Así me veía yo la mañana que llegué a esa casa, con mi carita de niña buena y el corazón en la garganta.


Todo empezó por culpa de la renta. No de la renta sola, en realidad, sino de la cadena de desgracias que se me vino encima en tres meses y que me dejó con la cuenta en rojo y el alma en los pies. Perdí el trabajo en la boutique porque la dueña cerró sin avisar y sin pagarme la última quincena, mi mamá necesitaba sus medicamentos para la presión y yo llevaba dos semanas comiendo arroz con huevo y pidiendo prestado a la vecina. Así que cuando doña Chelo, la señora del 4B que siempre anda de metiche y de santa, me dijo que su comadre buscaba a alguien para cuidar a un familiar que se había quebrado la pierna, que pagaban bien, que era trabajo de viva en la casa, con cuarto y comida, yo dije que sí antes de que terminara de hablar.
—¿Y qué tan mayor es el señor? —le pregunté, más por pura formalidad que por otra cosa.
—Ah, pues ya está grande —me dijo, encogiéndose de hombros—. Solito vive en su casa, con su perro. Se cayó de una escalera. Necesita quien le cocine, le lave, lo acompañe a la terapia. Nada del otro mundo, mi reina.
Grande. Yo me imaginé a un viejecito encorvado, con la piel de papel y las manos temblorosas, de esos que uno baña con la esponja y le dan ternura. Me imaginé cambiándole la bata, dándole sopa, leyéndole el periódico. Me imaginé aburriéndome muchísimo, pero con la renta pagada. Por eso, cuando abrí la reja de esa casa en las afueras y toqué el timbre, iba con la cabeza llena de ese cuadro de abuelito.
La puerta se abrió y el cuadro se me hizo pedazos.
El señor no era un viejecito. Era un hombre de unos cuarenta y siete, cuarenta y ocho años, alto, con los hombros anchos de quien cargó cosas toda la vida, la piel morena tostada por el sol, la mandíbula cuadrada con una barba de tres días que le daba un aire de desvelo, y canas apenas en las sienes, lo justo para que uno supiera que ya había vivido. Tenía puesta una camiseta gris arrugada y un short deportivo, y la pierna izquierda metida en una bota ortopédica negra, apoyado en una muleta. Pero lo que me dejó sin aire fueron los ojos: un gris verdoso, quieto, que me recorrió de arriba abajo sin ninguna prisa, como quien revisa algo que ya sabe que va a comprar.
—Tú debes ser Hanna —dijo. Voz gruesa, de las que retumban en el pecho.
—Sí, señor. Buenos días. Vengo por lo del trabajo.
—Pásale. Y no me digas señor, me hace sentir viejo. Ricardo.
Entré con la mochila colgada al hombro y la sensación de que me habían metido en una casa que no era la que me habían descrito. La sala era amplia, con techo alto y un ventanal que daba al jardín, llena de libros, de herramientas, de cosas de hombre solo. Un pastor alemán viejo levantó la cabeza desde su cama y volvió a dormirse. Ricardo se dejó caer en el sillón con un gruñido y estiró la pierna mala.
—Siéntate —dijo, señalando el sillón de enfrente—. A ver, cuéntame. ¿Ya cuidaste gente antes?
—A mi abuela —contesté, y me senté con la espalda tiesa—. Le daba sus medicinas, la bañaba, la cambiaba. Y sé cocinar, sé lavar, sé planchar. Y no me da asco nada.
Él se rio, corto, con la barbilla baja.
—No me da asco nada —repitió, como saboreando la frase—. Eso está bien. Porque el mes que viene me quitan la bota y me mandan a terapia, y mientras tanto hay días en que la pierna no me sostiene ni para llegar al baño. ¿Aguantas eso?
—Aguanto.
—¿Y aguantas que te ande diciendo qué hacer a toda hora?
—Aguanto, don Ricardo.
—Ricardo, nada más.
Nos quedamos callados un momento. Él me miraba las piernas, que llevaba al aire porque hacía calor, y no hacía el menor intento de disimular. Yo me sentí desnuda con el short de mezclilla y la blusa de botones. Me subió el color a la cara y él lo notó y sonrió de lado.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
—Veintitrés —dijo, y movió la cabeza como si fuera un dato gracioso—. ¿Y vas a poder conmigo?
—Voy a poder —contesté, sin saber que esa frase iba a significar tantas cosas.
Me quedé esa misma tarde. El cuarto que me dio era el de huéspedes, junto a la cocina, con su cama tendida y su ventana al patio, y una puerta que cerraba con pestillo pero que, como aprendí después, nunca hacía falta. Me instalé, ordené mis cosas, y a la hora empecé a hacer de comer. Él se quedó en el sillón, con el perro dormido a sus pies, viendo el noticiero con el volumen bajo, y de vez en cuando me lanzaba una instrucción desde ahí, sin voltear: que si el arroz en el fuego bajo, que si la sal poquita, que si a él no le gustaba el cilantro.
Yo cociné con las orejas calientes. Sentía sus ojos en la nuca como dos dedos.
Los primeros días fueron puro trabajo. Le preparaba el desayuno, lo ayudaba a pasar de la cama a la silla, lo llevaba a la regadera con el banquito de plástico y le dejaba la ropa limpia sobre la cama, y le hacía la comida, y le daba sus pastillas a la hora exacta, y le lavaba la bota ortopédica con un cepillo. Él era de pocas palabras y de mucha orden, de los que dicen "así" y "otra vez" y "ya está" y esperan que uno entienda. A veces se ponía de malas porque le dolía la pierna y me hablaba seco, y luego, cuando se le pasaba, me decía "perdón, muchachita" y se quedaba callado un rato largo.
Pero lo que no cambiaba nunca era la mirada.
La sentía cuando me agachaba a recoger algo del piso. La sentía cuando me estiraba a alcanzar el plato hondo del estante de arriba y la blusa se me subía y se me asomaba la cintura. La sentía cuando me sentaba en el piso a acomodarle la bota y me quedaba entre sus rodillas y él respiraba hondo. Nunca decía nada. Solo miraba, y yo fingía que no me daba cuenta, y me iba a la cocina con el estómago apretado y las manos temblando.
La primera vez que lo vi casi todo fue a los cinco días. Le tocaba baño y él me dijo que ya podía solo, pero que si se resbalaba me iba a llamar. Se metió al baño y yo me quedé afuera, en el pasillo, sentada contra la pared, escuchando el agua. Y de pronto se oyó un golpe seco, y un "¡ay, joder!" ahogado, y yo entré sin tocar.
