Cuando más tarde bajé, me encontré con tía Mariana. Perodecir que me la encontré no es una frase que pueda describirfielmente esasituación. Me quedé paralizado al ver suvestimenta. O, más bien, su poca vestimenta.

Sus enormes tetas estaban apenas contenidas por uncorpiño negro que parecía a punto de estallar en cualquier momento, por lapresión que hacían esas mamas. Iba descalza, y en su cintura tenía atado unpareo semitransparente anudado en la cadera. Parecía más una mujer que se iba ala playa que alguien encerrado en cuarentena. La tela dejaba adivinar labombachita que tenía abajo. El pelo lo llevaba atado de forma práctica, perohasta eso le daba un aire provocador. Su piel brillaba levemente, como si elcalor la hubiera barnizado.
No entendía por qué carajos estaba así, pero yaempezaba a enloquecerme. Que esto me pasara al rato de haber tenido esaconversación caliente con mi hermana, era demasiado.
Sentí un calor insoportable y no era solo laexcitación que me recorría, sino también el de la sala sofocante.
—Se rompió el aire acondicionado —dijo mi voluptuosatía, señalando el aparato de la sala.
—¡Uh, qué cagada! —respondí, intentando concentrarmeen ese hecho cotidiano para no pensar en las cincuenta maneras en la que me la cogería.
—Por eso estoy así —agregó con naturalidad,acomodándose el pareo.
La imagen era imponente. Una escultura humanatallada a mano por un artista que entendía muy bien del erotismo y la lujuria.Era todo lo que un hombre podía desear. Para colmo, la tía, además de estarterriblemente buena, tenía esa actitud que animaba a los hombres a encararla,aunque, en realidad, pocos tenían posibilidades con ella. O al menos eso creía.
Conmigo siempre había sido buena, cariñosa. Era laclase de tía que todo chico quisiera tener. Solo que ahora yo no la veía como auna tía. O, más bien, la veía como a una tía a la que me quería cogersalvajemente.
Me di cuenta de que llevaba un rato demasiado largomirándole las tetas, así desvié la mirada hacia sus ojos, rogando que no lohaya notado, o que al menos fingiera no notarlo.
—No te molesta que ande así por la casa, ¿no? —dijo.
—No, para nada… ¿Cómo me va a molestar? —respondí,mientras por dentro sentía que me volvía loco.
Ese pareo, más que cubrirla, acentuaba susensualidad. Y el hecho de que fuera tan fácil desanudarlo, me hacía tener lospensamientos más sucios con ella.
De verdad que esa cuarentena se estaba convirtiendoen una tortura.
Entonces mamá salió de la cocina. Llevaba unvestidito negro, corto y liviano, que flotaba con cada paso. El pelo recogidole despejaba el rostro. Ella también estaba adaptándose al calor con ropaligera, aunque no tan provocativa como tía Mariana. No me sorprendióencontrarme deseando que mamá también estuviera medio en pelotas. Pero igual,con ese vestidito, era más que suficiente para olvidarme de que se trataba dela mujer que me había gestado.

—Imposible que venga un técnico hoy —sentenció confastidio—. Con suerte, mañana. Ya me explicaron el protocolo: hay que abrir lapuerta, mantener por lo menos tres metros de distancia y usar barbijo. Peroigual…
La escuchaba, pero en mi cabeza se formaba otraimagen: tía Mariana vestida tal como estaba, con un barbijo cubriéndole laboca, y el técnico entrando, encontrándose con ese espectáculo. Pobre tipo, sevolvería loco.
—Habrá que esperar hasta mañana —dijo la tía,resignada.
—Con suerte —repitió mamá, cansada—. Pero no piensopasar todo el día encerrada en el cuarto.
—En el mío tampoco funciona el aire —agregó Mariana.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —le reprochó mamá.
—Es que hace rato no funciona, pero no pensé que ibaa hacer tanto calor —respondió.
—Hoy estamos en el horno, literalmente —dijo mamá, ysuspiró.
Se metió en la cocina, y salió enseguida. La vicaminar con una bandeja de ensalada entre las manos y, aunque el gesto erasimple, el movimiento de sus caderas me pareció el de una mesera de fantasía,con ese vestido corto pegado a la piel y las tetas tensando la tela. Eraimposible no dejar que la lujuria empezara a trepar otra vez dentro de mí.
Dejó la ensalada sobre la mesa del comedor, y nosdijo que nos sentáramos a comer.
Pero la cosa no terminó ahí. Unos segundos despuésapareció Luana, exactamente como la había visto arriba: una remerita corta, sincorpiño, y apenas una tanguita que se asomaba descarada. No me había esperadoque saliera así. Una cosa era estar en culo en su cuarto, pero en el comedor…
—¿Qué hacés así, nena? —le dijo mamá, arqueando lascejas.
—Ni loca me pongo un pantalón —contestó ella,cruzándose de brazos.
—Al menos ponete una pollera —insistió mamá,chasqueando la lengua.
—Dejala, si está cómoda así —intervino Mariana, ensu defensa—. Además, estamos en familia, y el calor es insoportable.
—Sí, no pasa nada —reforzó Luana, y después me miródirectamente a mí con esa sonrisa suya que parecía una provocación—. Total, elúnico hombre que está acá es Lucio. No tenemos que andar escondiéndonos, nipreocuparnos porque algún pajero nos acose o, peor, nos viole.
—No hace falta que te expreses así —le recriminómamá.
Sentí que debía decir algo, aunque apenas me salíanlas palabras.
—Por mí no hay problema —alcancé a decir, mientrasla sangre me ardía en la cara y en la verga.
Antes de sentarme a comer, bajé un ventilador viejode pie, pero apenas tiraba un aire tibio que se deshacía en cuanto nos rozabala piel. Abrimos la ventana, pero tampoco corría mucho viento; más bien parecíaque entraba aire caliente, como si afuera hubiera un horno abierto. El calorera sofocante, de esos que se te pegan en la espalda y te hacen sentir quecualquier movimiento está de más. Lo más probable era que tarde o tempranotodos volviéramos a nuestros cuartos para refugiarnos, porque la sala de estarse estaba volviendo inhabitable.
Mamá nos tenía acostumbrados a no usar los teléfonosen la mesa, pero con ese calor y ese encierro, lo único que me daban ganas erade meterme en Internet, charlar con mis amigos, distraerme. Y aun así, mientraspensaba en eso, me respondí que ninguno de ellos podía estar viviendo algo comolo mío. Ninguno podía tener la suerte —o la condena— de estar encerrado contres mujeres así. Lo mío era único. Nadie podría entender esos deseosretorcidos que se me venían encima, esa mezcla de vergüenza y lujuria que medevoraba.
