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En cuarentena con mamá 4

A la noche, después detantos estímulos visuales y táctilesacumulados durante el día, me encerré en mi dormitorio buscando alivio en elaire acondicionado, como si ese frío artificial pudiera calmar también elincendio que llevaba por dentro. Todos estábamos en la misma situación,sudados, excitados, forzados a convivir en esa casa que se había vuelto unaespecie de prisión ardiente y prohibida.
Metiré en la cama, pero las imágenes no me dejaban en paz. Mamá, con esevestidito negro tan corto que parecía hecho a propósito para atormentarme,diciéndome con una sonrisa entre nerviosa y cómplice lo rápido que se me parabala pija. Recordé también cómo se estremeció apenas pasé a su lado, como si mierección la hubiera atravesado sin necesidad de verla. Esa mirada de ella meperseguía, azul, intensa, imposible de confundir con simple ternura.
Ydespués estaban Luana y tía Mariana. Las dos, descaradas, mostrándome las tetascomo si no fuera nada, riéndose de mi turbación. Recordé el roce de sus cuerposmojados en el patio, bajo el agua de la manguera, cómo mis manos se escurríanpor sus culos bajo la excusa del juego, cómo sus pezones duros se apretabancontra mí en ese forcejeo que ninguno de los tres quiso detener demasiadorápido. No era un recuerdo cualquiera: era un látigo, un veneno delicioso queme recorría entero.
Mepreguntaba hasta qué punto todo eso eran simples manipulaciones, un juegoperverso para hacerme sufrir, y hasta qué punto significaba otra cosa. ¿Acasoellas también estaban al borde de la locura, atrapadas como yo en esteencierro? ¿Acaso sus risas y sus miradas escondían algo más que diversión? Yohabía dado por sentado que era un degenerado por desearlas, por fantasear consus cuerpos a cada instante. Pero tal vez no era tan simple. Tal vez no era elúnico que sentía ese fuego prohibido creciendo día tras día.
Aunasí, me obligué a repetirme que no debía adelantarme, que pensar en cogerme a mijoven tía —mi amor imposible de toda la vida— era una locura, y mucho máspensar en acostarme con las otras dos, con quienes tenía un vínculo filialmucho más cercano. Quizás todo era producto del calor sofocante, de lacuarentena interminable, de esa situación única en la que los cuerpos estabandemasiado cerca, demasiado desnudos, demasiado expuestos.
Merevolví entre las sábanas, pero la verga seguía palpitando como un animalenjaulado. No tuve otra opción que sacármela y hacerme la paja, con los ojoscerrados, recordando sus risas, sus culos empapados, sus tetas perfectas. Unavez. Dos veces. Me descargué con fuerza, jadeando, tratando de calmar laansiedad, pero ni así lo logré del todo. Porque apenas terminaba, el deseovolvía, más fuerte, más oscuro, como si esas tres mujeres hubieran encendidoalgo que ya no tenía vuelta atrás.
Yacuando llegó la hora de dormir, empecé a escuchar las puertas cerrarse en elpasillo. El silencio de la casa se interrumpía con esos ruidos secos, tanfamiliares y, al mismo tiempo, tan inquietantes. Había oído que esa nocheMariana iba a dormir con Luana, porque su aire acondicionado tampoco estabafuncionando. Y aunque traté de convencerme de que era algo lógico —dos mujeresjuntas, compartiendo cama porque así estarían más cómodas en medio de ese calorinsoportable—, no pude evitar que mi cabeza empezara a llenarse de pensamientossucios.
Mehice la fantasía de que Mariana viniera a dormir conmigo, de que eligiera micuarto en lugar del de su sobrina, y que se acostara a mi lado con ese cuerpomonumental que tanto me desvelaba. Pero era un sueño imposible. Era obvio queiba a elegir a Luana, mucho más teniendo en cuenta que sabía que me calentaba.Sin embargo, la sola idea de ellas dos juntas, ahí nomás, a unos metros dedistancia, me revolvía por dentro.
