Acá estoy, de rodillas en el asfalto frío, haciendo el trabajo para el que esa pastilla me programó el cerebro.
Él está sentado en un banco mientras yo le devoro la verga, con los ojos bien abiertos mirando para todos lados, no porque tenga miedo de que nos vean, sino para asegurarme de que todos los que pasen vean cómo me esfuerzo por darle el mejor show de su vida a un tipo que ni sé cómo se llama.
Siento el gusto amargo de la calle en mi boca, una humillación que me encanta mientras pienso en mi viejo, ese pobre infeliz que me pagó el cambio sin saber que su "hijo" ahora es una perra callejera que se arrodilla ante cualquier desconocido por un poco de placer rudo.
— ¡Mirá cómo tragás, sos una trola profesional! Me dice mientras me agarra de los pelos y me hunde la cara.
— Sí... mírame... soy una puta que no puede parar... Balbuceo entre arcadas, disfrutando de mi propia degradación.
— Tu viejo se moriría si te viera acá, regalada como una basura. Me escupe con desprecio.
— ¡Ahhh! Sí, que me vean todos... mi viejo es un tonto, yo nací para estar acá abajo. Gemí, sintiendo cómo mi sumisión llegaba al límite.
— Seguí dándole, nena, que para esto te transformaste. Sentenció él, apretándome la mandíbula.

Estoy tirada sobre esta mesa de madera ruda, totalmente desnuda y expuesta como un pedazo de carne en la carnicería frente al tipo que siempre verdugueó a mi viejo.
El bully de mi papá me mira con un hambre animal, disfrutando de cómo su presencia me hace temblar las carnes nuevas, mientras me abre las piernas sin un gramo de delicadeza.
— Mirá qué irónico, Mia... el hijo del flojito de tu padre terminó siendo mi muñequita de trapo. Se burla mientras se baja los pantalones y me muestra su poder.
— Soy tuya... haceme lo que él nunca se animaría... usame como la puta que soy. Le pido con una voz quebrada, entregándole mi dignidad en bandeja.
— Te voy a romper toda para que cuando vuelvas a casa, tu viejo no pueda ni mirarte a los ojos. Me gruñe antes de entrar en mí con una fuerza que me hace arquear la espalda.
— ¡Ahhh! Sí, rompé todo... borrame el pasado... soy la perra de los que mandan. Grité, sintiendo el peso de su dominio sobre mi cuerpo traidor.
— Tomá, nena, esto es lo que siente una verdadera mujer bajo un macho alfa. Me espetó mientras la mesa crujía bajo nosotros.

De rodillas en una oficina alfombrada, sintiendo la humillación de estar frente al tipo que tiene la vida de mi viejo en sus manos.
Le bajo los pantalones con mis dedos finos, viendo cómo su virilidad asoma con arrogancia, sabiendo que mientras yo estoy acá abajo chupándole el orgullo, mi papá cree que estoy buscando trabajo de verdad.
— ¡Qué buen servicio le hacés a la empresa, Mia! Así se ganan los ascensos, pedazo de trola. Me dice el jefe con una sonrisa cargada de maldad pura.
— Hago lo que sea por un macho de verdad... mi viejo no tiene idea de lo que soy capaz. Susurro antes de lamerle la punta, perdiendo la poca vergüenza que me quedaba.
— Sos una basura hermosa, nena... tu viejo trabaja para mí, y vos vivís para servirme. Me espeta, presionando su verga contra mis labios.
— Sí... amo... soy la puta de la jerarquía... usame y descartame. Balbuceé, sintiendo el calor de la sumisión quemándome la nuca.
— Dale, tragatela toda, que esto es lo único que vas a heredar de tu familia. Me ordenó, agarrándome del mentón con fuerza.

Estoy de rodillas frente a él, el hombre que mi viejo más teme, y yo solo quiero que me marque para siempre con su rastro de macho.
Me agarro mis propios pechos, apretándolos con fuerza para formar un escote profundo y morboso, rogándole con la mirada que me use como su juguete personal mientras él se prepara para terminar.
— ¡Mirate qué puta sos! Te encanta que el enemigo de tu padre se corra en tu cara, ¿no? Me grita mientras su respiración se vuelve pesada y errática.
— Sí... por favor... manchame toda... que se note que soy tuya. Supliqué, juntando más la carne suave de mi pecho para recibir su carga.
— Sos una decepción deliciosa, nena... tu viejo gastó en una hija y le salió una perra sin fondo. Se ríe mientras me apunta directamente a los ojos.
— ¡Ahhh! ¡Hacelo ya! ¡Quiero sentir tu marca en mi piel! Grité desesperada, cerrando los ojos para recibir el chorro caliente de su desprecio.
— Tomá, nena, guardate este recuerdo para cuando cenes con tu familia esta noche. Sentenció, bañándome la cara con su victoria.

Acá estoy, en el cuarto de invitados, devorándole la verga al mejor amigo de mi viejo mientras disfruto del tamaño de su gran virilidad ruda.
Me encanta sentir cómo me llena la boca, una sensación que me recuerda que ya no soy el pibe que solía ser, sino este receptáculo de placer prohibido que traiciona a su sangre por un poco de dominio.
— ¡Tu viejo se muere si sabe lo que estamos haciendo, Mia! Sos la trola más sucia que conocí. Me susurra él, disfrutando del secreto más caliente de la casa.
— Me encanta... me encanta ser la perra de tus amigos... él es un tonto que no sabe lo que tiene. Digo entre lamidas, entregada al morbo de lo prohibido.
— Sos una máquina, nena... tenés un hambre de macho que no es normal. Se sorprende mientras me hunde la verga hasta el fondo de la garganta.
— Es por la pastilla... me convirtió en esto... en tu puta privada... Seguí, no pares. Balbuceé, sintiendo cómo su gran verga me dominaba por completo.
— ¡Eso es! Tragá bien, que esto es lo que te merecés por ser tan fácil. Me gruñó, dándome un chirlo en la mejilla que me hizo gemir de placer.

