―Necesito más leche ―resonó en la habitación de hotel.
Salvador se quedó de piedra. Las palabras de su padre hicieron eco en su mente y se repitieron en bucle durante unos segundos que se hicieron eternos.
―¿Qué? ―dijo en voz alta el impactado esposo e incrédulo hijo, casi en shock.
Salió de ese involuntario ensimismamiento cuando vio que su padre extendía el brazo hacia Sofía. Contuvo la respiración, y se tomó la cabeza sin poder decidirse si era por celos, por culpa o por desilusión, cuando vio que Pastor solo le tocaba el hombro para remecerla. Había pensado otra cosa, que tal vez…
—Nuera, Alejandra necesita más leche —insistió su padre, tratando de despertar a Sofía—. Se la tomó toda, y está algo inquieta —mentía, y Salvador no alcanzaba a comprender qué pretendía con todo eso.
Salvador no sabía si Sofía aún estaba dormida o solo fingía. Siempre había tenido el sueño pesado, pero la forma en que su padre la remecía tendría que ser suficiente para despertarla.
Salvador se sentó despacio sobre la cama de hotel, con los ojos fijos en la pantalla, como si toda esa fantasía fuera a desaparecer si descuidaba la mirada aunque fuera un instante. No lo podía creer, su padre acariciaba a su esposa ahí a la altura de la pierna donde cualquier contacto se considera íntimo. Eso hizo que Salvador metiera su mano por debajo del pijama, llenó de ansiosa excitación.
―Nuera… ―repitió su padre. Al ver que Sofía seguía sin responder, apartó la mano de su pierna y encendió la lampara del buró.

La imagen de su esposa, dormida en su cama, a merced de su padre, era demasiado excitante para su pervertida mente. Sofía, pese a estar aún cubierta con la sabana hasta la cintura, se veía maravillosa con aquel babydoll. Sus grandes y hermosas tetas, ahora que estaba recostada casi de lado, se desbordaban más por los costados de la prenda. Era una vista que tenía hipnotizado a su suegro, que las contemplaba con una ternura de lo más deseosa.
―Lo siento, Sofía ―dijo su padre. Le habló a Sofía como si estuviera despierta, con calma, pero con decisión. Estaba claro que también se trataba de engañar él mismo―. Pero necesito esa leche. Hay que dársela a la bebita.
Entonces, el maduro guardián, aquel al que le habían encomendado la misión de cuidar a tan suculenta esposa y madre, dejó el biberón a un lado sobre la cama, se acomodó sobre su codo junto a la magnífica silueta de su nuera y, extendiendo el brazo libre, esta vez sí tomó ese babydoll tan sensual y procedió a hacerlo a un lado, sujeto el tirante del escotado babydoll y lentamente lo fue arrastrando por su hombro.
Luego se llevó la otra mano a la entrepierna y Salvador noto como su papá se agarraba la verga erecta por encima de la pijama ahí frente a la cama con Sofía. Inconscientemente se apretó más fuerte su propio miembro, imaginando lo que estaría sintiendo su padre mientras contemplaba a su hermosa nuera ahí vestida de forma tan sensual apunto de desnudarla.
Salvador casi eyacula en sus pantalones cuando el exquisito pezón de Sofía salió a la luz a escasos centímetros del rostro de su padre.
Pastor se detuvo por unos segundos, cautivado de seguro por aquel botón rosa que apareció hinchado y erecto como un biberón. Salvador quiso pensar que su Sofía estaba despierta, consciente del abuso del que era víctima, y que ese pezón tan sabroso y paradito era muestra inequívoca de su excitación.
Llevaba años soñando con que algún hombre pudiera apreciar aquellas perfectas obras de arte que su esposa tenía por tetas, las que había mantenido ocultas para todos menos para él.
―Mierda, papá ―susurró Salvador, conteniendo su morbosa angustia, tomando su miembro con más fuerza, excitado―. Dime si no es preciosa… Dime que no es lo más extraordinario que has visto en tu vida.
Su padre, como si lo hubiera escuchado, respondió con voz afectada:
―Dios… Eres tan hermosa ―No dejaba de admirar la teta desnuda con tal intensidad que parecía irradiar furia con la mirada―. Toda tú, tan hermosa, nuera… Desde que Salvador te llevó a la casa para presentarte supe que eras bella… Dios, pero desde su último cumpleaños… Tu cuerpo… Oh, Dios, como me calentaste. ¡Como calentaste a todos!
Las palabras de su padre hicieron que Salvador se estremeciera. Sabía que su padre se sentía atraído por su esposa, pero escucharlo decirlo era algo muy diferente a solo ser consciente de ello. Ahora le quedó muy claro que el día de su cumpleaños no había marcado un antes y un después solo para él.
―Y ahora aquí estoy… No sabes cuántas veces soñé con un momento así estas últimas semanas —hablo maravillado—. Eres la esposa de mi hijo. Sé que no debería desearte…, pero no puedo evitarlo… Es tu culpa. Es que eres demasiado sexy. Te lo tenías tan bien guardado. ¿Quién iba a pensar que tras esa apariencia mojigata se iba a esconder un mujerón tan sabroso?
Salvador estaba boquiabierto. Las confesiones de su padre representaban un abuso incorpóreo, pero latente. Al pensar que ella estaba profundamente dormida por el efecto de las pastillas, se permitía dejar salir esos obscenos deseos, vocalizándolos frente a su indefensa nuera, excitándose imaginando que ella lo está escuchando y lo tolera.
―Eres una diosa, nuera ―seguía susurrándole su padre―. Nunca lo he dicho, ni podría hacerlo delante de mi hijo…, pero siempre intuí lo que escondías.
―Adelante, papá… ¡Hazlo! Sé que quieres… ¡Tócala! ―Su voz se cortaba al igual que su respiración―. Toca su piel…, apriétale esa teta. Te doy mi permiso… Manoséala… ¡Manoséala!
Hasta que su padre por fin se decidió a hacerlo. Su mano se acercó con extrema cautela, como si aquella forma fuera a escapársele tal mariposa sobre una flor, hasta que se posó directamente sobre la teta desnuda de Sofía.
Salvador se estremeció, a punto de explotar.
―¡Sí, joder! ―celebró casi gritando, emocionado. No podía creer que realmente estuviera pasando, su fetiche estaba cobrando vida―. ¡Eso es, papá! ¡Siente esa tremenda teta!
Fue tanta la excitación que sintió que tuvo que ponerse de pie y caminar por la habitación durante unos segundos, con su pene duro formando una carpa en su pijama. Sentía que se estaba volviendo loco. Le costaba pensar; incluso no podía respirar con normalidad, sin duda por culpa de lo excitado que se encontraba. Miró la pantalla de nuevo, donde su padre ya había empezado a sobar con delicada reserva el grandioso pecho de Sofía.
La presión de la mano de su padre provocó que un pequeño chorrito de leche saliera expulsado del pezón de Sofía. El fluido se levantó un par de centímetros antes de volver a caer sobre el hinchado botón de carne, solo para dejarlo húmedo y brillante, haciéndolo ver aún más apetitoso. Por si esto fuera poco, a Salvador le pareció distinguir un estremecimiento en las cejas de Sofía. Pensó que tal vez había sido su imaginación…, pero ¿si no? Aquello literalmente fue la gota que derramó el vaso del morbo del desquiciado marido, que se volvió a acomodarse al borde de la cama, emocionado, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en las ganas que tenía de ver más de aquella desbordante situación.
Su padre debía pensar lo mismo, pues observó boquiabierto a Sofía, quedándose seudo paralizado en la misma posición por varios segundos. Cuando volvió a moverse, fue como si todas sus ataduras se hubieran roto, como si ya no deseara contenerse.
―No cabe duda de que eres una mujer hermosa, extraordinaria ―dijo, al tiempo que reacomodaba la mano solo para volver a envolver la gorda teta de Sofía―. Ay, Dios, como debe de disfrutar mi hijo de este precioso cuerpo que tienes.
Salvador volvió a estremecerse. La imagen de su padre acariciando a Sofía era demasiado poderosa como para que la mente de un pervertido como él la soportara.
Vio que su padre ya amasaba con ahínco, haciendo brotar deliciosas gotas de leche materna del pecho de Sofía, que iba viéndose cada vez más brillante cuando la mano del viejo esparcía el nutritivo elixir sobre la piel llana.
―Hay que juntar leche para la pequeña ―dijo entonces su padre, hablándole a Sofía como si estuviera despierta, a la vez que estiraba el brazo para tomar el biberón que hace unos momentos había dejado sobre la cama―. Lo siento nuera, pero es mi deber alimentar a mi nieta, y estas tetas son la mejor fuente de alimento para ella. —Sonrió con cierta malicia, aunque sus ojos seguían evidenciando pesar. Sus demonios internos resquebrajaban las murallas de su moral—. Así que, si me disculpas…, necesito ordeñarte.
Tan pronto terminó de hablar, Pastor tomó el pecho de Sofía y lo presionó en la base del pezón, de la misma forma en que se ordeñaría a una vaca lechera. Un chorro de leche salió disparado y fue a dar hasta el fondo de la mamadera, que el suegro había posicionado para recibir tan nutritivo elixir. Salvador sintió una punzada de celos al ver a un hombre que no era él tocar de esa forma a su mujer. Ni siquiera a él se le había ocurrido ordeñarla así, pero sabía que eso era justamente lo que estaba esperando: celos que lo hicieran sentir excitado como un maldito demente.
Durante un par de minutos, Salvador observó que su padre, ya sin hablar ni hacer el más mínimo ruido, apretaba la ubre de Sofía. Cuando el biberón de Janita ya contenía un buen poco de leche, el viejo lo levantó, al parecer para medir su contenido, pero de pronto volvió a bebérselo todo él mismo.
Salvador quedó impresionado.
―Vaya ―dijo exultante el maduro sinvergüenza, relamiéndose los labios―, la leche fresca sabe mucho mejor. Pero tendré que sacar más, aunque… ―Miró el recipiente y luego la teta desnuda de su nuera, la fuente misma de aquel exquisito elixir. Entonces, ante la atónita mirada de Salvador, Pastor dejó a un lado la mamila y se acercó al exquisito pezón de Sofía y sin pensarlo demasiado, lo envolvió en sus labios y comenzó a chuparlo con pasión.
―¡Mierda! no puede ser ―exclamó Salvador. Su voz hizo eco en la soledad de aquella habitación―. Eso es tan…
Ni siquiera supo cómo terminar la frase. Su cerebro estaba concentrado, observando lo que ocurría a muchos kilómetros de distancia ahí sobre su cama, donde hasta ahora solo él había sido beneficiado del goce del endemoniado cuerpo de Sofía. Vio que su padre chupaba el pecho de su mujer con la intensidad de un bebé que llevara días sin comer, y mientras más miraba, más excitado se sentía.
Luego vio como su padre se sacaba la teta de la boca y la comenzaba a lamer, pasando toda su lengua por el pecho y por encima del pezón, luego sin aguantarse más la mano que se agarraba la verga la metió por dentro y Salvador noto como se comenzo a martubar sin dejar de chupar esa teta, salvador hizo algo similar desde el otro lado de la pantalla, se abrió el cinturón y se bajó el pantalón junto con su boxer, su verga quedó liberada, se veía hinchada y muy húmeda, sin aguantar mas tambien se comenzo a masturbar.
—Oh, esto sabe delicioso —dijo su padre, apartándose por un segundo de la sublime ubre. Sus labios y barbilla lucían el mismo brillo que la enorme teta, ambos llenos de saliva—. Sin duda eres una mujer increíble, capaz de producir algo tan rico… Aunque no debería extrañarme…, con esas tetas tan maravillosas…
Escuchando a su padre reverenciar a su maravillosa mujer, a su cuerpo sensual y a sus tetas increíbles, el morbo de Salvador se acrecentaba, así como su imaginación.
―Vamos, papá ―susurró para sí―. Los dos sabemos que quieres hacer algo más… No te conformes chupando teta… Tócala, hazla tuya… ¡Hazlo! Poséela. Conviértete en su macho.
Mientras pronunciaba esas palabras, Salvador sintió un tirón fuerte en la verga, lo cual solo podía significar que estaba a punto de correrse, y aunque seguramente sería el mejor orgasmo de su vida, sabía que en cuanto terminara los remordimientos y el arrepentimiento lo inundarían inexorablemente, así que soltó su verga.
Luego vio como se subió a la cama con su Sofía, lo hizo despacio como pensando que aun podría despertar, apoyo sus manos en la cama y se aproximó al semi desnudo cuerpo de su nuera para observarlo más de cerca. Lo hizo a la altura de su pelvis, deleitándose con la curva de su cintura y la cúspide de su cadera. Parecía un chacal olfateando una cierva indefensa. Se posiciono detrás del cuerpo de su nuera. La nueva posición de su padre, le permitió apreciar a cabalidad la tremenda erección que se alzaba bajo el pijama de Pastor. El hijo se dio cuenta de que su padre estaba bastante mejor dotado que él. La carpa se apartaba por lo menos veinte centímetros de su cuerpo, y cuando el viejo se la agarró y se la apretó por unos instantes mirando el culo casi expuesto de su nuera, Salvador, además de confirmar sus suposiciones, pudo apreciar que el grosor de la herramienta que le había dado la vida era considerable.
Era una visión tan espantosa como afrodisiaca para el desequilibrado marido. Su mujer, escandalosamente acicalada, ataviada con ese babydoll que parecía diseñado para alcanzar la máxima excitación de cualquier hombre.
—Tómala, papá —dijo para sí, traicionando sus propios celos, vendiendo sus propios escrúpulos ante el poder de su enfermiza lujuria―. Tócala… Pruébala… Poséela. —Cada palabra resquebrajaba un poco más la escasa cordura que le quedaba.
