la verga de Rodrigo, empapada en lubricante, que comenzaba a forzar su ingreso.
Fue entonces cuando sus ojos se abrieron de par en par. En la penumbra, no vio el rostro anguloso y guapo de su esposo, sino el rostro curtido y los ojos llenos de avaricia lasciva de su abuelo.
"¡No...!" logró gritar, pero fue demasiado tarde.
Con un empujón brutal, Don Rodrigo le clavó toda su verga de una sola embestida, hasta que sus testículos golpearon contra sus nalgas. Un dolor desgarrador y una violación absoluta la atravesaron. Ethel gritó, un sonido ahogado por la boca de Rodrigo, que volvió a cubrir la suya con un beso forzado y húmedo, metiendo su lengua mientras comenzaba a bombearla con una pasión enfermiza.
"Shhh, tranquila, mi niña... disfrútalo," gruñía él entre gemidos roncos, sus caderas moviéndose con una energía renovada. La cabecera de la cama, antigua y de madera, comenzó a golpear contra la pared con un ritmo frenético y ensordecedor. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Abajo, en la cocina, Iván giró la cabeza al escuchar el ruido. "¿Qué fue eso?"
Claudia, que había orquestado toda esta venganza para castigar a su hijo por venderla a su propio padre, inmediatamente fingió un sollozo más desgarrador, agarrándole el brazo. "¡Es mi culpa! ¡Todo es mi culpa! ¡Soy una mala madre, una pecadora!" Su llanto, falso pero convincente, distrajo a Iván, quien, con el ceño fruncido pero la atención dividida, se volvió hacia ella, ignorando los gritos ahogados y el sonido de la cabecera que delataban la violación que ocurría arriba.
El placer de Don Rodrigo era monumental, un éxtasis de conquista y perversión. Después de unos minutos de embestidas salvajes, con los gemidos de agonía de Ethel mezclándose con sus propios gruñidos de satisfacción, no pudo contenerse más. Con un rugido ahogado, se vació dentro de ella, su semen mezclándose grotescamente con el lubricante y la violación.
Yació sobre su cuerpo rendido, jadeando. Ethel, paralizada por el dolor y el trauma, lloraba en silencio, las lágrimas recorriendo sus sienes. Él la besó en el cuello, con una posesión repulsiva.
Al ver que Iván aún no regresaba, una idea aún más perversa cruzó la mente de Don Rodrigo. Miró hacia las nalgas pálidas de Ethel, aún marcadas por el forcejeo.
"Tendré tiempo para darle también por el culo?" pensó, lamiéndose los labios mentalmente. "Después de todo... esta hembra ya está domadita. Y quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad así."
La lujuria, una vez liberada, no conocía límites. Y en la oscuridad de la habitación, con el silencio cómplice de Claudia abajo, la pesadilla de Ethel estaba lejos de terminar.
El silencio en la cocina se quebró de nuevo, pero esta vez con un sonido distinto, más sordo y repetitivo. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Provenía de arriba, del cuarto de Ethel. Iván se puso tenso, el instinto de protector encendiéndose como una alarma.
"¿Qué es ese ruido?" preguntó, desprendiéndose del débil agarre de Claudia.
"¡No, hijo, espera!" ella suplicó, con un llanto ahora forzado que sonaba estridente. "¡Son los nervios! ¡Tal vez Ethel está teniendo una pesadilla por el embarazo!" Su intento de distracción era desesperado, pero la semilla de la duda estaba plantada.
Arriba, la pesadilla era tangible. Don Rodrigo, lejos de sentirse satisfecho, contemplaba el cuerpo pálido y tembloroso de Ethel con una nueva y repulsiva avaricia. Sus ojos se posaron en las nalgas perfectas y redondeadas de la joven, aún marcadas por el rojo de sus manos ásperas.
"Tendré tiempo para darle también por el culo?" pensó, una sonrisa torcida y hambrienta estirándole los labios. "Después de todo... esta hembra ya está domadita. Y quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad así."
Sin perder un segundo, movió el cuerpo semiconsciente de Ethel, colocándola sobre sus manos y rodillas. Ella, sumida en un estado de shock, apenas ofreció resistencia, sus sollozos eran los únicos sonidos que emitía. Rodrigo, con manos temblorosas de excitación, se colocó detrás, su verga, aún medio erecta y cubierta de una mezcla nauseabunda de lubricante y sus propios fluidos, buscó la entrada virgen y apretada.
"Ahora, mi nieta bella, un regalito más para la despedida," gruñó, y con una embestida brutal, le desfloró el ano.
Ethel gritó, un sonido agudo y desgarrador que esta vez sí logró traspasar las paredes. Un dolor insoportable, diferente al primero pero igual de violatorio, la hizo arquearse.
Rodrigo, sintiendo la estrechez extrema, soltó una carcajada ronca de asombro y lujuria. "¡No puedo creer que el pendejo de Iván no haya probado en su luna de miel tan exquisita pieza!" jadeó, comenzando a moverse con fuerza, cada embestida un acto de profanación. "¡No puedo creer qué suerte tan grande tengo! ¡El mejor culo que he visto en mi vida... y es mío...! ¡Mío!"
La violación anal fue tan salvaje como la primera. Rodrigo, poseído por una energía sádica, la usó sin piedad, hasta que, con otro rugido gutural, se vació por segunda vez dentro de ella, llenando su recto con su semen.
Jadeante y sudoroso, se retiró. Observó con satisfacción cómo su semen escurría del ano ahora rojo e inflamado de Ethel. Se inclinó y le besó una nalga con posesión repulsiva. Luego, tomó su rostro bañado en lágrimas y le dio un beso húmedo y forzado en la boca.
"Buenas noches, mi vida," le susurró con un cinismo absoluto. "Gracias por tan rica cogida."
Se vistió rápidamente y salió de la habitación, sintiéndose el rey del mundo. Pero su triunfo fue efímero. Al abrir la puerta, se encontró de frente con Iván, que acababa de subir las escaleras de dos en dos, impulsado por el grito desgarrador de su esposa.
Iván lo miró. Vio su desnudez, el brillo del sudor en su piel, la expresión de lujuria satisfecha. Luego, su mirada se desvió hacia el interior de la habitación, donde Ethel yacía en la cama, temblando, las sábanas manchadas, su cuerpo expuesto y violado.
Un rugido de pura y primitiva furia estalló del pecho de Iván. "¡¡RODRIGO!!"
Don Rodrigo, viendo la muerte en los ojos de su nieto, no esperó a más. Con una agilidad que no parecía posible, giró y corrió hacia las escaleras, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Iván entró corriendo a la habitación. Al ver a Ethel, el dolor y la rabia lo doblaron. La cubrió con las sábanas y la abrazó, sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba de manera incontrolable. "Ethel... mi amor... lo siento, lo siento mucho," murmuraba, pero las palabras eran inútiles.
Fue entonces cuando su mirada cayó sobre un papel doblado en la mesa de noche, junto a una llave. Con una mano temblorosa, lo tomó. Era la letra de Claudia.
Para que aprendas a jugar sucio, hijo mío. Bendiciones.
La verdad, fría y cruel, lo golpeó. Su madre había orquestado todo. Su entrega a su abuelo y luego el rechazo había desencadenado una venganza calculada para herirlo en lo único que ahora le importaba: Ethel.
El dolor se transformó en una fría y absoluta determinación. La había subestimado. Ya no. Ahora, las reglas del juego habían cambiado para siempre. El monstruo que había enterrado por Ethel despertó, pero esta vez, no sería un torpe semental. Sería un verdugo. Y Claudia y Rodrigo aprenderían que jugar con su reina tenía un precio que pagarían con sangre.
Esta idea se enraizó, y sus miradas hacia Ethel, que antes eran furtivas, ahora se volvieron descaradas, intensas, cargadas de una intención que hacía que Claudia se estremeciera. Paradójicamente, la relación superficial entre los hermanos florecía. La culpa de Iván, o quizá su astucia, lo llevaba a ser más cercano y juguetón que nunca.
Por ejemplo, una mañana Ethel estaba intentando alcanzar un frasco en el estante más alto. Iván se acercó por detrás, con una sonrisa relajada que no llegaba a sus ojos intensos.
"¿Necesitas ayuda, princesa?" dijo, alzando el brazo y tomando el frasco con facilidad.
