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La mamá milf de mi amigo parte 2

Hola a todos, aquí les presento la parte dos y final, seguiremos contando historias, así que no se lo pierdan

Una tarde ardiente en la casa de los Martínez se vuelve inolvidable cuando Claudia, Daniel y su amiga cruzan límites en un juego de deseo, celos y poder que redefine su relación para siempre.

El sol de la tarde se colaba entre las rendijas de las cortinas del vestíbulo de los Martínez, dibujando franjas doradas sobre el suelo de madera pulida. El aire olía a jazmín, el perfume que Claudia siempre usaba, mezclado con el sudor fresco de Daniel, cuyo torso, aún ligeramente enrojecido por el esfuerzo de haberla empujado contra la pared minutos antes, brillaba bajo la luz filtrada. Ella lo observaba con una sonrisa que no era dulce, sino carnal, los labios pintados de un rojo oscuro que contrastaba con el blanco de sus dientes cuando los hundió levemente en el lóbulo de su oreja.

—Ya está aquí —susurró Claudia, su aliento caliente rozando la piel de Daniel mientras sus pechos, firmes pese a sus cuarenta y dos años, se apretaban contra su torso—. En la habitación. Esperándonos.
La palabra "nosotros" resonó en su mente como un desafío. Daniel sintió cómo el deseo, ya intenso, se mezclaba con un punzante brote de celos. ¿Cuántas veces habría fantaseado con esto? Con Claudia, sí, pero también con la idea de verla compartirse, de sentir que, aunque otras manos la tocaran, al final sería él quien la poseyera. Sus dedos se hundieron en la carne generosa de sus nalgas, apretando con una fuerza que la hizo gemir contra su boca.

—Joder, Claudia… —gruñó, empujándola contra la pared con más ímpetu—. ¿Quieres que me la folle a ella también?

Claudia rio, un sonido bajo y ronco, mientras enredaba una pierna alrededor de su cadera, abriéndose para él sin pudor. La falda se le subió, dejando al descubierto el encaje negro de sus bragas, ya húmedas, el algodón pegado a los labios de su coño.

—Solo si me demuestras que puedes con las dos —desafió, mordiéndole el labio inferior antes de dejar que su mano se deslizara entre ellos, rozando el bulto duro de su polla a través del jean—. Pero primero… —sus dedos se enredaron en su cinturón, tirando de él con urgencia—, demuéstrame que recuerdas cómo me gusta

No tuvo que decir más. Daniel la levantó con facilidad, apoyando su peso contra la pared mientras sus labios se estrellaban contra los de ella en un beso que sabía a posesión, a marca. Sus dedos no tardaron en encontrar el camino bajo la tela de sus bragas, hundiéndose en su calor resbaladizo. Claudia jadeó, arqueándose, sus uñas clavándose en sus hombros cuando él comenzó a frotar su clítoris con movimientos circulares, lentos y deliberados, como si quisiera torturarla.

—Así, maldita sea… —gimió ella, su cadera moviéndose al ritmo que él imponía—. Justo ahí, no pares…

Pero entonces, el crujido de la puerta al abrirse los interrumpió.

Ambos giraron la cabeza al unísono. En el umbral de la habitación principal, iluminada solo por la tenue luz de una lámpara de mesa, estaba ella: la amiga de Claudia. No llevaba más que una bata de seda semiabierta, que dejaba poco a la imaginación. Su piel, más clara que la de Claudia, brillaba bajo la penumbra, y sus labios, pintados de un tono cereza, se curvaron en una sonrisa que era pura provocación.

Vaya —murmuró la mujer, cruzando los brazos bajo sus pechos, levantándolos ligeramente—. Parece que la fiesta ya empezó sin mí.

Daniel sintió cómo el deseo le quemaba las venas. No apartó la mano del coño de Claudia, pero sus ojos no se movieron de la recién llegada. Era más joven que Claudia, quizá de su misma edad, pero había algo en su mirada—una confianza fría, calculadora—que lo desafiaba.

—Ven aquí —ordenó, su voz áspera, mientras con la otra mano agarró a Claudia del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello a su boca—. Si quieres jugar, juega.

Claudia no protestó. Al contrario, se retorció contra su mano, sus gemidos volviéndose más altos cuando la amiga se acercó, sus pasos lentos, deliberados, como los de una depredadora. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Daniel la agarró del brazo y la estrelló contra ellos, uniendo sus bocas en un beso que era más una declaración de guerra que de pasión. Tres lenguas se enredaron, dientes chocando, saliva mezclándose, mientras las manos de Claudia se perdían bajo la camisa de Daniel, arañando su espalda.

Quiero ver cómo te la comes —susurró la amiga contra sus labios, antes de hundirse de rodillas frente a él, sus dedos ágiles desabrochando su cinturón—. Pero primero… —tiró de su boxer hacia abajo, liberando su polla, ya dura y palpitante, gotas de pre-semen brillando en la punta—, déjame probar lo que tanto le gusta a tu dueña.

La palabra lo encendió. Daniel miró a Claudia, cuyos ojos ardían con una mezcla de lujuria y algo más oscuro—celos. Pero no dijo nada. Solo asintió, su mano aún entre las piernas de Claudia, frotando su clítoris hinchado mientras observaba cómo la amiga envolvía sus labios alrededor de su glandes, su lengua trazando círculos antes de hundirse, tragándoselo hasta la garganta.

—¡Mierda! —Daniel gruñó, sus caderas empujando hacia adelante sin poder evitarlo. La boca de la amiga era cálida, húmeda, sus labios apretándose alrededor de su base mientras sus manos masajeaban sus bolas—. Así, puta… chupa bien fuerte.

