El sol caĂa a plomo sobre la playa privada donde se celebraba el concurso más caliente del verano: “Cola del Verano”. Las chicas desfilaban una a una sobre la pasarela, con tangas mĂnimas, tops transparentes y aceites brillantes que hacĂan que cada curva pareciera esculpida a mano.
El pĂşblico rugĂa. Los jueces tomaban nota… o fingĂan hacerlo. Porque la mayorĂa no podĂa apartar la vista de esos cuerpos que lo daban todo, girando, moviendo las caderas, dejando que el viento les levantara el pelo y, a veces, el pudor.
Entre las participantes, AilĂ©n destacaba. 22 años, rubia, piernas largas y una tanga negra ajustada que se perdĂa entre sus nalgas como una promesa peligrosa. Llevaba un top blanco mojado, que dejaba ver los pezones marcados. Caminaba como si la pasarela fuera suya, como si cada paso dijera “soy la reina, y lo saben”.
El jurado nĂşmero tres no dejaba de mirarla. Santiago, 38 años, productor de eventos y con fama de “despachar” a más de una modelo entre bastidores. Pero AilĂ©n no era ingenua. HabĂa visto cĂłmo la miraba. Aparte el le gustaba
DespuĂ©s del desfile, lo interceptĂł en la zona de bebidas, cuando todos estaban distraĂdos con el show.
—¿Y? ¿Te gustó mi cola… del verano? —le dijo, con una sonrisa traviesa y una mano en la cadera.
—Fue difĂcil concentrarse en calificar —respondiĂł Ă©l, mirándola directo a los ojos… y al escote.
—Quizá… —susurrĂł ella, acercándose al oĂdo— te ayude a concentrarte mejor esta noche.
Le rozó los labios con los suyos. Y sin más, le metió en el bolsillo trasero de la bermuda su tanga negra doblada.
—Te espero en mi habitación. A la izquierda de las escaleras. Puerta entreabierta.
Y se fue, moviendo las caderas como si aĂşn estuviera desfilando. Santiago se quedĂł con la boca seca, la tanga en la mano y una erecciĂłn imposible de ocultar.
Esa noche, cuando el evento terminó, él tocó suavemente la puerta. Estaba entreabierta, como prometió.
Y adentro, Ailén lo esperaba desnuda, con las piernas abiertas sobre la cama.
—Ven a ver de cerca por qué soy la favorita.
Santiago no esperĂł. La besĂł con fuerza, le chupĂł los pezones endurecidos, apretandole las tetas, acariciĂł su concha empapada. Ella metiĂł la mano dentro de su pantalon y le sacĂł la pija, le besĂł la punta, le pasĂł la lengua hasta la base y comenzo a mamarsela, lo sentĂł en la cama, se subiĂł sobre Ă©l metiendo su pija dura en la concha y lo cabalgĂł lento, rozándole la cara con sus tetas , gimiendo en su oĂdo con cada embestida de el.
—Quiero ganar —le susurró mientras se lo montaba con furia—. Pero antes, quiero que me llenes entera.
Él la tomĂł de la cintura, la girĂł, la puso en cuatro, y la penetrĂł profundo, bombeando su concha con el pene grueso, haciĂ©ndola chillar con el eco de los gemidos retumbando la habitaciĂłn. Le agarrĂł el pelo, le besĂł la espalda, le nalgueĂł esas nalgas gloriosas que ya sentĂa como suyas. Y la penetrĂł en el culo, suave hasta el fondo, luego cogiendola intensamente.
Se la sacó y le acabó en las tetas, con ambos jadeando sobre las sábanas revueltas, Ailén le pasó la tanga por el cuello y sonrió:
—Ahora sĂ. Votame con el corazĂłn… o con tu pija.
El sol ya se ocultaba cuando se anunció la ganadora. Luces, música, gritos… y el nombre de Ailén vibró en los parlantes como un rugido.
—¡La ganadora de Cola del Verano es… AILÉN!
Ella subiĂł al escenario con la sonrisa perfecta, la corona dorada, y la tanga negra más famosa del evento todavĂa marcándole las caderas. El pĂşblico aplaudĂa, pero sus ojos buscaron solo a uno: Santiago, el jurado, el hombre al que se lo habĂa entregado todo… menos el agradecimiento final.