"¡Hey! Yo podía," protestó Ethel, riendo y dando una palmada juguetona en su brazo. "Uff, ¡estás durísimo, hermanito! ¿Qué es lo que comes?"
Iván la miró de arriba abajo, con una sonrisa pícara. "Carne de mujeres guapas," respondió, soltando una carcajada cuando Ethel puso cara de asco y luego se rió, sin captar el siniestro doble sentido.
"¡Eres un idiota!" le dijo, empujándolo suavemente.
En otra ocasión Ethel corría descalza sobre la hierba, persiguiendo una abeja. Iván, con una agilidad sorprendente para su complexión, la interceptó y la levantó en el aire en un abrazo de oso, haciéndola girar.
"¡Iván, suéltame!" gritaba Ethel entre risas nerviosas, pataleando en el vacío. Sus mejillas estaban sonrojadas, y su cuerpo, contra el torso duro de su hermano, se estremecía en una mezcla de protesta y diversión.
Claudia, observando desde la terraza, sintió un nudo en el estómago. No veía solo un juego de hermanos. Veía la forma en que los dedos de Iván se hundían en la cintura de Ethel, cómo su mirada se posaba en su cuello mientras reía. "¡Iván, basta! Suéltala ya," ordenó con una voz más cortante de lo que pretendía.
Iván la soltó de inmediato, pero su sonrisa era amplia y desafiante. Ethel, jadeando y con la risa aún temblando en sus labios, le dio un golpe en el pecho. "¡Eres un bruto!" dijo, pero su mirada brillaba con una admiración que a Claudia le pareció peligrosamente cercana al coqueteo.
"Pobre de mi hija," pensó Claudia, con el corazón oprimido. "Si nosotras, que somos mujeres, no podemos con este hombre... ella, con su inocencia, mucho menos."
Desesperada, Claudia volvió a hablar con Iván en su habitación, después de una de sus sesiones nocturnas. "Iván, la otra vez no me respondiste respecto a lo que te pedí con Ethel..." su voz era un susurro cargado de súplica.
Iván la miró, sereno, casi indiferente, mientras se vestía. No dijo una palabra.
Fue entonces que Claudia, sintiendo que se le agotaban las opciones, jugó su última y más desesperada carta. No era su cuerpo, sino su legado. "Mira, hijo," comenzó, con una voz que intentaba sonar firme. "Tu padre construyó todo esto para nosotros. Eres el hombre de la familia ahora. Tal vez... tal vez es hora de que tomes las riendas."
Durante los días siguientes, Claudia inició un meticuloso y acelerado proceso para traspasar a Iván el control total del imperio Chávez. Le otorgó poderes notariales, lo hizo firmar como representante legal de todas las empresas, le transfirió cuentas bancarias millonarias y le entregó las llaves de las bóvedas y los títulos de propiedad. Era el botín completo. La fortuna de Alfredo, ahora en manos de su hijo.
Iván lo aceptó todo con una calma aterradora. Asistía a las reuniones con abogados y banqueros, firmaba los documentos sin inmutarse, y asumía la responsabilidad con la misma naturalidad con la que respiraba. Era como si siempre hubiera sabido que todo sería suyo.
Claudia observaba, esperando una señal, una promesa, algo que le asegurara que Ethel estaba a salvo. Pero Iván nunca lo dijo. Nunca contestó si dejaría en paz a su hermana. Solo tomó posesión de todo, incluyendo, en su mente, el derecho sobre la princesa de su reino ahora legitimado. El silencio era su respuesta, y para Claudia, era más aterrador que cualquier negativa. Había creado un monarca, y ahora temía la primera ley que decretaría.
No pasaron ni dos días desde que Iván tomó el control financiero cuando, durante la cena, sacó un pequeño estuche de terciopelo azul y se lo deslizó a Ethel por la mesa.
"Un detalle para la princesa de la casa," dijo con una sonrisa tranquila.
Ethel lo abrió y un destello de diamantes y esmeraldas la dejó boquiabierta. Era un collar exquisito, de platino, con una cadena tan fina como resistente. Del centro colgaba un dije: una "E" estilizada, elaborada con diamantes de talla brillante, rodeada por un marco de pequeñas pero vibrantes esmeraldas que hacían juego con sus ojos.
"¡Iván! Es... es demasiado," exhaló, con los ojos brillando más que las piedras preciosas. Sin pensarlo dos veces, se levantó de un salto y lo abrazó con una fuerza y una espontaneidad que no había mostrado antes, enterrando su rostro en su cuello. "¡Muchas gracias! Es el regalo más lindo que me han dado."
Él la recibió en sus brazos, esos brazos poderosos que se cerraron alrededor de su espalda delgada. No fue un abrazo fraternal y rápido. Fue un abrazo posesivo, prolongado, de varios segundos en los que su mano ancha se posó en la nuca de ella, acariciando su melena dorada. Claudia, al otro lado de la mesa, observaba con el rostro pálido, viendo cómo su hija se fundía en el abrazo del depredador, completamente ignorante del precio oculto del collar.
Al día siguiente, una sorpresa aún mayor aguardaba en la entrada de la mansión. Un automóvil antiguo se detuvo y de él bajó un hombre mayor, de rostro curtido por el sol y una presencia autoritaria. Era el abuelo materno, Don Rodrigo, quien llegaba desde el norte de México sin previo aviso. Claudia lo miró con asombro. Llevaba años sin verlo; su relación siempre había sido distante, filtrada a través de los recuerdos de su difunta madre. "Ya ves cómo es tu padre," le decía su madre, justificando su ausencia. Verlo allí, en carne y hueso, era un acontecimiento que la dejó sin palabras.
Esa tarde, Iván salió con su abuelo a un bar, no sin antes acercarse a Claudia y susurrarle al oído con tono de orden: "Espérame en mi habitación. Y arréglate como a mí me gusta."
Al regresar, Don Rodrigo se despidió pronto, argumentando una repentina mareadez, y se retiró a la habitación de huéspedes. Iván, por su parte, subió directamente a su suite. Claudia ya estaba allí, vestida con una bata de seda negra que se ataba con un lazo flojo en la cintura.
Iván, con una mirada lúbrica, sacó una venda de seda negra. "Hoy probaremos algo nuevo, madre. Confía en mí."
Ella, ansiosa por mantenerlo satisfecho y alejado de Ethel, asintió con nerviosismo. "Lo que tú digas, hijo."
Él le vendó los ojos, sumiéndola en una oscuridad absoluta. "Solo relájate y disfruta. Tu boca me pertenece, ¿verdad?"
"Sí, hijo... tuya es," susurró ella, sumisa.
Poco después, sintió unas manos diferentes, más grandes y ásperas, que le guiaban la cabeza. Sin poder ver, se inclinó y tomó en su boca una verga que ya estaba erecta. Pero algo no cuadraba. La textura de la piel era distinta, más laxa. El grosor... era similar, pero la forma, el ángulo, le resultaba extraña. "Quizás apenas se está endureciendo," pensó, confundida, y continuó con su tarea, tratando de complacer.
Pasaron los segundos y ella seguía, cada vez más perpleja, hasta que un fuerte bufido de placer, con una voz ronca y anciana que no era la de su hijo, estalló en la habitación: "¡OOOHHHH, HIJA! ¡POR DIOS! ¡QUÉ BOCA TAN RICA TIENES!"
Claudia se paralizó. Con un movimiento brusco, se arrancó la venda de los ojos. La visión la hizo retroceder en un grito ahogado. Allí, frente a ella, completamente desnudo y con una sonrisa triunfal y lasciva, estaba su padre, Don Rodrigo. Quiso huir, el shock nublando su mente, pero entonces la voz de Iván, fría y dominante, resonó desde un rincón de la habitación donde los observaba con los brazos cruzados.
"Haz lo que te pide tu padre, Claudia."
El abuelo, envalentonado, se acercó y tomó del brazo a su hija, que estaba al borde del colapso. "Vamos, Claudita, no te pongas así. Siempre fuiste mi niña consentida. No sabes lo mucho que soñé con tu boquita mamando mi verga... todos estos años, añorándote..."
La repugnancia y el terror se apoderaron de ella, pero la orden de Iván y el miedo a lo que podría pasar con Ethel la paralizaron. Don Rodrigo, convenciéndola con palabras perversas y el peso de una autoridad paternal distorsionada, guió su cabeza de vuelta hacia su sexo. "Sueño con esto desde que tenías la edad de esa nieta tuya... tan guapa..."
