La presencia de Pablo en casa me resulta cada vez más insoportable. Mi papá nos abandonó a mi mamá y a mí hace mucho tiempo, cuándo yo era muy chica, por lo que no estoy acostumbrada a tener un hombre en casa y menos que ese hombre sea la pareja de mamá, por más que ella insista que no lo es.
Me resulta desagradable escuchar como gargajea por las mañanas, como sale del baño rascándose los genitales sin recato alguno, como eructa en la mesa cuándo estamos cenando. La verdad que no sé como mi mamá puede aguantarlo, y lo peor es que pasa el tiempo y la promesa de que solo iba a estar por unos pocos días se va diluyendo. Encima me sigue buscando, aunque se coge a mi mamá por las noches me busca a mí, como si quisiera hacer lo mismo conmigo, pero yo no le doy cabida alguna, si bien tengo que aguantarme sus acosos, no me queda otra. Y lo hago solo por mi mamá, porque si fuera por él hace rato lo hubiera denunciado.
Pero bueno, después de este breve descargo vamos al relato propiamente dicho. El haber vuelto con Raúl es sin duda la mejor noticia de este año. Y más teniendo ambos las cosas bien en claro. No es que volvamos a ser amantes, por lo menos no en el estricto significado de esa palabra, digamos que decidimos ser amigos con derecho… derecho a garche, claro.
No habrá llamadas entre nosotros, ni mensajes de texto, ni mails, su familia es la prioridad número uno y por más que no me guste ser la otra, si quiero estar con él, tengo que aceptarlo.
Quién lo diría. Hace veinte años mi papá nos dejo por otra mujer, mucho más joven que mi mamá, yo no quiero repetir la historia, no quiero convertirme en “esa mujer” que destrozó nuestra familia. Así que decidí aceptar las reglas. Cero llamadas, cero mensajitos, cer correo. Si queríamos encontrarnos, con una mirada o un gesto en la oficina bastaba. Como esta tarde.
Ya habían pasado varios días de nuestro apasionado reencuentro y la verdad es que yo estaba con ganas de seguir sintiendo su verga dentro de mí. Raúl me hace sentir insaciable, como que cuándo estoy con él nada es suficiente, y eso no significa que no me satisfaga, sino que siempre quiero más… mucho más. Así que esta tarde cuándo se acercó a mi escritorio para que le archive un expediente, le sonreí en esa forma que delataba mis sensaciones al respecto. Galante como siempre me guiñó un ojo y asintió con la cabeza, lo cuál significaba, según nuestros propios códigos, que esa misma tarde íbamos a tener guerra.
Salí puntual, no me demoré ni un minuto más de lo necesario, me tomé un taxi y me bajé en la esquina previamente acordada. Solo tuve que esperar unos pocos minutos, enseguida vi llegar la imponente 4 x 4 de Raúl. Se detuvo en donde yo estaba parada y abrió la puerta, subí rápidamente y ni bien cerré la puerta me arrojé a sus brazos. Nos besamos locamente, con furia, con frenesí, con pasión, nos mordíamos los labios, nos chupábamos las lenguas, nos saboreábamos sin conciencia del tiempo ni el lugar. El telo solo estaba a una cuadra, así que hacia allá nos dirigimos. La habitación nos recibió con esa penumbra y el aroma tan típico de esos lugares. Caímos abrazados sobre la cama y rodamos el uno sobre el otro, habíamos pasado tanto tiempo distanciados que aquel reciente reencuentro había sido insuficiente.
Al quedar él de espalda, mis besos bajaron de su boca por el resto de su cuerpo, buscando ese prometedor alzamiento que se ubicaba a la altura de su entrepierna. Por un instante volví a su boca y lo besé con avidez mientras agarraba el bulto con una mano y lo apretaba.
-¡Mmmmm… está riquísimo…!- le comenté.
-Todo para vos chiquita- me dijo, poniendo las manos por debajo de la cabeza, dispuesto ya a dejarse llevar por mis dotes “peteriles”.
