Hola… me llamo Tania.
Tengo 28 años y sí, soy la del culo que parece que no cabe en ninguna prenda que me ponga. El que heredé de mi abuela cubana, ese que cuando camino se mueve como si tuviera vida propia. Llevo tres años casada con Cristian. El de la playera de Batman, el flaco de lentes que se ve siempre un poco perdido. Tiene 32, pero desde que nació nuestro bebé de dos años… parece que algo se le apagó.

Al principio pensé que era normal, que los dos estábamos cansados. Pero luego entendí: ya no me mira como antes. Ya no me agarra por la cintura cuando paso cerca. Ya no me dice al oído lo puta que me ve cuando me pongo leggings. Nada. Solo peleas. Y en esas peleas siempre gano yo. Porque grito más fuerte. Porque lloro más bonito. Porque él me ama… y yo lo sé. Y uso eso.
Cuando llegó la herencia del abuelo Flavio todo parecía un sueño. Un rancho enorme, hectáreas y hectáreas, vacas, caballos, un río que pasa por el fondo. Nos mudamos pensando que íbamos a empezar de nuevo, que el aire del campo nos iba a arreglar. Qué ilusos.
Ahí conocí a don Hilario.
Sombrero de lado, bigote grueso, piel curtida por el sol, manos como de piedra. Sesenta y tantos años, pero camina como si todavía pudiera tumbar a un toro de un puñetazo. Al principio me caía gordo. Era rudo, hablaba poco, me miraba fijo y nunca sonreía. Me ponía nerviosa. Me daba miedo. Pero también… algo más. Algo que no quería nombrar.

Cristian no sabía nada de campo. Así que dejó que don Hilario siguiera siendo el capataz, el que manda, el que sabe. Y yo empecé a pasar más tiempo con él. Al principio era por necesidad: me llevaba a ver las cercas, me explicaba cómo funcionaban las bombas de agua, me ayudaba a cargar costales de alimento para los animales. Pero poco a poco… empecé a buscar excusas para estar cerca.
Un día, por pura estupidez, hicimos una apuesta.
Estábamos viendo un semental enorme, negro, sudado, con los huevos colgando como si fueran de otra especie. Yo dije, toda creída:
—Ese bicho no llega ni a treinta centímetros parado.
Don Hilario se rió bajito, con esa risa que parece gruñido.
—Te apuesto lo que quieras, muchacha… ese animal pasa los cuarenta fácil.
Perdí.
Y él no pidió dinero.
Me dijo, con esa voz ronca que me erizaba la piel:
—Entonces me vas a enseñar ese culo que tanto escondes con esos leggins apretados. Pero en tanga. En el granero. Hoy en la tarde.
Me quedé helada. Quise decirle que no, que estaba loco, que mi marido… Pero algo dentro de mí ya estaba mojado solo de imaginarlo.
Fui.
Me bajé los leggins hasta las rodillas, me quedé en tanga violeta. Me agaché un poco, apoyando las manos en una viga. Sentí el aire fresco en las nalgas. Sentí sus ojos clavados. No me tocó. Solo miró. Largo. Mucho. Y cuando me subí la ropa y quise irme, me dijo casi susurrando:

—Te ves más rica de lo que imaginaba, Tania.
Esa noche soñé con él. Soñé que me tenía agarrada del pelo, que me ponía contra la pared del granero y me abría entera. Me desperté empapada, con las bragas pegadas al coño y los pezones duros como piedras.
Después vino lo del arroyo.
Me gustaba bañarme ahí cuando hacía calor. Me quitaba todo, me metía desnuda al agua fresca. Ese día sentí que alguien me veía. No me tapé. Al contrario… me demoré más. Me enjaboné los pechos despacio, me pasé las manos por el culo como si estuviera sola. Sabía que era él. Lo sentía. Cuando salí del agua y me puse la toalla, lo vi entre los matorrales. No dijo nada. Solo me miró. Y yo… le sostuve la mirada.

