
Cuarta entrega de Revolcadas Nocturnas con mi Madre...
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Ya estaba despierto. Había estado despierto desde antes de que saliera el sol, dando vueltas en la cama, escuchando los pájaros afuera, sintiendo el frío de las sábanas que no lograba calentar. Me levanté, me bañé, me vestí. Pantalón gris, camisa blanca, suéter azul marino. El uniforme de siempre. La máscara de siempre.
Antes de salir de mi cuarto, revisé el cajón del armario.
No estaba. Me alarmé, pero recordé que la había tirado al suelo. Busqué debajo de la cama y ahí estaba. e inmediato la guardé en el armario.
La tanga roja, ahí. Arrugada, con esa mancha que ya no iba a quitarse, escondida en medio de mi ropa interior. La miré un segundo. Solo un segundo. Después la tapé de con unos bóxer, cerré el cajón.
No quería pensar en eso. Pero el sueño todavía me quemaba detrás de los ojos.
Ella estaba en mi cuarto. De noche, con la luz de la luna entrando por la ventana. Un camisón blanco, diminuto, transparente, que apenas le llegaba a la entrepierna. Se le marcaba todo. Las tetas, los pezones, las caderas, el triángulo oscuro abajo. Y la tanga roja asomándose por debajo del dobladillo, esa diminuta prenda que apenas cubría su vulva, que apretada ahí. Se acercó lento, moviendo las caderas como si supiera lo que me estaba haciendo, y susurró mi nombre.
John… Que brazos tan fuertes tienes…
Ahora bajaba las escaleras y ella estaba en la cocina. Tenía que mirarla a la cara como si nada de eso hubiera pasado.
Vamos, John. Control.
Bajé los últimos escalones y giré hacia la cocina.
Ana estaba de espaldas, sacando cosas del refrigerador. Pantalón de sudadera claro, que a pesar de ser holgado, igualmente se marcaba ese tremendo trasero, una blusa blanca de manga larga, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. Nada especial. Nada como el camisón del sueño. Pero cuando la vi, la imagen volvió. El blanco transparente, la tela pegada a su piel, sus dedos estirándose hacia mí…
Parpadeé. Me limpié la cara con una mano, como si pudiera borrar la imagen a golpes.
—Buenos días —dije.
Ella se volteó.
Y nos quedamos viendo.
Un segundo. Tal vez dos. Pero se sintieron más largos. Sus ojos se movieron rápido sobre mi cara, como si estuviera buscando algo. Tenía una expresión rara. No era la molestia del otro día en la noche, no era la frialdad del día siguiente. Era algo más suave. Parecía nerviosa.
Sonrió. Pero no como siempre. Era una sonrisa pequeña, contenida. Casi tímida.
—Buenos días, John —dijo.
Su voz sonó más bajita de lo normal.
—¿Dormiste bien? —pregunté, solo para decir algo, para llenar el silencio que se estaba haciendo incómodo.
Ana parpadeó. Sus mejillas se pusieron un poco rosadas. Y su sonrisa creció un par de milímetros, como si la pregunta le hubiera gustado más de lo que debería.
—Sí —dijo—. Bien. ¿Y tú?
Soñé contigo. Con ese camisón blanco que no existe pero que mi cabeza inventó. Con la tanga roja que me robé de tu cajón. Terminé pensando en ti antes de que saliera el sol.
—Bien —dije.
Y me odié un poco por lo fácil que fue mentir.
—Siéntate —dijo ella, dándose la vuelta hacia la estufa—. ¿Tienes hambre?
—Sí.
Me senté en la mesa. La misma mesa de ayer, donde me sirvió la cena y se quedó a mi lado, mirándome comer. Y ella estaba otra vez ahí, moviéndose entre la estufa y el fregadero, preparando algo.
Alma ya estaba sentada en su sillita. Su cabello castaño claro todavía revuelto, los ojos bien abiertos, con una mano metida dentro de la caja de cereal.