Entre lágrimas silenciosas y con el estómago revuelto, Claudia obedeció. Luego, él la recostó boca arriba en la cama y, posicionándose entre sus piernas, la penetró por primera vez con un gruñido de profunda satisfacción.
"¡AAHHH, hija! Creí que moriría sin probarte... Tantos años..." susurró mientras su cuerpo envejecido pero aún fuerte se movía sobre el de ella.
Iván observaba, impasible, dueño del espectáculo que había orquestado. El acto continuó hasta que Don Rodrigo se vació dentro de su hija con un último gemido ronco.
Al final, Iván se acercó y dio su orden final, sellando el nuevo orden familiar: "Vete a dormir con tu padre. Esta noche, y las que sigan, le perteneces."
El abuelo, triunfante y rejuvenecido por el poder que se le había concedido, tomó del brazo a una Claudia devastada y la llevó a la habitación de huéspedes, de donde no saldrían hasta la mañana siguiente.
Esa mañana, durante un desayuno cargado de un silencio eléctrico, Iván, con una calma aterradora, anunció:
"Esta noche iremos a cenar a 'Le Bélier'. Todos. Es una ocasión especial."
Luego, se dirigió a su hermana, que comía sonriente. "Ethel... tú vienes conmigo. Vamos de compras para la noche, ¿qué te parece?"
Ethel gritó emocionada y aceptó encantada. Salieron juntos y se dirigieron a la plaza más exclusiva de la ciudad. Iván la consintió como nunca. Le compró zapatos, un bolso de diseñador, joyas finas y, finalmente, un vestido largo de un color azul zafiro que se ajustaba a su torso y fluía hasta el suelo, resaltando cada curva de su figura esbelta y realzando el dorado de su cabello y el brillo de sus ojos. Era el vestido de una reina, o de una novia.
Mientras salían de la tienda, Ethel, radiante de felicidad pero confundida por tanta generosidad, le preguntó: "Iván, ¿a qué se debe todo esto?"
Él le sonrió, una sonrisa cargada de significado y posesión, mientras ajustaba el cuello de su abrigo. "Se debe a una nueva era en nuestra familia, Ethel. Una era donde el poder y la pureza reinarán, unidos, en las personas indicadas. Donde los lazos más fuertes forjarán nuestro legado."
Su mirada, intensa y prometedora, dejó claro que él sería ese poder, y ella, esa pureza. El reinado de Iván y Ethel estaba a punto de ser proclamado.
Ethel no entendió el significado profundo de las palabras de su hermano, pero la emoción de la noche, el lujo y la atención que recibía eran más que suficientes. Una sensación dulce y anticipada le recorría el cuerpo, imaginando el futuro que Iván pintaba con pinceladas de grandeza.
Por la noche, Iván adelantó a su madre y a su abuelo al restaurante. Él esperó impaciente en el vestíbulo de la mansión, vestido con un traje a la medida que acentuaba su poderosa complexión. Cuando Ethel comenzó a bajar la escalera, su aliento se cortó. Ella lucía sumamente hermosa. El vestido azul zafiro se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando la gracia de sus curvas y la palidez luminosa de su piel. Su melena dorada caía en ondas suaves sobre sus hombros desnudos, y sus ojos, amplios y confiados, brillaban con una inocencia que le provocó un deseo feroz y protector a la vez.
"Estás... radiante, Ethel," logró decir, su voz un poco más ronca de lo usual.
La tomó de la mano con una firmeza que no admitía réplica y la condujo hacia el BMW que ahora era, oficialmente, suyo. Durante la cena en el exclusivo "Le Bélier", la dinámica fue inconfundible. Iván y Ethel conversaban animadamente en un extremo de la mesa, mientras Claudia y Don Rodrigo, una pareja incómoda y silenciosa, ocupaban el otro. Parecían dos parejas, no una familia, uniendo sus destinos en una danza perversa.
Fue entonces, entre el postre y el café, cuando Iván, con una calma estudiada, anunció la noticia.
"Ethel," comenzó, tomando su mano sobre el mantel. "Mi madre y yo hemos estado hablando mucho estos días."
Claudia, pálida como la porcelana fina, asintió mecánicamente, clavando la mirada en su copa de vino. Sentía que cada asentimiento era un clavo más en el ataúd de la inocencia de su hija. Era, literalmente, entregar la oveja al lobo, y el peso de esa traición la ahogaba.
"Estoy por montar un emprendimiento muy importante en el sur del país," continuó Iván, su voz proyectándose con la seguridad de un CEO, "y te necesito a mi lado. Sabemos que no quieres continuar estudiando y creemos que lo mejor para tu futuro, y para el de la familia, será que tú y yo formemos un... 'equipo'. Una alianza."
Ethel lo escuchaba, hechizada, sus ojos brillando con la importancia que se le confería.
"Mientras yo abro camino en el mundo empresarial," explicó él, acariciando suavemente el dorso de su mano con el pulgar, "tú estarás a cargo de todo lo demás. Serás la arquitecta de nuestro hogar. Lo amueblarás a tu gusto, dirigirás a la servidumbre con esa dulzura que te caracteriza y mantendrás mi agenda al día. Serás mi mano derecha, la pieza fundamental en este nuevo proyecto."
Cada palabra era música para los oídos de Ethel. Era una propuesta de vida, una oportunidad de ser importante, de estar al lado de su poderoso hermano. "¡Sí, Iván! Me encanta la idea," aceptó de inmediato, una sonrisa deslumbrante iluminando su rostro. "¡Lo haré lo mejor que pueda!"
Antes de que la cena terminara, Iván sacó dos obsequios más. Primero, una cadena de oro macizo de la que colgaba un dije circular. Con sus propias manos, se la colocó alrededor del cuello de Ethel. En el dije estaban grabados sus dos nombres: IVÁN & ETHEL.
"Para reforzar nuestra alianza," dijo, su voz un susurro íntimo. "Para que nunca olvides que somos un equipo."
Luego, con una naturalidad aterradora, sacó un pequeño anillo de oro blanco con un discreto pero perfecto diamante solitario. Tomó la mano izquierda de Ethel y, ante la mirada petrificada de Claudia y la sonrisa cómplice de Don Rodrigo, deslizó la sortija en su dedo anular.
Ethel miró el anillo, luego a su hermano, una leve confusión en su rostro.
"Este anillo," declaró Iván, elevando un poco la voz para que todos escucharan, "es un símbolo. Un símbolo del compromiso inquebrantable que hacemos esta noche. Representa que nuestra unión, nuestra alianza, está por encima de todo. Que juntos construiremos un legado que llevará el nombre de los Chávez a lugares inimaginables. Confía en mí, hermanita. Este es solo el comienzo de algo eterno."
Ethel, deslumbrada por las palabras, la joya y la promesa de un futuro a su lado, solo pudo sonreír, aceptando el anillo y su simbología sin comprender su verdadero y siniestro significado.
Fue entonces cuando el abuelo, Don Rodrigo, que había permanecido en un segundo plano, alzó su copa. Una sonrisa amplia y llena de orgullo perverso se dibujó en su rostro.
"¡Propongo un brindis!" anunció con voz potente. "¡Por la nueva era en la familia Chávez! ¡Por la unión que fortalecerá nuestra sangre y nuestro poder! ¡Por Iván y Ethel!"
Las copas se alzaron. Claudia lo hizo con mano trémula, sintiendo el sabor amargo de la complicidad y el miedo. Ethel, radiante e inocente, brindó por su futuro. Iván lo hizo con la satisfacción de un jugador que acaba de mover su pieza maestra. Y Don Rodrigo, por el renacimiento de un linaje gobernado por los deseos más oscuros. El destino de Ethel quedó sellado en ese brindis, bajo la luz de las candilejas y la sombra de una pasión que pronto dejaría de ser fraternal.
Rodrigo y Claudia fueron los primeros en abandonar el restaurante. Se despidieron de Iván y Ethel con una formalidad que ocultaba un océano de complicidades y miserias. Don Rodrigo, con una palmada en el hombro de Iván y un beso en la mejilla de Ethel —que ella recibió con sorpresa—, los felicitó calurosamente por su "proyecto de vida y trabajo", como si se tratara de dos socios, no de hermanos. Claudia, por su parte, apenas articuló un "cuídense" con la voz quebrada antes de salir, arrastrada por la sombra de su padre.