Ahí estoy, abierta de piernas arriba de la barra de madera donde mi viejo solía tomar mate con sus amigos, pero ahora solo sirve para que uno de ellos me use como un trapo.
El tipo me clavó los dedos en los muslos y me levantó el vestido hasta el cuello, cargándome el peso en los hombros mientras me embiste con una saña que me hace ver estrellas, ignorando los gritos de mi viejo que mira desde el rincón muerto de vergüenza.
— ¡Mirá qué bien que salió el nene, es una máquina de perrear! Se ríe otro de los amigos, haciendo fila con la bragueta abierta mientras esperan su turno para pasar por este cuerpo nuevo.
— ¡Soltala, es mi hijo, por Dios! Grita mi viejo, pero todos se le ríen en la cara porque ahora solo soy la puta del grupo.
— ¡No soy tu hijo, soy Mia y soy la perra de tus amigos! Le grité entre gemidos, disfrutando de ver cómo se le rompe el corazón mientras me terminan de domar.
— ¡Callate y abrí más las piernas, trola, que todavía faltan tres! Me ordenó el que me estaba cogiendo, dándome un cachetazo que me dejó la cara ardiendo.
— Sí, mi macho... que pasen todos... no sirvo para otra cosa. Balbuceé, entregada al desprecio de todos esos hombres.

Estoy parada en el medio de la oficina, vestida con un conjunto de encaje negro que mi viejo jamás imaginaría que su "heredero" se pondría, besando con lengua al tipo que le paga el sueldo a mi familia.
Siento sus manos ásperas apretando mis nalgas nuevas, amasándolas con una propiedad que me hace temblar las piernas, mientras él se ríe de lo fácil que fue convertirme en su secretaria privada.
— ¿Sabés qué haría tu viejo si supiera que me estás pidiendo por favor que te use en su escritorio? Me susurra el jefe mientras me muerde el labio.
— Mi viejo es un beta, usted es el que manda... úseme como quiera, jefe. Le dije, refregando mi culo contra su pantalón de vestir.
— Sos una puta de lujo, nena, lástima que te vas a ir a casa con el olor de mi perfume en toda la piel. Se burla, dándome un chirlo que resuena en toda la oficina.
— ¡Ahhh! Sí... que todos sepan que soy suya... que mi viejo me huela y sepa que ya no le pertenezco. Gemí, perdiendo los estribos por su dominio.
— Quedate quieta que ahora te voy a enseñar quién es el verdadero dueño de esta empresa. Sentenció, dándome vuelta para mirar el cuadro de mi viejo en la pared.

Llegué al cuarto y no aguanté más el calor de esta piel que me quema; me solté el nudo de la bata y la dejé caer al piso, quedándome totalmente desnuda al lado de la puerta que dejé abierta a propósito.
Quiero que todos los que pasen por el pasillo vean en lo que me convertí: una hembra lista para el desguace, con los pechos inflados y las caderas anchas esperando que cualquier macho alfa entre a reclamarme.
— ¡Miren a la princesita, no aguantó ni dos minutos vestida! Gritó uno de los invitados desde el pasillo, frenándose en seco al verme.
— No miren... entren y úsenme... soy una trola que no tiene vergüenza. Susurré, arqueando la espalda para que mis nalgas se luzcan desde el marco de la puerta.
— ¡Mirá lo que es ese cuerpo, la pastilla te dejó hecha una perra ninfómana! Me dijeron, entrando al cuarto sin pedir permiso.
— Soy lo que ustedes quieran... no me dejen así... necesito sentir un hombre de verdad. Supliqué, mientras sentía las manos de desconocidos empezando a recorrerme.
— Así me gusta, sumisa y bien regalada, como la basura que sos. Me espetaron, cerrando la puerta con una patada mientras yo me tiraba a la cama.

Me tiene agarrada de los hombros, hundiendo sus dedos en mi carne suave mientras me apoya contra la mesada de granito, los dos totalmente desnudos en la oscuridad de la casa.
Es el mismo tipo que siempre lo verdugueaba a mi viejo en el gimnasio, y ahora me está usando a mí para terminar de humillarlo, dándome de atrás con una fuerza animal que me hace golpear la frente contra el mármol.
— ¿Te gusta que el que siempre hizo llorar a tu papá ahora te haga llorar a vos, pero de placer? Me gruñe con esa voz de alfa que me deja muda.
— ¡Sí! ¡Rompeme toda! ¡Él es un cobarde, usted es un macho de verdad! Le grité, sacando el culo con desesperación para recibir cada estocada.
— ¡Mirá qué bien que se mueve la putita del barrio! Sos pura goma, nena. Se ríe, dándome un chirlo que me dejó la nalga vibrando.
— ¡Ahhh! ¡Más fuerte! ¡Que mi viejo escuche desde su cuarto cómo su bully se coge a su hijo! Gemí fuera de mí, entregada al morbo total.
— Sos una basura, Mia, pero sos la basura más rica que probé en mi vida. Sentenció él, apretándome el cuello mientras terminaba su trabajo.