—Hola, John —dijo, con la boca llena de Choco Krispis.
—Hola, mi chiquitita —respondí, y le revolví el pelo.
Ana puso un plato frente a mí. Huevos revueltos, una tortilla, y café. Nada del otro mundo. Pero lo hizo con cuidado, como si quisiera que estuviera perfecto.
—Gracias, ma' —dije.
Ella se quedó de pie a mi lado un momento. No se sentó. Solo se quedó ahí, viéndome tomar el primer bocado. Tenía las manos cruzadas sobre el delantal, los dedos inquietos, moviéndose sin parar.
—¿Está bueno? —preguntó.
—Buenísimo —dije. Y era verdad.
Sonrió. Esa sonrisa amplia ahora, que mostraba sus dientes perfectos y bien cuidados. Se dio la vuelta y volvió a la estufa, pero no hizo nada. Solo movió una cacerola de lugar, la volvió a poner donde estaba, ajustó la tapa. Estaba nerviosa.
No supe por qué. O sí. Ayer en la cocina, cuando la abracé por detrás y ella se quedó en mi abrazo. Cuando me dijo "me gusta" mientras me acariciaba el brazo. Cuando hizo que le prometiera que la invitaría al cine, como si fuéramos…
No. No iba por ahí.
Déjalo, John.
Le di una vista a su culo. Era inevitable.
Los pies en las escaleras. Pasos apurados, de adolescente que se despiertan tarde. Valeria bajó como un huracán, con el uniforme medio puesto, el moño desacomodado, el celular en la mano.
—¡Ya voy tarde! —gritó, más para ella que para nosotros.
—Tranquila —dijo Ana—, todavía falta.
—No falta, ya son las siete.
—Tu ruta pasa a las siete y cuarto, siéntate.
Valeria resopló, agarró un plátano de la frutera, mordió y se sentó enfrente de mí.
—Oye —me dijo, con la boca llena—, ¿Mañana estás ocupado?
—Si —mentí.
—¿Me puedes ayudar con el teclado? —me dijo refiriéndose a su instrumento musical—. Es que no puedo sacar unas notas.
—Después.
Matías bajó los escalones de a tres. Literal. Lo escuché antes de verlo, como un toro descontrolado.
—¡Voy a ganar la carrera del recreo! —anunció, entrando a la cocina.
—¿Qué carrera? —preguntó Valeria.
—La del recreo.
—Matías —dije—, no es nada.
Matías se rió, agarró un vaso de leche que mi madre ya le había dejado, y se lo tomó de un trago. Con la leche chorreándole por la barbilla, se limpió con la manga.
—Matías —dijo Ana—, la servilleta.
—Ay, mamá.
La casa sonaba a lo de siempre. Niños desordenados, platos moviéndose, la tele de fondo en la sala, el reloj marcando las horas. Todo normal.
Pero Ana seguía inquieta.
Me vio un par de veces desde la estufa. Miradas rápidas, que duraban menos de un segundo, y luego se iban al plato, a la ventana, a cualquier lado. Como si no quisiera que supiera que me estaba viendo.
Y yo no podía dejar de fijarme en sus manos. Las manos que ayer me acariciaron el brazo. Los dedos que apretaron mi bíceps. Las uñas pintadas de un color claro, apenas rosado.
—John —dijo de repente—. ¿Vas a salir hoy?
La pregunta sonó casual. Demasiado casual.
—Sí, voy al gym —dije—. ¿Por?
—Nada. Preguntaba.
Se mordió el labio inferior y volvió a la estufa. Se me hizo bastante raro. Pero recordé que había invitado a salir a Diana, al cine. Se me había olvidado.
Los minutos pasaron. Valeria subió a terminar de alistarse. Matías se puso a jugar con un carrito en el piso de la cocina, haciendo ruidos de motor con la boca. Alma terminó su cereal y se quedó mirando un dibujo en la caja, con los dedos pegajosos.
