You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Capítulo Cinco: El Audio

Un sábado a la tarde, los tres quedaron en juntarse en lo de Mateo para ver un partido. Sofía se puso un vestido corto, holgado, de esos que con cualquier movimiento se levantan. Sin bombacha. Lo decidió a último momento, casi como una travesura. Mateo la miró y supo al instante.
—¿Sin nada abajo?
—Sin nada.
—Estás jugando fuerte.
—Vos me enseñaste.
Lucas llegó con cerveza y pizza. Se sentaron en el sillón grande. Sofía en el medio, otra vez, como la primera vez. Pero esta vez no había película de por medio, había un partido, y los tres estaban más relajados, más sueltos. Lucas se sentó a su lado sin disimular, con el brazo apoyado en el respaldo, casi rozándole los hombros. Cada tanto le pasaba el brazo por detrás cuando se estiraba por la cerveza.
En el entretiempo, Mateo se levantó a buscar hielo. Lucas aprovechó.
—¿Sabés que me tenés loco? —le dijo, en voz baja.
—Ya me lo dijiste.
—Sí, pero ahora es distinto. Ahora te vi cogiendo.
Sofía sintió que se le encendía la cara.
—¿Y eso qué cambia?
—Que ahora sé lo que hacés con la boca cuando te gusta algo. Y lo tengo grabado en la cabeza.
Mateo volvió con el hielo justo en ese momento. Los tres se rieron, como si los hubieran pillado. El partido siguió, pero nadie miraba la pantalla.
Cuando Lucas se fue, ya de noche, Sofía se quedó en el sillón, pensativa. Mateo la miró desde la cocina.
—¿Qué te dijo?
—Que ahora sabe lo que hago con la boca cuando me gusta algo.
—Hijo de puta. Es un romántico.
Sofía se rió.
—¿Y ahora?
—Ahora, nada. Pero está bueno que él lo sienta. Y está bueno que vos lo sepas.
Esa noche, ya en la cama, Sofía agarró el celular de Mateo y le mandó un audio a Lucas. Lo pensó un segundo, apretó el botón y habló, con la voz todavía ronca de la calentura del día:
—Hola Lucas. Soy Sofía. Che, ¿y qué más sabés de mí? Digo, de lo que hacés cuando te gusta algo. ¿Lo pensaste? ¿Lo imaginaste? Bueno... nada. Contestá cuando puedas.
Lo mandó y le devolvió el celular a Mateo, que la miraba con la boca abierta.
—¿Le mandaste un audio?
—Sí.
—¿Y qué le dijiste?
Sofía le repitió el mensaje. Mateo se rió, se tiró en la cama y la abrazó.
—Sos una hija de puta. Un audio. Con la voz así.
—¿Está bien?
—Está perfecto.
Del otro lado, Lucas tardó un rato en contestar. Pero cuando lo hizo, mandó un audio también. Mateo lo reprodujo en altavoz, con los dos acostados, escuchando la voz de su amigo llenar el cuarto:
—Hola Sofía. Sí, lo pensé. Lo pensé bastante. Y sí, lo imaginé. Te imaginé con la boca, sí. Y con esa forma que tenés de mirar cuando hacés algo que te gusta. Como cuando bailás. Como cuando te sacaste el top en el video. Mateo tiene suerte, pero yo... bueno, yo tengo la cabeza hecha un lío desde que me mandaste esa foto. Así que gracias, supongo.
Sofía se rió, se tapó la cara con las manos. Mateo la miró.
—¿Querés contestarle?
—Sí.
Agarró el celular, apretó grabar y habló de nuevo, esta vez con una voz más suave, más baja, casi susurrando:
—Bueno, Lucas. Entonces estamos los dos con la cabeza hecha un lío. ¿Vos te imaginás cosas mientras te... bueno, mientras te pajéas? ¿O te imaginás otras cosas? Contame. Y después te mando otro video. Uno distinto. Este lo grabamos pensando en vos.
Lo mandó. Mateo, al lado, se pasó la mano por la cara.
—Me estás matando —dijo.
—Vos empezaste.
—Sí, ya sé. Pero esto ya es otra cosa.
