Romina, 29 años, madre soltera, curvas asesinas y una mirada triste. HabĂa sido abandonada por su pareja con un hijo de cinco años y deudas acumuladas. Trabajaba por horas limpiando casas, pero ya no alcanzaba.
Una tarde, tocĂł la puerta de su vecino: Marcelo, 42 años, solitario, con fama de pervertido, que siempre se la quedaba mirando cuando salĂa a tender la ropa en short y remera ajustada.
—¿Qué se te ofrece, Romi? —preguntó él, con una sonrisa torcida.
—Necesito un favor… plata. Prestada. Lo que puedas.
Marcelo la miró de arriba abajo, saboreándola con los ojos.
—Sabés que no presto plata… pero podemos arreglar otra cosa.
Ella bajĂł la mirada, nerviosa. Ya lo habĂa imaginado. Pero su voz no temblĂł:
—¿Y qué querés… por ese “favor”?
Él se acercó, la empujó suave contra la pared y le rozó el muslo.
—Vos. Ahora. Toda.
Romina asintiĂł, tragando saliva. Se sacĂł la remera y mostrĂł sus tetas naturales, grandes, caĂdas con dignidad. Marcelo se las chupĂł como un animal, lamiendo, mordiendo los pezones, jadeando como si llevara años sin tocar una mujer.

Después la arrodilló y le bajó el pantalón. Ella sacó su pija dura y gruesa y se la metió en la boca con ganas. La chupaba con desesperación, babeándose, metiéndola hasta la garganta.
—¡Sos una puta de lujo, Romina!
Ella no dijo nada. Solo gemĂa con la boca llena, lo mamaba como una profesional.
DespuĂ©s la tirĂł sobre el sillĂłn, le abriĂł las piernas y se la cogiĂł de una sola estocada metiendole su duro pene. Romina gritĂł, mojada, abierta, rendida. Él la cogia con fuerza, rĂtmico, dándole en lo más profundo de su vagina.
—¡AsĂ! ¡Cogeme fuerte! ¡Dámelo todo!
La cambió de posición, la puso en cuatro, le escupió el culo y le metió la pija por atrás. Ella lloraba de placer, agarrada de los cojines.
—¡Por el culo no, Marcelo…! ¡No…! ¡Ahhh… sĂ! ¡SĂ, me gusta, maldito!
Él se vino sobre sus nalgas y espalda, respirando agitado.
Romina se quedĂł tirada en el sillĂłn, sudada, destruida, pero con una sonrisa.
—¿Cuánto me vas a dar?
—Todo lo que quieras… mientras sigas viniendo asĂ.

 “La oferta de Don Iván”
Dos dĂas despuĂ©s de su primer “favor” con Marcelo, Romina estaba tendiendo ropa en el patio trasero, con una bata corta. El calor era insoportable… y su cuerpo tambiĂ©n. Lo que no sabĂa era que alguien más la habĂa visto.
Iván, 50 años, jubilado, viudo reciente, vivĂa en la casa de al lado. Desde su ventana del segundo piso habĂa visto todo lo que pasĂł en lo de Marcelo. Cada gemido, cada grito… cada mamada.
Y esa noche fue a tocarle la puerta.
Romina abriĂł sorprendida.
—Iván… ¿pasa algo?
—SĂ. Yo tambiĂ©n quiero “ayudarte”, vecina. Pero a mi manera.
Ella lo miró seria por un segundo… y luego, con una sonrisa ladeada, lo dejó pasar.
Dentro, sin decir más, él se sentó en el sillón, abrió el pantalón y sacó su pija gruesa, más grande de lo que esperaba. Romina, sin vergüenza, se arrodilló frente a él, le agarró la base, y empezó a chuparla despacio, saboreando.
—¡Dios, Romina…! Sos una puta divina…
Ella se lo tragaba hasta la garganta, lo lamĂa por completo, babeaba su pija sin apuro. Iván la tomaba de la cabeza y le cogĂa la boca con ganas, gimiendo fuerte.
Después, la levantó y la llevó contra la mesa de la cocina. Le abrió la bata, le apretó las tetas enormes y le metió los dedos mojados en su concha.
—Estás más caliente que el infierno…

La penetró de pie, por atrás. Sus cuerpos chocaban fuerte, los gemidos llenaban la casa. Romina lo disfrutaba, apoyada con una mano en la mesa, mientras se tocaba con la otra.
—¡Cogeme, viejo! ¡Hacelo fuerte! ¡Me encanta cómo la tenés!

