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Daniela (la MILF de la familia) Cap 8

A la mañana siguiente. Daniela abrió los ojos lentamente. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando la habitación con un tono dorado suave. Por un instante, su mente aún estaba nublada por el sueño… hasta que los recuerdos de la noche anterior la golpearon como un torrente.

Estaba sola en la cama.

La sábana estaba revuelta y olía a sudor, sexo y al fuerte aroma masculino de Severo. Tocó el lado donde él había dormido y sintió que todavía estaba tibia. Se había ido hacía poco.

Se incorporó lentamente, cubriéndose los pechos con la sábana. Un sentimiento de culpa profunda le apretó el pecho.

¿Qué hice…?

Se pasó las manos por la cara, avergonzada. Había tenido sexo con Severo. Con el esposo de su cuñada. Con un hombre que físicamente le resultaba repulsivo: feo, gordo, moreno, calvo y con ese olor tan desagradable característico de él. Recordaba perfectamente cómo se había entregado, cómo había gemido, cómo había disfrutado.

Es repulsivo… es grosero… es todo lo que debería odiar…

Y sin embargo, no podía negar la verdad que le quemaba por dentro.

Su actitud varonil y dominante la había excitado como nunca. La forma en que la había tratado, cómo la había dominado… eso era lo que realmente la había hecho perder el control. No era su apariencia. Era su forma de ser, macho, posesivo y seguro de sí mismo.

Suspiró profundamente y se abrazó las rodillas.

Además… Sandra nos vio.

El recuerdo de la interrupción de Sandra le provocó un escalofrío. La mirada de odio y asco estaba grabada en su mente. Sabía que eso podía traer consecuencias graves. Si Sandra decidiera hablar, todo podría explotar.

Se levantó de la cama, todavía desnuda, y se miró en el espejo. Tenía chupetones en los pechos y en el cuello, la piel marcada por las manos fuertes de Severo. Se tocó los labios hinchados y sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas al recordar cómo la había besado.

Fue un error… un error que no debe volver a pasar.

Se mordió el labio inferior, confundida. Por un lado, la culpa la carcomía. Por otro, una parte de ella ya estaba pensando en Severo nuevamente o más exactamente en lo que tenía Severo entre las piernas.

Sacudió la cabeza, intentando aclarar sus pensamientos.

Se duchó rápidamente y decidió vestirse de forma sexy pero más discreta que el día anterior. Se puso una blusa morada con cuello de tortuga sin mangas, extremadamente ajustada al cuerpo, que marcaba sus pechos de forma pronunciada y los hacía lucir aún más grandes y redondos. Abajo eligió unos leggings de lycra azul marino que se pegaban como una segunda piel a sus piernas y pompas. Completó el look con unos tacones color nude que alargaban sus piernas y le daban un contoneo elegante.

Daniela (la MILF de la familia) Cap 8

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Se miró al espejo una última vez. Se veía atractiva y provocativa, pero sin exagerar.

Bajó las escaleras y encontró la casa en silencio. No había nadie en la sala ni en el comedor. Tal vez todos estaban en sus habitaciones.

Se dirigió a la cocina para prepararse algo de desayuno. Abrió la nevera y comenzó a revisar los ingredientes, pensando en hacerse unos huevos y un café.

De pronto, escuchó pasos detrás de ella.

Era Fernando.

—Buenos días, tía —saludó él con voz baja y cargada de deseo, acercándose.

Daniela se giró y le sonrió con coquetería.

—Buenos días, Fernando. ¿Quieres que te prepare algo de comer?

Fernando se acercó más, apoyándose en la encimera junto a ella. Sus ojos miraron sin disimulo los pechos y pompas de la mujer.

—Lo que me quiero comer es a ti nuevamente —dijo con una sonrisa lujuriosa y directa.

Daniela soltó una risita suave y coqueta, mirando hacia la entrada de la cocina.

—Baja la voz… —susurró ella, aunque su sonrisa seguía siendo provocadora—. Alguien podría oírte.

Fernando se acercó un poco más y colocó una de sus manos en la cintura de Daniela, acariciándola por encima de la lycra.

—Solo digo la verdad… No he dejado de pensar en ti —murmuró cerca de su oído—. Quiero volver a cogerte… quiero sentirte otra vez.

Daniela se mordió el labio inferior, coqueteando, pero manteniendo un poco de control.

—Fernando… no es el momento —susurró ella, mirando hacia la puerta—. No estamos solos ahora, solo espera un poco, ya tendremos oportunidad.

Fernando sonrió con picardía y bajó la mano lentamente hasta posarla sobre una de sus pompas, apretándola suavemente por encima de los leggings.

