-Â La noche de doble culeoÂ
Esa tarde en el malecón, Carol tenÃa el culo más apretado que de costumbre. Caminaba con paso de diabla feliz, porque sabÃa que esa noche iba a ser de guerra.
—Hoy no voy sola —le dijo a Julián por mensaje—. Te tengo un regalo. Una amiga mÃa. Se llama Daniela. Culona, chiclosa y con una lengua que te deja temblando las piernas.
Julián, que ya tenÃa el pene medio duro de solo pensar en repetir con Carol, respondió:
—Traela. Yo también tengo compañÃa. MartÃn quiere probar carne cubana otra vez.
Y asÃ, esa noche, en la suite del crucero, con música suave y ron del bueno, las cuatro almas se encontraron.
Carol y Daniela llegaron vestidas para pecar: mini vestidos sin ropa interior, tetas bamboleando libres, labios pintados de guerra. Los dos hombres ya estaban con las copas en la mano y las pijas queriendo salirse del pantalón.
—¿Listos pa’ sudar, papis? —dijo Carol.
Los besos comenzaron . Daniela se arrodilló frente a MartÃn, le bajó el pantalón y le metió la pija en la boca de una. Se la mamaba con hambre, como si la leche la salvara del calor.
Mientras tanto, Carol se subÃa encima de Julián, frotando su concha mojada contra esa pija dura, aún sin penetración.
—Te la voy a partir en dos, papi —jadeó—. Hoy no te vas con bolas llenas.
Él la agarró de la cintura, le bajó el vestido, y le empezó a lamer las tetas grandes. Luego la tumbó y le abrió las piernas. El coño de Carol estaba tan mojado que chorreaba en la cama. Julián le metió dos dedos, luego tres, y ella se retorció como gata en celo.

—¡Ay, coño! ¡Métela ya, no me tortures!
Mientras tanto, Daniela ya se habÃa desnudado, mostrando su culo redondo y firme. MartÃn se la cogÃa de pie, agarrándola de las trenzas, dándole duro, mientras ella se tocaba el clÃtoris y le gemÃa en el oÃdo:

—¡Métemela más! ¡Rómpeme esa chocha!
En la cama, Julián se sentó y Carol se le montó encima. Rebotaba con fuerza, el culo saltando, haciéndole temblar las piernas. Luego se lo metió por el culo, con ayuda de un poco de saliva. Él jadeaba, sudando, mientras ella lo apretaba adentro como una diosa del infierno.
De pronto, cambiaron. Carol se puso en cuatro, Daniela se le acercó por delante, y empezaron a comerse la concha una a la otra mientras los hombres las penetraban por detrás. Cuatro cuerpos. Ocho manos. Lenguas, dedos, gemidos, carne y sal.
Una orgÃa caribeña con sabor a mar, a sexo y a pecado.
Terminó con los cuatro desnudos en la cama, llenos de sudor, semen, baba y risas. Las chicas fumaban un cigarro, con las piernas abiertas y sus conchas aún palpitando.
—¿Y si hacemos esto cada vez que el crucero pare aqu� —dijo Daniela, riendo.
—No sé ustedes —dijo Carol, acariciándose el clÃtoris otra vez—, pero yo me quedé con ganas de un round dos…
Y los chicos, apenas recuperando el aliento, solo pudieron sonreÃr.

- Culeada del Adiós
El crucero zarpaba al amanecer. Las luces del puerto ya estaban lejos, pero Julián no podÃa irse sin una última cogida. No con cualquier mujer… sino con Carol, la diabla cubana que le habÃa exprimido hasta el alma.
Quedaron en secreto. A medianoche. En una playa escondida, donde el mar cantaba bajito y la brisa olÃa a sexo.
Ella llegó sola, descalza, con un pareo suelto y los pezones marcados bajo la tela. Ojos brillantes. El pelo suelto. Una bomba carnal lista para explotar.
—Viniste —dijo él, con voz ronca.
—A despedirme de tu pinga —respondió ella, quitándose el pareo—. Porque este culo no se va sin otra clavada.
Se besaron salvaje, como animales. Él le agarró el culo con fuerza, sintiéndolo caliente, redondo, perfecto. Ella se arrodilló en la arena, le sacó la pija y se la metió en la boca sin pensarlo. La mamaba como si quisiera comérselo vivo. Se la tragaba toda, gimiendo, con babas corriendo por el mentón.

