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En casa de mis tíos 2

De inmediato, se dejaron ir sobre de mi como bestias, y pude sentir sus manos fuertes y toscas palpando mis muslos, rozando mis nalgas, mi piel erizándose bajo sus caricias. Una mano se atrevió a deslizarse hasta mis senos, pellizcando mis pezones rosados con hambre, haciendo que un gemido involuntario escapara de mis labios.

—Aaayyyy síii —susurré, arqueando la espalda, sintiendo la presión crecer.

El albañil barbón fue el primero en bajar la mirada hacia mis orificios, explorando con la lengua mi vulva y luego mi ano, probándome, mojándome con su boca voraz. Su lengua se movía experta, mezclando el dulce sabor de mi piel con su propio aliento caliente, mientras yo me entregaba entre sus dedos y su boca, gimiendo sin control, me gustaba aunque no había pensado en que 4 vergas estaban a punto de prnetrarme y nunca lo había hecho con más de 1 a la vez.

Los otros tres me rodeaban, sus manos hambrientas buscando cada rincón de mi cuerpo, sus respiraciones pesadas y jadeos a mi alrededor aumentando la tensión en el aire.
Cuando el momento llegó, el albañil alto —el más fuerte y fornido de los cuatro— me tomó con decisión y fuerza. Me condujo hacia el lavadero de cemento, un poco bajito, perfecto para lo que tenía en mente. Me incliné con delicadeza, apoyando mis brazos y pecho en el borde frío y áspero, arqueando mi espalda para que mis nalgas se levantaran hacia el cielo, firmes y suaves, expuestas, invitándolo.

Él me agarró de las caderas con manos firmes, apretándome contra el lavadero mientras sus dedos se hundían en mi piel. Me jaló del cabello con fuerza, haciendo que girara la cabeza hacia atrás para mostrarle mi cuello y mi cara llena de deseo.

—Aaayyyy, que rico, más fuerte —gemí con voz temblorosa y jadeante—. Síii, así, no pares.

Su polla dura buscó mi entrada con hambre, y con un empuje decidido penetró mi vagina, haciendo que mis labios vaginales se abrieran para recibirlo, cálidos y húmedos, lubricados por mi deseo, tenía muy buena verga. El contraste del frío cemento contra mi piel y el calor de su cuerpo crearon una mezcla exquisita que me hacía temblar y más con esa vergota que combinaba con mi culote.
En casa de mis tíos 2

Cada embestida fue un vaivén fuerte, rápido y constante. Su cuerpo golpeaba el mío con potencia, sus manos apretando mis caderas para hundirse más profundo. Sentí cómo sus movimientos arrancaban gemidos profundos de mi garganta, mi cuerpo respondía temblando y arqueándose, entregado al placer brutal y absoluto.

—Aaauuu, sí, más, así —jadeaba, aferrándome al borde del lavadero mientras sus uñas clavaban un poco en mi piel—. Uffff, que rico, ufff, no pares, me vuelves loca.

Su ritmo era salvaje, un martilleo constante que golpeaba mi placer y mi resistencia. Me jalaba del cabello con fuerza, tirando de mí hacia atrás mientras me penetraba sin piedad, obligándome a mostrarle mi entrega total. Mi piel se erizaba, mis pezones se ponían duros, y mi vagina se apretaba alrededor de él, succionándolo con cada empuje.
Los fluidos que nos unían brillaban bajo el sol, mezclando su sudor con mi humedad, el sonido húmedo de nuestra unión resonando en el silencio del patio. Cada embestida era un golpe directo a mi placer, un choque intenso entre dos cuerpos que se consumían en deseo.

—Aaayyy, mmm sí, ufff, más fuerte, más profundo —jadeé, perdiendo el control, temblando, sintiendo el clímax acercarse con fuerza.

Su cuerpo se tensó, y con un gruñido de aviso, aceleró aún más, llevándome al borde de la locura. Me dejé caer más sobre el lavadero, abierta y vulnerable, mientras su semen caliente llenaba mi interior, inundándome con su calor y su esencia.

—Aaayyy, síii —susurré con voz entrecortada, sintiendo cómo su calor me envolvía—. Gracias... ufff.