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—Me encanta cuando te pones leggings tan ajustados… —dijo con voz ronca—. Se te marca todo… te ves riquisima.

Daniela soltó una risita nerviosa pero coqueta, sin apartar la mano de su nalga.

—Eres un atrevido… —susurró ella, mirándolo con ojos brillantes—. Pero me gustan los hombres atrevidos.

Fernando apretó un poco más la nalga y acercó su boca a su oído.

—Dime… ¿cuándo vamos a repetir? —preguntó con deseo—. No puedo esperar a tenerte otra vez.

Fernando apretó más su cuerpo al de ella, pegando su erección ya dura contra el muslo, por encima de los leggings.

—No he dejado de masturbarme pensando en ti —confesó él sin vergüenza, con la voz temblorosa de excitación—. Desde ese día no hago otra cosa que recordar cómo te cogí… cómo gemías mientras te llenaba. Quiero volver a follárte ya, tía. No aguanto más.

Daniela soltó una risita nerviosa y coqueta, aunque su respiración ya se había acelerado.

—Eres insaciable, Fernando… —susurró ella, girando ligeramente la cabeza hacia él—. Ni porque ya me hiciste tuya se te baja la calentura jiji —rió en tono coqueto.

Fernando seguía acariciando las pompas de Daniela por encima de la lycra, las aparentaba y ya metía las yemas de sus dedos en su recto, punteando su ano con el dedo índice, como si la estuviera penetrando.

—No… no me llené —admitió él, dándole una nalga… —splashhh — retumbó el sonido en toda la casa. — Quiero más. Quiero cogerte otra vez aquí mismo.

Daniela sintió la fuerza de la verga dura y caliente de Fernando presionando contra su muslo. Fernando siguió acariciando sus pompas con la mano, apretando y amasando la carne firme a través de los leggings.

—Basta Fernando… —susurró Daniela, aunque no hizo ningún movimiento para apartarse—. Alguien podría llegar.

Fernando ignoró su advertencia y comenzó a besarle el cuello con besos calientes y húmedos, rozando su piel con los labios y la lengua.

Daniela soltó un gemido suave y cerró los ojos un segundo.

—Ahh… Fernando… para… —susurró ella, pero su voz sonaba más como un gemido débil que como una orden. No lo empujaba. Sus manos seguían apoyadas en la encimera, sin fuerza para apartarlo.

Fernando no se detuvo. Siguió besándole el cuello con más intensidad, mientras su mano seguía acariciando y apretando sus pompas.

De pronto, buscó la boca de Daniela y la besó en los labios con pasión. Daniela soltó un gemido ahogado contra su boca y, después de un segundo de duda, respondió al beso, enredando su lengua con la de él.

Fernando presionó sus labios contra los de Daniela con un hambre casi desesperada. El beso fue intenso desde el primer segundo. Sus labios jóvenes y ansiosos devoraron los de ella, gruesos y pintados de rojo intenso. Daniela soltó un gemido ahogado contra su boca, abrió los labios y dejando que su lengua se enredara con la de él en un beso húmedo, profundo y lleno de deseo.

Fernando la apretó más contra la encimera, sus manos subieron a los pechos de Daniela masajeandolos tan deliciosamente. Daniela sentía claramente la erección dura y caliente de su sobrino presionando contra su muslo, palpitando como si quisiera penetrar cualquier parte de su cuerpo.

El beso se volvió más salvaje. Fernando mordisqueó su labio inferior, luego introdujo la lengua con más fuerza, explorando su boca con urgencia juvenil. Daniela gemía suavemente contra él, sus manos subiendo hasta el cuello de Fernando.

De pronto, escucharon pasos acercándose por el pasillo.

Daniela abrió los ojos de golpe y empujó rápidamente a Fernando con ambas manos, separándolo de ella con fuerza.

— ¡Fernando! —susurró alarmada, limpiándose los labios con el dorso de la mano y arreglándose el top rosa con prisa.

Fernando retrocedió un paso, con la respiración agitada y los labios hinchados y brillantes.

En ese mismo instante, Alfonso apareció en la entrada de la cocina. Sus ojos se abrieron con sorpresa: Daniela con el rostro sonrojado, los labios rojos e hinchados, y Fernando de pie muy cerca de ella con una expresión culpable y la respiración acelerada.

Alfonso se quedó congelado por un segundo, procesando lo que acababa de presenciar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó con voz tensa y sorprendida, mirando alternativamente a su sobrino y a su cuñada..