Estaba sentado en el banquito, empapado, con el jabón en el piso y la cortina corrida a medias. Y desnudo. Completamente desnudo. Lo primero que vi fue la pierna, que ya tenía un moretón nuevo, y después, sin querer, bajé los ojos y ahí estaba.
Tenía una verga enorme. Flácida, todavía, y ya era enorme: gruesa, pesada, colgando entre sus muslos con la cabeza enorme asomándose entre el vello negro, y los huevos grandes y bajos como dos piedras. Yo me quedé plantada en el marco de la puerta como una tonta, con la boca abierta, y él levantó la cara con el pelo mojado pegado a la frente y me cachó mirando.
—¿Vas a ayudarme o te vas a quedar ahí de adorno? —dijo, y se rio con la voz ronca.
Le puse el brazo alrededor de la cintura y lo ayudé a levantarse. Su piel estaba caliente y resbalosa, y olía a jabón de coco y a hombre. Le pasé la toalla por la espalda y por los costados, y cuando llegué a la cintura me dijo "sigue" y yo seguí, y le sequé las nalgas duras y los muslos y después, con el corazón en la boca, le pasé la toalla por la verga. Él la movió apenas, se la acomodé con la tela, y la sentí despertar, engrosarse, subir. Cuando terminé ya no estaba flácida. Estaba medio tiesa, apuntando hacia arriba, y él no hizo nada por taparla.
—Ya —dijo, nada más. "Ya".
Esa noche me encerré en mi cuarto con pestillo y me metí la mano a los pocos minutos. Estaba empapada desde el baño, con la tanga mojada y pegado a la raja, y me toqué pensando en el peso de eso en la palma, en cómo sería tenerla en la boca, en cómo se sentiría abriéndome. Me vine rápido, con la cara hundida en la almohada y los muslos apretados, y después me quedé boca arriba en la oscuridad, respirando, pensando: "es mi jefe, Hanna, es mi jefe, tranquilízate". Pero mi cuerpo ya había tomado la decisión por mí.
Al día siguiente empecé a arreglarme distinto. Me pinté un poco los ojos. Me puse la blusa más delgada. Me solté el cabello negro en vez de amarrármelo, y se me venía encima de la cara y me lo soplaba, y él me miraba hacerlo. Empecé a usar el short corto, ese que se me sube a la orilla del culo cuando me agacho, y él empezó a mandarme a agacharme por cosas que ni hacían falta: el control del televisor, la pluma que se le cayó, el perro que se le acercó a los pies.


—Hanna, recoge eso.
—Hanna, alcanza el otro cojín.
—Hanna, ¿por qué andas tan compuesta? ¿Vas a salir?
—No, don Ricardo. Es que hace calor.
—Ajá. Calor.
Una semana después, cuando ya se podía mover con la muleta hasta la cocina, se me ocurrió decirle que le diera un masaje en la pierna buena para que no se le acalambrara de tanto cargar el peso. Él me dijo que sí, y se recostó en el sillón con la pierna estirada sobre el descansabrazos, y yo me senté en el borde, con el aceite en las manos, y empecé a sobarle el muslo desde la rodilla hacia arriba. Tenía el muslo duro como piedra, caliente, con el vello áspero bajo la palma. Le apretaba con el pulgar y le iba subiendo, y le iba subiendo, y el short se le estiraba y se le marcaba el bulto.
—Más arriba —me dijo, con los ojos cerrados.
Le subí las manos hasta la orilla del short. Se le estaba poniendo dura debajo de la tela, y se le notaba, y el bulto se le iba hacia el lado. Yo apretaba y él respiraba por la nariz, hondo, y en un momento se le escapó un sonido bajo, casi un gruñido, y abrió los ojos y me vio con una fijeza que me dejó las manos heladas.
—¿Te digo algo? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Que llevo diez días aguantándome las ganas de cogerte y ya me está costando.
Se me cerró la garganta. Le dije, con la voz más chiquita que tengo:
—Pues no se aguante.
Y él se rio, se incorporó, me tomó de la nuca con una mano enorme y me plantó un beso que no fue de abuelito ni de jefe: fue un beso abierto, mojado, con la lengua metiéndose en mi boca sin pedir permiso, con los labios mordiéndome el labio de abajo. Me quedé dura un segundo, con las manos en el aire, y después se me vino todo encima y le puse las manos en el pecho y le devolví el beso, y él me jaló hacia su cuerpo y me apretó contra él y sentí su verga dura pegada a mi cadera, gruesa, larga, palpitando a través de dos telas.
Nos separamos sin aire. Tenía la boca hinchada y la cara ardiendo.
—¿Segura? —me preguntó. Me tomó la barbilla con dos dedos.
—Segura.
Se recargó en el sillón y se bajó el short. Se la sacó con la mano, y a la luz del día, viéndola entera y parada, me di cuenta de que la del baño no había sido nada. Era desproporcionada: se le paraba hacia arriba, dura como un tubo, con las venas marcadas en la piel tirante y la cabeza ancha, gorda, brillante, asomándose por el prepucio. Los huevos le colgaban pesados, llenos. Se la acarició de arriba abajo, sin prisa, mirándome.
—Ven acá —dijo.
Me puse de rodillas en el piso, entre su pierna buena y la bota ortopédica, y me incliné. Olía a él, a sudor limpio y a jabón. Le pasé la lengua por la punta y él soltó el aire de golpe, y me tomó el pelo con la mano. La cabeza era suave y caliente, y le salía una gota salada que me unté en los labios. Abrí la boca y me la metí, y no me cabía: se me estiró la mandíbula de inmediato, se me llenó la boca de verga y de saliva, y tuve que sacarla un poco para no ahogarme. Él me guió con la mano en la nuca, sin empujar todavía, dejándome tomar el ritmo.




—Así, mi amor —dijo, con la voz rota—. Así, despacio. Toda la lengua.
Yo lo chupé como pude, bajando lo más que aguantaba, con la mano apretándole la base, con la otra en el muslo. Se me salía la saliva por la comisura y me corría por la barbilla hasta el cuello. Él empezó a moverse, a empujar suave, y a cada empujón se me metía más y me daba arcadas y yo aguantaba, y él decía "eso, eso, qué rica la tienes, mi amor, qué rica la boquita", y me apretaba el pelo y me lo jalaba, y yo me sentía usada y me encantaba, me escurría entre las piernas, me dolía de estar tan mojada y tan apretada en el calzón.