Yo seguía comiendo. Mi madre seguía viéndome de reojo.
—Ya voy —dijo la voz de mi papá desde las escaleras.
Bajó con su traje gris, la corbata bien puesta, el maletín en una mano. Su presencia llenó la cocina de otra forma. Más pesada. Más seria.
—Buenos días —dijo, sin mirar a nadie en particular, y fue directo a la taza de café que mi madre ya le había dejado servida.
—El desayuno está en la estufa —dijo ella, seria.
—No tengo hambre.
Se tomó el café de pie, apoyado en la encimera. Miró su reloj.
—John, en cinco minutos nos vamos.
—Bueno, papá.
Terminé de comer rápido. Dejé el plato en el fregadero.
—Gracias, ma' —dije.
Ella me miró. Otra vez esa mirada rápida, corta, que se iba antes de que pudiera devolvérsela.
—De nada —dijo, y vi una pequeña sonrisa.
Mi papá ya estaba en la entrada, con el maletín bajo el brazo, el teléfono en la mano, revisando algo. Agarré mi mochila.
—Nos vemos —le dije a mis hermanos. Alma me mandó un besito desde lejos para despedirse. Matías ni me escuchó, seguía con su cuarto.
—Cuídate —dijo Valeria, bajando las escaleras otra vez, ya arreglada.
Salí. Mi papá ya estaba subiendo a la camioneta, la Ford Ranger gris que siempre manejaba con una mano, como si el volante le estorbara. Me subí al asiento del copiloto.
Antes de que arrancara, miré hacia la casa.
Papá arrancó. La camioneta empezó a moverse. Y yo vi por el espejo retrovisor cómo nuestra casa se alejaba, hasta que doblamos la esquina y desapareció.
¿Qué está pasando?
No supe contestarme.
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La tarde estaba un poco soleado. Había muchos niños jugando mientras pasaba por el parque. El viento resoplaba las hojas de los árboles.
Ya habían terminado las clases. Ya había almorzado. Ya estaba vestido, perfumado, y caminando hacia la casa de Diana con los nervios ligeramente revueltos pero sin querer admitírmelo.
Me había puesto unos jeans negros ajustados, una camisa de manga larga gris, las manos bien perfumadas. Me miré en el espejo antes de salir y pensé estás presentable. Nada fuera de lo normal, pero suficiente. Mi mamá no estaba cuando llegué. Solo un papel pegado en la nevera con su letra redonda y ordenada:
"John, fui a recoger a Alma al jardín. Hay comida en la estufa. Calientas y comes. Mamá."
Normal. Todo normal.
Pero mientras caminaba bajo el sol de la tarde, con las manos en los bolsillos y la cabeza en otra parte, no podía dejar de darle vueltas a lo mismo.
¿Qué le pasa a mi madre?
El cambio se notaba. Ayer en la noche estaba contenta, demasiado contenta, y yo con los brazos alrededor de su cintura sintiendo cómo se recostaba contra mí, cómo me acariciaba el brazo con esos dedos lentos, cómo me miraba como si yo fuera el centro de algo. Y esta mañana, en la cocina, esa sonrisa tímida que no era la de siempre. Esa forma de verme rápido y desviar la mirada, como si le diera pena que la atraparan.
Quizá fue el detalle, pensé. Las flores, los chocolates. Se sintió especial.
Ojalá fuera solo eso.
Giré la esquina y sentí el cosquilleo en el estómago. El de antes de algo importante, el de las primeras veces. Respiré hondo y toqué el timbre.
Adentro se oyeron pasos. La puerta se abrió.
Y ahí estaba.
Diana sonreía desde el marco de la puerta, y juro que la luz de la calle se puso más bonita solo para ayudarla.