Me di cuenta de que lo peor que podía hacer eraencerrarme en mi dormitorio. Ahí las tenía a las tres. Si no podía cogerme aninguna de ellas, al menos disfrutaría del paisaje que me regalaban.
Las miré una a una, disimulando lo mejor que pude.En ese momento, la que más me llamaba la atención era la tía, ya que las otras,al estar sentadas alrededor de la mesa, solo les veía los torsos cubiertos.Mariana, en cambio… Era muy difícil no mirarle las tetas. Encima, cuando seinclinaba para comer, ambas mamas se apoyaban en la mesa, como si fueran unsegundo plato que me comería con mucho gusto.
Me di cuenta de que iba a ser imposible evitar que lapija se me pusiera dura. Ni siquiera había atinado a masturbarme cuando salídel cuarto de Luana. Eso al menos me aliviaría un poco. Pero al menos esta vezhabía tomado precauciones: llevaba puesta una remera larga que me cubría hastala entrepierna y, debajo, un calzoncillo más chico de lo normal, cuyo elásticome ajustaba la verga con fuerza, de manera que, incluso si se me ponía dura, nose notara demasiado. Encima de todo, una bermuda holgada. Era lo máximo quepodía hacer. Y aun así, estaba convencido de que esa tarde iba a tener más deun sobresalto.
El espectáculo era constante. Cuando Luana selevantó para llevar los platos a la cocina, la seguí con los cubiertos y no meprivé de contemplar ese culo perfecto, la telita hundida en medio de sus nalgascomo una provocación. Me preguntaba si lo hacía a propósito, si ella sabía queme calentaba.
Luego, cuando terminé de lavar los platos, me crucéa tía Mariana. Era imposible pasar cerca de ella sin sentir que sus tetas seimponían, enormes, como si ocuparan más espacio del permitido. A veces meparecía que tenía que correrse a un costado para no chocarme con ellas, aunqueen el fondo yo deseaba que lo hiciera, que me aplastara la cara con esadelantera descomunal. El simple hecho de imaginar hundir la boca ahí me hacíaperder la noción del tiempo.
Nos quedamos un rato en la sala, soportando el calorcomo podíamos. El ventilador giraba inútilmente, y las gotas de sudor sedeslizaban despacio por las clavículas, los muslos, los brazos de ellas. Yo yasabía que pronto alguna iba a desertar hacia el cuarto, pero antes de que esopasara, Luana soltó una de las suyas.
—La verdad, deberíamos estar siempre sin corpiño—dijo de repente, estirándose y cruzando los brazos detrás de la nuca, comopara recalcarlo.
—¿Qué decís, nena? —la reprendió mamá, arqueando unaceja.
—Y sí, son incómodos —insistió mi hermana—. ¿No losaben ustedes mejor que nadie? Te aprietan, te dejan marcas, te cortan lacirculación. Y en este calor… peor.
—No te hagas —rio Mariana, dirigiéndose a su hermana—.Vos ahora tampoco tenés.
—Obvio, pero estoy tapada con el vestido —respondió mamá,suspirando.
Luana no se dio por vencida:
—Bueno, mirala a la pobre tía, obligada a estarsiempre apretada.
Mariana soltó una risa suave, y sus mejillas seencendieron apenas.
—No te creas. A mí me vienen bien, por el tamaño—dijo, llevando las manos a sus tetas, sacudiéndolas obscenamente, en unmovimiento que me hipnotizó—. Si supieras lo que pesan… Termino con los hombrosmarcados, la espalda hecha bolsa, y eso que me compro los buenos. Imaginate conlos baratos. Pero sí, con este calor, me gustaría estar sin nada que meapriete.
Mamá asintió con un gesto resignado:
—Yo también tengo que bancarme eso. A veces terminocon los tirantes clavados en la piel, como si me hubiera quedado dormida consogas atadas.
—Bueno, de hecho, las mujeres no dormimos concorpiño. ¿Lo sabías, Lucio?
La pregunta hizo que me pusiera rojo. Además, nosabía qué responder. De hecho, no lo sabía, pero, ¿no quedaría como unmojigato?
—Muchos hombres no lo saben —dijo la tía, saliendoen mi ayuda—. Sobre todo los hombres que todavía no durmieron con ningunamujer.
Luana rio cruelmente, y yo sentí que me ponía másrojo. No podía creer que la tía me dijera eso.
—No lo dije para burlarme —dijo enseguida—. Solo quelos hombres que ya tienen cierta edad para dormir con sus mujeres, saben que noacostumbrarnos a dormir con brasier. En cambio, un pibe de tu edad, o inclusomás grande, quizás no lo sepa.
—Claro, entiendo —dije, tratando de que el color seme fuera de la cara.
—¿Y por qué no te lo quitás un rato? —saltó Luana,maliciosa, mirando fijo a la tía.
—¡Nena! —la reprendió mamá, aunque con menos firmezaque antes.
Mariana se encogió de hombros y sonrió, divertida.
—Ya te dije: ganas no me faltan —dijo, mirando dereojo hacia mí.
Yo me quedé congelado con la idea. Imaginármelaliberando esas 2tetas, dejando que cayeran pesadas y naturales frente a mí, medisparó un escalofrío.
—No digas boludeces —cortó mamá, sacudiendo la mano.
Pero Luana siguió:
—¿Vos no estarías mejor sin ese vestido?
Mamá parpadeó, sorprendida.
—Bueno… ahora sí —reconoció—. Pero no me lo voy asacar acá.
—¿Y por qué no? Si total estamos en familia. El díaestá ideal para tirarse en el patio, tomar un poco de sol y hacer topless.
Yo no podía más. Mi cabeza era un torbellino deimágenes: Tía Mariana desabrochándose el corpiño, Luana tirada boca abajo conel bikini corrido, Mamá levantándose el vestido con esa seriedad suya quevolvía todo aún más excitante. Era una imagen del paraíso.
—Basta de tonterías —cortó al fin mamá.
Después de un rato, Luana desapareció. El calor eratan intenso que pensé que habría subido a refugiarse en su cuarto, que sí teníaaire acondicionado, pero enseguida escuché su voz llamándome desde el patio. Ungrito juguetón, claro, que me sacó de la modorra.