—Ya —dijo de pronto, y me jaló de los hombros—. Ya me voy a venir y no quiero que sea así.
Me levantó del piso como si pesara nada y me sentó en la mesa de la cocina. Me bajó el short de un tirón, con la tanga junto, y me los sacó por los pies y los tiró lejos. Me abrió las piernas con las manos en las rodillas y se quedó viéndome la panocha, abierta y escurriendo, y se relamió.
—Ay, Hanna, Hanna —dijo—. Qué cosa tan bonita.
Y se agachó y me la puso en la boca.
Me lamió de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga, con la lengua ancha, y yo arqueé la espalda y solté un gemido que se oyó en toda la casa. Se me metió la lengua y me chupó el clítoris y me lo mordisqueó, y yo le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí y moví la cadera sin vergüenza, restregándome en su boca. Él metió los dedos, dos de golpe, y me los hundió y me los movió dentro, buscándome, y cuando encontró el punto me puse a temblar de arriba abajo y se me nubló la vista. Me chupaba y me dedeaba y me hacía sonidos húmedos y gruñía contra mi piel, y yo ya no sabía ni dónde estaba, solo sentía la boca y los dedos y el calor subiéndome desde los pies.
—Ya, ya, ya me voy a venir —le dije, con la voz aguda—, ya, Ricardo, ya.
Y me vine en su boca, con un gemido largo que se me rompió en la garganta, apretándole la cabeza con los muslos, temblando y chorreando. Él no se quitó. Me siguió chupando mientras me daba el espasmo, más suave, hasta que me quejé de lo sensible y entonces levantó la cara, con la barbilla brillante, y se lamió los labios.
—Sabe a ti —dijo—. Sabe delicioso.
Me quedé sentada en la mesa, desparramada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando. Él se puso de pie, se acomodó la bota, y se acercó. Se la agarró con la mano y me restregó la cabeza por la raja, de arriba abajo, mojándola en mi jugo, y se detuvo en la entrada. Yo levanté la cara y lo vi. Tenía el pelo revuelto y los ojos negros.
—¿Segura? —volvió a preguntar.
—Métemela —le dije.
Y me la metió.
Fue despacio porque no cabía. Sentí la punta forzando, estirándome, y después el grosor entrando centímetro a centímetro, abriéndome, ardiendo, y yo me agarré de sus brazos y clavé las uñas y me salió un gemido largo y agudo de puro asombro. Se detuvo a la mitad, con la frente pegada a la mía, respirando fuerte.
—¿Te duele?
—No, no —jadeé—. Sigue. Sigue, por favor.
Me metió el resto y sentí que me llegaba hasta el fondo, hasta un lugar que no sabía que tenía, y me quedé sin aire, con los ojos abiertos, sintiéndolo entero dentro de mí, palpitando. Él se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar, con las manos en mi cadera, y después empezó a moverse.


Y qué manera de moverse. Lento primero, jalándome y hundiéndose, y cada vez que entraba se me sacaba el aire de los pulmones. La mesa se arrastraba con cada empujón y chirriaba contra el piso. Yo lo tomé de la nuca y lo besé, y él me besó de vuelta, y después me jaló del pelo y me echó la cabeza hacia atrás y me habló a la boca:
—Qué apretadita estás, mi amor. Qué rica te sientes. Toda apretadita para mí.
—Sí —le dije, sin pudor ninguno—. Sí, toda para usted.
—Para mí.
—Para usted, Ricardo, para usted.
Me levantó de la mesa sin sacármela, con las manos bajo mis nalgas, y yo le pasé las piernas por la cintura y me colgué del cuello, y él caminó así, empujándome en el aire con cada paso, hacia el cuarto. Yo iba gimiendo en su hombro, mordiéndole la camiseta, sintiendo la verga moviéndose dentro con el vaivén de sus pasos. Me tiró en mi propia cama, con la puerta abierta y el perro asomado desde el pasillo, y se me encimó y me la volvió a meter hasta el fondo.
Ahí ya fue otra cosa. Ahí ya no hubo nada de suave. Me cogió duro, con todo el peso encima, con la cadera golpeando la mía, y cada empujón me sacaba un grito. La cama brincaba. La cabecera golpeaba la pared. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el hombro y le decía cosas que ni sabía que decía, "más, más, no pare, no pare, así, así", y él me respondía "toma, toma, toda, toda para ti", con la voz ronca y la frente sudada.
Me dio la vuelta de un jalón, me puso boca abajo, y me levantó la cadera. Me la metió por detrás y me la hundió hasta los huevos, y yo me agarré de la sábana con las dos manos y la mordí. Ahí sentí todo distinto, más hondo, más ancho, y me puse a temblar y a gemir contra el colchón. Él se inclinó sobre mi espalda y me tomó las dos tetas por debajo, apretándomelas, pellizcándome los pezones, y me habló al oído con la boca pegada:



—Mírate. Con esa carita de niña buena y mira cómo estás. Toda abierta para mí.
—Sí —gemí.
—Dime quién te la está metiendo.
—Usted.
—Dime mi nombre.
—Ricardo. Ricardo, Ricardo, Ricardo.
Me bajó una mano a la panocha y me buscó el clítoris con los dedos mojados y me lo frotó, y ahí me desbarató. Me vine otra vez, con un grito ahogado en el colchón, apretándole la verga por dentro, chorreando sobre su mano, y él siguió dándome hasta que terminé de temblar y entonces me sacó y me volvió a dar la vuelta y me la metió otra vez de frente, porque quería verme la cara.
—Aguántame tantito —dijo, con la voz apretada—. Aguántame, mi amor, que ya me falta poquito.
—Véngase adentro —le dije, y le rodeé la cintura con las piernas—. Véngase adentro, no se salga.
—¿Segura?
—Sí, sí, véngase, por favor.
Y se vino.
Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblando, y sentí la primera descarga caliente pegarme dentro, y después la segunda, y la tercera, y él gruñendo con la cara hundida en mi cuello y el cuerpo sacudiéndose encima del mío. Me quedé con los ojos cerrados, sintiéndolo vaciarse, sintiendo cómo se me llenaba la panza de leche caliente, y fue tan rico que casi me vengo otra vez solo de sentirlo.


Se dejó caer encima, aplastándome, jadeando en mi cuello, y yo le acaricié la espalda sudada y le besé la sien. Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, con el corazón de los dos desbocado y el perro olfateando desde la puerta. Cuando por fin se movió, se salió despacio y se recostó a mi lado, y yo sentí el chorro salirse y correrme por la raja hasta la sábana.