Pastor se humedecía los labios con la lengua, tratando de saborear ese cuerpo de mujer a la distancia. Sus ojos se hicieron escuchar, y una de sus manos se estiró para tomar la sabana y apartarla suavemente, exponiendo la escasa parte de las piernas de Sofía que aún estaba cubierta. Luego, ante los asombrados ojos de su hijo, que no perdía detalle de cómo su padre mancillaba su confianza, el maduro hombre se metió a la cama con su nuera. No había soltado la sabana, y Salvador entendió que la había tomado no solo para apartarla de Sofía, sino para darse espacio y meterse con su nuera bajo ellas. El suegro se recostó de lado, tal como estaba Sofía, pero detrás de ella para quedar acoplado en una perfecta “cucharita”. En ese momento la erección que había visto debió quedar enterrada en medio de esas majestuosas pompas que tenía su esposa, ¿que estaría sintiendo y pensando su amada Sofía en esos momentos?

El rostro de Pastor se contrajo de gusto cuando su añosa mano cayó sobre la forma exquisita del glúteo de su nuera. Salvador vio que su padre cerraba los ojos para poder sentir a cabalidad la suavidad que él tanto conocía, luego pudo apreciar cómo el viejo los volvía a abrir para mantenerlos entrecerrados a la vez que se mordía los labios, exultante en tan dichoso placer.
—Dios…, nuera… Dios —balbuceó Pastor, ido en la fabulosa experiencia— Qué suave… Qué tibia… Qué rica.
—Dime si no es bella, papá —dijo Salvador, solo en la habitación de hotel— Apriétale ese culazo. Tómale esa nalga y estrújasela… Siéntesela.
—Uuuuh —resopló el maduro hombre ante las formas de la joven e indefensa esposa de su hijo—. Tienes el… el culo más… más rico que he visto, nuera. Uuuyyyyy ―aulló luego, al mismo tiempo que su callosa mano se perdía tras la exquisita pompa de Sofía.
La mano se daba el gusto de manosear aquel culazo, pero comenzó a abandonarlo poco a poco, recorrió su cadera, subió lentamente por la cintura y atrapó la teta desnuda de la bella durmiente, a la vez que el decrépito cuerpo de Pastor se apegaba aún más por detrás al de ella, acoplándose definitivamente en una apasionada y perfecta “cucharita”. No había duda que la verga erecta estaba enterrada en medio de esas voluptuosas pompas de Sofía.
Salvador vio que su padre se aferró con pasión apenas controlada al joven cuerpo de Sofía. Su rugosa mano le apretó la teta desnuda a la vez que el viejo hacía movimientos con su cadera como si ya se la estuviera cogiendo.
Solo era cuestión de retirar los pijamas, la ropa interior y ya, pensaba el desgraciado marido. Solo eso faltaba y sería testigo del espectáculo más lujurioso, morboso y perturbador de su vida, sería testigo del placer que se daba su propio padre con las delicias de su esposa.
Fue en ese momento cuando Salvador vio algo que apenas y pudo concebir: Las cejas de Sofía se comprimieron por un instante, y al poner atención en aquel rostro compungido, el desquiciado esposo se dio cuenta de que su mujer se estaba mordiendo el labio inferior. Entonces miró la arremetida de caderas de su padre, quien punteaba descaradamente a su nuera. Salvador recordó las proporciones del miembro de Pastor y trató de imaginar lo que estaría sintiendo su Sofía ahí en la cola. De pronto se dio cuenta que la cadera de Sofía se remecía, devolviendo la presión, parando la cola para apretar aún más aquel falo que buscaba cobijo entre sus nalgas.
Pastor, por su lado, estaba en la gloria. El viejo seguía masajeando la teta desnuda, haciendo que la pobre llorara leche por el erecto pezón rosado. Su rugosa mano estaba empapada de aquel sublime elixir, al igual que la llana piel de la ubre, que brillaba como si la hubieran bañado en el más fino aceite. Y el suegro seguía punteándola, cerrando los ojos cada vez que le propinaba un intenso espolonazo en la cola. En una de estas ocasiones, soltó la teta y se inclinó hacia atrás un poco, Salvador vio como se quitaba la camiseta para quedar con el torso completamente desnudo, para luego agarrar a su dormida nuera de las caderas. Salvador pudo ver que la sujetó con ambos brazos, por las dos caderas, aún de lado; entonces con su pierna apartó las sábanas, como si le molestaran, y como un energúmeno empezó a arremeter en un punteo violento contra las pompas de Sofía.
El babydoll seguía levantado, por lo que el viejo se estaba dando el gusto de puntear a su nuera con los cachetes al aire, casi desnudos, seguramente encajándole la verga entre las turgentes nalgas. Solo el viejo pantalón de pijama y la mezquina pantaleta impedían que la enorme herramienta de su padre penetrara las carnes de su indefensa Sofía, pensaba Salvador, que no pudo evitar dejarse caer a medias sobre la cama de hotel y apoyarse sobre un codo para con la otra mano auto propinarse una furiosa paja.
―Oooooh Aaaaaaarrgh ―gemía de placer su padre.
―Eso, papá, siéntele ese culazoooo ―musitaba Salvador―. Acomódaselo entre los cachetes del culo.
El cuerpo de Sofía se remecía ante el abuso al que era sometido. El viejo le propinaba un punteo incesante, haciendo chocar sus caderas como si fueran dos amantes ansiosos de darse placer mutuamente. Pero lo grotesco de aquel espectáculo era precisamente que la bella mujer sobre la cama estaba siendo abusada; no había consentimiento para que ese hombre viejo, indigno ya de cualquier confianza que hubiera merecido antes como padre de su esposo, perpetrara aquel acto tan íntimo. Eso por lo menos era lo que debía de estar pensando Pastor, y quizá en parte era lo que lo calentaba tanto, aprovecharse de ella, tenerla entregada, indefensa ante cualquier cosa que pudiera hacerle.
De pronto el violento chocar de la ingle del suegro sobre las pompas de su nuera ceso. Pastor jadeaba, cansado y sudado por el esfuerzo, excitado por el morbo.
―Ere…Eres tan… hermosa, nuera ―dijo casi quebrado de emoción―. Cu…Cuanto me… me gustaría que… que… fueras mía. ―Se acercó a su cuello y aspiró profundamente―. Hueles tan bien… Eres una… una… hembra de ensueño. ―No aguantó, lamió y chupó el cuello y el hombro de Sofía con apasionada devoción. Su mano volvió a rodearla para agarrarle la teta que brillaba ante la luz de la lampara del buro.

Desprovisto de todo control, Pastor paseó su lengua sobre la piel desnuda de Sofía. Su cuello, su hombro, su mejilla, su oreja…, hasta el borde de sus labios fueron impregnados de la saliva del infame suegro, que de pronto se detuvo a contemplar el acto de sobajeo que perpetraba sobre la exuberante teta de aquella indefensa mujer, la esposa de su hijo, la madre de su nieta. Los ojos de Pastor se posaron sobre el erecto pezón; su mano presionaba por debajo de la ubre, haciendo que aquel bello y húmedo trocito de carne rosado, rodeado por esa perfecta aureola de tono también rosáceo claro, se viera aún más atrayente sobre la carne prieta y reluciente.
De pronto, Salvador vio algo que lo congeló por varios segundos. Se fijó en el rostro de Sofía y para su absoluta sorpresa, los ojos de su esposa estaban semi abiertos. Se había apartado de a poco de los hambrientos besos de Pastor y su rostro quedó medio escondido contra la almohada. En su mirada había miedo y pena, pero también algo más, algo que Salvador solo había visto unas pocas veces en los ojos de su esposa…, cuando hacían el amor.
―Amor ―musitó Salvador, incrédulo―. ¿Estás despierta? Pero… Pero ¿por qué no haces algo para detenerlo?
La respuesta se le hizo evidente cuando, anonadado, vio que Sofía se mordía los labios, en un obsceno acto de lujuria.
―No puede ser. ¿Lo estás disfrutando? ¿Acaso te gusta? ― Preguntó Salvador indignado, alzando la voz al tiempo que también aumenta el ritmo del masajeo que ejercía sobre su verga―. ¿De verdad estás disfrutando que mi padre se aproveche de ti?
Un enfado irracional comenzó a crecer en el interior de Salvador. No tenía sentido molestarse por algo que él casi había rogado porque sucediera, era muy consciente de ello. Después de todo, él era el culpable de que aquello pasara, y se había excitado sobremanera al ver a Sofía hacer ese gesto con los labios. Pero, aun así, en el fondo todavía creía que ella era una santa, una mujer que no disfrutaría con algo así a menos que fuera con su marido. Pensar lo contrario fue para él un golpe imprevisto.
―Sofía…, mi amor…, eres… ―Salvador tragó saliva, intentando que con esto su corazón dejara de latir tan fuerte―. ¡Eres una maldita puta! ―gritó a todo pulmón, aunque al instante se arrepintió, y rezó porque nadie en las habitaciones contiguas lo hubiera escuchado―. ¿Cómo puedes calentarte con esto? ¿Acaso no eres más que una zorra como cualquier otra mujer?
No estaba bien hablar así de su esposa, pero mientras más pensaba en ella como una puta, más excitado se sentía, como si rebajarla a ser una zorra le provocara un morbo inexplicable. Después de todo, Sofía siempre había sido una dama recatada, y el hecho de que tuviera un lado sucio resultaba de algún modo refrescante para Salvador.
―Puta… Puta… ―repitió el confundido marido mientras veía los gestos de su esposa, que, claro, como ya se ha dicho, perfectamente podrían ser de congoja y miedo, y no necesariamente de gozo.
―Lo siento, Sofía ―dijo su padre de pronto, interrumpiendo los pensamientos de Salvador―. Sé que no debería hacer esto… Eres la mujer de mi hijo…, pero no puedo contenerme… Eres…Eres tan hermosa, tanto que… Sí… Esto es tu culpa por ser tan bella, por ir por ahí provocando a los hombres con tu cuerpo de odalisca.
―Tienes razón, papá ―dijo Salvador, estrujando su verga con más fuerza ―. Es culpa de ella, por ser una puta que se calienta con cualquiera. ¡Vamos!, métele la verga, castígala, demuéstrale lo que le pasa a las mujeres cuando se convierten en golfas buenas para la verga.
Entonces Sofía se reacomodó de nuevo. Escondió aún más su rostro de Pastor, pero a la vez paró aún más la cola contra su suegro, como si extrañara la sensación de aquel violento punteo al que había sido sometida. Salvador volvió a pensar en la envergadura del miembro de su padre, y de pronto estaba convencido de que su mujer quería volver a sentirlo bien pegado a su culo, y que escondía el rostro por que se daba cuenta que eso solo lo desearía una sucia mujerzuela.
―Serás puta ―dijo Salvador, alentando su locura morbosa―. ¡Le estás ofreciendo el culo a tu suegro! ¡A tu suegro!
Pastor quedó maravillado pensando que su nuera le ofrecía el culo a propósito, se lanzó inmediatamente a manosear esas pompas exquisitas. Tomó la parte de enmedio de la pequeña pantaleta que apenas cubría el culo y lo hizo a un lado, dejando a la vista el hermoso canal rectal y la cuca rosada de su nuera, Pastor se acercó y enterró su nariz, aspirando el delicioso aroma de hembra en celo, luego sacó la lengua y le dio el primer lenguetazo directamente en el ano. Salvador vio que Sofía volvía a entreabrir los ojos y morderse los labios.
―Joder, nuera… Tienes un culo delicioso… No entiendo cómo Dios pudo juntar un par de tetas como las tuyas y este pedazo de culo en un mismo cuerpo ―dijo el viejo, relamiéndose los labios―. Estoy seguro de que Salvador debe disfrutar mucho contigo en la cama… Claro, ¿quién no lo haría?
Su padre se volvió a agachar hasta el trasero de Sofía, y Salvador vio que empezaba a lamerlo con una lujuria desbordante. El desequilibrado marido se estremeció ante tamaña perversión. Indagó en el rostro de su esposa solo para encontrarla mordiéndose los labios ya con descaro.
―Maldita puta ―la insultó de nuevo, agarrándose fuertemente la verga en el hotel, sorprendiéndose una vez más de que llamarla así le resultara tan excitante―. Si tanto te gusta abre las piernas y pídele que te coja de una vez. Conviértete en su puta por completo, deja que mi padre te posea. ¡Admítelo! Los dos queremos que pase.
Sus palabras viajaron por la habitación, pero no había nadie ahí para escucharlas. Todo lo que pudo hacer el atribulado marido fue seguir mirando la pantalla, sintiéndose cada vez más excitado.
Su padre seguía lamiendo el culo de Sofía; como un animal hambriento, la tomaba con fuerza de las caderas para regodearse pasándole la lengua por las nalgas, dándole chupones y pequeños mordiscos. Estaba ido en la faena de saborear ese culo tan perfecto.
—Eres una diosa, nuera… Nunca había tocado una mujer ni la mitad de hermosa que tú. —Pastor parecía haberse vuelto loco, hablaba como si fuera consciente de que Sofía podía escucharlo. Sin embargo, estaba convencido de que ella seguía profundamente dormida, y que sus palabras no tenían más objetivo que inflamar su calentura—. Sé que si supieras lo que te estoy haciendo me despreciarías ―siguió diciendo―. Por favor, no te despiertes, déjame seguir disfrutando de este momento. Permíteme seguir comiéndote el culo… Mmmmm… Muack… shucfff… ¡Qué rico! Será mi única oportunidad, mi única noche contigo, mi querida nuera.
―Sí, déjalo un rato más, mi amor ―la instó Salvador―. Deja que te siga manoseando todo lo que quiera. No me importa si mañana cuando regrese a casa todavía te está tocando, o, mejor aún, déjame llegar a casa y encontrarlos desnudos en la cama
―Te he deseado tanto…, no sabes cuánto… Mmmmm ―continuó Pastor. Cada vez estaba más concentrado en seguir lamiendo y tocando las nalgas de una Sofía cuyo rostro se ponía más colorado con cada segundo que pasaba―. Cuando Salvador te llevó por primera vez a la casa para presentarte, pensé que eras una mujer hermosa… Pero ese día del cumpleaños, nuera… Oh, Dios mío, nuera… ¡Cómo me dejaste! No imaginas la paja que me hice pensando en ti… Muack… Mmmmm… ¿No te diste cuenta cómo todos esa noche te miraban este tremendo culo? Todos envidiaron a Salvador… Todos sabían que habría un estupendo regalo esa noche para él… Ay, nuera, ¡como te debe haber culiado! No es justo… Eres demasiado para él.