—Hola tío… hee… solo estábamos… —intentó explicar Fernando.

Alfonso lo miró con seriedad.

—Fernando ve a tu habitación, hablaremos más tarde.

Fernando bajó la cabeza y salió de la cocina sin decir una palabra más.

Ahora solo quedaban Alfonso y Daniela en la cocina.

Daniela intentó sonreír con naturalidad.

—¿Qué pasa, Alfonso? —preguntó con voz suave—. Solo estaba platicando con mi sobrino.

Alfonso la miró fijamente, con la mandíbula tensa.

—No parecía que solo estuvieran hablando —dijo con tono serio y cortante.

Daniela dio un paso hacia él, manteniendo esa sonrisa coqueta y seductora.

—¿Qué pasa? ¿Acaso estás celoso? —preguntó con voz melosa, inclinando ligeramente la cabeza.

Alfonso tragó saliva y desvió la mirada un segundo.

—No es eso… —respondió, claramente nervioso—. Solo que no está bien. Fernando es un niño.

Daniela se acercó más, hasta quedar muy cerca de él. Lentamente levantó los brazos y los rodeó alrededor del cuello de Alfonso, pegando su cuerpo al de él. Sus pechos se presionaron suavemente contra su torso.

—Tienes razón… —susurró ella, mirándolo a los ojos con intensidad—. Fernando es solo un niño. Yo necesito de un hombre… un hombre de verdad.

Alfonso se puso aún más nervioso. Su respiración se aceleró y sus manos temblaron ligeramente a los costados.

—Daniela… tú tienes a tu esposo —murmuró, con la voz entrecortada.

Daniela soltó una risita suave y coqueta, sin apartarse ni un centímetro.

—Mauricio es un buen hombre… —dijo ella, acariciando la nuca de Alfonso con los dedos—. Pero no es suficiente para una mujer como yo. Yo necesito de un verdadero hombre… alguien que me haga sentir deseada, que me tome como se debe.

Alfonso se quedó callado, respirando con dificultad. Su mirada bajaba una y otra vez hacia los pechos de Daniela y sus labios rojos, claramente luchando contra sí mismo.

Daniela sonrió con dulzura y acercó su rostro un poco más al de él, rozando sus labios con los suyos sin llegar a besarlo.

—¿No crees que yo merezco eso, Alfonso? —susurró contra su boca.

El silencio en la cocina era denso y cargado de tensión sexual. Alfonso estaba completamente atrapado por los encantos de Daniela.

Alfonso se quedó de pie, rígido, con las manos temblando ligeramente a los costados. Daniela lo tenía abrazado por el cuello, sus cuerpos muy cerca, casi pegados.

Ella lo miró a los ojos con una sonrisa suave y seductora.

—Por eso es que no debes ponerte celoso —susurró tomándole las manos y poniéndolas en la cintura de ella—. Tu muy bien sabes que tu eres el que me gusta a mi.

Alfonso tragó saliva, su mirada bajó un segundo a los labios de Daniela y luego volvió a sus ojos.

—Daniela… eres tan hermosa —murmuró, con la voz entrecortad.

Daniela no se apartó. Al contrario, se acercó un poco más y le dio un pequeño beso suave en los labios, apenas un roce. Luego otro, un poco más largo, en la comisura de la boca.

Alfonso cerró los ojos un instante, respirando con dificultad.

—Daniela… esto nadie lo puede saber… —susurró, pero no se movió para apartarla.

Ella sonrió y le dio otro beso suave en la mejilla,, rozando su piel con los labios.

—Así está mejor, por cierto… no me has invitado a salir —susurró ella, besando de nuevo sus labios —. Así podríamos pasar un tiempo solos tu y yo, ¿No te gustaria?

Alfonso soltó un suspiro tembloroso. Sus manos bajaron tímidamente hasta la cadera de Daniela, sujetándola sin fuerza.

—Claro que me gustaría estar contigo… —admitió en voz baja—. Mucho… pero esto es peligroso.

Daniela le comenzó a besar el cuello, rozando su lengua apenas contra su piel.

—Entonces… ¿qué estás esperando? —susurró contra su boca—. Quiero que me hagas el amor… por lo menos una vez…

Alfonso estaba completamente rojo. Su respiración era pesada y sus manos apretaron ligeramente las pompas.

—Hagámoslo, que te parece si… —Alfonso comenzó a hablar cuando escucharon unos pasos bajar las escaleras.

Ambos se separaron de golpe. Daniela dio un paso atrás y se arregló rápidamente la ropa, mientras Alfonso se pasaba una mano por el cabello y respiraba agitado, intentando recuperar la compostura.