Tenía puesto un blue jean oscuro, bien ajustado, que le marcaba las piernas torneadas y rectas. Una blusa negra de manga larga, sencilla, con un pequeño escote que dejaba ver el principio de sus hombros. El cabello rubio lo tenía suelto, cayéndole sobre los hombros en ondas suaves. Y sus ojos… esos ojos azules que parecían más brillantes con la blusa negra, como si alguien los hubiera encendido desde adentro.
—Hola —dijo, y su voz sonó un poco más aguda de lo normal.
—Hola —respondí, y seguro que soné igual de pendejo.
Se acercó un paso y me dio un beso en la mejilla. Rápido, suave. Su piel olía a crema, algo dulce, como coco o vainilla. Cuando se separó, tenía las mejillas un poco rosadas.
—¿Lista? —pregunté.
—Sí —dijo, agarró una chaqueta del perchero, y salió cerrando la puerta detrás de ella—. ¿A dónde vamos primero?
—Pensé que camináramos un rato, luego vamos al cine.
—Suena bien.
Comenzamos a caminar. Ella se puso a mi lado, tan cerca que nuestros hombros se rozaban de vez en cuando. Al principio no pasó nada. Luego, sin que yo dijera nada, ella metió su mano en el hueco de mi brazo y se colgó de mí, como si fuéramos novios de esos de las películas viejas.
No dije nada. Pero por dentro me retorcía de gusto.
—Oye —dijo mientras caminábamos, mirando hacia adelante—, ¿por qué tardaste tanto en invitarme?
La pregunta me agarró desprevenido.
—¿Cómo que tanto? Si te invité ayer.
—Sí, pero llevábamos semanas hablando —me miró de reojo, con una sonrisa pícara—. Pensé que te daba miedo.
—¿Miedo? ¿De qué?
—De mí.
Soltó una risa corta y apretó mi brazo contra su pecho sin querer queriendo. Sentí la suavidad de su cuerpo a través de la blusa y tuve que mirar hacia la calle para no ponerme colorado.
—No me das miedo —dije—. Solo quería encontrar el momento adecuado.
—¿Y este es el adecuado?
—Parece que sí.
Llegamos a un centro comercial cercano. Había gente caminando, niños corriendo, señoras con bolsas del supermercado. La tarde estaba templada, sin el calor feo del mediodía. Caminamos hasta la plaza, nos sentamos en una banca un rato, hablando de cosas sin importancia: el colegio, los profesores, una compañera que se había peleado con su novio, la fiesta del fin de semana que alguien estaba organizando.
Después fuimos al cine. Una película animada, de comedia. Nada del otro mundo, pero ella se reía con cada chiste, a veces más fuerte de lo que la escena merecía, y eso me hacía reír a mí también. En un momento de la película, cuando todo estaba oscuro, sentí su mano buscar la mía sobre el apoyabrazos. La tomé. Sus dedos eran suaves, fríos. Los entrelacé con los míos. Y nos quedamos así, sin decir nada, viendo la pantalla como si el mundo afuera no importara.
Cuando salimos, ya estaba oscureciendo.
—¿Vamos por un helado? —preguntó ella, sin soltar mi mano.
—Claro.
Fuimos a la heladería de la esquina. Ella pidió uno de fresa con chispas. Yo de chocolate. Nos sentamos afuera, en una mesita pequeña, y mientras ella lamía su helado, no pude evitar mirarle los labios. Gruesos, suaves, rosados. Los mismos labios que había estado imaginando desde hacía semanas.
Tranquilo, me dije. No la vayas a asustar.
Pero ella me miró mientras lamía su helado, y sonrió como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —dije, y mordí mi barquillo—. Estás bonita hoy.
Sus mejillas se pusieron rojas. Bajó la mirada un momento, y cuando la levantó, sus ojos brillaban.
—Gracias —dijo bajito.