Una vez solos, Iván guió a Ethel hacia un rincón más íntimo del restaurante, una mesa baja con sillones cómodos y una vista tenue a la ciudad. Pidió una botella de champán dulce, el favorito de ella.
"Todo esto es increíble, Iván," murmuró Ethel, la yema de sus dedos acariciando el círculo de oro y el diamante que ahora pesaba en su dedo anular. Una cálida languidez, producto del champán y la emoción, se extendía por sus venas. "Me siento... importante por primera vez. Como si por fin tuviera un propósito verdadero."
"Y lo tienes, Ethel," respondió él, llenando su copa de nuevo sin apartar sus ojos de ella. Su voz era un seductor mantra, un río de miel oscura que fluía directamente hacia su confianza. "Eres la pieza angular que le faltaba a este imperio. Mi éxito será el tuyo, y el tuyo, el mío. Juntos, no habrá límites. Esta fortuna, este apellido... necesita una nueva sangre, una nueva energía. Una esencia pura y brillante. Y esa, hermanita, eres tú."
Brindaron una y otra vez. Cada choque de copas era un eslabón más en la cadena que forjaba. "Por nuestra alianza," decía él, y ella bebía, sintiéndose cómplice. "Por el futuro," añadía, y un escalofrío de anticipación la recorría. "Por la princesa que se convierte en reina," finalizó, con una intensidad que le erizó la piel.
Ethel brindaba con él, y mientras lo hacía, no podía evitar estudiar su rostro. La luz tenue acariciaba la línea de su mandíbula fuerte, la barba recortada que enmarcaba unos labios firmes, la mirada intensa que parecía ver a través de ella. "Dios mío," pensó, y el pensamiento fue tan claro como el cristal de su copa, "es tan guapo." El alcohol, actuando como un desinhibidor de verdades ocultas, le permitió sentir por primera vez una punzada de algo que no era admiración fraternal. Era un calor bajo el vientre, una curiosidad húmeda y temblorosa que nunca antes había asociado con Iván.
Él la miraba, y en la profundidad de sus ojos podía leer la confusión dulce, el despertar de esa semilla que él mismo había plantado. Sabía lo que significaba esa mirada vidriosa, ese rubor que no era solo por el vino. Era el momento.
Se inclinó un poco hacia adelante, su presencia envolviéndola. "Ethel," comenzó, su voz ahora un susurro íntimo que solo ella podía escuchar, "desde que éramos niños, siempre supe que eras especial. Mientras los demás jugaban, yo te observaba. No solo eras mi hermana, eras... la luz de la casa. La razón por la que cada esfuerzo, cada sacrificio, valía la pena. Todo lo que he construido, todo lo que soy y seré, no tiene sentido si no es para verte brillar a mi lado. Eres mi musa, mi destino. Y esta alianza... no es un contrato. Es la promesa de que nunca más estaremos solos."
La escena pareció detenerse en un instante cargado de electricidad pura, de esos que casi contienen la respiración del mundo alrededor. El bullicio del restaurante se desvaneció en un lejano zumbido.
Ethel lo miraba con una mezcla de ternura absoluta, sorpresa y una alegría tan profunda que iluminaba sus ojos desde dentro. Su expresión era un libro abierto que revelaba cuán hondo habían calado sus palabras. Resonaban en ella, vibrando en cada fibra de su ser, tocando lugares vulnerables y hermosos que nunca antes habían sido nombrados. Un brillo cálido y húmedo inundó su mirada, diciendo más que cualquier respuesta verbal.
Inclinó ligeramente el rostro hacia él, un movimiento casi imperceptible pero cargado de significado. Era la rendición. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa íntima, la clase que solo nace cuando el corazón se ablanda por completo. Sus ojos no parpadeaban; lo observaban fijos, atentos, completamente conectados, como si todo lo demás hubiera desaparecido.
Iván la miraba con una expresión de tranquila certeza, la seguridad de un hombre que ve el fruto de su paciencia madurar ante sus ojos. La distancia entre ellos era mínima, apenas unos centímetros cargados de una tensión dulce y expectante. Era el punto de no retorno, donde la emoción hablaba por ambos.
Y entonces, en el instante preciso en que el mundo pareció contener la respiración, él cerró esa distancia infinitesimal.
Su beso no fue un asalto, sino una afirmación. Fue profundo, lento, lleno de una pasión contenida que se liberaba con cuidado. Sus labios se encontraron con los de ella, y Ethel no se resistió. Al contrario, respondió con una entrega que la sorprendió a ella misma, una chispa que se convirtió en llamarada, sellando en ese contacto un nuevo pacto, infinitamente más complejo y prohibido que cualquier "alianza" empresarial.
Desde la discreta penumbra de un rincón, el fotógrafo que Iván había contratado para inmortalizar "el inicio de su proyecto" —una mentira piadosa para capturar la verdad—, congeló el momento. El clic de la cámara fue ahogado por el sonido de sus propios latidos. Primero, la mirada cargada. Luego, el beso.
Iván atesoraría esas fotografías en su vida digital para siempre. No como un recuerdo de un negocio, sino como el certificado de nacimiento de su reinado compartido, el momento en que su hermana dejó de serlo para convertirse, irrevocablemente, en su reina.
Al final del beso, Ethel separó su rostro unos centímetros, jadeando levemente. Un rubor cálido teñía sus mejillas y su mirada estaba nublada por una mezcla de sorpresa y éxtasis. "Wow..." logró exhalar, como si esa sílaba contuviera todo el torbellino que sentía.
Iván le sonrió, una sonrisa ancha y triunfal que iluminó su rostro severo. Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y capturó sus labios en un segundo beso, más dulce pero igual de afirmativo.
"¿Quieres ser mi novia?" le preguntó, sus palabras un susurro cálido contra su boca.
Ethel, aún aturdida por la cascada de emociones, no necesitó pensarlo. Asintió con la cabeza, tierna y enérgicamente al mismo tiempo, antes de fundirse en un tercer beso que selló su nuevo y prohibido estatus.
Esa noche salieron del restaurante ya no como hermanos, sino como una pareja de novios. Las miradas de los demás comensales, si las hubo, se desvanecieron en la irrelevancia. En el coche, sus manos permanecieron entrelazadas sobre el asiento, un contacto eléctrico y novedoso.
Cuando llegaron a casa, entraron en silencio, como cómplices. El ambiente estaba cargado de una intimidad que nunca antes habían compartido. Al verse solos en el vestíbulo oscuro, una chispa de audacia iluminó los ojos de Ethel. Tomándolo de la mano, lo guió hacia las escaleras y, tan pronto como estuvieron en la planta alta, se giró y se lanzó a besarlo con una pasión que lo tomó por sorpresa.
Fue un beso feroz, cargado de la novedad y el deseo reprimido que ahora bullía en ella. Sus manos recorrieron su espalda, sintiendo la dureza de los músculos a través de la fina tela de su camisa. Iván respondió con igual intensidad, guiándola hacia su habitación sin separar sus labios de los de ella. Una vez dentro, la espalda de Ethel encontró la pared y él se inclinó sobre ella, devorando su boca mientras sus manos, grandes y ansiosas, comenzaron a explorar. Una palma se deslizó por la curva de su cadera, luego subió, acariciando su costado a través del vestido de zafiro. Ethel, embriagada por la sensación, hizo lo mismo. Sus dedos delgados se aferraron a sus bíceps, palpando la roca viva que era su brazo, y luego se atrevieron a bajar, trazando la línea definida de su abdomen a través de la camisa. Un gemido bajo escapó de su garganta; estaba encantada, excitada más allá de lo que creía posible.
Pero justo cuando la mano de Iván empezaba a deslizarse por debajo del dobladillo de su vestido, buscando la piel desnuda de sus muslos, él se detuvo.
Con un esfuerzo sobrehumano, separó sus labios de los de ella. Ambos respiraban con dificultad. Iván la miró, sus ojos oscuros eran dos pozos de deseo, pero en su centro ardía una determinación extraña.
"Así no, mi amor," murmuró, su voz ronca pero sorprendentemente tierna. "Así no, mi princesa."
Ethel lo miró, confundida, su cuerpo aún ardiendo por el contacto interrumpido.
"Contigo," continuó él, acariciándole la mejilla con el dorso de los dedos, "quiero estar por todas las de la ley. Tú no eres una aventura, Ethel. Eres una mujer digna, la mujer más digna que conozco. Y mereces un trato... correcto. Esta," señaló el espacio ardiente entre ellos, "no es la manera."
