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Contrato de Carne cap. 1

CAPÍTULO 1: LA PRIMERA NOCHE

Marina llegó puntual, como le habían enseñado durante las dos semanas de "entrenamiento" previas. Llevaba el uniforme que Elena había diseñado específicamente para ella: un vestido negro de cuello blanco tipo maid francés, pero tan corto que apenas cubría la curva inferior de sus nalgas, con botones de perla que corrian por el centro y podían desabrocharse en segundos. Debajo, medias de liguero negras de seda que dejaban ver tres centímetros de piel desnuda en los muslos antes de conectar con las ligas. Sin bragas. Sin sujetador. Esa era la primera y más importante regla: nunca nada que impidiera el acceso inmediato a su cuerpo.
Sus zapatos eran tacones de aguja de doce centímetros, negros, con correa al tobillo, que hacían que sus pantorrillas se tensaran y sus caderas se balancearan de un modo que ella aún no había logrado controlar del todo. Llevaba el pelo recogido en un moño estricto que Elena insistía en que mantuviera, maquillaje discreto excepto por los labios pintados de un rojo escarlata que contrastaba con su piel clara.
Tocó el timbre del penthouse y esperó, el corazón martilleando contra sus costillas, sintiendo cómo la humedad ya comenzaba a acumularse entre sus piernas a pesar de su intento de controlarse. Era su primera noche oficial como propiedad. Las semanas previas habían sido teóricas: firmas, exámenes médicos, instrucciones sobre protocolos. Pero esta era la primera vez que entraría al apartamento sabiendo que no saldría hasta que ellos decidieran, que su cuerpo ya no le pertenecía, que cualquier cosa que ocurriera detrás de esa puerta había sido acordada, pagada, y era deseada por las tres partes.