—Ay, Dios —dijo, mirando el techo, con el pecho subiendo y bajando—. Hacía años que no.
Me reí, todavía sin aire.
—¿Se le acabó el aguante?
—Se me acabó todo —contestó, y volvió la cara y me vio, y me sonrió con una sonrisa de muchacho—. Ven acá.
Me jaló a su pecho y me abrazó. Yo puse la mejilla sobre su pecho, sobre su corazón, y él me acarició el pelo negro, largo, despeinado, y me besó la coronilla. Tenía la pierna mala estirada y la otra doblada, y la verga empezando a bajar, todavía brillante. Nos quedamos callados. Afuera cantaba un pájaro.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora nos bañamos, y después te hago de comer yo a ti, porque tú te la pasas cocinando y ya me debes una.
—No le pregunté eso.
—Ya sé qué me preguntaste. —Me apretó el hombro—. Pues ahora nada. Ahora sigues viviendo aquí y sigues cobrando y además de cuidarme te acuestas conmigo. Si te parece.
—Me parece.
—¿Segura? Porque no soy fácil, Hanna. Y estoy viejo.
—Ni está viejo —le dije, y le mordí el pecho—. Y sí, segura.
Me cargó al baño otra vez, ahora sin prisa, y me metió a la regadera con él y me lavó el pelo con sus manos grandes y me enjuagó con cuidado de que no me entrara el jabón a los ojos, y me besó el hombro, y me pasó la esponja por todo el cuerpo como yo se la había pasado a él el primer día. Yo le lavé la espalda y le lavé la verga, que se puso dura otra vez en mi mano, y él me dijo "no, déjala, si la tocas no te voy a dejar en paz", y yo le dije "pues no me deje", y me volvió a pegar a la pared de la regadera y me cogió otra vez, despacio, con el agua cayéndonos encima, con la boca en mi cuello, hasta que nos vinimos los dos casi al mismo tiempo y él se dejó resbalar por la pared y se sentó en el piso de la regadera conmigo en las piernas.
Desde esa tarde todo cambió. Ya no había miradas de reojo ni manos que se apartaban. Ahora él me jalaba al paso cuando pasaba por su lado y me daba un beso en la boca y me soltaba sin decir nada, y seguía viendo la televisión como si nada. Ahora me metía la mano por debajo de la blusa mientras yo cocinaba y me agarraba las tetas, y me las apretaba, y me pellizcaba los pezones, y me decía al oído "sigue cocinando, mi amor, no te distraigas", y yo seguía cocinando con las piernas temblando y la panocha escurriendo. Ahora dormía con él, en su cama, en vez de en el cuarto de huéspedes, y su cama olía a él y su brazo me rodeaba toda la noche.
Y su pierna mejoró, y ya caminaba sin la muleta, con la bota nada más, y podía hacer más cosas. Un día me alcanzó en la cocina mientras lavaba los trastes, con el agua corriendo y las manos llenas de espuma, y se me pegó por detrás, y me puso la mano en la panza y me la bajó despacio, y me la metió por dentro del short y del calzón, y me encontró mojada como siempre, y me dijo:
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
—¿Qué? —le pregunté, con la voz cortada.
—Que con esa cara de niña buena, eres una perra.
—Su perra —le dije.
—Mi perra —repitió, y me mordió el cuello.
Y me la metió ahí mismo, de pie, contra la tarja, con el agua corriendo y los trastes a medio lavar, y me cogió con la mano en mi garganta y la otra en mi cadera, y me habló todo el tiempo, cosas sucias, cosas que a mí me daban vergüenza y me ponían más, y yo gemía y se me caían los platos y se rompió uno y ni nos importó.
Después de eso se volvió costumbre. En la mañana me despertaba con su mano entre las piernas y él todavía dormido, o despierto y haciéndose el dormido, y a veces me dejaba tocándome y otras me subía encima y me cogía despacio, con los ojos entrecerrados, con las manos en mis caderas, y yo me movía sobre él con el pelo cayéndome en la cara, y nos veníamos así, casi sin despertar del todo, y después él me jalaba a su pecho y me decía "buenos días, mi amor", como si nada.
En la tarde, cuando volvíamos de la terapia, me encerraba con él en el cuarto y me desnudaba entera y me besaba todo el cuerpo, y me hacía cosas con la boca que me dejaban sin poder caminar. En la noche veíamos la televisión en el sillón, con él recostado y yo entre sus piernas, y él me acariciaba el pelo y a veces bajaba la mano y me metía los dedos y me hacía venirme así, calladita, con la cara en su pecho, mientras en la pantalla pasaba cualquier cosa que ninguno de los dos veía.
Aprendí su cuerpo de memoria. Aprendí que le gustaba que le mordiera el cuello, que se le ponía la piel de gallina cuando le lamía la cicatriz de la rodilla, que le encantaba que le hablara sucio aunque me diera pena, que se derretía cuando le decía "papito". Aprendí a aguantarlo entero en la boca, con los ojos llorosos, con la nariz pegada a su panza, y él me tomaba del pelo y me decía "ya, ya, mi amor, ya me estás ahogando", y me jalaba y me besaba la frente. Aprendí a pedirle que me cogiera duro, y aprendí a decirle dónde, y aprendí a venirme con su nombre en la boca.
Y aprendí también lo que era que alguien me cuidara a mí. Porque él me cuidaba. Me compró unos tenis porque los míos estaban rotos. Me llevó al doctor cuando me dio la gripa y se sentó en la sala de espera conmigo dos horas. Un día me encontró llorando en el patio porque mi mamá no tenía para sus medicinas y al otro día ya había depositado, y cuando le dije que no tenía cómo pagarle me tapó la boca con un beso y me dijo "cállate, muchachita".
Así que aquí estoy, escribiendo esto en su cama, con su camiseta puesta y el pelo todavía revuelto, mientras él duerme a mi lado con un brazo tirado sobre la almohada y la verga descansando en su muslo, enorme incluso dormida, y el perro roncando en el piso. Se supone que vine a cuidarlo por falta de dinero, y lo cuido, le cocino, le lavo la bota, le doy sus pastillas. Pero también me arrastro a su cama cada noche y abro las piernas cada que me lo pide, y me dejo coger como una perra en celo hasta quedarme sin voz, y gimo su nombre y me vengo en su verga y me quedo con su leche escurriéndome entre los muslos.
Mañana me toca la terapia otra vez. Y ya sé lo que va a pasar cuando volvamos.