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
Del otro lado, Lucas tardó más esta vez. Se lo imaginaban sentado en la cama, con el celular en la mano, pensando qué decir. Cuando llegó el audio, lo pusieron. La voz de Lucas sonaba distinta también, más grave, más cerca del micrófono:
—Sí, me imagino cosas. Me imagino que te tengo cerca. Me imagino que me mirás con esa cara que ponés. Me imagino que me la chupás. Perdón si es mucho, pero me lo preguntaste vos. Y sí, me la estoy pajenado pensando en vos. Ahora mismo. Y me gustaría verte hacerlo de nuevo. Con esa voz que tenés. Contame vos también, Sofía. ¿Qué te imaginás de mí?
Silencio en la habitación. Mateo se dio vuelta y miró a Sofía.
—Contestale. Con la verdad.
Sofía agarró el celular. Esta vez se sentó en la cama, se llevó el celular a la boca, casi pegándolo a los labios. Apretó grabar.
—Lucas, me imaginé que me tocabas la cola cuando me daba vuelta en el video. Me imaginé que estabas ahí, en lugar de Mateo, en el momento en que me pongo encima y me muevo. Me imaginé que me agarrabas la cintura como él. Pero distinto. Con tus manos. Me imaginé que me hablabas al oído mientras me movía. Y me imaginé que después, cuando ya no podía más, me besabas. En la boca. Con lengua. Eso es lo que me imaginé. Y ahora te estoy mandando este audio con la bombacha mojada, así que algo me estás haciendo, Lucas.
Lo mandó. Mateo, al lado, tenía los ojos abiertos.
—La puta madre, Sofía. ¿Y ahora?
—Ahora esperamos.
—¿Y si te contesta?
—Y si me contesta, seguimos.
Del otro lado, Lucas tardó unos minutos. Se notaba que había pausado. Quizás había tenido que parar para no acabar. Cuando llegó el audio, esta vez lo reprodujeron con los dos abrazados, casi sin respirar:
—Bueno, Sofía. Ahora te contesto con la verdad. Yo también me imaginé cosas. Pero no te las voy a decir todas ahora. Te voy a decir una sola. Me imaginé que estabas acá, en mi cama, y que te dabas vuelta, como en el video, pero sin ropa. Y que te agarraba la cola con las dos manos. Y que vos te dejabas. Y después te dabas vuelta de nuevo, y me mirabas, y me decías "¿ahora qué?". Y ahí me imaginé que te cogía. Así, mirándonos. Con vos moviéndote como te movés. Con esa carita que ponés cuando te gusta. Y bueno. Ahora ya está. Me imaginé todo eso y ya me estoy por ir a dormir, pero con la cabeza en cualquier lado.
Mateo apagó el audio y se quedó mirando a Sofía.
—¿Y ahora?
—Ahora nada. Lo dejamos reposar. Pero mañana le mandamos otro video.
—¿Otro?
—Sí. Este lo vamos a grabar pensando en él. Y esta vez quiero que se note.
Esa noche no cogieron. Se quedaron abrazados, desnudos, con el celular entre los dos, escuchando los audios otra vez, como si fueran una película. Y cuando se durmieron, se durmieron pegados, con la sensación de que algo se había movido de lugar.
A la mañana siguiente, lo primero que hizo Sofía al despertar fue agarrar el celular. Lucas había mandado un último mensaje, de texto, ya de madrugada:
"Che. No sé si se durmieron. Pero si mañana quieren, los tres podemos juntarnos a ver el partido de nuevo. O cualquier cosa. Solo para estar un rato. Sin apuro."
Sofía se quedó mirando el mensaje un rato largo, con el celular apretado contra la almohada. Mateo, al lado, todavía dormido, con el brazo cruzado sobre la cintura de ella, respiraba despacio. Sofía lo miró, sonrió, y le contestó a Lucas con una sola frase:
"Sí. Podemos."
Mandó el mensaje y se quedó quieta, esperando. Lucas respondió enseguida, como si hubiera estado despierto:
"Bueno. Un sábado, como siempre. Avisame."
"Listo."
Y nada más. La charla quedó ahí, colgada en el aire, con esa liviandad que tienen las cosas que todavía no son nada pero ya empezaron a ser algo. Sofía dejó el celular en la mesa de luz y se dio vuelta hacia Mateo, que se despertó con el movimiento.
—¿Qué hora es? —preguntó él, con la voz pastosa.
—Nueve.
—¿Y Lucas?
—Nos invitó a juntarnos. El sábado.
Mateo abrió un ojo.
—¿El sábado? ¿Los tres?
—Sí.
Mateo se quedó pensando, todavía con la cara contra la almohada.
—¿Y vos qué dijiste?
—Que sí.
Mateo sonrió.
—Bien. Entonces el sábado, los tres.
