Ahí estoy, en la posición que me corresponde desde que esa pastilla me derritió la hombría y me dejó esta carne suave y traicionera.
El tipo me agarra de la cascada de pelo castaño con una fuerza que me hace soltar un grito agudo, obligándome a levantar la cabeza para que vea en el espejo cómo su cuerpo rudo me deforma las nalgas con cada embestida.
Siento el fuego líquido recorriéndome por dentro, una humillación que me quema mientras entiendo que mi viejo, ese hombre bueno que me compró la pastilla pensando en mi "felicidad", ahora se moriría de vergüenza si viera en la perra en la que me convertí.
— ¡Mirate, sos una máquina de recibir leche, pedazo de puta! Me gruñe al oído con una voz de alfa que me hace vibrar hasta los oídos.
— Sí... soy tuya... haceme lo que quieras, mi macho... Balbuceo con los ojos en blanco, entregada totalmente al ritmo salvaje que me impone.
— ¿Te gusta que te use así mientras tu viejo cree que estás estudiando? Me espeta mientras me da un chirlo que me deja la marca roja.
— ¡Ahhh! Sí, romperme toda... no sirvo para otra cosa que para esto. Gemí, sintiendo cómo mi dignidad se terminaba de quebrar.
— Tomá, puta, tragate todo este orgullo que te sobraba. Sentenció él, hundiéndose en mí hasta el fondo.

Me grabo frente al espejo con este vestido blanco que es una mentira, porque no tapa nada; la tela es tan fina que mis pezones nuevos, hinchados y sensibles, se marcan como dos balas pidiendo atención.
Acaricio mis curvas con las manos delicadas que me dejó la transformación, pensando en cómo pasé de ser un pibe promedio a este imán de tipos duros que solo quieren usarme y tirarme.
— Miren lo que fabricó la química... una muñequita lista para el desguace. Susurro a la cámara, buscando la aprobación de los machos que van a ver este video.
— Mirá qué pezoncitos, parece que están gritando por un poco de acción. Me digo a mí misma, rozándolos con las uñas y sintiendo un escalofriante placer.
— ¿Quién de todos ustedes me va a venir a buscar hoy para dejarme bien marcada? Pregunto con esa voz de gata sumisa que ya no puedo controlar.
— Mi viejo gastó una fortuna en mi cambio, y mirame ahora, regalándome por un par de likes de tipos que me ven como un trapo. Río con una amargura que se mezcla con las ganas de ser sometida.
— Vengan a buscar a su perra, no me hagan esperar que este vestido se sale solo. Termino el video, bajando la cámara hacia mi entrepierna que ya empieza a palpitar.

Me siento en el borde del colchón, abriendo las piernas lo justo para que el aire me pegue en la piel nueva y delicada, mientras escucho los pasos pesados del tipo que me acaba de "alquilar" con una mirada.
Me levanto la falda despacio, disfrutando de la cara de asco y deseo que pone al ver que debajo no hay nada, solo mi vulnerabilidad expuesta para su disfrute.
— ¡Qué bien aprendiste a ofrecerte, nena! Levantala más, quiero ver todo el desastre que sos. Me ordena, parado frente a mí como un gigante.
— Así... ¿así está bien, amo? Pregunto, subiendo la tela hasta la cintura mientras mis muslos tiemblan por los tacos y los nervios.
— Estás para romperte en mil pedazos, lástima que tu viejo no sabe que su "princesa" es la más barata del barrio. Se burla, acercándose para marcar territorio.
— Mi papá es un tonto... ustedes son los que mandan... yo solo obedezco. Balbuceé, sintiendo la humillación de mis palabras como una caricia prohibida.
— Ponete bien de rodillas y mostrame ese respeto que te enseñé. Mandó él, y yo bajé al piso sin dudarlo ni un segundo.

Estoy acá abajo, donde me pertenece, mirando esa mole de carne oscura que parece una columna de ébano lista para destruirme la garganta.
La agarro con mis manos finitas, comparando la palidez de mi piel de seda con la oscuridad ruda de su virilidad, sintiendo un hambre que nunca antes como Marcos hubiera imaginado.
— ¿Te gusta lo que ves, putita? Mirala bien, que esto es lo que te va a domesticar hoy. Me dice el morocho desde arriba, apoyando su mano pesada en mi coronilla.
— Es hermosa... por favor... dejame probarla. Supliqué con la mirada fija en su glande, perdiendo cualquier rastro de decencia que me quedaba.
— Primero decime qué sos, quiero escucharlo mientras me mirás de abajo. Me exige, presionando su verga contra mi mejilla.
— Soy una puta... tu puta de turno... una basura gender bender que solo vive para los machos como vos. Recito con fervor, entregando mi alma en cada palabra.
— Tomá, nena, empezá a trabajar que esto no se va a chupar solo. Sentenció, empujándome la cabeza hacia adelante.