—¡AsÃ, mami! ¡Trágatela entera!
Carol se relamió, se tumbó boca arriba sobre una toalla y se abrió de piernas, la concha brillante bajo la luna.
—¡Dámela toda, Julián! ¡Hazme mierda por última vez!
Él le metió el pene de una, mojada, caliente, lista. La cogÃa con furia, como si quisiera dejarla marcada por dentro. Las olas rompÃan cerca, el viento les revolvÃa el cuerpo, pero ellos solo gemÃan, sudaban, se chocaban pija con concha sin piedad.
Luego se puso en cuatro, con el culo alzado. Julián se lo escupió, lo abrió con las manos, y le metió el pene el culo.
—¡AY, HIJUEPUTA! ¡SÃ! ¡Rómpeme ese culo! ¡DespÃdete como se despiden los machos!
Se la metió hasta las bolas, dándole duro, con las nalgas rebotando. Carol gritaba, se tocaba, se corrÃa una y otra vez. Él la llenó por detrás, acabando con un rugido, su semen caliente chorreando de su culo.
Se quedaron tirados sobre la arena, agotados, cubiertos de estrellas y pecado.
—No me vas a olvidar nunca, ¿verdad? —dijo Carol, con voz ronca.
—Ni aunque me coja a cien mujeres más… —respondió él—. Tu culo va a vivir en mi memoria como un tatuaje.
Ella rió bajito, y por primera vez, le dio un beso suave.
—Ahora vete, antes que me dé por amarrarte y no dejarte salir de Cuba nunca.
Él se fue caminando hacia el muelle, todavÃa con el sabor de ella en la piel.
Y ella… se quedó desnuda, viendo el mar, con la vagina aún caliente, y el alma llena de fuego.
Esa tarde en el malecón, Carol tenÃa el culo más apretado que de costumbre. Caminaba con paso de diabla feliz, porque sabÃa que esa noche iba a ser de guerra.
—Hoy no voy sola —le dijo a Julián por mensaje—. Te tengo un regalo. Una amiga mÃa. Se llama Daniela. Culona, chiclosa y con una lengua que te deja temblando las piernas.
Julián, que ya tenÃa el pene medio duro de solo pensar en repetir con Carol, respondió:
—Traela. Yo también tengo compañÃa. MartÃn quiere probar carne cubana otra vez.
Y asÃ, esa noche, en la suite del crucero, con música suave y ron del bueno, las cuatro almas se encontraron.
Carol y Daniela llegaron vestidas para pecar: mini vestidos sin ropa interior, tetas bamboleando libres, labios pintados de guerra. Los dos hombres ya estaban con las copas en la mano y las pijas queriendo salirse del pantalón.
—¿Listos pa’ sudar, papis? —dijo Carol.
Los besos comenzaron . Daniela se arrodilló frente a MartÃn, le bajó el pantalón y le metió la pija en la boca de una. Se la mamaba con hambre, como si la leche la salvara del calor.
Mientras tanto, Carol se subÃa encima de Julián, frotando su concha mojada contra esa pija dura, aún sin penetración.
—Te la voy a partir en dos, papi —jadeó—. Hoy no te vas con bolas llenas.
Él la agarró de la cintura, le bajó el vestido, y le empezó a lamer las tetas grandes. Luego la tumbó y le abrió las piernas. El coño de Carol estaba tan mojado que chorreaba en la cama. Julián le metió dos dedos, luego tres, y ella se retorció como gata en celo.

