“La instructora del gym”
MartĂn tenĂa 30 años, cuerpo trabajado y una rutina estricta. Pero habĂa una razĂłn por la que no faltaba nunca al gimnasio: Luciana, la nueva instructora de clases funcionales. Pelo recogido, mirada felina, curvas de infarto y un culazo que rebotaba en cada sentadilla.
Ella mandaba con voz firme, lo ignoraba como si fuera uno más… pero él notaba sus miradas fugaces cuando se quitaba la camiseta empapada de sudor.
Una tensiĂłn silenciosa. Un juego peligroso.
Hasta que un martes por la noche, después de la última clase, Luciana se acercó mientras él estiraba.
—Hoy te vi muy enfocado —le dijo con media sonrisa.
—Y vos... muy provocativa con esos leggings.
—¿Ah, s� —respondió, acercándose más—. ¿Y qué vas a hacer con eso?
—Lo que me dejes.
Luciana no dijo nada. Solo se girĂł, caminĂł hacia el vestuario femenino y dejĂł la puerta entreabierta. MartĂn la siguiĂł sin pensarlo. El gym ya estaba cerrado, solo ellos dos en la penumbra, con la mĂşsica bajando de volumen.

Cuando entró, ella lo empujó contra la pared y lo besó con fuerza. Él le sacó la remera mojada, y sus tetas quedaron libres, firmes, llenas. Las chupó con desesperación mientras ella le bajaba el pantalón.
Se arrodilló y comenzó a chuparle la pija con una pasión animal, como si llevara semanas con las ganas contenidas. Lo miraba desde abajo, metiéndoselo profundo, rápido, babeándolo, gimiendo, mamandolo.
—¡Dios, Luciana… no pares! —jadeó él.
—No pienso parar hasta dejarte seco.
MartĂn la levantĂł, la girĂł y la apoyĂł sobre una banca. Le bajĂł los leggings de un tirĂłn y le metiĂł la pija por detrás, de una sola estocada. Ella gimiĂł fuerte, agarrándose de la pared mientras Ă©l partĂa su concha con fuerza, una mano en su cintura, la otra en su cuello.
—¡Dale, más! ¡Rompeme! —gritaba ella con los glúteos temblando.
La escena era salvaje: su culo rebotando contra Ă©l, el eco del cuarto lleno de gemidos y jadeos, el olor a sudor y sexo mezclado con el ambiente del gimnasio vacĂo.
DespuĂ©s de varios minutos, MartĂn la hizo ponerse encima. Ella cabalgĂł su pija con las piernas abiertas, la concha mojada, moviĂ©ndose con ritmo perfecto, sus tetas agitándose, sus uñas marcándole el pecho.
—¿Querés más? —le dijo con voz ronca—. ¿O te animás a cogerme por atrás?
MartĂn no respondiĂł. Solo la bajĂł, la inclinĂł sobre el banco y le fue abriendo el culo lentamente, con saliva y paciencia.
—Ahhh... sĂ... asĂ me gusta —gemĂa ella, abriĂ©ndose más.
Él entró con la pija hasta el fondo, sin piedad. Luciana temblaba con cada embestida anal, gritando, dándole todo.
Finalmente, él se salió y acabó sobre su espalda sudada, con pulsos de semen caliente manchándola entera.
Luciana se girĂł, exhausta, sonriendo.
—Ahora sĂ... entrenamiento completo.
MartĂn se riĂł, todavĂa jadeando.
—Y yo que venĂa solo a hacer espalda.

“La Serenata Infiel”
Luis llegĂł al edificio con nervios y flores. Era el cumpleaños de su novia, Camila. QuerĂa impresionarla, asĂ que contratĂł a un guitarrista profesional para llevarle serenata a su balcĂłn. Romántico, Âżno?
Camila saliĂł en bata, con el pelo suelto, descalza. Se asomĂł al balcĂłn y sonriĂł, pero sus ojos no se quedaron mucho tiempo en Luis.
No. Se quedaron fijos en el guitarrista: alto, moreno, con barba de dos dĂas, brazos marcados y una sonrisa ladina. Se llamaba Diego, y sus dedos recorrĂan las cuerdas de la guitarra con una sensualidad que a Camila le puso el cuerpo caliente.