El frío del cemento me quema la espalda, pero el calor del tipo que me tiene acorralada es mucho peor; es el mismo borracho que me persiguió toda la noche diciéndome guarangadas.
Me levanta el vestido de gala como si fuera un pedazo de trapo viejo, dejando mis nalgas blancas expuestas a la suciedad del callejón mientras me hunde contra la pared.
— ¡Te dije que te iba a coger, putita! Mirá cómo terminaste, en un pasillo oscuro rogando por un poco de esto. Me grita con olor a whisky y sudor de macho alfa.
— ¡Ahhh! ¡Despacio... me duele! Grité cuando sentí su entrada violenta, sin preparación, rompiéndome la poca dignidad que me quedaba después de la fiesta.
— ¡Callate y bancatela! ¿No eras tan cancherita con tus amigas? Ahora sos mi juguete de callejón. Me gruñe, dándome un chirlo que resuena en las paredes mugrientas.
— Sí... soy tu juguete... usame como la basura que soy. Lloriqueé, sintiendo cómo mis pechos rebotaban contra su pecho peludo y rudo.
— ¡Eso, sacudilo así! Mirá cómo te dejo la pared, toda manchada con tu vergüenza. Se ríe, mientras me coge con una furia animal que me hace olvidar hasta mi propio nombre.

Ahí estoy, con la cara hundida en las sábanas para no tener que mirar lo que queda de mi dignidad, mientras levanto el culo como una perra en celo que no tiene vergüenza.
Siento la lengua de ese macho recorriéndome la vagina y el culo con un hambre que me hace temblar; me saborea como si fuera un pedazo de carne barata y yo solo puedo arquear la espalda buscando más.
Pensar que mi viejo trabajó toda su vida para darme un futuro, y ahora su "orgullo" está acá, ofreciendo los agujeros a cualquier tipo que tenga ganas de usar a la trola del barrio.
— ¡Qué bien que sabe esta basurita química! Sos pura azúcar para mi lengua, puta. Me gruñe mientras me separa las nalgas con las manos rudas.
— Sí... comeme toda... soy tuya, haceme lo que quieras. Balbuceo contra el colchón, sintiendo cómo el placer humillante me nubla el juicio.
— Tu papá se moriría si viera cómo me entregás hasta el alma por un poco de atención, pedazo de inútil. Se burla, dándome un mordisco que me hace saltar.
— ¡Ahhh! No le digas... solo seguí... no sirvo para otra cosa que para que me uses. Gemí, aceptando mi destino de objeto.
— Calladita, que ahora te voy a dejar bien marcada para que no te olvides quién manda. Sentenció, mientras me preparaba para lo peor.

Estoy completamente desnuda, sintiendo el frío del vidrio contra mis pechos nuevos y sensibles, mientras el tipo está atrás mío, solo con sus jeans y esa verga enorme afuera que me roza la cintura.
Me obliga a mirar hacia la calle, donde cualquiera podría verme, para que entienda que desde que tomé esa pastilla ya no tengo derecho a la privacidad; soy de dominio público.
— Mirá para afuera, trola, que vean todos cómo te tengo sometida contra el vidrio. Me ordena, agarrándome del cuello para que no baje la vista.
— Por favor... alguien me va a ver... me da mucha vergüenza. Supliqué, aunque por dentro mi cuerpo de mujer vibraba por el riesgo.
— ¿Vergüenza? Si sos una puta de exhibición, nena. Tu viejo te crió para ser un hombre y terminaste siendo mi juguete de vidriera. Me escupe las palabras mientras me frota su dureza.
— Es verdad... soy una inútil... no soy nadie sin un macho que me use. Reconozco con la voz quebrada, dejando que sus manos recorran mis curvas.
— Tomá, nena, sentí lo que es un hombre de verdad y dejá de llorar. Me dijo, dándome un tirón de pelo que me hizo sacar el pecho hacia afuera.

Acá me tenés, completamente en pelotas y de rodillas en el piso, frente a este negro imponente que está sentado en el sillón con su bata blanca abierta, mostrándome el camino a mi sumisión.
Chupo su verga con una desesperación que me da asco, pero mi boca de mujer parece haber nacido para esto, moviéndose con un ritmo que solo una perra entrenada conocería.
— ¡Eso, tragatela toda, que no quede ni un milímetro sin babear, pedazo de puta! Me manda, hundiéndome la cabeza con su mano pesada y ruda.
— Mmmff... sí, amo... me encanta... Balbuceo como puedo, sintiendo el sabor de su hombría invadiéndome los sentidos.
— ¿Viste lo que sos? Una basurita que solo sirve para estar en el piso. Tu viejo creía que ibas a ser informático y terminaste de aspiradora de tipos como yo.Se ríe, humillándome en cada embestida.
— Mi papá es un fracasado... yo prefiero estar acá abajo... sirviéndote. Pienso, mientras me entrego al placer de ser nada frente a él.
— Dale, trabajá esa boquita que hoy no descansás hasta que te deje la garganta ardiendo. Sentenció, apretándome las mejillas con fuerza.