Terminamos el helado y caminamos de vuelta a su casa. Ya era de noche. Los faroles de la calle encendidos, las casas con luces adentro, algún perro ladrando a lo lejos. Ella seguía con su mano en mi brazo, y yo sentía su calor a través de la chaqueta.
Llegamos a la puerta de su casa. Nos quedamos viendo un momento. La luz del porche le iluminaba la cara desde arriba, sombreándole los pómulos, haciéndole los ojos más profundos.
—Gracias por hoy —dijo—. La pasé muy bien.
—Yo también.
—La película estuvo divertida.
—Sí, aunque no vi la mitad.
—¿Por qué?
—Porque te estaba viendo a ti.
Se quedó callada. Parpadeó. Y su sonrisa creció despacio, como si estuviera saboreando mis palabras.
—Eres un tonto —dijo.
—Ya sé.
Nos quedamos en silencio. Un silencio de esos que pesan pero no aprietan, que te piden que hagas algo.
Me acerqué a ella.
Ella no retrocedió.
Incliné la cabeza. Ella también. Y entonces nuestros labios se encontraron.
No fue rápido. No fue torpe. Fue lento, suave, como si los dos hubiéramos estado esperando ese momento y ahora no hubiera prisa. Su boca sabía a fresa, y su labio inferior era tan suave como había imaginado. El mío se abrió un poco, el de ella también, y la lengua apareció como un saludo tímido, un roce nada más. Un sabor dulce, caliente. Mi mano subió a su mejilla. La suya se posó en mi pecho.
Duramos así quién sabe cuánto tiempo. Un minuto. Tal vez más. Cuando nos separamos, ella tenía la cara colorada, los labios apenas entreabiertos, los ojos brillantes como dos piedras azules mojadas.
Sonrió. Yo también.
—Buenas noches, John —susurró.
—Buenas noches, Diana.
Entró a su casa. Me quedé viendo la puerta cerrarse. Después me di la vuelta y caminé de regreso, con las manos en los bolsillos, la boca todavía sabiendo a ella, el pecho caliente.
Lo lograste, pensé. No la cagaste.
Llegué a mi casa con la sonrisa todavía puesta. Abrí la puerta y entré.
La sala estaba iluminada. Ana estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho, viendo la tele. Alma estaba al frente suyo, sobre la alfombra del medio, jugando con una muñeca, también mirando la pantalla de vez en cuando.
—Llegué —dije, dejando las llaves en la entrada.
Mi madre no respondió.
Me quedé viéndola un momento. Tenía el ceño ligeramente fruncido, los labios apretados, la mirada fija en la televisión como si lo que estuvieran dando fuera lo más importante del mundo. Pero no había nada importante. Era un programa de cocina.
—¿Qué pasó, ma'? —pregunté, como si nada.
Entonces me miró.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo. Los jeans negros ajustados, la camisa gris, el perfume que todavía se me notaba. Su cara cambió. No sé cómo explicarlo. Se puso más dura. Más cerrada.
—Creo que habías dicho que ibas al gimnasio —dijo. Su voz sonaba plana, pero con un filo debajo.
Parpadeé.
—¿Al gimnasio?
—Sí. Eso me dijiste en la mañana.
—Ah… sí, pero —me rasqué la nuca— pero también te dije lo del cine con Diana, ¿no? Ayer te lo platiqué. Se me pasó comentártelo otra vez, pero…
—No me dijiste nada —me interrumpió. Y su tono ya no era plano. Era cortante—. Dijiste que ibas al gimnasio. Y llegas vestido así, perfumado, a las ocho de la noche.
—Ma', fue una salida. Con Diana. La chica que te…
—Ya sé quién es.
Su voz cortó el aire. Alma levantó la vista de su muñeca, nos miró un momento, y volvió a su juego.
Yo me quedé parado en la entrada de la sala, sin saber qué decir. Porque sí, es cierto, esta mañana no le había dicho específicamente que hoy iba a salir con ella. Pero ella lo sabía. Se lo dije ayer en la cocina, cuando estábamos abrazados, cuando me hizo prometerle que la invitaría al cine a ella otro día.
