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Lorena: La Mama Mi Mejor Amigo

Lorena es esa rubia de cuarenta y largos que siempre caminaba por el barrio con el mentón alto, manejando su camioneta cara y vistiendo ropa impecable, esa típica madre ejemplar con la que todos los pibes del grupo y los amigos de su hijo Tomás fantaseábamos con garchar alguna vez.
Estaba casada con un idiota con plata, un tipo ausente que se creía dueño del mundo por su billetera pero que en la cama resultó ser un frío total, un aburrido que nunca tuvo la más puta idea de la hembra que tenía al lado ni supo cómo encender la verdadera naturaleza de su mujer, dejándola insatisfecha y hambrienta bajo una fachada de señora respetable.
Pero esa careta de madre pulcra y pulcra ama de casa se derrumbó por completo cuando me metí en su habitación.
Físicamente, Lorena es un monumento de mujer total, una milf de clase alta que conserva una frescura de locos.
Tiene la piel blanca, suave y perfumada, unos labios carnosos que ahora solo sirven para jadear mi nombre, y un pelo rubio hermoso que le cae por los hombros. Pero lo que realmente me vuela la cabeza son sus curvas maduras: tiene unas tetas naturales grandes, pesadas y sumamente firmes, con esos pezones oscuros que se encienden al menor roce, y un culo de gimnasio que es una obra de arte, redondo, firme y con el volumen exacto para recibir mis embestidas secas y rebotar de forma obscena contra mi pelvis.
Mentalmente, el cambio fue el verdadero morbo.
Lorena empezó esto con terror, con esa culpa de madre leona que intentaba tomar el control porque su hijo Tomás duerme en la habitación de al lado, pero bastó que sintiera el rigor de mis 21 años para que su mente hiciera cortocircuito.
Es una hipócrita hermosa que cambió toda su moral y sus códigos de familia por el placer clandestino de ser sometida, una mujer madura que descubrió que su fantasía más oscura era ser usada y domada por el mejor amigo de su hijo.
Debajo de sus aires de señora inalcanzable, Lorena escondía a una perra insaciable, y ahora que probó lo que es un hombre de verdad, quedó completamente quebrada, transformada en mi puta favorita y lista para vivir bajo mis órdenes de Amo.
Lorena: La Mama Mi Mejor Amigo

La noche con Tomás había sido intensa, el tipo de salida que desgasta a cualquiera, pero que a mí me sirve para observar.
Tomás es mi mejor amigo, un buen pibe, leal, de esos que dejan la vida por los suyos.
Fuimos a un bar céntrico, tomamos bastante y la noche se estiró entre risas y charlas de boliche.
Cuando el alcohol empezó a pegarle fuerte a él, decidí que era hora de volver.
No iba a dejar que se expusiera solo en ese estado.
Manejé mi auto hasta su casa, cuidando cada detalle, manteniéndome firme al volante mientras él balbuceaba tonterías en el asiento del acompañante.
Llegamos pasadas las tres de la mañana.
Al abrir la puerta principal, nos recibió Lorena.
Estaba despierta, esperándolo con esa mezcla de alivio y reproche que caracteriza a las madres.
Vestía una bata de seda negra que no lograba ocultar las curvas firmes de sus cuarenta y largos, es una milf rubia imponente, con una presencia que impone respeto pero que, a la vez, emana una sensualidad madura inevitable.
— Menos mal que viniste con él, Alejandro. Está destruido, gracias por cuidarlo. Me dijo ella con una voz suave, cargada de un cansancio tierno mientras me miraba a los ojos.
— Es como mi hermano, Lore. Jamás lo dejaría tirado. Le respondí con mi mejor sonrisa cortés, transmitiéndole la seguridad absoluta de un hombre de confianza.
Entre los dos cargamos a Tomás hasta su habitación.
Ella le sacó las zapatillas mientras yo lo acomodaba en la cama, donde se desplomó completamente noqueado por el alcohol.
Lorena me ofreció el sillón del living, disculpándose por no tener una cama libre.
Le aseguré que estaba perfecto y, tras despedirse con un beso en la mejilla que dejó el aroma de su perfume flotando en el aire, se retiró a su cuarto.
Me acosté en el sillón, pero mi mente no se apaga fácilmente.
No tengo resaca, controlo perfectamente mis niveles y sé cuándo mantenerme alerta.
Dormí apenas un par de horas con un ojo abierto.
A las siete y media de la mañana, sentí la necesidad de ir al baño.
Me levanté sin hacer el menor ruido, pisando con precisión milimétrica en el pasillo oscuro.
Al salir del baño, un sonido húmedo, sofocado y rítmico me detuvo en seco.
Venía del cuarto de Lorena.
La puerta de madera maciza estaba entreabierta, dejando una pequeña rendija de luz.
Me acerqué con cautela, impulsado por una curiosidad fría y puramente masculina.
Al asomarme por el espacio, la imagen me congeló la sangre de una forma deliciosa.
Lorena estaba completamente desnuda en el centro de la cama matrimonial.
El contraste de su piel clara y su pelo rubio revuelto contra las sábanas oscuras era una locura.
Tenía las piernas flexionadas, completamente abiertas, entregada a un trance de placer solitario.
Una de sus manos bajaba con desesperación hacia su entrepierna, hundiendo los dedos en su vagina, mientras la otra mano se aferraba con fuerza a una de sus tetas.
Estaba totalmente ida, entregada a su propio cuerpo en esa cama vacía.