Todo empezó por culpa de la renta. No de la renta sola, en realidad, sino de la cadena de desgracias que se me vino encima en tres meses y que me dejó con la cuenta en rojo y el alma en los pies. Perdí el trabajo en la boutique porque la dueña cerró sin avisar y sin pagarme la última quincena, mi mamá necesitaba sus medicamentos para la presión y yo llevaba dos semanas comiendo arroz con huevo y pidiendo prestado a la vecina. Así que cuando doña Chelo, la señora del 4B que siempre anda de metiche y de santa, me dijo que su comadre buscaba a alguien para cuidar a un familiar que se había quebrado la pierna, que pagaban bien, que era trabajo de viva en la casa, con cuarto y comida, yo dije que sí antes de que terminara de hablar.
—¿Y qué tan mayor es el señor? —le pregunté, más por pura formalidad que por otra cosa.
—Ah, pues ya está grande —me dijo, encogiéndose de hombros—. Solito vive en su casa, con su perro. Se cayó de una escalera. Necesita quien le cocine, le lave, lo acompañe a la terapia. Nada del otro mundo, mi reina.
Grande. Yo me imaginé a un viejecito encorvado, con la piel de papel y las manos temblorosas, de esos que uno baña con la esponja y le dan ternura. Me imaginé cambiándole la bata, dándole sopa, leyéndole el periódico. Me imaginé aburriéndome muchísimo, pero con la renta pagada. Por eso, cuando abrí la reja de esa casa en las afueras y toqué el timbre, iba con la cabeza llena de ese cuadro de abuelito.
La puerta se abrió y el cuadro se me hizo pedazos.
El señor no era un viejecito. Era un hombre de unos cuarenta y siete, cuarenta y ocho años, alto, con los hombros anchos de quien cargó cosas toda la vida, la piel morena tostada por el sol, la mandíbula cuadrada con una barba de tres días que le daba un aire de desvelo, y canas apenas en las sienes, lo justo para que uno supiera que ya había vivido. Tenía puesta una camiseta gris arrugada y un short deportivo, y la pierna izquierda metida en una bota ortopédica negra, apoyado en una muleta. Pero lo que me dejó sin aire fueron los ojos: un gris verdoso, quieto, que me recorrió de arriba abajo sin ninguna prisa, como quien revisa algo que ya sabe que va a comprar.
—Tú debes ser Hanna —dijo. Voz gruesa, de las que retumban en el pecho.
—Sí, señor. Buenos días. Vengo por lo del trabajo.
—Pásale. Y no me digas señor, me hace sentir viejo. Ricardo.
Entré con la mochila colgada al hombro y la sensación de que me habían metido en una casa que no era la que me habían descrito. La sala era amplia, con techo alto y un ventanal que daba al jardín, llena de libros, de herramientas, de cosas de hombre solo. Un pastor alemán viejo levantó la cabeza desde su cama y volvió a dormirse. Ricardo se dejó caer en el sillón con un gruñido y estiró la pierna mala.
—Siéntate —dijo, señalando el sillón de enfrente—. A ver, cuéntame. ¿Ya cuidaste gente antes?
—A mi abuela —contesté, y me senté con la espalda tiesa—. Le daba sus medicinas, la bañaba, la cambiaba. Y sé cocinar, sé lavar, sé planchar. Y no me da asco nada.
Él se rio, corto, con la barbilla baja.
—No me da asco nada —repitió, como saboreando la frase—. Eso está bien. Porque el mes que viene me quitan la bota y me mandan a terapia, y mientras tanto hay días en que la pierna no me sostiene ni para llegar al baño. ¿Aguantas eso?
—Aguanto.
—¿Y aguantas que te ande diciendo qué hacer a toda hora?
—Aguanto, don Ricardo.
—Ricardo, nada más.
Nos quedamos callados un momento. Él me miraba las piernas, que llevaba al aire porque hacía calor, y no hacía el menor intento de disimular. Yo me sentí desnuda con el short de mezclilla y la blusa de botones. Me subió el color a la cara y él lo notó y sonrió de lado.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
—Veintitrés —dijo, y movió la cabeza como si fuera un dato gracioso—. ¿Y vas a poder conmigo?
—Voy a poder —contesté, sin saber que esa frase iba a significar tantas cosas.
Me quedé esa misma tarde. El cuarto que me dio era el de huéspedes, junto a la cocina, con su cama tendida y su ventana al patio, y una puerta que cerraba con pestillo pero que, como aprendí después, nunca hacía falta. Me instalé, ordené mis cosas, y a la hora empecé a hacer de comer. Él se quedó en el sillón, con el perro dormido a sus pies, viendo el noticiero con el volumen bajo, y de vez en cuando me lanzaba una instrucción desde ahí, sin voltear: que si el arroz en el fuego bajo, que si la sal poquita, que si a él no le gustaba el cilantro.
Yo cociné con las orejas calientes. Sentía sus ojos en la nuca como dos dedos.
Los primeros días fueron puro trabajo. Le preparaba el desayuno, lo ayudaba a pasar de la cama a la silla, lo llevaba a la regadera con el banquito de plástico y le dejaba la ropa limpia sobre la cama, y le hacía la comida, y le daba sus pastillas a la hora exacta, y le lavaba la bota ortopédica con un cepillo. Él era de pocas palabras y de mucha orden, de los que dicen "así" y "otra vez" y "ya está" y esperan que uno entienda. A veces se ponía de malas porque le dolía la pierna y me hablaba seco, y luego, cuando se le pasaba, me decía "perdón, muchachita" y se quedaba callado un rato largo.
Pero lo que no cambiaba nunca era la mirada.
La sentía cuando me agachaba a recoger algo del piso. La sentía cuando me estiraba a alcanzar el plato hondo del estante de arriba y la blusa se me subía y se me asomaba la cintura. La sentía cuando me sentaba en el piso a acomodarle la bota y me quedaba entre sus rodillas y él respiraba hondo. Nunca decía nada. Solo miraba, y yo fingía que no me daba cuenta, y me iba a la cocina con el estómago apretado y las manos temblando.
La primera vez que lo vi casi todo fue a los cinco días. Le tocaba baño y él me dijo que ya podía solo, pero que si se resbalaba me iba a llamar. Se metió al baño y yo me quedé afuera, en el pasillo, sentada contra la pared, escuchando el agua. Y de pronto se oyó un golpe seco, y un "¡ay, joder!" ahogado, y yo entré sin tocar.