Cuando terminó, me soltó con cuidado pero firmeza, dejándome temblando, apoyada en el lavadero con las piernas aún abiertas y el cuerpo henchido de placer y satisfacción mientras su semen escurría por mi vagina bajando por mis piernas. Miré hacia atrás, jadeando, esperando el siguiente, mi cuerpo aún palpitando por el deseo, lista para lo que siguiera.
El albañil bajito, se acercó con una determinación que hizo que mi piel se erizara de inmediato. Sin perder tiempo, tomó mis caderas con firmeza, elevándome un poco para que mis nalgas quedaran aún más expuestas, abiertas, ofreciéndole sin resistencia mi vagina, ese lugar que solo él iba a habitar ahora.

—Vamos, muéstrame lo mucho que te gusta —susurró con voz grave y cargada de deseo justo detrás de mí.

Incliné mi cuerpo sobre el lavadero, apoyando mis brazos y pecho contra el frío cemento, mientras él se colocaba detrás. Sentí cómo su mano me jalaba del cabello, apretando con fuerza, mientras su miembro comenzaba a rozar mi entrada vaginal, húmeda y lista para recibirlo.

Con un empuje firme y decidido, su pene entró en mi vagina, lento al principio, explorando, acomodándose dentro de mí, despertando cada fibra de mi cuerpo. El roce de su piel contra la mía, la humedad que nos unía, el aroma y el calor hicieron que mis gemidos escaparan casi sin control.
—Aaayyy síii —gemía mientras él comenzaba a moverse con un ritmo firme y profundo, llenando mi vagina con cada embestida— mmmm qué rico —susurraba entre jadeos, sintiendo cómo su cuerpo golpeaba el mío, sus manos apretando mis caderas, guiándome en cada vaivén.

Sus embestidas eran constantes y potentes, el vaivén perfecto para hacer vibrar mi vagina, para que cada roce dentro de mí se convirtiera en fuego puro. Sentí cómo la lubricación natural facilitaba cada movimiento, cada entrada y salida que me hacía retorcer de placer y soltar gemidos incontrolables.

—Aaauuu sigue así —jadeé mientras él aumentaba el ritmo, empujando más profundo— uffff me vuelves loca —mis dedos se aferraban al borde del lavadero, mi cuerpo entregado a ese placer vaginal intenso, absoluto.

El albañil no soltaba ni un segundo la firmeza en mis caderas ni el tirón de mi cabello, lo que hacía que cada embestida fuera aún más salvaje y excitante. Yo me movía con él, dejando que su ritmo me llevara, que cada golpe dentro de mi vagina me consumiera de deseo y fuego.

—Aaayyy que rico me coges —gemía con la voz rota mientras sentía que el clímax se acercaba— mmmm síii —cada movimiento suyo dentro de mi vagina era un latido de pura pasión.
Cuando finalmente jadeó un aviso, me arrodillé para recibir su semen, saboreando la dulzura salada en mi boca, un cierre perfecto para ese intenso y delicioso turno vaginal que acababa de regalarme.

El albañil el barbón, llegó con una sonrisa pícara que me hizo estremecer desde el primer instante. Sin perder tiempo me acercó a la pila con esa fuerza que solo sus músculos curtidos por el trabajo podían dar.

—Prepárate que esta vez te voy a hacer sentir como nunca —dijo mientras sus ojos brillaban con deseo.

Me incliné sobre el lavadero con mis brazos y pecho apoyados, mis piernas abiertas, nalgas elevadas y listas para que él me tomara, sintiendo cómo su mano firme se posaba en mi cadera para sostenerme.

Con delicadeza pero con la certeza de un hombre que sabe lo que quiere, me jaló el cabello hacia atrás y me susurró al oído:

—Te voy a llenar hasta el fondo mi reina al fin ya la tienes llena y tu carita también.
Su pene comenzó a rozar mi vagina, húmeda y preparada por los embates anteriores, y con un movimiento lento y decidido penetró suavemente. Sentí cómo llenaba mi vagina, cómo cada centímetro de su cuerpo entraba en mí, mientras un gemido profundo escapaba de mis labios.

—Aaayyyy síii mmm —susurraba mientras él comenzaba a moverse con un ritmo firme y constante, profundo, que hacía que mi vagina se apretara y se abriera a su vez para recibirlo mejor.

Cada embestida era un vaivén entre dulce y salvaje, sus manos firmes apretaban mis caderas mientras sus golpes dentro de mi vagina eran cada vez más intensos, acelerados, haciéndome perder el control.

—Uffff aaauuu que rico —jadeaba entre gemidos mientras sentía la lubricación natural que facilitaba cada movimiento, el roce húmedo y cálido que nos unía, ese contacto que me hacía explotar en placer.