— Ah... mmm... qué adentro... Dios. Se quejó ella en un susurro bajo, arqueando la espalda mientras sus dedos se movían más rápido.
Me pegué contra el marco de la puerta, disfrutando del espectáculo con una tranquilidad absoluta, sabiendo que el destino me estaba regalando una oportunidad perfecta.
Ver a la madre de mi amigo en ese estado, perdiendo toda la postura pulcra que siempre mostraba, me encendió por completo.
— Sí... así... más fuerte... Ah... mmm. Gimió con la voz rota, frotándose con desesperación.
La forma en que se tocaba era casi violenta, descarada.
Su pecho subía y bajaba con violencia, y una fina capa de sudor hacía que sus pechos maduros brillaran bajo la tenue luz de la mañana.
— Uff... dale... entra más... Ah. Se escuchó desde la cama, mientras ella metía los dedos con más profundidad, humedeciéndose por completo.
Estaba presenciando la intimidad más pura de una mujer insatisfecha, una fiera contenida que necesitaba el rigor de un hombre de verdad.
— Mmm... no aguanto... Ah... sí. Exclamó mientras aceleraba el ritmo en su clítoris.
Me quedé inmóvil, observando cada detalle técnico de sus movimientos, grabando en mi memoria la forma en que su cuerpo maduro reaccionaba ante su propio estímulo.
— Ah... Dios... qué rico... mmm. Soltó en un jadeo húmedo, subiendo las rodillas hacia el pecho para abrirse todavía más que antes.
La puerta entornada me daba el ángulo perfecto para ver cómo sus dedos rozaban esa zona húmeda y encendida.
— Sí... dale... más rápido... Ah... Ah... Repitió casi sin aire, con los ojos cerrados, entregada por completo.
El silencio de la casa hacía que cada uno de sus sonidos retumbara en el pasillo, creando una atmósfera densa y cargada de tensión sexual.
— Mmm... ya casi... Ah... mmm... no pares. Se exigió a sí misma, moviendo las caderas en círculos perfectos sobre el colchón.
Su mano en la teta la apretaba tanto que dejaba marcas rojas sobre su piel clara, demostrando el nivel de excitación salvaje en el que estaba metida.
— Ah... Ah... mmm... qué caliente... Dios... Jadeó con fuerza, arqueando el cuello hacia atrás, estirando las líneas de su garganta de una forma hermosa.
Ella no sabía que yo estaba ahí, y eso lo hacía diez veces mejor.
— Sí... ahí... Ah... Ah... mmm... Continuó con un ritmo frenético, sus dedos chapoteando en su propia humedad, haciendo un eco suave en la habitación.
Faltaba poco para que estallara.
Su cuerpo se ponía cada vez más rígido, las piernas le temblaban levemente debido al esfuerzo y a la acumulación de ganas.
— Ah... Dios... me voy... mmm... Ah... Gritó en un susurro ahogado, apretando los dientes y cerrando los puños sobre las sábanas.
El clímax la estaba alcanzando, y ver la cara de una mujer de su edad perder el control total por el orgasmo era una victoria anticipada para mí.
— ¡Ah!... ¡Sí!... ¡Mmm!... ¡Dios!. Exclamó finalmente en un espasmo largo, contrayendo todo el cuerpo mientras sus dedos se hundían fijos en su centro.
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Lorena se quedó unos segundos completamente estática, con el pecho subiendo y bajando de forma errática mientras recuperaba el aire.
Yo seguía pegado al marco de la puerta, disfrutando de los últimos vestigios de su vulnerabilidad, listo para dar la vuelta y regresar al sillón como si nada hubiera pasado.
Pero mi cuerpo tiene sus propias reglas, y la tensión acumulada en el pasillo se volvió física.
Mi verga, completamente dura y presionando contra la tela del jeans, reaccionó con un espasmo violento ante la imagen de esa milf rubia todavía húmeda sobre las sábanas.
Al intentar dar un paso hacia atrás con sutileza, el movimiento brusco hizo que mi entrepierna golpeara directamente contra la madera de la puerta entreabierta.
El impacto seco rompió el silencio absoluto de la casa.
— ¿Quién está ahí?. Preguntó ella con la voz quebrada y pastosa por el orgasmo reciente, girando la cabeza hacia la rendija con los ojos inyectados en sorpresa.
No alcancé a correrme.
Mis ojos se cruzaron directamente con los de ella a través del espacio de luz.
Lorena todavía tenía los dedos sumergidos en su propia humedad y la otra mano aferrada a su teta, apretando la piel clara con rigidez.
Al registrar mi silueta y darse cuenta de que el mejor amigo de su hijo la estaba mirando fixamente, el pánico técnico anuló su trance de placer.
Con un movimiento torpe y apresurado, sacó la mano de su entrepierna y cruzó las piernas con fuerza, intentando taparse de inmediato mientras se incorporaba un poco apoyando los codos en el colchón.
— Alejandro... ¿qué hacés ahí?. Me respondió en un susurro cargado de vergüenza y agitación, con las mejillas completamente rojas y los ojos abiertos de par en par.
La situación había cambiado en un segundo.
El control absoluto que mantenía desde la sombra se transformó en una exposición directa.
Mi cuerpo me había traicionado con ese maldito ruido.
No me moví, no agaché la cabeza ni mostré el más mínimo rastro de culpa juvenil.
Me quedé firme en el lugar, sosteniéndole la mirada con una seriedad pesada, sintiendo cómo el aire entre los dos se volvía denso, caliente y peligrosamente real.