La puerta se abrió.
Carlos Vega ocupó el umbral, imponente en su traje de tweed gris a pesar de ser casi medianoche. Sus ojos grises la recorrieron con la lentitud de un evaluador de ganado, deteniéndose en sus pechos —donde los pezones ya se marcaban contra la tela delgada—, en su vientre plano, en el triángulo oscuro que el vestido apenas disimulaba, y finalmente en sus ojos.
—Entra —dijo, y su voz ronca hizo que Marina sintiera un escalofrío que terminó directamente en su sexo.
Cruzó el umbral sintiendo el peso de la mirada de Carlos sobre su espalda. El apartamento olía a pino, a dinero antiguo, a sexo anticipado. Las luces estaban atenuadas, las cortinas de terciopelo rojo cerradas, creando una cueva privada donde el tiempo exterior dejaba de existir.
Detrás de Carlos, Elena emergió del salón con una copa de vino tinto en una mano y algo más en la otra que Marina no pudo identificar de inmediato. Su ama llevaba una camisola de seda roja, apenas un trozo de tela que caía desde los tirantes finos hasta medio muslo, dejando ver que tampoco ella llevaba nada debajo. Sus pezones erectos presionaban contra la seda, y Marina supo que estaban excitados por ella, por la anticipación de lo que harían con su nuevo juguete.
—La cena está servida —anunció Marina, bajando la vista al suelo de mármol como le habían enseñado, cruzando las manos a la espalda en posición de sumisión.
—No hemos pedido cena —murmuró Elena, acercándose con pasos lentos y deliberados sobre sus propios tacones. Su perfume, algo floral y almizclado, invadió los sentidos de Marina un segundo antes de que los dedos fríos de Elena tomaran su mentón y le obligaran a levantar la cara—. Hemos pedido ti, pequeña. Hemos estado esperando este momento desde que firmaste. ¿Tú también has esperado? ¿Has tocado pensando en nosotros?
Marina sintió cómo el rubor subía desde su pecho hasta sus mejillas. Era una de las reglas del contrato: honestidad absoluta cuando se le preguntara directamente.
—S-sí, señora —tartamudeó—. C-casi todas las noches.
Elena sonrió, una expresión que no alcanzó sus ojos fríos como hielo.
—Puta insolente —susurró, pero su tono era de aprobación—. Tendrás que ser castigada por eso. Masturbarse sin permiso es una infracción grave. ¿No te lo expliqué durante el entrenamiento?
Carlos cerró la puerta principal con un chasquido final que resonó en el pecho de Marina como una sentencia. Se giró hacia ellas mientras se desabrochaba la chaqueta del traje, revelando una camisa blanca tensa sobre pectorales definidos.
—Quítate el vestido —ordenó, sentándose en el sillón de cuero negro como un monarca en su trono—. Quiero ver si el dinero que invertimos en tu cuerpo ha valido la pena.
Marina obedeció. Sus dedos temblorosos encontraron los botones de perla. El primero cedió, revelando el valle entre sus pechos. El segundo, la mitad de sus areolas oscuras. El tercero, su estómago temblando. Cuando el cuarto y quinto cedieron, el vestido se abrió como una flor obscena, dejando al descubierto su piel desnuda, los pezones ya erectos y doloridos por la excitación, el vello púbico recortado en un triángulo perfecto según las especificaciones de Elena.
Quedó de pie con las medias de liguero, los zapatos de tacón, y nada más. La luz cálida la bañaba, la hacía sentir expuesta, examinada, poseída.
Elena dejó su copa en la mesa auxiliar y se acercó, sus manos tomando los pechos de Marina con una rudeza que hizo que la joven jadeara. Los dedos de su ama eran largos, fríos, con uñas perfectamente manicuradas de color negro mate.
—Están más duros de lo que esperaba —observó Elena, pellizcando los pezones entre pulgar e índice, aumentando la presión hasta que Marina tuvo que morderse el labio para no gemir—. Y más sensibles. Carlos, ven a sentir esto.
Carlos se levantó del sillón y se acercó por detrás de Marina. Ella sintió su calor corporal antes de sentir su contacto, la dureza de su erección ya visible presionando contra sus nalgas desnudas a través del pantalón. Sus manos grandes, con nudillos ligeramente deformados de golpes antiguos, rodearon sus caderas y luego subieron para cubrir los pechos de Elena, formando una cadena de tactos: Carlos tocaba a Elena, Elena tocaba a Marina.
—Juguete nueva —murmuró Carlos contra el cuello de Marina, su aliento cálido y oliendo a whisky caro—. Huele a miedo y a excitación. Me encanta cuando huelen a ambas cosas.
Elena se apartó un paso y tomó lo que había dejado en la mesa: una correa de cuero negro con hebilla de plata. La hizo sonar en su mano, un chasquido seco que hizo que Marina contrajera el estómago de anticipación.
—A cuatro patas —ordenó Elena—. Es hora de que firmes el contrato de verdad. Con el cuerpo, no con tinta.
Marina obedeció, bajando lentamente hasta que sus manos tocaron el frío mármol, luego sus rodillas, arqueando su espalda para presentar su sexo y su ano a la vista de ambos. La posición era deliberadamente humillante: su rostro a la altura de las rodillas de Carlos, su trasero expuesto a Elena, todo su cuerpo formando una ofrenda de carne.
Elena se arrodilló detrás de ella, y Marina sintió los dedos de su ama separar sus labios vaginales con crudeza, exponiendo el brillo de su excitación.
—Dios mío —rió Elena—. Está empapada. Literalmente goteando. Mira, Carlos, nuestra puta ya está lista para ser usada. ¿Quieres probarla primero, o prefieres su boca?
Carlos se había desabrochado los pantalones mientras Marina estaba de espaldas. Su polla se liberó, gruesa, de unos veinte centímetros de longitud, la circunferencia considerable, la piel morena y la punta bulbosa ya húmeda de presemen que brillaba bajo la luz. Las venas azules marcaban su longitud, y Marina no pudo evitar lamerse los labios al verla.
—La boca —decidió Carlos, tomando su propia erección y acariciándola despacio, de base a punta—. Quiero que me ruegue por ella. Quiero que nos explique exactamente por qué firmó ese contrato, palabra por palabra, mientras la atraganto.
Marina levantó la vista hacia él, encontrando sus ojos grises. En ese momento, sintió algo más que miedo. Sintió reconocimiento, como si Carlos viera dentro de ella y hubiera encontrado el mismo vacío que ella llevaba años intentando llenar.



