Como conté en otro relato, mi hijo (que es mayor de edad, aclaro) juega al rugby en un modesto club de la ciudad. Cada vez que tienen que viajar para jugar un partido organizan un fiesta para recaudar fondos. En una de esas ocasiones, mi hijo me insistió para que asista.
-No querido, sabés que no me gustan esas fiestas, no conozco a nadie… prefiero quedarme en casa.
-Dale mami, nunca venís. Van los padres de mis compañeros, y vos nunca.
-Decile a tu padre que te acompañe.
-No, ni sé por dónde anda, hace tiempo que no tengo noticias de él.
Como saben los que han leído los otros relatos, el padre de mi hijo y yo estamos separados.
Tanto me insistió y me rogó que terminé aceptando acompañarlo. Con una advertencia:
-Voy un rato nada más, me vuelvo temprano.
La fiesta era en el salón del club, que estaba acondicionado para la ocasión. El ambiente era bastante familiar, pero me puse tensa cuando me percaté de que estaba el entrenador de mi hijo, que es amigo de mi ex marido y es uno de los asistentes a las orgías a la que me obligan a participar.
A la distancia el tipo me fijó la vista de manera muy sugestiva, lo cual me puso más nerviosa. Como sabrán, una noche me forzó a tener sexo con él en su auto.
Mi hijo me presentó a sus compañeros y a los padres de algunos de ellos. Mi timidez me impidió entablar un diálogo más o menos decente. Me sentía desubicada en ese lugar, y para colmo el entrenador no me quitaba la vista de encima, aunque manteniéndose relativamente alejado.
En una distracción mi hijo desapareció de mi lado. Lo ví lejos, charlando y riendo con sus amigos. Miré hacia la puerta, consideré que ya había cumplido y que era hora de irme.
En eso bajaron todas las luces, comenzó a sonar más fuerte la música y se formaron un montón de parejas que salieron a bailar.
Yo iba a retirarme cuando sentí que me tomaban del brazo.
-¿Bailamos?
Era el entrenador de mi hijo, que me sonreía perversamente.
-No, ya me voy.
-Bailemos un poco antes.
-Dije que no.
-Bueno, entonces me vas a acompañar a un lugar muy lindo.
-Me estaba yendo.
Con total desparpajo me apoyó una mano en la entrepierna por sobre el vestido. Sin dejar de sonreír me dijo:
-Vení conmigo o te empiezo a cajetear acá delante de todo el mundo.
Puesta entre la espada y la pared, dejé que me arrastrara por los costados del salón. Por suerte estaba bastante oscuro y nadie parecía prestarnos atención.
El tipo abrió una puerta, salimos a una especie de patio que cruzamos rápidamente y entramos a un salón pequeño, lleno de camisetas, pelotas, conos y otros objetos similares.
-Dejame ir -le dije.
-Este es el depósito del club, acá podemos estar tranquilos.
Me abrazó e intentó besarme.
-Dejame.
-Vamos, no te hagas la estrecha. Te echo un buen polvo y te vas.
-Ni loca.
-Jaja, siempre decís lo mismo pero una vez que la tenés adentro bien que te gusta.
-Dejame grosero.
Intentó besarme nuevamente. Me mantenía abrazada, y frotó su bulto entre mis piernas.
-Mirá, está como a vos te gusta. ¿Me vas a decir que no la extrañaste ni un poquito?
-Cortala.
Sin dejar de sonreír empezó a desabrocharse el pantalón.
-Ay qué trabajo que me das… no importa, yo sé que cuando la sentís, todo cambia.
Se bajó los pantalones. No llevaba ropa interior. Su miembro en erección saltó hacia delante como si estuviera enojado por el encierro.
-Mirala… por lo menos reconocé que está linda.
El tipo estaba muy bien dotado, tenía la pija más grande que había visto, y sentido, en mi vida.
-Dejame ir, mi hijo me está buscando.
-No te preocupes por tu hijo.
-¿Cómo que no?
-Haceme caso, no te preocupes.
-¿Qué querés decir?
-Vení, vení acá.
Me abrazó más decidido y me plantó un terrible beso en la boca, con mucha mucha lengua.
-Qué labios preciosos -dijo frotándomelos con los dedos.
Volvió a besarme intensamente, luego me metió dos dedos en la boca, hizo que se los chupara, y cuando estuvieron bien ensalivados bajó a mi entrepierna. Metió su mano bajo mi falda, me hizo a un lado la tanga y comenzó a frotarme el clítoris.
-¿Ves que sos una turra? Me viste la pija y ya te mojaste toda.