Todo se fue calentando lento. Muy lento.
Un beso robado detrás del gallinero. Sus manos ásperas subiéndome la blusa. Yo jadeando contra su boca. Su lengua sabía a tabaco y a hombre de verdad. Me manoseó el culo como si fuera suyo. Me metió dos dedos por encima de la tela y me dijo:
—Estás empapada, muchacha…
Y lo estaba.
Casi nos pilló Cristian ese día en el granero. Estábamos fajando fuerte. Yo tenía la playera levantada, los senos fuera, él me chupaba un pezón mientras me frotaba el coño por encima del short. Cristian gritó mi nombre desde la casa. Nos separamos como adolescentes asustados. Pero ya era tarde. Ya habíamos cruzado la línea.

La primera vez que me cogió fue una semana después.
Cristian se enfermó. Fiebre alta, escalofríos, se quedó en cama delirando. Yo le llevaba sopa, le ponía paños fríos… y cuando se quedaba dormido profundo, yo salía.
Don Hilario me esperaba en el granero.
No hubo palabras bonitas. No hubo juegos previos largos.
Entré. Cerré la puerta con tranca. Me miró de arriba abajo. Yo llevaba un vestido floreado, corto, sin sostén.
—Quítatelo —me ordenó.
Lo hice.
Quedé en tanga y descalza.
Me agarró por la nuca, me besó con fuerza, me mordió el labio hasta que sentí sabor a sangre. Me dio la vuelta, me puso contra una pila de pacas de alfalfa. Me bajó la tanga de un jalón. Sentí sus dedos abriéndome los cachetes. Escupió directo en mi culo.
—¿Aquí también quieres, verdad? —me dijo al oído.
Yo solo gemí.
Me abrió las nalgas y sentí la cabeza gorda de su verga presionando mi entrada trasera. Dolió. Mucho. Pero no paré. Empujé hacia atrás. Quería sentirlo todo.

Entró despacio. Centímetro a centímetro. Gruñía como animal. Yo lloriqueaba, mitad dolor, mitad placer. Cuando estuvo completamente adentro me agarró de las caderas y empezó a bombear. Lento al principio. Luego más rápido. Más fuerte.
El sonido de sus bolas chocando contra mi coño mojado llenaba el granero. Yo me mordía el brazo para no gritar. Él me hablaba sucio, bajito:
—Así te gusta, ¿verdad? Que un viejo te rompa el culo mientras tu marido duerme… puta rica…
Y yo asentía. Lloraba. Gemía. Le pedía más.
Me vine así, con su verga enterrada hasta el fondo en mi culo, tocándome el clítoris con sus dedos callosos. Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas. Él no se detuvo. Siguió empujando hasta que sentí cómo se hinchaba y se vaciaba dentro de mí. Caliente. Mucho. Gruñó como toro cuando se corrió.
Después me abrazó por detrás, todavía dentro. Me besó el cuello.
—Esto no va a parar, Tania —me dijo—. Ahora eres mía.
Y tiene razón.
Desde entonces me coge cuando quiere. En el río, en el granero, en la troquita, hasta en la cocina cuando Cristian sale a la ciudad por provisiones. A veces me manda mensaje: “Ven al arroyo en 10”. Y voy. Me quito la ropa y me meto al agua esperando que llegue. Otras veces llega sin avisar, me encuentra lavando trastes y me levanta el vestido sin decir nada. Me abre las piernas ahí mismo, contra la mesa, y me mete la verga mientras yo intento no hacer ruido.
Cristian no sabe nada.
O tal vez sí… y le gusta. No sé.
Pero yo sí sé una cosa: nunca me había sentido tan mujer. Tan deseada. Tan puta.
Y no pienso parar.
Porque cuando don Hilario me agarra del pelo, me pone de rodillas y me mete su verga hasta la garganta…
Yo solo pienso:
“Por fin alguien me usa como siempre quise que me usaran”.
Y me corro solo con eso.
Tengo 28 años y sí, soy la del culo que parece que no cabe en ninguna prenda que me ponga. El que heredé de mi abuela cubana, ese que cuando camino se mueve como si tuviera vida propia. Llevo tres años casada con Cristian. El de la playera de Batman, el flaco de lentes que se ve siempre un poco perdido. Tiene 32, pero desde que nació nuestro bebé de dos años… parece que algo se le apagó.