Esa semana se les fue en preparativos silenciosos. Sofía eligió el vestido con más cuidado que nunca: un vestido negro, ajustado, que le marcaba todo. Mateo, por su parte, arregló el departamento como si fuera a recibir a alguien importante. Compró cerveza, puso música, ordenó. Los dos sabían que ese sábado no era uno más. Era el primer sábado en el que Lucas iba a estar ahí, en la casa, con la certeza de que los dos lo habían pensado y lo habían deseado.
Sofía se preparó temprano. Se depiló, se puso crema, se eligió la ropa interior pensando en lo que podría pasar. Se miró en el espejo largo, desnuda, y se preguntó, en voz baja:
—¿Y si pasa algo?
Mateo, desde la puerta del baño, la escuchó.
—Si pasa, pasa. Y si no pasa, también. No te presiones.
—Es que no sé si voy a poder. Me da vergüenza.
—Por eso mismo. La vergüenza te va a durar cinco minutos. Después se te va a ir y vas a estar bien.
Lucas llegó a las ocho, puntual, con una botella de vino en la mano y una sonrisa. Vestía un jean y una remera ajustada, de esas que le marcaban los brazos. Cuando Sofía lo vio entrar, sintió algo en el estómago. No era nerviosismo, era otra cosa. Era la certeza de que la noche iba a ir a algún lado.
Cenaron los tres, tranquilos, riéndose, contando anécdotas. Lucas evitó el tema del video al principio, como si lo dejara reposar. Pero cada tanto, sus ojos se cruzaban con los de Sofía y los dos sonreían. Mateo, entre los dos, hacía de anfitrión, servía el vino, contaba chistes. Era todo muy natural.
Después de cenar, se sentaron en el sillón. Sofía en el medio, otra vez. Mateo puso la tele, un partido de fondo, casi como excusa. Lucas, a su izquierda, se recostó un poco, con el brazo apoyado en el respaldo, y su mano quedó cerca del hombro de Sofía. Sofía, a su vez, se apoyó un poco en Mateo, a su derecha. Estaban los tres apretados, cálidos, cerca.
En un momento, Lucas, sin mirarla, le puso la mano sobre el hombro. Nada más. Un gesto mínimo. Pero Sofía sintió el calor de esa mano a través de la tela fina del vestido. Se quedó quieta, dejando que la mano siguiera ahí. Mateo, del otro lado, la miró de reojo y sonrió.
—¿Todo bien? —preguntó Lucas, en voz baja.
—Todo bien —contestó ella.
—¿Segura?
—Segura.
Lucas le apretó apenas el hombro y después la soltó. El partido siguió, pero ninguno de los tres miraba la pantalla. Había algo en el aire, algo que ninguno se animaba a romper. Hasta que Mateo, en un momento, se levantó a buscar más vino. Lucas y Sofía quedaron solos en el sillón.
—¿Te gusta esto? —preguntó Lucas, sin vueltas.
—¿El qué?
—Esto. Estar los tres así.
Sofía lo pensó un segundo.
—Sí. Me gusta. Me da... no sé, me da calor.
Lucas se rió.
—A mí también. Desde hace un tiempo.
—Ya sé.
—¿Te contó Mateo?
—No. Me di cuenta sola.
Lucas la miró.
—¿Y te gusta que me guste?
Sofía bajó los ojos, después los volvió a levantar.
—Sí. Me gusta.
Mateo volvió con la botella, sirvió vino para los tres y se sentó de nuevo, esta vez un poco más cerca. Sofía quedó entre los dos, apretada. Los tres se rieron de algo, no importaba qué. La noche siguió, y de a poco, sin que nadie lo dijera, los cuerpos se fueron acomodando. La mano de Lucas volvió al hombro de Sofía. La mano de Mateo se apoyó en su rodilla. Sofía, en el medio, sentía el calor de los dos y se dejaba estar.
En un momento, Mateo habló:
—Che, ¿y si vemos algo?
—¿El qué? —preguntó Lucas.
—El video. El que le mandamos. Para ver qué te pareció a vos, en vivo.
Lucas se rió.
—¿Lo venimos a ver ahora?
—¿Por qué no?
Sofía se rió también.
—Bueno. Pongámoslo.
Mateo buscó el video en el celular, lo mandó al televisor con el Chromecast y lo puso. Los tres quedaron mirando la pantalla. Era raro verse ahí, en grande, en el sillón, con Lucas al lado. Sofía sintió que se le encendía la cara. Lucas miraba la pantalla sin decir nada. Mateo, al lado, le apretó la rodilla.