Ella me miraba, desnuda y expuesta bajo las sábanas revueltas, mientras yo la observaba desde la penumbra del pasillo, asimilando el peso de haber sido descubierto.
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La tensión en la habitación se volvió insoportable, pero en lugar de retroceder o pedir disculpas como un nene asustado, usé ese segundo de parálisis a mi favor. Supe exactamente qué hacer.
No le di tiempo a reaccionar, a taparse con las sábanas o a pensar en Tomás, que dormía a unos pocos metros.
Me moví con una velocidad felina, cruzando el umbral del cuarto con zancadas largas y decididas, lanzándome directamente sobre la cama como un depredador que reclama lo que es suyo.
Lorena abrió los ojos por el impacto de mi cuerpo contra el colchón, pero antes de que pudiera emitir un solo grito o reproche, empujé sus rodillas hacia los costados con mis manos, abriéndola por completo, y hundí mi cara directamente en su entrepierna.
— ¡Ah!... ¡Alejandro, no!... ¡Esperá!. Me respondió en un grito ahogado, estirando las manos para empujarme los hombros, aunque sus dedos se enterraron en mi remera sin fuerza real.
No la escuché.
Estaba completamente enfocado en lo que tenía adelante.
Su vagina estaba empapada, ardiendo en fiebre por el orgasmo que se acababa de dar, y el aroma de su madurez mezclado con su propia humedad me nubló los sentidos.
Pegué la lengua a su clítoris con una voracidad salvaje, lamiendo de abajo hacia arriba de un solo trazo, saboreando el gusto intenso, denso y ligeramente salado de sus fluidos.
Era el sabor concentrado de una milf rubia que llevaba demasiado tiempo deseando el rigor de un hombre de verdad.
— ¡Dios mío!... Ah... mmm... mmm. Gimió ella, cambiando el tono de su voz al sentir el calor de mi boca, mientras dejaba de empujarme y sus manos pasaban a aferrarse con desesperación a mi pelo.
Comencé a succionar su clítoris con fuerza técnica, metiendo la lengua bien adentro de su cavidad, barriendo cada rincón de sus labios menores que estaban hinchados y rojos.
El contraste era una locura: yo seguía totalmente vestido, sintiendo la tela de mi jean áspera contra la suavidad de sus muslos desnudos, devorándola con una intensidad animal que la anuló por completo.
— Ah... dale... mmm... qué hacés... me vas a volver loca. Me respondió con la respiración totalmente rota, quebrando la cintura hacia arriba para presionar su centro húmedo contra mi boca.
Lorena ya no intentaba escapar.
El pánico del principio se transformó en una sumisión absoluta ante mi estímulo.
Sentí cómo su cuerpo maduro se entregaba al ritmo salvaje de mi lengua.
Perdió toda la postura de madre correcta y, en un movimiento completamente instintivo, levantó su pierna derecha y la apoyó firmemente sobre mi hombro, abriéndose todavía más, ofreciéndome su intimidad sin ningún tipo de barrera.
— Sí... ahí... mmm... Ah. Exclamó arqueando la espalda por completo, con los ojos cerrados y los dedos clavados en mi cuero cabelludo, guiando mis movimientos mientras yo seguía tragándome todos sus jugos calientes.
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Lorena pegó un grito sordo mientras su cuerpo se sacudía por completo, liberando una descarga de fluidos que empapó mis labios.
El espasmo la obligó a reaccionar, devolviéndola por un segundo a la realidad de la casa.
Con la respiración totalmente entrecortada y las mejillas rojas de la vergüenza, me empujó los hombros hacia atrás para ganar distancia, rompiendo el contacto.
Tenía la boca mojada, una mezcla pastosa de mi saliva y sus jugos calientes corriendo por mi mentón.
Lorena me miró con pánico, dándose cuenta de lo que acababa de pasar.
— Perdón... Alejandro, perdón, esto es una locura. Me respondió tapándose la cara con una mano, temblando mientras intentaba procesar la culpa.
Por puro instinto de escape, giró el cuerpo sobre el colchón y se apoyó sobre sus manos y rodillas, quedando en cuatro con la intención de levantarse rápido para cambiarse o sacarme de la habitación.
Pero para mí, esa posición con sus glúteos firmes apuntando hacia mí no era una retirada, era una invitación abierta.
No le di espacio para pensar.
Me pegué a su espalda y deslicé mi mano directamente entre sus muslos, hundiéndole dos dedos de golpe en su vagina, que seguía abierta y latiendo.
— ¡Ah!... ¡No, pará!... Esto está mal, de verdad. Me respondió arqueando la espalda por la sorpresa, aunque el calor de mi mano la hizo jadear de inmediato.
— Quedate quieta, Lore. Te encanta que un hombre de verdad te agarre así. Le ordené, manteniendo una voz firme y baja mientras movía los dedos con fuerza adentro suyo.
Me incliné hacia adelante y pegué mi boca en la zona húmeda entre su culo y su vagina, lamiendo con pasadas largas y calientes.
Lorena soltó un quejido agudo y, en vez de avanzar para bajarse de la cama, enterró una de sus manos en las sábanas para sostener el peso de su cuerpo, mientras que con la otra mano fue directo hacia atrás, agarrándome el pelo con desesperación para guiar la presión de mi boca.
— Mmm... Dios... qué rico... pero no podemos. Me respondió tirando la cabeza hacia atrás, estirando el cuello mientras disfrutaba del estímulo técnico de mis dedos en su clítoris.
— Mirá cómo estás, estás empapada por mí. Le dije con un tono arrogante, sintiendo los espasmos de sus paredes internas apretándome los dedos.
