Noche del Lunes 9 de enero y madrugada del Martes 10

Que noche la de anoche. Calor sofocante, insoportable. Ya era casi la medianoche y seguía sin poder pegar un ojo. Me levanté toda transpirada, me di una ducha y seguía sintiéndome a punto de incendiarme. Así que me vestí y saque a mi perrita Lucy a dar una vuelta. No sé como hacía pero mi mamá estaba profundamente dormida. En la calle había algunos vecinos en la vereda, tratando de disfrutar de alguna brisa inexistente. Aunque afuera también estaba caluroso, se estaba mucho mejor que entre las cuatro paredes de mi cuarto. Por lo menos podía obtener algún alivio, transitorio, pero alivio al fin. Comencé a caminar con Lucy por las calles en donde veía más gente, algunos de ellos conocidos, por lo que los saludaba al pasar y cualquier ocasional conversación derivaba en el ineludible tema de la temperatura. Los más viejos no recordaban una noche así, siendo tan tarde y con semejante sensación térmica. Pasa de los 30 grados decía uno, ya esta en 33 y medio confirmaba el otro. Seguí mi camino dispuesta ya a emprender la vuelta. En la última cuadra le había soltado el lazo a Lucy, por lo que en un momento, no se porque, se me escapó y se metió por una puerta que estaba abierta. Era una obra en construcción, obvio que a esa hora no había trabajadores, pero se notaba que había alguien adentro. Quizás se trataba del sereno, pensé. Golpeé la puerta desde afuera y pregunté si había alguien. Enseguida salió un hombre alto y fornido, con el torso desnudo y en bermuda, sosteniendo a Lucy en sus brazos.
-¿Es tuya?- me preguntó echándome una mirada de arriba abajo. Una de esas miradas, ustedes saben bien del tipo de mirada de la que hablo.
-Si, disculpe, no se porque se metió adentro-
-No hay problema, seguro habrá visto un gato, por las noches hay muchos por acá-
Al hablar se le notaba una tonada como de paraguayo.
-Gracias por agarrarla- le dije mientras recibía a Lucy y le ponía de nuevo el lazo.
-Ah, es perrita… me encantan las perritas- repuso con evidente doble sentido.
Trate de hacerme la que no llegue a interpretar lo que dijo, aunque al enlazar a Lucy tuve que agacharme, de modo que prácticamente puse la cola frente a él, juro que no lo hice a propósito, ya que no estaba buscando ni pretendía nada de él. Pero bueno, hay situaciones que se dan solas. Fue así que mientras estaba agachada, tratando de enganchar la correa en el lazo de Lucy, siento una mano en mi cintura. Me levanté enseguida y lo miré como si estuviera a punto de pegarle un sopapo.
-Perdoná… me tenté- me dijo con una perversa sonrisa.
No le dije nada, solo agarre a Lucy y me fui de ahí lo más rápido que pude. No es que tuviera miedo o algo así, solo que me conozco y no quería volver a caer en lo de antes. Me había decidido a reencauzar mi vida, a ser más responsable, y eso no incluía encamarme con cualquiera. Volví a casa, me saque la ropa y solo con la bombacha puesta me acosté. Sin embargo seguía sin poder dormir, pero ahora no era por el calor, sino por la calentura que me había provocado aquel sereno de la obra en construcción. Me tuve que hacer la paja, pero así y todo seguía dando vueltas y más vueltas en la cama. La puta madre, pensaba, porque todo se me tiene que hacer tan difícil. Ni se que hora era cuándo me levanté. Se notaba que había bajado un poco la temperatura, pero tampoco demasiado. Me puse lo primero que encontré y volví a salir a la calle, esta vez sin Lucy. Ni siquiera trate de pensar en lo que estaba haciendo, si lo pensaba un poco me iba a arrepentir y volvería a mi cama a arreglármelas sola, y la verdad es que no quería arreglármelas sola. Llegue a la obra. La puerta estaba cerrada y no se notaba ninguna luz en el interior. Golpeé varias veces para asegurarme de que me escuchara. Casi enseguida noté un resplandor por debajo de la puerta. El corazón comenzó a galoparme con más fuerza. Por un momento una sombra de duda e inseguridad pasó por mi cabeza, pero la deseché de inmediato. Cuándo se abrió la puerta apareció de nuevo él, todavía en cuero y con la bermuda puesta.
-¿Qué pasó? ¿Se te volvió a perder la perrita?- me preguntó mirándome sorprendido.
-Si, pero ahora la perrita soy yo y quiero perderme con vos- le dije, metiéndome dentro de la obra, ignorando por completo los peligros que me esperaban adentro.
No hizo falta que dijera más. El tipo cerró la puerta, me tomó entre sus brazos y me dio un beso de aquellos. Me colgué de su cuello y le retribuí el chupón con más intensidad todavía. Tal como había tratado antes, ahora sus manos resbalaron por mi cintura y se apropiaron de mi cola. Me la apretó y masajeó por debajo del vestido.
-Sabía que eras una perrita… una perrita calentona- me susurró entre chupones cada vez más enardecidos.