La puerta de la cocina se abrió.

Era Sandra.

Entró y se detuvo en seco al verlos tan cerca, con los rostros enrojecidos y la respiración alterada. Su expresión pasó de sorpresa a rabia contenida en un segundo.

—Vaya… otra vez juntos —dijo Sandra con tono sarcástico y frío, sin gritar, pero con la voz cargada de veneno—. Qué casualidad.

Alfonso intentó hablar, nervioso:

—Sandra, solo estábamos…

Sandra lo ignoró y miró directamente a Daniela con una sonrisa falsa y punzante.

—Qué bonita estás hoy, Danielita. Que raro que hoy si estás tapando esos pechos, ¿será que un vampiro te chupo en la noche? Porque hasta en mi recamara se escuchaban fuertes quejidos o más bien gemidos.

Daniela se tensó, pero mantuvo la compostura y una sonrisa educada.

Sandra continuó, con sarcasmo cada vez más afilado:

Alfonso estaba confundido por todo lo que decía Sandra.

—Sandra, de que estas… —intentó decir.

Sandra lo inerrumpio y lo miró con desprecio.

—Disfruta de tu “conversación”, no los interrumpo más.

Dicho esto, Sandra se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con fuerza controlada, pero claramente alterada.

Alfonso salió corriendo de tras de ella.

—Sandra… espera.

Daniela odiaba que Alfonso fuera tan cobarde y siempre estuviera pegado a las faldas de su esposa.

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Más tarde, todos se encontraban desayunando. De pronto, la puerta principal se abrió. Era Mauricio, que regresaba algo cansado de la exitosa operación que había tenido en toda la noche.

—Buenos días a todos —saludó él, dejando las llaves sobre la mesa.

Se sentó en la mesa con ellos, después de un momento, sonrió con satisfacción.

—Tuve éxito en la operación de esta noche. Logré una cirugía complicada que salió muy bien y los directivos me han organizado una comida en honor esta misma tarde. Es en un restaurante bonito. Me gustaría que todos vinieran.

Diana sonrió con orgullo.

—Qué bueno, hermano. Sandra tiene muchos pendientes en el trabajo, no nos podrá acompañar pero yo sí, cuenta conmigo.

Sandra no dijo nada, solo apretó los labios.

—Por supuesto. No nos lo perderíamos.—Respondio Diana hablando por ella y su esposo.

Severo asintió, aunque su mirada seguía fija en Daniela.

Fernando negó con la cabeza.

—Yo no podré ir tío. Tengo entrenamiento después de la escuela y termina hasta muy tarde.

Mauricio asintió comprensivo.

—Entiendo, no hay problema, sobrino. A Mateo lo llevaremos con doña Refugio para que lo cuide, ya que no puede ir, es un evento para adultos.

Todos asintieron. La mesa quedó en silencio un momento, pero la tensión seguía flotando en el aire.

Severo miró a Daniela con una sonrisa sutil y peligrosa, imaginando lo hermosa que se arreglaría para dicha comida.

Daniela, por su parte, sonrió con dulzura, le digo gusto saber que no iría la fastidiosa de Sandra, Alfonso iria solo, quizas podria acercarse un poco a él, aunque no como quisiera ya que estarían los demás, sin embargo se arreglaria tan hermosa y sexy que sería imposible que Alfonso se resistiría a no voltearla a ver.

Mauricio y Severo se encontraban sentados en la sala principal, esperando a Daniela que aún se encontraba en su recamara terminando de arreglarse. Diana y Alfonso habían salido un momento a comprar algunas cosas.

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El silencio era incómodo. Mauricio revisaba su teléfono con el ceño fruncido, mientras Severo estaba recostado en el sofá con una expresión relajada y una sonrisa apenas visible.

Severo rompió el silencio con tono casual pero cargado de intención:

—Qué bueno que nos invitaste, cuñado —dijo, mirando hacia las escaleras—. Aunque conociendo a Daniela, seguramente vamos a tener que esperarla un buen rato. ¿Verdad?. Ya estarás acostumbrado a esperar mucho tiempo a tu mujer, ¿no? Siendo una mujer tan hermosa, es normal que se tome su tiempo arreglándose.

Mauricio levantó la vista del teléfono, claramente incómodo por el comentario.

—Sí, a veces suele tardar un poco —respondió con voz seca—.

Severo soltó una risa baja y continuó, sin apartar la mirada de las escaleras.