— Ah... sí... dale... mmm... Me respondió moviendo la cadera hacia atrás de manera involuntaria.
El sabor de su madurez en mi lengua era espeso, caliente, potenciado por la adrenalina de estar a metros del cuarto de Tomás.
Lorena levantaba la cabeza, con los ojos cerrados en un trance total, atrapada entre el deseo de mantener su postura de madre y la sumisión física que mi rigidez le imponía en esa cama matrimonial.
— ¡Ah!... ¡No aguanto!... ¡Mmm!... ¡Más!. Me exigió con la voz completamente quebrada, apretando mis dedos con su propia carne mientras se entregaba por completo al ritmo salvaje.
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Saqué los dedos de golpe de su interior, haciendo un sonido húmedo que resonó en la habitación.
Lorena se quedó temblando en la misma posición, apoyada sobre sus manos y rodillas, con los glúteos elevados y la respiración totalmente rota.
El aire frío de la mañana golpeó su entrepierna empapada, haciéndola reaccionar por un segundo al notar que el estímulo se había detenido.
— ¿Por qué paraste? ¿Qué pensás hacer, Alejandro?. Me respondió girando apenas la cabeza.
— Tenés que irte, por favor... esto no puede seguir, Tomás está al lado. Me respondió en un susurro desesperado, apretando las sábanas con los puños mientras la culpa de madre intentaba tomar el control.
No le contesté con palabras.
Me bajé el jean y el boxer de un solo tirón, liberando mi verga que estaba completamente rígida, apuntando directo hacia ella.
Me acomodé justo detrás de sus glúteos firmes, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo maduro.
Agarré su cintura con fuerza, enterrando mis dedos en su piel suave para fijarla en el lugar, y apoyé la punta de mi miembro contra su entrada mojada.
— ¡No, por favor... Alejandro, pará!. Me respondió echándose un poco hacia adelante en un intento inútil de escapar.
— Ya es tarde para pedir por favor, Lore. Le dije con una voz gruesa y posesiva, empujando mi cadera con firmeza hacia adelante.
Le metí la verga de un solo golpe, hundiéndome hasta el fondo de su vagina.
El roce fue masivo, una presión técnica perfecta que me apretó la verga al instante, a pesar de tener cuarenta y largos y haber tenido un hijo, su interior estaba increíblemente estrecho, caliente y sumamente elástico debido a la lubricación desbordante.
— ¡¡¡Ahhh!!!. Gritó ella con un alarido sordo, abriendo la boca por completo mientras arqueaba la espalda de una forma violenta por el impacto del tamaño.
— Dios... es muy grande... me duele un poco... Ah... mmm. Me respondió mordiéndose el labio inferior con desesperación.
— Te encanta sentir un hombre de verdad adentro tuyo. Le ordene, comenzando a sacarla casi por completo para volver a meterla con un ritmo seco y profundo.
— Mmm... sí... dale... dame mas duro... Ah... Ah. Me respondió entregándose al vaivén, empujando su cola hacia atrás de manera involuntaria para buscar más fricción.
Cada estocada hacía un eco húmedo en el cuarto.
Me incliné sobre su espalda, apoyando mi pecho contra el suyo, y comencé a darle besos húmedos y mordiscos suaves en la nuca y los hombros, marcando mi territorio mientras la seguía partiendo al medio.
— ¡Ah!... ¡Alejandro!... ¡Mmm!... Qué bien me coges... Dios. Me respondió quebrando la cintura, levantando la cabeza hacia el techo en un trance de puro placer físico.
— Sos una puta delicia, Lore. Mirá cómo me apretás la verga. Le dije al oído, acelerando las embestidas, sintiendo cómo sus paredes vaginales se contraían con violencia alrededor de mi miembro.
— Sí... más... dame más rápido... Ah... mmm. Me respondió con la voz totalmente rota, las lágrimas del mismísimo placer asomando en sus ojos.
El sabor de sus jugos seguía en mis labios mientras la castigaba por detrás, sosteniéndola firme de la cadera para que no se me escapara del colchón.
— Ah... Ah... mmm... me voy a volver a correr... Dios. Me respondió apretando los dientes, con los músculos del abdomen completamente rígidos por el esfuerzo.
— Hacé todo el ruido que quieras, Tomás duerme como un tronco. Le dije con una sonrisa de suficiencia, dándole tres estocadas seguidas que la hicieron saltar.
— ¡¡¡Ah!!!... ¡No... mmm!... ¡Pará un poco!... ¡Ah!. Me respondió intentando avanzar un centímetro, totalmente desbordada por la intensidad de la penetración.
— No voy a parar nada, ahora te aguantás hasta que yo termine. Le ordene, clavándola contra el colchón con un empujón seco que la dejó sin aire.
— Mmm... sí... rompeme... Ah... Ah... Qué rico. Me respondió rindiéndose por completo a su naturaleza insatisfecha, moviendo los glúteos al ritmo de mis golpes.
La sensación técnica de cogerse a esta nueva mujer era una locura, la madurez de su cuerpo respondía con una soltura salvaje, y saber que la tenía completamente dominada en su propia cama matrimonial me encendía el doble.
— ¡Ah!... ¡Me vengo!... ¡Me vengo, Alejandro!... ¡Mmm!. Me respondió en un gemido prolongado, contrayendo las piernas mientras un nuevo orgasmo la sacudía desde adentro, apretándome la verga con una fuerza descomunal.
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Lorena se sacudía con violencia sobre el colchón, totalmente entregada a las contracciones salvajes de su segundo orgasmo.