Le desabroché el pantalón con la urgencia de quién esta ante una revelación trascendental en su vida. Y apenas le bajé el cierre y metí la mano adentro (me gusta meterme y buscarla), la pija saltó como si tuviera un resorte, las venas bien marcadas, la piel lustrosa y tirante, la cabeza hinchada y humedecida, una verdadera obra de arte, el olor a sexo que emanaba me embriagó los sentidos. Se la agarré con las dos manos y comencé a frotarla arriba y abajo, sostenida y firmemente, sintiendo esa dureza exquisita que me resulta tan apetecible. Mi lengua fue la primera en disfrutar de aquella textura, deslizándose por todo su contorno, lamiendo no solo su aterciopelada piel, sino saboreando también el juguito que ya le estaba chorreando desde la punta. Me gusta jugar con ese juguito, lamerlo, degustarlo, esparcirlo todo alrededor, sentir su sabor invadiendo mis papilas. Mis labios se abren y aprisionan ese trozo tan anhelado, el bastón de mando de mis sentidos, de mi cordura, le muerdo la cabecita en esa forma que tanto lo alucina, frotando solo con los dientes la superficie, lo veo enloquecerse, agarrarse la cabeza como no pudiendo resistirse a mi acertada labor. De a poquito me la voy comiendo toda, enterrándola en mi garganta, hasta llenarme la boca con todo ese palpitante volumen. Me la devoro hasta que siento que me cierra la garganta, respiro por la nariz, ahogándome con todo ese soberbio pedazo que parece seguir creciendo pese a ostentar ya un tamaño por demás considerable. Luego de varias “tragadas” me la saco de la boca y bajo hasta sus huevos, los beso, los lamo, los acaricio, están duros y llenitos, me los meto también en la boca disfrutando su rugosa textura, le agarro la pija y me golpeo con ella la cara, se la huelo, se la vuelvo a lamer toda, de arriba abajo, se la vuelvo a chupar, me la vuelvo a comer… ¡Dios!... como me encanta esa pija.
Nos desnudamos rápidamente, el tiempo vuela cuándo estamos juntos, y cada cuál debe cumplir un horario, él con su esposa, yo con mi novio. Me tiende de espalda, toda despatarrada, bien abierta para él, y echándoseme encima me la mete sin mayores miramientos. Estoy toda empapada, el flujo me chorrea por la concha mojándome los muslos y ahora sus huevos también. Me empieza a bombear con un ritmo delicioso, lento primero, rápido después, y mientras me coge nos besamos, nos comemos la boca, nuestras lenguas se enredan, se atan y desatan, no solo nos hacemos el amor por nuestros sexos sino también por nuestras bocas.
Lo que más me gusta de Raúl es que no se limita a una sola posición, le gusta metérmela desde todos los ángulos, eso es, me dice, porque con su esposa generalmente no practica más de dos o tres. Conmigo se saca las ganas, por eso me pone en cuatro, de costado, boca arriba, boca abajo, hasta me coge de parada y de sentada también. Me gusta especialmente sentarme sobre él, a caballito, de frente al espejo del telo, con toda su pija en mi interior, subir y bajar mientras veo sus manos recorriendo mi cuerpo, apropiándose de mis pechos, sobándome, restregándome, pellizcándome, haciéndome sentir la incomparable felicidad de sentirme muy pero muy bien cogida.
Pero aunque estoy muy cómoda y confortable en esa posición, sintiéndolo palpitar en mis entrañas, me muero por besarlo, así que me levanto, me doy la vuelta y lo vuelvo a montar, pero esta vez de frente, metiéndome toda esa verga hasta lo más íntimo, besándolo con fruición mientras empiezo a moverme en una forma que me permite sentirlo más íntimamente todavía. Conmigo en brazos, Raúl se levanta, teniéndome así en upa, camina un par de pasos, me apoya la espalda contra el espejo y me empieza a dar con todo, mis gemidos ya no son gemidos, son jadeos, gritos, alaridos, me tiene traspasada, atravesada, me coge como una bestia en celo abusando de su víctima.
Si bien puedo asegurar y decirle a quién sea que estoy locamente enamorada de él, en esos momentos no quiero que me haga el amor, no es eso lo que deseo, lo que quiero es me coja, que me reviente a pijazos, que me la meta lo más adentro posible, que me rompa, que me haga sangrar si es necesario, no quiero piedad, no quiero suavidad, no quiero ternura, por eso aunque ya me esta dando con todo, le digo:
-¡Más… más… dame más… dale… dale… más fuerte… con todo… si… reventame…!-
Como no puede ser de otra manera Raúl me satisface plenamente, me da con todo, sin piedad ni consideración alguna, me rompe, me revienta, tanto es así que cuándo me la saca, poco después, un hilo de sangre mezclado con flujo se derrama por la parte interna de mis piernas. Cuándo me la saca, y ya sin mi principal punto de apoyo, caigo derrumbada en el piso, de rodillas, expectante del inminente final. Raúl se agarra la pija con una mano, se acerca y comienza a pajearse, cuándo lo veo trato de acercarme lo más que puedo y abro la boca. La lluvia no tarda en llegar, la lluvia de la vida, la lluvia del placer, la esperma de mi macho cae sobre mí, regándome con su deliciosa efusividad, con esa efervescencia que tanto me complace. Ahí soy feliz, plenamente feliz, no hay nadie que pueda arruinarme ese momento, ni mi novio, ni Pablo, ni quién se crea con derecho a decirme lo que debo hacer o pensar. Esa soy yo, la verdadera, la que recibe en su cara y en su paladar el semen de un hombre casado. Le pese a quién le pese esa es Giselle… la putita, la petera…