Suena el timbre y sé perfectamente quién es: el tipo que siempre forreó a mi viejo por ser un "bueno para nada", y ahora me toca a mí pagar sus deudas de la forma más sucia.
Le abro la puerta vestida solo con esta lencería negra que me aprieta las carnes y deja ver casi todo, mostrándole que la hija del hombre que él desprecia es ahora su mejor diversión.
— ¡Pero mirá qué caramelito me tenía escondido el viejo! Sos igual de inútil que él, pero mucho más cogible. Me dice, entrando a mi casa como si fuera el dueño.
— Hola... pasá... te estaba esperando. Dije bajando la mirada, sintiendo la humillación de recibir al enemigo de mi familia como una perra sumisa.
— Ponete de espaldas, quiero ver si ese culito es tan bueno como dicen en el barrio. Me ordena, cerrando la puerta con una sonrisa cruel.
— Sí, lo que usted diga... no me lastime mucho. Balbuceé, dándome la vuelta y apoyándome en el mueble de la entrada.
— Te voy a dar tantas nalgadas que tu papá va a escuchar tus gritos desde la otra cuadra, trola. Me amenazó, levantándome el encaje de la tanga.

Estoy arriba de él, cabalgándolo con furia mientras el vestido rojo que me puse para la fiesta quedó hecho un bollito en mi cintura, dejando mis tetas expuestas saltando con cada movimiento.
Le doy la espalda, dejando que vea cómo su verga oscura entra y sale de mi culo, rompiéndome por dentro mientras yo lloro y disfruto de la destrucción de mi antigua hombría.
— ¡Mirá cómo te devora ese agujerito, sos una puta de raza, Mia! Me grita, agarrándome de las caderas para marcarme el ritmo salvaje.
— ¡AHHH! ¡Me rompe... me duele mucho, mi macho! Grité, sintiendo cómo el fuego líquido de la pastilla se mezclaba con el dolor del acto.
— ¡Bancatela, que para eso te transformaste! Sos la vergüenza de tu sangre, una trola que solo sirve para que los negros la usen de descarga. Me escupe, dándome un chirlo que me hace saltar.
— ¡Sí! ¡Soy tu perra... rompé este culito de inútil! Acepto a los gritos, perdiendo el control total de mi cuerpo mientras sigo saltando sobre él.
— Tomá, nena, llevate este recuerdo para que cuando veas a tu viejo sepas bien quién es tu verdadero dueño. Sentenció, hundiéndose en mi recto con una embestida final que me dejó sin aire.

Me miro al espejo y no puedo creer lo que el dinero de mi viejo compró: esta perra aceitada que brilla bajo las luces, metida en un bikini tan chico que parece un chiste.
Las tiritas apenas me tapan los pezones que me duelen de estar tan excitados, mientras mis manos suaves recorren mis tetas nuevas, sintiendo cómo el aceite resbala por mi piel de seda.
— Mirá lo que hiciste, papá... gastaste tus ahorros para que ahora yo sea el juguetito preferido de cualquier macho que tenga dos dedos de frente. Susurro con una sonrisa enferma mientras me aprieto el pecho.
— ¡Qué buena estás, trola, me dan ganas de arrancarte ese hilito con los dientes! Me grita un tipo desde el otro lado, y yo me arqueo toda para que vea bien lo que compró la química.
— Soy tuya, mi macho... mírame cómo brillo para vos mientras mi viejo cree que soy su orgullo. Balbuceo, sintiendo la vergüenza como un fuego que me pide más.
— Ponete de espaldas, que ese bikini no te tapa ni las ganas de que te rompa toda. Me ordena, y yo obedezco sintiéndome la puta más barata del mundo.
— Tomá, nena, disfrutá de ser lo que sos: una basura hermosa. Sentenció él mientras me agarraba de la cintura.

Quién me viera acá, en los baños de la facultad donde supuestamente venía a recibirme de algo importante, ahora estoy en ropa interior contra los azulejos fríos mientras un macho me somete.
Tengo el encaje apretado contra la piel y las piernas me tiemblan sobre los tacos, sintiendo el olor a cloro mezclado con el sudor rudo del pibe que me tiene acorralada.
— ¡Mirá a la estudiante estrella, parece que hoy la materia es cómo recibir leche! Se burla él, hundiendo su cuerpo contra el mío mientras me levanta el corpiño.
— ¡Ahhh! Sí... reprobame todo... no sirvo para los libros, solo sirvo para esto. Grité, sintiendo la humillación de mi padre que cree que estoy en clase.
— Sos una puta de universidad, Mia, te vas a ir a casa con el uniforme todo manchado. Me gruñe al oído, dándome un chirlo que resuena en todo el baño.
— Rompeme toda acá mismo... que todos escuchen cómo gime la nena de papá. Supliqué, entregando lo que me queda de dignidad.
— Calladita y bien abierta, perra, que acá mando yo. Me cortó, dejándome sin aire.