-Dejame -susurré.
-¿Por qué no querés reconocer que te morís de ganas?
A los tirones me quitó la tanga, la hizo un bollito y la arrojó lejos, fuera de mi vista.
Luego se arrodilló, me subió un poco la falda y me pegó una chupada de concha que me hizo temblar las piernas.
El tipo sabía usar la lengua como pocos, me provocó vibraciones terriblemente intensas que no pude soportar y que liberé en un orgasmo que sacudió todo mi cuerpo.
El entrenador se puso de pie, me dio un beso de lengua con la boca babosa por mis jugos y volvió a agacharse para chuparme más la concha.
-Abrítela con los dedos -me ordenó- Dale turra, que te morís del gusto.
Mi voluntad estaba doblegada por el placer. Me abrí los labios vaginales y él me chupó el clítoris con más fuerza.
Cuando me tenía al borde del delirio me hizo girar sobre mí misma, me abrió con prepotencia las nalgas y me hundió la lengua en el culo. Tuve que morderme los nudillos para no gritar.
Estuvo largo rato humedeciéndome y dilatándome. Cada tanto me escupía y volvía a meterme la lengua.
-Qué buen orto tenés… qué buen agujero… elástico, bien cojido, como a mí me gusta. Se nota que ha entrado mucha pija por ahí. Sos la mejor hembra que conocí…
Finalmente se puso de pie, me hizo inclinar hacia delante, apoyarme sobre unos caballetes, y me subió la pollera.
Sobándose la pija para que se le ponga más dura todavía me preguntó:
-¿Por el culo o por la concha?
Yo sólo podía jadear, con la respiración agitada.
-Ahora sí que te morís de ganas de que te coja, ¿eh? Te tengo a punto… y vos a mí…
Me frotó varias veces el glande por la concha. Pensé que se preparaba para metérmela por ahí, pero sólo lo estaba lubricando con mis jugos.
Justo cuando estaba a punto de tener otro orgasmo me apoyó la cabeza en el culo.
-Ay… despacio… -supliqué mirando hacia atrás por sobre mi hombro.
-Sí, te la voy a dar despacio, pero la querés, ¿no?
Empujó un poquito y se retiró, otro poquito y volvió a retirarse, y así varias veces.
Mis jadeos aumentaron, me estaba enloqueciendo.
-¿La querés o no?
-Ay sí pero despacio por favor…
-No tengas miedo, tenés el orto bien dilatado.
-Pero es muy grande…
-Vos confiá en mí que te va a entrar toda y la vas a disfrutar.
Empezó la penetración, lentamente como había prometido. Sentí cada centímetro de ese monstruo hundiéndose en mis entrañas, abriendo mi esfínter, sin ceder un momento pese a mis quejidos.
-Ay… ay por dios que dura está… ay que grande…
-Aguantá… aguantá que ya está casi toda…
La sacó por completo, exclamó un “ahhh” de admiración, y me la volvió a meter.
Aunque parezca ridículo, en ese momento pensé en las fotos porno que he visto de mujeres con el ano dilatado producto de la penetración de una verga gruesa. Siempre pensé que me daría vergüenza tener el culo así de abierto. Como, pensé, justamente me lo estaba dejando este tipo.
Cuando entró hasta el fondo, cuando el último centímetro estuvo dentro de mí, se quedó inmóvil unos instantes.
Luego empezó a bombear, despacio al principio, y cada vez más fuerte después.
-Ah… ah… ah… ah…
-Bancá… bancá… ya te rompí el culo, ahora dejame que te lo goce.
Fue implacable, incansable. Ya no me dolía. Me sentía terriblemente abierta mientras su barra entraba y salía.
-¿Sentís mi carne? ¿La sentís toda adentro?
-Ah… sos un hijo de puta…
-Eso… puteame que me calienta… dale puta del orto…
-Me matás… me matás… -dije casi sin aliento.
Con sus manazas me abrió el escote del vestido, me agarró las tetas y las apretó con fuerza.
-¿Ves que sos una trola? Siempre andás sin corpiño… ah… cómo me calientan tus tetas.
-Ay qué hijo de puta… ay qué hijo de mil putas que sos…
-Qué buen culo… decime si no es la mejor pija que te comiste…
-Acabá… acabá por favor… no aguanto más…
-Haceme acabar vos. Mové el orto, dale.
Con las pocas fuerzas que me quedaban empecé a moverme adelante y atrás, ensartándome yo solita en su tronco.