Pensémucho en mamá. Ella seguro estaba pasando por una situación muy parecida a lamía. Si era verdad lo que me había contado Luana —que no podía estar más de unpar de días sin que alguien la cogiera—, entonces debía estar hirviendo pordentro, desesperada, con esa necesidad ardiente que no se calma con nada. Me laimaginaba en su cuarto, mordiéndose los labios, acariciándose a escondidas,recordando la piel de un hombre que ahora no tenía. Y en esa casa, encerradospor la cuarentena, el único hombre que había… era yo.
Laidea me atravesó como un rayo. ¿Podía usar eso a mi favor? ¿Podía convertirmeen lo que ella necesitaba, en el cuerpo que calmara ese fuego que la estabaconsumiendo? El solo pensarlo me hizo latir la sangre en la verga, que no tardóen endurecerse como una roca bajo la tela apretada del calzoncillo. Me mordí ellabio, imaginando sus ojos azules fijos en mí, esa boca carnosa abriéndose parasoltar un gemido, ese culo perfecto ofreciéndose sin remedio.
Pero,como siempre que esas fantasías empezaban a crecer en mi cabeza, aparté la ideaenseguida, como si pudiera espantarla. Me repetí que estaba delirando, que soloeran pensamientos sucios producto del encierro, del calor sofocante y de lacercanía imposible de esas tres mujeres. Intenté convencerme de que todoquedaba en mi imaginación, de que estaba proyectando mis ganas en cada gesto deella, en cada roce accidental, en cada sonrisa que me regalaba.
Yaun así… aunque me dijera eso una y otra vez, no lograba apagar la voz que mesusurraba al oído que no era tan descabellado. Que mamá también debía estarpensando en mí, aunque no lo admitiera. Que cuando me miraba con esaintensidad, no lo hacía por casualidad. Que si la encontraba de nuevo en lacocina, sola, y me animaba a acortar la distancia, tal vez no se apartaría. Talvez, incluso, me recibiría.
Medi vuelta en la cama, tratando de dormir, pero la pija dura me lo impedía. Eracomo si mi cuerpo se negara a aceptar las excusas de mi cabeza. Y cada vez quecerraba los ojos, la veía de nuevo: mamá, desnuda, su piel blanca brillandobajo la penumbra, los labios húmedos, las piernas abiertas, esperando.
Entoncesllegaron los sonidos. Primero risas apagadas, casi inocentes, como sicompartieran algún secreto. Luego murmullos, roces, exclamaciones breves que meerizaron la piel. Y finalmente… un gemido. Un gemido ahogado, húmedo, cargadode algo que no podía confundirse con un simple suspiro.
—No,no puede ser… —me dije a mí mismo, incrédulo, aferrando las sábanas como si esopudiera detener el fuego que me estaba recorriendo.
Quisepensar que era mi imaginación lujuriosa, que estaba proyectando mis deseos encualquier ruido del pasillo. Pero el sonido volvió, más claro esta vez,acompañado de una risita nerviosa. El aire me quemaba en los pulmones. No pudemás.
Abríla puerta de mi cuarto, procurando no hacer ruido, y avancé descalzo por elpasillo en penumbras. Cada paso era una traición a lo poco de inocencia quetodavía quería conservar. Me pegué a la pared, hasta quedar frente a la puertade Luana. El corazón me latía con tanta fuerza que temí que ellas pudieranescucharlo. Apoyé la oreja contra la madera y entonces lo volví a oír: ungemido suave, apenas un murmullo escapando de una garganta excitada.



En cuarentena con mamá 4




Nosabía si era Mariana o Luana. Me mordí el labio, expectante, y de pronto esesonido se transformó en algo más agitado, más profundo, más húmedo. El ritmo dela respiración, el tono quebrado… ahora no quedaban dudas. No era imaginación.No eran simples risas.
—Luana…—susurré, sin querer.