Estoy tirada en la cama, boca abajo, con el culo levantado hacia el techo como una invitación al pecado, sintiendo el peso del hombre que me domina desde atrás.
Siento su dedo grueso explorando mi vagina nueva, estirándome la carne suave mientras yo entierro la cara en la almohada para ahogar los gemidos.
— ¡Mirá cómo palpita esta perrita! Estás desesperada porque te llene, ¿no, trola? Me pregunta con una voz que me hace chorrear de placer humillante.
— Sí... por favor... no me dejes así... soy tu muñequita. Balbuceo, sintiendo cómo su dedo me deforma por dentro.
— Pensar que tu viejo te cuidaba como a un cristal y ahora sos este despojo que no puede cerrar las piernas. Se ríe, clavándome las uñas en las nalgas.
— Mi viejo es un tonto... me dejó lista para que ustedes me usen como quieran. Gemí, aceptando mi destino de carne de cañón.
— Quedate ahí, bien arqueada, que ahora viene lo mejor. Me mandó, y yo solo pude esperar el impacto.

Estoy sola en la cama, o eso creo, porque sé que hay ojos grabándome mientras me toco las tetas nuevas con una desesperación que me da asco y me encanta.
Solo tengo puesta una tanga blanca que me corta la cadera, resaltando cómo mi cuerpo de hombre desapareció para dejar paso a estas curvas de puta que no se cansan de pedir guerra.
— Mirame, papá... mirá en qué se convirtió tu hijo... una perra que no puede dejar de tocarse pensando en machos desconocidos. Susurro mientras me aprieto los pezones con fuerza.
— ¡Qué pedazo de trola sos, Mia, te tocás como si te fuera la vida en eso! Me imagino que me dicen, y se me escapa un gemido que me sale del alma.
— Soy una enferma... una ninfómana que fabricaron en un frasco plateado. Me digo, pasando la mano por el encaje de la tanga que ya está empapada.
— Vengan a sacarme las manos de encima y pónganme las suyas... no aguanto más ser mi propio juguete. Lloro de placer, arqueando la espalda en la soledad de mi humillación.
— Tomá, nena, que tu castigo sea no parar nunca. Me sentencio a mí misma.

Siento el aire frío golpeándome las nalgas mientras las mantengo bien abiertas con mis propias manos, mostrando el desastre que el macho acaba de hacer en mi interior.
El semen caliente resbala por mis muslos, goteando desde mi vagina hacia las sábanas, mientras él se saca la verga y me mira con un desprecio que me hace temblar de deseo.
— ¡Mirá cómo quedaste, chorreando como una canilla rota, pedazo de puta! Me dice, limpiándose con mi propio vestido.
— ¡Ahhh! Gracias... gracias por llenarme así... me hacía tanta falta. Balbuceo de rodillas, mirando el charco de mi propia derrota.
— Sos un envase de leche, Mia, para eso te compró la pastilla tu viejo, para que los alfas nos saquemos las ganas con vos. Se burla, dándome una patadita en el culo.
— Sí... soy un envase... usame y tirame cuando quieras. Respondí con la voz rota, sintiendo el peso de la semilla ajena en mis entrañas.
— Mañana vas a estar pidiendo más, porque naciste para ser nuestra. Sentenció, dejándome ahí tirada.

El agua de la pileta me llega al pecho, pero mis ojos están fijos en el borde, donde el macho está sentado como un rey esperando su tributo.
Le bajo el bikini con los dientes, dejando que mis tetas floten mientras me concentro en su verga ruda, chupándola con una devoción que me daría vergüenza si todavía fuera Marcos.
— ¡Eso, nena! Tragátela toda, que para eso te puse ese bikini de puta, para que me sirvas en público. Me gruñe, agarrándome del pelo para hundirme la cabeza.
— (Ruidos de atraganto)... Sí, mi macho... mmm... qué rico. Logro decir entre cada embestida bucal, sintiendo el cloro y su sabor de hombre.
— Mirá si te viera tu viejo ahora, de rodillas en el agua sirviendo a un desconocido como la perra que sos. Se ríe, mientras la gente pasa cerca sin saber lo que pasa abajo.
— Que miren... que vean que soy tuya... no me importa nada más. Pienso, mientras me esmero en dejarlo seco.
— Tomá, tragá, que esto es lo único que vas a estudiar hoy. Me mandó, llenándome la boca de su poder.