-Más… dale más…
Me moví más rápido, más rápido, más rápido, empalándome más, más, más, hasta que me aferró de las caderas inmovilizándome y se descargó por completo dentro de mí.
Siguió moviéndose él un ratito más y luego se hizo hacia atrás. Su verga no terminaba nunca de salir.
A mí las piernas no me sostenían más, me derrumbé en el piso. Quedé sentada, con las piernas flexionadas a un costado.
-Sos la mejor. La mejor -dijo.
Se subió el pantalón con parsimonia, armó un cigarrillo, lo prendió y me lo pasó.
-Fumá, colocate un poquito, ya sé que eso también te gusta.
Dí una profunda pitada mientras él terminaba de acomodarse la ropa.
-Cuando te repongas un poco, salís al patio por donde vinimos y si te vas a la derecha llegás a la calle sin pasar por el salón.
-¿Me dejás acá?
-Sí, ¿o querés que nos vean juntos?
-No, está bien -dije jadeando.
-¿Estás bien? ¿Te duele el culo?
-Estoy bien.
Riendo morbosamente dijo:
-Vas a cagar leche una semana seguida. Por allá hay papel, si te querés limpiar.
-Sos un cerdo.
-Y vos sos una turra que le gusta la pija más que la comida.
Se agachó, me obligó a levantar la cabeza y me dio un beso.
-Hasta la próxima.
Se fue dejándome sola. Me quedé sentada un rato más, con una revolución en el estómago. Tenía las tripas llenas de semen.
Cuando me sentí mejor me puse de pie. Me pareció escuchar un ruido. Me bajé la falda rápidamente y pregunté, asustadísima:
-¿Quién anda ahí?
Y entonces, de detrás de unas cajas, salió mi hijo.
Quedé con la boca abierta, no podía pronunciar una palabra, el corazón se me saltaba del pecho.
Mi hijo tampoco hablaba. En la mano tenía, hecha un bollito, mi bombacha. Y debajo del pantalón un bulto considerable.
Después de mirarme un largo rato sin hablar dijo:
-El papel para limpiarte está allá.
-Hijo… yo…
Él parecía sonámbulo, o shockeado.
-Hijo… qué vergüenza siento…
-Y yo siento vergüenza porque acabé sin tocarme.
Entonces lo miré mejor. En la entrepierna del pantalón, además del bulto de su miembro erecto, se notaba una amplia mancha.
-¿Cuánto hace que estás acá? ¿Vos sabías? ¿Fue una trampa?
-Todo eso no tiene importancia mamá.
Bajé la vista.
-Me quiero ir a casa -dije.
Dí dos o tres pasos hacia la salida y noté que estaba goteando. Busqué el papel en el lugar donde me había indicado mi hijo.
-Date vuelta -le dije.
No me obedeció. No quería que me viera cuando me limpiaba.
-Hijo, date vuelta.
Lo hizo de mala gana, y a medias, quedando de perfil.
Hilos de semen me corrían desde el culo al interior de los muslos. Me sequé lo mejor que pude, sé que él me espiaba.
-No puedo creer que hayas estado mirando. No lo puedo creer -dije mientras me secaba.
-Fue lo mejor que he visto en mi vida.
-Es una locura. ¿Te das cuenta que es una locura, que no es normal?
-No es anormal. Yo no te hice nada.
-Vamos… sabés de qué te hablo.
-Yo no te hice nada, pero sueño con…
-Ni lo pienses. Ni lo pienses. En casa vamos a hablar. Dame mi bombacha.
-¿Para qué?
-¿Cómo para qué? Dámela.
-Está sucia, no te la vas a poder poner.
No quise ni saber cómo se había ensuciado.
-Hijo, más te vale que no la muestres por ahí.
-No ma, ni se me ocurriría. Es para mí.
Me quedé mirándolo sin saber qué más decir. Él dio unos pasos hacia mí y me abrazó muy fuerte.
-Te quiero -susurró.
-Yo también te quiero hijo, pero…
-Shhh… no hablemos ahora.
Nos quedamos así abrazados largo rato. Había un fuerte olor a sexo en el ambiente.
Cuando sentí que me acariciaba la espalda de manera sugestiva lo detuve.
-No hijo.
Él lo aceptó.
-Sí, mejor -dijo- porque estoy por acabar de nuevo sin tocarme.
-No me digas esas cosas…
-No puedo evitarlo ma…
Le acaricié el rostro.
-Tenemos que hablar de esto. En casa.
Hizo que sí con la cabeza.
Después salí del salón, crucé el patio y busqué la salida.
Continuará.