Eraella. Era inconfundible. Estaba gimiendo, perdiéndose en ese temblor que mehabía descrito con tanta naturalidad días atrás, cuando me explicó cómoreconocer el orgasmo de una mujer. Ahora lo escuchaba en vivo, a metros de mí,en la voz de esa misma chica que jugaba conmigo a provocarme, que me mostrabael culo con descaro.
Meinvadió un torbellino de sensaciones: alarma, porque estaba cruzando un límitedel que no había regreso; fascinación, porque no podía despegarme de esapuerta; escándalo, porque aquello era prohibido, enfermizo; y una excitacióntan brutal que me dolía.
Mitía y mi hermana…
Depronto todo empezó a cerrarme. Recordé sus juegos bajo el agua de la manguera,los forcejeos que eran más caricias que otra cosa. Recordé las risas en elsofá, los roces disfrazados de luchas inocentes. Recordé cómo Mariana saltabasiempre en defensa de Luana, como si entre ellas existiera algo que yo apenashabía empezado a intuir. Y ahora lo estaba escuchando sin filtros: gemidos,jadeos, el inconfundible eco de dos cuerpos que no podían contenerse.
Sentíla pija endurecerse con una violencia obscena. Me pegué más a la puerta, casitemblando. Los gemidos subieron de tono, y ya no me quedó ninguna duda: Luanaestaba acabando. Ese jadeo quebrado, ese temblor en la voz, esa forma de pediraire… era lo que me había descrito. El orgasmo femenino en estado puro,inconfundible. Y la que se lo había producido había sido la misma mujer con laque yo estaba obsesionado desde que era un chico.
Retrocedí,asustado por la posibilidad de que alguna de las dos saliera al pasillo. Elcuarto de Luana no tenía baño adentro, a diferencia del mío, así que podíanabrir en cualquier momento. Caminé de puntillas hasta mi dormitorio, cerré lapuerta y me tiré en la cama, con el corazón latiendo a mil.
Estabacaliente, confundido, aliviado y destrozado al mismo tiempo. Porque ahora sabíaque no era el único que estaba preso de esos deseos prohibidos. Ellas tambiénse dejaban arrastrar, y lo hacían sin miedo, disfrutando de verdad, mientrasyo… yo solo me conformaba con masturbarme a escondidas, como un estúpido.
Esanoche me costó mucho dormir. En el cuarto, tirado en la cama, no podía sacarmede la cabeza lo que había escuchado y lo que había visto en los últimos días.Luana me había confesado sin pudor que también le gustaban las mujeres, y yosabía de sobra que Mariana había salido con varios hombres. No eran lesbianas.Eran bisexuales. Y eso hacía que las fantasías se me metieran a la fuerza en lacabeza, una tras otra, como un desfile obsceno imposible de detener.
Aldía siguiente, la temperatura bajó un poco, y por suerte apareció el técnicodel aire acondicionado. Llegó envuelto en ese traje parecido al de unastronauta, como los que usaban los trabajadores de rubros esenciales. Lorecibí yo, manteniéndome a la distancia, mientras él hacía su trabajo. Letransferí el dinero desde el celular, cumpliendo con el protocolo. Cuando porfin se fue, tuve esa sensación contradictoria de que las cosas se normalizaban…y, al mismo tiempo, de que todo se estaba yendo a la mierda.
Laschicas no bajaron hasta tarde. Yo no podía evitar pensar que habían estadodemasiado tiempo juntas, cogiendo, riendo, tocándose, entregándose a lo que yoapenas me animaba a espiar. Esa idea me enloquecía.
Estuveun buen rato con mamá. Y tampoco fue fácil. Llevaba un shortcito de gimnasioque se le ajustaba al culo de una manera que parecía diseñada paraatormentarme. Arriba, una musculosa corta, dejando a la vista sus brazostorneados y el movimiento firme de sus tetas al mínimo gesto. Cuando llegó lahora del almuerzo, me pidió que la ayudara en la cocina.