Estaba sentado en el banquito, empapado, con el jabón en el piso y la cortina corrida a medias. Y desnudo. Completamente desnudo. Lo primero que vi fue la pierna, que ya tenía un moretón nuevo, y después, sin querer, bajé los ojos y ahí estaba.
Tenía una verga enorme. Flácida, todavía, y ya era enorme: gruesa, pesada, colgando entre sus muslos con la cabeza enorme asomándose entre el vello negro, y los huevos grandes y bajos como dos piedras. Yo me quedé plantada en el marco de la puerta como una tonta, con la boca abierta, y él levantó la cara con el pelo mojado pegado a la frente y me cachó mirando.
—¿Vas a ayudarme o te vas a quedar ahí de adorno? —dijo, y se rio con la voz ronca.
Le puse el brazo alrededor de la cintura y lo ayudé a levantarse. Su piel estaba caliente y resbalosa, y olía a jabón de coco y a hombre. Le pasé la toalla por la espalda y por los costados, y cuando llegué a la cintura me dijo "sigue" y yo seguí, y le sequé las nalgas duras y los muslos y después, con el corazón en la boca, le pasé la toalla por la verga. Él la movió apenas, se la acomodé con la tela, y la sentí despertar, engrosarse, subir. Cuando terminé ya no estaba flácida. Estaba medio tiesa, apuntando hacia arriba, y él no hizo nada por taparla.
—Ya —dijo, nada más. "Ya".
Esa noche me encerré en mi cuarto con pestillo y me metí la mano a los pocos minutos. Estaba empapada desde el baño, con la tanga mojada y pegado a la raja, y me toqué pensando en el peso de eso en la palma, en cómo sería tenerla en la boca, en cómo se sentiría abriéndome. Me vine rápido, con la cara hundida en la almohada y los muslos apretados, y después me quedé boca arriba en la oscuridad, respirando, pensando: "es mi jefe, Hanna, es mi jefe, tranquilízate". Pero mi cuerpo ya había tomado la decisión por mí.
Al día siguiente empecé a arreglarme distinto. Me pinté un poco los ojos. Me puse la blusa más delgada. Me solté el cabello negro en vez de amarrármelo, y se me venía encima de la cara y me lo soplaba, y él me miraba hacerlo. Empecé a usar el short corto, ese que se me sube a la orilla del culo cuando me agacho, y él empezó a mandarme a agacharme por cosas que ni hacían falta: el control del televisor, la pluma que se le cayó, el perro que se le acercó a los pies.


—Hanna, recoge eso.
—Hanna, alcanza el otro cojín.
—Hanna, ¿por qué andas tan compuesta? ¿Vas a salir?
—No, don Ricardo. Es que hace calor.
—Ajá. Calor.
Una semana después, cuando ya se podía mover con la muleta hasta la cocina, se me ocurrió decirle que le diera un masaje en la pierna buena para que no se le acalambrara de tanto cargar el peso. Él me dijo que sí, y se recostó en el sillón con la pierna estirada sobre el descansabrazos, y yo me senté en el borde, con el aceite en las manos, y empecé a sobarle el muslo desde la rodilla hacia arriba. Tenía el muslo duro como piedra, caliente, con el vello áspero bajo la palma. Le apretaba con el pulgar y le iba subiendo, y le iba subiendo, y el short se le estiraba y se le marcaba el bulto.
—Más arriba —me dijo, con los ojos cerrados.
Le subí las manos hasta la orilla del short. Se le estaba poniendo dura debajo de la tela, y se le notaba, y el bulto se le iba hacia el lado. Yo apretaba y él respiraba por la nariz, hondo, y en un momento se le escapó un sonido bajo, casi un gruñido, y abrió los ojos y me vio con una fijeza que me dejó las manos heladas.
—¿Te digo algo? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Que llevo diez días aguantándome las ganas de cogerte y ya me está costando.
Se me cerró la garganta. Le dije, con la voz más chiquita que tengo:
—Pues no se aguante.
Y él se rio, se incorporó, me tomó de la nuca con una mano enorme y me plantó un beso que no fue de abuelito ni de jefe: fue un beso abierto, mojado, con la lengua metiéndose en mi boca sin pedir permiso, con los labios mordiéndome el labio de abajo. Me quedé dura un segundo, con las manos en el aire, y después se me vino todo encima y le puse las manos en el pecho y le devolví el beso, y él me jaló hacia su cuerpo y me apretó contra él y sentí su verga dura pegada a mi cadera, gruesa, larga, palpitando a través de dos telas.
Nos separamos sin aire. Tenía la boca hinchada y la cara ardiendo.
—¿Segura? —me preguntó. Me tomó la barbilla con dos dedos.
—Segura.
Se recargó en el sillón y se bajó el short. Se la sacó con la mano, y a la luz del día, viéndola entera y parada, me di cuenta de que la del baño no había sido nada. Era desproporcionada: se le paraba hacia arriba, dura como un tubo, con las venas marcadas en la piel tirante y la cabeza ancha, gorda, brillante, asomándose por el prepucio. Los huevos le colgaban pesados, llenos. Se la acarició de arriba abajo, sin prisa, mirándome.
—Ven acá —dijo.
Me puse de rodillas en el piso, entre su pierna buena y la bota ortopédica, y me incliné. Olía a él, a sudor limpio y a jabón. Le pasé la lengua por la punta y él soltó el aire de golpe, y me tomó el pelo con la mano. La cabeza era suave y caliente, y le salía una gota salada que me unté en los labios. Abrí la boca y me la metí, y no me cabía: se me estiró la mandíbula de inmediato, se me llenó la boca de verga y de saliva, y tuve que sacarla un poco para no ahogarme. Él me guió con la mano en la nuca, sin empujar todavía, dejándome tomar el ritmo.




—Así, mi amor —dijo, con la voz rota—. Así, despacio. Toda la lengua.
Yo lo chupé como pude, bajando lo más que aguantaba, con la mano apretándole la base, con la otra en el muslo. Se me salía la saliva por la comisura y me corría por la barbilla hasta el cuello. Él empezó a moverse, a empujar suave, y a cada empujón se me metía más y me daba arcadas y yo aguantaba, y él decía "eso, eso, qué rica la tienes, mi amor, qué rica la boquita", y me apretaba el pelo y me lo jalaba, y yo me sentía usada y me encantaba, me escurría entre las piernas, me dolía de estar tan mojada y tan apretada en el calzón.
—Ya —dijo de pronto, y me jaló de los hombros—. Ya me voy a venir y no quiero que sea así.