Sus paredes vaginales me apretaban la verga con una fuerza técnica impresionante, succionándome a cada segundo, pero yo no pensaba dejarla descansar.
Mantuve el ritmo duro, ignorando sus súplicas sutiles mientras mis manos firmes seguían clavadas a los costados de su cadera, controlando cada uno de sus movimientos en esa posición de cuatro.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... me encanta... mmm!... Pará un segundo. Me respondió con la voz totalmente ahogada, apretando el acolchado con las uñas mientras intentaba asimilar el impacto.
— Recién estamos empezando, Lore. Le dije con una sonrisa fría, dándole un golpe seco que la hizo arquearse por completo.
— ¡Mmm!... Dios... qué bruto que sos... Ah... Ah. Me respondió balanceando la cabeza hacia adelante, con el pelo rubio totalmente revuelto tapándole la cara.
— Te gusta que te trate así, no me mientas. Le dije al oído, acelerando las estocadas mientras sentía cómo el eco húmedo de nuestra fricción se volvía más ruidoso.
— Sí... me encanta... mmm... dale más fuerte. Me respondió perdiendo los últimos rastros de cordura, gritando ya casi sin importarle que su hijo estuviera durmiendo en la otra habitación.
La forma en que se quejaba y entregaba sus glúteos maduros al castigo de mi miembro me demostraba que ya la tenía exactamente donde quería.
Se estaba transformando por completo, dejando atrás la fachada de madre pulcra para ser simplemente una mujer desbocada por el placer que yo le daba.
— ¡Ah!... ¡Rompeme toda... mmm!... No pares ahora. Me exigió con un jadeo desquiciado, empujando su cola con rigidez hacia atrás para recibirme por completo.
— Mirá cómo gritás, Lore, sos una perra hermosa. Le dije con un tono posesivo, disfrutando de cómo su interior estrecho devoraba mi verga a cada segundo.
— ¡Ah... sí... soy tu perra... mmm... cogeme así!. Me respondió en un grito sordo, mordiendo la almohada para no hacer temblar las paredes.
Decidí cambiar el ángulo técnico para exigirla todavía más.
Saqué las manos de su cadera y apoyé una de mis palmas firmemente en la parte baja de su espalda, ejerciendo una presión pesada y descendente hacia el colchón.
La empujé con fuerza hacia abajo, aplastando su pecho y su cara contra las sábanas revueltas, obligándola a quedar completamente boca abajo pero manteniendo el culo bien levantado, expuesto y quebrado hacia el techo.
— ¡¡¡Ahhh!!!. Gritó ella con un alarido violento al sentir el cambio drástico de posición y la profundidad masiva que tomó mi miembro al entrar de lleno desde ese nuevo plano.
— Dios... entró toda... me vas... Ah... mmm. Me respondió con la voz amortiguada por la tela del colchón, pataleando levemente por la intensidad.
— Así te quiero. Le ordene, clavando mi mano libre en su pelo rubio para mantenerle la cabeza fija mientras la seguía partiendo desde atrás con golpes secos.
— Mmm... sí... dale... me encanta sentirte así de adentro... Ah. Me respondió quebrando los glúteos con desesperación, buscando instintivamente encajar con mi ritmo urbano y salvaje.
El roce de mi piel contra sus muslos firmes y calientes aumentaba la temperatura en la cama matrimonial.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... mmm... me vas a hacer acabar de nuevo!. Me respondió con un gemido largo.
— Acabate todas las veces que quieras, ahora sos mía. Le dije con suficiencia, dándole tres golpes profundos que hicieron cruzar sus piernas por el espasmo.
— ¡¡¡Ah!!!... ¡Sí... tuya... mmm!... Dame más duro... Ah... Ah. Me respondió rindiéndose por completo a su nueva realidad, asimilando su papel de puta sin oponer la más mínima resistencia.
— ¡Ah!... ¡Me vengo... mmm... me vengo con todo, Alejandro!. Me respondió en un grito quebrado, apretando los puños contra las sábanas mientras su interior se cerraba como una morsa alrededor de mi miembro.
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Mantuve a Lorena aplastada contra el colchón, asimilando las últimas contracciones de su orgasmo, pero no aflojé la marcha ni un milímetro.
Apoyé mi mano firmemente sobre las sábanas para balancear mi peso y, con la otra mano, agarré un buen mechón de su pelo rubio desde la nuca, tirando hacia atrás con firmeza técnica para obligarla a arquear el cuello.
— ¡¡¡Ahhh!!!. Soltó un gemido agudo e involuntario cuando le tiré el pelo, abriendo las piernas un poco más por el tirón.
— Mové ese culo para mí, Lore. Le dije con una voz ronca y pesada, dándole una embestida seca que hizo cruzar sus piernas.
— Sí... así... mmm... tirame más... Ah... Ah. Me respondió con la cara hundida en la almohada, entregando sus glúteos maduros que se sacudían de forma obscena al ritmo de mis golpes.
Cada golpe de mi pelvis contra sus muslos firmes sonaba denso, un eco húmedo que delataba lo empapada que estaba.
Tenerla boca abajo, controlada puramente desde el agarre de su cabellera mientras sus nalgas se movían de arriba a abajo con cada impacto, me daba una perspectiva masiva de su sumisión.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... me estás rompiendo... mmm!... Qué fuerte me das. Me respondió quebrando la cintura con desesperación para encajar con mi velocidad.