El barbón no dejaba de morder suavemente mi cuello mientras sus embestidas penetraban mi vagina con fuerza y pasión, yo me movía con él, entregada a la sensación, dejándome llevar por ese placer salvaje que nos consumía.
—Aaayyy sigue así —jadeé con voz rota— mmm síii aaauuu —cada embestida dentro de mi vagina me llevaba más cerca del éxtasis, mientras sus manos firmes se aferraban a mis caderas para guiarme en ese baile íntimo.

Cuando sentí que el clímax se aproximaba, me aferré con fuerza al lavadero y solté un último gemido potente, mientras él seguía empujando dentro de mi vagina, lento y profundo, hasta llegar a su propio clímax, derramándose dentro de mí.

—Aaayyyy ya me tienes toda —susurró entre jadeos mientras sus movimientos se ralentizaban, y yo me quedé temblando, completamente satisfecha.

El otro albañil apareció con una presencia imponente, su gran tatuaje en el pecho era lo primero que llamaba la atención, esa mezcla de fuerza y misterio que me hizo estremecer apenas me miró. Sin perder un segundo, me acercó otra vez al lavadero donde seguía apoyada, piernas abiertas y nalgas levantadas, con mi vagina escurriendo de semen de dos machos y mis nalgas listas para ser tomada.

—Esta vez vas a sentir algo diferente —me dijo con voz grave mientras sus manos fuertes agarraban mis caderas con firmeza.
Me incliné aún más, dejando que mis brazos se apoyaran bien en el borde del lavadero, sintiendo el frío del cemento contra mi piel caliente, mientras él me jalaba suavemente del cabello hacia atrás para mantener mi cabeza erguida y atenta a cada movimiento suyo.

Su pene comenzó a acariciar la entrada de mi vagina, que ya estaba sensible y húmeda por todo lo que había pasado antes. Con lentitud, pero sin dudarlo, me penetró de nuevo, llenándome con ese volumen y fuerza que solo él tenía.

—Aaayyyy síii —gemí mientras sentía cómo su cuerpo se unía al mío por completo, cada embestida profunda y firme hacía que mi vagina se apretara y se abriera para recibirlo mejor.

El ritmo que marcaba era diferente, una mezcla de potencia y control que me hacía perder la noción del tiempo, sus manos me apretaban las caderas, guiando cada movimiento mientras yo respondía con suaves jadeos y gemidos:

—Mmm aaayyy que rico —decía mientras él aceleraba, cada penetración dentro de mi vagina era una ola de placer que me llevaba más y más lejos.

El tatuaje en su pecho parecía cobrar vida con cada golpe que daba, y yo me entregaba por completo, sintiendo la lubricación natural que hacía todo más suave y delicioso, el roce húmedo que me hacía temblar.
—Aaayyyy sigue así —susurré sin poder contener más mi excitación— uffff mmm síii aaauuu —cada embestida profunda en mi vagina me hacía explotar en placer, mientras sus manos seguían firmes en mis caderas, dominando nuestro ritmo.

Cuando el clímax se acercó, me aferré al lavadero y solté un último gemido profundo, mientras él seguía dentro de mí con movimientos lentos y largos hasta que se derramó adentro de mi vagina, llenándome con su calor.

—Aaayyy ya estás toda mía —murmuró jadeando, mientras nos quedamos temblando, enlazados en ese instante perfecto.

Cuando los albañiles ya empezaban a subirse los pantalones para vestirse, les solté una sonrisa pícara y les dije —¿Eso fue todo? Qué poquito me duraron—. Los miré directo a los ojos sintiendo cómo se encendía el fuego entre nosotros.

Ellos me respondieron con risas bajas y miradas hambrientas —¿Quieres más? — me preguntaron casi al unísono, la tensión creció al instante.

Sin pensarlo, les dije con voz firme y provocadora —Y qué acaso no me van a dar anal?—. En mi mente sabía que estaba lista para eso, después de todo, ya me había hecho mi limpieza y hasta lubricante me había puesto para que todo fuera perfecto y sin dolor y quería que me cogieran entre los 4.

Me coloqué frente al lavadero con las piernas abiertas, apoyando el torso con mis brazos y pecho, dejando mis nalgas alzadas hacia el cielo en la posición perfecta para lo que estaba por venir. Sentí cómo el albañil más alto se acercaba, la respiración pesada, la mano firme jalando suavemente de mi cabello para sostenerme, mientras su otra mano sujetaba mi cintura con determinación.
Entonces, sentí la punta de su verga caliente y gruesa rozando mi delicado ano ya lubricado. Se detuvo un instante para darme tiempo a acostumbrarme al contacto y entonces, de un empujón fuerte y decidido, me penetró profundo. Un gemido desgarrador, mezcla de dolor y placer, escapó de mi garganta —Aaayyyy ufff síiii aaayyyy—.