—Vamos, Mauricio, no seas modesto. Tu esposa es una mujer espectacular. Esa cara, ese cuerpo… cualquier hombre estaría orgulloso de esperarla. Yo, si tuviera una mujer como ella, la esperaría toda la vida. ¿Cómo no vas a estar acostumbrado a esperar? Con lo que tiene que arreglarse para lucir tan bien…

Mauricio apretó la mandíbula y guardó el teléfono. Su expresión se endureció.

—Sé muy bien lo bella que es mi esposa, Severo —dijo con tono cortante—. No necesitas recordármelo.

Severo sonrió con más amplitud, disfrutando claramente de la incomodidad de su cuñado.

—No te enojes, cuñado. Solo digo la verdad. Daniela es una mujer que llama mucho la atención. Sabe muy bien cómo lucir sus atributos. Tienes mucha suerte de tenerla solo para ti. Yo, en tu lugar, estaría todo el día presumiendo de ella jaja.

Mauricio se removió en el sofá, visiblemente molesto. Quería decir algo más, pero en ese momento escucharon los tacones de Daniela que venían bajando las escaleras.

Clac… clac… clac…

Ambos hombres giraron la cabeza al mismo tiempo y se quedaron completamente embobados.

Daniela bajaba con paso seguro y sensual. Llevaba un vestido negro muy sexy, extremadamente escotado en el pecho y corto, apenas unos centímetros por encima de las rodillas, que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. El negro contrastaba de forma espectacular con su piel clara, haciendo que sus curvas se vieran aún más pronunciadas y tentadoras. Se había maquillado de manera impecable: labios rojos intensos y el cabello alaciado. Los tacones altos rojos con plataforma abiertos alargaban sus piernas y le daban un contoneo hipnótico.

Parecía una diosa bajando del cielo.

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Severo soltó un silbido, Mauricio lo miró con enojo por el atrevimiento hacia su mujer.

Daniela llegó al último escalón, sonrió con esa mezcla de inocencia y seducción que tan bien dominaba y saludó:

—Hola, chicos. Ya casi estoy lista. Solo me faltan unos retoques. En un momento nos vamos.

Severo no pudo contenerse. Se levantó un poco del sofá y la miró de arriba abajo sin disimulo, justo delante de Mauricio.

—Joder, Daniela… —dijo con voz ronca y admirativa—. Estás espectacular. Ese vestido se te ve muy bien. Te remarca todo el cuerpo… y ese escote… madre mía. Eres una mujer que quita el aliento.

Mauricio se tensó visiblemente en su asiento, pero no dijo nada.

Daniela solo sonrió con elegancia y agradeció con voz suave:

—Gracias, Severo. Qué amable.

Se dirigió al espejo grande que estaba en la parte baja de la sala, un poco retirado de donde estaban los hombres, y comenzó a acomodarse el vestido y repasar su maquillaje. Desde esa distancia no podía escuchar bien la conversación.

Severo se volvió a sentar, todavía con la mirada fija en ella, y le habló a Mauricio:

—Joder, cuñado... Mira nada más a tu mujer. Ese vestido le queda como un guante. Se le marcan todas las curvas… y ese escote… madre mía. Eres un hijo de puta con suerte. Yo, si tuviera una mujer así, no la dejaría salir de la cama.

Mauricio apretó la mandíbula, claramente incómodo.

—¿Disculpa? —dijo entre dientes, intentando mantener la calma.

Severo sonrió con más amplitud y continuó, sin quitarle los ojos a Daniela:

—No te enojes, hombre. Solo digo la verdad. Anoche me di cuenta de lo afortunado que eres. Una mujer como ella merece que la admiren. Y que la disfruten bien.

Mauricio apretó la mandíbula. Sabía perfectamente a qué se refería Severo con ese “anoche”. El comentario era sutil, pero la intención era clara.

—¿Qué pasó anoche? —respondió con voz baja y tensa.

Severo sonrió con más amplitud, casi burlón, y siguió hablando:
—Jaja nada… nada… cuñado. Solo digo que anoche me dejó impresionado. Sabe muy bien cómo volver loco a un hombre. Tú debes saberlo mejor que nadie… o bueno, casi mejor que nadie jeje.


Severo soltó una risa baja y satisfecha, pero no dejó de mirar a Daniela mientras ella terminaba de arreglarse frente al espejo.

Severo estaba a punto de confrontar a Severo pero en ese mismo instante Daniela terminó de acomodarse frente al espejo y se giró hacia ellos con una sonrisa radiante.
—Ya estoy lista. ¿Nos vamos?


Diana y Alfonso no tardaron en regresar, cargando un par de bolsas con algunas cosas que habían comprado. Apenas entraron, Diana sonrió al ver a todos listos.
—Listo, ya estamos aquí. woow Daniela que guapa te ves.