— Te gusta que te maneje así, sos mi puta ahora. Le dije doblando el brazo para meterle tres estocadas profundas que la hicieron jadear sin aire.
— ¡Ah... sí... mmm... haceme lo que quieras... Dios!. Me respondió rindiéndose por completo al rigor de mis 21 años, asimilando su papel en la cama matrimonial.
Lorena levantaba los glúteos buscando más fricción, totalmente desbocada, apretando los puños contra el colchón mientras mi mano seguía firme, dominando su cabeza desde el pelo.
— ¡Mmm... ya casi... Ah... otra vez... me voy a correr!. Me respondió en un chillido sofocado, apretando los dientes mientras sus paredes vaginales se volvían a tensar como una morsa.
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La adrenalina me corría por las venas, pero mantuve la mente fría para controlar el desgaste de mi cuerpo.
Sin sacarla de adentro suyo, la hice girar sobre el colchón para acomodarla de costado, quedando los dos en una posición de cucharita perfecta y apretada. Lorena se acomodó de lado aplastando uno de sus propios brazos con el peso de su torso, mientras flexionaba las piernas para abrirme el paso técnico hacia su intimidad.
Pegué mi pecho contra su espalda húmeda y pasé mi brazo por debajo de su axila para aferrarle una de sus tetas maduras, apretando el pezón firme, mientras que con mi otra mano le rodeé el cuello por adelante, fijándola contra mí.
— Ah... mmm... Alejandro, así entra de otra forma... entre muy profundo... Dios. Me respondió echando la cabeza hacia atrás, buscando el apoyo de mi pecho.
— Te entra perfecta porque estás re abierta para mí, Lore. Le dije al oído con un susurro espeso, empujando mi cadera con lentitud para hundirle toda mi verga en esa nueva trayectoria.
— Sí... mmm... me llena entera... no me sueltes. Me respondió apretando sus dedos contra mi antebrazo derecho, el que le sostenía el cuello, buscando aferrarse a mi fuerza.
Con su otra mano libre, Lorena agarraba la almohada con rigidez, hundiéndole las uñas debido a la intensa fricción que se generaba.
Estar tan pegados me permitía sentir cada latido de su corazón.
— ¡Ah!... ¡Más rápido... dale... mmm!. Me exigió moviendo la cadera hacia atrás de manera rítmica, encajando con cada embestida mía.
— Lore, mirá cómo te tengo. Le dije rozando mis labios contra su oreja, sintiendo cómo su interior elástico se amoldaba con una estrechez descomunal a mi miembro.
— Mmm... me encanta... sos tan firme... Ah... Ah. Me respondió con la respiración totalmente cortada, cerrando los ojos con fuerza.
La sensación técnica de cogerse a esta milf de costado era una locura, la penetración se sentía masiva, profunda, y cada empujón mío la hacía deslizarse suavemente sobre las sábanas oscuras.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... mmm... me vas a hacer acabar de nuevo!. Me respondió apretando los dientes, tensando las piernas al sentir que se acercaba al límite.
— Acabate en mi verga, sos toda mía. Le dije apretando con más fuerza su teta, marcando mis dedos en su piel madura.
— ¡Sí... mmm... tuya... Ah... ¡Dios!. Me respondió en un jadeo largo, entregándose por completo a la posesión urbana y salvaje que le imponía.
— Qué bien te adaptás a mi verga, Lore. Le dije con suficiencia, acelerando el vaivén seco mientras los fluidos de su interior chapoteaban entre nuestros cuerpos.
— Mmm... me volvés loca... Ah... más duro... dame. Me respondió quebrando la cintura de costado, buscando absorber cada milímetro de mi rigidez.
Lorena estaba totalmente reducida, atrapada entre mis brazos y entregada al placer puro en su propia cama matrimonial, olvidándose del resto del mundo a cada segundo.
— ¡Ah!... ¡Me voy... mmm... Alejandro!. Me respondió en un grito ahogado contra la almohada, apretando mi antebrazo con una fuerza tremenda.
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La saqué de golpe, haciendo un vacío húmedo que la dejó flotando en el colchón.
Sin darle tiempo a reaccionar, la tomé de los muslos y la giré por completo, acomodándola boca arriba en el centro de la cama matrimonial.
Lorena abrió las piernas de par en par, completamente expuesta y sin aliento, con la piel encendida y el pelo rubio esparcido sobre la almohada.
Me metí entre sus muslos firmes y la tomé suavemente de la parte trasera de la cabeza con mi mano izquierda, levantándola un poco para obligarla a mirar hacia abajo, directo al punto de encuentro.
Con sus propias manos, ella se sujetó detrás de las rodillas, abriéndose todavía más ante mis ojos de una forma obscena.
— ¿Estás preparada para ver cómo te lleno entera, Lore?. Le dije con una voz baja y posesiva, apoyando la punta de mi verga ensangrentada de fluidos en su entrada.
— Alejandro... por favor... ya es suficiente... mmm... no puedo más. Me respondió mirándome con los ojos nublados, suplicando de una manera que solo me daba más ganas de dominarla.
— Mirá cómo te entra, no te tapes. Le ordene, empujando mi cadera hacia adelante con una lentitud técnica y calculada, hundiéndome centímetro a centímetro.
— ¡¡¡Ahhh!!!... Dios... mmm... entra demasiado grande... pará. Me respondió quebrando la cintura hacia arriba, viendo con sus propios ojos cómo mi miembro desaparecía por completo dentro de su vagina estrecha.
La sensación de ver su reacción mientras la penetraba lentamente era pura adrenalina, su interior elástico se dilataba al máximo, devorando mi rigidez mientras sus paredes calientes me ordeñaban con fuerza.