Salvador abrió la boca, sorprendido por las palabras de su padre. Siempre supo que se sentía atraído por su esposa, y ya entendía que la noche de su cumpleaños había sido el gatillante que lo había llevado a desearla con locura, pero se sintió algo herido al escucharlo decir que Sofía era demasiado para él. Pero luego se dio cuenta que, siendo sincero, Sofía era demasiada hembra para cualquier hombre de ese planeta. Por eso quería compartirla, porque una mujer así merecía ser probada por muchos machos, no solo por uno.
Mientras él pensaba eso, su padre seguía ocupado lamiendo y besando el trasero de Sofía. Milímetro a milímetro trataba de hacerlo suyo por completo; lo hacía con una mirada de fiera. Y, a juzgar por la expresión que medio ocultaba Sofía contra la almohada, las caricias brutas de Pastor la estaban calentando. Salvador vio que su esposa movía una de sus manos, muy lentamente, de forma casi imperceptible, hasta el pecho que aún estaba protegido por el babydoll, donde comenzó a sobarse con dos dedos el pezón sobre la tela, dejando a Salvador boquiabierto.
―¿En serio te estás tocando, amor? ―preguntó, poniéndose de pie― ¿Te tocas mientras mi padre te come el culo? ¡Sí serás puta!
Estaba repentina e inexplicablemente furioso por lo que veía. Nunca habría imaginado que su esposa, su Sofía, aquella mujer a la que tenía en un pedestal, como una santa, sintiera la necesidad de tocarse en una situación así. Tenía que estar muy caliente, pensó Salvador. Lo más seguro es que no había revelado que estaba despierta por temor a lo que pudiera pasar, al conflicto que él se vería obligado a tener con su padre… O quizás no, tal vez solo era una zorra que disfrutaba con lo que estaba pasando. Todas esas ideas sin mucho sentido rondaban la cabeza de Salvador.
Sin embargo, Sofía no pudo hacerlo durante demasiado tiempo, pues su padre dejó de jugar con su trasero. De golpe se acercó cada vez más a su entrepierna, y ella tuvo que dejar de mover la mano de forma repentina, para no ser descubierta.
Pastor, cada vez más ido en su perverso apetito, giró de sus caderas, consiguiendo que Sofía se volteara para quedar de espaldas sobre la cama y así conseguir que abriera un poco las piernas para él. Entonces se deslizó para quedar entre ellas y miró la belleza de aquel monte de venus apenas cubierto por esa ínfima prenda, la delicada barrera que protegía la intimidad de su nuera de sus díscolos ojos. La pequeña calza plateada, que por detrás apenas y cubría la mitad de los exquisitos glúteos de su dueña, por delante tenía la forma de una fina pantaleta. El contraste entre la metalizada tela y la tersa piel trigueña del entre muslo y el vientre de Sofía era una obra de arte. La prenda se ajustaba de forma tan perfecta, que ambas piernas se separaban de ella con simetría absoluta. El suegro se estremeció ante tal maravilla. Luego metió cada brazo por debajo de cada uno de los muslos y se regocijo oliendo la ropa interior de su nuera. Lo hizo aspirando profundo, permitiéndose pasar la lengua por el interior de cada muslo antes de volver a rosar con la nariz justo ahí donde la tela daba pasó a la más intima y sensible piel de Sofía.
Para Salvador era evidente que su padre estaba ansioso por probar los jugos más secretos de su mujer, esos que él, siendo su esposo, apenas y había probado en diez años de noviazgo y matrimonio.
―Mmmh… Nuera, hueles delicioso ―dijo su padre, saboreando cada vez con más ganas los alrededores descubiertos de la vagina de Sofía.
Lo que veía el atribulado y excitado marido lo estaba volviendo loco. Lo mejor era ver que su esposa se mordía los labios, como si tratara de contener lo caliente que se encontraba, pero por lo menos con él no lo lograba; claro, ella no tenía idea de que él estaba observando todo lo que estaba sucediendo en su habitación.
—¡Oh! Estás tan mojada, Sofía. ―Cuando Pastor le propinó un mordisquito en el muslo, Salvador pudo ver por un segundo lo que su padre podía ver en vivo apenas a un par de centímetros de la entrepierna de Sofía. La pantaleta estaba húmeda ahí justo en medio, ahí justo con la forma de la íntima entrada de su mujer―. ¿Te gusta lo que te hago, hermosa? ¿Lo disfrutas? Mmmmm. Me alegro mucho.
Salvador miró de nuevo el rostro compungido de su esposa y volvió a increparla.
―¿De verdad? ¿Mojada, amor? ―preguntó con voz de reproche―. ¿De verdad te gusta que mi padre te toque, que se aproveche de ti? ¡No lo puedo creer! ―El enfado, los celos y la excitación de Salvador aumentaron ―. Ya me quedó claro que en el fondo solo eres una puta mas. ¡Solo deja que te coja! Abre bien esas piernas y dile que te meta la verga… ¡Por favor! ¡Que te ponga todo ese vergón, cariño!
Salvador parecía haberse vuelto loco. No era normal que hablara solo, y menos decir aquellas cosas a su esposa. Pero no podía contenerse, su padre seguía lamiendo la piel más íntima de Sofía, y eso para él resultaba de lo más morboso.
Entonces Pastor sin aguantar, más con un dedo tomó con delicada cautela el borde de la ropa interior que cubría el tesoro que ansiaba probar, lo corrió, como quien aparta una persiana para contemplar el más bello amanecer. Las carnes rosas y brillantes de los labios vaginales de la madre de su nieta palpitaron al alcance de sus labios, que, atraídos como abejas a la miel, se abalanzaron sobre ellos, hambrientos de aquel elixir mágico, le dio el primer y rico lenguetazo que recordaría toda su vida, recogiendo los ricos jugos que emanaban de ahí.
Al contacto de la salvaje boca el cuerpo de Sofía se contrajo y a través del televisor, Salvador pudo escuchar el quejido casi agónico de su mujer.
―Aaaaaaah ―musitó sorprendiendo a su marido, que, a kilómetros de distancia, era incapaz de hacer algo contra el hombre que osaba asaltar el tesoro más sagrado de su esposa.
Las piernas se abrieron más, arrastrándose contra la ropa de cama, semi encadenadas por los brazos del viejo que, ya loco, no hacia más que alimentarse de aquella exquisita concha de hembra sin importarle nada.
―Dame tus jugos, Sofía ―le dijo el viejo, apartándose solo un instante para contemplar el rostro compungido de su nuera. Sofía mantenía los ojos semi cerrados, blancos bajo los titilantes parpados. Pastor mantenía el calzón corrido, dejando a la vista la húmeda vulva―. Estás deliciosa. ―Volvió a chupar con anhelo.
―Noooooaaaaaaah ―gimió Sofía. Sus brazos se estiraron hacia los lados y sus puños se apretaron sobre la almohada y el borde del colchón―. Aaaaaaaay… Nooooooaaaaaaaaaayyyyyy. ―Los dedos del viejo se marcaron sobre la carne de sus muslos, manteniéndolos abiertos, dejando que se arrastraran por la cama pero que no se cerraran.
El sonido de chapoteo que hacía la boca de Pastor contra la concha de su nuera era cada vez más caldoso, más húmedo. A Salvador se le hizo agua la boca, y de pronto envidió a su padre, pues había tenido el valor de comerse esa deliciosa vulva sin importarle nada más. Él nunca había tenido el valor de pedirle a Sofía que lo dejara probar su entrepierna, temeroso a que lo tachara de pervertido; menos se había atrevido a hacerlo sin más. Aunque la verdad sea dicha, hasta ese momento no había sido consciente de los deseos que tenía de hacerlo. Al ver a su padre atragantarse con las delicias de su mujer, de pronto sintió unas ganas locas por hacerlo él también. Pero maldita sea, estaba lejos, y el hombre que le comía la zorra a su mujer era su padre, un tipo que no tenía derecho a disfrutar de ese placer, que más bien tenía la obligación moral de proteger ese tesoro; pero no, no lo protegía, estaba disfrutándolo sin mediar ninguna consecuencia. Sofía parecía drogada, fuera de sí. Tal vez eso mantenía a Pastor en su faena comedora; quizá pensaba que la reacción de su nuera era de su cuerpo, no de su consciencia; aunque lo más probable es que ya no le importaba nada, nada más que el sabor secreto de su nuera.
―¡Zorra! ―gruñó Salvador con la tranca erecta en la mano―. Si tanto te gusta que te coman la concha ¿por qué no me lo pediste a mí?
«Solo tenías que tomarla ―resonó la voz de Sofía en su enfermo subconsciente―, como tu padre lo hace ahora. ¡Ay, qué ricooooo!»
La tensión en el rostro de Sofía era evidente. A pesar de que tenía de nuevo los ojos cerrados, Salvador sabía que estaba disfrutando de todo aquello. Siempre creyó que Sofía no dejaba escapar su lujuria porque así era su forma de ser, recatada y mojigata. Pero ahora, al ver su reacción frente al abusivo trato de su padre, comenzó a creer que tal vez él era el incapaz y no ella, que él era el hombre que no sabía despertar los deseos más ocultos de su esposa.
Su padre continuó dándole rienda suelta a sus obscenas pasiones, chupando a mansalva la intimidad de Sofía, lengüeteando, sorbiendo. Y aunque se veía como un demonio alimentándose de la carne de una víctima, el morbo que aquella imagen provocaba en Salvador lo hacía estremecer, y lo volvía incapaz de mirar a otro lado. Pastor se comportaba con tanta ferocidad, que su hijo por un momento tuvo miedo de que su corazón fuera a fallar. Pero estaba convertido en otro hombre, uno dispuesto a dar la vida con tal de poseer a esa hembra.
―Lo siento, nuera, ya no puedo aguantar —dijo de pronto su padre, separándose de Sofía, poniéndose de rodillas entre las hermosas piernas para proceder a desamarrar con desesperación el cordón de su viejo pijama y liberar la magna verga que había ocultado hasta ese momento.
Salvador, sobrecogido, se dejó caer de rodillas frente al televisor del hotel. Aquella imagen era apabullante, irreal de tan macabra, de tan morbosa. Sofía, su esposa, la musa de sus más oscuras fantasías, yacía de espaldas en su cama matrimonial, con las piernas abiertas, con su pequeña pantaleta corrida hacía el muslo derecho, dejando a la vista una exquisita concha que irradiaba humedad, y que parecía palpitar al ritmo del meneo de sus poderosas caderas; mantenía su rostro vuelto hacía el buro, como tratando de huir de lo que estaban a punto de hacerle, como intentando ocultar la vergüenza, el ansia, la pena que dibujaban las líneas brillantes que corrían desde sus apretados ojos hasta cruzar sus mejillas; aún tenía una de sus tetas al aire, con aquel sabroso pezón coronado por una gotita de brillo blanquecino. El babydoll, dominado por las fascinantes curvas de aquella mujer, no era más que un accesorio que incitaba más que cubrir, que provocaba más que proteger.
Su padre, por otro lado, como salido de un mundo opuesto, irradiaba una descontrolada locura. Su silueta, a la vez raquítica, a la vez panzona, con su descomunal verga fuera, macaqueandose como el mandril más lujurioso y desvergonzado, listo para violar a la mujer de su hijo.
Era una escena dantesca… Una obra de arte… Una fuente inagotable de morbo y excitación.
―¡Joder, papá! ―exclamó Salvador―. Esa cosa es gigante.
No pudo evitar pensar que comparado con su propio pene el de su padre era monstruoso, era más largo y grueso. Aquello despertó más envidia en Salvador, quien no pudo evitar pensar en lo injusta que era la vida. Sin embargo, no dedicó más que un instante a autoflagelarse de esa manera. Volvió a tomar su propia verga y se preparó para presenciar lo que tanto ansiaba.
―No… No… Noooo ―musitó con tristeza, excitándose todavía más en el papel de marido cornudo y humillado. Su fetiche tenía ramificaciones que apenas y empezaba a comprender.
Su padre miraba a Sofía con lujuria, la devoraba con la mirada, como solo un macho de verdad puede ver a una hembra.
―¡Dios! Mira como me tienes nuera ―dijo con frenesí a la vez que se masturbaba―. Estoy duro como nunca… Caliente como el averno.
Había un morbo doloroso en ver lo que estaba sucediendo. Los celos de Salvador eran tan acuciantes como inexpugnable era su lujuria. Algo le decía que todo aquello estaba mal, que debía terminar con todo eso, que un hombre de verdad llamaría por teléfono y acabaría con toda esa aberración, tomaría las llaves de su auto, regresaría a casa y le partiría la cara a su padre por abusar así de la confianza que habían depositado en él. Pero la verdad es que esa era una batalla perdida; el anhelo que le quemaba el alma era el mismo que potenciaba su locura.
―¡Hazlo de una vez, papá! ―gritó Salvador―. Hazla tuya. Esa zorra quiere verga, ¿qué no lo ves? Dásela, papá. ¡Métesela de una vez!
Salvador se dio cuenta de lo patético que se veía, masturbándose mientras le pedía a su padre a la distancia que se follara a su esposa. Era consciente de que muy poca gente comprendería su actitud, pero ¿qué más daba?, lo único que importaba era que estaba disfrutando como un desquiciado.
―Aaah… Aah… Nuera… ―gimió de pronto Pastor. Seguía masturbándose con frenesí, mirando con los ojos muy abiertos el exuberante cuerpo de Sofía y su expuesta pose ―. No sabes cuánto lo deseo.
―Hazlo, padre ―casi rogó Salvador, tragando saliva y mordiéndose el labio―. Ella también lo desea… Es una zorra excitada.