Me levantó del piso como si pesara nada y me sentó en la mesa de la cocina. Me bajó el short de un tirón, con la tanga junto, y me los sacó por los pies y los tiró lejos. Me abrió las piernas con las manos en las rodillas y se quedó viéndome la panocha, abierta y escurriendo, y se relamió.
—Ay, Hanna, Hanna —dijo—. Qué cosa tan bonita.
Y se agachó y me la puso en la boca.
Me lamió de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga, con la lengua ancha, y yo arqueé la espalda y solté un gemido que se oyó en toda la casa. Se me metió la lengua y me chupó el clítoris y me lo mordisqueó, y yo le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra mí y moví la cadera sin vergüenza, restregándome en su boca. Él metió los dedos, dos de golpe, y me los hundió y me los movió dentro, buscándome, y cuando encontró el punto me puse a temblar de arriba abajo y se me nubló la vista. Me chupaba y me dedeaba y me hacía sonidos húmedos y gruñía contra mi piel, y yo ya no sabía ni dónde estaba, solo sentía la boca y los dedos y el calor subiéndome desde los pies.
—Ya, ya, ya me voy a venir —le dije, con la voz aguda—, ya, Ricardo, ya.
Y me vine en su boca, con un gemido largo que se me rompió en la garganta, apretándole la cabeza con los muslos, temblando y chorreando. Él no se quitó. Me siguió chupando mientras me daba el espasmo, más suave, hasta que me quejé de lo sensible y entonces levantó la cara, con la barbilla brillante, y se lamió los labios.
—Sabe a ti —dijo—. Sabe delicioso.
Me quedé sentada en la mesa, desparramada, con las piernas abiertas y el pecho subiendo y bajando. Él se puso de pie, se acomodó la bota, y se acercó. Se la agarró con la mano y me restregó la cabeza por la raja, de arriba abajo, mojándola en mi jugo, y se detuvo en la entrada. Yo levanté la cara y lo vi. Tenía el pelo revuelto y los ojos negros.
—¿Segura? —volvió a preguntar.
—Métemela —le dije.
Y me la metió.
Fue despacio porque no cabía. Sentí la punta forzando, estirándome, y después el grosor entrando centímetro a centímetro, abriéndome, ardiendo, y yo me agarré de sus brazos y clavé las uñas y me salió un gemido largo y agudo de puro asombro. Se detuvo a la mitad, con la frente pegada a la mía, respirando fuerte.
—¿Te duele?
—No, no —jadeé—. Sigue. Sigue, por favor.
Me metió el resto y sentí que me llegaba hasta el fondo, hasta un lugar que no sabía que tenía, y me quedé sin aire, con los ojos abiertos, sintiéndolo entero dentro de mí, palpitando. Él se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar, con las manos en mi cadera, y después empezó a moverse.


Y qué manera de moverse. Lento primero, jalándome y hundiéndose, y cada vez que entraba se me sacaba el aire de los pulmones. La mesa se arrastraba con cada empujón y chirriaba contra el piso. Yo lo tomé de la nuca y lo besé, y él me besó de vuelta, y después me jaló del pelo y me echó la cabeza hacia atrás y me habló a la boca:
—Qué apretadita estás, mi amor. Qué rica te sientes. Toda apretadita para mí.
—Sí —le dije, sin pudor ninguno—. Sí, toda para usted.
—Para mí.
—Para usted, Ricardo, para usted.
Me levantó de la mesa sin sacármela, con las manos bajo mis nalgas, y yo le pasé las piernas por la cintura y me colgué del cuello, y él caminó así, empujándome en el aire con cada paso, hacia el cuarto. Yo iba gimiendo en su hombro, mordiéndole la camiseta, sintiendo la verga moviéndose dentro con el vaivén de sus pasos. Me tiró en mi propia cama, con la puerta abierta y el perro asomado desde el pasillo, y se me encimó y me la volvió a meter hasta el fondo.
Ahí ya fue otra cosa. Ahí ya no hubo nada de suave. Me cogió duro, con todo el peso encima, con la cadera golpeando la mía, y cada empujón me sacaba un grito. La cama brincaba. La cabecera golpeaba la pared. Yo le clavaba las uñas en la espalda y le mordía el hombro y le decía cosas que ni sabía que decía, "más, más, no pare, no pare, así, así", y él me respondía "toma, toma, toda, toda para ti", con la voz ronca y la frente sudada.
Me dio la vuelta de un jalón, me puso boca abajo, y me levantó la cadera. Me la metió por detrás y me la hundió hasta los huevos, y yo me agarré de la sábana con las dos manos y la mordí. Ahí sentí todo distinto, más hondo, más ancho, y me puse a temblar y a gemir contra el colchón. Él se inclinó sobre mi espalda y me tomó las dos tetas por debajo, apretándomelas, pellizcándome los pezones, y me habló al oído con la boca pegada:



—Mírate. Con esa carita de niña buena y mira cómo estás. Toda abierta para mí.
—Sí —gemí.
—Dime quién te la está metiendo.
—Usted.
—Dime mi nombre.
—Ricardo. Ricardo, Ricardo, Ricardo.
Me bajó una mano a la panocha y me buscó el clítoris con los dedos mojados y me lo frotó, y ahí me desbarató. Me vine otra vez, con un grito ahogado en el colchón, apretándole la verga por dentro, chorreando sobre su mano, y él siguió dándome hasta que terminé de temblar y entonces me sacó y me volvió a dar la vuelta y me la metió otra vez de frente, porque quería verme la cara.
—Aguántame tantito —dijo, con la voz apretada—. Aguántame, mi amor, que ya me falta poquito.
—Véngase adentro —le dije, y le rodeé la cintura con las piernas—. Véngase adentro, no se salga.
—¿Segura?
—Sí, sí, véngase, por favor.
Y se vino.
Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí, temblando, y sentí la primera descarga caliente pegarme dentro, y después la segunda, y la tercera, y él gruñendo con la cara hundida en mi cuello y el cuerpo sacudiéndose encima del mío. Me quedé con los ojos cerrados, sintiéndolo vaciarse, sintiendo cómo se me llenaba la panza de leche caliente, y fue tan rico que casi me vengo otra vez solo de sentirlo.


Se dejó caer encima, aplastándome, jadeando en mi cuello, y yo le acaricié la espalda sudada y le besé la sien. Nos quedamos así un rato largo, sin hablar, con el corazón de los dos desbocado y el perro olfateando desde la puerta. Cuando por fin se movió, se salió despacio y se recostó a mi lado, y yo sentí el chorro salirse y correrme por la raja hasta la sábana.