Así entre besos y aprietes me llevó a una casilla en donde estaba prendida la luz cuyo resplandor había visto antes. Adentro solo había un catre y pocas cosas más, no le puse demasiada atención a esas otras cosas, lo único que me importaba era el catre. Me senté en el borde del mismo y comencé a acariciarle la entrepierna, ya abultada y endurecida. Que pedazo de pija se sentía, por favor. Enseguida le baje la bermuda y la descubrí en todo su esplendor. Cuándo se la agarre ya la tenía bien dura y palpitante. Una vena gruesa y sinuosa se le marcaba desde la base hasta la punta, la cabeza se le hinchaba como el sombrero de un hongo, destilando ya ese juguito espeso y seminal que sirve para lubricar todo el resto. Con la misma mano lo esparcí por todo el tronco, incluso hasta en las bolas, para luego comenzar a lamérsela de a poco, aunque le tenía ganas no quería pasar por desesperada, así que empecé tímidamente, pasándole la lengua desde los huevos hasta la cima, varias veces, yendo y viniendo, saboreando aquello que yo misma había esparcido. La tenía grande el paraguayo, miren que se la agarraba con las dos manos, así una al lado de la otra y todavía sobraba un buen pedazo, precisamente el pedazo que me comí primero. Que rica verga tenía el guacho. ¿Será que la carne paraguaya es así? No lo sé, pero el tipo ese estaba muy bien armado, con un volumen que podría haber aterrorizado a cualquiera… claro que a mí no, jaja. Se la chupé lo más que pude, comiéndomela hasta donde me entrara, estirando las paredes de mi garganta hasta su máxima resistencia, disfrutando de cada pedazo de verga que el tipo aquel se disponía a ofrecerme. Mientras yo se la chupaba con todo, él metía las manos dentro de mi escotado vestido y me acariciaba las tetas… bueno, en realidad no me las acariciaba, digamos que era medio tosco para eso, me las apretaba y retorcía casi diría que con malicia. A medida que el pete se intensificaba sentía como le engordaba la pija, síntoma de que si seguía así lo iba a hacer acabar e cualquier momento. Por suerte él mismo se dio cuenta de eso y sacándomela de la boca, me ayudo a quitarme el vestido por encima de la cabeza. Quede con las lolas al aire, ya que ni siquiera me había puesto corpiño. Se me echó encima y me volvió a besar en esa forma tan efusiva y ardiente mientras seguía metiéndome manos por todos lados, ahora en la parte media de mi cuerpo. Instintivamente separé las piernas al sentir una mano ahí. No se hizo problema con la bombacha, solo la hizo a un lado y me metió un par de dedos adentro, creo que fueron dos aunque pudieron ser tres o hasta cuatro. Empezó a cogerme con los dedos mientras seguía chupándome la lengua y mordiéndome los labios. Yo me sentía cada vez más cerca del estallido, sentía que mi vientre se hinchaba y unas ganas terribles de orinar, estaba a punto, fue entonces que sacó los dedos y se levantó. Me miró desde arriba con aire jactancioso. Lindo espectáculo debía de estar ofreciéndole. Tirada de espalda en el catre, toda despatarrada, con la bombacha hecha un desarreglo entre mis piernas y la concha toda abierta, húmeda, caliente y destilando jugos. Lo vi desaparecer por un instante y volver con una tira de preservativos. Abrió uno, se lo puso y se ubicó sobre mí. Yo seguía en la misma posición que antes, esperándolo, sintiendo que me meaba, aunque solo eran mis ganas las que se filtraban por entre mis muslos. Se calzó mis piernas alrededor de su cintura, acomodó la fornida verga en la entrada y comenzó a empujar… no tuvo que empujar demasiado tampoco, ya que mi concha se abrió sin renuencia ante el vibrante y consistente avance de su herramienta. Alcanzó a meter la mitad cuándo se echó sobre mí, paso un brazo por debajo de mi espalda, y mediante un firme y rotundo envión me metió todo el resto. Solté un complaciente suspiro al sentirlo todo adentro, dejándome llevar por esa orgía de sensaciones que se desata dentro tuyo cuándo te meten algo tan grande. Miren que soy conchuda, eh, pero con esta me sentía llena, sentía que la carne me rebalsaba por todos lados, incluso hasta me daba la sensación de que un pedazo quedaba afuera. Sin embargo el tipo comenzó a moverse con violencia, entrando y saliendo, entrando y saliendo, rompiéndome la concha con unas embestidas cada vez más frenéticas y aceleradas. Si, era bruto, pero como me gustaba.
-¿Te gusta guachita… te gusta que te coja así de fuerte?- me preguntaba, ratificando cada una de sus palabras con un empujoncito final que me hacía saltar las lágrimas.
-¡Si hijo de puta… me gusta… ay si… rompeme… rompeme toda… ayyyyy… que pedazo de verga… metémela toda… siiiiii… hijo de la grandísima…!- estaba desatada, además él había empezado, parece que lo excitaba todavía más que fuera así de grosera.