Estoy completamente desnuda, sin una sola tela que me proteja, de rodillas frente a él mientras me masturbo con un ritmo frenético solo para que él me vea.
Lo miro desde abajo con una sonrisa de puta sumisa, dejando que mis manos recorran mi cuerpo aceitado, mostrándole cada rincón de la perra que ahora soy.
— ¡Mirá qué carita de viciosa tenés! Sabés que sos una basura y te encanta que yo lo sepa. Me dice, fumando un cigarrillo mientras me desprecia con la mirada.
— Soy tu basura favorita... mirame cómo me corro solo para vos. Susurro, acelerando el movimiento mientras mis ojos no se apartan de su virilidad.
— Tu viejo se gastó la vida en vos y vos te la gastás de rodillas frente a un tipo que no sabe ni tu nombre. Se burla, y yo siento un orgasmo de pura humillación.
— ¡Ahhh! ¡Sí... soy una trola... nada más que eso! Grité, llegando al final mientras me retorcía en el piso a sus pies.
— Bien, nena. Ahora limpiá el desastre y preparate para la próxima ronda. Sentenció, y yo solo pude sonreír.
El tipo me agarra de la cascada de pelo castaño con una fuerza que me hace soltar un grito agudo, obligándome a levantar la cabeza para que vea en el espejo cómo su cuerpo rudo me deforma las nalgas con cada embestida.
Siento el fuego líquido recorriéndome por dentro, una humillación que me quema mientras entiendo que mi viejo, ese hombre bueno que me compró la pastilla pensando en mi "felicidad", ahora se moriría de vergüenza si viera en la perra en la que me convertí.
— ¡Mirate, sos una máquina de recibir leche, pedazo de puta! Me gruñe al oído con una voz de alfa que me hace vibrar hasta los oídos.
— Sí... soy tuya... haceme lo que quieras, mi macho... Balbuceo con los ojos en blanco, entregada totalmente al ritmo salvaje que me impone.
— ¿Te gusta que te use así mientras tu viejo cree que estás estudiando? Me espeta mientras me da un chirlo que me deja la marca roja.
— ¡Ahhh! Sí, romperme toda... no sirvo para otra cosa que para esto. Gemí, sintiendo cómo mi dignidad se terminaba de quebrar.
— Tomá, puta, tragate todo este orgullo que te sobraba. Sentenció él, hundiéndose en mí hasta el fondo.

Me grabo frente al espejo con este vestido blanco que es una mentira, porque no tapa nada; la tela es tan fina que mis pezones nuevos, hinchados y sensibles, se marcan como dos balas pidiendo atención.
Acaricio mis curvas con las manos delicadas que me dejó la transformación, pensando en cómo pasé de ser un pibe promedio a este imán de tipos duros que solo quieren usarme y tirarme.
— Miren lo que fabricó la química... una muñequita lista para el desguace. Susurro a la cámara, buscando la aprobación de los machos que van a ver este video.
— Mirá qué pezoncitos, parece que están gritando por un poco de acción. Me digo a mí misma, rozándolos con las uñas y sintiendo un escalofriante placer.
— ¿Quién de todos ustedes me va a venir a buscar hoy para dejarme bien marcada? Pregunto con esa voz de gata sumisa que ya no puedo controlar.
— Mi viejo gastó una fortuna en mi cambio, y mirame ahora, regalándome por un par de likes de tipos que me ven como un trapo. Río con una amargura que se mezcla con las ganas de ser sometida.
— Vengan a buscar a su perra, no me hagan esperar que este vestido se sale solo. Termino el video, bajando la cámara hacia mi entrepierna que ya empieza a palpitar.

Me siento en el borde del colchón, abriendo las piernas lo justo para que el aire me pegue en la piel nueva y delicada, mientras escucho los pasos pesados del tipo que me acaba de "alquilar" con una mirada.
Me levanto la falda despacio, disfrutando de la cara de asco y deseo que pone al ver que debajo no hay nada, solo mi vulnerabilidad expuesta para su disfrute.
— ¡Qué bien aprendiste a ofrecerte, nena! Levantala más, quiero ver todo el desastre que sos. Me ordena, parado frente a mí como un gigante.
— Así... ¿así está bien, amo? Pregunto, subiendo la tela hasta la cintura mientras mis muslos tiemblan por los tacos y los nervios.
— Estás para romperte en mil pedazos, lástima que tu viejo no sabe que su "princesa" es la más barata del barrio. Se burla, acercándose para marcar territorio.
— Mi papá es un tonto... ustedes son los que mandan... yo solo obedezco. Balbuceé, sintiendo la humillación de mis palabras como una caricia prohibida.
— Ponete bien de rodillas y mostrame ese respeto que te enseñé. Mandó él, y yo bajé al piso sin dudarlo ni un segundo.

Estoy acá abajo, donde me pertenece, mirando esa mole de carne oscura que parece una columna de ébano lista para destruirme la garganta.
La agarro con mis manos finitas, comparando la palidez de mi piel de seda con la oscuridad ruda de su virilidad, sintiendo un hambre que nunca antes como Marcos hubiera imaginado.
— ¿Te gusta lo que ves, putita? Mirala bien, que esto es lo que te va a domesticar hoy. Me dice el morocho desde arriba, apoyando su mano pesada en mi coronilla.
— Es hermosa... por favor... dejame probarla. Supliqué con la mirada fija en su glande, perdiendo cualquier rastro de decencia que me quedaba.
— Primero decime qué sos, quiero escucharlo mientras me mirás de abajo. Me exige, presionando su verga contra mi mejilla.
— Soy una puta... tu puta de turno... una basura gender bender que solo vive para los machos como vos. Recito con fervor, entregando mi alma en cada palabra.
— Tomá, nena, empezá a trabajar que esto no se va a chupar solo. Sentenció, empujándome la cabeza hacia adelante.