Antes de que ella pudiera protestar o entender completamente, Iván se arrodilló frente a ella, allí, en medio de su lujosa habitación. Tomó sus manos entre las suyas y miró fijamente a sus ojos, que brillaban con emoción y perplejidad.
"Ethel Chávez," dijo, con una solemnidad que cortó la respiración, "¿te quieres casar conmigo?"
La pregunta resonó en la habitación, absurda y sublime. Ethel soltó una risa nerviosa, un sonido de pura incredulidad. "Iván... hace un par de horas me pediste ser tu novia. ¿Y ahora me pides que me case contigo?" Sacudió la cabeza, la sonrisa aún en sus labios. "Somos hermanos, Iván. No... no podemos casarnos."
"Para el amor no existen límites, Ethel," declaró él, con una fe inquebrantable. "Las reglas del mundo no fueron hechas para un amor como el nuestro. Te lo pregunto de nuevo, con todo mi corazón: ¿te casarías conmigo?"
Ethel lo miró. Vio la intensidad en sus ojos, la certeza absoluta, y la locura romántica de la propuesta se apoderó de ella. El miedo se disolvió en el calor del amor que sentía, un amor que ahora, liberado, parecía justificarlo todo. La divertida incredulidad se transformó en una oleada de ternura y devoción.
"Sí, Iván," susurró, y luego, con más fuerza, una sonrisa radiante iluminando su rostro: "Sí. Sí, mi amor. Quiero ser tu esposa. Sí, un millón de veces."
Se fundieron en otro beso, esta vez más dulce, más profundo, sellando una promesa que trascendía cualquier ley o convención.
Y esa noche, Iván, fiel a su nueva y retorcida caballerosidad, durmió abrazado a ella en su cama, sin traspasar el último límite físico. Quería hacer las cosas "de forma correcta", como él decía. Pero ese acto de contención, lejos de calmar a Ethel, la enloqueció aún más. La espera, la promesa de una consumación futura dentro de un marco que su mente enamorada ahora veía como legítimo, avivó el deseo hasta un punto casi insoportable. Se durmió sintiendo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón contra su espalda, y la certeza de que, pronto, su hermano se convertiría en su esposo en todos los sentidos de la palabra.
Con los primeros rayos del sol filtrándose por las persianas, Iván salió silenciosamente de la habitación donde Ethel aún dormía, plácida y abrazada a su almohada. Buscó a Claudia y a Rodrigo, encontrándolos en el estudio, bebiendo café en un silencio tenso.
"Ha llegado el momento de definir nuestro nuevo orden familiar," anunció Iván, con la voz fría y directa de un director ejecutivo. "Ustedes dos se quedarán con esta casa. Nadie los molestará. Recibirán una transferencia mensual de treinta mil pesos, más un fondo discrecional para sus... gastos personales." Su mirada se posó en Rodrigo, cómplice y desafiante. "A cambio, su apoyo incondicional a mi unión con Ethel. No habrá objeciones, no habrá miradas de reproche. Para el mundo, seremos una familia unida que ha decidido vivir a su manera."
Claudia, pálida, lo miró. "¿Y qué garantías tengo de que no la lastimarás, Iván? ¿De que esta farsa no la destruirá?"
"Ya no es la farsa de antes, madre," respondió él, y por primera vez hubo un destello de algo que podía parecer sinceridad. "Lo que siento por ella es real. La trataré como a una reina. Le daré un lugar a su lado que nadie más ocupará. Esa es mi garantía."
Claudia, viendo la determinación en sus ojos y el cambio en su actitud —ya no la bestia desatada, sino un hombre con un plan—, tragó saliva y, con el corazón encogido, asintió. "Está bien. Tienes... mi bendición."
Iván despertó a Ethel con suaves besos en su frente. "Despierta, princesa. Tenemos planes que hacer."
Ella abrió los ojos, sonriendo al instante al verlo. "¿Planes?"
"Sí. Nos casamos mañana."
Ethel se incorporó de un salto, la sorpresa y la alegría iluminando su rostro. "¿Mañana? ¡Iván, es tan pronto!"
"¿Acaso no aguantas las ganas de ser mi mujer?" preguntó él, con una sonrisa pícara.
Ethel se ruborizó hasta la raíz del cabello. "No," admitió en un suspiro, avergonzada y excitada. "No aguanto las ganas." Se lanzó sobre él, besándolo con una pasión que confirmaba sus palabras.
Abajo, Claudia y Rodrigo los esperaban con un desayuno exquisito. Ethel, bajando tomada de la mano de Iván, miró a su madre con una mezcla de timidez y felicidad. "Mamá... es que... ¿tú sabes todo?"
Claudia forzó una sonrisa que le dolía en el alma. "Sí, hija. Lo sé todo. Sé lo mucho que te ama Iván y, aunque yo misma dudé en darle tu mano y la bendición, hoy más que nunca se la doy." Cada palabra era una traición, pero también un acto de desesperada protección.
Durante el desayuno, rápido pero cargado de emociones encontradas, Iván anunció los detalles. "La boda será mañana. En una playa virgen y privada en la costa. Un buen amigo, un juez comprensivo, ha hecho todos los arreglos. Incluso tendrá validez religiosa; una dispensa especial para 'casos únicos', conseguida mediante una donación considerable a la diócesis adecuada." Su ingenio para torcer las reglas era tan impresionante como aterrador.
Claudia no pudo contener las lágrimas, una mezcla de emoción verdadera por la felicidad de Ethel y horror por la situación. Abrazó a su hija, sintiéndola a la vez como su hija y como su nuera. Luego, las dos se miraron nerviosas cuando Iván, con un tono cargado de morbosa ironía, le dijo a Claudia: "Prepárate, suegrita. Pronto tendrás que cuidar muchos nietos. La sangre de los Chávez debe fluir pura y fuerte."
El viaje en carretera fue un sueño. Iván convirtió el BMW en un descapotable, y el viento jugueteaba con el cabello dorado de Ethel, que lucía radiante con un vestido sencillo pero elegante. Con sus gafas de sol y sus sonrisas, parecían la pareja perfecta, joven, rica y enamorada, ocultando a los ojos del mundo su secreto a gritos.
Al arribar al destino, un paraíso de aguas turquesas y arena blanca, todo estaba listo. Una capilla improvisada con arcos de madera y telas blancas que ondeaban con la brisa marina esperaba frente al océano. Ethel fue llevada a una suite donde una estilista la peinó y maquilló, vistiéndola con un deslumbrante vestido de novia blanco, sencillo pero de una elegancia sublime, que se aferraba a su cuerpo como una segunda piel.
El día de la boda, el escenario era idílico. Bajo un dosel de gasa blanca, con el sonido de las olas como sinfonía, Iván esperaba, impecable en un traje blanco de lino y su complexión poderosa. Claudia y Rodrigo, de pie como los únicos invitados, se mostraban como una pareja consolidada, un hecho que Ethel observó con asombro pero, en su nube de felicidad, decidió no cuestionar.
La ceremonia, oficiada por un juez de mirada comprensiva (y bien pagada), fue breve pero intensa. Cuando llegó el momento, Iván tomó las manos de Ethel y, mirándola a los ojos, dijo con una voz que temblaba de una emoción genuinamente perversa:
"Ethel, desde que tengo uso de razón, mi vida ha sido una búsqueda. De poder, de control, de fuerza. Pero en medio de esa tormenta, siempre estabas tú. Eres el único espejo en el que me he visto sin ver a un monstruo, sino a un hombre. Eres la calma en mi caos, la luz que da sentido a toda esta oscuridad. No te prometo un amor fácil, porque nuestro amor nunca lo será. Te prometo un amor tan vasto y profundo como este mar, un amor que trascenderá cada regla, cada límite, cada juicio. No seré solo tu esposo. Seré tu protector, tu cómplice, y el arquitecto de un mundo donde solo existamos tú y yo. Porque eres mía, Ethel. Y hoy, por fin, me entrego a ti por completo, para siempre."
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Ethel, limpias de toda duda, puras de felicidad. El beso que selló su unión no fue casto. Fue un beso de consumación, lento, profundo y cargado de la promesa de la noche que les esperaba. Al separarse, entre aplausos de Claudia y Rodrigo, Iván tomó a su esposa de la mano y, bajo la lluvia de pétalos que alguien lanzó, caminaron con paso firme rumbo a la suite nupcial, donde la luna sobre el mar sería testigo de la culminación de su retorcido y absoluto reinado.