Alfonso no dijo nada pero su mirada lo decía todo, claramente el vestido tan atrevido de Daniela lo dejo muy sorprendido.

Mauricio se levantó de inmediato, todavía con la mandíbula tensa por la conversación con Severo.
—Sí, vámonos. No quiero llegar tarde.


Todos salieron de la casa. Daniela caminaba delante, contoneándose con ese vestido negro corto y escotado que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Severo no podía quitarle los ojos de encima, y Alfonso intentaba mirar hacia otro lado sin éxito.

Llegaron al restaurante en el auto de Mauricio. Era un lugar elegante, con luces suaves y música de fondo. Apenas entraron al salón privado que habían reservado, un hombre mayor de unos 65 años, bien vestido y con cabello canoso, se acercó con una gran sonrisa.

—¡Mauricio! ¡Aquí estás! —exclamó Don Oscar, el gerente general del hospital, extendiendo la mano—. Felicidades, muchacho. Esa cirugía fue impresionante.

A su lado estaba su esposa, una señora elegante de la misma edad, con un vestido clásico color vino y joyería discreta.

Mauricio sonrió con orgullo y presentó a todos:
—Don Oscar, doña Carmen, les presento a mi familia. Mi hermana Diana, su esposo Severo, mi hermano Alfonso. Y esta es mi esposa, Daniela.


Don Oscar estrechó manos con todos, pero cuando llegó a Daniela, sus ojos se abrieron ligeramente más de lo normal. La miró de arriba abajo sin poder disimular del todo: el escote pronunciado, la forma en que el vestido negro se ceñía a su cintura y caderas, sus piernas marcadas por los tacones rojos. Se quedó un segundo más de lo correcto sosteniendo su mano.
—Mucho gusto, Daniela… —dijo con voz un poco más baja, claramente impactado—. Mauricio, no me habías dicho que tenías una esposa tan hermosa.


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Daniela sonrió con elegancia y respondió con voz dulce:
—Gracias, Don Oscar. Es un placer conocerlo.
Doña Carmen notó la mirada de su esposo y levantó una ceja, pero mantuvo una sonrisa educada.
Don Oscar tardó un segundo más en soltar la mano de Daniela, todavía recorriéndola con la mirada.
—Realmente… eres una mujer muy hermosa —repitió, casi sin darse cuenta—. Mauricio es hombre con mucha suerte.


Severo, que estaba justo detrás, soltó una risa baja y murmuró solo para que Mauricio lo escuchara:
—Te lo dije, cuñado… todos se dan cuenta jeje.
Mauricio forzó una sonrisa, sintiendo cómo la sangre le subía a la cara, pero intentó mantener la compostura.
—Gracias, Don Oscar. Vamos a sentarnos, ¿les parece?


Todos se dirigieron a la mesa, pero la mirada de Don Oscar seguía regresando una y otra vez hacia Daniela, claramente cautivado por su belleza.

La comida transcurrió de manera muy agradable. El salón privado del restaurante estaba iluminado con luces suaves y la conversación fluía con naturalidad. Don Oscar, no dejaba de elogiar los logros de Mauricio: la cirugía complicada que había realizado, su dedicación y cómo había salvado la vida de un paciente de alto riesgo. Todos escuchaban con atención, y Mauricio sonreía con orgullo, aunque de vez en cuando su mirada se desviaba hacia Daniela, que estaba sentada a su lado luciendo espectacular con ese vestido negro corto y escotado. Sentía orgullo de tener una mujer tan hermosa.

Al finalizar la comida, Don Oscar se levantó y se acercó directamente a Mauricio y Daniela. Su mirada se posó con evidente interés en Daniela.
—Mauricio, Daniela… quería invitarlos personalmente a cenar en mi casa este fin de semana. Mi esposa y yo organizaremos una cena y nos encantaría que ustedes dos fueran los invitados de honor. ¿Qué les parece?


Don Oscar sonrió, pero sus ojos regresaron una vez más al escote y a las piernas de Daniela. Era claro que la verdadera razón de la invitación era volver a verla; el pretexto de “cena en casa” era solo eso, un pretexto.

Mauricio, educado como siempre, asintió.
—Muchas gracias, Don Oscar. Nos sentiremos honrados.
Daniela sonrió con dulzura.
—Será un placer —respondió ella con voz suave.
—No se diga más, entonces los esperamos a las 8 —Don Oscar se despidió de todos y se retiró con su esposa.