Salí a buscarla y la encontré junto a la pileta.Vacía, por supuesto. Tendríamos que haberla limpiado antes de que empezara elcalor, pero nadie se había ocupado, y ahora solo quedaban las baldosasardientes y la estructura vacía. Igual, Luana había encontrado la manera deconvertir el patio en su escenario.
Estaba contra la pared medianera, con la mangueradesenrollada en la mano. Se apuntaba el chorro de agua al cuerpo, dejándoseempapar como si estuviera en una fiesta privada. Meneaba las caderas despacio,con un ritmo sugerente, como si improvisara un baile erótico solo para mí.

—¡Vení! —me llamó, con el dedo índice curvado engesto travieso.
Sonrió con descaro. Llevó la manguera a su cabeza,dejando que el agua le cayera sobre el pelo y resbalara por su piel. Laremerita fina que llevaba se empapó enseguida, pegándose a su cuerpo. Lospezones se marcaron con descaro, tensando la tela como si quisieran romperla.El agua bajaba por sus tetas, chorreaba por su abdomen plano y desaparecía bajola tela mínima de la tanguita, que también empezaba a adherirse a sus curvas.
La imagen me dejó inmóvil. Parecía una sirenaescapada de algún sueño prohibido.
Me acerqué a ella, como si estuviera poseído. Noentendía a qué se debía esa actitud juguetona y seductora. ¿Se estaba burlandode mí o estaba atravesando algo muy parecido a lo que me pasaba? En esos mesesen los que se despertó mi deseo incestuoso, había dado por sentado que meencontraba solo con ese sentimiento, que era un bicho raro, un degenerado. Yahora me preguntaba si de verdad era algo tan poco común, o más bien era algode lo que no se hablaba.
Pero no me podía confiar tratándose de mi hermana. Aella siempre le gustaba molestarme. Quizás simplemente se daba cuenta de cómola miraba, y ahora quería provocarme.
De pronto apuntó la manguera hacia mí. Puso el dedosobre la boquilla para que el agua saliera con más presión y me roció de golpe.
—¡Eh, qué hacés, boluda! —protesté, aunque pordentro agradecí el frescor. El agua estaba fría y se sentía como un regalo enmedio del horno en que se había convertido la casa.
Me acerqué decidido a sacarle la manguera de lasmanos, pero Luana siempre había sido rápida y ágil. Se apartó riendo, corriendounos pasos hacia atrás. La seguí, y cuando por fin la alcancé, la abracé pordetrás para inmovilizarla. Ella se revolvió, forcejeando con la manguera,moviéndose como un pez resbaladizo. Su culo quedó en pompa, apretado contra mimuslo primero, y después, inevitablemente, contra mi entrepierna.
El roce fue devastador. El cuerpo me respondió deinmediato. El calzoncillo ajustado y la bermuda holgada no fueron suficientespara esconder la erección que creció con violencia, porque ahora ella lo estabasintiendo en sus glúteos.
Para colmo ese culo perfecto se frotó una y otra vezcontra mí, como si en lugar de apartarse buscara exactamente eso: prolongar elcontacto.
Yo trataba de arrebatarle la manguera, pero miatención estaba en otra parte. El agua nos salpicaba, nos mojaba la piel.Sentía la tersura de su trasero contra mi verga dura, repetida, insistente.Luana reía sin parar, con esa risa contagiosa que mezclaba inocencia yprovocación, como si jugar conmigo de esa manera fuera lo más natural delmundo.
Sus ojos claros brillaban bajo la luz del sol,chispeantes, cómplices. El agua le corría por las mejillas, por el cuello, porla clavícula, hasta perderse en el valle de sus pechos empapados. Yo tenía elcorazón golpeándome en la garganta y el deseo devorándome entero. Era simple yera perfecto: el sol, el agua, su cuerpo contra el mío.
—¿Qué hacen? —escuché de repente.
Era la voz de Mariana.
Tía Mariana, que a sus treinta años a veces secomportaba más infantilmente que nosotros dos juntos. Mariana, la misma queanoche me había sorprendido con la verga dura y se lo había contado a Luanacomo si fuera un chisme divertido. Mariana, mi primera fantasía sexual, lamujer con la que, de chico, había soñado casarme.
Me di cuenta de que al fin le había arrebatado lamanguera a Luana, y lo primero que hice fue apuntar un chorro directo hacia latía. Ella lo recibió de lleno, pero en vez de enojarse estalló en unacarcajada. El pareo se empapó al instante, volviéndose pesado y transparente,así que simplemente se lo quitó y lo arrojó a un costado con un movimientorápido.
Se acercó hacia mí riéndose, y yo no podía dejar demirarle las tetas enormes rebotando suavemente dentro del corpiño empapado. Elagua le corría entre los senos y se perdía en su vientre. Ahora estaba igualque Luana: apenas en tanga. Le llevé el chorro de agua hacia arriba y se lotiré por la cabeza. Mariana cerró los ojos, se echó el pelo hacia atrás ylevantó la cara, dejándose bañar, como si estuviera disfrutando de una duchaimprovisada.
De pronto, Luana apareció detrás de ella y trató dearrebatarme la manguera. La tía quedó atrapada entre los dos. En el forcejeo meacerqué más, tanto que mi cuerpo se pegó contra el suyo, y por fin sentí esastetas apretándose contra mi pecho. El roce me sacudió entero, me electrizó.
Luana, rápida, logró sacarme la manguera y me lanzóun chorro helado. Yo quedé empapado, con la remera pegada al torso, mientrasseguía abrazado a Mariana. Ella lo notó. Evidentemente sintió mi erecciónaplastándose contra su vientre.
—Cortala, nena —le dijo a Luana, con un tono quemezclaba fastidio y risa.
Entonces todo se volvió confusión. El sol me daba delleno en los ojos y apenas veía bien. Éramos tres cuerpos forcejeando,empapados, resbalándonos, girando unos sobre otros como si estuviéramosatrapados en una coreografía improvisada. Sentía el culo de Marianarestregándose una y otra vez contra mi verga dura. Mis manos, enredadas en eljuego, se escapaban hacia sus tetas bajo la excusa de arrebatarle la manguera.
A veces ella se corría y quedaba frente a Luana, yyo iba tras ella, hasta que otra vez los tres nos juntábamos en un nudo deagua, risas y cuerpos. Mis manos se posaban en el culo redondo de Mariana, alprincipio como si fuera casualidad, hasta que comprendí que ya nadie lo fingía:era parte del juego. Igual que cuando la tía, al intentar sacarme la manguera,me apretaba las tetas enormes contra el pecho y yo no podía más que hundirme enese contacto.