No hubo fiesta de celebración. Tan pronto como el eco del "puede besar a la novia" se disipó sobre el rumor de las olas, Rodrigo y Claudia se despidieron con prisas, cargando con el peso de su complicidad. No había espacio para ellos en el paraíso privado que Iván había creado.
Él, tomando a Ethel de la mano, la guió directamente hacia la suite nupcial, un lujoso bungalow con vistas infinitas al océano. La puerta se cerró, aislando el mundo.
"Finalmente," susurró Iván, apoyando su frente contra la de ella. "Eres mi esposa."
"Y tú mi esposo," respondió Ethel, con una sonrisa que mezclaba nerviosismo y felicidad absoluta. "Es tan... increíble. Todo esto."
"Es solo el comienzo, mi amor," dijo él, llevándola hacia el centro de la habitación, donde una cama amplia estaba cubierta de pétalos. "Construiremos un imperio a nuestra imagen. Tendremos hijos fuertes, hermosos. Hijos que llevarán nuestro legado, nuestra sangre unida. Serán príncipes y princesas."
Ella rió, un sonido claro y alegre. "¿Y yo seré tu reina consorte?"
"Serás la reina, punto," afirmó él, con una intensidad que la hizo estremecer. "La única. La eterna."
Pasaron las primeras horas en un torbellino de juegos, risas y bromas íntimas. Se persiguieron por la suite, se contaron secretos infantiles a la luz de las velas, y se besaron con una mezcla de ternura y una lujuria que crecía con cada caricia. Sus manos exploraban, desvaneciendo la línea entre el cariño fraternal y el deseo conyugal, hasta que este último lo inundó todo.
Con una paciencia que Ethel no le conocía, Iván la desvistió lentamente, adorando cada centímetro de piel que descubría con sus labios y sus manos. Ella, embriagada por el amor y el deseo, respondió con una curiosidad audaz, explorando el paisaje de músculos duros y cicatrices antiguas de su cuerpo, maravillándose de la potencia que latía bajo sus palmas.
Pero cuando el momento crucial llegó, cuando él se posicionó entre sus piernas, la realidad de su tamaño descomunal golpeó a Ethel como un muro.
"Iván... espera," susurró, con un atisbo de pánico en los ojos.
"Confía en mí, princesa," murmuró él, acariciando su rostro. "Soy tuyo."
El dolor fue agudo, desgarrador, un fuego blanco que le arrancó un gemido ahogado y lágrimas que brotaron incontenibles. Iván se detuvo, conteniendo su impulso con un esfuerzo sobrehumano.
"Duele..." sollozó ella, clavando las uñas en sus brazos.
"Lo sé, mi amor, lo sé," susurró él, besando sus lágrimas. "Pero eres fuerte. Mi reina es fuerte. Aguanta por mí."
Y ella, con un amor tan vasto y ciego que trascendía el dolor, asintió. "Por ti... todo por ti."
Fue una prueba de resistencia. Él avanzó con una lentitud exquisita y tortuosa, sintiendo cómo su cuerpo virgen se abría para él, se ajustaba a su enormidad. Ethel resistió, mordiendo su labio hasta sangrar, ahogando los gritos en el hueco de su hombro. Quería estar a la altura de su hombría, de su amor. Se comportó como una reina en el lecho, aceptando el sacrificio como parte de su coronación.
Durante más de una hora, el ritmo del mar se mezcló con el de sus cuerpos. Un vaivén primitivo, posesivo, en el que Iván marcaba a su esposa con cada embestida, reclamando cada rincón de su ser. Ethel, una vez superado el umbral del dolor, comenzó a sentir destellos de un placer tan intenso que casi la asustaba, oleadas que se enredaban con la sensación de estar siendo poseída por completo.
Finalmente, con un rugido gutural que surgió desde lo más profundo de su ser, Iván se hundió en lo más hondo de su matriz y descargó su semen de manera salvaje, un torrente caliente que pareció querer fecundarla en ese mismo instante. Fue una posesión total, física y simbólica.
Por primera vez, Ethel sintió cómo esa vara de hierro, que había sido su tormento y su éxtasis, perdía su formidable rigidez y tamaño, derrotada por la propia satisfacción de su dueño. Iván se desplomó sobre ella, jadeante, cubierto de un sudor sagrado, y rodó a un lado, llevándola consigo en un abrazo.
Una paz absoluta, primitiva, lo inundó. Se sintió pleno, satisfecho como nunca en su vida. No era el vacío de después de Blanquita, sino una culminación.
Ethel, dolorida pero radiante de una felicidad extraña, se acurrucó contra su pecho. Lo besó suavemente en el cuello.
"Gracias," susurró, con una voz ronca por los gemidos y el llanto. "Por tratarme como una reina... por hacerme tu mujer."
Él la abrazó con fuerza, sellando su unión en el silencio de la noche.
"Y yo te prometo," continuó ella, trazando círculos en su pecho, "que no solo seré la mejor esposa. Seré la mejor madre para nuestros hijos. Criaré a los herederos de tu imperio con todo mi amor."
Iván no respondió con palabras. Solo la besó en la coronilla, sabiendo que había alcanzado la cúspide de su poder. Había conquistado su reino, y ahora yacía con su reina, su hermana, su esposa, la madre de su futura estirpe. El círculo se había cerrado. Su mundo, retorcido y perfecto, estaba completo.
El sol de la mañana siguiente encontró a Iván y Ethel entrelazados entre las sábanas de seda, los cuerpos relajados y satisfechos tras la intensa noche nupcial. Se despertaron con besos perezosos y la cálida luz bañando sus pieles desnudas.
Bajaron a desayunar tomados de la mano, con una complicidad nueva y palpable. Ethel, con un brillo especial en los ojos, se sentó junto a él, sus piernas rozándose bajo la mesa. Cada mirada, cada sonrisa, estaba cargada de un secreto íntimo y deliciosamente prohibido. Desayunaron como lo que ahora eran: marido y mujer, dueños de un mundo que habían redefinido a su medida.
Después, corrieron hacia el mar como dos niños, las olas espumosas rompiendo a sus pies. Iván la levantó en brazos con facilidad, haciendo girar su cuerpo mientras ella reía, una risa cristalina que se perdía en el rumor del océano. La besó, saboreando la sal en sus labios, sintiendo su cuerpo esbelto y confiado contra el suyo. Ethel no dejaba de sonreír, una felicidad tan pura y absoluta que, por un momento, pareció borrar toda la perversidad que había conducido hasta ese instante.
Pasó un momento de calma, sentados en la orilla, cuando Ethel, mirándolo fijamente con sus ojos oscuros que ahora brillaban con un fuego nuevo, le susurró: "Llévame a la habitación, Iván... Quiero sentirte dentro de mí nuevamente."
La orden, dicha con una mezcla de dulzura y lujuria, electrizó a Iván. Obediente y sumamente excitado, se levantó de un salto y, sin decir una palabra, la tomó en sus brazos y emprendió el camino de regreso a la suite, mientras ella enterraba su rostro en su cuello, riendo suavemente.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, Ethel tomó el control. "Acuéstate," le ordenó con una sonrisa pícara, empujándolo suavemente hacia la cama. Iván, que siempre había dictado cada movimiento, se dejó guiar, fascinado. "Aquí mando yo," declaró ella, subiéndose a él con una confianza que lo enloqueció.
Durante la siguiente hora, Ethel fue la arquitecta de su placer. Le marcó tres posiciones con una seguridad que dejó a Iván sin aliento. Primero, cabalgando sobre él, controlando el ritmo con sus caderas, su melena dorada cayendo como una cortina sobre sus rostros. Luego, pidiéndole que la tomara por detrás, de pie frente al espejo, para ver cómo sus cuerpos se fundían. Finalmente, tumbada sobre la cama, guiándolo sobre ella, sus piernas enlazadas alrededor de su cintura.
"Afuera de mi cama mandas tú, mi amor," le susurró al oído, clavándole las uñas suavemente en la espalda. "Pero aquí... aquí mando yo."
