You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

El enfermero pura verga

En aquel momento ya era casada pero poco me importó, le dejo una historia de una verga enorme.
El eco de los pasillos del centro de salud mental resonaba con historias, susurros de una gran verga. Mi vida transcurría entre expedientes y la rutina, pero mi verdadera naturaleza era mucho más audaz, una voracidad que no distinguía entre lindos y feos. Solo buscaba coger, había conquistado a hombres de todos los estratos, desde el director hasta los enfermeros y mucamos. Sin embargo, había una que me faltaba, un enfermero que despertaba una curiosidad: Lo llamaré Ramón, el vergudo.

Los rumores decían que era dotado, poseedor de un miembro monstruoso, algo que me atraía de forma inexplicable. No era como los demás, había algo en él, una aura que me llamaba. Un día, el destino, o quizás mi propia audacia, nos cruzó. Ramón se dirigía a enfermería. Sentí una conexión visceral, un impulso incontrolable. Me acerqué y quedé como si algo buscara desde la puerta y Cuando se disponía a salir denuevo, lo detuve. 
Que le pasa señoradita me dijo?
-le dije, "espera".
Me duele la panza. 
Él, solo me miró y me indicó que pasara hacia la sala. 
Mire hacia todos lados y comprobé que no había nadie. Me explotaba el extacis del momento y lo tomé de la mano y lo conduje a una pequeña sala de curas, apenas un espacio con una camilla y algunos frascos. Sus ojos reflejaban confusión, pero la mía era una decisión tomada. Lo senté en la camilla, guié su mano hacia su propia pierna, casi acariciando el lugar donde, según los rumores, residía su “monstruo”.

Noté su nerviosismo, la aceleración de su respiración. Sin mediar palabra, bajé su pantalón. El momento fue irreal, una experiencia que aún hoy me persigue. Su miembro, efectivamente, era de una magnificencia que desafiaba la descripción. Con gestos, le pedí silencio y comencé a masturbarlo. Era una sensación inhumana, la magnitud de su pene apenas cabía en mi boca. Él me miraba con esa expresión de inocencia, una sonrisa tímida asomaba en sus labios.

Tras unos minutos de éxtasis oral, bajé mis propios pantalones y me coloqué a cuatro patas. Le abrí por completo. El dolor, mezclado con un placer ardiente, me inundó. Cuando sentí que estaba a punto de llegar, él me giró. Tomó mi cabeza, su pene como una manguera que debía ser succionada. Cerró los ojos, emitió un gemido ahogado y liberó su carga. La leche salpicó por todas partes, empapándome por completo.

“Debes irte”, me dijo, mientras intentaba limpiar el rastro de nuestra transgresión. Nadie debía enterarse. Tiempo después, al verlo a lo lejos, sus miradas se cruzaban, y en sus ojos veía la chispa de la locura que, quizás, yo había encendido. Era un hombre de pocas palabras, pero nuestros encuentros clandestinos se multiplicaron en distintos rincones del predio. Pasó el tiempo y se fue a vivir a su ciudad natal. Nunca más volví a ver una pija tan impresionante. Y pronto, les contaré historias aún más sucias en ese centro de salud. 

0 comentarios - El enfermero pura verga