―Mmmmmaaaaayyyy ―gimió de pronto Sofía, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado―. Mmmmmm. ―Sus ojos se entreabrieron y a Salvador no le cupo duda de que se había dado cuenta de la tremenda verga que Pastor castigaba ahí a unos centímetros de su húmeda concha, pues pudo ver el cambio en su cuerpo. Fue una mezcla de pánico y ansiedad. Si bien de pronto se quedó como mirando el venoso mástil de su suegro, y sus brazos empezaron a moverse como si quisiera huir de aquel monstruo, Salvador no pudo evitar ver que sus caderas se menearon de forma mas descarada, como invitando a aquel hombre que no era su marido a poseerla―. Aaaayyy… Aaaaayyy ―siguió musitando y contorsionándose como si tuviera una pesadilla.
―Ya no puedo… más, nuera ―dijo Pastor con voz quebrada, llena de lujuria. Con la respiración entrecortada y la verga palpitando en su mano, se acercó aún más entre las piernas abiertas de Sofía. El glande hinchado y brillante rozó los labios húmedos de su nuera, y un gemido bajo se le escapó de la garganta. Salvador, de rodillas frente a la pantalla en el hotel, se agarró con fuerza la propia polla al ver cómo el miembro de su padre —más grueso y largo de lo que jamás había imaginado— presionaba contra la entrada de Sofía.
—No… Suegro… —musitó ella, con la voz rota, todavía con los ojos entrecerrados. Pero sus caderas, traicioneras, se movieron un poco hacia adelante, abriéndose más.
Pastor no se detuvo. Con una mano sujetó la base de su verga y con la otra apartó un poco más la tela de la pantaleta. Empujó despacio. El glande se abrió paso entre los labios empapados y Sofía soltó un quejido ahogado, los puños apretándose contra las sábanas.
—Dios… nuera… —jadeó Pastor, la voz temblorosa—. Estás tan apretada… tan caliente…
Salvador casi se corrió en ese instante. Vio cómo el cuerpo de su esposa se tensaba y, al mismo tiempo, cómo sus caderas se elevaban apenas, ayudando a que la verga de su padre entrara más. El babydoll seguía subido, una teta al aire goteando leche, el pezón hinchado brillando bajo la luz de la lámpara. La otra teta, medio cubierta, se movía con cada respiración acelerada.
Pastor empujó un poco más. La mitad de su polla desapareció dentro de Sofía. Ella mordió la almohada, un sonido entre protesta y placer escapándosele de la garganta. Sus piernas se abrieron más, temblando. Salvador, con la mano volando sobre su propia verga, no podía apartar la mirada.
—Métesela toda, papá —susurró, casi sin voz—. Mírala… la zorra está mojada. Quiere que se la metas.
Pastor, perdido, se inclinó sobre ella y empujó de una sola vez. Toda su verga se hundió hasta el fondo. Sofía levantó sus caderas para recibirlo y soltó un grito ahogado que se mezcló con el gemido ronco de su suegro.
— Ahhhh…
Sus uñas se clavaron en las sábanas, su cuerpo entero se estremeció. La leche brotó un poco mas del pezón erecto.
Pastor se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación de tener toda su verga erecta enterrada dentro de su nuera, luego la saco un poco, solo hasta la mitad y volvió a enterrarsela toda, comenzó a moverse con embestidas lentas y profundas, cada una arrancándole un gemido más alto a la nuera que se suponía tenía que cuidar.
Salvador se dejó caer de espaldas sobre la cama del hotel, la mano moviéndose con fuerza alrededor de su verga, como queriéndosela casi arrancar de la desesperación, los ojos fijos en la pantalla. Su padre se estaba cogiendo a su esposa. Y ella, no hacía nada para detenerlo.
Pastor empezó a moverse con más intensidad. Cada embestida hundía su verga hasta el fondo, y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Sofía tenía los ojos cerrados con fuerza, los labios entreabiertos, y de su garganta salían gemidos entrecortados que no lograba contener. Sus caderas, sin que ella pudiera evitarlo, se elevaban lo más que podían para recibirlo, el cuerpo respondiendo a cada penetración profunda.
—Sofía… nuera… —jadeaba Pastor con la voz ronca —. Esto es tan rico… Dios, ¿te gusta como te coge tu suegro?…
Salvador, en el hotel, se masturbaba con furia, los ojos clavados en la pantalla. Veía cómo el cuerpo de su esposa se estremecía bajo el de su padre, cómo tantas veces lo imagino, el pezón goteando leche con cada embestida. La otra teta ya asoma el pezón erecto por los movimientos. El babydoll estaba subido hasta la cintura, la pantaleta corrida a un lado, y la verga gruesa de Pastor entraba y salía de ella, brillante de sus jugos.
Sofía giró un poco la cara hacia la almohada, como si quisiera esconderse, pero un gemido más alto se le escapó cuando Pastor la tomó de la cadera y aceleró el ritmo.
—No… espera… —susurró ella, casi inaudible—. Pastor…
Él no se detuvo. Al contrario, se inclinó más sobre ella y le lamió el cuello, la oreja, el hombro, mientras seguía follándola con embestidas largas y pesadas. Una de sus manos subió y agarró la teta desnuda, apretándola, haciendo que más leche brotara y corriera por la piel, luego la lamió limpiando la teta de esas sustancia que había sido destinada solo para su nieta. Sofía soltó un quejido ahogado y, sin querer, arqueó la espalda, empujando el pecho contra esa boca.
Salvador casi se corrió. Vio cómo su esposa, la que siempre había sido tan decente y recatada, se mordía el labio inferior con fuerza mientras su padre no paraba de cogersela. Sus piernas se abrieron un poco más, las rodillas flexionadas, y su cadera se movía en un ritmo que ya no parecía de resistencia.
—Mírala, papá… —murmuró Salvador, la voz quebrada, la mano apretando fuertemente su verga—. La zorra se está moviendo. Le gusta tu verga. Métesela más fuerte.
Pastor, como si lo hubiera escuchado, aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas. El sonido de piel contra piel se hizo más fuerte. Sofía ya no decía nada; solo gemía, los puños apretados en las sábanas, el cuerpo entero temblando. Una lágrima le corrió por la mejilla, pero sus caderas seguían buscando el contacto, apretando la verga de su suegro cada vez que él se hundía hasta el fondo.
Esto es demasiado rico ―Habló pastor, parecía estar sufriendo―. Me voy a correr… Me…me… Aaaaaaah. Aaaaargh. Uuuuuuuh.
Entonces Pastor sacó su enorme tranca rápidamente, la apretó fuertemente e hizo erupción sobre las lisas llanuras que comprendían el bajo vientre y la pelvis de Sofía. Espesa lava de un blanco opaco explotó de la punta de aquella bestia, y goterones asimétricos empezaron a deslizarse lentamente por el puño que estrangulaba la barra de carne en plena faena eyaculatoria. En ese momento Salvador también se dejó llevar por la lujuria y excitación y explotó en el mejor orgasmo que había tenido en su vida, claramente eyaculando menos semen que su progenitor.
―Aaaaaaaaah ―se quejó a la vez Sofía, estremecida por quién sabe qué sensaciones cuando las expulsiones de magma fundido fueron a dar contra su piel―. Mmmmmmaaaaaaaah. ―Y sus brazos se apretaron contra su cuerpo―. Aaaaaaaay. ―Salvador podía ver que trataba de mirar hacia otro lado, pero sus ojos entreabiertos se las arreglaban para admirar aquel enorme falo palpitante. Incluso, al ver que Pastor se concentraba en su propio orgasmo, con la cabeza alzada hacia el techo, el cornudo marido observó como su esposa se relamió los labios mirando la verga bañada en mocos de su suegro.
Entonces llegó la cordura y acabó con el sueño de Salvador.
Su padre, como una víctima de posesión recién liberada de un espíritu maligno, miró a Sofía y luego a su aún erecta verga bañada en mocos como si no comprendiera qué había pasado. Sus ojos pasaron de estar expectantes y bien abiertos a un rictus que delataba su congoja y culpa; las cejas se le cayeron y su boca se abrió solo para que su temblorosa mano la tapara. Vio el vientre de su nuera manchado de sus efluvios; miró para todos lados buscando algo, al no encontrar nada se limpió en su propio pijama y luego trató de limpiar los restos de semen que había dejado sobre la piel de Sofía. Como un asesino primerizo que trata de deshacerse con desesperación de la evidencia que podría inculparlo, recogía la viscosa simiente con la mano y se la frotaba en su propia camiseta o en el pantalón.
Sofía había vuelto a desfallecer. Otra vez parecía dormida, ignorante de todo lo que estaba ocurriendo sobre su cuerpo. Pastor estiró la mano hasta el escote de su babydoll corrido, admiró por un último instante el magnifico pecho desnudo del que se había alimentado y luego se apresuró a cubrirlo. Lo mismo fue a hacer con el calzón, pero el roce de su nerviosa mano en la intimidad de Sofía hizo que esta se remeciera otra vez. El sorpresivo movimiento provocó que Pastor se asustara y retrocediera hasta quedar de pie fuera de la cama. Sofía volvió a moverse y el maduro usurpador no pudo contener el miedo.
―Lo sien…to. Lo… Lo siento ―balbució, se guardó el miembro en el pijama, tomó su camiseta y salió corriendo de la habitación, como si en vez de una hermosa amazona hubiera sido un cadáver el que se estaba comenzando a mover sobre la cama.
Salvador estaba sentado en el suelo, apoyado en la cama de la habitación de hotel mirando a Sofía en la pantalla. «Y esas muecas ―pensaba, tratando de analizar lo que había pasado con su mujer». Estaba ¿“afligida” o “excitada”?, ¿“despierta” o “dormida”?, ¿Consciente o no de lo que estaba sucediendo?
Entonces Sofía levantó la cabeza lentamente, miró para todos lados, alargó el brazo para coger las cobijas y cubrirse con ellas. Se volvió hacia el buro y arrugó el ceño por la luz. Miró otra vez alrededor, deteniéndose un momento en la puerta de la habitación, que Pastor había dejado cerrada al salir. Inspeccionó sus pechos y se volvió a tapar. Estuvo un momento congelada, con los ojos muy abiertos; entonces se encogió y se acurrucó bajo las cobijas; solo sacó una mano para apagar la luz, luego la volvió a esconder.
Salvador vio los pequeños estertores que sacudían el cuerpo de su Sofía bajo la ropa de cama. Estaba seguro de que estaba llorando, y el infame marido se vio asaltado por una culpa implacable.
«¿Qué he hecho? ―se dijo».
Apagó la pantalla, incapaz de seguir viendo.
Tomó un pedazo de papel y se limpió la verga, luego se acostó en la cama de hotel, recordando lo que había visto, estaba cansado por todo lo que había gozado y después de unos minutos se quedó dormido.
Al día siguiente, tras conducir por las calles de la ciudad con la mente ocupada pensando en lo que había sucedido, un nervioso Salvador llegó a la puerta de su departamento. Se paró ahí durante varios segundos. Dejó escapar un gran suspiro. Tenía miedo de entrar a su hogar. Temía que ya no estuviera su esposa, sino una mujer completamente diferente. Tenía pánico de encontrarse a su padre y no saber cómo enfrentarlo. Pero, sobre todo, tenía miedo de que su vida ya no fuera la misma.
Sin embargo, no podía quedarse ahí parado toda la vida, así que se armó de valor y entró al departamento. Echó un vistazo alrededor, todo parecía en orden, exactamente como lo había dejado. No había señal de su padre, y solo supo que Sofía estaba en casa porqué la escuchó tratando de consolar a la bebé que lloraba en su habitación.
Tragando saliva, se dirigió ahí.
―Hola, amor ―dijo Salvador en cuanto entró a su alcoba y vio a Sofía con su hija en brazos. Echó un vistazo a la cama; tenía sabanas nuevas, todo estaba limpio, ni un rastro de lo que vio que había ocurrido ahí. Se le escapó la mirada al marco cámara que había sobre la cómoda, la ventana secreta que parecía lo había transportado a otra dimensión.

―Hola, cariño ―la sonrisa que le dirigió Sofía fue tan radiante y natural, que descolocó la mente de Salvador, pues no se esperaba ese recibimiento.
Sofía lo miró extrañada. Al parecer se dio cuenta de que algo andaba mal.
―¿Qué pasa? ―preguntó mientras cambiaba de un brazo a otro a su hija, que ya había dejado de llorar y reía mirando a su padre con los ojos llorosos.
―Nada. Es solo… ¿Y mi papá? ―preguntó Salvador, cauteloso, pero atento a cualquier reacción que pudiera obtener por mencionar a su padre.
―Oh. Se fue hace rato ―dijo Sofía con naturalidad, tomando de nuevo por sorpresa a Salvado―. Dijo que tenía que ir temprano al trabajo.
―Ya veo. ―Salvador dejó su maleta a los pies de la cama y se dirigió al closet para cambiarse de ropa a algo más cómodo.
No entendía qué pasaba. Había esperado encontrarse a su esposa con un ataque de ansiedad, tal vez llorando por lo que su padre le había hecho, pero en lugar de eso, estaba hablando con tranquilidad, como si nada hubiera ocurrido.
―Entonces… ―empezó a decir Salvador. Tragó saliva mientras se quitaba el saco, estaba nervioso y no sabía cómo hacer la pregunta que quería―, anoche… ¿Có…cómo fueron las cosas?
Sofía no respondió. Salvador estaba de espaldas a ella, así que no sabía que gesto estaba haciendo. Iba a girarse para mirarla a los ojos, pero antes de que pudiera hacerlo, ella habló, con la misma voz animada.
―Bien. No pasó nada ―dijo―. Tu padre se portó como todo un caballero. Fue a dormir poco después de que te fuiste. No se acercó a mi habitación para nada. Tampoco fue necesario, Janita pasó de largo, no despertó en toda la noche.
―¿En serio? ―Salvador sentía que le temblaban las piernas.
―Sí, parece que no hay nada de qué preocuparse. Los temores sobre tu padre eran una tontería.
FIN CAPITULO 6.