El frío del cemento me quema la espalda, pero el calor del tipo que me tiene acorralada es mucho peor; es el mismo borracho que me persiguió toda la noche diciéndome guarangadas.
Me levanta el vestido de gala como si fuera un pedazo de trapo viejo, dejando mis nalgas blancas expuestas a la suciedad del callejón mientras me hunde contra la pared.
— ¡Te dije que te iba a coger, putita! Mirá cómo terminaste, en un pasillo oscuro rogando por un poco de esto. Me grita con olor a whisky y sudor de macho alfa.
— ¡Ahhh! ¡Despacio... me duele! Grité cuando sentí su entrada violenta, sin preparación, rompiéndome la poca dignidad que me quedaba después de la fiesta.
— ¡Callate y bancatela! ¿No eras tan cancherita con tus amigas? Ahora sos mi juguete de callejón. Me gruñe, dándome un chirlo que resuena en las paredes mugrientas.
— Sí... soy tu juguete... usame como la basura que soy. Lloriqueé, sintiendo cómo mis pechos rebotaban contra su pecho peludo y rudo.
— ¡Eso, sacudilo así! Mirá cómo te dejo la pared, toda manchada con tu vergüenza. Se ríe, mientras me coge con una furia animal que me hace olvidar hasta mi propio nombre.

Ahí estoy, con la cara hundida en las sábanas para no tener que mirar lo que queda de mi dignidad, mientras levanto el culo como una perra en celo que no tiene vergüenza.
Siento la lengua de ese macho recorriéndome la vagina y el culo con un hambre que me hace temblar; me saborea como si fuera un pedazo de carne barata y yo solo puedo arquear la espalda buscando más.
Pensar que mi viejo trabajó toda su vida para darme un futuro, y ahora su "orgullo" está acá, ofreciendo los agujeros a cualquier tipo que tenga ganas de usar a la trola del barrio.
— ¡Qué bien que sabe esta basurita química! Sos pura azúcar para mi lengua, puta. Me gruñe mientras me separa las nalgas con las manos rudas.
— Sí... comeme toda... soy tuya, haceme lo que quieras. Balbuceo contra el colchón, sintiendo cómo el placer humillante me nubla el juicio.
— Tu papá se moriría si viera cómo me entregás hasta el alma por un poco de atención, pedazo de inútil. Se burla, dándome un mordisco que me hace saltar.
— ¡Ahhh! No le digas... solo seguí... no sirvo para otra cosa que para que me uses. Gemí, aceptando mi destino de objeto.
— Calladita, que ahora te voy a dejar bien marcada para que no te olvides quién manda. Sentenció, mientras me preparaba para lo peor.

Estoy completamente desnuda, sintiendo el frío del vidrio contra mis pechos nuevos y sensibles, mientras el tipo está atrás mío, solo con sus jeans y esa verga enorme afuera que me roza la cintura.
Me obliga a mirar hacia la calle, donde cualquiera podría verme, para que entienda que desde que tomé esa pastilla ya no tengo derecho a la privacidad; soy de dominio público.
— Mirá para afuera, trola, que vean todos cómo te tengo sometida contra el vidrio. Me ordena, agarrándome del cuello para que no baje la vista.
— Por favor... alguien me va a ver... me da mucha vergüenza. Supliqué, aunque por dentro mi cuerpo de mujer vibraba por el riesgo.
— ¿Vergüenza? Si sos una puta de exhibición, nena. Tu viejo te crió para ser un hombre y terminaste siendo mi juguete de vidriera. Me escupe las palabras mientras me frota su dureza.
— Es verdad... soy una inútil... no soy nadie sin un macho que me use. Reconozco con la voz quebrada, dejando que sus manos recorran mis curvas.
— Tomá, nena, sentí lo que es un hombre de verdad y dejá de llorar. Me dijo, dándome un tirón de pelo que me hizo sacar el pecho hacia afuera.

Acá me tenés, completamente en pelotas y de rodillas en el piso, frente a este negro imponente que está sentado en el sillón con su bata blanca abierta, mostrándome el camino a mi sumisión.
Chupo su verga con una desesperación que me da asco, pero mi boca de mujer parece haber nacido para esto, moviéndose con un ritmo que solo una perra entrenada conocería.
— ¡Eso, tragatela toda, que no quede ni un milímetro sin babear, pedazo de puta! Me manda, hundiéndome la cabeza con su mano pesada y ruda.
— Mmmff... sí, amo... me encanta... Balbuceo como puedo, sintiendo el sabor de su hombría invadiéndome los sentidos.
— ¿Viste lo que sos? Una basurita que solo sirve para estar en el piso. Tu viejo creía que ibas a ser informático y terminaste de aspiradora de tipos como yo.Se ríe, humillándome en cada embestida.
— Mi papá es un fracasado... yo prefiero estar acá abajo... sirviéndote. Pienso, mientras me entrego al placer de ser nada frente a él.
— Dale, trabajá esa boquita que hoy no descansás hasta que te deje la garganta ardiendo. Sentenció, apretándome las mejillas con fuerza.