En la pantalla, Sofía empezaba a sacarse la remera. Lucas, en el sillón, tragó saliva. Después venía la parte en que ella se daba vuelta y se veía la cola. Lucas, sin pensarlo, dijo en voz baja:
—Ahí. Ese momento.
—¿Qué momento? —preguntó Sofía.
—Cuando te das vuelta. Es lo mejor.
Sofía sintió un escalofrío. Mateo, al lado, la miró.
—¿Viste? Te lo dije.
El video siguió, y cuando llegó la parte en que Sofía se pone encima de Mateo y se mueve despacio, Lucas se quedó callado. Se notaba que estaba concentrado. Sofía, entre los dos, ya no miraba la pantalla. Miraba a Lucas. Y Lucas, en un momento, la miró a ella. Se sostuvieron la mirada un rato largo. Mateo, del otro lado, los miraba a los dos.
Cuando el video terminó, nadie dijo nada. Mateo apagó la tele con el control remoto. La habitación quedó en silencio, con la música de fondo apenas audible.
—Bueno —dijo Mateo, rompiendo el hielo—. Ahora ya está. Los dos saben lo que el otro piensa.
Lucas se rió.
—Sí. Los dos sabemos.
—¿Y?
—¿Y qué?
Mateo miró a Sofía, después a Lucas.
—Y ahora qué hacemos.
Sofía, en el medio, con las manos apoyadas en las rodillas, habló, sin mirar a ninguno de los dos:
—Podemos quedarnos así un rato. Sin apuro.
—Sin apuro —repitió Lucas.
Y se quedaron así, los tres, en el sillón, con la música de fondo y la luz baja. Nadie se movía. Nadie quería romper la magia. Hasta que Lucas, con toda la calma del mundo, deslizó la mano desde el hombro de Sofía hasta la nuca, y le acarició la parte de atrás del cuello, despacio, con los dedos.
Sofía cerró los ojos. Mateo, del otro lado, la miró y le puso la mano en la rodilla, apenas, sin apretar. Era un mensaje silencioso: "estoy acá, seguí".
Lucas siguió. Le acarició el cuello un rato largo, después le bajó la mano hasta el hombro, después al brazo. Le tomó la mano y se la apretó. Sofía se dejó. En un momento, él le levantó la cara con un dedo en el mentón y la miró.
—¿Te puedo besar? —preguntó.
Sofía miró a Mateo, buscando permiso. Mateo asintió con la cabeza, sin decir nada.
—Sí —dijo ella.
Y Lucas la besó. Despacio, primero, apenas un roce de labios. Después más profundo. Le puso la mano en la mejilla y la sostuvo ahí, mientras el beso se hacía más largo, más hondo. Sofía sintió el sabor de su boca, distinto al de Mateo, más intenso, con un dejo de vino. Se dejó llevar. Cuando se separaron, los dos estaban sin aire.
Mateo, al lado, se rió.
—¿Todo bien?
—Todo bien —dijo Sofía, con la voz temblorosa.
—¿Seguimos?
—Seguimos.
Lucas volvió a besarla, esta vez con más ganas. Le puso la mano en la cintura y la apretó contra él. Sofía se dejó, respondiendo con la lengua. Era raro, era nuevo, era exactamente lo que había fantaseado. Mateo, del otro lado, miraba. Y esa mirada, lejos de incomodarla, la excitaba más.
Lucas le bajó la mano hasta la cola. Se la apretó por encima del vestido.
—La puta madre —murmuró, con la boca pegada a su oído—. Es mejor de lo que me imaginaba.
Sofía se rió, nerviosa.
—¿Te imaginabas mucho?
—Bastante.
Mateo, en un momento, se acercó también. Le puso la mano en la cara y la hizo mirarlo. La besó, con la boca de Lucas todavía cerca. Los tres se enredaron. Sofía, entre los dos, sentía cuatro manos sobre ella, dos bocas, dos cuerpos. Era un caos hermoso.
Mateo, con calma, le bajó un bretel del vestido. Le besó el hombro, la clavícula. Lucas, del otro lado, le bajó el otro bretel. El vestido empezó a caer. Sofía se dejó. Ya no pensaba. Solo sentía.
Cuando el vestido quedó a la altura de la cintura, los dos hombres se detuvieron a mirarla. La lencería que había elegido era de encaje negro, con transparencias. El corpiño dejaba ver los pezones, duros, marcados. La bombacha era mínima, apenas un hilo.
