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El Casado y La Puta

El Casado y La Puta

Él se llamaba Mauricio, 42 años, vendedor estrella en una empresa de tecnología. Casado hacía más de quince años, con una vida familiar rutinaria, hijos en la escuela y una esposa que se había vuelto más madre que amante. Siempre correcto, trabajador, sin un solo escándalo. Hasta que la vio.

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En la sala de exhibiciones de un evento corporativo estaba ella, Valeria, presentándose como promotora. Vestía un enterizo blanco de tela brillante, tan ajustado que parecía pintado en su piel, marcando cada curva de su cuerpo. Su figura alta, sus pechos firmes y redondos bajo la tela estirada, sus nalgas que parecían invitar a ser sujetadas con fuerza… él no podía dejar de mirarla.

Ella lo notó. Estaba acostumbrada a las miradas masculinas, pero había algo en la de Mauricio: mezcla de deseo reprimido y prohibición. Sonrió apenas, como jugando, mientras se inclinaba para mostrar el producto que promocionaba. Ese gesto bastó para que él sintiera un cosquilleo recorrerle la espalda.

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—¿Le interesa ver más de cerca el equipo? —preguntó ella, pero con esa voz cargada de doble sentido.

—Claro… —respondió él, tragando saliva, aunque ni siquiera recordaba de qué producto hablaban.

Durante todo el evento, Mauricio buscó excusas para acercarse a su stand. Ella lo provocaba con miradas, con ese leve mordisco de labios, con la manera en que arqueaba la espalda.

Al despedirse, le deslizó una tarjeta en la mano. No era la de la empresa, era otra:

“Valeria – experiencias exclusivas. Escríbeme.”

El corazón de Mauricio latió con fuerza. Guardó la tarjeta en el bolsillo interior del saco, como si fuera un secreto peligroso. Esa noche en la cama, mientras su esposa dormía de espaldas, él pensaba en el enterizo blanco, en esos labios, en la tarjeta que ardía como fuego en su chaqueta.

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Sabía que debía olvidarla… pero también sabía que no lo haría.

Mauricio llegó al hotel con el corazón desbocado. El lugar era discreto, sin lujos innecesarios, diseñado para encuentros que nadie debía conocer. En la recepción, ella lo esperaba, vestida con un abrigo largo que apenas ocultaba la silueta perfecta que lo había enloquecido en el evento.

Cuando entraron a la habitación, él intentó romper el silencio:

—No esperaba… que te dedicaras a esto.

Valeria lo miró, con una sonrisa cargada de picardía, mientras dejaba caer el abrigo, revelando un conjunto de lencería negra de encaje que apenas cubría lo esencial.

—Es que me gusta dar y recibir placer, Mauricio —dijo con voz lenta, arrastrando las palabras—. Se notaba en tus ojos, en el evento… te quedaste con ganas de mí. Y yo también me quedé con ganas de verte perder el control. Así que dime… ¿qué quieres hacerme?

Él la tragó de golpe, incapaz de pensar con claridad.

—Quiero… quiero verte desnuda.

Ella sonrió, y sin vergüenza alguna se deshizo del encaje, liberando esas tetas redondas y firmes, ese cuerpo de diosa. Dio un paso adelante, acercando sus labios a los suyos, y susurró:

—No pienses en lo que hay afuera… este momento es tuyo. Solo tuyo.

El beso fue profundo, húmedo, con lengua y mordiscos suaves que lo dejaba sin aire. Mientras lo besaba, sus manos bajaron a desabrocharle la camisa, acariciando su torso. Luego se deslizó hasta su pantalón, liberando su pija que ya estaba dura.

Valeria lo agarró con firmeza, masturbándolo lento al principio, para luego inclinarse y mamarlo con avidez, chupando cada centímetro, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Mauricio gemía sin poder creer que estaba allí, entregado a esa mujer que lo devoraba como si lo conociera de siempre.

—Dios, Valeria… —jadeó él, pero ella solo lo calló metiéndoselo más profundo en la boca, hasta que lo sintió temblar.

Entonces lo empujó con suavidad hacia la cama. Lo desnudó por completo, se subió encima de él, y lo montó, hundiéndose la concha en su dureza con un gemido que lo enloqueció.

Mauricio le sujetaba las tetas, apretando, besándolas, chupándolas con desesperación. Ella rebotaba fuerte sobre él, su cabello suelto cayendo como una cortina oscura sobre su rostro. Cada embestida hacía temblar el colchón, cada gemido de ella le perforaba el alma.