Estoy de rodillas en el piso sucio del callejón, entre el olor a meada y basura, entregada al tipo que todas las minas del boliche rechazaron por feo y borracho.
Pero para mí, en este estado de degradación total, él es el único que importa mientras le hago una garganta profunda que me hace saltar las lágrimas, sintiendo el gusto rancio de su descuido en mi boca de muñeca.
— ¡Tragatela toda, pedazo de trola, que para esto te sirve la boquita nueva! Me escupió, agarrándome del pelo para enterrarse hasta el fondo.
— *Ghggh... ghggh...* Traté de decir, pero solo me salían ruidos de atragantamiento mientras mis ojos se ponían en blanco.
— ¡Mirá cómo se ahoga la nena bien! Sos una puta de callejón, Marcos, aceptalo de una vez. Se burló, moviendo sus caderas con violencia.
— ¡Soy Mia... soy una puta... sucia! Logré balbucear cuando me soltó un segundo el pelo, solo para que me obligara a seguir.
— ¡Callate y seguí trabajando, que todavía no terminé de humillarte! Me ordenó, y yo volví a bajar la cabeza con una sumisión absoluta.

Estoy en ropa interior, en cuatro debajo de la mesa de vidrio mientras el amigo de mi viejo desayuna tranquilo arriba mío, viendo cada uno de mis movimientos desde su silla.
Me saqué el pantalón y me quedé solo con el hilo dental, restregando mi culo contra el piso mientras miro esa gran verga que se le marca en el pantalón, deseando que deje el café y se ocupe de mí.
— ¡Qué bien que te queda el lugar de mascota, Mia! Tu viejo cree que estás durmiendo, pero estás acá abajo esperando mi orden. Me dice, dándole un sorbo a su taza.
— Soy su mascota... por favor... mire cómo me puse para usted. Dije, mirando a través del vidrio con los ojos cargados de deseo y culpa.
— Sos una trola ninfómana, no podés estar dos segundos sin buscar una verga que te domestique. Se burló, apoyando el pie en mi espalda para mantenerme en el suelo.
— ¡Ahhh! Sí... písame... soy una perra que no vale nada. Gemí, sintiendo el peso de su bota mientras mi entrepierna ya estaba empapada.
— Portate bien y quizás te deje probar lo que tengo acá abajo antes de que tu viejo baje a desayunar. Sentenció, y yo empecé a gatear hacia él como una verdadera perrita.

Ahí estoy, rebotando con todo el peso de mis caderas nuevas sobre este semental, jugando con mi cascada de pelo mientras siento el ardor delicioso de mis nalgas, rojas por las nalgadas que me dio este macho.
De repente, la puerta de mi cuarto se abre y es mi viejo; se queda pálido al verme de espaldas, entregada totalmente al tipo que siempre le hizo la vida imposible, el bully que ahora me usa de trapo.
— ¡Mirá qué bien que me cuida tu "amigo", pa! Gritó entre gemidos, mientras mi culo sacudía toda su vergüenza en su cara.
— ¡Callate y seguí saltando, pedazo de trola, que tu viejo no existe acá! Me gruñe el negro, dándome otro chirlo que me hace arquear la espalda.
— Sí, papi... mirá cómo me rompen... mirá en lo que gastaste tu plata. Balbuceo, disfrutando de ver cómo se le rompe el corazón mientras yo me sigo vaciando.
— Sos una basura, Mia... me das asco. Susurra él, pero yo solo puedo reír mientras el bully me hunde contra el colchón.
— Tomá, nena, tragate el orgullo de tu familia. Sentenció el macho, ignorando el llanto de mi padre.

El viaje era corto, pero mis ganas de ser usada eran más fuertes; me pasé al asiento de atrás y ahora estoy cabalgando al Uber mientras el auto sigue en movimiento por las calles oscuras.
Siento el roce de la lencería barata contra el cuero del asiento y el sudor de un desconocido que ni siquiera sabe mi nombre, solo que soy una puta que se le ofreció al primer semáforo.
— ¡Qué bien la movés, nena! Pensar que tu viejo cree que vas a la facultad. Se burla el tipo, agarrándome fuerte de la cintura.
— La facultad de ser una perra, eso soy... dale más fuerte. Le ruego, sintiendo cada pozo de la calle como una caricia en mi interior.
— ¿Te gusta que cualquier desconocido te use de juguete? Me pregunta mientras me entierra las uñas en las nalgas.
— Sí... nací para esto... no sirvo para ser el orgullo de nadie. Gemí, viendo pasar las luces de la ciudad a través del vidrio empañado.
— Sos la mejor propina que me dieron en la vida, trola. Sentenció él, acelerando mientras me terminaba de domar.

Mi viejo llegó con un ramo de flores, todo tierno, queriendo festejar mi "nueva vida", pero en cuanto abrió la puerta principal me encontró en el piso del living, entregada al tipo que más odia en el mundo.
El ramo cayó al suelo mientras yo, con el vestido por el cuello, me dejaba deshacer por el bully que lo atormentó años y que ahora me usa como su trofeo de guerra.
— ¡Mia! ¡¿Qué estás haciendo con este animal?! Grita mi padre, pero yo solo saco más el culo, buscando que el tipo me dé más duro.
— Estoy siendo feliz, pa... este es un macho de verdad, no como vos. Le escupo con una sonrisa perversa mientras el bully me agarra del pelo.
— ¡Mirá cómo disfruta tu nena, viejo fracasado! Se ríe el tipo, dándome un beso cargado de asco y deseo.
— ¡Soltala! ¡Es mi hija! Suplica él, pero yo ya no soy su hija, soy solo el desecho de su enemigo.
— Andate, pa... dejanos terminar que todavía me falta un montón de leche. Sentencié, cerrando los ojos para disfrutar mi caída.