—Por favor —comenzó, su voz temblorosa pero clara—. Firmé porque necesitaba que alguien me poseyera completamente. Porque estoy cansada de decidir, de ser responsable, de fingir que soy fuerte. Firmé porque quiero ser su puta, su objeto, su... su esclava. Por favor, déjeme chuparla. Déjeme demostrar que valgo cada euro que pagaron por mí.
Carlos gruñó aprobadoramente y tomó su cabeza con ambas manos, sus dedos entrelazándose en el moño de Marina y soltándolo, dejando que su cabello cayera en ondas sobre sus hombros desnudos.
—Abre —ordenó.
Cuando empujó, Marina sintió la punta salada y caliente contra su lengua, luego el estiramiento de su mandíbula cuando la circunferencia llenó su boca. Carlos no fue gentil. Empujó hasta que la punta tocó la parte trasera de su garganta, haciendo que sus ojos se llenaran de lágrimas automáticas, y luego siguió empujando, forzando la entrada a su garganta, haciendo que Marina ahogara un sonido entre gemido y grito.
—Traga —ordenó él—. Relaja la garganta. Quiero sentirla alrededor de mi polla.
Marina obedeció, recordando las instrucciones de las videos que Elena le había obligado a ver durante el entrenamiento. Respiró por la nariz, relajó los músculos, y sintió cómo Carlos desaparecía dentro de ella, su nariz presionando contra el vello púbico recortado de él, su barbilla contra sus testículos pesados.
—Increíble —murmuró Carlos, manteniéndose ahí, disfrutando de la contracción involuntaria de la garganta de Marina mientras ella luchaba por no asfixiarse—. Elena, mira cómo la atraganta. Es una natural.
Elena se había sentado en el sofá frente a ellos, las piernas abiertas, la camisola recogida sobre sus caderas. Sus dedos jugaban con su propio clítoris, un pequeño capuchón rosado que asomaba entre sus labios vaginales afeitados perfectamente. Tenía un pezón en su boca, mordiéndolo mientras observaba.
—Más fuerte, amor —pidió Elena, su voz ronca de excitación—. Quiero verla llorar de verdad. Quiero ver cuánto puede aguantar antes de que use la palabra de seguridad.
Carlos comenzó a moverse, embistiendo la boca de Marina con movimientos profundos y deliberados, casi saliendo por completo antes de hundirse de nuevo hasta la base. El sonido de la carne golpeando carne, de la saliva siendo forzada, de los jadeos ahogados de Marina, llenó el salón.
Marina perdió la noción del tiempo. Solo existía la polla de Carlos, el olor a sexo y a dominación, la humedad creciente entre sus propias piernas que goteaba ahora sobre el mármol, formando una pequeña charco de vergüenza y deseo. Sus manos se aferraron a los muslos de Carlos por instinto, buscando anclaje, pero él le apartó los brazos bruscamente.
—¡Manos atrás! —gritó, y ella obedeció, entrelazando los dedos a la espalda, lo que hizo que su postura fuera aún más vulnerable, aún más ofrecida—. Eso es. Solo eres un agujero. Mi agujero. ¿Lo entiendes?
Marina asintió lo mejor que pudo con la boca llena, las lágrimas corriendo libremente ahora, el maquillaje empapándose, sintiendo cómo la falta de oxígeno le nublaba la vista en algo que no era del todo desagradable.
Cuando Carlos finalmente se retiró, Marina jadeó, el pecho agitado, la boca abierta y llena de saliva, el labio inferior temblando. Pero no había terminado. Ni mucho menos.
Elena se levantó y caminó hasta la mesa auxiliar, de donde tomó un arnés de cuero con un consolador negro de silicona realista, grueso y curvado, unos quince centímetros de longitud. Se lo ajustó sobre sus caderas desnudas, la hebilla sonando metálicamente mientras lo apretaba.
—Ahora viene tu castigo —dijo Elena, acercándose, el consolador balanceándose obscenamente frente a ella—. Por masturbarte sin permiso. Por ser una puta codiciosa antes de tiempo.
Marina se quedó en posición, a cuatro patas, sintiendo cómo Elena se arrodillaba detrás de ella. Sintió los dedos de su ama tomar algo de lubricante de un frasco que había preparado previamente, y luego la fricción fría contra su ano apretado.
—Relájate —ordenó Elena—. O esto dolerá más de lo necesario. Aunque sospecho que te gusta que duela, ¿verdad? He visto tus historiales de navegación, Marina. Sé lo que miras cuando estás sola.
Marina gimió de humillación, recordando las noches frente a su laptop, viendo videos de mujeres siendo tomadas por parejas, siendo humilladas, siendo usadas. Elena tenía razón. Siempre había tenido razón.
Cuando Elena empujó, Marina gritó, el sonido ahogado por la polla de Carlos que reapareció frente a su rostro. La penetración doble comenzó con una precisión que solo años de práctica podían proporcionar.