El piso se había convertido en un charco ardientebajo el sol, pero nada importaba. Lo único que sentía era la piel mojada deellas dos, suave, resbaladiza, tibia. El roce de los culos perfectos, lospechos empapados, el sonido de las risas mezclado con el chocar del agua.Estábamos empapados y yo al borde de la locura.
—¿Qué están haciendo? Esto es un enchastre—escuchamos de repente.
Los tres nos detuvimos al instante. Yo traté deacomodarme la remera empapada, rogando que mamá no hubiera notado la erecciónbrutal que me deformaba la bermuda.
—Dale, vení —la llamó Mariana, todavía sonriendo—.Nos estamos divirtiendo.
Mamá mantuvo la distancia, parada en el marco de lapuerta, con los brazos cruzados. Su silueta bajo el vestidito negro parecía aúnmás provocadora que la de las otras dos. Durante unos segundos nos observó ensilencio, suspiró y al final esbozó una sonrisa resignada.
Yo deseaba que se acercara, que se quitara esevestido ligero y se uniera al juego. Deseaba encontrar cualquier excusa parameter las manos en ese culo perfecto que me obsesionaba.
—Son unos bobos —dijo simplemente, y luego se diomedia vuelta y se metió en la casa.
El agua seguía chorreando, tibia, pero el verdaderocalor ahora estaba adentro mío.
La presencia de mamá, de alguna manera, funcionócomo un freno. Nos detuvimos, nos miramos entre nosotros con cara de tontos,como si recién ahí tomáramos conciencia del enchastre que habíamos armado. Laschicas buscaron un par de toallones y comenzaron a secarse, todavía riéndoseentre ellas.
Yo me quedé quieto, observándolas, con larespiración agitada. Escuchaba sus voces, bajitas, cuchicheando algo que noalcancé a entender, hasta que se acomodaron en las reposeras. El sol caíafuerte, el calor seguía siendo sofocante.
Fue entonces cuando Luana me descolocó. Con totalnaturalidad, se desabrochó el corpiño, lo dejó a un costado, se acomodó en unareposera, y cerró los ojos, recostada hacia atrás. Yo me quedé sin aire. Sustetas eran perfectas: no muy grandes, pero redondas, firmes, erguidas como sidesafiaran el mismo calor. Los pezones, oscuros y duros, parecían arder bajo elsol, húmedos por las gotitas que el agua todavía le dejaba en la piel. Ella nopareció ni notar mi presencia… o quizás le daba lo mismo.
—¿Nos buscás protector solar? En mi cuarto tengo—dijo la tía, de repente, y sin titubear se quitó también el corpiño.
El mundo se me vino abajo. Sus tetas quedaron alaire, enormes, impresionantes, mucho más de lo que mi imaginación había logradoconcebir hasta ese momento. Las areolas eran anchas, oscuras, casi hipnóticas,y los pezones estaban duros, excitados, igual que los de Luana. Yo me quedéembobado, mirando como un idiota, sintiendo que la verga se me endurecía cadavez más. Mariana ya no me miraba; parecía ajena, tranquila en su propio juego,pero lo cierto es que me había dado una orden directa: traerle el protectorsolar.
—Claro —atiné a decir, con la voz tomada—, enseguidavuelvo.
Me dirigí a la casa, todavía temblando. Entré por lacocina y fue ahí donde me crucé con mamá. Ella estaba parada frente a lamesada, y al verme entrar chorreando agua por todos lados, frunció el ceño.
—Ni se te ocurra entrar así —me dijo—. Vas a dejarcharcos por toda la casa.
Me detuve, incómodo. A diferencia de las chicas, yoseguía bastante vestido: remera empapada, bermuda pegajosa, zapatillas mojadas.El suelo ya estaba lleno de huellas oscuras.
Mamá caminó hacia mí. Sin decir nada, llevó una manoal borde de mi remera y la levantó. Yo respiré hondo, sorprendido. Me la quitóde un tirón. El aire caliente me pegó en el torso mojado.
Después bajó la mano hasta mi cintura. En eseinstante debió notarlo. La dureza bajo la tela, imposible de disimular. Yo mequedé helado. Ella desabrochó el botón de la bermuda y me la bajó sin esfuerzo.Quedé solo en calzoncillos, con la pija dura como una roca, marcadaobscenamente contra la tela.
—¡Qué rápido se te pone dura! —me dijo de repente,mirándome fijo a los ojos.
En esa mirada había algo que no quise creer, algoparecido a la excitación. El corazón me latía a los golpes. Me puse colorado alinstante.
—No te preocupes —agregó enseguida, como quitándoleimportancia—. Ya dijimos que esto es normal. Además, vos me viste en unasituación mucho peor.
Asentí, nervioso, recordando su cuerpo desnudo, suconcha empapada, después de acabar.
—Sí… pero a veces quisiera que no se me parara así,de golpe.
Ella sonrió con ternura.
—Está bien, no te preocupes. Cuando seas más grande,vas a agradecer que se te ponga dura así de fácil.
Me palmeó suavemente el hombro, como si metranquilizara. Luego señaló con la cabeza hacia el lavadero.
—Andá a poner la ropa en el lavarropas.
Obedecí sin chistar. Me saqué las zapatillas, metíla ropa en el tambor y cerré la tapa. La verga seguía dura, rebelde,golpeándome contra el calzoncillo. Volví a la cocina, todavía respirandoagitado.
Cuando pasé a su lado, ella se estremeció levemente,como si hubiera percibido algo en el aire.
—Creciste mucho —me dijo, con un tono extraño,cargado de nostalgia.
—Y vos seguís tan joven como hace diez años —mesalió decir, casi sin pensar.
Ella sonrió, entre incrédula y halagada.
—Qué mentiroso.
—No, es verdad. Estás hermosa.
—Gracias, sos un dulce —me respondió, y entonces,como si nada, se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla.
Subí la escalera más caliente que nunca, directo alcuarto de Mariana a buscar el protector solar. Después me puse ropa seca y bajéde nuevo. Ahí estaban las dos, charlando como si nada, con sus turgentes senosdesnudos.
—¿Qué? ¿Te fuiste a fabricar el protector solar?—preguntó Luana, con ironía, mientras le entregaba el pote a la tía.
Tragué saliva, nervioso. La pija no se me habíaablandado en ningún momento. No me animé a preguntar si podía quedarme ahí, niellas me lo ofrecieron. Pero con ese paisaje que me regalaban era más quesuficiente. Decidí meterme adentro de nuevo. Además, si me quedaba ahí, hastaera capaz de eyacular dentro de mi bermuda, sin siquiera tocarme.