Finalmente, Valeria se inclinó hacia adelante, apoyándose en su pecho, pegada a su boca, cabalgándolo más rápido, hasta que los dos explotaron en un gemido ahogado, quedando ella tendida sobre él, jadeando, con sus pezones húmedos rozando su piel.

En ese instante, Mauricio comprendió que había cruzado una línea de la que ya no habría vuelta atrás.

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Valeria respiraba agitada, aún con las mejillas encendidas, cuando se apartó de Mauricio. Creyó que todo había terminado. Sonrió satisfecha, se levantó de la cama y empezó a recoger su ropa esparcida por el suelo. Se inclinó para buscar su tanga y, en ese ángulo perfecto, su trasero redondo quedó expuesto frente a él.

Mauricio la observó, con el deseo ardiendo otra vez. Sintió que su pija, aún húmeda, volvía a endurecerse. Se levantó despacio, se acercó por detrás, y la sujetó con fuerza de la cintura.

—No… todavía no hemos acabado —le murmuró con la voz grave—. Tengo que metértelo de nuevo.

Antes de que pudiera responder, la empujó suavemente contra un mueble, haciéndola apoyarse con las manos. La metió la pija en su concha, desde atrás, de pie, con un gemido ronco que se mezcló con el de ella. Valeria arqueó la espalda y soltó un suspiro ahogado:

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—¡Mmmhh… Mauricio! —gimió, apretando el mueble mientras él la embestía sin descanso.

El sonido húmedo de él golpeando sus nalgas llenó la habitación. Él la tomó del cabello, tirándola hacia atrás, tocandole las tetas, mordiendo su cuello mientras la hacía suya una y otra vez.

—Dios… cómo me gusta cogerte así —susurraba entre dientes.

Después de unos minutos la alzó en brazos, con una fuerza que la sorprendió, y la llevó de nuevo hasta la cama. La tiró sobre las sábanas, se subió encima de ella, la penetró y comenzó a embestirla con más fuerza, con la mirada fija en sus ojos.

Valeria gemía con la boca abierta, uñas clavadas en su espalda, las piernas enredadas en su cintura.

—Wow, Mauricio… eres un potro… —jadeó entre gemidos—. ¡Y me encanta!

Él aceleró, hundiéndose más y más, hasta que los dos se perdieron en un clímax brutal. Mauricio terminó dentro de ella con un gruñido profundo, descargándose en oleadas calientes que la hicieron estremecer.

Los dos quedaron jadeando, sudorosos, pegados piel con piel, sabiendo que aquello no sería la última vez.

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Era otro día en la empresa. Mauricio estaba concentrado en cerrar un trato cuando la vio acercarse por el pasillo. Valeria caminaba con esa seguridad provocadora que lo volvía loco, el enterizo ajustado resaltando cada curva de su cuerpo. Se detuvo frente a él y, con una sonrisa traviesa, le susurró al oído:

—¿Otro revolcón al terminar hoy, Mauricio?

El corazón de Mauricio dio un vuelco. Trató de contenerse, pero sus manos temblaban y su respiración se aceleró. La oficina parecía desvanecerse a su alrededor, dejando solo el calor que emanaba de Valeria.

—No… no deberíamos —dijo, intentando sonar firme, aunque la voz le temblaba.

—Oh, vamos —dijo ella, inclinándose para rozarle el pecho con los labios—. Solo esta vez, nadie nos verá… nadie nos escuchará.

No hubo necesidad de más palabras. Cuando la oficina quedó vacía, ella lo arrastró hasta una pequeña sala de reuniones, cerrando la puerta con seguro. Apenas entraron, lo besó con hambre, mordiendo su labio inferior mientras se deslizaba contra él.

—Así me gusta, mi casado travieso —susurró—. Ahora eres mío.

Lo desnuda lentamente, jugando con cada botón, cada hebilla, hasta que ambos quedaron completamente desnudos, piel contra piel. Se lanzó sobre él, chupándole los pechos mientras con una mano acariciaba su pene duro, haciéndolo gemir sin control.

Mauricio la sujetaba por la cintura, hundiéndola contra él mientras ella lo montaba, rebotando su pija, pegando sus pechos al suyo, sus gemidos llenando la sala cerrada.

—Dios, Valeria… —jadeó—. No puedo resistirme.