Una vez que el gerente se alejó, Mauricio respiró hondo y miró al grupo.
—Tengo que quedarme un rato más en el hospital. Hay papeleo importante y asuntos que debo atender personalmente. No tardaré mucho, pero necesito ayuda.
Miró a su hermana.
—Diana, ¿podrías quedarte conmigo para ayudarme con los documentos? Conoces el sistema y me iría más rápido.
Diana asintió sin dudar.
—Claro, hermano. Me quedo contigo.


Mauricio se dirigió al resto del grupo:
—Ustedes adelántense. Pueden llevarse mi coche, Alfonso te encargo a Daniela. Nosotros los alcanzamos más tarde.
—No te preocupes hermano, yo la llevo a casa.
Severo sonrió con disimulo, mirando de reojo a Daniela. Alfonso se mostró un poco incómodo, pero no dijo nada.
Daniela solo sonrió con elegancia, ella era la única que sabía que Mauricio se quedaría.


Apenas salieron al estacionamiento. Mientras Alfonso estaba en el cajero pagando el costo, Severo se acercó discretamente a Daniela por detrás, tomándola de su cintura con la mano mientras caminaban.
—Oye, hermosa… —le susurró al oído con voz ronca—. Deberíamos aprovechar que Mauricio estará ocupado para pasar un momento rico tu y yo ¿no crees?... Me tienes la verga bien dura, ese vestido te queda ufff, estas muy cojible el dia de hoy jeje.


Daniela no se sorprendió en absoluto. Solo sonrió con picardía y giró un poco la cabeza hacia él, coqueteando.
—Tu no pierdes el tiempo verdad… —susurró ella—. Pero eso no será posible. Recuerda que Alfonso viene con nosotros… vamos a estar los 3 en la casa.


Severo soltó una risa baja y confiada, apretando ligeramente su cintura.
—No te preocupes por eso, putita. Yo me encargo de todo. Tú solo relájate que esta misma tarde te voy a volver a coger.


Llegaron al coche. Inmediatamente Alfonso llegó, se sentó al volante, Daniela en el asiento del copiloto y Severo atrás. Apenas cerraron las puertas y arrancaron, Severo empezó de impertinente.
—Tu que opinas, Alfonso… —dijo Severo en voz alta, mirándolo—. ¿Verdad que Daniela se ve tan hermosa y sexy con ese vestido?


Alfonso se puso nervioso al instante. Se removió en el asiento y carraspeó.
—Eh… sí, claro… Daniela se ve muy bien —respondió, incómodo, intentando seguirle la corriente sin comprometerse demasiado.


Severo sonrió con malicia y continuó, sin filtro:
—Solo “muy bien” jaja, si está hecha una mamasita, está para comérsela. Ese escote es mortal, yo no se tu pero yo estoy que reviento jaja.


Alfonso tragó saliva, claramente nervioso.
—Claro… ya sabemos que Daniela es demasiado atractiva —dijo con la voz tensa, mirando por la ventana para evitar los ojos de Daniela.


Daniela, solo sonreía divertida. No decía nada, pero disfrutaba enormemente de la situación: el descaro de Severo y los nervios evidentes de Alfonso. De vez en cuando cruzaba miradas con Severo y le dedicaba una sonrisa pícara, como si estuviera disfrutando del juego.

El coche avanzaba por la avenida. El ambiente dentro era denso, cargado de tensión sexual. Alfonso conducía viendo por pequeños instantes los muslos de Daniela, claramente incómodo por los comentarios de Severo.

De pronto, Severo rompió el silencio con una sonrisa pícara:
—Oigan… ¿y si pasamos a comprar una botella para seguirle en la casa? —propuso con voz ronca y divertida—. No se ustedes pero yo me quedé con ganas de más. Un buen whisky o un vino para que la pasemos bien. ¿Qué dicen?


Alfonso se removió en el asiento, visiblemente incómodo.
—No sé, Severo… tal vez con lo que tomamos en el restaurante ya es suficiente —respondió con tono cauteloso—.


Severo soltó una risa baja mirando a Alfonso.
—Vamos, Alfonso, no seas aguafiestas. Solo una botella. Nada del otro mundo. Además, con lo sexy que se ve tu cuñada hoy… Sería un pecado no continuar admirando su belleza un poco más.


Daniela, sentada al lado de Alfonso, sonrió con coquetería y miró a Alfonso. El movimiento hizo que sus pechos se marcaran aún más contra el escote del vestido.
—Ay, Alfonso… no seas así —dijo ella con voz suave y melosa, inclinándose ligeramente hacia él—. Solo una botella para relajarnos un rato. La pasamos bien en el restaurante y sería lindo seguir un poco más en casa. ¿No te parece?