Sus enormes tetas estaban apenas contenidas por uncorpiño negro que parecía a punto de estallar en cualquier momento, por lapresión que hacían esas mamas. Iba descalza, y en su cintura tenía atado unpareo semitransparente anudado en la cadera. Parecía más una mujer que se iba ala playa que alguien encerrado en cuarentena. La tela dejaba adivinar labombachita que tenía abajo. El pelo lo llevaba atado de forma práctica, perohasta eso le daba un aire provocador. Su piel brillaba levemente, como si elcalor la hubiera barnizado.
No entendía por qué carajos estaba así, pero yaempezaba a enloquecerme. Que esto me pasara al rato de haber tenido esaconversación caliente con mi hermana, era demasiado.
Sentí un calor insoportable y no era solo laexcitación que me recorría, sino también el de la sala sofocante.
—Se rompió el aire acondicionado —dijo mi voluptuosatía, señalando el aparato de la sala.
—¡Uh, qué cagada! —respondí, intentando concentrarmeen ese hecho cotidiano para no pensar en las cincuenta maneras en la que me la cogería.
—Por eso estoy así —agregó con naturalidad,acomodándose el pareo.
La imagen era imponente. Una escultura humanatallada a mano por un artista que entendía muy bien del erotismo y la lujuria.Era todo lo que un hombre podía desear. Para colmo, la tía, además de estarterriblemente buena, tenía esa actitud que animaba a los hombres a encararla,aunque, en realidad, pocos tenían posibilidades con ella. O al menos eso creía.
Conmigo siempre había sido buena, cariñosa. Era laclase de tía que todo chico quisiera tener. Solo que ahora yo no la veía como auna tía. O, más bien, la veía como a una tía a la que me quería cogersalvajemente.
Me di cuenta de que llevaba un rato demasiado largomirándole las tetas, así desvié la mirada hacia sus ojos, rogando que no lohaya notado, o que al menos fingiera no notarlo.
—No te molesta que ande así por la casa, ¿no? —dijo.
—No, para nada… ¿Cómo me va a molestar? —respondí,mientras por dentro sentía que me volvía loco.
Ese pareo, más que cubrirla, acentuaba susensualidad. Y el hecho de que fuera tan fácil desanudarlo, me hacía tener lospensamientos más sucios con ella.
De verdad que esa cuarentena se estaba convirtiendoen una tortura.
Entonces mamá salió de la cocina. Llevaba unvestidito negro, corto y liviano, que flotaba con cada paso. El pelo recogidole despejaba el rostro. Ella también estaba adaptándose al calor con ropaligera, aunque no tan provocativa como tía Mariana. No me sorprendióencontrarme deseando que mamá también estuviera medio en pelotas. Pero igual,con ese vestidito, era más que suficiente para olvidarme de que se trataba dela mujer que me había gestado.

—Imposible que venga un técnico hoy —sentenció confastidio—. Con suerte, mañana. Ya me explicaron el protocolo: hay que abrir lapuerta, mantener por lo menos tres metros de distancia y usar barbijo. Peroigual…
La escuchaba, pero en mi cabeza se formaba otraimagen: tía Mariana vestida tal como estaba, con un barbijo cubriéndole laboca, y el técnico entrando, encontrándose con ese espectáculo. Pobre tipo, sevolvería loco.
—Habrá que esperar hasta mañana —dijo la tía,resignada.
—Con suerte —repitió mamá, cansada—. Pero no piensopasar todo el día encerrada en el cuarto.
—En el mío tampoco funciona el aire —agregó Mariana.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —le reprochó mamá.
—Es que hace rato no funciona, pero no pensé que ibaa hacer tanto calor —respondió.
—Hoy estamos en el horno, literalmente —dijo mamá, ysuspiró.
Se metió en la cocina, y salió enseguida. La vicaminar con una bandeja de ensalada entre las manos y, aunque el gesto erasimple, el movimiento de sus caderas me pareció el de una mesera de fantasía,con ese vestido corto pegado a la piel y las tetas tensando la tela. Eraimposible no dejar que la lujuria empezara a trepar otra vez dentro de mí.
Dejó la ensalada sobre la mesa del comedor, y nosdijo que nos sentáramos a comer.
Pero la cosa no terminó ahí. Unos segundos despuésapareció Luana, exactamente como la había visto arriba: una remerita corta, sincorpiño, y apenas una tanguita que se asomaba descarada. No me había esperadoque saliera así. Una cosa era estar en culo en su cuarto, pero en el comedor…
—¿Qué hacés así, nena? —le dijo mamá, arqueando lascejas.
—Ni loca me pongo un pantalón —contestó ella,cruzándose de brazos.
—Al menos ponete una pollera —insistió mamá,chasqueando la lengua.
—Dejala, si está cómoda así —intervino Mariana, ensu defensa—. Además, estamos en familia, y el calor es insoportable.
—Sí, no pasa nada —reforzó Luana, y después me miródirectamente a mí con esa sonrisa suya que parecía una provocación—. Total, elúnico hombre que está acá es Lucio. No tenemos que andar escondiéndonos, nipreocuparnos porque algún pajero nos acose o, peor, nos viole.
—No hace falta que te expreses así —le recriminómamá.
Sentí que debía decir algo, aunque apenas me salíanlas palabras.
—Por mí no hay problema —alcancé a decir, mientrasla sangre me ardía en la cara y en la verga.
Antes de sentarme a comer, bajé un ventilador viejode pie, pero apenas tiraba un aire tibio que se deshacía en cuanto nos rozabala piel. Abrimos la ventana, pero tampoco corría mucho viento; más bien parecíaque entraba aire caliente, como si afuera hubiera un horno abierto. El calorera sofocante, de esos que se te pegan en la espalda y te hacen sentir quecualquier movimiento está de más. Lo más probable era que tarde o tempranotodos volviéramos a nuestros cuartos para refugiarnos, porque la sala de estarse estaba volviendo inhabitable.
Mamá nos tenía acostumbrados a no usar los teléfonosen la mesa, pero con ese calor y ese encierro, lo único que me daban ganas erade meterme en Internet, charlar con mis amigos, distraerme. Y aun así, mientraspensaba en eso, me respondí que ninguno de ellos podía estar viviendo algo comolo mío. Ninguno podía tener la suerte —o la condena— de estar encerrado contres mujeres así. Lo mío era único. Nadie podría entender esos deseosretorcidos que se me venían encima, esa mezcla de vergüenza y lujuria que medevoraba.