Al principio pensé que era normal, que los dos estábamos cansados. Pero luego entendí: ya no me mira como antes. Ya no me agarra por la cintura cuando paso cerca. Ya no me dice al oído lo puta que me ve cuando me pongo leggings. Nada. Solo peleas. Y en esas peleas siempre gano yo. Porque grito más fuerte. Porque lloro más bonito. Porque él me ama… y yo lo sé. Y uso eso.
Cuando llegó la herencia del abuelo Flavio todo parecía un sueño. Un rancho enorme, hectáreas y hectáreas, vacas, caballos, un río que pasa por el fondo. Nos mudamos pensando que íbamos a empezar de nuevo, que el aire del campo nos iba a arreglar. Qué ilusos.
Ahí conocí a don Hilario.
Sombrero de lado, bigote grueso, piel curtida por el sol, manos como de piedra. Sesenta y tantos años, pero camina como si todavía pudiera tumbar a un toro de un puñetazo. Al principio me caía gordo. Era rudo, hablaba poco, me miraba fijo y nunca sonreía. Me ponía nerviosa. Me daba miedo. Pero también… algo más. Algo que no quería nombrar.

Cristian no sabía nada de campo. Así que dejó que don Hilario siguiera siendo el capataz, el que manda, el que sabe. Y yo empecé a pasar más tiempo con él. Al principio era por necesidad: me llevaba a ver las cercas, me explicaba cómo funcionaban las bombas de agua, me ayudaba a cargar costales de alimento para los animales. Pero poco a poco… empecé a buscar excusas para estar cerca.
Un día, por pura estupidez, hicimos una apuesta.
Estábamos viendo un semental enorme, negro, sudado, con los huevos colgando como si fueran de otra especie. Yo dije, toda creída:
—Ese bicho no llega ni a treinta centímetros parado.
Don Hilario se rió bajito, con esa risa que parece gruñido.
—Te apuesto lo que quieras, muchacha… ese animal pasa los cuarenta fácil.
Perdí.
Y él no pidió dinero.
Me dijo, con esa voz ronca que me erizaba la piel:
—Entonces me vas a enseñar ese culo que tanto escondes con esos leggins apretados. Pero en tanga. En el granero. Hoy en la tarde.
Me quedé helada. Quise decirle que no, que estaba loco, que mi marido… Pero algo dentro de mí ya estaba mojado solo de imaginarlo.
Fui.
Me bajé los leggins hasta las rodillas, me quedé en tanga violeta. Me agaché un poco, apoyando las manos en una viga. Sentí el aire fresco en las nalgas. Sentí sus ojos clavados. No me tocó. Solo miró. Largo. Mucho. Y cuando me subí la ropa y quise irme, me dijo casi susurrando:

—Te ves más rica de lo que imaginaba, Tania.
Esa noche soñé con él. Soñé que me tenía agarrada del pelo, que me ponía contra la pared del granero y me abría entera. Me desperté empapada, con las bragas pegadas al coño y los pezones duros como piedras.
Después vino lo del arroyo.
Me gustaba bañarme ahí cuando hacía calor. Me quitaba todo, me metía desnuda al agua fresca. Ese día sentí que alguien me veía. No me tapé. Al contrario… me demoré más. Me enjaboné los pechos despacio, me pasé las manos por el culo como si estuviera sola. Sabía que era él. Lo sentía. Cuando salí del agua y me puse la toalla, lo vi entre los matorrales. No dijo nada. Solo me miró. Y yo… le sostuve la mirada.