Amigos recuerden comentar, sus comentarios me motivan a seguir con el relato
Salvador se quedó de piedra. Las palabras de su padre hicieron eco en su mente y se repitieron en bucle durante unos segundos que se hicieron eternos.
―¿Qué? ―dijo en voz alta el impactado esposo e incrédulo hijo, casi en shock.
Salió de ese involuntario ensimismamiento cuando vio que su padre extendía el brazo hacia Sofía. Contuvo la respiración, y se tomó la cabeza sin poder decidirse si era por celos, por culpa o por desilusión, cuando vio que Pastor solo le tocaba el hombro para remecerla. Había pensado otra cosa, que tal vez…
—Nuera, Alejandra necesita más leche —insistió su padre, tratando de despertar a Sofía—. Se la tomó toda, y está algo inquieta —mentía, y Salvador no alcanzaba a comprender qué pretendía con todo eso.
Salvador no sabía si Sofía aún estaba dormida o solo fingía. Siempre había tenido el sueño pesado, pero la forma en que su padre la remecía tendría que ser suficiente para despertarla.
Salvador se sentó despacio sobre la cama de hotel, con los ojos fijos en la pantalla, como si toda esa fantasía fuera a desaparecer si descuidaba la mirada aunque fuera un instante. No lo podía creer, su padre acariciaba a su esposa ahí a la altura de la pierna donde cualquier contacto se considera íntimo. Eso hizo que Salvador metiera su mano por debajo del pijama, llenó de ansiosa excitación.
―Nuera… ―repitió su padre. Al ver que Sofía seguía sin responder, apartó la mano de su pierna y encendió la lampara del buró.

La imagen de su esposa, dormida en su cama, a merced de su padre, era demasiado excitante para su pervertida mente. Sofía, pese a estar aún cubierta con la sabana hasta la cintura, se veía maravillosa con aquel babydoll. Sus grandes y hermosas tetas, ahora que estaba recostada casi de lado, se desbordaban más por los costados de la prenda. Era una vista que tenía hipnotizado a su suegro, que las contemplaba con una ternura de lo más deseosa.
―Lo siento, Sofía ―dijo su padre. Le habló a Sofía como si estuviera despierta, con calma, pero con decisión. Estaba claro que también se trataba de engañar él mismo―. Pero necesito esa leche. Hay que dársela a la bebita.
Entonces, el maduro guardián, aquel al que le habían encomendado la misión de cuidar a tan suculenta esposa y madre, dejó el biberón a un lado sobre la cama, se acomodó sobre su codo junto a la magnífica silueta de su nuera y, extendiendo el brazo libre, esta vez sí tomó ese babydoll tan sensual y procedió a hacerlo a un lado, sujeto el tirante del escotado babydoll y lentamente lo fue arrastrando por su hombro.
Luego se llevó la otra mano a la entrepierna y Salvador noto como su papá se agarraba la verga erecta por encima de la pijama ahí frente a la cama con Sofía. Inconscientemente se apretó más fuerte su propio miembro, imaginando lo que estaría sintiendo su padre mientras contemplaba a su hermosa nuera ahí vestida de forma tan sensual apunto de desnudarla.
Salvador casi eyacula en sus pantalones cuando el exquisito pezón de Sofía salió a la luz a escasos centímetros del rostro de su padre.
Pastor se detuvo por unos segundos, cautivado de seguro por aquel botón rosa que apareció hinchado y erecto como un biberón. Salvador quiso pensar que su Sofía estaba despierta, consciente del abuso del que era víctima, y que ese pezón tan sabroso y paradito era muestra inequívoca de su excitación.
Llevaba años soñando con que algún hombre pudiera apreciar aquellas perfectas obras de arte que su esposa tenía por tetas, las que había mantenido ocultas para todos menos para él.
―Mierda, papá ―susurró Salvador, conteniendo su morbosa angustia, tomando su miembro con más fuerza, excitado―. Dime si no es preciosa… Dime que no es lo más extraordinario que has visto en tu vida.
Su padre, como si lo hubiera escuchado, respondió con voz afectada:
―Dios… Eres tan hermosa ―No dejaba de admirar la teta desnuda con tal intensidad que parecía irradiar furia con la mirada―. Toda tú, tan hermosa, nuera… Desde que Salvador te llevó a la casa para presentarte supe que eras bella… Dios, pero desde su último cumpleaños… Tu cuerpo… Oh, Dios, como me calentaste. ¡Como calentaste a todos!
Las palabras de su padre hicieron que Salvador se estremeciera. Sabía que su padre se sentía atraído por su esposa, pero escucharlo decirlo era algo muy diferente a solo ser consciente de ello. Ahora le quedó muy claro que el día de su cumpleaños no había marcado un antes y un después solo para él.
―Y ahora aquí estoy… No sabes cuántas veces soñé con un momento así estas últimas semanas —hablo maravillado—. Eres la esposa de mi hijo. Sé que no debería desearte…, pero no puedo evitarlo… Es tu culpa. Es que eres demasiado sexy. Te lo tenías tan bien guardado. ¿Quién iba a pensar que tras esa apariencia mojigata se iba a esconder un mujerón tan sabroso?
Salvador estaba boquiabierto. Las confesiones de su padre representaban un abuso incorpóreo, pero latente. Al pensar que ella estaba profundamente dormida por el efecto de las pastillas, se permitía dejar salir esos obscenos deseos, vocalizándolos frente a su indefensa nuera, excitándose imaginando que ella lo está escuchando y lo tolera.
―Eres una diosa, nuera ―seguía susurrándole su padre―. Nunca lo he dicho, ni podría hacerlo delante de mi hijo…, pero siempre intuí lo que escondías.
―Adelante, papá… ¡Hazlo! Sé que quieres… ¡Tócala! ―Su voz se cortaba al igual que su respiración―. Toca su piel…, apriétale esa teta. Te doy mi permiso… Manoséala… ¡Manoséala!
Hasta que su padre por fin se decidió a hacerlo. Su mano se acercó con extrema cautela, como si aquella forma fuera a escapársele tal mariposa sobre una flor, hasta que se posó directamente sobre la teta desnuda de Sofía.
Salvador se estremeció, a punto de explotar.
―¡Sí, joder! ―celebró casi gritando, emocionado. No podía creer que realmente estuviera pasando, su fetiche estaba cobrando vida―. ¡Eso es, papá! ¡Siente esa tremenda teta!
Fue tanta la excitación que sintió que tuvo que ponerse de pie y caminar por la habitación durante unos segundos, con su pene duro formando una carpa en su pijama. Sentía que se estaba volviendo loco. Le costaba pensar; incluso no podía respirar con normalidad, sin duda por culpa de lo excitado que se encontraba. Miró la pantalla de nuevo, donde su padre ya había empezado a sobar con delicada reserva el grandioso pecho de Sofía.
La presión de la mano de su padre provocó que un pequeño chorrito de leche saliera expulsado del pezón de Sofía. El fluido se levantó un par de centímetros antes de volver a caer sobre el hinchado botón de carne, solo para dejarlo húmedo y brillante, haciéndolo ver aún más apetitoso. Por si esto fuera poco, a Salvador le pareció distinguir un estremecimiento en las cejas de Sofía. Pensó que tal vez había sido su imaginación…, pero ¿si no? Aquello literalmente fue la gota que derramó el vaso del morbo del desquiciado marido, que se volvió a acomodarse al borde de la cama, emocionado, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera en las ganas que tenía de ver más de aquella desbordante situación.
Su padre debía pensar lo mismo, pues observó boquiabierto a Sofía, quedándose seudo paralizado en la misma posición por varios segundos. Cuando volvió a moverse, fue como si todas sus ataduras se hubieran roto, como si ya no deseara contenerse.
―No cabe duda de que eres una mujer hermosa, extraordinaria ―dijo, al tiempo que reacomodaba la mano solo para volver a envolver la gorda teta de Sofía―. Ay, Dios, como debe de disfrutar mi hijo de este precioso cuerpo que tienes.
Salvador volvió a estremecerse. La imagen de su padre acariciando a Sofía era demasiado poderosa como para que la mente de un pervertido como él la soportara.
Vio que su padre ya amasaba con ahínco, haciendo brotar deliciosas gotas de leche materna del pecho de Sofía, que iba viéndose cada vez más brillante cuando la mano del viejo esparcía el nutritivo elixir sobre la piel llana.
―Hay que juntar leche para la pequeña ―dijo entonces su padre, hablándole a Sofía como si estuviera despierta, a la vez que estiraba el brazo para tomar el biberón que hace unos momentos había dejado sobre la cama―. Lo siento nuera, pero es mi deber alimentar a mi nieta, y estas tetas son la mejor fuente de alimento para ella. —Sonrió con cierta malicia, aunque sus ojos seguían evidenciando pesar. Sus demonios internos resquebrajaban las murallas de su moral—. Así que, si me disculpas…, necesito ordeñarte.
Tan pronto terminó de hablar, Pastor tomó el pecho de Sofía y lo presionó en la base del pezón, de la misma forma en que se ordeñaría a una vaca lechera. Un chorro de leche salió disparado y fue a dar hasta el fondo de la mamadera, que el suegro había posicionado para recibir tan nutritivo elixir. Salvador sintió una punzada de celos al ver a un hombre que no era él tocar de esa forma a su mujer. Ni siquiera a él se le había ocurrido ordeñarla así, pero sabía que eso era justamente lo que estaba esperando: celos que lo hicieran sentir excitado como un maldito demente.
Durante un par de minutos, Salvador observó que su padre, ya sin hablar ni hacer el más mínimo ruido, apretaba la ubre de Sofía. Cuando el biberón de Janita ya contenía un buen poco de leche, el viejo lo levantó, al parecer para medir su contenido, pero de pronto volvió a bebérselo todo él mismo.
Salvador quedó impresionado.
―Vaya ―dijo exultante el maduro sinvergüenza, relamiéndose los labios―, la leche fresca sabe mucho mejor. Pero tendré que sacar más, aunque… ―Miró el recipiente y luego la teta desnuda de su nuera, la fuente misma de aquel exquisito elixir. Entonces, ante la atónita mirada de Salvador, Pastor dejó a un lado la mamila y se acercó al exquisito pezón de Sofía y sin pensarlo demasiado, lo envolvió en sus labios y comenzó a chuparlo con pasión.
―¡Mierda! no puede ser ―exclamó Salvador. Su voz hizo eco en la soledad de aquella habitación―. Eso es tan…
Ni siquiera supo cómo terminar la frase. Su cerebro estaba concentrado, observando lo que ocurría a muchos kilómetros de distancia ahí sobre su cama, donde hasta ahora solo él había sido beneficiado del goce del endemoniado cuerpo de Sofía. Vio que su padre chupaba el pecho de su mujer con la intensidad de un bebé que llevara días sin comer, y mientras más miraba, más excitado se sentía.
Luego vio como su padre se sacaba la teta de la boca y la comenzaba a lamer, pasando toda su lengua por el pecho y por encima del pezón, luego sin aguantarse más la mano que se agarraba la verga la metió por dentro y Salvador noto como se comenzo a martubar sin dejar de chupar esa teta, salvador hizo algo similar desde el otro lado de la pantalla, se abrió el cinturón y se bajó el pantalón junto con su boxer, su verga quedó liberada, se veía hinchada y muy húmeda, sin aguantar mas tambien se comenzo a masturbar.
—Oh, esto sabe delicioso —dijo su padre, apartándose por un segundo de la sublime ubre. Sus labios y barbilla lucían el mismo brillo que la enorme teta, ambos llenos de saliva—. Sin duda eres una mujer increíble, capaz de producir algo tan rico… Aunque no debería extrañarme…, con esas tetas tan maravillosas…
Escuchando a su padre reverenciar a su maravillosa mujer, a su cuerpo sensual y a sus tetas increíbles, el morbo de Salvador se acrecentaba, así como su imaginación.
―Vamos, papá ―susurró para sí―. Los dos sabemos que quieres hacer algo más… No te conformes chupando teta… Tócala, hazla tuya… ¡Hazlo! Poséela. Conviértete en su macho.
Mientras pronunciaba esas palabras, Salvador sintió un tirón fuerte en la verga, lo cual solo podía significar que estaba a punto de correrse, y aunque seguramente sería el mejor orgasmo de su vida, sabía que en cuanto terminara los remordimientos y el arrepentimiento lo inundarían inexorablemente, así que soltó su verga.
Luego vio como se subió a la cama con su Sofía, lo hizo despacio como pensando que aun podría despertar, apoyo sus manos en la cama y se aproximó al semi desnudo cuerpo de su nuera para observarlo más de cerca. Lo hizo a la altura de su pelvis, deleitándose con la curva de su cintura y la cúspide de su cadera. Parecía un chacal olfateando una cierva indefensa. Se posiciono detrás del cuerpo de su nuera. La nueva posición de su padre, le permitió apreciar a cabalidad la tremenda erección que se alzaba bajo el pijama de Pastor. El hijo se dio cuenta de que su padre estaba bastante mejor dotado que él. La carpa se apartaba por lo menos veinte centímetros de su cuerpo, y cuando el viejo se la agarró y se la apretó por unos instantes mirando el culo casi expuesto de su nuera, Salvador, además de confirmar sus suposiciones, pudo apreciar que el grosor de la herramienta que le había dado la vida era considerable.
Era una visión tan espantosa como afrodisiaca para el desequilibrado marido. Su mujer, escandalosamente acicalada, ataviada con ese babydoll que parecía diseñado para alcanzar la máxima excitación de cualquier hombre.
—Tómala, papá —dijo para sí, traicionando sus propios celos, vendiendo sus propios escrúpulos ante el poder de su enfermiza lujuria―. Tócala… Pruébala… Poséela. —Cada palabra resquebrajaba un poco más la escasa cordura que le quedaba.