Esas palabras, esa muestra de dominio dentro de su propia fortaleza, fueron el detonante final. Iván, poseído por una energía sobrehumana, perdió todo control. Sus embestidas se volvieron más profundas, más urgentes, un ritmo primitivo y desesperado. Los gemidos de Ethel, antes contenidos, se transformaron en alaridos ensordecedores de placer, gritos que atravesaron las paredes de la suite y se perdieron en la brisa marina. Algunos de los pocos empleados del complejo, a distancia, se detuvieron un momento, intercambiando miradas de complicidad y sorpresa ante los sonidos de una pasión tan desinhibida.
Cuando la explosión final llegó, Iván se derrumbó sobre ella, vaciándose en su interior con un gruñido ronco que era pura rendición. Ethel, jadeante y cubierta de un brillo sudoroso, lo abrazó con fuerza.
Después, mientras yacían recuperando el aliento, Ethel posó una mano sobre su vientre bajo y dijo con una sonrisa soñadora y convencida: "Ya me siento embarazada, Iván. No sé por qué, pero siento que por lo menos traigo ya un hijo tuyo aquí dentro."
Iván rió, una risa profunda y satisfecha, y la besó con una ternura que nadie más en el mundo habría creído capaz de poseer. "Será el primero de muchos, mi reina," murmuró contra sus labios, sellando no solo su unión, sino el comienzo del linaje que tanto había anhelado. Ethel se durmió poco después, completamente satisfecha, anidada en los brazos del hombre que había reescrito las reglas del universo solo para poseerla.
La luna de miel fue un sueño prolongado de pasión y lujo. Iván y Ethel navegaron en un yate privado por aguas cristalinas, sintiendo la brisa salada en sus rostros mientras se amaban bajo las estrellas. Recorrieron selvas en cuatrimotos, riendo como adolescentes, el rugido de los motores ahogando sus gritos de alegría. En una de sus excursiones, visitaron a un anciano curandero en un pueblo costero. El hombre, de ojos nublados pero penetrantes, tomó la mano de Ethel y, después de un momento, afirmó con una sonrisa desdentada: "En tu matriz, niña, ya crece el fruto. Un heredero fuerte para tu hombre. Llevas un guerrero en el vientre."
La afirmación, aunque supersticiosa, electrizó a Ethel. "¿Lo ves, Iván? ¡Lo sabía!" Le brillaban los ojos, llenos de una emoción que rayaba en el éxtasis. La luna de miel, planeada para unos días, se alargó varias semanas. Estaban tan intoxicados el uno con el otro, tan satisfechos de su mundo aislado, que la realidad exterior parecía una intrusa. Fue allí, en ese paraíso, cuando la menstruación de Ethel no llegó. Un test de embarazo comprado en una farmacia de un pueblo pesquero confirmó lo que el curandero y su propio cuerpo le habían anunciado: estaba embarazada.
La alegría fue un torrente. Regresaron a casa de Rodrigo y Claudia, no como los amantes furtivos que se fueron, sino como una pareja consolidada, dueña de un secreto glorioso. Tan pronto como Claudia abrió la puerta, Ethel, sin poder contenerse, la abrazó con fuerza.
"¡Estoy embarazada, mamá! ¡Serás abuela...!"
Claudia lo sabía. Había visto la posesión en los ojos de su hijo, había escuchado su promesa perversa. Pero escuchar las palabras salir de la boca de su hija, sentir la realidad del hecho, fue un golpe distinto, más hondo de lo que esperaba. Una mezcla de resignación, de temor y de un amor maternal que se retorcía ante la situación. Miró a Iván, quien estaba de pie detrás de Ethel, con una sonrisa ancha y triunfal.
"Ya llegó el momento de ser abuela, suegrita," dijo él, y el título, usado con sorna, selló la grotesca realidad.
Esa noche, después de una cena "familiar" donde brindaron por el futuro heredero bajo miradas cargadas de significados ocultos, se quedaron a dormir. La casa estaba en silencio cuando, bien entrada la madrugada, Iván se despertó al escuchar un leve ruido en la planta baja. Se deslizó de la cama, cuidando de no despertar a Ethel, que dormía profundamente, y bajó las escaleras con sigilo.
Lo que encontró en la penumbra de la cocina lo dejó inmóvil. Allí, recostada contra la isla central, estaba Claudia. Llevaba puesto el mismo baby doll negro de encaje sedoso, tan breve y translúcido como la primera noche que se le ofreció a él. La tela, iluminada tenuemente por la luz de la luna que se filtraba por la ventana, insinuaba cada curva de su cuerpo aún esculpido. Era un espectro de su propia perdición.
"Iván," susurró ella, su voz un hilo cargado de nostalgia y deseo. "No puedo dormir... los recuerdos me persiguen. ¿Por qué no vienes y me haces vibrar una vez más?"
Iván sintió un impulso primario, un eco del monstruo que una vez fue. Pero entonces, la imagen de Ethel, de su vientre que llevaba a su hijo, lo ancló a la realidad. "No, Claudia," dijo, con una firmeza que sorprendió incluso a él mismo. "Eso se acabó. Tengo una esposa."
"¡Una esposa que es tu hermana!" replicó ella, con un dejo de amargura, acercándose. "¿Crees que eso te hace mejor que nosotros? Es solo otra regla que rompes. Una noche, Iván. Solo una. Ella nunca lo sabrá." Su mano, temblorosa, buscó la de él.
Él retiró la mano. "No. Lo sabría yo. Y ella se merece más que eso." Dio media vuelta para irse, decidido a regresar al calor de su cama, al lado de su mujer.
Al verlo marcharse, la fachada de seducción de Claudia se quebró. Un sollozo seco y desgarrado escapó de su garganta. "¡Por favor, Iván!" su voz se quebró, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. "Fui tuya primero... Te di todo... mi cuerpo, mi dignidad, incluso te entregué a tu propia hermana para protegerla de ti... ¿Y ahora soy nada? ¿Solo la 'suegrita'?" Se desplomó contra la isla de la cocina, llorando con un dolor profundo y auténtico, el dolor de una mujer que había perdido todo, incluso su propia moral, en el altar de la lujuria de su hijo.
Iván se detuvo en seco. El sonido de su llanto, tan diferente a su usual compostura, lo atravesó. A pesar de todo, era su madre. Regresó lentamente y se acercó a ella. No la tocó, pero su presencia era un bálsamo incómodo.
"Claudia," dijo, su voz más suave. "No eres nada. Eres la abuela de mi hijo. Eso es lo que somos ahora. Lo otro... lo otro fue un infierno del que ambos salimos. O al menos, del que yo salí." La miró, viendo a la mujer destrozada que yacía bajo la ex reina de belleza. "Ahora, lo correcto es estar con Ethel."
Claudia lo miró entre lágrimas, sin entender completamente al hombre que tenía frente a sí. Ya no era solo el semental insaciable, ni el hijo posesivo. Había algo más, algo aterradoramente parecido a la lealtad, por retorcida que fuera. Y en ese momento, comprendió que su papel en su vida había cambiado para siempre.
Mientras Iván intentaba consolar a Claudia en la cocina, una sombra se deslizaba con sigilo por el pasillo oscuro. Don Rodrigo, completamente desnudo, su cuerpo anciano pero aún fornido, se coló en la habitación donde Ethel dormía profundamente. Su verga, erecta y gruesa, brillaba bajo la tenue luz, lubricada con un gel frío que le cubría hasta los testículos, dándole un aspecto grotescamente resbaladizo.
Se detuvo al pie de la cama, jadeando levemente, devorando con la mirada la figura cubierta por una sábana. "No sabes lo mucho que me excitas, nietecita hermosa," susurró con voz ronca y llena de lujuria. "Tener a tu madre ha sido un regalo de la vida... pero tenerte a ti será algo incluso más grande. La flor más joven y fresca del jardín."
Avanzó despacio, y con un movimiento cuidadoso pero decidido, retiró la sábana que cubría a Ethel. Su cuerpazo desnudo yació expuesto a la luz de la luna: la piel suave y pálida, las curvas suaves de sus caderas, el vientre aún plano que guardaba el secreto de su embarazo, y los pechos firmes que se elevaban con cada respiración tranquila. La visión hizo que la verga de Rodrigo pulsara con fuerza, la excitación corriendo como fuego por sus venas.