-¡Tomá… tomá… tomá...!-me gritaba, empujándome la verga hasta donde me entrara.
-¿Eso es todo lo que podés?... ¡Dale!... ¡Dame más!... ¡Cogeme como un macho!- lo cebaba yo, sintiendo que ese jueguito le encantaba.
-¡No sabés con quién te metiste perrita, te voy a descuartizar, te voy a coger hasta que te salgan ampollas en la concha!- amenazó acelerando la descarga.
Tal promesa hizo que la concha se me anegara de fluidos, los que empezaron a salpicar para todos lados a causa de las violentas descargas con las que el paraguayo me cogía. Entonces me dio una última embestida, me la dejo bien clavada adentro y entre agónicos jadeos dejo que el orgasmo fluyera. Acabé con él, ya que yo también volví a mojarme en una forma por demás intensa. Hasta podía sentir como se hinchaba el látex del preservativo a causa de la leche acumulada.
-¡Ahhhhh, negrita… que polvazo!- exclamó pegándome una fuerte palmada en la cola.
Al rato se levantó y se arrancó el forro de un tirón, el semen se precipitó al suelo como una catarata, espesa y viscosa. Pero aunque había sido una descarga bastante cuantiosa, el tipo seguía con la pija al palo. Se la agarró con una mano y se la frotó con energía mientras volvía a acercarse a mí. Se me puso a un costado y me la metió en la boca. Se la chupé con avidez, saboreando ahora si los restos de esperma que todavía impregnaban toda su superficie. Volví a sentir la vena principal latiendo con fuerza, como si recién estuviera entrando en acción.
-¡Estás muy buena, guachita… y como te gusta la pija, como te la comés toda!- me decía a la vez que me amasaba las gomas, apretándomelas con relativa violencia.
Con la pija todavía bien dura y caliente, dio la vuelta, se puso otro forro y se acomodo de costado tras de mí. Yo me quede tal como estaba, esperando expectante lo que fuera a hacerme. Lo primero que sentí fueron sus dedos tanteándome el agujero del culo.
-¿Ya lo tenés roto, perrita?- preguntó antes de tocarme siquiera -¡Si, ya lo tenés bien roto!- exclamó la notar la fácil apertura de esa parte de mi cuerpo.
Primero comprobó hasta donde llegaban sus dedos, y entonces si, los reemplazó por su pija. Cerré los ojos y me mordí el labio inferior al sentir el glande palpitando en la entrada de mi culito. Lo tengo bien roto, si, pero el impacto siempre esta presente, y siempre es diferente. Me habrán roto el culo mil veces, pero cada vez que me la meten por ahí todavía siento esos nervios y ese sudor frío de la primera vez. Claro que una vez que la tenés adentro te olvidás de todo y lo único que te importa es disfrutar de ese pistón de carne que te está taladrando los intestinos. Y eso era precisamente lo que me estaba haciendo el paraguayo aquel, me estaba taladrando, me perforaba el ojete en una forma por demás brutal y acelerada. Lo tenía detrás de mí, por entre mis piernas abiertas, bombeándome a quemarropa, dispuesto a destruir sin piedad todo mi conducto anal. Me estuvo dando por un buen rato, sin pausa, sin tregua, sin darme ni un mínimo respiro. Ya sentía el culo todo dolorido y reseco, ya que obviamente por ahí no tenemos lubricación natural y antes e metérmela, él no me había puesto nada. Así que entre profusos jadeos, le pedí que me la sacara un momentito, por suerte me hizo caso y la saco, así que me escupí en la mano y me lubriqué yo misma con mi propia saliva varias veces.
-Dale, ponémela de nuevo- le dije entonces.
Ahora si, el gusto era más intenso. Lo sentía entrando y saliendo en toda su extensión, o hasta donde me entrara, culeándome maravillosamente, dándome un verdadero banquete de pija. De nuevo pude sentir el forro llenarse de leche y la explosión de placer que se consumaba junto con la mía.
-¡Ahhhhhhhhh…!- exclamé en medio de roncos y exaltados suspiros, entregándome por completo a ese goce que me resultaba tan inesperado, porque no lo había buscado, solo fue algo que se dio, y cuándo las cosas se dan así, tan naturalmente, mejor disfrutarlas y sacarles el mejor provecho posible.
Volví a casa como a las cuatro de la madrugada. Todavía hacía calor, pero estaba tan agotada (agotada de coger, claro) que me quede dormida apenas apoyé la cabeza en la almohada. El culito todavía me palpitaba, pero después de los polvos que me había echado estaba mucho más tranquila y relajada. Me dormí pensando que el paraguayo bien podría ser una alternativa valedera para cuándo Miguel (el del depósito) no estuviera disponible. Y es que en esta nueva etapa que estoy comenzando, ya no quería saber nada de romances de oficina o de tener algo con conocidos. Eso solo es para problema, y ya no quiero complicaciones en mi vida.


Con mi perrita Lucy... DOS PERRAS ALZADAS... JAJAJA...

Noche de calor...sexo]

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