— ¡Ah!... ¡Me partís al medio... mmm... por favor, Alejandro!. Me respondió con un gemido largo y quebrado, soltando el aire de golpe por la masividad del roce.
— Te encanta que no te haga caso, Lore, sos mía ahora. Le dije con suficiencia, ignorando sus ruegos mientras sacaba el miembro casi por completo para volver a hundirlo con la misma profundidad.
— Sí... mmm... me encanta... dale... metela toda. Me respondió rindiéndose ante el estímulo visual y físico, apretando sus piernas contra mis hombros de forma involuntaria.
El contraste de mis 21 años manejando el cuerpo de esta milf rubia a mi antojo en su propia casa era una locura.
Lorena ya no tenía control sobre sus palabras ni sobre su orgullo, se movía al compás de mis embestidas lentas pero pesadas, totalmente hipnotizada por la imagen de vernos conectados.
— ¡Ah... sí... así... mmm... me vas a hacer acabar viéndote!. Me respondió con la respiración totalmente rota, las mejillas rojas mientras sostenía la mirada en nuestra unión.
— Así te quería tener, bien abierta y mirando cómo te cojo. Le dije doblando el brazo para meterle tres golpes secos que la hicieron saltar sobre el colchón.
— ¡¡¡Ah!!!... ¡No... mmm... Dios!... Qué rico que le das... Ah. Me respondió entregándose por completo a su naturaleza insatisfecha, olvidando cualquier rastro de culpa.
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Lorena seguía asimilando las intensas contracciones en su interior, pero yo no disminuí la marcha ni un milímetro.
Cambié la postura técnica de sus piernas para exigir su cuerpo maduro todavía más, estiré su pierna dejándola apoyada plana sobre el colchón, mientras que le agarré la otra pierna y la levanté por completo en el aire, manteniéndola flexionada cerca de mi torso para abrir un ángulo de penetración masivo y directo.
Apoyé la palma de mi mano firmemente sobre su abdomen, sintiendo cómo sus músculos se tensaban por el esfuerzo, y clavé mi otra mano directamente en su teta, apretando la carne clara con rigidez.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... un poco mas... mmm!. Me respondió estirando su mano libre hacia mi pecho, empujándome levemente en un intento desesperado por alejarme y recuperar algo de aire.
— Te encanta sentir cómo te hundo la verga en esta posición. Le dije con una voz ronca y posesiva, descargando una embestida seca que la hizo hundirse en la almohada.
— ¡¡¡Ahhh!!!... Dios... qué rico... mmm... pará. Me respondió quebrando la cintura hacia arriba mientras sus dedos, que antes me empujaban para marcar distancia, se cerraron con fuerza en la tela de mi remera, atrayéndome hacia ella de manera involuntaria por el brutal placer físico.
La sensación de tener su pierna en el aire mientras la partía al medio era una locura técnica, su vagina estrecha me succionaba el miembro a cada segundo, lubricando mis testículos con la mezcla de nuestros fluidos calientes.
Ver a la madre de Tomás totalmente reducida, atrapada entre el impulso de alejarme por culpa y la necesidad de pegarme a su cuerpo para sentirme, me confirmaba que ya era completamente mía en esa cama matrimonial.
— ¡Ah... sí... mmm... dale más duro... no me dejes!. Me exigió con la respiración rota, balanceando la cabeza hacia los lados mientras el pelo rubio se le pegaba a la frente por el sudor.
— Mirá cómo me rogas que te siga cogiendo, Lore. Sos una puta. Le dije, acelerando sin piedad.
— ¡Ah... mmm... sí... soy tu puta... rompero todo... Dios!. Me respondió entregándose al ritmo masivo de mis estocadas, apretando los dientes mientras sus paredes vaginales me apretaban la verga como una morsa.
El eco húmedo de nuestros cuerpos impactando resonaba en todo el cuarto, quebrando cualquier postura de madre pulcra que hubiera querido mantener al principio de la mañana.
harem de alejandro

La adrenalina me explotaba en el pecho y la verga me latía a punto de estallar adentro de su cavidad hirviendo.
Lorena sentía la inminencia del final, mantenía su pierna izquierda estirada sobre el colchón mientras que con sus dos manos sujetaba con fuerza su pierna derecha en el aire, abriéndose por completo para recibir las últimas estocadas.
El cuarto estaba pesado, impregnado del olor a sexo y del sonido húmedo de nuestra fricción salvaje.
— ¡Ah!... ¡Alejandro... dale... mmm... ya no aguanto más!. Me respondió con los ojos desorbitados, transpirada y con el pelo pegado a las sábanas de la cama matrimonial.
Le clavé una embestida masiva, hundiéndome hasta el fondo de su vagina de un solo golpe seco que la hizo temblar entera.
— Decime amo, puta. Le ordene con una voz gruesa y posesiva, apretándole el abdomen con mi mano izquierda para fijarla contra el colchón.
— ¡¡¡Ahhh!!!... Sí... mmm... dale, amo... cogeme más duro. Me respondió rindiéndose al instante bajo el rigor de mis 21 años, entregada a la humillación técnica del momento.
— Así te quiero escuchar, Lore. Le dije al oído, acelerando el ritmo al máximo mientras sentía cómo sus paredes vaginales me ordeñaban la verga con violencia.
— ¡Ah!... ¡Amo... por favor... mmm... terminame adentro mío!. Me rogó con un jadeo desesperado, mordiéndose el labio inferior con una fuerza que casi le saca sangre.