Escuché el timbre y fui a abrir totalmente desnuda, ignorando los gritos de mi viejo que trataba de taparme con una manta, rojo de la furia y la decepción.
Abrí la puerta y ahí estaba el pibe de PedidosYa, que se quedó mudo viendo mis pechos nuevos y mi entrepierna expuesta, mientras yo le sonreía como la trola que soy.
— Acá tenés las bolsas, reina... pero creo que el postre lo tenés vos. Me soltó el pibe, aprovechando que mi viejo estaba paralizado atrás.
— Entrá y dámelo ahora, no me hagas esperar frente a mi papá. Le pedí, agarrándolo de la remera para meterlo a la fuerza mientras él soltaba las bolsas.
— ¡Mia, por Dios, tené un poco de dignidad! Gritó mi padre, pero el repartidor ya me tenía contra el marco de la puerta, dándome duro adelante de él.
— Mirá qué bien que paga el delivery tu nena, viejo. Se burló el macho mientras me levantaba una pierna para entrar mejor.
— Sí... dame todo... que mi viejo vea cómo me atendés mejor que nadie. Gemí, sintiendo la mirada de desprecio de mi padre como el mejor lubricante.

Estoy de rodillas, el lugar donde me puso la pastilla, bajándole los pantalones al mejor amigo de mi viejo mientras él intenta no mirar por la ventana.
Veo cómo resalta su gran verga a través del bóxer, una mole que me hace agua la boca y me hace olvidar que este tipo se sentaba a cenar con nosotros todos los domingos.
— ¡Mirá qué bien que te salió la nena, che! Me dice el tipo a mi viejo, mientras yo ya estoy saboreando la tela.
— Es una vergüenza... Mia, por favor, levantate. Suplica mi padre desde el rincón, tapándose la cara.
— Dejalo, pa... él tiene lo que yo necesito, no como tus consejos de mierda. Le digo con la boca llena de deseo, tironeando del elástico del bóxer.
— Sos una perrita muy aplicada, ojalá todos los hijos fueran como vos. Se burla el amigo, acariciándome la mejilla con prepotencia.
— Soy tu puta, nada más... mostrame eso que me prometiste. Sentencié, liberando su virilidad frente a los ojos de mi padre.

Me pongo frente al espejo, parando el culo con una técnica que me llevó semanas perfeccionar, mientras la lencería de encaje me corta la piel de lo ajustada que está.
Grabo todo con el celular, pensando en los miles de tipos que van a ver cómo mis nalgas tiemblan con cada movimiento, burlándome de la educación que mi viejo intentó darme.
— Miren este producto... una nena bien convertida en la trola del barrio. Susurro al micrófono para que se escuche mi respiración agitada.
— Mi viejo cree que estoy durmiendo, pero estoy acá, ofreciéndoles este ojete que no para de palpitar. Digo, haciendo un primer plano de mi humillación.
— ¿Quién quiere ser el primero en estrenar este conjunto hoy? Vengan que estoy regalada. Me ofrezco, tocándome mientras imagino manos rudas sobre mí.

Me miro en el espejo con este vestido de red que no es más que un montón de agujeros unidos por hilos negros; mis pezones y mi vello están ahí, a la vista de cualquiera.
— Es perfecto para salir a buscar machos, no tengo que ni desvestirme. Me digo, disfrutando de lo barata que me veo, como una verdadera puta de catálogo.
— Si mi viejo me viera así, le agarra un infarto... y eso es lo que más me calienta. Río, estirando la red para que se marque bien mi figura operada por la química.
— Soy una red lista para pescar alfas, y no pienso dejar a ninguno afuera. Sentencié, pintándome los labios de un rojo provocador.

El hijo del amigo de mi viejo me agarró en el pasillo, me levantó la falda y ahora me está dando sin asco mientras mis medias de red se enganchan en sus manos rudas.
— ¡Pensar que jugábamos a los autitos de chicos y ahora te estoy rompiendo toda, Mia! Se burla, dándome una estocada que me hace ver estrellas.
— ¡Ahhh! Seguí... no me hables de cuando era hombre, ahora soy solo tu carne. Le grito, entregada al dolor placentero de su dominio.
— Sos una trola de primera, tu viejo se debe querer matar de que seas mi juguete preferido. Me dice, escupiéndome el hombro.
— Que se pudra... yo solo quiero que me sigas dando así, como el animal que sos. Gemí, sintiendo cómo mi identidad se borraba con cada golpe de sus caderas.