Sin perder un segundo, se subió a la cama con la agilidad de un depredador. Se abrió camino entre sus piernas, su peso comenzando a hundir el colchón. Ethel, sumida en un sueño profundo, comenzó a despertar con la sensación de un cuerpo sobre el suyo. Confundida, aún en la bruma del sueño, susurró con voz soñolienta y sensual: "Eres insaciable, mi amor..."
Don Rodrigo, aprovechando la confusión, bajó su rostro y buscó sus labios. Ethel, creyendo que era Iván, correspondió el beso. Sus labios se encontraron, pero la textura era diferente, más áspera, el sabor a tabaco y alcohol, la barba más gruesa. Una punzada de confusión atravesó su somnolencia, pero antes de que pudiera reaccionar, sintió la presión de algo grande y frío en su entrada. Era la punta de la verga de Rodrigo, empapada en lubricante, que comenzaba a forzar su ingreso.
Fue entonces cuando sus ojos se abrieron de par en par. En la penumbra, no vio el rostro anguloso y guapo de su esposo, sino el rostro curtido y los ojos llenos de avaricia lasciva de su abuelo.
"¡No...!" logró gritar, pero fue demasiado tarde.
Con un empujón brutal, Don Rodrigo le clavó toda su verga de una sola embestida, hasta que sus testículos golpearon contra sus nalgas. Un dolor desgarrador y una violación absoluta la atravesaron. Ethel gritó, un sonido ahogado por la boca de Rodrigo, que volvió a cubrir la suya con un beso forzado y húmedo, metiendo su lengua mientras comenzaba a bombearla con una pasión enfermiza.
"Shhh, tranquila, mi niña... disfrútalo," gruñía él entre gemidos roncos, sus caderas moviéndose con una energía renovada. La cabecera de la cama, antigua y de madera, comenzó a golpear contra la pared con un ritmo frenético y ensordecedor. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Abajo, en la cocina, Iván giró la cabeza al escuchar el ruido. "¿Qué fue eso?"
Claudia, que había orquestado toda esta venganza para castigar a su hijo por venderla a su propio padre, inmediatamente fingió un sollozo más desgarrador, agarrándole el brazo. "¡Es mi culpa! ¡Todo es mi culpa! ¡Soy una mala madre, una pecadora!" Su llanto, falso pero convincente, distrajo a Iván, quien, con el ceño fruncido pero la atención dividida, se volvió hacia ella, ignorando los gritos ahogados y el sonido de la cabecera que delataban la violación que ocurría arriba.
El placer de Don Rodrigo era monumental, un éxtasis de conquista y perversión. Después de unos minutos de embestidas salvajes, con los gemidos de agonía de Ethel mezclándose con sus propios gruñidos de satisfacción, no pudo contenerse más. Con un rugido ahogado, se vació dentro de ella, su semen mezclándose grotescamente con el lubricante y la violación.
Yació sobre su cuerpo rendido, jadeando. Ethel, paralizada por el dolor y el trauma, lloraba en silencio, las lágrimas recorriendo sus sienes. Él la besó en el cuello, con una posesión repulsiva.
Al ver que Iván aún no regresaba, una idea aún más perversa cruzó la mente de Don Rodrigo. Miró hacia las nalgas pálidas de Ethel, aún marcadas por el forcejeo.
"Tendré tiempo para darle también por el culo?" pensó, lamiéndose los labios mentalmente. "Después de todo... esta hembra ya está domadita. Y quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad así."
La lujuria, una vez liberada, no conocía límites. Y en la oscuridad de la habitación, con el silencio cómplice de Claudia abajo, la pesadilla de Ethel estaba lejos de terminar.
El silencio en la cocina se quebró de nuevo, pero esta vez con un sonido distinto, más sordo y repetitivo. ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Provenía de arriba, del cuarto de Ethel. Iván se puso tenso, el instinto de protector encendiéndose como una alarma.
"¿Qué es ese ruido?" preguntó, desprendiéndose del débil agarre de Claudia.
"¡No, hijo, espera!" ella suplicó, con un llanto ahora forzado que sonaba estridente. "¡Son los nervios! ¡Tal vez Ethel está teniendo una pesadilla por el embarazo!" Su intento de distracción era desesperado, pero la semilla de la duda estaba plantada.
Arriba, la pesadilla era tangible. Don Rodrigo, lejos de sentirse satisfecho, contemplaba el cuerpo pálido y tembloroso de Ethel con una nueva y repulsiva avaricia. Sus ojos se posaron en las nalgas perfectas y redondeadas de la joven, aún marcadas por el rojo de sus manos ásperas.
"Tendré tiempo para darle también por el culo?" pensó, una sonrisa torcida y hambrienta estirándole los labios. "Después de todo... esta hembra ya está domadita. Y quién sabe cuándo volveré a tener una oportunidad así."
Sin perder un segundo, movió el cuerpo semiconsciente de Ethel, colocándola sobre sus manos y rodillas. Ella, sumida en un estado de shock, apenas ofreció resistencia, sus sollozos eran los únicos sonidos que emitía. Rodrigo, con manos temblorosas de excitación, se colocó detrás, su verga, aún medio erecta y cubierta de una mezcla nauseabunda de lubricante y sus propios fluidos, buscó la entrada virgen y apretada.
"Ahora, mi nieta bella, un regalito más para la despedida," gruñó, y con una embestida brutal, le desfloró el ano.
Ethel gritó, un sonido agudo y desgarrador que esta vez sí logró traspasar las paredes. Un dolor insoportable, diferente al primero pero igual de violatorio, la hizo arquearse.
Rodrigo, sintiendo la estrechez extrema, soltó una carcajada ronca de asombro y lujuria. "¡No puedo creer que el pendejo de Iván no haya probado en su luna de miel tan exquisita pieza!" jadeó, comenzando a moverse con fuerza, cada embestida un acto de profanación. "¡No puedo creer qué suerte tan grande tengo! ¡El mejor culo que he visto en mi vida... y es mío...! ¡Mío!"
La violación anal fue tan salvaje como la primera. Rodrigo, poseído por una energía sádica, la usó sin piedad, hasta que, con otro rugido gutural, se vació por segunda vez dentro de ella, llenando su recto con su semen.
Jadeante y sudoroso, se retiró. Observó con satisfacción cómo su semen escurría del ano ahora rojo e inflamado de Ethel. Se inclinó y le besó una nalga con posesión repulsiva. Luego, tomó su rostro bañado en lágrimas y le dio un beso húmedo y forzado en la boca.
"Buenas noches, mi vida," le susurró con un cinismo absoluto. "Gracias por tan rica cogida."
Se vistió rápidamente y salió de la habitación, sintiéndose el rey del mundo. Pero su triunfo fue efímero. Al abrir la puerta, se encontró de frente con Iván, que acababa de subir las escaleras de dos en dos, impulsado por el grito desgarrador de su esposa.
Iván lo miró. Vio su desnudez, el brillo del sudor en su piel, la expresión de lujuria satisfecha. Luego, su mirada se desvió hacia el interior de la habitación, donde Ethel yacía en la cama, temblando, las sábanas manchadas, su cuerpo expuesto y violado.
Un rugido de pura y primitiva furia estalló del pecho de Iván. "¡¡RODRIGO!!"
Don Rodrigo, viendo la muerte en los ojos de su nieto, no esperó a más. Con una agilidad que no parecía posible, giró y corrió hacia las escaleras, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Iván entró corriendo a la habitación. Al ver a Ethel, el dolor y la rabia lo doblaron. La cubrió con las sábanas y la abrazó, sintiendo cómo su cuerpo entero temblaba de manera incontrolable. "Ethel... mi amor... lo siento, lo siento mucho," murmuraba, pero las palabras eran inútiles.
Fue entonces cuando su mirada cayó sobre un papel doblado en la mesa de noche, junto a una llave. Con una mano temblorosa, lo tomó. Era la letra de Claudia.
Para que aprendas a jugar sucio, hijo mío. Bendiciones.
La verdad, fría y cruel, lo golpeó. Su madre había orquestado todo. Su entrega a su abuelo y luego el rechazo había desencadenado una venganza calculada para herirlo en lo único que ahora le importaba: Ethel.
El dolor se transformó en una fría y absoluta determinación. La había subestimado. Ya no. Ahora, las reglas del juego habían cambiado para siempre. El monstruo que había enterrado por Ethel despertó, pero esta vez, no sería un torpe semental. Sería un verdugo. Y Claudia y Rodrigo aprenderían que jugar con su reina tenía un precio que pagarían con sangre.
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