Suena el timbre y sé perfectamente quién es: el tipo que siempre forreó a mi viejo por ser un "bueno para nada", y ahora me toca a mí pagar sus deudas de la forma más sucia.
Le abro la puerta vestida solo con esta lencería negra que me aprieta las carnes y deja ver casi todo, mostrándole que la hija del hombre que él desprecia es ahora su mejor diversión.
— ¡Pero mirá qué caramelito me tenía escondido el viejo! Sos igual de inútil que él, pero mucho más cogible. Me dice, entrando a mi casa como si fuera el dueño.
— Hola... pasá... te estaba esperando. Dije bajando la mirada, sintiendo la humillación de recibir al enemigo de mi familia como una perra sumisa.
— Ponete de espaldas, quiero ver si ese culito es tan bueno como dicen en el barrio. Me ordena, cerrando la puerta con una sonrisa cruel.
— Sí, lo que usted diga... no me lastime mucho. Balbuceé, dándome la vuelta y apoyándome en el mueble de la entrada.
— Te voy a dar tantas nalgadas que tu papá va a escuchar tus gritos desde la otra cuadra, trola. Me amenazó, levantándome el encaje de la tanga.

Estoy arriba de él, cabalgándolo con furia mientras el vestido rojo que me puse para la fiesta quedó hecho un bollito en mi cintura, dejando mis tetas expuestas saltando con cada movimiento.
Le doy la espalda, dejando que vea cómo su verga oscura entra y sale de mi culo, rompiéndome por dentro mientras yo lloro y disfruto de la destrucción de mi antigua hombría.
— ¡Mirá cómo te devora ese agujerito, sos una puta de raza, Mia! Me grita, agarrándome de las caderas para marcarme el ritmo salvaje.
— ¡AHHH! ¡Me rompe... me duele mucho, mi macho! Grité, sintiendo cómo el fuego líquido de la pastilla se mezclaba con el dolor del acto.
— ¡Bancatela, que para eso te transformaste! Sos la vergüenza de tu sangre, una trola que solo sirve para que los negros la usen de descarga. Me escupe, dándome un chirlo que me hace saltar.
— ¡Sí! ¡Soy tu perra... rompé este culito de inútil! Acepto a los gritos, perdiendo el control total de mi cuerpo mientras sigo saltando sobre él.
— Tomá, nena, llevate este recuerdo para que cuando veas a tu viejo sepas bien quién es tu verdadero dueño. Sentenció, hundiéndose en mi recto con una embestida final que me dejó sin aire.

Me miro al espejo y no puedo creer lo que el dinero de mi viejo compró: esta perra aceitada que brilla bajo las luces, metida en un bikini tan chico que parece un chiste.
Las tiritas apenas me tapan los pezones que me duelen de estar tan excitados, mientras mis manos suaves recorren mis tetas nuevas, sintiendo cómo el aceite resbala por mi piel de seda.
— Mirá lo que hiciste, papá... gastaste tus ahorros para que ahora yo sea el juguetito preferido de cualquier macho que tenga dos dedos de frente. Susurro con una sonrisa enferma mientras me aprieto el pecho.
— ¡Qué buena estás, trola, me dan ganas de arrancarte ese hilito con los dientes! Me grita un tipo desde el otro lado, y yo me arqueo toda para que vea bien lo que compró la química.
— Soy tuya, mi macho... mírame cómo brillo para vos mientras mi viejo cree que soy su orgullo. Balbuceo, sintiendo la vergüenza como un fuego que me pide más.
— Ponete de espaldas, que ese bikini no te tapa ni las ganas de que te rompa toda. Me ordena, y yo obedezco sintiéndome la puta más barata del mundo.
— Tomá, nena, disfrutá de ser lo que sos: una basura hermosa. Sentenció él mientras me agarraba de la cintura.

Quién me viera acá, en los baños de la facultad donde supuestamente venía a recibirme de algo importante, ahora estoy en ropa interior contra los azulejos fríos mientras un macho me somete.
Tengo el encaje apretado contra la piel y las piernas me tiemblan sobre los tacos, sintiendo el olor a cloro mezclado con el sudor rudo del pibe que me tiene acorralada.
— ¡Mirá a la estudiante estrella, parece que hoy la materia es cómo recibir leche! Se burla él, hundiendo su cuerpo contra el mío mientras me levanta el corpiño.
— ¡Ahhh! Sí... reprobame todo... no sirvo para los libros, solo sirvo para esto. Grité, sintiendo la humillación de mi padre que cree que estoy en clase.
— Sos una puta de universidad, Mia, te vas a ir a casa con el uniforme todo manchado. Me gruñe al oído, dándome un chirlo que resuena en todo el baño.
— Rompeme toda acá mismo... que todos escuchen cómo gime la nena de papá. Supliqué, entregando lo que me queda de dignidad.
— Calladita y bien abierta, perra, que acá mando yo. Me cortó, dejándome sin aire.