Claudia no se quedó atrás. Con un movimiento rápido, se deshizo de su falda, dejando al descubierto sus muslos gruesos y su coño, ya brillante de excitación. Se subió a la mesa auxilar junto a ellos, separando las piernas en una invitación silenciosa.
Ahora me tocas a mí —exigió, sus dedos hundiéndose en su propio sexo, mostrando lo empapada que estaba—. O ¿es que prefieres que ella se lo trague todo?

Daniel no necesitaba más incentivo. Con un gruñido, agarró a la amiga del cabello y la levantó, empujándola contra Claudia. Las dos mujeres chocaron, sus pechos aplastándose el uno contra el otro, sus bocas encontrándose en un beso que era todo dientes y lengua. Mientras tanto, Daniel se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso musculoso, y se acercó a ellas, su polla aún húmeda de saliva, palpitando con necesidad.

—Las dos —declaró, agarrando a Claudia de la cintura y tirándola hacia el borde de la mesa—. Ahora.

No hubo más palabras. La amiga se subió a la mesa junto a Claudia, y entre las dos lo arrastraron hacia ellas, sus manos explorando su cuerpo, sus bocas alternando entre besarlo y lamerse mutuamente. Daniel no podía decidir dónde mirar—el coño depilado y brillante de la amiga, o el vello oscuro y rizado de Claudia, ya empapado, sus labios hinchados de deseo.

Decidió no elegir.

Con un movimiento brusco, empujó a Claudia hacia atrás, haciendo que se recostara sobre la mesa, sus piernas colgando abiertas. La amiga no perdió tiempo: se colocó entre ellas, su boca descendiendo sobre el coño de Claudia mientras sus dedos se hundían en su propio sexo. Daniel observó, fascinado, cómo la lengua de la mujer trazaba círculos alrededor del clítoris de Claudia, cómo esta última se arqueaba, sus gemidos ahogados cuando él finalmente se colocó detrás de la amiga, alineando su polla con su entrada resbaladiza.

—¡Dámelo! —suplicó la amiga, mirando por encima de su hombro, sus ojos verdes brillando con lujuria—. Fóllame mientras ella nos mira.

Daniel no necesitó que se lo pidieran dos veces. Con un empujón brutal, se hundió en ella, sintiendo cómo su coño lo apretaba, caliente y estrecho, sus paredes contrayéndose alrededor de su polla. Claudia gemía debajo de ellos, sus manos agarrando los pechos de la amiga, pellizcando sus pezones mientras la lengua de esta última no dejaba de trabajar su clítoris

—¡Más fuerte! —exigió Claudia, sus caderas levantándose del mesa, buscando contacto—. ¡Quiero sentir cómo la rompes, miño!

El apodo lo volvió loco. Daniel agarró a la amiga de las caderas y comenzó a embestirla con fuerza, cada empujón haciendo que sus pechos rebotaran, que sus gemidos se mezclaran con los de Claudia. La mesa crujía bajo ellos, el sonido de piel chocando contra piel llenando el aire, junto con el olor a sexo, a sudor, a deseo sin filtros.

—Joder, joder, joder—la amiga maldecía, sus uñas arañando la madera mientras Daniel la penetraba sin piedad, su polla hinchada, a punto de estallar—. Me voy a correr, me voy a…

—No te atrevas —gruñó Daniel, sacándose de ella de golpe. La amiga protestó, pero él ya la había girado, empujándola hacia Claudia—. Ahora le toca a ella.

Claudia no esperó. Se sentó, agarrando su polla con una mano y guiándola hacia su entrada. No hubo suavidad, solo necesidad. Daniel la penetró de un solo empujón, llenándola por completo, sintiendo cómo sus paredes internas lo apretaban, cómo su coño, más experimentado, lo masajeaba con una habilidad que lo llevó al borde.

—¡Sí! ¡Así, miño! ¡Soy tuya, solo tuya! —Claudia gritó, sus uñas hundiéndose en sus hombros mientras él la follaba con embestidas profundas, cada una haciendo que la mesa se moviera unos centímetros—. ¡Córrete dentro de mí, marca lo que es tuyo!

La amiga, no dispuesta a ser ignorada, se acercó por detrás de Daniel, sus manos enredándose en su cabello mientras su boca buscaba la suya. Sus lenguas se encontraron en un beso sucio, lleno de posesión, mientras Daniel seguía embistiendo a Claudia, sus bolas apretándose, el orgasmo acercándose como un tren sin freno.

—¡Ah, puta! —rugió, sintiendo cómo el clímax lo arrasaba. Se sacó de Claudia en el último segundo, su polla palpitando mientras chorros espesos de semen salían disparados, cubriendo los pechos de ambas mujeres, sus vientres, sus rostros—. ¡Tómalo, joder! ¡Las dos sois mías!

Claudia y su amiga jadearon, sus cuerpos temblando mientras el semen caliente las marcaba. Se miraron, sus respiraciones entrecortadas, una mezcla de rivalidad y complicidad en sus ojos. Había sido una batalla, y aunque ninguna había perdido del todo, ambas sabían quién había salido victorioso.

Daniel, aún jadeando, se inclinó hacia Claudia, limpiando con el pulgar una gota de semen que resbalaba por su labio inferior. Sus ojos se encontraron, y en ese momento, no hubo lugar para dudas.

—Siempre serás mi dueña—susurró, su voz áspera, sincera. Y antes de que ella pudiera responder, sus labios se estrellaron contra los de ella en un beso que no era suave, ni tierno, sino una promesa. Una que Claudia aceptó con un gemido, sus cuerpos fundiéndose una vez más, como si el mundo fuera a acabarse y solo quedara esto: ellos, su deseo, y la certeza de que, pase lo que pase, esto no terminaría aquí.

La mamá milf de mi amigo parte 2

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