Carlos tomó su cabeza de nuevo y empujó dentro de su boca justo cuando Elena hizo lo propio con su trasero, el consolador deslizándose más allá del anillo muscular, hundiéndose en su recto con una sensación de plenitud que bordeaba el dolor pero nunca lo cruzaba del todo.
—Joder, qué apretada está —gruñó Carlos, sintiendo cómo las contracciones del orgasmo de Marina — porque sí, estaba viniéndose, una contracción silenciosa y profunda que recorría su vientre— apretaban alrededor de su polla a través del fino tejido que separaba sus orificios—. Se está corriendo, Elena. La puta se está corriendo mientras la doble penetramos.
—Por supuesto que sí —jadeó Elena, comenzando a mover sus caderas, cada embestida empujando a Marina hacia adelante, haciendo que tragara más profundo a Carlos—. Es lo que son las zorras como ella. Les encanta ser usadas. Dime, Marina, ¿quieres que nos corramos dentro de ti? ¿Quieres llevarnos contigo cuando te vayas esta noche?
Marina no pudo responder con palabras, pero sus ojos, llorosos y suplicantes, dijeron suficiente. Carlos aceleró el ritmo, sus caderas golpeando su rostro, sus manos agarrando sus tetas con fuerza suficiente para dejar marcas que durarían días.
—Me voy a correr —anunció Carlos, su voz profunda y quebrada—. En tu garganta. Y te la tragarás toda. ¿Entendido?
Marina asintió, y cuando él gruñó y liberó su semen, hilos calientes y espesos que llenaron su boca y garganta, ella tragó convulsivamente, sintiendo el sabor salado y amargo, la humillación de ser un receptáculo, la gloria de ser útil.
Elena no se detuvo. Siguió follando el culo de Marina con furia creciente, el sonido de sus caderas chocando contra las nalgas de la sirvienta llenando la habitación, hasta que ella misma se vino con un grito ronco que sonó casi como un aullido, clavando el consolador hasta el fondo y manteniéndolo allí mientras temblaba, sus propios fluidos corriendo por sus muslos.
Marina colapsó en el suelo, jadeante, cubierta de semen, saliva y su propia humedad. La respiración le quemaba los pulmones. El cuerpo le dolía en lugares que ni siquiera sabía que podían doler. Y sin embargo, cuando Carlos se arrodilló a su lado y le acarició el pelo con una ternza inesperada, ella se acurrucó contra su mano como un gato.
—Buena chica —murmuró Carlos—. Muy buena chica.
Elena se desabrochó el arnés y se dejó caer en el sofá, sus piernas aún temblando, su pecho agitado. Tomó su copa de vino y bebió un largo sorbo, observando a Marina con una mezcla de satisfacción y algo más que la joven no supo identificar.
—Mañana —dijo Elena, su voz recuperando su frialdad habitual—. Quiero que invites a tu amiga Laura. La que estudia contigo. La morena alta, con el tatuaje de rosas en el muslo.
Marina levantó la vista desde el suelo, confundida y aún aturdida.
—¿L-Laura? —tartamudeó—. Pero ella no... no sabe nada de esto. No es...
—Precisamente —interrumpió Carlos, levantándose y volviendo a abrocharse los pantalones con la elegancia de quien acaba de cenar, no de poseer a una mujer—. Hemos visto fotos. También necesita dinero, ¿verdad? Su madre está enferma. Y Elena ya está pensando en los juegos que podemos jugar con dos putas obedientes.
Marina cerró los ojos, sintiendo el semen de Carlos todavía caliente en su estómago, el dolor placentero de su ano usado, la humedad entre sus piernas que nunca parecía secarse. Pensó en Laura, su amiga inocente, la chica de sonrisa fácil que desconocía por completo este mundo de sombras y contratos.
Sabía que diría que sí. El contrato así lo exigía. Pero también sabía, con una certeza que la aterrizaba y excitaba por igual, que diría que sí porque quería ver a Laura arrodillada junto a ella. Porque quería compartir esta humillación. Porque quería ver si su amiga también tenía ese vacío oscuro dentro, esperando ser llenado.
—Sí, señor —susurró Marina contra el mármol frío—. Hablaré con ella mañana.
Carlos y Elena intercambiaron una mirada de complicidad, de victoria anticipada. Fuera, en la ciudad, la gente normal dormía o trabajaba o amaba de formas convencionales. Pero aquí, en este penthouse aislado del mundo, comenzaba algo que ninguno de los tres podía predecir completamente.


Marina Ortega había vendido su cuerpo por seis meses. Pero lo que ninguno de ellos sabía aún era que ella estaba empezando a sospechar que había vendido algo más. Algo que no se podía recuperar con dinero.
Algo que, tal vez, no quería recuperar.



FIN DEL CAPÍTULO 1
¿Qué pasará cuando Laura descubra la verdad? ¿Aceptará el contrato, o destruirá la amistad con Marina para siempre? ¿Y qué secretos ocultan Carlos y Elena sobre sus anteriores "adquisiciones"?
Continuará...

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