—Ay, Dios —dijo, mirando el techo, con el pecho subiendo y bajando—. Hacía años que no.
Me reí, todavía sin aire.
—¿Se le acabó el aguante?
—Se me acabó todo —contestó, y volvió la cara y me vio, y me sonrió con una sonrisa de muchacho—. Ven acá.
Me jaló a su pecho y me abrazó. Yo puse la mejilla sobre su pecho, sobre su corazón, y él me acarició el pelo negro, largo, despeinado, y me besó la coronilla. Tenía la pierna mala estirada y la otra doblada, y la verga empezando a bajar, todavía brillante. Nos quedamos callados. Afuera cantaba un pájaro.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora nos bañamos, y después te hago de comer yo a ti, porque tú te la pasas cocinando y ya me debes una.
—No le pregunté eso.
—Ya sé qué me preguntaste. —Me apretó el hombro—. Pues ahora nada. Ahora sigues viviendo aquí y sigues cobrando y además de cuidarme te acuestas conmigo. Si te parece.
—Me parece.
—¿Segura? Porque no soy fácil, Hanna. Y estoy viejo.
—Ni está viejo —le dije, y le mordí el pecho—. Y sí, segura.
Me cargó al baño otra vez, ahora sin prisa, y me metió a la regadera con él y me lavó el pelo con sus manos grandes y me enjuagó con cuidado de que no me entrara el jabón a los ojos, y me besó el hombro, y me pasó la esponja por todo el cuerpo como yo se la había pasado a él el primer día. Yo le lavé la espalda y le lavé la verga, que se puso dura otra vez en mi mano, y él me dijo "no, déjala, si la tocas no te voy a dejar en paz", y yo le dije "pues no me deje", y me volvió a pegar a la pared de la regadera y me cogió otra vez, despacio, con el agua cayéndonos encima, con la boca en mi cuello, hasta que nos vinimos los dos casi al mismo tiempo y él se dejó resbalar por la pared y se sentó en el piso de la regadera conmigo en las piernas.
Desde esa tarde todo cambió. Ya no había miradas de reojo ni manos que se apartaban. Ahora él me jalaba al paso cuando pasaba por su lado y me daba un beso en la boca y me soltaba sin decir nada, y seguía viendo la televisión como si nada. Ahora me metía la mano por debajo de la blusa mientras yo cocinaba y me agarraba las tetas, y me las apretaba, y me pellizcaba los pezones, y me decía al oído "sigue cocinando, mi amor, no te distraigas", y yo seguía cocinando con las piernas temblando y la panocha escurriendo. Ahora dormía con él, en su cama, en vez de en el cuarto de huéspedes, y su cama olía a él y su brazo me rodeaba toda la noche.
Y su pierna mejoró, y ya caminaba sin la muleta, con la bota nada más, y podía hacer más cosas. Un día me alcanzó en la cocina mientras lavaba los trastes, con el agua corriendo y las manos llenas de espuma, y se me pegó por detrás, y me puso la mano en la panza y me la bajó despacio, y me la metió por dentro del short y del calzón, y me encontró mojada como siempre, y me dijo:
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?
—¿Qué? —le pregunté, con la voz cortada.
—Que con esa cara de niña buena, eres una perra.
—Su perra —le dije.
—Mi perra —repitió, y me mordió el cuello.
Y me la metió ahí mismo, de pie, contra la tarja, con el agua corriendo y los trastes a medio lavar, y me cogió con la mano en mi garganta y la otra en mi cadera, y me habló todo el tiempo, cosas sucias, cosas que a mí me daban vergüenza y me ponían más, y yo gemía y se me caían los platos y se rompió uno y ni nos importó.
Después de eso se volvió costumbre. En la mañana me despertaba con su mano entre las piernas y él todavía dormido, o despierto y haciéndose el dormido, y a veces me dejaba tocándome y otras me subía encima y me cogía despacio, con los ojos entrecerrados, con las manos en mis caderas, y yo me movía sobre él con el pelo cayéndome en la cara, y nos veníamos así, casi sin despertar del todo, y después él me jalaba a su pecho y me decía "buenos días, mi amor", como si nada.
En la tarde, cuando volvíamos de la terapia, me encerraba con él en el cuarto y me desnudaba entera y me besaba todo el cuerpo, y me hacía cosas con la boca que me dejaban sin poder caminar. En la noche veíamos la televisión en el sillón, con él recostado y yo entre sus piernas, y él me acariciaba el pelo y a veces bajaba la mano y me metía los dedos y me hacía venirme así, calladita, con la cara en su pecho, mientras en la pantalla pasaba cualquier cosa que ninguno de los dos veía.
Aprendí su cuerpo de memoria. Aprendí que le gustaba que le mordiera el cuello, que se le ponía la piel de gallina cuando le lamía la cicatriz de la rodilla, que le encantaba que le hablara sucio aunque me diera pena, que se derretía cuando le decía "papito". Aprendí a aguantarlo entero en la boca, con los ojos llorosos, con la nariz pegada a su panza, y él me tomaba del pelo y me decía "ya, ya, mi amor, ya me estás ahogando", y me jalaba y me besaba la frente. Aprendí a pedirle que me cogiera duro, y aprendí a decirle dónde, y aprendí a venirme con su nombre en la boca.
Y aprendí también lo que era que alguien me cuidara a mí. Porque él me cuidaba. Me compró unos tenis porque los míos estaban rotos. Me llevó al doctor cuando me dio la gripa y se sentó en la sala de espera conmigo dos horas. Un día me encontró llorando en el patio porque mi mamá no tenía para sus medicinas y al otro día ya había depositado, y cuando le dije que no tenía cómo pagarle me tapó la boca con un beso y me dijo "cállate, muchachita".
Así que aquí estoy, escribiendo esto en su cama, con su camiseta puesta y el pelo todavía revuelto, mientras él duerme a mi lado con un brazo tirado sobre la almohada y la verga descansando en su muslo, enorme incluso dormida, y el perro roncando en el piso. Se supone que vine a cuidarlo por falta de dinero, y lo cuido, le cocino, le lavo la bota, le doy sus pastillas. Pero también me arrastro a su cama cada noche y abro las piernas cada que me lo pide, y me dejo coger como una perra en celo hasta quedarme sin voz, y gimo su nombre y me vengo en su verga y me quedo con su leche escurriéndome entre los muslos.
Mañana me toca la terapia otra vez. Y ya sé lo que va a pasar cuando volvamos.
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