Ella sonrió con malicia, arqueando la espalda y empujándolo hacia dentro mientras lo cabalgaba con fuerza, tirándole del cabello y mirándolo fijamente. Luego, se inclinó en cuatro, recibiendo cada embestida de él con gemidos sucios. Mientras él hablaba en su oído con voz ronca:

—Eres mía, putita… sólo mía…

Valeria gimió, entregándose completamente a la brutalidad de su control, y finalmente, Mauricio se corrió dentro de ella con un gruñido profundo, sintiendo cómo el placer los consumía a ambos.

Quedaron ahí, jadeando, cuerpos pegados, sudorosos, sabiendo que cada encuentro los hacía cada vez más adictos el uno al otro, y que ninguno de los dos podría detenerse.

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Mauricio no podía concentrarse en nada ese día. Cada pensamiento lo llevaba de regreso a Valeria, al enterizo blanco que le abrazaba las curvas como una segunda piel. Esa tarde, la vio cruzar la oficina con pasos provocadores, como si el mundo entero girara a su alrededor.

Ella se detuvo frente a él, sonriendo con malicia, y comenzó a contonearse lentamente, moviendo las caderas, arqueando la espalda, dejando que él la admirara con la boca seca. Sus labios se fruncían en gestos obscenos, mordiendo la comisura con descaro, mirándolo con esos ojos que sabían exactamente lo que él quería, lo que él deseaba.

—¿Te gusta, Mauricio? —susurró, inclinándose hacia él—. Mira cómo juego contigo.

Él sintió que el deseo le quemaba la garganta. Apenas alcanzaba a respirar. Cuando el momento parecía imposible de soportar, ella lo tomó de la camisa y lo arrastró hacia un rincón, apretándolo contra su cuerpo mientras jugaban con la respiración y la tensión, rozándose piel con piel.

El sonido de pasos en el pasillo los hizo detenerse. Mauricio tembló, casi sobresaltado.

—Ve con tu esposa… —le susurró Valeria en el oído, con voz ronca y juguetona—. Luego vemos…

Esa noche, en la privacidad de su casa, mientras su esposa dormía, Mauricio recibió un mensaje que le heló la sangre y encendió su imaginación al mismo tiempo. Una foto de Valeria desnuda, abierta de piernas, con la concha expuesta, y un texto provocador:

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"Para que pienses en mí… mañana, en el mismo hotel."

Mauricio se quedó paralizado, con la pija dura y el corazón latiendo como un tambor. Sabía que no había escapatoria: Valeria no solo lo había poseído físicamente, sino que ahora lo dominaba mentalmente, jugando con su culpa y su deseo, haciendo imposible resistirse a ella.

Y él… estaba completamente a su merced.

Mauricio llegó al hotel con la adrenalina al máximo. La foto de Valeria y sus provocaciones durante el día lo habían dejado consumido por la necesidad. Apenas abrió la puerta, ella apareció con esa sonrisa traviesa que lo volvía loco, el enterizo ceñido como si estuviera pintado en su piel.

—Vamos, … —susurró Valeria, con voz ronca y maliciosa—. No dejes a esta puta con las ganas.

Antes de que Mauricio pudiera reaccionar, ella se acercó, lo besó con intensidad y se inclinó para mamarlo, tomando su pija con firmeza mientras él gemía, sin control, sintiendo que cada embestida de sus manos y labios lo hacía arder más.

Luego, lo guió hasta un sillón, se sentó, y lo obligó a lamerla, deslizando su lengua por su vagina húmeda, jugando con cada centímetro de su cuerpo mientras él se entregaba completamente.

—Eso, chupame la concha… eres mío esta noche —dijo ella, arqueando la espalda y mirándolo con ojos ardientes—. Y ahora, súbete encima.

Mauricio la montó, le metió la pija en la concha, embistiéndo su pelvis, mientras Valeria gemía y lo incitaba con palabras sucias:

—Sí, así… cogeme…, quién es tu puta favorita… ¿soy yo, verdad?

El jadeo y los gemidos llenaban la habitación. Valeria, siempre dominante, giró y se puso en cuatro, arqueando la espalda, ofreciéndole su trasero.

—¿Querés por ahí ? —preguntó con voz provocadora.

Mauricio asintió sin poder hablar, ansioso y excitado. Con un gruñido, la penetró por el culo, tirándole suavemente del cabello y embistiéndola con fuerza, mientras ella gemía, arqueando el cuerpo con cada embestida.