—Gracias, mi amor… —dijo, bajando a recibir el ramo—. Pero qué lindo toca tu amigo…
Luis no notĂł el doble sentido.
Camila los invitĂł a subir, como gesto de cortesĂa. Les sirviĂł vino. Luis hablaba emocionado… pero ella solo escuchaba a Diego.
En un momento, cuando Luis fue al baño, Diego y Camila se quedaron solos en la cocina. Ella lo miró, se acercó, y sin decir nada le tomó la mano.
—Tocas hermoso… ¿qué más sabes hacer con esos dedos?
Diego no respondiĂł. Solo la atrajo de la cintura, la pegĂł contra su cuerpo y la besĂł. Profundo. Lento. HĂşmedo.
Camila gimiĂł bajito.
—Mi novio está aquĂ…
—Entonces calladita, mamita.
Luis se quedĂł en el baño viendo mensajes. Mientras tanto, en la cocina oscura, Diego empujĂł a Camila contra el fregadero, le abriĂł la bata y encontrĂł que no tenĂa ropa interior.
—Puta rica —le susurró.
Le metiĂł dos dedos en la concha, la masturbĂł rápido, con fuerza, mientras la besaba para ahogar sus gemidos. Luego bajĂł de rodillas, se la comiĂł desesperado, haciendo cĂrculos con la lengua hasta que se vino convulsionando contra su cara.
—Dámelo todo, músico… —jadeaba ella.
Diego se parĂł, sacĂł su pija. Estaba dura, gruesa, palpitante.
Camila se agachó y se la mamó ahà mismo, rápido, ruidosa, tragando saliva y semen antes de que Luis saliera del baño.
—Tengo que bajar el estuche de la guitarra al auto —dijo Diego después.
—Camila, acompáñame —añadió, sin esperar respuesta.
Ella bajó con él. No tardaron cinco minutos.
Se la cogió en el asiento trasero, con la puerta entreabierta. Ella subida encima, gimiendo bajo, agarrándole la cabeza, cabalgando esa pija como si fuera el último hombre en la tierra.
Luis, desde arriba, la buscaba con la mirada. Camila regresĂł con las mejillas rojas y los muslos brillando.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—SĂ, amor… solo estaba viendo el auto del guitarrista. Es… grande.

“Mientras mamá no está”
Julieta tenĂa 19 años, y su madre se habĂa vuelto a casar hacĂa poco con un hombre diez años menor que ella: Marco, un tipo atractivo, de cuerpo trabajado y sonrisa irresistible. Al principio, ella lo habĂa tratado con distancia, pero con el tiempo… lo empezĂł a mirar con otros ojos.
Y él también.
Aquella tarde, su madre salió de compras. Julieta bajó las escaleras con una bata, sin nada debajo. Marco, en la cocina, tomaba café.
—¿Otra vez solo, Marco? —preguntĂł con tono pĂcaro.
—Parece que sĂ… —respondiĂł Ă©l, intentando no mirar sus piernas cruzadas en la mesa—. ÂżNo tenĂ©s que estudiar?
—Estudiar… no —dijo, levantándose y caminando hasta él—. Pero tengo otras cosas en mente.
Julieta se le acercó y lo besó sin aviso. Un beso con lengua, húmedo, directo. Él la sostuvo por la cintura, dudó un segundo… pero luego la apretó contra su cuerpo y la besó de vuelta, con deseo contenido.
—No deberĂamos —dijo Ă©l, entre jadeos.
—Entonces… hacelo más rápido —susurró ella.
La subiĂł sobre la mesada. AbriĂł la bata, revelando su cuerpo completamente desnudo. La lamiĂł entre las piernas con hambre, lento, profundo, mientras su concha se humedecia. Ella gemĂa con los ojos cerrados y el cuerpo arqueado.
—¡AsĂ, Marco… no pares! —gritaba, mojada, agarrándole del pelo.

Luego se bajĂł, se quitĂł el pantalĂłn, su pija ya estaba dura y la penetrĂł sin aviso. Ella lo recibiĂł con las piernas abiertas y la espalda contra la pared. La cogĂa fuerte, hundiĂ©ndose hasta el fondo mientras ella se venĂa con cada embestida.
Después lo montó en el sillón. Las tetas rebotaban, el sonido del sexo llenaba la sala. Gemidos, suspiros, humedad. Ella cabalgaba sobre su pija sin freno, hasta hacerlo acabar dentro, temblando, llenandole la concha.
Minutos después, aún desnudos y jadeando, Julieta lo miró con una sonrisa maliciosa.
—Marco… quiero ese iPhone nuevo que vi ayer.
Él frunció el ceño, confundido.
—¿Perdón?
—Tranquilo. Solo quiero un regalito. Un teléfono… o le cuento a mamá que me cogiste como si fuera tuya.
Marco se quedĂł helado. Julieta se levantĂł, se puso la bata, y antes de subir las escaleras, se girĂł:
—No te preocupes… puedo ser muy discreta… si estoy bien atendida.
Y con una sonrisa de diosa perversa, desapareciĂł escaleras arriba.
MartĂn tenĂa 30 años, cuerpo trabajado y una rutina estricta. Pero habĂa una razĂłn por la que no faltaba nunca al gimnasio: Luciana, la nueva instructora de clases funcionales. Pelo recogido, mirada felina, curvas de infarto y un culazo que rebotaba en cada sentadilla.
Ella mandaba con voz firme, lo ignoraba como si fuera uno más… pero él notaba sus miradas fugaces cuando se quitaba la camiseta empapada de sudor.
Una tensiĂłn silenciosa. Un juego peligroso.
Hasta que un martes por la noche, después de la última clase, Luciana se acercó mientras él estiraba.
—Hoy te vi muy enfocado —le dijo con media sonrisa.
—Y vos... muy provocativa con esos leggings.
—¿Ah, s� —respondió, acercándose más—. ¿Y qué vas a hacer con eso?
—Lo que me dejes.
Luciana no dijo nada. Solo se girĂł, caminĂł hacia el vestuario femenino y dejĂł la puerta entreabierta. MartĂn la siguiĂł sin pensarlo. El gym ya estaba cerrado, solo ellos dos en la penumbra, con la mĂşsica bajando de volumen.

