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Sola en la ducha

El aire denso y cargado de vapor del baño me envolvió como un abrazo húmedo. El aroma penetrante del jabón de lavanda se mezclaba con el calor que emanaba de la ducha. Con un suspiro de anticipación, me deslice bajo el chorro del agua, sintiendo cómo cada gota disolvía mi tensión del día. El agua tibia acarició mi piel, deslizándose por sus curvas mientras mis dedos se enjabonaban con movimientos lentos y deliberados.

Mi mirada se perdió en el vapor que ascendía, creando un velo etéreo alrededor de mi cuerpo. Fue entonces cuando la idea, siempre presente, comenzó a tomar forma. Con una sonrisa traviesa, busque el secador de pisos, el objeto largo y liso que, en mi imaginación, se convertía en algo mucho más íntimo y pasaba como cada ducha a ser el amante que calmaba este deseo de poder ser penetrada, de poder sentir ya de una vez algo de verdad que palpite dentro de mi ser.

Con cuidado, pero a la vez ansiosa lo meti en mi intimidad, sintiendo la fricción cálida y húmeda contra mi piel sensible. Cada centimetro era una promesa, un preludio a mis fantasías que solo existían en los rincones más salvajes de mi mente. Me incline contra el azulejo frío, permitiendo que el agua continuara su danza sobre mi cuerpo mientras mis dedos se movían con una urgencia creciente, guiando el objeto con una precisión exquisita.

Imaginó a mi hombre, mi macho, mi protector, mi deseo ardiente. En mi fantasía, era él quien me poseía, sus manos grandes y fuertes explorando cada centímetro de mi piel, su aliento caliente en mi cuello. Imaginó girando mi cabeza para mirarlo a los ojos y ver su expresión de locura mientras me penetra salvajemente, y yo gimiendo y susurrando diciendole que no pare que no se detenga que me culie con todas sus fuerzas, mientras un nudo en mi garganta me deja saber que esto es lo maximo, mis labios buscando los suyos, su lengua enredándose con la mia mientras nuestros cuerpos ya pegados se unían en una danza primitiva. Y, sobre todo, imaginó su pene, su arma de placer, adentrándose en mi, lo escucho reclamar mi culito como suyo, para usarlo a su antojo.

Cada pulsación del agua, cada roce del secador en mi esfinter, era una extensión de esa fantasía. Imaginó a mi hombre, sus embestidas profundas y poderosas resonando en las paredes de mi recto. Sentía la oleada de placer, una marea creciente que me envolvía, pero me resistía a dejarme llevar por completo. Quería que él llegara, que acabe, que se derramara dentro de mí o mejor dicho su culito pero yo no, no aún.

Prefería saborear la anticipación, la tensión que se acumula en mi vientre. Quería sentir el calor de su semen dentro de mi, una prueba tangible de su posesión, pero deseaba seguir siendo yo quien dictara el ritmo, quien exigiera más. Había una fuerza en esa resistencia, una afirmación de mi propio deseo que me excitaba profundamente.

El agua seguía cayendo, y me seguia entregando al torbellino de sensaciones. El placer se intensificaba, cada estimulación, tanto externa como interna, enviando descargas eléctricas por mi columna vertebral. Cierro los ojos con fuerza, mi respiración entrecortada, mientras esta imaginación me llevaba a los límites de mi éxtasis. Sentía el roce húmedo del jabón, el pulso firme del objeto, y la promesa tácita de una noche que aún estaba por llegar, una noche donde mis fantasías serían piel y carne, y donde mi orto, ahora caliente y preparado, estaría listo para recibir a mi alfa, para exigirle todo lo que mi ardiente deseo anhelaba, para amanecer enculada y saber que mi orto ya tiene un solo dueño. 

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