— ¿Querés que te llene bien el fondo?. Le dije doblando el brazo derecho para meterle tres golpes seguidos, profundos y destructores.
— ¡Sí... mmm... llename entera... correte adentro... Ah... Ah!. Me respondió.
No aguanté más.
Empujé la cadera con firmeza técnica hacia adelante y me clavé hasta el tope, conteniendo su cuerpo contra el colchón mientras la primera descarga potente de mi semen empezó a brotar con fuerza en el fondo de su útero.
— ¡¡¡¡¡¡AHHHHHHHHH!!!!!!. Gritó ella con un alarido salvaje y ensordecedor que rebotó en las paredes de la habitación.
— ¡Shh!... Callate un poco, Lore. Le dije apretando los dientes, con los músculos del abdomen rígidos por el espasmo de mi propia eyaculación masiva.
— ¡Mmm... Dios... qué rico... Ah... mmm!. Me respondió al oído con un gemido prolongado y tan fuerte que me dio miedo por un segundo de que Tomás se despertara al lado.
Me quedé completamente inmóvil adentro suyo por unos segundos, disfrutando de cómo las pulsaciones de mi miembro la inundaban por completo, creando un creampie perfecto y espeso que empezaba a desbordarse y chorrear por los costados de sus muslos.
Lorena me abrazó por la espalda con su mano libre, atrayéndome hacia ella para no perder nada del calor.
Estábamos los dos exhaustos, con la respiración totalmente rota y el pecho agitado.
— Dios... me dejaste... mmm... tan llena... qué locura esto. Me respondió soltando la pierna derecha, dejándola caer pesadamente sobre el colchón mientras recuperaba el aire.
Sostuve el cuerpo un momento y, con un movimiento lento y cuidadoso, saqué mi verga de su vagina adolorida, haciendo un sonido de vacío húmedo.
Me senté en el borde de la cama y miré hacia atrás: la imagen era una delicia técnica.
Su zona íntima había quedado reabierta, y pude ver claramente cómo sus paredes vaginales se contraían y se abrían de forma involuntaria, expulsando y volviendo a succionar parte del semen blanco que le había dejado adentro.
Lorena seguía mordiéndose el labio con desesperación, mirando la escena con los ojos nublados.
— Alejandro... mmm... ¿te quedás a dormir acá conmigo?. Me preguntó en un susurro débil, acariciándome la espalda con la punta de los dedos.
— No, Lore, me tengo que ir ya. Le dije con suficiencia mientras me levantaba para acomodarme el boxer y el jean de un tirón.
— Mmm... tenés razón... Tomás se puede levantar en cualquier momento... Dios. Me respondió tapándose la cara con la sábana, asimilando la culpa de madre que volvía a aparecer.
— Portate bien, puta. Nos vemos la próxima. Le dije con una sonrisa fría antes de salir sigilosamente del cuarto.
Caminé por el pasillo cuidando mis pasos para que mi amigo no se enterara de nada de lo que pasaba en esa casa.
Me fui devuelta al cuarto con la satisfacción guardada en el cuerpo, la madurez de Lorena se había rendido por completo ante mí, y saber que la tenía lista para seguir teniéndola como mi puta cuando quisiera me encendía el doble.
Lorena: La Mama Mi Mejor Amigo



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¡Lorena está quebrada, chorreada y totalmente adicta!
Después de usarla para destruir el orgullo de su hijo y humillar la casa de mi mejor amigo que no sospecha de nada, la MILF rubia entendió que no hay vuelta atrás.
Se hacía la señora respetable, la madre intocable que me abría la puerta con aires de santa, pero bastaron un par de estocadas lentas y profundas para que se olvidara de los códigos, de la culpa de madre y de la moral.
Ahora se queda ahí tirada en la cama matrimonial, con las piernas temblando, el labio mordido y mi leche caliente bajándole por la entrepierna, sabiendo que el amigo de su hijo la hizo mujer de verdad.
Mientras mi amigo Tomás duerme como un tronco en la habitación de al lado sin sospechar un carajo, Lorena cierra los ojos y revive cómo la garcho duro boca abajo y de costado, deseando que el amigo de su hijo la use una y otra vez como la perra que realmente es.
Me ruega entre gemidos que no la suelte, me pide por favor que la siga rompiendo y llenando con mi semen mientras finge ante todos ser una madre ejemplar, sin sospechar nadie que ahora su interior elástico solo vive para mi placer y mis órdenes de Amo.
Si quieren ver a Lorena sucumbir totalmente al placer prohibido, clandestino y degradante de ser la puta personal del mejor amigo de su hijo... ¡Quiero ver esos puntos y comentarios explotando!
Si este post explota y me demuestran que son adict@s a este contenido de categoría AMISTAD, seguiré sacando más historias de este estilo y subiré la segunda parte con Lorena.
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Anterior Relato:
Alexis: De Novio Infiel A La Nueva Puta Del Grupo:
https://www.poringa.net/posts/relatos/6337417/Alexis-De-Novio-Infiel-A-La-Nueva-Puta-Del-Grupo.html
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Próxima Relato:
(Próximamente)
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Anterior Mandamiento:
Mi Mandamiento 4:
https://www.poringa.net/posts/gif/6340826/Mi-Mandamiento-4.html
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Próximo Mandamiento:
Mi Mandamiento 5:
(Próximamente)

1 comentarios - Lorena: La Mama Mi Mejor Amigo

Redfenix_
Rico , me encanta encanta leer a esta perra