Me di cuenta de que lo peor que podía hacer eraencerrarme en mi dormitorio. Ahí las tenía a las tres. Si no podía cogerme aninguna de ellas, al menos disfrutaría del paisaje que me regalaban.
Las miré una a una, disimulando lo mejor que pude.En ese momento, la que más me llamaba la atención era la tía, ya que las otras,al estar sentadas alrededor de la mesa, solo les veía los torsos cubiertos.Mariana, en cambio… Era muy difícil no mirarle las tetas. Encima, cuando seinclinaba para comer, ambas mamas se apoyaban en la mesa, como si fueran unsegundo plato que me comería con mucho gusto.
Me di cuenta de que iba a ser imposible evitar que lapija se me pusiera dura. Ni siquiera había atinado a masturbarme cuando salídel cuarto de Luana. Eso al menos me aliviaría un poco. Pero al menos esta vezhabía tomado precauciones: llevaba puesta una remera larga que me cubría hastala entrepierna y, debajo, un calzoncillo más chico de lo normal, cuyo elásticome ajustaba la verga con fuerza, de manera que, incluso si se me ponía dura, nose notara demasiado. Encima de todo, una bermuda holgada. Era lo máximo quepodía hacer. Y aun así, estaba convencido de que esa tarde iba a tener más deun sobresalto.
El espectáculo era constante. Cuando Luana selevantó para llevar los platos a la cocina, la seguí con los cubiertos y no meprivé de contemplar ese culo perfecto, la telita hundida en medio de sus nalgascomo una provocación. Me preguntaba si lo hacía a propósito, si ella sabía queme calentaba.
Luego, cuando terminé de lavar los platos, me crucéa tía Mariana. Era imposible pasar cerca de ella sin sentir que sus tetas seimponían, enormes, como si ocuparan más espacio del permitido. A veces meparecía que tenía que correrse a un costado para no chocarme con ellas, aunqueen el fondo yo deseaba que lo hiciera, que me aplastara la cara con esadelantera descomunal. El simple hecho de imaginar hundir la boca ahí me hacíaperder la noción del tiempo.
Nos quedamos un rato en la sala, soportando el calorcomo podíamos. El ventilador giraba inútilmente, y las gotas de sudor sedeslizaban despacio por las clavículas, los muslos, los brazos de ellas. Yo yasabía que pronto alguna iba a desertar hacia el cuarto, pero antes de que esopasara, Luana soltó una de las suyas.
—La verdad, deberíamos estar siempre sin corpiño—dijo de repente, estirándose y cruzando los brazos detrás de la nuca, comopara recalcarlo.
—¿Qué decís, nena? —la reprendió mamá, arqueando unaceja.
—Y sí, son incómodos —insistió mi hermana—. ¿No losaben ustedes mejor que nadie? Te aprietan, te dejan marcas, te cortan lacirculación. Y en este calor… peor.
—No te hagas —rio Mariana, dirigiéndose a su hermana—.Vos ahora tampoco tenés.
—Obvio, pero estoy tapada con el vestido —respondió mamá,suspirando.
Luana no se dio por vencida:
—Bueno, mirala a la pobre tía, obligada a estarsiempre apretada.
Mariana soltó una risa suave, y sus mejillas seencendieron apenas.
—No te creas. A mí me vienen bien, por el tamaño—dijo, llevando las manos a sus tetas, sacudiéndolas obscenamente, en unmovimiento que me hipnotizó—. Si supieras lo que pesan… Termino con los hombrosmarcados, la espalda hecha bolsa, y eso que me compro los buenos. Imaginate conlos baratos. Pero sí, con este calor, me gustaría estar sin nada que meapriete.
Mamá asintió con un gesto resignado:
—Yo también tengo que bancarme eso. A veces terminocon los tirantes clavados en la piel, como si me hubiera quedado dormida consogas atadas.
—Bueno, de hecho, las mujeres no dormimos concorpiño. ¿Lo sabías, Lucio?
La pregunta hizo que me pusiera rojo. Además, nosabía qué responder. De hecho, no lo sabía, pero, ¿no quedaría como unmojigato?
—Muchos hombres no lo saben —dijo la tía, saliendoen mi ayuda—. Sobre todo los hombres que todavía no durmieron con ningunamujer.
Luana rio cruelmente, y yo sentí que me ponía másrojo. No podía creer que la tía me dijera eso.
—No lo dije para burlarme —dijo enseguida—. Solo quelos hombres que ya tienen cierta edad para dormir con sus mujeres, saben que noacostumbrarnos a dormir con brasier. En cambio, un pibe de tu edad, o inclusomás grande, quizás no lo sepa.
—Claro, entiendo —dije, tratando de que el color seme fuera de la cara.
—¿Y por qué no te lo quitás un rato? —saltó Luana,maliciosa, mirando fijo a la tía.
—¡Nena! —la reprendió mamá, aunque con menos firmezaque antes.
Mariana se encogió de hombros y sonrió, divertida.
—Ya te dije: ganas no me faltan —dijo, mirando dereojo hacia mí.
Yo me quedé congelado con la idea. Imaginármelaliberando esas 2tetas, dejando que cayeran pesadas y naturales frente a mí, medisparó un escalofrío.
—No digas boludeces —cortó mamá, sacudiendo la mano.
Pero Luana siguió:
—¿Vos no estarías mejor sin ese vestido?
Mamá parpadeó, sorprendida.
—Bueno… ahora sí —reconoció—. Pero no me lo voy asacar acá.
—¿Y por qué no? Si total estamos en familia. El díaestá ideal para tirarse en el patio, tomar un poco de sol y hacer topless.
Yo no podía más. Mi cabeza era un torbellino deimágenes: Tía Mariana desabrochándose el corpiño, Luana tirada boca abajo conel bikini corrido, Mamá levantándose el vestido con esa seriedad suya quevolvía todo aún más excitante. Era una imagen del paraíso.
—Basta de tonterías —cortó al fin mamá.
Después de un rato, Luana desapareció. El calor eratan intenso que pensé que habría subido a refugiarse en su cuarto, que sí teníaaire acondicionado, pero enseguida escuché su voz llamándome desde el patio. Ungrito juguetón, claro, que me sacó de la modorra.
Salí a buscarla y la encontré junto a la pileta.Vacía, por supuesto. Tendríamos que haberla limpiado antes de que empezara elcalor, pero nadie se había ocupado, y ahora solo quedaban las baldosasardientes y la estructura vacía. Igual, Luana había encontrado la manera deconvertir el patio en su escenario.