—Guau —dijo Lucas, sin filtro.
Mateo se rió.
—Elegida para la ocasión.
—Para la ocasión —repitió Sofía, y se rió también, con la cara colorada.
Lucas le acarició el abdomen, despacio, subiendo hasta el borde del corpiño. No lo bajó. Esperó. Sofía, entonces, se sacó el corpiño ella misma. Los pechos quedaron al aire. Lucas la miró, después miró a Mateo, como pidiendo permiso otra vez.
—Dale —dijo Mateo.
Lucas le besó un pecho, después el otro. Le chupó los pezones, despacio, con la lengua. Sofía cerró los ojos y dejó escapar un gemido. Mateo, del otro lado, le acariciaba la espalda, la cintura, la bajaba hasta la cola por encima de la bombacha.
En un momento, Mateo se levantó y apagó la música. Después volvió y se sentó en el piso, apoyado contra el sillón, como la primera vez. Dejó a Sofía y Lucas solos en el sofá. Fue un movimiento claro: "ahora ustedes dos, yo miro".
Lucas entendió. Bajó a Sofía sobre el sillón, la recostó, y se puso encima, sin apoyar todo el peso. La besó de nuevo. Le bajó la bombacha. Sofía levantó las caderas para ayudarlo. La bombacha quedó tirada en el piso.
Lucas le pasó la mano por la concha, despacio, con dos dedos, apenas rozando. Sofía se arqueó.
—Está mojada —dijo Lucas, casi para sí mismo.
—Y sí —contestó ella, y se rió.
Mateo, desde el piso, miraba todo. Se pasó la mano por la boca.
Lucas se sacó la remera. El cuerpo le quedó al aire: marcado, atlético, con el pecho y los abdominales bien definidos. Sofía lo miró, lo recorrió con los ojos. Lucas, después, se bajó el jean y quedó en calzoncillos, con la pija marcada. Sofía estiró la mano y se la apretó por encima de la tela.
—Uff —dijo Lucas.
—Uff —repitió Sofía, y se rió.
Mateo, desde el piso, habló por primera vez en un rato.
—¿Todo bien ahí?
—Todo bien —dijo Lucas, sin darse vuelta.
—Seguí.
Lucas se sacó los calzoncillos. Sofía lo miró. La pija era distinta a la de Mateo: un poco más gruesa, un poco más corta. Estaba dura, parada, con la punta brillante. Sofía estiró la mano y lo agarró. Le hizo un par de movimientos. Lucas cerró los ojos.
—Pará que me voy a ir —dijo.
—¿Ya?
—No, pero casi.
Sofía se rió. Después, en un impulso, se sentó en el sillón, se puso de rodillas en el piso, y se llevó la pija de Lucas a la boca. Lucas gimió. Mateo, desde el otro lado, se pasó la mano por el pelo.
Sofía lo chupó despacio, primero, con la lengua, después más profundo. Lucas le puso la mano en la cabeza, sin apretar, acompañando el movimiento. Cada tanto, Sofía se sacaba la pija de la boca y miraba a Mateo. Y Mateo la miraba a ella, con una cara de calentura que Sofía no le había visto nunca.
—¿Te gusta? —le preguntó ella, con la pija de Lucas todavía cerca de la boca.
—Mucho —contestó Mateo, con la voz ronca.
—¿Y a vos? —le preguntó a Lucas.
—¿Qué te parece?
Sofía siguió chupando. Lucas, en un momento, la levantó, la sentó en el sillón, y se puso de rodillas él. Le abrió las piernas. Le besó la cara interna de los muslos, despacio, subiendo. Le pasó la lengua por la concha, primero un poco, después más. Sofía se agarró del respaldo del sillón y se arqueó.
Mateo, desde el piso, se sacó los pantalones y los calzoncillos. Se empezó a pajear, mirándolos. No intervenía. Solo miraba. Y eso era, para Sofía, la parte más excitante de todo.
Lucas le chupó la concha un rato largo. La hacía gemir, la hacía retorcerse. En un momento, metió dos dedos mientras seguía con la lengua. Sofía se agarró de su cabeza y se movió contra su boca.
—Lucas... —dijo.
—¿Sí?
—Estoy cerca.
Lucas no paró. Siguió, más rápido, más profundo, hasta que Sofía se vino con un gemido largo, apretándole la cabeza con los muslos. Lucas no se movió hasta que ella lo soltó.