Pastor se humedecía los labios con la lengua, tratando de saborear ese cuerpo de mujer a la distancia. Sus ojos se hicieron escuchar, y una de sus manos se estiró para tomar la sabana y apartarla suavemente, exponiendo la escasa parte de las piernas de Sofía que aún estaba cubierta. Luego, ante los asombrados ojos de su hijo, que no perdía detalle de cómo su padre mancillaba su confianza, el maduro hombre se metió a la cama con su nuera. No había soltado la sabana, y Salvador entendió que la había tomado no solo para apartarla de Sofía, sino para darse espacio y meterse con su nuera bajo ellas. El suegro se recostó de lado, tal como estaba Sofía, pero detrás de ella para quedar acoplado en una perfecta “cucharita”. En ese momento la erección que había visto debió quedar enterrada en medio de esas majestuosas pompas que tenía su esposa, ¿que estaría sintiendo y pensando su amada Sofía en esos momentos?

El rostro de Pastor se contrajo de gusto cuando su añosa mano cayó sobre la forma exquisita del glúteo de su nuera. Salvador vio que su padre cerraba los ojos para poder sentir a cabalidad la suavidad que él tanto conocía, luego pudo apreciar cómo el viejo los volvía a abrir para mantenerlos entrecerrados a la vez que se mordía los labios, exultante en tan dichoso placer.
—Dios…, nuera… Dios —balbuceó Pastor, ido en la fabulosa experiencia— Qué suave… Qué tibia… Qué rica.
—Dime si no es bella, papá —dijo Salvador, solo en la habitación de hotel— Apriétale ese culazo. Tómale esa nalga y estrújasela… Siéntesela.
—Uuuuh —resopló el maduro hombre ante las formas de la joven e indefensa esposa de su hijo—. Tienes el… el culo más… más rico que he visto, nuera. Uuuyyyyy ―aulló luego, al mismo tiempo que su callosa mano se perdía tras la exquisita pompa de Sofía.
La mano se daba el gusto de manosear aquel culazo, pero comenzó a abandonarlo poco a poco, recorrió su cadera, subió lentamente por la cintura y atrapó la teta desnuda de la bella durmiente, a la vez que el decrépito cuerpo de Pastor se apegaba aún más por detrás al de ella, acoplándose definitivamente en una apasionada y perfecta “cucharita”. No había duda que la verga erecta estaba enterrada en medio de esas voluptuosas pompas de Sofía.
Salvador vio que su padre se aferró con pasión apenas controlada al joven cuerpo de Sofía. Su rugosa mano le apretó la teta desnuda a la vez que el viejo hacía movimientos con su cadera como si ya se la estuviera cogiendo.
Solo era cuestión de retirar los pijamas, la ropa interior y ya, pensaba el desgraciado marido. Solo eso faltaba y sería testigo del espectáculo más lujurioso, morboso y perturbador de su vida, sería testigo del placer que se daba su propio padre con las delicias de su esposa.
Fue en ese momento cuando Salvador vio algo que apenas y pudo concebir: Las cejas de Sofía se comprimieron por un instante, y al poner atención en aquel rostro compungido, el desquiciado esposo se dio cuenta de que su mujer se estaba mordiendo el labio inferior. Entonces miró la arremetida de caderas de su padre, quien punteaba descaradamente a su nuera. Salvador recordó las proporciones del miembro de Pastor y trató de imaginar lo que estaría sintiendo su Sofía ahí en la cola. De pronto se dio cuenta que la cadera de Sofía se remecía, devolviendo la presión, parando la cola para apretar aún más aquel falo que buscaba cobijo entre sus nalgas.
Pastor, por su lado, estaba en la gloria. El viejo seguía masajeando la teta desnuda, haciendo que la pobre llorara leche por el erecto pezón rosado. Su rugosa mano estaba empapada de aquel sublime elixir, al igual que la llana piel de la ubre, que brillaba como si la hubieran bañado en el más fino aceite. Y el suegro seguía punteándola, cerrando los ojos cada vez que le propinaba un intenso espolonazo en la cola. En una de estas ocasiones, soltó la teta y se inclinó hacia atrás un poco, Salvador vio como se quitaba la camiseta para quedar con el torso completamente desnudo, para luego agarrar a su dormida nuera de las caderas. Salvador pudo ver que la sujetó con ambos brazos, por las dos caderas, aún de lado; entonces con su pierna apartó las sábanas, como si le molestaran, y como un energúmeno empezó a arremeter en un punteo violento contra las pompas de Sofía.
El babydoll seguía levantado, por lo que el viejo se estaba dando el gusto de puntear a su nuera con los cachetes al aire, casi desnudos, seguramente encajándole la verga entre las turgentes nalgas. Solo el viejo pantalón de pijama y la mezquina pantaleta impedían que la enorme herramienta de su padre penetrara las carnes de su indefensa Sofía, pensaba Salvador, que no pudo evitar dejarse caer a medias sobre la cama de hotel y apoyarse sobre un codo para con la otra mano auto propinarse una furiosa paja.
―Oooooh Aaaaaaarrgh ―gemía de placer su padre.
―Eso, papá, siéntele ese culazoooo ―musitaba Salvador―. Acomódaselo entre los cachetes del culo.
El cuerpo de Sofía se remecía ante el abuso al que era sometido. El viejo le propinaba un punteo incesante, haciendo chocar sus caderas como si fueran dos amantes ansiosos de darse placer mutuamente. Pero lo grotesco de aquel espectáculo era precisamente que la bella mujer sobre la cama estaba siendo abusada; no había consentimiento para que ese hombre viejo, indigno ya de cualquier confianza que hubiera merecido antes como padre de su esposo, perpetrara aquel acto tan íntimo. Eso por lo menos era lo que debía de estar pensando Pastor, y quizá en parte era lo que lo calentaba tanto, aprovecharse de ella, tenerla entregada, indefensa ante cualquier cosa que pudiera hacerle.
De pronto el violento chocar de la ingle del suegro sobre las pompas de su nuera ceso. Pastor jadeaba, cansado y sudado por el esfuerzo, excitado por el morbo.
―Ere…Eres tan… hermosa, nuera ―dijo casi quebrado de emoción―. Cu…Cuanto me… me gustaría que… que… fueras mía. ―Se acercó a su cuello y aspiró profundamente―. Hueles tan bien… Eres una… una… hembra de ensueño. ―No aguantó, lamió y chupó el cuello y el hombro de Sofía con apasionada devoción. Su mano volvió a rodearla para agarrarle la teta que brillaba ante la luz de la lampara del buro.

Desprovisto de todo control, Pastor paseó su lengua sobre la piel desnuda de Sofía. Su cuello, su hombro, su mejilla, su oreja…, hasta el borde de sus labios fueron impregnados de la saliva del infame suegro, que de pronto se detuvo a contemplar el acto de sobajeo que perpetraba sobre la exuberante teta de aquella indefensa mujer, la esposa de su hijo, la madre de su nieta. Los ojos de Pastor se posaron sobre el erecto pezón; su mano presionaba por debajo de la ubre, haciendo que aquel bello y húmedo trocito de carne rosado, rodeado por esa perfecta aureola de tono también rosáceo claro, se viera aún más atrayente sobre la carne prieta y reluciente.
De pronto, Salvador vio algo que lo congeló por varios segundos. Se fijó en el rostro de Sofía y para su absoluta sorpresa, los ojos de su esposa estaban semi abiertos. Se había apartado de a poco de los hambrientos besos de Pastor y su rostro quedó medio escondido contra la almohada. En su mirada había miedo y pena, pero también algo más, algo que Salvador solo había visto unas pocas veces en los ojos de su esposa…, cuando hacían el amor.
―Amor ―musitó Salvador, incrédulo―. ¿Estás despierta? Pero… Pero ¿por qué no haces algo para detenerlo?
La respuesta se le hizo evidente cuando, anonadado, vio que Sofía se mordía los labios, en un obsceno acto de lujuria.
―No puede ser. ¿Lo estás disfrutando? ¿Acaso te gusta? ― Preguntó Salvador indignado, alzando la voz al tiempo que también aumenta el ritmo del masajeo que ejercía sobre su verga―. ¿De verdad estás disfrutando que mi padre se aproveche de ti?
Un enfado irracional comenzó a crecer en el interior de Salvador. No tenía sentido molestarse por algo que él casi había rogado porque sucediera, era muy consciente de ello. Después de todo, él era el culpable de que aquello pasara, y se había excitado sobremanera al ver a Sofía hacer ese gesto con los labios. Pero, aun así, en el fondo todavía creía que ella era una santa, una mujer que no disfrutaría con algo así a menos que fuera con su marido. Pensar lo contrario fue para él un golpe imprevisto.
―Sofía…, mi amor…, eres… ―Salvador tragó saliva, intentando que con esto su corazón dejara de latir tan fuerte―. ¡Eres una maldita puta! ―gritó a todo pulmón, aunque al instante se arrepintió, y rezó porque nadie en las habitaciones contiguas lo hubiera escuchado―. ¿Cómo puedes calentarte con esto? ¿Acaso no eres más que una zorra como cualquier otra mujer?
No estaba bien hablar así de su esposa, pero mientras más pensaba en ella como una puta, más excitado se sentía, como si rebajarla a ser una zorra le provocara un morbo inexplicable. Después de todo, Sofía siempre había sido una dama recatada, y el hecho de que tuviera un lado sucio resultaba de algún modo refrescante para Salvador.
―Puta… Puta… ―repitió el confundido marido mientras veía los gestos de su esposa, que, claro, como ya se ha dicho, perfectamente podrían ser de congoja y miedo, y no necesariamente de gozo.
―Lo siento, Sofía ―dijo su padre de pronto, interrumpiendo los pensamientos de Salvador―. Sé que no debería hacer esto… Eres la mujer de mi hijo…, pero no puedo contenerme… Eres…Eres tan hermosa, tanto que… Sí… Esto es tu culpa por ser tan bella, por ir por ahí provocando a los hombres con tu cuerpo de odalisca.
―Tienes razón, papá ―dijo Salvador, estrujando su verga con más fuerza ―. Es culpa de ella, por ser una puta que se calienta con cualquiera. ¡Vamos!, métele la verga, castígala, demuéstrale lo que le pasa a las mujeres cuando se convierten en golfas buenas para la verga.
Entonces Sofía se reacomodó de nuevo. Escondió aún más su rostro de Pastor, pero a la vez paró aún más la cola contra su suegro, como si extrañara la sensación de aquel violento punteo al que había sido sometida. Salvador volvió a pensar en la envergadura del miembro de su padre, y de pronto estaba convencido de que su mujer quería volver a sentirlo bien pegado a su culo, y que escondía el rostro por que se daba cuenta que eso solo lo desearía una sucia mujerzuela.
―Serás puta ―dijo Salvador, alentando su locura morbosa―. ¡Le estás ofreciendo el culo a tu suegro! ¡A tu suegro!
Pastor quedó maravillado pensando que su nuera le ofrecía el culo a propósito, se lanzó inmediatamente a manosear esas pompas exquisitas. Tomó la parte de enmedio de la pequeña pantaleta que apenas cubría el culo y lo hizo a un lado, dejando a la vista el hermoso canal rectal y la cuca rosada de su nuera, Pastor se acercó y enterró su nariz, aspirando el delicioso aroma de hembra en celo, luego sacó la lengua y le dio el primer lenguetazo directamente en el ano. Salvador vio que Sofía volvía a entreabrir los ojos y morderse los labios.
―Joder, nuera… Tienes un culo delicioso… No entiendo cómo Dios pudo juntar un par de tetas como las tuyas y este pedazo de culo en un mismo cuerpo ―dijo el viejo, relamiéndose los labios―. Estoy seguro de que Salvador debe disfrutar mucho contigo en la cama… Claro, ¿quién no lo haría?
Su padre se volvió a agachar hasta el trasero de Sofía, y Salvador vio que empezaba a lamerlo con una lujuria desbordante. El desequilibrado marido se estremeció ante tamaña perversión. Indagó en el rostro de su esposa solo para encontrarla mordiéndose los labios ya con descaro.
―Maldita puta ―la insultó de nuevo, agarrándose fuertemente la verga en el hotel, sorprendiéndose una vez más de que llamarla así le resultara tan excitante―. Si tanto te gusta abre las piernas y pídele que te coja de una vez. Conviértete en su puta por completo, deja que mi padre te posea. ¡Admítelo! Los dos queremos que pase.
Sus palabras viajaron por la habitación, pero no había nadie ahí para escucharlas. Todo lo que pudo hacer el atribulado marido fue seguir mirando la pantalla, sintiéndose cada vez más excitado.
Su padre seguía lamiendo el culo de Sofía; como un animal hambriento, la tomaba con fuerza de las caderas para regodearse pasándole la lengua por las nalgas, dándole chupones y pequeños mordiscos. Estaba ido en la faena de saborear ese culo tan perfecto.
—Eres una diosa, nuera… Nunca había tocado una mujer ni la mitad de hermosa que tú. —Pastor parecía haberse vuelto loco, hablaba como si fuera consciente de que Sofía podía escucharlo. Sin embargo, estaba convencido de que ella seguía profundamente dormida, y que sus palabras no tenían más objetivo que inflamar su calentura—. Sé que si supieras lo que te estoy haciendo me despreciarías ―siguió diciendo―. Por favor, no te despiertes, déjame seguir disfrutando de este momento. Permíteme seguir comiéndote el culo… Mmmmm… Muack… shucfff… ¡Qué rico! Será mi única oportunidad, mi única noche contigo, mi querida nuera.
―Sí, déjalo un rato más, mi amor ―la instó Salvador―. Deja que te siga manoseando todo lo que quiera. No me importa si mañana cuando regrese a casa todavía te está tocando, o, mejor aún, déjame llegar a casa y encontrarlos desnudos en la cama
―Te he deseado tanto…, no sabes cuánto… Mmmmm ―continuó Pastor. Cada vez estaba más concentrado en seguir lamiendo y tocando las nalgas de una Sofía cuyo rostro se ponía más colorado con cada segundo que pasaba―. Cuando Salvador te llevó por primera vez a la casa para presentarte, pensé que eras una mujer hermosa… Pero ese día del cumpleaños, nuera… Oh, Dios mío, nuera… ¡Cómo me dejaste! No imaginas la paja que me hice pensando en ti… Muack… Mmmmm… ¿No te diste cuenta cómo todos esa noche te miraban este tremendo culo? Todos envidiaron a Salvador… Todos sabían que habría un estupendo regalo esa noche para él… Ay, nuera, ¡como te debe haber culiado! No es justo… Eres demasiado para él.