—No entiendo por qué te molestas —dije, y me salió más duro de lo que quería—. Es solo una salida.
—No me molesto —dijo, y se cruzó de brazos más fuerte.
—Sí te molestas.
—John.
—¿Qué?
Me miró. Y en sus ojos vi algo que no supe leer en ese momento. No era solo enojo. Era otra cosa. Algo más revuelto.
—Alma —dijo, sin dejar de mirarme—, recoge tu muñeca y sube a bañarte.
—Pero ma'…
—¡Ahora!
La niña se levantó aburrida, agarró su muñeca del pelo, y salió de la sala con pasos cortos. La vi subir las escaleras, toda encogida, y sentí un coraje que no era contra ella.
Ana se levantó del sillón. Me quedó viendo desde el centro de la sala, con los brazos todavía cruzados, la mandíbula apretada.
—Haces lo que quieres —dijo—. Ya estás grande. No tienes que avisarme nada.
—Entonces ¿por qué te enojas?
—No estoy enojada.
Se dio la vuelta y caminó hacia la cocina. La vi irse. Su paso era rápido, enérgico, las caderas moviéndose dentro del pantalón que traía puesto. No quise mirar. Pero miré.
Ay, John…
Me quedé un momento en la sala, escuchando los ruidos de la cocina: una puerta que se abre, un plato que choca contra otro, el agua corriendo. No volví a decir nada. Ella tampoco.
Subí las escaleras.
Pasé frente al cuarto de Alma. La niña estaba sentada en su cama, con la muñeca en la mano, sin llorar pero con los ojos brillantes. Matías estaba jugando, compartían cuarto. Toqué la puerta.
—¿Estás bien? —pregunté bajito.
Asintió.
—Mamá se enojó —dijo.
—Sí, pero no fue por ti.
—¿Por quién fue?
No supe qué responder.
—Nadie —dije—. Ya báñate, ¿sí?
Cerré la puerta de su cuarto y entré al mío.
Me tiré en la cama, boca arriba, viendo el techo. Las sábanas olían a suavizante. La casa sonaba a lo de siempre: la tele abajo, algún coche pasando, el zumbido del refrigerador.
¿Por qué se enojó tanto?
Le dije que iba a salir. Se lo dije ayer. No era tan importante como para ponerse así. Y además, ¿qué le importaba a ella con quién salía? Era mi vida. Yo podía ir al cine con quien quisiera.
Pero mientras más le daba vueltas, más me quedaba una sensación rara en el pecho, como si hubiera hecho algo mal sin saber qué.
Quién entiende a las mujeres.
Solté un suspiro, agarré el celular y vi un mensaje de Diana.
"Llegué bien. Gracias por hoy, me encantó."
Sonreí. Le respondí:
"A mí también. Descansa."
Guardé el celular. Cerré los ojos.
Y abajo, en la cocina, escuché el agua corriendo todavía.
Ana seguía ahí. Y yo seguía sin entender nada.
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Bajaba las escaleras con los ojos todavía medio cerrados, bostezando, el pelo revuelto, la camiseta vieja que uso para dormir. Sábado. No había prisa. Mi papá se había ido muy temprano, escuché la puerta como a las cinco de la mañana. Viaje de negocios, dijo ayer en la cena. No vuelve hasta mañana.
Casa tranquila. Casa vacía, casi.
Cuando llegué al último escalón, escuché la voz de mi madre.
Venía de la cocina. No hablaba fuerte, pero en el silencio de la mañana se escuchaba claro. Estaba enojada. No gritaba, pero ese tono que usaba cuando algo la sacaba de quicio.
Me quedé tieso, sin hacer ruido. No queriendo interrumpir. No queriendo que supiera que la escuchaba.
—Estoy que lo echo. ¡Estoy que lo echo!