Su miembro me llenaba completamente, cada centímetro entrando en mí con fuerza y firmeza, arrancándome jadeos y suspiros ahogados. Sentía cómo mi ano se tensaban y luego cedía lentamente mientras él me poseía sin piedad, era demasiado grueso que mi ano sufrió.

Empezó a moverse en un ritmo frenético de embestidas, profundas y rápidas, golpeando mi ano con intensidad, haciendo que mi cuerpo chocara contra el borde del lavadero con cada impulso. Su mano seguía en mi cabello, tirando de él mientras sus labios susurraban en mi oído con voz grave —Así te quiero, puta y entregada que culona estás—

Mi cuerpo respondía a cada movimiento con gemidos entrecortados —Aaahhh mmm sí sí sí aaay que rico— mientras la mezcla de dolor y placer me consumía, aumentando mi excitación. La lubricación hacía que cada embestida fuera un vaivén delicioso, húmedo y salvaje, con fluidos mezclándose, sonidos de piel contra piel y el roce fuerte contra el lavadero.
Cinco minutos de sexo anal frenético, un ir y venir que me hacía temblar, vibrar, perder la noción del tiempo y el espacio. Mis piernas abiertas, mis nalgas alzadas, el calor abrasador y la furia de sus embestidas me llevaban a un clímax inminente.

Finalmente, él bajó la intensidad, suavizando sus movimientos mientras me besaba el cuello, susurrando palabras que solo aumentaban mi deseo —Eres mía, nadie más podrá darte así—. Se retiró lentamente, dejándome temblando y con el cuerpo ardiendo, lista para lo que siguiera.

Cuando el albañil alto, terminó y se apartó para recomponerse, el albañil bajito se acercó con una sonrisa pícara y mirada llena de deseo. Aún sentía el calor dentro de mí, la piel sensible y mis nalgas alzadas, listas para más.

—¿Quieres que te dé más, hermosa? —me preguntó mientras sus manos fuertes me agarraban suavemente por las caderas, acercándome aún más al lavadero.

—Claro que sí —le respondí con voz baja y seductora—. Y no se te olvide que quiero sentirlo por aquí —dije señalando mi ano, recordando lo lista que estaba, lubricada y preparada para recibirlo.
Me sostuvo firme y acarició mi espalda, bajando su mano hasta mis nalgas para acomodarlas mejor, mientras su otra mano seguía jalando mi cabello, obligándome a mantener la cabeza baja y la mirada fija en el lavadero.

Sentí el contacto frío al principio de la punta de su verga contra mi ano, luego el calor abrazador que me llenaba con solo rozar la piel. Me dio un momento para prepararme, y después, sin aviso, de un empujón fuerte me penetró profundamente.

Un gemido escapó de mis labios —Aaayyyy mmm síii aaayyyy uuffff— mientras él comenzaba a embestirme con un ritmo firme pero menos violento que el primero, sus movimientos eran controlados pero intensos, buscando darme placer y hacerlo durar.

Cada empuje hacía que mis nalgas chocaran con el borde del lavadero con un sonido húmedo, la lubricación haciendo todo suave y resbaladizo. Sus manos se aferraban a mis caderas con fuerza, tirando y empujando para que me abriera más y él entrara más profundo.

—Eres tan deliciosa así —susurró en mi oído mientras sus embestidas seguían—. Quiero que sientas cada parte de mí dentro de ti.

—Aaahh sí sí sí —contesté con voz jadeante, sintiendo cómo el placer crecía con cada movimiento—. Que rico, no pares —añadí, hundiendo las uñas en el lavadero para sostenerme.
Cinco minutos de un ir y venir apasionado, mi cuerpo temblando, los músculos del ano dándome una mezcla de dolor y placer exquisito, los gemidos llenando el aire mientras él me poseía con firmeza y deseo.

Al final, bajó la intensidad, susurrando en mi cuello —Eres mía, nadie más te va a tratar así— mientras se retiraba dejando mi cuerpo vibrando y esperando al siguiente.

Justo cuando el albañil bajito, se apartaba aún jadeante, el albañil barbón apareció con esa sonrisa traviesa y ojos llenos de fuego que me hacían temblar de anticipación. No perdí tiempo en decirle lo que quería.