Estoy de rodillas sobre el bully de mi padre, que está sentado en un sillón, obligándome a cabalgarle dándole la espalda mientras nos miramos en el espejo del living.
Uso una remera de red que deja mis pechos al aire con cada salto, y veo mi cara de sumisión total reflejada, mis ojos perdidos de tanto placer humillante.
— ¡Mirate qué perra sos! Mirá cómo se te mueve todo mientras tu viejo nos mira desde el pasillo. Me gruñe el macho, agarrándome de las tetas con fuerza.
— Soy tuya... mirame, pa... mirá cómo disfruto ser la puta de tu enemigo. Grito hacia el espejo, buscando la mirada quebrada de mi viejo.
— Sos una ninfómana, Mia... no tenés límites. Susurra mi padre, derrotado, mientras el bully se ríe a carcajadas.
— Los límites los pone mi macho, yo solo soy el envase. Sentencié, saltando más fuerte hasta sentir que me desarmaba.
Él está sentado en un banco mientras yo le devoro la verga, con los ojos bien abiertos mirando para todos lados, no porque tenga miedo de que nos vean, sino para asegurarme de que todos los que pasen vean cómo me esfuerzo por darle el mejor show de su vida a un tipo que ni sé cómo se llama.
Siento el gusto amargo de la calle en mi boca, una humillación que me encanta mientras pienso en mi viejo, ese pobre infeliz que me pagó el cambio sin saber que su "hijo" ahora es una perra callejera que se arrodilla ante cualquier desconocido por un poco de placer rudo.
— ¡Mirá cómo tragás, sos una trola profesional! Me dice mientras me agarra de los pelos y me hunde la cara.
— Sí... mírame... soy una puta que no puede parar... Balbuceo entre arcadas, disfrutando de mi propia degradación.
— Tu viejo se moriría si te viera acá, regalada como una basura. Me escupe con desprecio.
— ¡Ahhh! Sí, que me vean todos... mi viejo es un tonto, yo nací para estar acá abajo. Gemí, sintiendo cómo mi sumisión llegaba al límite.
— Seguí dándole, nena, que para esto te transformaste. Sentenció él, apretándome la mandíbula.

Estoy tirada sobre esta mesa de madera ruda, totalmente desnuda y expuesta como un pedazo de carne en la carnicería frente al tipo que siempre verdugueó a mi viejo.
El bully de mi papá me mira con un hambre animal, disfrutando de cómo su presencia me hace temblar las carnes nuevas, mientras me abre las piernas sin un gramo de delicadeza.
— Mirá qué irónico, Mia... el hijo del flojito de tu padre terminó siendo mi muñequita de trapo. Se burla mientras se baja los pantalones y me muestra su poder.
— Soy tuya... haceme lo que él nunca se animaría... usame como la puta que soy. Le pido con una voz quebrada, entregándole mi dignidad en bandeja.
— Te voy a romper toda para que cuando vuelvas a casa, tu viejo no pueda ni mirarte a los ojos. Me gruñe antes de entrar en mí con una fuerza que me hace arquear la espalda.
— ¡Ahhh! Sí, rompé todo... borrame el pasado... soy la perra de los que mandan. Grité, sintiendo el peso de su dominio sobre mi cuerpo traidor.
— Tomá, nena, esto es lo que siente una verdadera mujer bajo un macho alfa. Me espetó mientras la mesa crujía bajo nosotros.

De rodillas en una oficina alfombrada, sintiendo la humillación de estar frente al tipo que tiene la vida de mi viejo en sus manos.
Le bajo los pantalones con mis dedos finos, viendo cómo su virilidad asoma con arrogancia, sabiendo que mientras yo estoy acá abajo chupándole el orgullo, mi papá cree que estoy buscando trabajo de verdad.
— ¡Qué buen servicio le hacés a la empresa, Mia! Así se ganan los ascensos, pedazo de trola. Me dice el jefe con una sonrisa cargada de maldad pura.
— Hago lo que sea por un macho de verdad... mi viejo no tiene idea de lo que soy capaz. Susurro antes de lamerle la punta, perdiendo la poca vergüenza que me quedaba.
— Sos una basura hermosa, nena... tu viejo trabaja para mí, y vos vivís para servirme. Me espeta, presionando su verga contra mis labios.
— Sí... amo... soy la puta de la jerarquía... usame y descartame. Balbuceé, sintiendo el calor de la sumisión quemándome la nuca.
— Dale, tragatela toda, que esto es lo único que vas a heredar de tu familia. Me ordenó, agarrándome del mentón con fuerza.

Estoy de rodillas frente a él, el hombre que mi viejo más teme, y yo solo quiero que me marque para siempre con su rastro de macho.
Me agarro mis propios pechos, apretándolos con fuerza para formar un escote profundo y morboso, rogándole con la mirada que me use como su juguete personal mientras él se prepara para terminar.
— ¡Mirate qué puta sos! Te encanta que el enemigo de tu padre se corra en tu cara, ¿no? Me grita mientras su respiración se vuelve pesada y errática.
— Sí... por favor... manchame toda... que se note que soy tuya. Supliqué, juntando más la carne suave de mi pecho para recibir su carga.
— Sos una decepción deliciosa, nena... tu viejo gastó en una hija y le salió una perra sin fondo. Se ríe mientras me apunta directamente a los ojos.
— ¡Ahhh! ¡Hacelo ya! ¡Quiero sentir tu marca en mi piel! Grité desesperada, cerrando los ojos para recibir el chorro caliente de su desprecio.
— Tomá, nena, guardate este recuerdo para cuando cenes con tu familia esta noche. Sentenció, bañándome la cara con su victoria.

Acá estoy, en el cuarto de invitados, devorándole la verga al mejor amigo de mi viejo mientras disfruto del tamaño de su gran virilidad ruda.
Me encanta sentir cómo me llena la boca, una sensación que me recuerda que ya no soy el pibe que solía ser, sino este receptáculo de placer prohibido que traiciona a su sangre por un poco de dominio.
— ¡Tu viejo se muere si sabe lo que estamos haciendo, Mia! Sos la trola más sucia que conocí. Me susurra él, disfrutando del secreto más caliente de la casa.
— Me encanta... me encanta ser la perra de tus amigos... él es un tonto que no sabe lo que tiene. Digo entre lamidas, entregada al morbo de lo prohibido.
— Sos una máquina, nena... tenés un hambre de macho que no es normal. Se sorprende mientras me hunde la verga hasta el fondo de la garganta.
— Es por la pastilla... me convirtió en esto... en tu puta privada... Seguí, no pares. Balbuceé, sintiendo cómo su gran verga me dominaba por completo.
— ¡Eso es! Tragá bien, que esto es lo que te merecés por ser tan fácil. Me gruñó, dándome un chirlo en la mejilla que me hizo gemir de placer.