Salvador abrió la boca, sorprendido por las palabras de su padre. Siempre supo que se sentía atraído por su esposa, y ya entendía que la noche de su cumpleaños había sido el gatillante que lo había llevado a desearla con locura, pero se sintió algo herido al escucharlo decir que Sofía era demasiado para él. Pero luego se dio cuenta que, siendo sincero, Sofía era demasiada hembra para cualquier hombre de ese planeta. Por eso quería compartirla, porque una mujer así merecía ser probada por muchos machos, no solo por uno.
Mientras él pensaba eso, su padre seguía ocupado lamiendo y besando el trasero de Sofía. Milímetro a milímetro trataba de hacerlo suyo por completo; lo hacía con una mirada de fiera. Y, a juzgar por la expresión que medio ocultaba Sofía contra la almohada, las caricias brutas de Pastor la estaban calentando. Salvador vio que su esposa movía una de sus manos, muy lentamente, de forma casi imperceptible, hasta el pecho que aún estaba protegido por el babydoll, donde comenzó a sobarse con dos dedos el pezón sobre la tela, dejando a Salvador boquiabierto.
―¿En serio te estás tocando, amor? ―preguntó, poniéndose de pie― ¿Te tocas mientras mi padre te come el culo? ¡Sí serás puta!
Estaba repentina e inexplicablemente furioso por lo que veía. Nunca habría imaginado que su esposa, su Sofía, aquella mujer a la que tenía en un pedestal, como una santa, sintiera la necesidad de tocarse en una situación así. Tenía que estar muy caliente, pensó Salvador. Lo más seguro es que no había revelado que estaba despierta por temor a lo que pudiera pasar, al conflicto que él se vería obligado a tener con su padre… O quizás no, tal vez solo era una zorra que disfrutaba con lo que estaba pasando. Todas esas ideas sin mucho sentido rondaban la cabeza de Salvador.
Sin embargo, Sofía no pudo hacerlo durante demasiado tiempo, pues su padre dejó de jugar con su trasero. De golpe se acercó cada vez más a su entrepierna, y ella tuvo que dejar de mover la mano de forma repentina, para no ser descubierta.
Pastor, cada vez más ido en su perverso apetito, giró de sus caderas, consiguiendo que Sofía se volteara para quedar de espaldas sobre la cama y así conseguir que abriera un poco las piernas para él. Entonces se deslizó para quedar entre ellas y miró la belleza de aquel monte de venus apenas cubierto por esa ínfima prenda, la delicada barrera que protegía la intimidad de su nuera de sus díscolos ojos. La pequeña calza plateada, que por detrás apenas y cubría la mitad de los exquisitos glúteos de su dueña, por delante tenía la forma de una fina pantaleta. El contraste entre la metalizada tela y la tersa piel trigueña del entre muslo y el vientre de Sofía era una obra de arte. La prenda se ajustaba de forma tan perfecta, que ambas piernas se separaban de ella con simetría absoluta. El suegro se estremeció ante tal maravilla. Luego metió cada brazo por debajo de cada uno de los muslos y se regocijo oliendo la ropa interior de su nuera. Lo hizo aspirando profundo, permitiéndose pasar la lengua por el interior de cada muslo antes de volver a rosar con la nariz justo ahí donde la tela daba pasó a la más intima y sensible piel de Sofía.
Para Salvador era evidente que su padre estaba ansioso por probar los jugos más secretos de su mujer, esos que él, siendo su esposo, apenas y había probado en diez años de noviazgo y matrimonio.
―Mmmh… Nuera, hueles delicioso ―dijo su padre, saboreando cada vez con más ganas los alrededores descubiertos de la vagina de Sofía.
Lo que veía el atribulado y excitado marido lo estaba volviendo loco. Lo mejor era ver que su esposa se mordía los labios, como si tratara de contener lo caliente que se encontraba, pero por lo menos con él no lo lograba; claro, ella no tenía idea de que él estaba observando todo lo que estaba sucediendo en su habitación.
—¡Oh! Estás tan mojada, Sofía. ―Cuando Pastor le propinó un mordisquito en el muslo, Salvador pudo ver por un segundo lo que su padre podía ver en vivo apenas a un par de centímetros de la entrepierna de Sofía. La pantaleta estaba húmeda ahí justo en medio, ahí justo con la forma de la íntima entrada de su mujer―. ¿Te gusta lo que te hago, hermosa? ¿Lo disfrutas? Mmmmm. Me alegro mucho.
Salvador miró de nuevo el rostro compungido de su esposa y volvió a increparla.
―¿De verdad? ¿Mojada, amor? ―preguntó con voz de reproche―. ¿De verdad te gusta que mi padre te toque, que se aproveche de ti? ¡No lo puedo creer! ―El enfado, los celos y la excitación de Salvador aumentaron ―. Ya me quedó claro que en el fondo solo eres una puta mas. ¡Solo deja que te coja! Abre bien esas piernas y dile que te meta la verga… ¡Por favor! ¡Que te ponga todo ese vergón, cariño!
Salvador parecía haberse vuelto loco. No era normal que hablara solo, y menos decir aquellas cosas a su esposa. Pero no podía contenerse, su padre seguía lamiendo la piel más íntima de Sofía, y eso para él resultaba de lo más morboso.
Entonces Pastor sin aguantar, más con un dedo tomó con delicada cautela el borde de la ropa interior que cubría el tesoro que ansiaba probar, lo corrió, como quien aparta una persiana para contemplar el más bello amanecer. Las carnes rosas y brillantes de los labios vaginales de la madre de su nieta palpitaron al alcance de sus labios, que, atraídos como abejas a la miel, se abalanzaron sobre ellos, hambrientos de aquel elixir mágico, le dio el primer y rico lenguetazo que recordaría toda su vida, recogiendo los ricos jugos que emanaban de ahí.
Al contacto de la salvaje boca el cuerpo de Sofía se contrajo y a través del televisor, Salvador pudo escuchar el quejido casi agónico de su mujer.
―Aaaaaaah ―musitó sorprendiendo a su marido, que, a kilómetros de distancia, era incapaz de hacer algo contra el hombre que osaba asaltar el tesoro más sagrado de su esposa.
Las piernas se abrieron más, arrastrándose contra la ropa de cama, semi encadenadas por los brazos del viejo que, ya loco, no hacia más que alimentarse de aquella exquisita concha de hembra sin importarle nada.
―Dame tus jugos, Sofía ―le dijo el viejo, apartándose solo un instante para contemplar el rostro compungido de su nuera. Sofía mantenía los ojos semi cerrados, blancos bajo los titilantes parpados. Pastor mantenía el calzón corrido, dejando a la vista la húmeda vulva―. Estás deliciosa. ―Volvió a chupar con anhelo.
―Noooooaaaaaaah ―gimió Sofía. Sus brazos se estiraron hacia los lados y sus puños se apretaron sobre la almohada y el borde del colchón―. Aaaaaaaay… Nooooooaaaaaaaaaayyyyyy. ―Los dedos del viejo se marcaron sobre la carne de sus muslos, manteniéndolos abiertos, dejando que se arrastraran por la cama pero que no se cerraran.
El sonido de chapoteo que hacía la boca de Pastor contra la concha de su nuera era cada vez más caldoso, más húmedo. A Salvador se le hizo agua la boca, y de pronto envidió a su padre, pues había tenido el valor de comerse esa deliciosa vulva sin importarle nada más. Él nunca había tenido el valor de pedirle a Sofía que lo dejara probar su entrepierna, temeroso a que lo tachara de pervertido; menos se había atrevido a hacerlo sin más. Aunque la verdad sea dicha, hasta ese momento no había sido consciente de los deseos que tenía de hacerlo. Al ver a su padre atragantarse con las delicias de su mujer, de pronto sintió unas ganas locas por hacerlo él también. Pero maldita sea, estaba lejos, y el hombre que le comía la zorra a su mujer era su padre, un tipo que no tenía derecho a disfrutar de ese placer, que más bien tenía la obligación moral de proteger ese tesoro; pero no, no lo protegía, estaba disfrutándolo sin mediar ninguna consecuencia. Sofía parecía drogada, fuera de sí. Tal vez eso mantenía a Pastor en su faena comedora; quizá pensaba que la reacción de su nuera era de su cuerpo, no de su consciencia; aunque lo más probable es que ya no le importaba nada, nada más que el sabor secreto de su nuera.
―¡Zorra! ―gruñó Salvador con la tranca erecta en la mano―. Si tanto te gusta que te coman la concha ¿por qué no me lo pediste a mí?
«Solo tenías que tomarla ―resonó la voz de Sofía en su enfermo subconsciente―, como tu padre lo hace ahora. ¡Ay, qué ricooooo!»
La tensión en el rostro de Sofía era evidente. A pesar de que tenía de nuevo los ojos cerrados, Salvador sabía que estaba disfrutando de todo aquello. Siempre creyó que Sofía no dejaba escapar su lujuria porque así era su forma de ser, recatada y mojigata. Pero ahora, al ver su reacción frente al abusivo trato de su padre, comenzó a creer que tal vez él era el incapaz y no ella, que él era el hombre que no sabía despertar los deseos más ocultos de su esposa.
Su padre continuó dándole rienda suelta a sus obscenas pasiones, chupando a mansalva la intimidad de Sofía, lengüeteando, sorbiendo. Y aunque se veía como un demonio alimentándose de la carne de una víctima, el morbo que aquella imagen provocaba en Salvador lo hacía estremecer, y lo volvía incapaz de mirar a otro lado. Pastor se comportaba con tanta ferocidad, que su hijo por un momento tuvo miedo de que su corazón fuera a fallar. Pero estaba convertido en otro hombre, uno dispuesto a dar la vida con tal de poseer a esa hembra.
―Lo siento, nuera, ya no puedo aguantar —dijo de pronto su padre, separándose de Sofía, poniéndose de rodillas entre las hermosas piernas para proceder a desamarrar con desesperación el cordón de su viejo pijama y liberar la magna verga que había ocultado hasta ese momento.
Salvador, sobrecogido, se dejó caer de rodillas frente al televisor del hotel. Aquella imagen era apabullante, irreal de tan macabra, de tan morbosa. Sofía, su esposa, la musa de sus más oscuras fantasías, yacía de espaldas en su cama matrimonial, con las piernas abiertas, con su pequeña pantaleta corrida hacía el muslo derecho, dejando a la vista una exquisita concha que irradiaba humedad, y que parecía palpitar al ritmo del meneo de sus poderosas caderas; mantenía su rostro vuelto hacía el buro, como tratando de huir de lo que estaban a punto de hacerle, como intentando ocultar la vergüenza, el ansia, la pena que dibujaban las líneas brillantes que corrían desde sus apretados ojos hasta cruzar sus mejillas; aún tenía una de sus tetas al aire, con aquel sabroso pezón coronado por una gotita de brillo blanquecino. El babydoll, dominado por las fascinantes curvas de aquella mujer, no era más que un accesorio que incitaba más que cubrir, que provocaba más que proteger.
Su padre, por otro lado, como salido de un mundo opuesto, irradiaba una descontrolada locura. Su silueta, a la vez raquítica, a la vez panzona, con su descomunal verga fuera, macaqueandose como el mandril más lujurioso y desvergonzado, listo para violar a la mujer de su hijo.
Era una escena dantesca… Una obra de arte… Una fuente inagotable de morbo y excitación.
―¡Joder, papá! ―exclamó Salvador―. Esa cosa es gigante.
No pudo evitar pensar que comparado con su propio pene el de su padre era monstruoso, era más largo y grueso. Aquello despertó más envidia en Salvador, quien no pudo evitar pensar en lo injusta que era la vida. Sin embargo, no dedicó más que un instante a autoflagelarse de esa manera. Volvió a tomar su propia verga y se preparó para presenciar lo que tanto ansiaba.
―No… No… Noooo ―musitó con tristeza, excitándose todavía más en el papel de marido cornudo y humillado. Su fetiche tenía ramificaciones que apenas y empezaba a comprender.
Su padre miraba a Sofía con lujuria, la devoraba con la mirada, como solo un macho de verdad puede ver a una hembra.
―¡Dios! Mira como me tienes nuera ―dijo con frenesí a la vez que se masturbaba―. Estoy duro como nunca… Caliente como el averno.
Había un morbo doloroso en ver lo que estaba sucediendo. Los celos de Salvador eran tan acuciantes como inexpugnable era su lujuria. Algo le decía que todo aquello estaba mal, que debía terminar con todo eso, que un hombre de verdad llamaría por teléfono y acabaría con toda esa aberración, tomaría las llaves de su auto, regresaría a casa y le partiría la cara a su padre por abusar así de la confianza que habían depositado en él. Pero la verdad es que esa era una batalla perdida; el anhelo que le quemaba el alma era el mismo que potenciaba su locura.
―¡Hazlo de una vez, papá! ―gritó Salvador―. Hazla tuya. Esa zorra quiere verga, ¿qué no lo ves? Dásela, papá. ¡Métesela de una vez!
Salvador se dio cuenta de lo patético que se veía, masturbándose mientras le pedía a su padre a la distancia que se follara a su esposa. Era consciente de que muy poca gente comprendería su actitud, pero ¿qué más daba?, lo único que importaba era que estaba disfrutando como un desquiciado.
―Aaah… Aah… Nuera… ―gimió de pronto Pastor. Seguía masturbándose con frenesí, mirando con los ojos muy abiertos el exuberante cuerpo de Sofía y su expuesta pose ―. No sabes cuánto lo deseo.
―Hazlo, padre ―casi rogó Salvador, tragando saliva y mordiéndose el labio―. Ella también lo desea… Es una zorra excitada.