Relato




Estuvimoscodo a codo, compartiendo el espacio reducido, cortando verduras, poniendo aguisar la carne, pelando papas. Yo, intentando concentrarme en cualquier cosaque no fuera ese cuerpo perfecto, pero fracasando una y otra vez.
—¿Ycómo estás? —me dijo de repente, de perfil, mientras ataba su pelo con unacolita rápida. Un mechón rubio se le escapaba y le caía sobre el rostro. Erauna imagen hermosa, casi insoportable.
—Bien—respondí, tragando saliva.
Ellasoltó una risa leve, como si me hubiera descubierto en algo.
—Novas a poder dejar de mirarme así, ¿no? —dijo, girando apenas la cara paraclavarme esos ojos azules.
Yome quedé helado. Pensé que hablaba de mi deseo, de lo obvio que era que me calentaba.Mi corazón dio un vuelco.
—Desdeque me viste masturbándome… me mirás distinto —agregó.
Entoncesentendí. Hablaba de aquella noche en la que la había sorprendido, desnuda,dándose placer en su cuarto. Era lógico que desde entonces todo hubieracambiado. El tema era muy vergonzoso, pero era mejor a que me preguntaradirectamente que por qué no podía dejar de mirarle el culo.
—Fueraro —dije, bajando la mirada. —. Pero no creo que haya sido un recuerdotraumático, al contrario.
Ellario, aliviada.
—Québueno. Me alegro.
Recordéque ella misma me había visto con la pija dura esa misma noche. Lo habíanotado. Pero esto era distinto. Esto tenía un peso mayor.
Derepente, como si una sombra le hubiera cruzado por dentro, mamá se quebró. Seinclinó hacia adelante y empezó a llorar, tapándose el rostro con la mano.
—¿Quépasa? —le pregunté enseguida.
—Nada…es que… —balbuceó, sollozando—. Tengo miedo de que esto dure mucho.
—Esdifícil para vos el encierro, ¿no? —dije, acercándome.
Sabíaexactamente lo que le pasaba.. Su cuerpo debía estar pidiéndole a gritos elcontacto con un hombre, ese calor que no se sustituye con nada, esa presiónanimal que ninguna caricia propia puede imitar.
Siyo, que era un pendejo de dieciséis años, necesitaba hacerme la paja cada dospor tres para poder sobrellevar el encierro, no me alcanzaba la imaginaciónpara medir lo que debía ser para una mujer como mamá. Una mujer con un apetitosexual voraz, insaciable, de esos que no se aplacan con distracciones ni conexcusas. Ella estaba hecha para sentir, para rendirse a la piel, para terminarla noche con el cuerpo exhausto y satisfecho.
Y yome repetía, una y otra vez, que era el único hombre en esa casa. El único capazde darle lo que buscaba, lo que su cuerpo estaba reclamando a gritos. La solaidea me hacía endurecerme de inmediato, y por más que quisiera apagarla, lafantasía volvía una y otra vez, más fuerte, más sucia, más tentadora.
Nopude evitar recordar el video que me había mostrado Luana. Mamá en cuatro, conla boca ocupada por la pija de un desconocido, mientras papá se la daba pordetrás.
—Sí…—respondió, secándose las lágrimas con la mano, la voz todavía temblorosa.
Meacerqué a ella, sin estar seguro de que era buena idea. La rodeé por detrás, laabracé, cerré mis manos sobre su vientre plano. Apoyé la frente en su hombro,como ya había hecho antes, y sentí ese culo perfecto, turgente, apoyándose enmi entrepierna. La sensación era simplemente maravillosa. Eran unas nalgasfirmes, bien carnosas, en las que podría apoyar la cabeza para dormir. Mi vergareaccionó enseguida, comenzando a hincharse, y, si me quedaba más tiempo delconveniente, ella sentiría mi pija dura
—Vaa estar todo bien —le susurré al oído, y le di un beso suave en el cuello.
Ellase estremeció, y en un movimiento que pareció involuntario, restregó lascaderas contra mi verga. Giró apenas la cabeza, y sus ojos azules, brillantestodavía por las lágrimas, se encontraron con los míos.