Ahí estoy, abierta de piernas arriba de la barra de madera donde mi viejo solía tomar mate con sus amigos, pero ahora solo sirve para que uno de ellos me use como un trapo.
El tipo me clavó los dedos en los muslos y me levantó el vestido hasta el cuello, cargándome el peso en los hombros mientras me embiste con una saña que me hace ver estrellas, ignorando los gritos de mi viejo que mira desde el rincón muerto de vergüenza.
— ¡Mirá qué bien que salió el nene, es una máquina de perrear! Se ríe otro de los amigos, haciendo fila con la bragueta abierta mientras esperan su turno para pasar por este cuerpo nuevo.
— ¡Soltala, es mi hijo, por Dios! Grita mi viejo, pero todos se le ríen en la cara porque ahora solo soy la puta del grupo.
— ¡No soy tu hijo, soy Mia y soy la perra de tus amigos! Le grité entre gemidos, disfrutando de ver cómo se le rompe el corazón mientras me terminan de domar.
— ¡Callate y abrí más las piernas, trola, que todavía faltan tres! Me ordenó el que me estaba cogiendo, dándome un cachetazo que me dejó la cara ardiendo.
— Sí, mi macho... que pasen todos... no sirvo para otra cosa. Balbuceé, entregada al desprecio de todos esos hombres.

Estoy parada en el medio de la oficina, vestida con un conjunto de encaje negro que mi viejo jamás imaginaría que su "heredero" se pondría, besando con lengua al tipo que le paga el sueldo a mi familia.
Siento sus manos ásperas apretando mis nalgas nuevas, amasándolas con una propiedad que me hace temblar las piernas, mientras él se ríe de lo fácil que fue convertirme en su secretaria privada.
— ¿Sabés qué haría tu viejo si supiera que me estás pidiendo por favor que te use en su escritorio? Me susurra el jefe mientras me muerde el labio.
— Mi viejo es un beta, usted es el que manda... úseme como quiera, jefe. Le dije, refregando mi culo contra su pantalón de vestir.
— Sos una puta de lujo, nena, lástima que te vas a ir a casa con el olor de mi perfume en toda la piel. Se burla, dándome un chirlo que resuena en toda la oficina.
— ¡Ahhh! Sí... que todos sepan que soy suya... que mi viejo me huela y sepa que ya no le pertenezco. Gemí, perdiendo los estribos por su dominio.
— Quedate quieta que ahora te voy a enseñar quién es el verdadero dueño de esta empresa. Sentenció, dándome vuelta para mirar el cuadro de mi viejo en la pared.

Llegué al cuarto y no aguanté más el calor de esta piel que me quema; me solté el nudo de la bata y la dejé caer al piso, quedándome totalmente desnuda al lado de la puerta que dejé abierta a propósito.
Quiero que todos los que pasen por el pasillo vean en lo que me convertí: una hembra lista para el desguace, con los pechos inflados y las caderas anchas esperando que cualquier macho alfa entre a reclamarme.
— ¡Miren a la princesita, no aguantó ni dos minutos vestida! Gritó uno de los invitados desde el pasillo, frenándose en seco al verme.
— No miren... entren y úsenme... soy una trola que no tiene vergüenza. Susurré, arqueando la espalda para que mis nalgas se luzcan desde el marco de la puerta.
— ¡Mirá lo que es ese cuerpo, la pastilla te dejó hecha una perra ninfómana! Me dijeron, entrando al cuarto sin pedir permiso.
— Soy lo que ustedes quieran... no me dejen así... necesito sentir un hombre de verdad. Supliqué, mientras sentía las manos de desconocidos empezando a recorrerme.
— Así me gusta, sumisa y bien regalada, como la basura que sos. Me espetaron, cerrando la puerta con una patada mientras yo me tiraba a la cama.

Me tiene agarrada de los hombros, hundiendo sus dedos en mi carne suave mientras me apoya contra la mesada de granito, los dos totalmente desnudos en la oscuridad de la casa.
Es el mismo tipo que siempre lo verdugueaba a mi viejo en el gimnasio, y ahora me está usando a mí para terminar de humillarlo, dándome de atrás con una fuerza animal que me hace golpear la frente contra el mármol.
— ¿Te gusta que el que siempre hizo llorar a tu papá ahora te haga llorar a vos, pero de placer? Me gruñe con esa voz de alfa que me deja muda.
— ¡Sí! ¡Rompeme toda! ¡Él es un cobarde, usted es un macho de verdad! Le grité, sacando el culo con desesperación para recibir cada estocada.
— ¡Mirá qué bien que se mueve la putita del barrio! Sos pura goma, nena. Se ríe, dándome un chirlo que me dejó la nalga vibrando.
— ¡Ahhh! ¡Más fuerte! ¡Que mi viejo escuche desde su cuarto cómo su bully se coge a su hijo! Gemí fuera de mí, entregada al morbo total.
— Sos una basura, Mia, pero sos la basura más rica que probé en mi vida. Sentenció él, apretándome el cuello mientras terminaba su trabajo.