Él la tomó de la cintura y se la montó como un toro salvaje. La dio vuelta, la subió sobre la mesa y la hizo cabalgarlo de frente. Romina brincaba sobre su pija como una furiosa, con las tetas saltando y el culo apretando cada embestida.
Después se inclinó y se abrió el culo con los dedos.
—Dámelo por ahà también… ¡quiero terminar empalada!
Iván la tomó en cuatro sobre el piso, la penetró por el culo, y le dio duro, hasta hacerla gritar de placer. Ella acabó tocándose la concha, y él se sacó justo a tiempo para acabar en sus tetas, la panza y el cuello.
Ambos jadeaban.
Romina, aĂşn desnuda, lo mirĂł y dijo:
—Ahora vos también sos parte del “club de vecinos”.
Iván sonrió.
—Y el barrio recién empieza a calentarse…
Una tarde, tocĂł la puerta de su vecino: Marcelo, 42 años, solitario, con fama de pervertido, que siempre se la quedaba mirando cuando salĂa a tender la ropa en short y remera ajustada.
—¿Qué se te ofrece, Romi? —preguntó él, con una sonrisa torcida.
—Necesito un favor… plata. Prestada. Lo que puedas.
Marcelo la miró de arriba abajo, saboreándola con los ojos.
—Sabés que no presto plata… pero podemos arreglar otra cosa.
Ella bajĂł la mirada, nerviosa. Ya lo habĂa imaginado. Pero su voz no temblĂł:
—¿Y qué querés… por ese “favor”?
Él se acercó, la empujó suave contra la pared y le rozó el muslo.
—Vos. Ahora. Toda.
Romina asintiĂł, tragando saliva. Se sacĂł la remera y mostrĂł sus tetas naturales, grandes, caĂdas con dignidad. Marcelo se las chupĂł como un animal, lamiendo, mordiendo los pezones, jadeando como si llevara años sin tocar una mujer.

Después la arrodilló y le bajó el pantalón. Ella sacó su pija dura y gruesa y se la metió en la boca con ganas. La chupaba con desesperación, babeándose, metiéndola hasta la garganta.
—¡Sos una puta de lujo, Romina!
Ella no dijo nada. Solo gemĂa con la boca llena, lo mamaba como una profesional.
DespuĂ©s la tirĂł sobre el sillĂłn, le abriĂł las piernas y se la cogiĂł de una sola estocada metiendole su duro pene. Romina gritĂł, mojada, abierta, rendida. Él la cogia con fuerza, rĂtmico, dándole en lo más profundo de su vagina.
—¡AsĂ! ¡Cogeme fuerte! ¡Dámelo todo!
La cambió de posición, la puso en cuatro, le escupió el culo y le metió la pija por atrás. Ella lloraba de placer, agarrada de los cojines.
—¡Por el culo no, Marcelo…! ¡No…! ¡Ahhh… sĂ! ¡SĂ, me gusta, maldito!
Él se vino sobre sus nalgas y espalda, respirando agitado.
Romina se quedĂł tirada en el sillĂłn, sudada, destruida, pero con una sonrisa.
—¿Cuánto me vas a dar?
—Todo lo que quieras… mientras sigas viniendo asĂ.

 “La oferta de Don Iván”
Dos dĂas despuĂ©s de su primer “favor” con Marcelo, Romina estaba tendiendo ropa en el patio trasero, con una bata corta. El calor era insoportable… y su cuerpo tambiĂ©n. Lo que no sabĂa era que alguien más la habĂa visto.
Iván, 50 años, jubilado, viudo reciente, vivĂa en la casa de al lado. Desde su ventana del segundo piso habĂa visto todo lo que pasĂł en lo de Marcelo. Cada gemido, cada grito… cada mamada.
Y esa noche fue a tocarle la puerta.
Romina abriĂł sorprendida.
—Iván… ¿pasa algo?
—SĂ. Yo tambiĂ©n quiero “ayudarte”, vecina. Pero a mi manera.
Ella lo miró seria por un segundo… y luego, con una sonrisa ladeada, lo dejó pasar.
Dentro, sin decir más, él se sentó en el sillón, abrió el pantalón y sacó su pija gruesa, más grande de lo que esperaba. Romina, sin vergüenza, se arrodilló frente a él, le agarró la base, y empezó a chuparla despacio, saboreando.
—¡Dios, Romina…! Sos una puta divina…
Ella se lo tragaba hasta la garganta, lo lamĂa por completo, babeaba su pija sin apuro. Iván la tomaba de la cabeza y le cogĂa la boca con ganas, gimiendo fuerte.
Después, la levantó y la llevó contra la mesa de la cocina. Le abrió la bata, le apretó las tetas enormes y le metió los dedos mojados en su concha.
—Estás más caliente que el infierno…

La penetró de pie, por atrás. Sus cuerpos chocaban fuerte, los gemidos llenaban la casa. Romina lo disfrutaba, apoyada con una mano en la mesa, mientras se tocaba con la otra.
—¡Cogeme, viejo! ¡Hacelo fuerte! ¡Me encanta cómo la tenés!

Él la tomó de la cintura y se la montó como un toro salvaje. La dio vuelta, la subió sobre la mesa y la hizo cabalgarlo de frente. Romina brincaba sobre su pija como una furiosa, con las tetas saltando y el culo apretando cada embestida.
Después se inclinó y se abrió el culo con los dedos.
—Dámelo por ahà también… ¡quiero terminar empalada!
Iván la tomó en cuatro sobre el piso, la penetró por el culo, y le dio duro, hasta hacerla gritar de placer. Ella acabó tocándose la concha, y él se sacó justo a tiempo para acabar en sus tetas, la panza y el cuello.
Ambos jadeaban.
Romina, aĂşn desnuda, lo mirĂł y dijo:
—Ahora vos también sos parte del “club de vecinos”.
Iván sonrió.
—Y el barrio recién empieza a calentarse…
2 comentarios - 38đź“‘Favor Vecinal