—Yasé que vas a estar acá… —me dijo—. Pero no sé si me podés dar lo que yonecesito.
Esemurmullo fue gasolina al fuego. Mis manos se deslizaron a sus caderas,apretándola contra mí con fuerza. Le di otro beso en la mejilla, y luego misbrazos subieron, sintiendo el inicio de sus tetas.
—Solome lo tenés que pedir… —le dije, casi mordiéndole la boca con las palabras—. Yohago lo que quieras, mami.
Entoncesmi pija se terminó de endurecer. En ese momento no estaba del todo conscientede hasta qué punto estaba cruzando una línea. En principio fue un simpleabrazo, pero ahora era imposible fingir que no estaba haciendo algo obsceno. ¡Yella se dejaba!
Miverga se apretaba en ese precioso culo que me tenía hecho un estúpido, yseguíamos mirándonos a los ojos.
Estábamosa un paso de fundirnos. Sus labios carnosos estaban ahí, al alcance, y micorazón rugía como loco. Nuestras respiraciones estaban sincronizadas. No eraun abrazo de una madre a un hijo. El contacto era irrefutable, y nuestrasmiradas esran fuego puro.
Perode pronto ella se apartó con brusquedad, como si hubiera recuperado la corduraen el último segundo.
—¿Porqué no vas a preguntarle a las chicas dónde está el orégano? —dijo de golpe,buscando un pretexto ridículo. —No lo encuentro por ninguna parte.
—Quizásno hay… —balbuceé.
—Andáa preguntarles, por favor —insistió, casi suplicando.
Medi cuenta: quería deshacerse de mí. No porque se hubiera escandalizado, sinoporque se estaba dejando llevar. Y eso la asustaba.
Subílas escaleras, con la erección apretada en mi pantalón. Ya estaba mucho menosescéptico. Mamá estaba caliente. Quizás tenía la lógica limitación ética quedebía tener toda madre. Pero se le hizo agua la boca cuando me apoyé en ella,cuando le hice sentir de nuevo cómo se sentía una pija dura.
Lacasa, o más bien la familia, se estaba convirtiendo en un descontrol, y lo quevi después lo terminó de confirmar.
Sonidos.Risas, murmullos, y después… gemidos. Venían del cuarto de Luana, otra vez. Evidentementeestaba cogiendo de nuevo con tía Mariana. ¿Nunca se cansaban? La respuesta eraobvia. Si yo pudiera, me las estaría cogiendo a toda hora. A ellas y a mamá.
Peroesta vez había algo diferente.
Lapuerta estaba entreabierta, como si alguien la hubiera dejado así a propósito.¿Era una invitación?
Meacerqué despacio, conteniendo la respiración. Empujé levemente la puerta.Apenas crujió, pero ellas no parecieron escucharlo. Y entonces lo vi.
Marianaestaba completamente desnuda, tendida sobre las sábanas revueltas como si sehubiera rendido a una batalla demasiado intensa. Tenía las piernas abiertas,generosas, expuestas sin pudor, con la piel perlada de sudor bajo la tenue luzdel cuarto. Su respiración era agitada, y cada vez que exhalaba, sus enormestetas se sacudían con un ritmo propio, como si acompañaran el jadeo. Lospezones, rígidos y oscuros, parecían a punto de explotar, duros como piedras,tensando la carne alrededor.
Luana,en cambio, apenas conservaba la ropa interior: una tanguita negra que se lemarcaba húmeda y una remerita corta que dejaba al descubierto su cintura. Teníael pelo suelto, desordenado, pegándosele a las mejillas por el calor y elsudor. Estaba arrodillada entre los muslos de Mariana, inclinada haciaadelante, con la cabeza hundida en esa vagina que devoraba con un frenesídesvergonzado. Se movía con hambre, como si estuviera sedienta y hubieraencontrado ahí la única fuente capaz de calmarla. Sus manos apretaban losmuslos de nuestra tía con fuerza, obligándola a mantener las piernas abiertas,y sus uñas dejaban leves marcas en la piel clara.