―Mmmmmaaaaayyyy ―gimió de pronto Sofía, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado―. Mmmmmm. ―Sus ojos se entreabrieron y a Salvador no le cupo duda de que se había dado cuenta de la tremenda verga que Pastor castigaba ahí a unos centímetros de su húmeda concha, pues pudo ver el cambio en su cuerpo. Fue una mezcla de pánico y ansiedad. Si bien de pronto se quedó como mirando el venoso mástil de su suegro, y sus brazos empezaron a moverse como si quisiera huir de aquel monstruo, Salvador no pudo evitar ver que sus caderas se menearon de forma mas descarada, como invitando a aquel hombre que no era su marido a poseerla―. Aaaayyy… Aaaaayyy ―siguió musitando y contorsionándose como si tuviera una pesadilla.
―Ya no puedo… más, nuera ―dijo Pastor con voz quebrada, llena de lujuria. Con la respiración entrecortada y la verga palpitando en su mano, se acercó aún más entre las piernas abiertas de Sofía. El glande hinchado y brillante rozó los labios húmedos de su nuera, y un gemido bajo se le escapó de la garganta. Salvador, de rodillas frente a la pantalla en el hotel, se agarró con fuerza la propia polla al ver cómo el miembro de su padre —más grueso y largo de lo que jamás había imaginado— presionaba contra la entrada de Sofía.
—No… Suegro… —musitó ella, con la voz rota, todavía con los ojos entrecerrados. Pero sus caderas, traicioneras, se movieron un poco hacia adelante, abriéndose más.
Pastor no se detuvo. Con una mano sujetó la base de su verga y con la otra apartó un poco más la tela de la pantaleta. Empujó despacio. El glande se abrió paso entre los labios empapados y Sofía soltó un quejido ahogado, los puños apretándose contra las sábanas.
—Dios… nuera… —jadeó Pastor, la voz temblorosa—. Estás tan apretada… tan caliente…
Salvador casi se corrió en ese instante. Vio cómo el cuerpo de su esposa se tensaba y, al mismo tiempo, cómo sus caderas se elevaban apenas, ayudando a que la verga de su padre entrara más. El babydoll seguía subido, una teta al aire goteando leche, el pezón hinchado brillando bajo la luz de la lámpara. La otra teta, medio cubierta, se movía con cada respiración acelerada.
Pastor empujó un poco más. La mitad de su polla desapareció dentro de Sofía. Ella mordió la almohada, un sonido entre protesta y placer escapándosele de la garganta. Sus piernas se abrieron más, temblando. Salvador, con la mano volando sobre su propia verga, no podía apartar la mirada.
—Métesela toda, papá —susurró, casi sin voz—. Mírala… la zorra está mojada. Quiere que se la metas.
Pastor, perdido, se inclinó sobre ella y empujó de una sola vez. Toda su verga se hundió hasta el fondo. Sofía levantó sus caderas para recibirlo y soltó un grito ahogado que se mezcló con el gemido ronco de su suegro.
— Ahhhh…
Sus uñas se clavaron en las sábanas, su cuerpo entero se estremeció. La leche brotó un poco mas del pezón erecto.
Pastor se quedó quieto un momento, disfrutando de la sensación de tener toda su verga erecta enterrada dentro de su nuera, luego la saco un poco, solo hasta la mitad y volvió a enterrarsela toda, comenzó a moverse con embestidas lentas y profundas, cada una arrancándole un gemido más alto a la nuera que se suponía tenía que cuidar.
Salvador se dejó caer de espaldas sobre la cama del hotel, la mano moviéndose con fuerza alrededor de su verga, como queriéndosela casi arrancar de la desesperación, los ojos fijos en la pantalla. Su padre se estaba cogiendo a su esposa. Y ella, no hacía nada para detenerlo.
Pastor empezó a moverse con más intensidad. Cada embestida hundía su verga hasta el fondo, y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Sofía tenía los ojos cerrados con fuerza, los labios entreabiertos, y de su garganta salían gemidos entrecortados que no lograba contener. Sus caderas, sin que ella pudiera evitarlo, se elevaban lo más que podían para recibirlo, el cuerpo respondiendo a cada penetración profunda.
—Sofía… nuera… —jadeaba Pastor con la voz ronca —. Esto es tan rico… Dios, ¿te gusta como te coge tu suegro?…
Salvador, en el hotel, se masturbaba con furia, los ojos clavados en la pantalla. Veía cómo el cuerpo de su esposa se estremecía bajo el de su padre, cómo tantas veces lo imagino, el pezón goteando leche con cada embestida. La otra teta ya asoma el pezón erecto por los movimientos. El babydoll estaba subido hasta la cintura, la pantaleta corrida a un lado, y la verga gruesa de Pastor entraba y salía de ella, brillante de sus jugos.
Sofía giró un poco la cara hacia la almohada, como si quisiera esconderse, pero un gemido más alto se le escapó cuando Pastor la tomó de la cadera y aceleró el ritmo.
—No… espera… —susurró ella, casi inaudible—. Pastor…
Él no se detuvo. Al contrario, se inclinó más sobre ella y le lamió el cuello, la oreja, el hombro, mientras seguía follándola con embestidas largas y pesadas. Una de sus manos subió y agarró la teta desnuda, apretándola, haciendo que más leche brotara y corriera por la piel, luego la lamió limpiando la teta de esas sustancia que había sido destinada solo para su nieta. Sofía soltó un quejido ahogado y, sin querer, arqueó la espalda, empujando el pecho contra esa boca.
Salvador casi se corrió. Vio cómo su esposa, la que siempre había sido tan decente y recatada, se mordía el labio inferior con fuerza mientras su padre no paraba de cogersela. Sus piernas se abrieron un poco más, las rodillas flexionadas, y su cadera se movía en un ritmo que ya no parecía de resistencia.
—Mírala, papá… —murmuró Salvador, la voz quebrada, la mano apretando fuertemente su verga—. La zorra se está moviendo. Le gusta tu verga. Métesela más fuerte.
Pastor, como si lo hubiera escuchado, aumentó el ritmo. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas. El sonido de piel contra piel se hizo más fuerte. Sofía ya no decía nada; solo gemía, los puños apretados en las sábanas, el cuerpo entero temblando. Una lágrima le corrió por la mejilla, pero sus caderas seguían buscando el contacto, apretando la verga de su suegro cada vez que él se hundía hasta el fondo.
Esto es demasiado rico ―Habló pastor, parecía estar sufriendo―. Me voy a correr… Me…me… Aaaaaaah. Aaaaargh. Uuuuuuuh.
Entonces Pastor sacó su enorme tranca rápidamente, la apretó fuertemente e hizo erupción sobre las lisas llanuras que comprendían el bajo vientre y la pelvis de Sofía. Espesa lava de un blanco opaco explotó de la punta de aquella bestia, y goterones asimétricos empezaron a deslizarse lentamente por el puño que estrangulaba la barra de carne en plena faena eyaculatoria. En ese momento Salvador también se dejó llevar por la lujuria y excitación y explotó en el mejor orgasmo que había tenido en su vida, claramente eyaculando menos semen que su progenitor.
―Aaaaaaaaah ―se quejó a la vez Sofía, estremecida por quién sabe qué sensaciones cuando las expulsiones de magma fundido fueron a dar contra su piel―. Mmmmmmaaaaaaaah. ―Y sus brazos se apretaron contra su cuerpo―. Aaaaaaaay. ―Salvador podía ver que trataba de mirar hacia otro lado, pero sus ojos entreabiertos se las arreglaban para admirar aquel enorme falo palpitante. Incluso, al ver que Pastor se concentraba en su propio orgasmo, con la cabeza alzada hacia el techo, el cornudo marido observó como su esposa se relamió los labios mirando la verga bañada en mocos de su suegro.
Entonces llegó la cordura y acabó con el sueño de Salvador.
Su padre, como una víctima de posesión recién liberada de un espíritu maligno, miró a Sofía y luego a su aún erecta verga bañada en mocos como si no comprendiera qué había pasado. Sus ojos pasaron de estar expectantes y bien abiertos a un rictus que delataba su congoja y culpa; las cejas se le cayeron y su boca se abrió solo para que su temblorosa mano la tapara. Vio el vientre de su nuera manchado de sus efluvios; miró para todos lados buscando algo, al no encontrar nada se limpió en su propio pijama y luego trató de limpiar los restos de semen que había dejado sobre la piel de Sofía. Como un asesino primerizo que trata de deshacerse con desesperación de la evidencia que podría inculparlo, recogía la viscosa simiente con la mano y se la frotaba en su propia camiseta o en el pantalón.
Sofía había vuelto a desfallecer. Otra vez parecía dormida, ignorante de todo lo que estaba ocurriendo sobre su cuerpo. Pastor estiró la mano hasta el escote de su babydoll corrido, admiró por un último instante el magnifico pecho desnudo del que se había alimentado y luego se apresuró a cubrirlo. Lo mismo fue a hacer con el calzón, pero el roce de su nerviosa mano en la intimidad de Sofía hizo que esta se remeciera otra vez. El sorpresivo movimiento provocó que Pastor se asustara y retrocediera hasta quedar de pie fuera de la cama. Sofía volvió a moverse y el maduro usurpador no pudo contener el miedo.
―Lo sien…to. Lo… Lo siento ―balbució, se guardó el miembro en el pijama, tomó su camiseta y salió corriendo de la habitación, como si en vez de una hermosa amazona hubiera sido un cadáver el que se estaba comenzando a mover sobre la cama.
Salvador estaba sentado en el suelo, apoyado en la cama de la habitación de hotel mirando a Sofía en la pantalla. «Y esas muecas ―pensaba, tratando de analizar lo que había pasado con su mujer». Estaba ¿“afligida” o “excitada”?, ¿“despierta” o “dormida”?, ¿Consciente o no de lo que estaba sucediendo?
Entonces Sofía levantó la cabeza lentamente, miró para todos lados, alargó el brazo para coger las cobijas y cubrirse con ellas. Se volvió hacia el buro y arrugó el ceño por la luz. Miró otra vez alrededor, deteniéndose un momento en la puerta de la habitación, que Pastor había dejado cerrada al salir. Inspeccionó sus pechos y se volvió a tapar. Estuvo un momento congelada, con los ojos muy abiertos; entonces se encogió y se acurrucó bajo las cobijas; solo sacó una mano para apagar la luz, luego la volvió a esconder.
Salvador vio los pequeños estertores que sacudían el cuerpo de su Sofía bajo la ropa de cama. Estaba seguro de que estaba llorando, y el infame marido se vio asaltado por una culpa implacable.
«¿Qué he hecho? ―se dijo».
Apagó la pantalla, incapaz de seguir viendo.
Tomó un pedazo de papel y se limpió la verga, luego se acostó en la cama de hotel, recordando lo que había visto, estaba cansado por todo lo que había gozado y después de unos minutos se quedó dormido.
Al día siguiente, tras conducir por las calles de la ciudad con la mente ocupada pensando en lo que había sucedido, un nervioso Salvador llegó a la puerta de su departamento. Se paró ahí durante varios segundos. Dejó escapar un gran suspiro. Tenía miedo de entrar a su hogar. Temía que ya no estuviera su esposa, sino una mujer completamente diferente. Tenía pánico de encontrarse a su padre y no saber cómo enfrentarlo. Pero, sobre todo, tenía miedo de que su vida ya no fuera la misma.
Sin embargo, no podía quedarse ahí parado toda la vida, así que se armó de valor y entró al departamento. Echó un vistazo alrededor, todo parecía en orden, exactamente como lo había dejado. No había señal de su padre, y solo supo que Sofía estaba en casa porqué la escuchó tratando de consolar a la bebé que lloraba en su habitación.
Tragando saliva, se dirigió ahí.
―Hola, amor ―dijo Salvador en cuanto entró a su alcoba y vio a Sofía con su hija en brazos. Echó un vistazo a la cama; tenía sabanas nuevas, todo estaba limpio, ni un rastro de lo que vio que había ocurrido ahí. Se le escapó la mirada al marco cámara que había sobre la cómoda, la ventana secreta que parecía lo había transportado a otra dimensión.

―Hola, cariño ―la sonrisa que le dirigió Sofía fue tan radiante y natural, que descolocó la mente de Salvador, pues no se esperaba ese recibimiento.
Sofía lo miró extrañada. Al parecer se dio cuenta de que algo andaba mal.
―¿Qué pasa? ―preguntó mientras cambiaba de un brazo a otro a su hija, que ya había dejado de llorar y reía mirando a su padre con los ojos llorosos.
―Nada. Es solo… ¿Y mi papá? ―preguntó Salvador, cauteloso, pero atento a cualquier reacción que pudiera obtener por mencionar a su padre.
―Oh. Se fue hace rato ―dijo Sofía con naturalidad, tomando de nuevo por sorpresa a Salvado―. Dijo que tenía que ir temprano al trabajo.
―Ya veo. ―Salvador dejó su maleta a los pies de la cama y se dirigió al closet para cambiarse de ropa a algo más cómodo.
No entendía qué pasaba. Había esperado encontrarse a su esposa con un ataque de ansiedad, tal vez llorando por lo que su padre le había hecho, pero en lugar de eso, estaba hablando con tranquilidad, como si nada hubiera ocurrido.
―Entonces… ―empezó a decir Salvador. Tragó saliva mientras se quitaba el saco, estaba nervioso y no sabía cómo hacer la pregunta que quería―, anoche… ¿Có…cómo fueron las cosas?
Sofía no respondió. Salvador estaba de espaldas a ella, así que no sabía que gesto estaba haciendo. Iba a girarse para mirarla a los ojos, pero antes de que pudiera hacerlo, ella habló, con la misma voz animada.
―Bien. No pasó nada ―dijo―. Tu padre se portó como todo un caballero. Fue a dormir poco después de que te fuiste. No se acercó a mi habitación para nada. Tampoco fue necesario, Janita pasó de largo, no despertó en toda la noche.
―¿En serio? ―Salvador sentía que le temblaban las piernas.
―Sí, parece que no hay nada de qué preocuparse. Los temores sobre tu padre eran una tontería.
FIN CAPITULO 6.
Amigos recuerden comentar, sus comentarios me motivan a seguir con el relato
0 comentarios - Sofía - Cap 6