Todo se fue calentando lento. Muy lento.
Un beso robado detrás del gallinero. Sus manos ásperas subiéndome la blusa. Yo jadeando contra su boca. Su lengua sabía a tabaco y a hombre de verdad. Me manoseó el culo como si fuera suyo. Me metió dos dedos por encima de la tela y me dijo:
—Estás empapada, muchacha…
Y lo estaba.
Casi nos pilló Cristian ese día en el granero. Estábamos fajando fuerte. Yo tenía la playera levantada, los senos fuera, él me chupaba un pezón mientras me frotaba el coño por encima del short. Cristian gritó mi nombre desde la casa. Nos separamos como adolescentes asustados. Pero ya era tarde. Ya habíamos cruzado la línea.

La primera vez que me cogió fue una semana después.
Cristian se enfermó. Fiebre alta, escalofríos, se quedó en cama delirando. Yo le llevaba sopa, le ponía paños fríos… y cuando se quedaba dormido profundo, yo salía.
Don Hilario me esperaba en el granero.
No hubo palabras bonitas. No hubo juegos previos largos.
Entré. Cerré la puerta con tranca. Me miró de arriba abajo. Yo llevaba un vestido floreado, corto, sin sostén.
—Quítatelo —me ordenó.
Lo hice.
Quedé en tanga y descalza.
Me agarró por la nuca, me besó con fuerza, me mordió el labio hasta que sentí sabor a sangre. Me dio la vuelta, me puso contra una pila de pacas de alfalfa. Me bajó la tanga de un jalón. Sentí sus dedos abriéndome los cachetes. Escupió directo en mi culo.
—¿Aquí también quieres, verdad? —me dijo al oído.
Yo solo gemí.
Me abrió las nalgas y sentí la cabeza gorda de su verga presionando mi entrada trasera. Dolió. Mucho. Pero no paré. Empujé hacia atrás. Quería sentirlo todo.

Entró despacio. Centímetro a centímetro. Gruñía como animal. Yo lloriqueaba, mitad dolor, mitad placer. Cuando estuvo completamente adentro me agarró de las caderas y empezó a bombear. Lento al principio. Luego más rápido. Más fuerte.
El sonido de sus bolas chocando contra mi coño mojado llenaba el granero. Yo me mordía el brazo para no gritar. Él me hablaba sucio, bajito:
—Así te gusta, ¿verdad? Que un viejo te rompa el culo mientras tu marido duerme… puta rica…
Y yo asentía. Lloraba. Gemía. Le pedía más.
Me vine así, con su verga enterrada hasta el fondo en mi culo, tocándome el clítoris con sus dedos callosos. Me corrí tan fuerte que me temblaron las piernas. Él no se detuvo. Siguió empujando hasta que sentí cómo se hinchaba y se vaciaba dentro de mí. Caliente. Mucho. Gruñó como toro cuando se corrió.
Después me abrazó por detrás, todavía dentro. Me besó el cuello.
—Esto no va a parar, Tania —me dijo—. Ahora eres mía.
Y tiene razón.
Desde entonces me coge cuando quiere. En el río, en el granero, en la troquita, hasta en la cocina cuando Cristian sale a la ciudad por provisiones. A veces me manda mensaje: “Ven al arroyo en 10”. Y voy. Me quito la ropa y me meto al agua esperando que llegue. Otras veces llega sin avisar, me encuentra lavando trastes y me levanta el vestido sin decir nada. Me abre las piernas ahí mismo, contra la mesa, y me mete la verga mientras yo intento no hacer ruido.
Cristian no sabe nada.
O tal vez sí… y le gusta. No sé.
Pero yo sí sé una cosa: nunca me había sentido tan mujer. Tan deseada. Tan puta.
Y no pienso parar.
Porque cuando don Hilario me agarra del pelo, me pone de rodillas y me mete su verga hasta la garganta…
Yo solo pienso:
“Por fin alguien me usa como siempre quise que me usaran”.
Y me corro solo con eso.
1 comentarios - Relato cornudo : el capataz y el rancho cornudo (Tania)