Estoy de rodillas en el piso sucio del callejón, entre el olor a meada y basura, entregada al tipo que todas las minas del boliche rechazaron por feo y borracho.
Pero para mí, en este estado de degradación total, él es el único que importa mientras le hago una garganta profunda que me hace saltar las lágrimas, sintiendo el gusto rancio de su descuido en mi boca de muñeca.
— ¡Tragatela toda, pedazo de trola, que para esto te sirve la boquita nueva! Me escupió, agarrándome del pelo para enterrarse hasta el fondo.
— *Ghggh... ghggh...* Traté de decir, pero solo me salían ruidos de atragantamiento mientras mis ojos se ponían en blanco.
— ¡Mirá cómo se ahoga la nena bien! Sos una puta de callejón, Marcos, aceptalo de una vez. Se burló, moviendo sus caderas con violencia.
— ¡Soy Mia... soy una puta... sucia! Logré balbucear cuando me soltó un segundo el pelo, solo para que me obligara a seguir.
— ¡Callate y seguí trabajando, que todavía no terminé de humillarte! Me ordenó, y yo volví a bajar la cabeza con una sumisión absoluta.

Estoy en ropa interior, en cuatro debajo de la mesa de vidrio mientras el amigo de mi viejo desayuna tranquilo arriba mío, viendo cada uno de mis movimientos desde su silla.
Me saqué el pantalón y me quedé solo con el hilo dental, restregando mi culo contra el piso mientras miro esa gran verga que se le marca en el pantalón, deseando que deje el café y se ocupe de mí.
— ¡Qué bien que te queda el lugar de mascota, Mia! Tu viejo cree que estás durmiendo, pero estás acá abajo esperando mi orden. Me dice, dándole un sorbo a su taza.
— Soy su mascota... por favor... mire cómo me puse para usted. Dije, mirando a través del vidrio con los ojos cargados de deseo y culpa.
— Sos una trola ninfómana, no podés estar dos segundos sin buscar una verga que te domestique. Se burló, apoyando el pie en mi espalda para mantenerme en el suelo.
— ¡Ahhh! Sí... písame... soy una perra que no vale nada. Gemí, sintiendo el peso de su bota mientras mi entrepierna ya estaba empapada.
— Portate bien y quizás te deje probar lo que tengo acá abajo antes de que tu viejo baje a desayunar. Sentenció, y yo empecé a gatear hacia él como una verdadera perrita.

Ahí estoy, rebotando con todo el peso de mis caderas nuevas sobre este semental, jugando con mi cascada de pelo mientras siento el ardor delicioso de mis nalgas, rojas por las nalgadas que me dio este macho.
De repente, la puerta de mi cuarto se abre y es mi viejo; se queda pálido al verme de espaldas, entregada totalmente al tipo que siempre le hizo la vida imposible, el bully que ahora me usa de trapo.
— ¡Mirá qué bien que me cuida tu "amigo", pa! Gritó entre gemidos, mientras mi culo sacudía toda su vergüenza en su cara.
— ¡Callate y seguí saltando, pedazo de trola, que tu viejo no existe acá! Me gruñe el negro, dándome otro chirlo que me hace arquear la espalda.
— Sí, papi... mirá cómo me rompen... mirá en lo que gastaste tu plata. Balbuceo, disfrutando de ver cómo se le rompe el corazón mientras yo me sigo vaciando.
— Sos una basura, Mia... me das asco. Susurra él, pero yo solo puedo reír mientras el bully me hunde contra el colchón.
— Tomá, nena, tragate el orgullo de tu familia. Sentenció el macho, ignorando el llanto de mi padre.

El viaje era corto, pero mis ganas de ser usada eran más fuertes; me pasé al asiento de atrás y ahora estoy cabalgando al Uber mientras el auto sigue en movimiento por las calles oscuras.
Siento el roce de la lencería barata contra el cuero del asiento y el sudor de un desconocido que ni siquiera sabe mi nombre, solo que soy una puta que se le ofreció al primer semáforo.
— ¡Qué bien la movés, nena! Pensar que tu viejo cree que vas a la facultad. Se burla el tipo, agarrándome fuerte de la cintura.
— La facultad de ser una perra, eso soy... dale más fuerte. Le ruego, sintiendo cada pozo de la calle como una caricia en mi interior.
— ¿Te gusta que cualquier desconocido te use de juguete? Me pregunta mientras me entierra las uñas en las nalgas.
— Sí... nací para esto... no sirvo para ser el orgullo de nadie. Gemí, viendo pasar las luces de la ciudad a través del vidrio empañado.
— Sos la mejor propina que me dieron en la vida, trola. Sentenció él, acelerando mientras me terminaba de domar.

Mi viejo llegó con un ramo de flores, todo tierno, queriendo festejar mi "nueva vida", pero en cuanto abrió la puerta principal me encontró en el piso del living, entregada al tipo que más odia en el mundo.
El ramo cayó al suelo mientras yo, con el vestido por el cuello, me dejaba deshacer por el bully que lo atormentó años y que ahora me usa como su trofeo de guerra.
— ¡Mia! ¡¿Qué estás haciendo con este animal?! Grita mi padre, pero yo solo saco más el culo, buscando que el tipo me dé más duro.
— Estoy siendo feliz, pa... este es un macho de verdad, no como vos. Le escupo con una sonrisa perversa mientras el bully me agarra del pelo.
— ¡Mirá cómo disfruta tu nena, viejo fracasado! Se ríe el tipo, dándome un beso cargado de asco y deseo.
— ¡Soltala! ¡Es mi hija! Suplica él, pero yo ya no soy su hija, soy solo el desecho de su enemigo.
— Andate, pa... dejanos terminar que todavía me falta un montón de leche. Sentencié, cerrando los ojos para disfrutar mi caída.