Cuando entró, ella lo empujó contra la pared y lo besó con fuerza. Él le sacó la remera mojada, y sus tetas quedaron libres, firmes, llenas. Las chupó con desesperación mientras ella le bajaba el pantalón.
Se arrodilló y comenzó a chuparle la pija con una pasión animal, como si llevara semanas con las ganas contenidas. Lo miraba desde abajo, metiéndoselo profundo, rápido, babeándolo, gimiendo, mamandolo.
—¡Dios, Luciana… no pares! —jadeó él.
—No pienso parar hasta dejarte seco.
MartĂn la levantĂł, la girĂł y la apoyĂł sobre una banca. Le bajĂł los leggings de un tirĂłn y le metiĂł la pija por detrás, de una sola estocada. Ella gimiĂł fuerte, agarrándose de la pared mientras Ă©l partĂa su concha con fuerza, una mano en su cintura, la otra en su cuello.
—¡Dale, más! ¡Rompeme! —gritaba ella con los glúteos temblando.
La escena era salvaje: su culo rebotando contra Ă©l, el eco del cuarto lleno de gemidos y jadeos, el olor a sudor y sexo mezclado con el ambiente del gimnasio vacĂo.
DespuĂ©s de varios minutos, MartĂn la hizo ponerse encima. Ella cabalgĂł su pija con las piernas abiertas, la concha mojada, moviĂ©ndose con ritmo perfecto, sus tetas agitándose, sus uñas marcándole el pecho.
—¿Querés más? —le dijo con voz ronca—. ¿O te animás a cogerme por atrás?
MartĂn no respondiĂł. Solo la bajĂł, la inclinĂł sobre el banco y le fue abriendo el culo lentamente, con saliva y paciencia.
—Ahhh... sĂ... asĂ me gusta —gemĂa ella, abriĂ©ndose más.
Él entró con la pija hasta el fondo, sin piedad. Luciana temblaba con cada embestida anal, gritando, dándole todo.
Finalmente, él se salió y acabó sobre su espalda sudada, con pulsos de semen caliente manchándola entera.
Luciana se girĂł, exhausta, sonriendo.
—Ahora sĂ... entrenamiento completo.
MartĂn se riĂł, todavĂa jadeando.
—Y yo que venĂa solo a hacer espalda.

“La Serenata Infiel”
Luis llegĂł al edificio con nervios y flores. Era el cumpleaños de su novia, Camila. QuerĂa impresionarla, asĂ que contratĂł a un guitarrista profesional para llevarle serenata a su balcĂłn. Romántico, Âżno?
Camila saliĂł en bata, con el pelo suelto, descalza. Se asomĂł al balcĂłn y sonriĂł, pero sus ojos no se quedaron mucho tiempo en Luis.
No. Se quedaron fijos en el guitarrista: alto, moreno, con barba de dos dĂas, brazos marcados y una sonrisa ladina. Se llamaba Diego, y sus dedos recorrĂan las cuerdas de la guitarra con una sensualidad que a Camila le puso el cuerpo caliente.