—¿Y tú qué esperas para darme más cariño? —le dije mientras me mantenía inclinada en el lavadero con las nalgas bien alzadas, sintiendo la humedad de la penetración anterior aún caliente en mi ano su semen corriendo por mi vagina y mi culito y mi ano muy abierto.

Él me tomó de la cintura y con un tirón suave me obligó a arquear aún más la espalda, mientras con la otra mano acariciaba mi cuello y tiraba de mi cabello con cariño salvaje.

Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano, esa mezcla de frío y calor, y justo antes de que comenzara, él me miró directo a los ojos y dijo:

—Prepárate para sentir lo que nadie más te ha dado —y sin más, de un empujón fuerte y decidido entró profundamente en mí.
—Aaayyy mmm síiii uufff aaauuu —salió de mis labios mientras sus embestidas comenzaban con un ritmo fuerte y constante que me hacía vibrar todo el cuerpo.

Sus manos agarraban firmes mis caderas mientras sus caderas chocaban con las mías en un vaivén perfecto, llenando el lavadero con el sonido húmedo de nuestra piel y el roce de sus movimientos.

Sentía cada centímetro suyo dentro de mí, cada embestida un placer brutal, mis músculos anales cediendo poco a poco para recibirlo con ansias y deseo.

—Eres fuego en este lugar —susurró en mi oído—. No quiero que esto termine nunca.

—Aaahh sí sí sí —jadeé, sintiendo la mezcla de dolor y placer mientras mi cuerpo se entregaba por completo—. Más fuerte, no pares —exigí, hundiendo mis uñas en el cemento del lavadero.

Cinco minutos frenéticos de entrega absoluta, de placer intenso, de un vaivén explosivo que me hacía perder el control y gritar cada vez más alto.

Cuando terminó, se quedó un momento pegado a mí, susurrándome al oído —Eres mía para siempre— antes de apartarse para dejar que el otro albañil tomara su turno.
El albañil con el gran tatuaje en el pecho se acercó sin perder ni un segundo. Su mirada era una mezcla de deseo y concentración que me hizo estremecer.

—¿Quieres que te demuestre cuánto puedo hacerte sentir? —me dijo mientras sus manos fuertes me agarraban de la cintura para ayudarme a inclinarme más sobre el lavadero.

Mis brazos y pecho descansaban sobre el cemento frío mientras mis piernas abiertas y mis nalgas levantadas lo invitaban a entrar. Sentí la punta de su verga presionando contra mi ano y con un empujón firme me penetró profundo, arrancándome un gemido fuerte de sorpresa y placer.

—Aaayyy mmm síiii aaayyy uufff que rico —exclamé mientras él comenzaba a embestirme con fuerza y ritmo constante.

El roce de sus caderas con las mías, la humedad y los sonidos de nuestro sexo llenaban el aire. Su mano se enredaba en mi cabello, tirando con delicadeza y al mismo tiempo con intensidad que me hacía perder el control.

Pero entre tanto movimiento y mis empujones involuntarios, el lavadero empezó a tambalearse peligrosamente. Sentí cómo se aflojaba y casi se cae conmigo encima.

—¡Ey para un momento! —le dije mientras lo miraba preocupada— creo que este lavadero no aguanta más.

El albañil sonrió divertido y asintió.

—Mejor seguimos en otro lugar —dijo mientras me ayudaba a levantarme.
Nos alejamos del lavadero hacia el pasto fresco del jardín, respirando y preparándonos para lo que vendría después.

El albañil se recostó boca arriba, el pasto fresco me rozaba la piel mientras me acomodaba encima de él, con toda la intención, abriendo mis piernas para dejar que su verga se deslizara lentamente dentro de mi vagina. Sentí el calor de su cuerpo contra el mío y cómo su punta rompía la entrada de mi piel con suavidad primero, luego con más firmeza. Un gemido escapó de mis labios cuando su miembro entró profundamente, estremeciéndome de inmediato. Mis pezoncitos se endurecieron al instante, asomándose al aire libre, tan sensibles que el viento me hacía cosquillas. Mi pecho se alzaba y caía con cada respiración agitada, sintiendo esa mezcla de placer y necesidad que me quemaba por dentro.

Los movimientos comenzaron lentos, suaves, y luego él aumentó el ritmo. Sentí cómo su verga entraba y salía de mí una y otra vez, llenándome, golpeando con cada empujón la parte más profunda de mi feminidad, haciéndome estremecer. Mis caderas se movían a su ritmo, mis manos aferradas a sus muslos, sintiendo cada vibración que recorría mi cuerpo. Era como un baile sincronizado de deseo y entrega total.
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