Hola, acá estoy, recién llegadita del trabajo, con un calor tremendo, aunque no precisamente por la temperatura... jajaja. Lunes, primer día hábil después de la Navidad. No creí que tuviera tan pronto algo para contar, incluso estaba preparando el relato sobre mi primera experiencia sexual, pero me paso esto, así que lo de mi primera vez quedara para la próxima.
Esta misma tarde, cuándo volvía de trabajar, me apoyaron en una forma tremenda. No es la primera vez que me apoyan en el colectivo. Cuándo va lleno, sobre todo el 160, me tengo que bancar alguna que otra frotadita, pero esta vez se pasó de alevoso.
Salí a las seis del trabajo y como siempre estuve esperando más de media hora en la parada para que pasara uno más o menos aceptable. Igual, en la siguiente parada se llenó del todo, por lo que los que estábamos en el medio nos tuvimos que correr hacia el fondo. En eso alguien se baja a la altura de la avenida Córdoba, dejando un hueco junto a los asientos. Me acomodé entonces ahí, a la expectativa de que alguien de los que estaban sentados se fuera a bajar. No se bajaba nadie, por el contrario subían más.
El colectivo siguió su recorrido habitual por Medrano, sin mayores sobresaltos, hasta que siento que algo me presiona a la altura de la cola. Giró la cabeza y lo veo ahí, tras de mí, un flaco de unos veinte y pico de años, morocho, el pelo bien corto, haciéndose el distraído. No le digo nada, aunque trato de correrme un poco, lo que se hace casi imposible por la cantidad de gente que hay. Él sigue detrás de mí, firme, (como rulo de estatua…jajaja), aprovechando cada frenada para restregarse contra mi cuerpo.
Yo venía vestida con una blusa con voladitos y un pantalón blanco bien ajustado, que me marcaba bien la cola, tal como me gusta, me había ido vestida así porque en la oficina en donde trabajo hay un tipo que me gusta, siempre que tiene oportunidad me mira la cola, creyendo que yo no me doy cuenta, así que estaba decidida a estimularlo un poco. La cosa es que él no parecía ser el único al que le gustaba mi parte posterior, ya que este flaco, estaba pasando de unas ocasionales frotadas a algo mucho más efectivo y consistente, tanto es así, que en cierto momento alcancé a percibir la forma de su pija apoyándose entre mis nalgas, justo en la raya. La tenía parada el guacho, era obvio que no tenía ropa interior y solo la tela de su pantalón de algodón separaba su excitada virilidad de mi cola. Me quede ahí quietita, inmutable, no sé si alguien del pasaje podría vernos y darse cuenta de lo que estaba pasando, pero creo que no me importaba. Al flaco menos, obviamente.
Entonces, aprovechándose de mi pasividad, empezó a realizar un suave movimiento de garche, se deslizaba de atrás hacia delante, haciéndome sentir con mayor nitidez la gruesa forma de su poronga. Por lo que alcanzaba a notar tenía un buen tamaño y una dureza que incitaba.
Ya habíamos pasado Rivadavia, cuándo el que estaba sentado justo en donde yo estaba se levanta para bajarse. El asiento quedaba libre, ¿y ahora que hago?, me preguntaba, por suerte al mirar hacia un costado veo a una persona no muy mayor, aunque sí lo suficiente como para ofrecerle el asiento, el cuál acepta con agradecimiento. Por un momento, al hacerme a un lado para dejar que esa persona pasara, miro al flaco, él me mira a mí, serio, sin pestañear, no digo ni hago nada, solo vuelvo a ocupar mi lugar y él el suyo, continuando con lo que habíamos dejado inconcluso. Claro que antes de volver a mi posición anterior, me toque disimuladamente la cola, no fuera a ser que el guacho hubiera acabado y tuviera todo el pantalón chorreando semen. Por suerte no fue así, seguía con la pija bien parada, la que volvió a acomodar entre mis nalgas, deslizándose por mi raya, arriba y abajo, moviéndose como si me estuviera cogiendo de parada, aunque disimuladamente, claro, aprovechando los bruscos movimientos del colectivo.
La apoyada siguió hasta que tuve que bajarme. Este me va a seguir, pensaba mientras trataba de pasar entre la gente que se había acumulado en la puerta de atrás. Ya estaba evaluando si me iría a un telo con él. Por un momento lo perdí de vista, aunque suponía que me lo iba a encontrar al bajar. Pero no fue así. Toqué el timbre, bajé en mi parada habitual y él... no bajó. Se quedo, siguió viaje. El muy desgraciado me dejó con unas terribles ganas de coger. ¡Eso no se hace, che!