Escuché el timbre y fui a abrir totalmente desnuda, ignorando los gritos de mi viejo que trataba de taparme con una manta, rojo de la furia y la decepción.
Abrí la puerta y ahí estaba el pibe de PedidosYa, que se quedó mudo viendo mis pechos nuevos y mi entrepierna expuesta, mientras yo le sonreía como la trola que soy.
— Acá tenés las bolsas, reina... pero creo que el postre lo tenés vos. Me soltó el pibe, aprovechando que mi viejo estaba paralizado atrás.
— Entrá y dámelo ahora, no me hagas esperar frente a mi papá. Le pedí, agarrándolo de la remera para meterlo a la fuerza mientras él soltaba las bolsas.
— ¡Mia, por Dios, tené un poco de dignidad! Gritó mi padre, pero el repartidor ya me tenía contra el marco de la puerta, dándome duro adelante de él.
— Mirá qué bien que paga el delivery tu nena, viejo. Se burló el macho mientras me levantaba una pierna para entrar mejor.
— Sí... dame todo... que mi viejo vea cómo me atendés mejor que nadie. Gemí, sintiendo la mirada de desprecio de mi padre como el mejor lubricante.

Estoy de rodillas, el lugar donde me puso la pastilla, bajándole los pantalones al mejor amigo de mi viejo mientras él intenta no mirar por la ventana.
Veo cómo resalta su gran verga a través del bóxer, una mole que me hace agua la boca y me hace olvidar que este tipo se sentaba a cenar con nosotros todos los domingos.
— ¡Mirá qué bien que te salió la nena, che! Me dice el tipo a mi viejo, mientras yo ya estoy saboreando la tela.
— Es una vergüenza... Mia, por favor, levantate. Suplica mi padre desde el rincón, tapándose la cara.
— Dejalo, pa... él tiene lo que yo necesito, no como tus consejos de mierda. Le digo con la boca llena de deseo, tironeando del elástico del bóxer.
— Sos una perrita muy aplicada, ojalá todos los hijos fueran como vos. Se burla el amigo, acariciándome la mejilla con prepotencia.
— Soy tu puta, nada más... mostrame eso que me prometiste. Sentencié, liberando su virilidad frente a los ojos de mi padre.

Me pongo frente al espejo, parando el culo con una técnica que me llevó semanas perfeccionar, mientras la lencería de encaje me corta la piel de lo ajustada que está.
Grabo todo con el celular, pensando en los miles de tipos que van a ver cómo mis nalgas tiemblan con cada movimiento, burlándome de la educación que mi viejo intentó darme.
— Miren este producto... una nena bien convertida en la trola del barrio. Susurro al micrófono para que se escuche mi respiración agitada.
— Mi viejo cree que estoy durmiendo, pero estoy acá, ofreciéndoles este ojete que no para de palpitar. Digo, haciendo un primer plano de mi humillación.
— ¿Quién quiere ser el primero en estrenar este conjunto hoy? Vengan que estoy regalada. Me ofrezco, tocándome mientras imagino manos rudas sobre mí.

Me miro en el espejo con este vestido de red que no es más que un montón de agujeros unidos por hilos negros; mis pezones y mi vello están ahí, a la vista de cualquiera.
— Es perfecto para salir a buscar machos, no tengo que ni desvestirme. Me digo, disfrutando de lo barata que me veo, como una verdadera puta de catálogo.
— Si mi viejo me viera así, le agarra un infarto... y eso es lo que más me calienta. Río, estirando la red para que se marque bien mi figura operada por la química.
— Soy una red lista para pescar alfas, y no pienso dejar a ninguno afuera. Sentencié, pintándome los labios de un rojo provocador.

El hijo del amigo de mi viejo me agarró en el pasillo, me levantó la falda y ahora me está dando sin asco mientras mis medias de red se enganchan en sus manos rudas.
— ¡Pensar que jugábamos a los autitos de chicos y ahora te estoy rompiendo toda, Mia! Se burla, dándome una estocada que me hace ver estrellas.
— ¡Ahhh! Seguí... no me hables de cuando era hombre, ahora soy solo tu carne. Le grito, entregada al dolor placentero de su dominio.
— Sos una trola de primera, tu viejo se debe querer matar de que seas mi juguete preferido. Me dice, escupiéndome el hombro.
— Que se pudra... yo solo quiero que me sigas dando así, como el animal que sos. Gemí, sintiendo cómo mi identidad se borraba con cada golpe de sus caderas.

Estoy de rodillas sobre el bully de mi padre, que está sentado en un sillón, obligándome a cabalgarle dándole la espalda mientras nos miramos en el espejo del living.
Uso una remera de red que deja mis pechos al aire con cada salto, y veo mi cara de sumisión total reflejada, mis ojos perdidos de tanto placer humillante.
— ¡Mirate qué perra sos! Mirá cómo se te mueve todo mientras tu viejo nos mira desde el pasillo. Me gruñe el macho, agarrándome de las tetas con fuerza.
— Soy tuya... mirame, pa... mirá cómo disfruto ser la puta de tu enemigo. Grito hacia el espejo, buscando la mirada quebrada de mi viejo.
— Sos una ninfómana, Mia... no tenés límites. Susurra mi padre, derrotado, mientras el bully se ríe a carcajadas.
— Los límites los pone mi macho, yo solo soy el envase. Sentencié, saltando más fuerte hasta sentir que me desarmaba.
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