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Capítulo Seis: Lo Que Nadie Nombra

Los sábados se volvieron una costumbre sin que nadie la fijara. Si el viernes alguno de los tres preguntaba "¿mañana?", ya estaba. Ya se sabía. Mateo compraba cerveza, Sofía cocinaba algo rápido, Lucas llegaba con el vino o con el postre, y la noche terminaba siempre igual: en la cama grande, los tres, con la luz baja y el ventilador de techo haciendo lo que podía contra el calor chaqueño.
Pero las cosas nunca se quedan quietas. Y a las dos semanas, empezaron a aparecer las pequeñas variaciones, los detalles nuevos, las cosas que ninguno planeaba y que igual pasaban.
La primera vez fue un martes, no un sábado. Lucas había pasado por la casa a devolver una llave que Mateo le había prestado. Sofía estaba sola, recién bañada, con una remera grande y nada más. Mateo llegaba en una hora. Lucas se quedó en la puerta, mirándola.
—¿Paso?
—Pasá.
Se sentaron en la cocina, tomaron algo frío, hablaron. Y en un momento, sin que ninguno lo dijera, se besaron. Ahí, en la cocina, con la puerta abierta y el ruido de la calle. Fue distinto a los sábados, porque no había público, no había Mateo mirando. Era solo ellos dos. Lucas la levantó, la sentó en la mesada, se le puso entre las piernas. Sofía le puso los brazos alrededor del cuello y lo besó con ganas. Cuando Mateo llegó, media hora después, los encontró así, en la cocina, y se rió desde la puerta.
—Ah, mirá. Yo llegué a la mitad de la película.
Sofía se rió, colorada. Lucas también.
—Perdón —dijo Lucas.
—¿Perdón de qué? Seguí. —Mateo se sirvió un vaso de agua y se sentó en una silla, como si fuera al cine.
Esa noche cogieron los tres en la cama. Pero la cocina quedó marcada. Y después vinieron otras cocinas, otras mesadas, otros sillones. Una vez, en el auto de Lucas, volviendo de una salida del grupo, cuando Mateo bajó a comprar hielo y se quedó adentro un rato largo a propósito. Sofía y Lucas se besaron en el asiento de atrás, apretados, con la excusa de que hacía frío. Cuando Mateo volvió, se hizo el distraído.
—¿Todo bien acá?
—Todo bien —dijeron los dos, con la misma sonrisa.
Empezó a haber mensajes. Pero ya no por el celular de Mateo. Sofía le pasó su número a Lucas una noche, sin ceremonia, con un "che, para lo que sea". Y a partir de ahí, empezaron a hablar por separado. Cosas cortas, cotidianas. "¿Cómo andás?" "¿Viste el partido?" "Se me ocurrió algo para el sábado." "Contame." "No, mejor en persona."
Y después, cuando ya había confianza, empezaron los mensajes más íntimos. Fotos otra vez. Pero esta vez Sofía le mandaba fotos a Lucas directamente, sin intermediarios. Una desde el espejo del baño, con la toalla. Otra de las tetas, después de bañarse. Otra de la cola, en el sillón. Lucas respondía siempre con un "uff" o con un fueguito. Y cada tanto se animaba y mandaba algo él también. Una foto de la pija dura, después de entrenar. Una del pecho, en la cama. Sofía guardaba todas.
Mateo sabía, claro. No era celoso. Al contrario, se calentaba. Cada tanto Sofía le mostraba las fotos y él se reía.
—Se lo están cogiendo en el celular.
—¿Te molesta?
—Me encanta. Que se caliente solo, que se caliente pensando en vos. Y después, el sábado, se le paga.
Una noche, los tres ya acostados, en la cama, después de coger, empezaron a hablar. Cosas que no habían hablado antes. Lucas, con la cabeza en la almohada, mirando el techo, tiró la pregunta:
—¿Y si algún día quieren parar?
—¿Parar de qué? —preguntó Sofía.
—De esto. De los tres.
Mateo, del otro lado, se giró.
—¿Por qué lo decís?
—Porque un día puede pasar. Vos dos son una pareja. Yo soy el tercero. Y el tercero, algún día, se va.
Sofía se giró hacia él.
—¿Vos te querés ir?
—No. Pero se puede dar. Alguno se enamora de otra, alguna se va, alguno se cansa. Es normal.
—Es normal —dijo Mateo—. Pero por ahora estamos bien. Y si un día no estamos bien, lo hablamos. Como ahora.
—Como ahora —repitió Lucas.
Sofía, entre los dos, estiró los brazos y los abrazó a los dos a la vez.
—Yo no quiero que se vaya nadie —dijo.
—Y nadie se va —contestó Mateo.
—Nadie —confirmó Lucas.
Se quedaron abrazados así, en silencio. Después se durmieron. Y a la mañana, cuando Sofía se levantó a hacer café, escuchó a los dos hablando en la cama, en voz baja. Se quedó en la puerta, escuchando.
—¿Estás bien con todo esto? —le preguntaba Lucas a Mateo.
—Sí. ¿Y vos?
—Sí. Es raro, pero está bueno.
—Es raro —dijo Mateo—. Pero está bueno. Y lo importante es que Sofi esté bien.
—Sí. Eso es lo importante.
Sofía, desde la puerta, sonrió y se fue a la cocina. No dijo que los había escuchado. Pero desde ese día, algo se acomodó adentro de ella. La sensación de que los tres estaban en la misma sintonía, sin celos, sin competencia, sin apuro. Solo ganas y cariño.

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