Marianase arqueaba de a ratos, incapaz de controlar las sacudidas que le recorrían elcuerpo. Sus manos, temblorosas, primero se aferraban a las sábanas,arrugándolas, y después se enredaban en el pelo de Luana, empujándola más,hundiéndola contra sí, como si quisiera fundirse con ella. Su boca seentreabría en gemidos cortos, que se mezclaban con risitas nerviosas y frasesentrecortadas.
—Así…no pares… —murmuró, la voz quebrada, como si le costara hablar.
Luanalevantó apenas la cabeza, y sus labios húmedos y brillantes dibujaron unasonrisa traviesa. Mariana gimió al sentir el aire fresco en su piel ardiente, yentonces la más joven se inclinó otra vez, retomando el ritmo, más lenta alprincipio, como jugando con la expectativa, hasta volver a hacerlo conintensidad.
Laescena era hipnótica, brutal, hermosa y obscena a la vez. Yo no podía creer loque veía. Sentí que mi cuerpo entero se tensaba, que la sangre me corría haciala entrepierna con una fuerza imposible de contener. Mis piernas se movieronsolas, avanzando un paso más, como si mi voluntad ya no tuviera control sobremí. El suelo crujió bajo mi peso, pero ni Mariana ni Luana parecieron oírme:estaban perdidas en su propio mundo, enredadas la una con la otra, como si todolo demás hubiera dejado de existir.
Yahí me quedé, paralizado, devorado por esa visión, con la certeza de que no ibaa poder olvidarla jamás. Era como si se hubiera grabado en mi memoria a fuego:Mariana desnuda, Luana hundida en ella, las dos convertidas en una sola imagenprohibida y perfecta.
Depronto, Mariana levantó la cabeza y me miró. Nuestros ojos se encontraron en uninstante que se me hizo eterno. Yo esperaba cualquier cosa: un grito, un gestode espanto, que me echara de ahí. Pero no. Su reacción fue otra, inesperada,brutal.
Mitía arqueó la espalda, y su cuerpo dibujó un movimiento ondulante, lento yfelino, con el que restregó con más fuerza su sexo contra la boca de Luana. Eracomo si quisiera exhibirse para mí, como si en esa mirada cargada deelectricidad me invitara a ser testigo de su placer.
Luegoentrecerró los ojos, llevó las manos a la cabeza de su sobrina y cerró losmuslos alrededor de su cara, atrapándola ahí dentro, sin darle escape. El gestofue tan intenso, tan posesivo, que me heló la sangre y, al mismo tiempo, meencendió como nunca.
Luanase aferró a las caderas de Mariana, desesperada, devorándola todavía más. Losmúsculos del vientre de Mariana se contrajeron con violencia, y un gemido rotoescapó de su garganta, transformándose en un jadeo cada vez más alto, másurgente.
Yentonces vino lo que ya conocía, lo que había escuchado la noche anterior desdeel pasillo: ese estremecimiento inconfundible, ese temblor que sacudía todo sucuerpo, las tetas saltando con cada espasmo, los dedos de sus pies encogiéndosecomo garras. Mi tía acababa frente a mis ojos, en la cara de mi hermana, prisionerade un orgasmo delicioso y devastador, y yo me quedé clavado en el umbral, sinaire, como si estuviera presenciando un sacrilegio.
EntoncesLuana sacó la cara de la entrepierna de la tía. Me miró, con la cara empapada,y tampoco se sorprendió.
—Deesto ni una palabra —dijo entonces mi hermana mayor.
—No…Pero es que… —balbuceé.
—Dejanosun rato solas. Después te prometo que hablamos —dijo Mariana, mucho menosagresiva que la otra.
Retrocedí,confundido, comenzando a percatarme de que en mi familia estaban pasando muchascosas de las que solo era un actor secundario, pero sintiendo que ya estabalisto para ocupar el papel principal.

 

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