El corazón me dio un vuelco.
¿A mí? ¿Me quiere echar?
Mi cabeza empezó a girar. ¿Por qué me echaría? ¿Por lo de la vez pasada? ¿Por el abrazo en la cocina? ¿Por haber salido con Diana? No tenía sentido. Pero el miedo es torpe, y el mío se despertó de golpe.
Seguí escuchando.
—No, no es eso —dijo Ana, y su voz bajó un poco—. Es él. Hernán.
Respiré. No era a mí.
Pero entonces ¿por qué mi papá?
Me quedé pegado a la pared del pasillo, justo donde no podía verme si volteaba, pero donde yo podía escuchar cada palabra. La adrenalina me había despertado del todo.
—Otra vez —dijo Ana. Escuché el ruido de una taza contra la mesa, como si la hubiera soltado con fuerza—. Otra vez con la misma zorra. ¿Tú crees que no me entero?
Mi sangre se enfrió.
¿Zorra?
No era difícil entender lo que estaba diciendo.
—No sé quién es —continuó, y su voz sonó más cortante ahora, más filosa—. Pero la voy a encontrar. Y cuando la encuentre…
Hizo una pausa. Escuché que respiraba hondo, como cuando intenta calmarse y no puede.
—Llevo meses aguantando, amiga. Meses. Desde el año pasado. Pero esto ya…
Se cortó. Escuché que se movía, que jalaba una silla, que se sentaba.
—No ¿cómo crees? —dijo, y su tono cambió. Ya no era solo coraje. Era cansancio. Tristeza—. Porque no sirve de nada. Lo he confrontado antes. Lo he encarado. Y él me miente en la cara, me jura que son puros chismes de la fábrica, que las mujeres son envidiosas. Y yo sé que miente. Pero también sé que si lo confronto de nuevo, va a pasar lo mismo. Él va a negar, yo me voy a enojar, él se va a ir a trabajar más tarde, y al final…"
Silencio.
—Al final yo soy la loca que termina sola en esta casa, mientras él anda por ahí haciendo sus porquerías.
Aprieto los puños. Sentí rabia. Rabia contra mi padre. Que se la pasaba en la fábrica, que llegaba tarde, que nunca estaba, y que encima…
No podría creerlo aún.
Mi papá le estaba siendo infiel a mi madre.
La imagen me explotó en la cabeza. Mi papá con otra mujer. En la fábrica, quizá. En el apartamento ese que tiene arriba en la fábrica. O quién sabe dónde. Pero con otra.
Y ella sabía. Llevaba meses sabiendo.
—Sí, ya sé lo que vas a decir —dijo Ana, y su voz sonó más bajita ahora, como si le diera vergüenza—. Que también yo…
Se detuvo.
Escuché que suspiraba. Largo. Como si estuviera pensando si seguir o colgar.
—Bueno, eso es diferente —dijo al final. Y no explicó qué era diferente—. Tú sabes bien por qué lo hago.
No entendí esa parte. ¿Hacer qué? ¿A qué se refería?
Pero antes de que pudiera seguir procesando, Ana volvió a hablar.
—No, no me arrepiento… Bueno, a veces. Pero después se me pasa.
Otra pausa.
—Porque cuando vuelvo a verlo, recordando todo lo que ha hecho… se me olvida cualquier culpa.
Culpa. Habló de culpa.
¿Qué culpa?
No encajaba. Mi mamá no tenía nada que sentirse culpable. ¿Por qué hablaba de culpa?
—Ay, Mary, no sé —dijo, y su voz se quebró un poquito—. A veces siento que todo esto es un desastre. Que debería hacer algo, mandarlo todo al carajo, pero…
Silencio.
—Pero luego pienso en los niños. En John, en Valeria, en los pequeños. Y no puedo. No quiero que ellos paguen por lo que él hace.