Alfonso tragó saliva, mirando alternativamente los ojos de Daniela y su escote.
—Es que… no sé —murmuró, claramente luchando—. No quiero que Mauricio se moleste.


Daniela extendió su mano hacia él y la posó suavemente sobre su brazo, acariciándolo con los dedos.
—Mauricio va a llegar hasta muy tarde —susurró ella con una sonrisa seductora—. Y solo vamos a tomar una copa… nada más. Por favor… ¿sí? Me gustaría mucho que convivieramos los 3 un rato mas.


Alfonso sintió el calor de la mano de Daniela en su brazo y el tono dulce de su voz. Sus mejillas se enrojecieron ligeramente.
—Bueno… está bien —cedió finalmente, con un suspiro—. Solo una botella entonces.


Severo soltó una carcajada satisfecha y giró el volante hacia la izquierda.
—Esa es mi concuñada —dijo con orgullo—. Sabía que tú lo convencerías. Vamos a comprar algo bueno.


Daniela retiró la mano lentamente del brazo de Alfonso, pero le dedicó una última sonrisa cargada de intención antes de volver a mirar al frente.

El coche se desvió hacia una licorería que les quedaba de paso. Alfonso se estacionó y Severo bajó rápidamente, dejando a Daniela y Alfonso solos por unos segundos.
—Ya verás que nos divertiremos mucho —comenzó a hablar Daniela.


Alfonso respiró hondo, todavía nervioso.
—Daniela… esto no sé si es buena idea —murmuró.


Daniela se giró completamente en su asiento para mirarlo mejor. El vestido se subió un poco más sobre sus muslos, se alcanzaba notar la tanga roja que se había puesto haciendo juego con sus tacones.
—¿Qué pasa Alfonso?… —susurró ella con tono suave y coqueta.


Alfonso la miró de reojo, nervioso.
—Es que… tú y yo… y Severo… todo esto se siente raro.


Daniela soltó una risa suave y acarició su brazo de nuevo.
—Raro no… emocionante —corrigió ella—. ¿No te gusta estar un rato conmigo? ¿O te molesta que Severo diga todas esas cosas sobre mí?


Alfonso se puso más rojo.
—No… no me molesta —admitió en voz baja—. Solo que… no sé cómo reaccionar.


Daniela lo miró con ojos brillantes y una sonrisa seductora.
—Pues reacciona como quieras, Alfonso. Yo no me estoy quejando… al contrario, me divierte un poco lo que me dice.


En ese momento vieron a Severo saliendo de la licorería con la botella en la mano.

Daniela le guiñó un ojo a Alfonso antes de girarse de nuevo hacia adelante.
—Relájate… la tarde apenas empieza.


Severo abrió la puerta del coche, entró y levantó la botella con una sonrisa triunfante.
—Listo. Ahora sí… que empiece la verdadera fiesta.


El coche arrancó de nuevo rumbo a la casa.

Llegaron a la casa poco después del mediodía. El sol todavía entraba con fuerza por las ventanas, iluminando todo con luz natural. Apenas bajaron del coche, Severo levantó la botella de whisky con una sonrisa satisfecha.
—Vamos a poner esto en la sala. Hoy nos vamos a relajar un rato.


Los tres entraron y se acomodaron en la sala principal. Daniela se sentó en el sofá grande, cruzando las piernas de forma elegante. El vestido negro se subió un poco más sobre sus muslos. Severo se sentó justo a su lado, muy cerca, casi pegado a ella. Alfonso, en cambio, se sentó en el sillón individual frente a ellos, sintiéndose ya un poco desplazado.

Severo abrió la botella y sirvió tres vasos generosos.
—Salud —dijo, levantando su vaso—. Por las mujeres hermosas y las tardes que valen la pena.


Daniela sonrió y chocó su vaso con el de Severo, mirándolo con picardía.
—Salud… —respondió ella con voz suave.


Alfonso chocó su vaso sin mucho entusiasmo y tomó un sorbo pequeño.

Desde el primer momento, Severo acaparó toda la atención. Hablaba con energía, contaba anécdotas divertidas del trabajo, hacía bromas y, sobre todo, no dejaba de dirigirle comentarios a Daniela.

tia y sobrino


Continuara...


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2 comentarios - Daniela (la MILF de la familia) Cap 8

Cesar_8173 +1
te falto texto antes de la foto de "DON OSCAR", se repite un parrafo anterior.
vic47vic47 +1
Cierto amigo, gracias por la observacion, ya hice la correccion

Saludos