—Gracias, mi amor… —dijo, bajando a recibir el ramo—. Pero qué lindo toca tu amigo…
Luis no notĂł el doble sentido.
Camila los invitĂł a subir, como gesto de cortesĂa. Les sirviĂł vino. Luis hablaba emocionado… pero ella solo escuchaba a Diego.
En un momento, cuando Luis fue al baño, Diego y Camila se quedaron solos en la cocina. Ella lo miró, se acercó, y sin decir nada le tomó la mano.
—Tocas hermoso… ¿qué más sabes hacer con esos dedos?
Diego no respondiĂł. Solo la atrajo de la cintura, la pegĂł contra su cuerpo y la besĂł. Profundo. Lento. HĂşmedo.
Camila gimiĂł bajito.
—Mi novio está aquĂ…
—Entonces calladita, mamita.
Luis se quedĂł en el baño viendo mensajes. Mientras tanto, en la cocina oscura, Diego empujĂł a Camila contra el fregadero, le abriĂł la bata y encontrĂł que no tenĂa ropa interior.
—Puta rica —le susurró.
Le metiĂł dos dedos en la concha, la masturbĂł rápido, con fuerza, mientras la besaba para ahogar sus gemidos. Luego bajĂł de rodillas, se la comiĂł desesperado, haciendo cĂrculos con la lengua hasta que se vino convulsionando contra su cara.
—Dámelo todo, músico… —jadeaba ella.
Diego se parĂł, sacĂł su pija. Estaba dura, gruesa, palpitante.
Camila se agachó y se la mamó ahà mismo, rápido, ruidosa, tragando saliva y semen antes de que Luis saliera del baño.
—Tengo que bajar el estuche de la guitarra al auto —dijo Diego después.
—Camila, acompáñame —añadió, sin esperar respuesta.
Ella bajó con él. No tardaron cinco minutos.
Se la cogió en el asiento trasero, con la puerta entreabierta. Ella subida encima, gimiendo bajo, agarrándole la cabeza, cabalgando esa pija como si fuera el último hombre en la tierra.
Luis, desde arriba, la buscaba con la mirada. Camila regresĂł con las mejillas rojas y los muslos brillando.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—SĂ, amor… solo estaba viendo el auto del guitarrista. Es… grande.

“Mientras mamá no está”
Julieta tenĂa 19 años, y su madre se habĂa vuelto a casar hacĂa poco con un hombre diez años menor que ella: Marco, un tipo atractivo, de cuerpo trabajado y sonrisa irresistible. Al principio, ella lo habĂa tratado con distancia, pero con el tiempo… lo empezĂł a mirar con otros ojos.
Y él también.
Aquella tarde, su madre salió de compras. Julieta bajó las escaleras con una bata, sin nada debajo. Marco, en la cocina, tomaba café.
—¿Otra vez solo, Marco? —preguntĂł con tono pĂcaro.
—Parece que sĂ… —respondiĂł Ă©l, intentando no mirar sus piernas cruzadas en la mesa—. ÂżNo tenĂ©s que estudiar?
—Estudiar… no —dijo, levantándose y caminando hasta él—. Pero tengo otras cosas en mente.
Julieta se le acercó y lo besó sin aviso. Un beso con lengua, húmedo, directo. Él la sostuvo por la cintura, dudó un segundo… pero luego la apretó contra su cuerpo y la besó de vuelta, con deseo contenido.
—No deberĂamos —dijo Ă©l, entre jadeos.
—Entonces… hacelo más rápido —susurró ella.
La subiĂł sobre la mesada. AbriĂł la bata, revelando su cuerpo completamente desnudo. La lamiĂł entre las piernas con hambre, lento, profundo, mientras su concha se humedecia. Ella gemĂa con los ojos cerrados y el cuerpo arqueado.
—¡AsĂ, Marco… no pares! —gritaba, mojada, agarrándole del pelo.

Luego se bajĂł, se quitĂł el pantalĂłn, su pija ya estaba dura y la penetrĂł sin aviso. Ella lo recibiĂł con las piernas abiertas y la espalda contra la pared. La cogĂa fuerte, hundiĂ©ndose hasta el fondo mientras ella se venĂa con cada embestida.
Después lo montó en el sillón. Las tetas rebotaban, el sonido del sexo llenaba la sala. Gemidos, suspiros, humedad. Ella cabalgaba sobre su pija sin freno, hasta hacerlo acabar dentro, temblando, llenandole la concha.
Minutos después, aún desnudos y jadeando, Julieta lo miró con una sonrisa maliciosa.
—Marco… quiero ese iPhone nuevo que vi ayer.
Él frunció el ceño, confundido.
—¿Perdón?
—Tranquilo. Solo quiero un regalito. Un teléfono… o le cuento a mamá que me cogiste como si fuera tuya.
Marco se quedĂł helado. Julieta se levantĂł, se puso la bata, y antes de subir las escaleras, se girĂł:
—No te preocupes… puedo ser muy discreta… si estoy bien atendida.
Y con una sonrisa de diosa perversa, desapareciĂł escaleras arriba.
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