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Finalmente, Valeria lo hizo derramarse sobre sus tetas, jadeando, sudorosa, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Quedaron abrazados, cuerpos pegados, con la certeza de que aquel encuentro los había marcado para siempre: ella lo había dominado física y mentalmente, dejándolo completamente rendido a sus deseos.

Los días siguientes fueron un caos para Mauricio. Cada pensamiento, cada gesto, cada momento lo llevaba a Valeria. En el trabajo, en la casa, incluso frente a su esposa, la imagen de esa mujer dominante y provocadora lo devoraba desde dentro. Sus decisiones, antes calculadas y firmes, empezaban a tambalear.

Una noche, mientras hablaban por teléfono después de un encuentro salvaje en el hotel, Mauricio confesó con voz ronca, cargada de deseo y frustración:

—Valeria… no me importa perder mi familia, si te quedás conmigo. No puedo dejar de pensarte…

Del otro lado, ella respiró hondo, controlando la risa y el impulso de morderlo a través de la línea. Cuando lo vio días después, en persona, le dio un bofetón seco, firme, que lo sacudió de la cabeza a los pies.

—¡Mauricio! —dijo, mirándolo directamente a los ojos—. ¡Piensa con la cabeza y no con la pija!

Él bajó la mirada, avergonzado, pero incapaz de contener el deseo que todavía ardía en su interior.

—Soy una puta —continuó ella, con tono firme—. No voy a cambiar. No podés dejar que esto destruya tu matrimonio. Yo soy… solo una aventura pasajera.

Mauricio tragó saliva, sintiendo la mezcla de deseo y culpa ardiendo en su pecho.

—Disfruta el momento, Mauricio —dijo Valeria suavizando el tono—. Jugá conmigo mientras podamos… pero no descuides tu vida, tu familia.

No dejes caer todo por este fuego que sentís por mí.

Él cerró los ojos, sintiendo cómo la mezcla de excitación y remordimiento lo paralizaba. Sabía que Valeria tenía razón, pero también sabía que cada encuentro lo dejaba más dependiente, más obsesionado. Su mente decía “cuidado”, pero su cuerpo gritaba “necesito más de ella”.

El contrato de Valeria con la empresa había terminado. Ya no habría más promociones, más eventos, ni excusas para verse en la oficina. Mauricio sentía un vacío extraño, mezcla de deseo y nostalgia. Durante semanas, la pasión los había consumido, llevándolo a lugares que jamás imaginó, y ahora, todo parecía llegar a su fin.

Ella apareció en la habitación del hotel, impecable, con el enterizo que tantas fantasías le había provocado.

Lo miró con esa sonrisa provocadora y susurró:

—Espero que te haya gustado todo, Mauricio. —Hizo una pausa, dejándole ver sus curvas—. Tenés mi tarjeta. Si algún día tenés deseos… me llamas.

Él tragó saliva, con la boca seca, temblando de anticipación y tristeza al mismo tiempo.

—Pero antes… —continuó Valeria—, te daré una última cogida. Para despedirnos como se debe.

Mauricio la miró con una mezcla de ansiedad y lujuria. Ella se acercó lentamente, lo besó con suavidad primero, luego con más hambre, acariciándolo, excitándolo como siempre. Lo tumbó sobre la cama, se subió encima y comenzó a montarlo, pegando sus tetas contra su pecho, respirando jadeante, el se subió encima y le metió la pija en la concha cogiendola intensamente.

—Disfrutá esto, Mauricio —murmuró con voz ronca—. Porque es el último.

Se giró y se subió encima, deslizó su concha sobre la pija y comenzó a cabalgarlo con fuerza.

—Recordá bien que soy una puta… —susurró—. Esto es lo que sos cuando estás conmigo, y nunca lo olvides.

Finalmente, lo dejó correrse dentro de ella, jadeando juntos, cuerpos pegados, sudorosos, con la certeza de que lo que vivieron fue intenso, prohibido y único.

Se recostaron abrazados unos segundos, hasta que Valeria se apartó, se vistió lentamente, mirándolo con ternura y picardía.

—Ahora… —dijo, acariciando su mejilla—. Ve con tu esposa y sé feliz.

Mauricio se quedó allí, desnudo y exhausto, con el corazón latiendo a mil por hora. Sabía que aquel capítulo de su vida había terminado, pero también que nunca olvidaría a Valeria, la mujer que lo había dominado, seducido y hecho perder la cabeza como nadie más jamás podría.

Con un último beso en la frente, ella se marchó, dejándolo solo, con el deseo aún ardiendo y la memoria de un fuego imposible de apagar.

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