Eso me golpeó en el pecho. Ella aguantaba por nosotros. Tragándose el coraje, la tristeza, la humillación, por no romper la familia.
Ma'…
—Sí —dijo, más suave—. Sí, lo sé. No soy la única. Pero duerme a mi lado todas las noches. Y yo sé que ha estado con otra. Y eso…
Su voz se cortó.
La escuché sollozar.
Un sollozo pequeño, corto, como si lo estuviera conteniendo con todas sus fuerzas. Un ruido que me rompió por dentro.
Di un paso hacia la cocina.
Ve. Consuélala. Abrázala.
Mi cuerpo ya se estaba moviendo cuando escuché pasos detrás de mí.
—¿Y tú qué haces ahí?
Casi me da un infarto.
Me di la vuelta y me encontré a Valeria en el segundo escalón, con el celular en la mano y el ceño fruncido, mirándome como si yo fuera un bicho raro.
—Nada —dije, y mi voz sonó más aguda de lo normal—. Bajaba a desayunar.
—¿Y por qué estás parado ahí como pendejo?
—No sé ¡Puf! Deja de molestar. Estaba pensando.
No me creyó, pero tampoco le importó suficiente para seguir preguntando. Bajó los escalones y pasó a mi lado camino a la cocina.
Justo entonces, Ana salió.
Nos quedamos los tres en el pasillo. Valeria con su cara de adolescente, yo con la mirada de alguien que escuchó lo que no debía, y Ana con el celular en la mano, la cara seria, los ojos un poco rojos, pero secos. Seguro se limpió las lágrimas antes de salir. En sus ojos, detrás de esa seriedad, había tristeza.
—Buenos días —dijo. Su voz sonaba normal, pero era una normalidad fingida—. ¿Ya bajaron los dos?
—Sí, ma' —dijo Valeria, y pasó a la cocina como si nada—. ¿Qué hay de desayuno?
Ana la siguió con la mirada. Después me vio a mí.
Nos quedamos viendo un momento. Solo un momento. Sus labios se movieron como si quisieran decir algo, pero no salió nada.
—Buenos días, John —dijo al final, con un tono más suave.
—Buenos días, ma' —respondí.
Ella asintió. Pasó a mi lado. Sentí su perfume al cruzarse, ese perfume suave que usaba siempre, y por un momento quise abrazarla. Abrazarla fuerte y decirle que no estaba sola, que la entendía, que mi papá era un pinche desgraciado por hacerle eso.
Pero no dije nada.
Me quedé viendo cómo subía las escaleras, despacio, con los hombros caídos. Iba a despertar a Matías y a Alma. Seguir con su rutina. Como si no se hubiera estado desahogando con su amiga hace dos minutos. Como si no hubiera sollozado en la cocina.
Valeria apareció en la entrada de la cocina con un vaso de jugo en la mano.
—¿Por qué te quedas ahí viendo las escaleras? —preguntó.
—No sé —respondí, y era verdad—. No sé.
Ella apretó los labios como si pensara que yo estaba raro, pero no dijo más. Se metió a la cocina de nuevo, y yo me quedé en el pasillo, escuchando los pasos de Ana arriba, las puertas abriéndose, las voces de los niños despertándose.
Mi papá le es infiel.
La idea no se iba.
Y ahora entendía un montón de cosas. Por qué mi mamá a veces lo miraba con esa cara, como si no le importara. Por qué hablaban tan poco. Por qué él siempre estaba en la fábrica y ella siempre estaba sola, moviéndose entre la cocina y los niños, haciendo como que todo estaba bien.
Pero también había algo que no encajaba. Esa frase: "Tú sabes bien por qué hago lo que hago". ¿A qué se refería? ¿Qué hacía ella? ¿Y por qué habló de culpa?
Me quedé dándole vueltas, parado en el pasillo como un idiota, mientras arriba se escuchaba la vida normal de mi familia. Y yo ya no estaba seguro de nada.
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