Lo encontró en la zona privada detrás del escenario. Apenas lo vio, le saltó encima, lo besó con hambre y lo empujó contra el sillón de cuero.
—Gané, y es gracias a vos —le susurró mientras se sacaba el top—. Ahora vas a recibir tu premio.
Se puso de rodillas frente a Ă©l, le desabrochĂł el pantalĂłn y sacĂł su pene, que ya tenĂa una erecciĂłn palpitante. Sin mediar palabra, se la metiĂł en la boca, profunda, hĂşmeda, salvaje. Lo chupaba como si fuera su adicciĂłn, con los ojos clavados en los suyos, mamando y gimiendo bajo la lengua.
—No pares… —jadeó él, con la cabeza hacia atrás.
Ella se subiĂł encima, completamente desnuda, la tanga aĂşn en su mano. Se la pasĂł por el cuello como si fuera una bufanda y, con la otra mano, guiĂł su pija dentro de su concha caliente y mojada.
—Ahora te agradezco como una verdadera reina.
Lo cabalgĂł con fuerza, con las tetas rebotando, el sudor resbalando por su espalda, el placer puro estampado en su rostro. Santiago la sostenĂa de las caderas, empujando hacia arriba, sintiĂ©ndola cada vez más apretada, más desesperada por acabar.
—Dame el culo —le pidiĂł elÂ
Se lo ofreciĂł sin pudor, y Ă©l no dudĂł. Le escupiĂł, le abriĂł con cuidado… y la tomĂł por detrás, lento al principio, luego le agarrĂł de las tetas y la cogiĂł más fuerte hasta que ella lo pedĂa toda:
—¡Rompeme! ¡Llename entera, que lo ganĂ©, y es mĂo! ¡es el culo ganador!
El sonido de su pelvis, chocando con sus nalgas llenĂł la habitaciĂłn. La tanga colgaba de su cuello, el premio aĂşn brillaba en su cabeza, y los gemidos se fundĂan con el eco de la fiesta que ya nadie escuchaba.
Cuando Santiago acabĂł, lo hizo sobre sus tetas, jadeando, mientras ella se reĂa, satisfecha, con el maquillaje corrido y la corona torcida.
—Ahora sà —susurró ella, lamiendo su propio pecho—. Soy la cola del verano… y tu puta todo el año.
El pĂşblico rugĂa. Los jueces tomaban nota… o fingĂan hacerlo. Porque la mayorĂa no podĂa apartar la vista de esos cuerpos que lo daban todo, girando, moviendo las caderas, dejando que el viento les levantara el pelo y, a veces, el pudor.
Entre las participantes, AilĂ©n destacaba. 22 años, rubia, piernas largas y una tanga negra ajustada que se perdĂa entre sus nalgas como una promesa peligrosa. Llevaba un top blanco mojado, que dejaba ver los pezones marcados. Caminaba como si la pasarela fuera suya, como si cada paso dijera “soy la reina, y lo saben”.
El jurado nĂşmero tres no dejaba de mirarla. Santiago, 38 años, productor de eventos y con fama de “despachar” a más de una modelo entre bastidores. Pero AilĂ©n no era ingenua. HabĂa visto cĂłmo la miraba. Aparte el le gustaba
DespuĂ©s del desfile, lo interceptĂł en la zona de bebidas, cuando todos estaban distraĂdos con el show.
—¿Y? ¿Te gustó mi cola… del verano? —le dijo, con una sonrisa traviesa y una mano en la cadera.
—Fue difĂcil concentrarse en calificar —respondiĂł Ă©l, mirándola directo a los ojos… y al escote.
—Quizá… —susurrĂł ella, acercándose al oĂdo— te ayude a concentrarte mejor esta noche.
Le rozó los labios con los suyos. Y sin más, le metió en el bolsillo trasero de la bermuda su tanga negra doblada.
—Te espero en mi habitación. A la izquierda de las escaleras. Puerta entreabierta.
Y se fue, moviendo las caderas como si aĂşn estuviera desfilando. Santiago se quedĂł con la boca seca, la tanga en la mano y una erecciĂłn imposible de ocultar.
Esa noche, cuando el evento terminó, él tocó suavemente la puerta. Estaba entreabierta, como prometió.
Y adentro, Ailén lo esperaba desnuda, con las piernas abiertas sobre la cama.