Estoy tirada en la cama, boca abajo, con el culo levantado hacia el techo como una invitación al pecado, sintiendo el peso del hombre que me domina desde atrás.
Siento su dedo grueso explorando mi vagina nueva, estirándome la carne suave mientras yo entierro la cara en la almohada para ahogar los gemidos.
— ¡Mirá cómo palpita esta perrita! Estás desesperada porque te llene, ¿no, trola? Me pregunta con una voz que me hace chorrear de placer humillante.
— Sí... por favor... no me dejes así... soy tu muñequita. Balbuceo, sintiendo cómo su dedo me deforma por dentro.
— Pensar que tu viejo te cuidaba como a un cristal y ahora sos este despojo que no puede cerrar las piernas. Se ríe, clavándome las uñas en las nalgas.
— Mi viejo es un tonto... me dejó lista para que ustedes me usen como quieran. Gemí, aceptando mi destino de carne de cañón.
— Quedate ahí, bien arqueada, que ahora viene lo mejor. Me mandó, y yo solo pude esperar el impacto.

Estoy sola en la cama, o eso creo, porque sé que hay ojos grabándome mientras me toco las tetas nuevas con una desesperación que me da asco y me encanta.
Solo tengo puesta una tanga blanca que me corta la cadera, resaltando cómo mi cuerpo de hombre desapareció para dejar paso a estas curvas de puta que no se cansan de pedir guerra.
— Mirame, papá... mirá en qué se convirtió tu hijo... una perra que no puede dejar de tocarse pensando en machos desconocidos. Susurro mientras me aprieto los pezones con fuerza.
— ¡Qué pedazo de trola sos, Mia, te tocás como si te fuera la vida en eso! Me imagino que me dicen, y se me escapa un gemido que me sale del alma.
— Soy una enferma... una ninfómana que fabricaron en un frasco plateado. Me digo, pasando la mano por el encaje de la tanga que ya está empapada.
— Vengan a sacarme las manos de encima y pónganme las suyas... no aguanto más ser mi propio juguete. Lloro de placer, arqueando la espalda en la soledad de mi humillación.
— Tomá, nena, que tu castigo sea no parar nunca. Me sentencio a mí misma.

Siento el aire frío golpeándome las nalgas mientras las mantengo bien abiertas con mis propias manos, mostrando el desastre que el macho acaba de hacer en mi interior.
El semen caliente resbala por mis muslos, goteando desde mi vagina hacia las sábanas, mientras él se saca la verga y me mira con un desprecio que me hace temblar de deseo.
— ¡Mirá cómo quedaste, chorreando como una canilla rota, pedazo de puta! Me dice, limpiándose con mi propio vestido.
— ¡Ahhh! Gracias... gracias por llenarme así... me hacía tanta falta. Balbuceo de rodillas, mirando el charco de mi propia derrota.
— Sos un envase de leche, Mia, para eso te compró la pastilla tu viejo, para que los alfas nos saquemos las ganas con vos. Se burla, dándome una patadita en el culo.
— Sí... soy un envase... usame y tirame cuando quieras. Respondí con la voz rota, sintiendo el peso de la semilla ajena en mis entrañas.
— Mañana vas a estar pidiendo más, porque naciste para ser nuestra. Sentenció, dejándome ahí tirada.

El agua de la pileta me llega al pecho, pero mis ojos están fijos en el borde, donde el macho está sentado como un rey esperando su tributo.
Le bajo el bikini con los dientes, dejando que mis tetas floten mientras me concentro en su verga ruda, chupándola con una devoción que me daría vergüenza si todavía fuera Marcos.
— ¡Eso, nena! Tragátela toda, que para eso te puse ese bikini de puta, para que me sirvas en público. Me gruñe, agarrándome del pelo para hundirme la cabeza.
— (Ruidos de atraganto)... Sí, mi macho... mmm... qué rico. Logro decir entre cada embestida bucal, sintiendo el cloro y su sabor de hombre.
— Mirá si te viera tu viejo ahora, de rodillas en el agua sirviendo a un desconocido como la perra que sos. Se ríe, mientras la gente pasa cerca sin saber lo que pasa abajo.
— Que miren... que vean que soy tuya... no me importa nada más. Pienso, mientras me esmero en dejarlo seco.
— Tomá, tragá, que esto es lo único que vas a estudiar hoy. Me mandó, llenándome la boca de su poder.

Estoy completamente desnuda, sin una sola tela que me proteja, de rodillas frente a él mientras me masturbo con un ritmo frenético solo para que él me vea.
Lo miro desde abajo con una sonrisa de puta sumisa, dejando que mis manos recorran mi cuerpo aceitado, mostrándole cada rincón de la perra que ahora soy.
— ¡Mirá qué carita de viciosa tenés! Sabés que sos una basura y te encanta que yo lo sepa. Me dice, fumando un cigarrillo mientras me desprecia con la mirada.
— Soy tu basura favorita... mirame cómo me corro solo para vos. Susurro, acelerando el movimiento mientras mis ojos no se apartan de su virilidad.
— Tu viejo se gastó la vida en vos y vos te la gastás de rodillas frente a un tipo que no sabe ni tu nombre. Se burla, y yo siento un orgasmo de pura humillación.
— ¡Ahhh! ¡Sí... soy una trola... nada más que eso! Grité, llegando al final mientras me retorcía en el piso a sus pies.
— Bien, nena. Ahora limpiá el desastre y preparate para la próxima ronda. Sentenció, y yo solo pude sonreír.
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