Estaba contra la pared medianera, con la mangueradesenrollada en la mano. Se apuntaba el chorro de agua al cuerpo, dejándoseempapar como si estuviera en una fiesta privada. Meneaba las caderas despacio,con un ritmo sugerente, como si improvisara un baile erótico solo para mí.

—¡Vení! —me llamó, con el dedo índice curvado engesto travieso.
Sonrió con descaro. Llevó la manguera a su cabeza,dejando que el agua le cayera sobre el pelo y resbalara por su piel. Laremerita fina que llevaba se empapó enseguida, pegándose a su cuerpo. Lospezones se marcaron con descaro, tensando la tela como si quisieran romperla.El agua bajaba por sus tetas, chorreaba por su abdomen plano y desaparecía bajola tela mínima de la tanguita, que también empezaba a adherirse a sus curvas.
La imagen me dejó inmóvil. Parecía una sirenaescapada de algún sueño prohibido.
Me acerqué a ella, como si estuviera poseído. Noentendía a qué se debía esa actitud juguetona y seductora. ¿Se estaba burlandode mí o estaba atravesando algo muy parecido a lo que me pasaba? En esos mesesen los que se despertó mi deseo incestuoso, había dado por sentado que meencontraba solo con ese sentimiento, que era un bicho raro, un degenerado. Yahora me preguntaba si de verdad era algo tan poco común, o más bien era algode lo que no se hablaba.
Pero no me podía confiar tratándose de mi hermana. Aella siempre le gustaba molestarme. Quizás simplemente se daba cuenta de cómola miraba, y ahora quería provocarme.
De pronto apuntó la manguera hacia mí. Puso el dedosobre la boquilla para que el agua saliera con más presión y me roció de golpe.
—¡Eh, qué hacés, boluda! —protesté, aunque pordentro agradecí el frescor. El agua estaba fría y se sentía como un regalo enmedio del horno en que se había convertido la casa.
Me acerqué decidido a sacarle la manguera de lasmanos, pero Luana siempre había sido rápida y ágil. Se apartó riendo, corriendounos pasos hacia atrás. La seguí, y cuando por fin la alcancé, la abracé pordetrás para inmovilizarla. Ella se revolvió, forcejeando con la manguera,moviéndose como un pez resbaladizo. Su culo quedó en pompa, apretado contra mimuslo primero, y después, inevitablemente, contra mi entrepierna.
El roce fue devastador. El cuerpo me respondió deinmediato. El calzoncillo ajustado y la bermuda holgada no fueron suficientespara esconder la erección que creció con violencia, porque ahora ella lo estabasintiendo en sus glúteos.
Para colmo ese culo perfecto se frotó una y otra vezcontra mí, como si en lugar de apartarse buscara exactamente eso: prolongar elcontacto.
Yo trataba de arrebatarle la manguera, pero miatención estaba en otra parte. El agua nos salpicaba, nos mojaba la piel.Sentía la tersura de su trasero contra mi verga dura, repetida, insistente.Luana reía sin parar, con esa risa contagiosa que mezclaba inocencia yprovocación, como si jugar conmigo de esa manera fuera lo más natural delmundo.
Sus ojos claros brillaban bajo la luz del sol,chispeantes, cómplices. El agua le corría por las mejillas, por el cuello, porla clavícula, hasta perderse en el valle de sus pechos empapados. Yo tenía elcorazón golpeándome en la garganta y el deseo devorándome entero. Era simple yera perfecto: el sol, el agua, su cuerpo contra el mío.
—¿Qué hacen? —escuché de repente.
Era la voz de Mariana.
Tía Mariana, que a sus treinta años a veces secomportaba más infantilmente que nosotros dos juntos. Mariana, la misma queanoche me había sorprendido con la verga dura y se lo había contado a Luanacomo si fuera un chisme divertido. Mariana, mi primera fantasía sexual, lamujer con la que, de chico, había soñado casarme.
Me di cuenta de que al fin le había arrebatado lamanguera a Luana, y lo primero que hice fue apuntar un chorro directo hacia latía. Ella lo recibió de lleno, pero en vez de enojarse estalló en unacarcajada. El pareo se empapó al instante, volviéndose pesado y transparente,así que simplemente se lo quitó y lo arrojó a un costado con un movimientorápido.
Se acercó hacia mí riéndose, y yo no podía dejar demirarle las tetas enormes rebotando suavemente dentro del corpiño empapado. Elagua le corría entre los senos y se perdía en su vientre. Ahora estaba igualque Luana: apenas en tanga. Le llevé el chorro de agua hacia arriba y se lotiré por la cabeza. Mariana cerró los ojos, se echó el pelo hacia atrás ylevantó la cara, dejándose bañar, como si estuviera disfrutando de una duchaimprovisada.
De pronto, Luana apareció detrás de ella y trató dearrebatarme la manguera. La tía quedó atrapada entre los dos. En el forcejeo meacerqué más, tanto que mi cuerpo se pegó contra el suyo, y por fin sentí esastetas apretándose contra mi pecho. El roce me sacudió entero, me electrizó.
Luana, rápida, logró sacarme la manguera y me lanzóun chorro helado. Yo quedé empapado, con la remera pegada al torso, mientrasseguía abrazado a Mariana. Ella lo notó. Evidentemente sintió mi erecciónaplastándose contra su vientre.
—Cortala, nena —le dijo a Luana, con un tono quemezclaba fastidio y risa.
Entonces todo se volvió confusión. El sol me daba delleno en los ojos y apenas veía bien. Éramos tres cuerpos forcejeando,empapados, resbalándonos, girando unos sobre otros como si estuviéramosatrapados en una coreografía improvisada. Sentía el culo de Marianarestregándose una y otra vez contra mi verga dura. Mis manos, enredadas en eljuego, se escapaban hacia sus tetas bajo la excusa de arrebatarle la manguera.
A veces ella se corría y quedaba frente a Luana, yyo iba tras ella, hasta que otra vez los tres nos juntábamos en un nudo deagua, risas y cuerpos. Mis manos se posaban en el culo redondo de Mariana, alprincipio como si fuera casualidad, hasta que comprendí que ya nadie lo fingía:era parte del juego. Igual que cuando la tía, al intentar sacarme la manguera,me apretaba las tetas enormes contra el pecho y yo no podía más que hundirme enese contacto.