—Ven a ver de cerca por qué soy la favorita.
Santiago no esperĂł. La besĂł con fuerza, le chupĂł los pezones endurecidos, apretandole las tetas, acariciĂł su concha empapada. Ella metiĂł la mano dentro de su pantalon y le sacĂł la pija, le besĂł la punta, le pasĂł la lengua hasta la base y comenzo a mamarsela, lo sentĂł en la cama, se subiĂł sobre Ă©l metiendo su pija dura en la concha y lo cabalgĂł lento, rozándole la cara con sus tetas , gimiendo en su oĂdo con cada embestida de el.
—Quiero ganar —le susurró mientras se lo montaba con furia—. Pero antes, quiero que me llenes entera.
Él la tomĂł de la cintura, la girĂł, la puso en cuatro, y la penetrĂł profundo, bombeando su concha con el pene grueso, haciĂ©ndola chillar con el eco de los gemidos retumbando la habitaciĂłn. Le agarrĂł el pelo, le besĂł la espalda, le nalgueĂł esas nalgas gloriosas que ya sentĂa como suyas. Y la penetrĂł en el culo, suave hasta el fondo, luego cogiendola intensamente.
Se la sacó y le acabó en las tetas, con ambos jadeando sobre las sábanas revueltas, Ailén le pasó la tanga por el cuello y sonrió:
—Ahora sĂ. Votame con el corazĂłn… o con tu pija.
El sol ya se ocultaba cuando se anunció la ganadora. Luces, música, gritos… y el nombre de Ailén vibró en los parlantes como un rugido.
—¡La ganadora de Cola del Verano es… AILÉN!
Ella subiĂł al escenario con la sonrisa perfecta, la corona dorada, y la tanga negra más famosa del evento todavĂa marcándole las caderas. El pĂşblico aplaudĂa, pero sus ojos buscaron solo a uno: Santiago, el jurado, el hombre al que se lo habĂa entregado todo… menos el agradecimiento final.
Lo encontró en la zona privada detrás del escenario. Apenas lo vio, le saltó encima, lo besó con hambre y lo empujó contra el sillón de cuero.
—Gané, y es gracias a vos —le susurró mientras se sacaba el top—. Ahora vas a recibir tu premio.
Se puso de rodillas frente a Ă©l, le desabrochĂł el pantalĂłn y sacĂł su pene, que ya tenĂa una erecciĂłn palpitante. Sin mediar palabra, se la metiĂł en la boca, profunda, hĂşmeda, salvaje. Lo chupaba como si fuera su adicciĂłn, con los ojos clavados en los suyos, mamando y gimiendo bajo la lengua.
—No pares… —jadeó él, con la cabeza hacia atrás.
Ella se subiĂł encima, completamente desnuda, la tanga aĂşn en su mano. Se la pasĂł por el cuello como si fuera una bufanda y, con la otra mano, guiĂł su pija dentro de su concha caliente y mojada.
—Ahora te agradezco como una verdadera reina.
Lo cabalgĂł con fuerza, con las tetas rebotando, el sudor resbalando por su espalda, el placer puro estampado en su rostro. Santiago la sostenĂa de las caderas, empujando hacia arriba, sintiĂ©ndola cada vez más apretada, más desesperada por acabar.
—Dame el culo —le pidiĂł elÂ
Se lo ofreciĂł sin pudor, y Ă©l no dudĂł. Le escupiĂł, le abriĂł con cuidado… y la tomĂł por detrás, lento al principio, luego le agarrĂł de las tetas y la cogiĂł más fuerte hasta que ella lo pedĂa toda:
—¡Rompeme! ¡Llename entera, que lo ganĂ©, y es mĂo! ¡es el culo ganador!
El sonido de su pelvis, chocando con sus nalgas llenĂł la habitaciĂłn. La tanga colgaba de su cuello, el premio aĂşn brillaba en su cabeza, y los gemidos se fundĂan con el eco de la fiesta que ya nadie escuchaba.
Cuando Santiago acabĂł, lo hizo sobre sus tetas, jadeando, mientras ella se reĂa, satisfecha, con el maquillaje corrido y la corona torcida.
—Ahora sà —susurró ella, lamiendo su propio pecho—. Soy la cola del verano… y tu puta todo el año.
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