You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Contrato de Carne

SINOPSIS DEL RELATO:
Marina Ortega, una joven universitaria ahogada por las deudas familiares, firma un contrato que la convertirá en propiedad privada de una pareja adinerada durante seis meses. Lo que comienza como una transacción económica pronto se transforma en una espiral de sumisión, lujuria y descubrimiento de los límites del placer.



PROLOGO: EL ACUERDO
Hacía exactamente cuarenta y siete días desde que Marina puso su firma en el documento de treinta páginas redactado por el abogado de los Vega. No era legalmente vinculante en los tribunales —la esclavitud sexual seguía siendo ilegal— pero el acuerdo de confidencialidad y el depósito de cien mil euros en la cuenta bancaria de su padre enfermo la mantenían más encadenada que cualquier grillete.
Todo había comenzado con un anuncio discreto en un foro oscuro de internet: "Se busca: sirvienta de tiempo completo. Discreción absoluta requerida. Compensación generosa. Aplicar solo si está dispuesta a obedecer sin preguntar."
Marina tenía veintidós años, estudiante de último año de Derecho, cabello castaño oscuro que caía en ondas hasta la mitad de su espalda, ojos color avellana con pecas dispersas sobre la nariz respingona que le daban un aire juvenil que detestaba. Su cuerpo era esbelto pero curvilíneo: cintura estrecha, caderas anchas, pechos medianos pero firmes con pezones de un rosa oscuro que se endurecían con facilidad, y un trasero que había sido objeto de admiración silenciosa desde la secundaria.
Nunca se había considerado sexualmente sumisa. De hecho, en sus anteriores relaciones había sido ella quien tomaba la iniciativa, quien decidía cuándo y cómo. Pero la desesperación tiene un modo de excavar en los recovecos más oscuros de la psique humana. Cuando conoció a Carlos y Elena Vega en aquella entrevista en el hotel de cinco estrellas, sintió algo despertar en su vientre que no supo identificar hasta que fue demasiado tarde.
Carlos Vega tenía treinta y ocho años, ejecutivo de inversiones con un patrimonio que superaba los ocho ceros. Metro ochenta y cinco de estatura, hombros anchos que estiraban perfectamente sus trajes a medida, cabello negro corto con entradas que le daban un aire de autoridad madura, y ojos grises fríos como el acero. Su mandíbula cuadrada y su nariz ligeramente torcida —un recuerdo de sus días jugando rugby en Oxford— le otorgaban un aire de depredador en lugar de empresario.
Elena Vega, treinta y cuatro años, era su esposa y socia en todos los sentidos. Ex modelo de pasarela, rubia natural que ahora mantenía platino, ojos azules que podían congelar la sangre o encenderla dependiendo de su humor. Su cuerpo era una escultura de gimnasio y cirugía estética discreta: pechos siliconados de tamaño C perfectamente simétricos, cintura de avispa, glúteos elevados y muslos largos que parecían no terminar nunca. Tenía una cicatriz diminuta en la ceja izquierda que Carlos le había hecho durante un juego sexual demasiado intenso años atrás, y que ella lucía como trofeo.
Juntos, los Vega eran conocidos en ciertos círculos como "Los Coleccionistas" —no de arte, sino de personas. No eran sadistas en el sentido clínico; no disfrutaban del dolor por el dolor. Disfrutaban de la posesión absoluta, del poder de transformar a una persona independiente en un objeto de placer, de ver cómo la vergüenza se mezclaba con el deseo hasta volverse indistinguible.
El contrato de Marina era su quinto "adquisición" en ocho años de matrimonio. Las anteriores habían durado entre tres y ocho meses, todas habían salido con dinero suficiente para empezar de cero, y todas firmaron acuerdos de silencio que les impedían hablar de lo que habían hecho, sufrido y disfrutado tras las puertas cerradas del penthouse de los Vega en el distrito más exclusivo de la ciudad.

1 comentarios - Contrato de Carne