El piso se había convertido en un charco ardientebajo el sol, pero nada importaba. Lo único que sentía era la piel mojada deellas dos, suave, resbaladiza, tibia. El roce de los culos perfectos, lospechos empapados, el sonido de las risas mezclado con el chocar del agua.Estábamos empapados y yo al borde de la locura.
—¿Qué están haciendo? Esto es un enchastre—escuchamos de repente.
Los tres nos detuvimos al instante. Yo traté deacomodarme la remera empapada, rogando que mamá no hubiera notado la erecciónbrutal que me deformaba la bermuda.
—Dale, vení —la llamó Mariana, todavía sonriendo—.Nos estamos divirtiendo.
Mamá mantuvo la distancia, parada en el marco de lapuerta, con los brazos cruzados. Su silueta bajo el vestidito negro parecía aúnmás provocadora que la de las otras dos. Durante unos segundos nos observó ensilencio, suspiró y al final esbozó una sonrisa resignada.
Yo deseaba que se acercara, que se quitara esevestido ligero y se uniera al juego. Deseaba encontrar cualquier excusa parameter las manos en ese culo perfecto que me obsesionaba.
—Son unos bobos —dijo simplemente, y luego se diomedia vuelta y se metió en la casa.
El agua seguía chorreando, tibia, pero el verdaderocalor ahora estaba adentro mío.
La presencia de mamá, de alguna manera, funcionócomo un freno. Nos detuvimos, nos miramos entre nosotros con cara de tontos,como si recién ahí tomáramos conciencia del enchastre que habíamos armado. Laschicas buscaron un par de toallones y comenzaron a secarse, todavía riéndoseentre ellas.
Yo me quedé quieto, observándolas, con larespiración agitada. Escuchaba sus voces, bajitas, cuchicheando algo que noalcancé a entender, hasta que se acomodaron en las reposeras. El sol caíafuerte, el calor seguía siendo sofocante.
Fue entonces cuando Luana me descolocó. Con totalnaturalidad, se desabrochó el corpiño, lo dejó a un costado, se acomodó en unareposera, y cerró los ojos, recostada hacia atrás. Yo me quedé sin aire. Sustetas eran perfectas: no muy grandes, pero redondas, firmes, erguidas como sidesafiaran el mismo calor. Los pezones, oscuros y duros, parecían arder bajo elsol, húmedos por las gotitas que el agua todavía le dejaba en la piel. Ella nopareció ni notar mi presencia… o quizás le daba lo mismo.
—¿Nos buscás protector solar? En mi cuarto tengo—dijo la tía, de repente, y sin titubear se quitó también el corpiño.
El mundo se me vino abajo. Sus tetas quedaron alaire, enormes, impresionantes, mucho más de lo que mi imaginación había logradoconcebir hasta ese momento. Las areolas eran anchas, oscuras, casi hipnóticas,y los pezones estaban duros, excitados, igual que los de Luana. Yo me quedéembobado, mirando como un idiota, sintiendo que la verga se me endurecía cadavez más. Mariana ya no me miraba; parecía ajena, tranquila en su propio juego,pero lo cierto es que me había dado una orden directa: traerle el protectorsolar.
—Claro —atiné a decir, con la voz tomada—, enseguidavuelvo.
Me dirigí a la casa, todavía temblando. Entré por lacocina y fue ahí donde me crucé con mamá. Ella estaba parada frente a lamesada, y al verme entrar chorreando agua por todos lados, frunció el ceño.
—Ni se te ocurra entrar así —me dijo—. Vas a dejarcharcos por toda la casa.
Me detuve, incómodo. A diferencia de las chicas, yoseguía bastante vestido: remera empapada, bermuda pegajosa, zapatillas mojadas.El suelo ya estaba lleno de huellas oscuras.
Mamá caminó hacia mí. Sin decir nada, llevó una manoal borde de mi remera y la levantó. Yo respiré hondo, sorprendido. Me la quitóde un tirón. El aire caliente me pegó en el torso mojado.
Después bajó la mano hasta mi cintura. En eseinstante debió notarlo. La dureza bajo la tela, imposible de disimular. Yo mequedé helado. Ella desabrochó el botón de la bermuda y me la bajó sin esfuerzo.Quedé solo en calzoncillos, con la pija dura como una roca, marcadaobscenamente contra la tela.
—¡Qué rápido se te pone dura! —me dijo de repente,mirándome fijo a los ojos.
En esa mirada había algo que no quise creer, algoparecido a la excitación. El corazón me latía a los golpes. Me puse colorado alinstante.
—No te preocupes —agregó enseguida, como quitándoleimportancia—. Ya dijimos que esto es normal. Además, vos me viste en unasituación mucho peor.
Asentí, nervioso, recordando su cuerpo desnudo, suconcha empapada, después de acabar.
—Sí… pero a veces quisiera que no se me parara así,de golpe.
Ella sonrió con ternura.
—Está bien, no te preocupes. Cuando seas más grande,vas a agradecer que se te ponga dura así de fácil.
Me palmeó suavemente el hombro, como si metranquilizara. Luego señaló con la cabeza hacia el lavadero.
—Andá a poner la ropa en el lavarropas.
Obedecí sin chistar. Me saqué las zapatillas, metíla ropa en el tambor y cerré la tapa. La verga seguía dura, rebelde,golpeándome contra el calzoncillo. Volví a la cocina, todavía respirandoagitado.
Cuando pasé a su lado, ella se estremeció levemente,como si hubiera percibido algo en el aire.
—Creciste mucho —me dijo, con un tono extraño,cargado de nostalgia.
—Y vos seguís tan joven como hace diez años —mesalió decir, casi sin pensar.
Ella sonrió, entre incrédula y halagada.
—Qué mentiroso.
—No, es verdad. Estás hermosa.
—Gracias, sos un dulce —me respondió, y entonces,como si nada, se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla.
Subí la escalera más caliente que nunca, directo alcuarto de Mariana a buscar el protector solar. Después me puse ropa seca y bajéde nuevo. Ahí estaban las dos, charlando como si nada, con sus turgentes senosdesnudos.
—¿Qué? ¿Te fuiste a fabricar el protector solar?—preguntó Luana, con ironía, mientras le entregaba el pote a la tía.
Tragué saliva, nervioso. La pija no se me habíaablandado en ningún momento. No me animé a preguntar si podía quedarme ahí, niellas me lo ofrecieron. Pero con ese paisaje que me regalaban era más quesuficiente. Decidí meterme adentro de nuevo. Además, si me quedaba ahí, hastaera capaz de eyacular dentro de mi bermuda, sin siquiera tocarme.
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