—¡Ay, coño! ¡Métela ya, no me tortures!
Mientras tanto, Daniela ya se habÃa desnudado, mostrando su culo redondo y firme. MartÃn se la cogÃa de pie, agarrándola de las trenzas, dándole duro, mientras ella se tocaba el clÃtoris y le gemÃa en el oÃdo:

—¡Métemela más! ¡Rómpeme esa chocha!
En la cama, Julián se sentó y Carol se le montó encima. Rebotaba con fuerza, el culo saltando, haciéndole temblar las piernas. Luego se lo metió por el culo, con ayuda de un poco de saliva. Él jadeaba, sudando, mientras ella lo apretaba adentro como una diosa del infierno.
De pronto, cambiaron. Carol se puso en cuatro, Daniela se le acercó por delante, y empezaron a comerse la concha una a la otra mientras los hombres las penetraban por detrás. Cuatro cuerpos. Ocho manos. Lenguas, dedos, gemidos, carne y sal.
Una orgÃa caribeña con sabor a mar, a sexo y a pecado.
Terminó con los cuatro desnudos en la cama, llenos de sudor, semen, baba y risas. Las chicas fumaban un cigarro, con las piernas abiertas y sus conchas aún palpitando.
—¿Y si hacemos esto cada vez que el crucero pare aqu� —dijo Daniela, riendo.
—No sé ustedes —dijo Carol, acariciándose el clÃtoris otra vez—, pero yo me quedé con ganas de un round dos…
Y los chicos, apenas recuperando el aliento, solo pudieron sonreÃr.

- Culeada del Adiós
El crucero zarpaba al amanecer. Las luces del puerto ya estaban lejos, pero Julián no podÃa irse sin una última cogida. No con cualquier mujer… sino con Carol, la diabla cubana que le habÃa exprimido hasta el alma.
Quedaron en secreto. A medianoche. En una playa escondida, donde el mar cantaba bajito y la brisa olÃa a sexo.
Ella llegó sola, descalza, con un pareo suelto y los pezones marcados bajo la tela. Ojos brillantes. El pelo suelto. Una bomba carnal lista para explotar.
—Viniste —dijo él, con voz ronca.
—A despedirme de tu pinga —respondió ella, quitándose el pareo—. Porque este culo no se va sin otra clavada.
Se besaron salvaje, como animales. Él le agarró el culo con fuerza, sintiéndolo caliente, redondo, perfecto. Ella se arrodilló en la arena, le sacó la pija y se la metió en la boca sin pensarlo. La mamaba como si quisiera comérselo vivo. Se la tragaba toda, gimiendo, con babas corriendo por el mentón.

—¡AsÃ, mami! ¡Trágatela entera!
Carol se relamió, se tumbó boca arriba sobre una toalla y se abrió de piernas, la concha brillante bajo la luna.
—¡Dámela toda, Julián! ¡Hazme mierda por última vez!
Él le metió el pene de una, mojada, caliente, lista. La cogÃa con furia, como si quisiera dejarla marcada por dentro. Las olas rompÃan cerca, el viento les revolvÃa el cuerpo, pero ellos solo gemÃan, sudaban, se chocaban pija con concha sin piedad.
Luego se puso en cuatro, con el culo alzado. Julián se lo escupió, lo abrió con las manos, y le metió el pene el culo.
—¡AY, HIJUEPUTA! ¡SÃ! ¡Rómpeme ese culo! ¡DespÃdete como se despiden los machos!
Se la metió hasta las bolas, dándole duro, con las nalgas rebotando. Carol gritaba, se tocaba, se corrÃa una y otra vez. Él la llenó por detrás, acabando con un rugido, su semen caliente chorreando de su culo.
Se quedaron tirados sobre la arena, agotados, cubiertos de estrellas y pecado.
—No me vas a olvidar nunca, ¿verdad? —dijo Carol, con voz ronca.
—Ni aunque me coja a cien mujeres más… —respondió él—. Tu culo va a vivir en mi memoria como un tatuaje.
Ella rió bajito, y por primera vez, le dio un beso suave.
—Ahora vete, antes que me dé por amarrarte y no dejarte salir de Cuba nunca.
Él se fue caminando hacia el muelle, todavÃa con el sabor de ella en la piel.
Y ella… se quedó desnuda, viendo el mar, con la vagina aún caliente, y el alma llena de fuego.
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