Sofía quedó tirada en el sillón, sin aire, con el cuerpo brillante de transpiración. Lucas se levantó y se limpió la boca. Miró a Mateo.
—¿Seguimos? —preguntó.
Mateo se levantó del piso. Se acercó a Sofía y la besó. Después le habló al oído:
—¿Querés que te coja él?
—Sí.
—¿Y yo?
—Vos mirás. Y después, si querés, te toca a vos.
Mateo asintió. Le dio un beso en la frente y se volvió a sentar en el piso. Lucas se puso un preservativo, se acercó a Sofía, la levantó de las caderas y la puso en cuatro sobre el sillón, con la cola hacia arriba. Sofía se agarró del respaldo. Lucas se puso detrás, le apoyó la punta de la pija en la entrada, y esperó.
—¿Lista?
—Lista.
Y entró. Despacio, primero, hasta que se acomodó. Sofía sintió la pija de Lucas dentro de ella, distinta, más ancha. Se agarró fuerte del sillón. Lucas empezó a moverse, despacio, con las manos en las caderas de ella.
Mateo, desde el piso, miraba. Se pajenaba, despacio, siguiendo el ritmo.
—¿Todo bien? —le preguntó a Sofía.
—Sí... sí... —contestó ella, entrecortada.
Lucas empezó a ir más rápido. Le agarró la cola con las dos manos, se la apretó, se la abrió un poco. Sofía gimió. Lucas se inclinó sobre ella y le habló al oído:
—¿Ves que no era tan complicado?
—No... —dijo Sofía, riéndose entre gemidos.
—¿Y te gusta?
—Sí... mucho...
—¿Más que mirarme?
—Igual.
Lucas se rió y siguió. Le puso una mano en la espalda baja, en el tatuaje, y la apretó contra él. El ritmo se hizo más fuerte, más parejo. Sofía empezó a gemir más seguido, más agudo. Mateo, desde el piso, se levantó y se acercó. Se puso de rodillas al lado del sillón, a la altura de la cara de Sofía, y le levantó el mentón. La besó mientras Lucas la cogía.
Sofía se vino por segunda vez, con la boca de Mateo pegada a la suya, con la pija de Lucas dentro. Gritó contra la boca de Mateo, que le sostuvo la cabeza. Lucas siguió un poco más, después se vino él también, con un gruñido largo, apretándole las caderas.
Se quedaron los tres quietos, sin aire, en el sillón, en el piso, enredados. Lucas se sacó el preservativo, lo tiró, y se dejó caer al lado de Sofía. Mateo se sentó en el piso, apoyado contra el sillón, con la cabeza hacia atrás.
Nadie habló por un rato. Solo se escuchaba la respiración de los tres.
Después, Sofía rompió el silencio:
—Bueno.
—Bueno —dijo Lucas.
—Bueno —dijo Mateo, y se rió.
Se rieron los tres, sin poder evitarlo. Era una risa nerviosa, de liberación. Lucas le pasó un brazo por encima a Sofía y la abrazó. Mateo se levantó y se sentó en el otro extremo del sillón. Los tres quedaron ahí, apretados, desnudos, con la luz baja.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas, después de un rato.
—Ahora, dormir —dijo Mateo—. Los tres acá.
—¿Los tres?
—Los tres.
Se acomodaron como pudieron. El sillón era chico, así que Mateo trajo un colchón de la pieza y lo tiró en el piso de la living. Pusieron sábanas, almohadas. Se acostaron los tres, desnudos, en el colchón. Sofía en el medio, otra vez. Mateo de un lado, Lucas del otro. Cada uno con una mano sobre ella.
—¿Están bien? —preguntó Sofía, en voz baja.
—Sí —dijeron los dos, casi al mismo tiempo.
—Yo también.
Se quedaron así, callados, con las manos de los dos sobre su cuerpo. En un momento, Lucas le habló al oído:
—¿Te imaginabas que iba a ser así?
—No. Mejor.
—¿Mejor?
—Sí. Mucho mejor.
Lucas le dio un beso en el hombro. Mateo le dio un beso en la frente. Sofía cerró los ojos y se dejó estar. Los tres se durmieron así, apretados, en el colchón del living, con la luz de la calle entrando por la ventana y el calor chaqueño que no daba tregua ni de noche.
A la mañana siguiente, cuando Sofía abrió los ojos, Mateo ya estaba despierto, mirándola. Lucas todavía dormía, con el brazo sobre la cintura de ella.
—¿Todo bien? —preguntó Mateo, en voz baja.
—Todo bien.
—¿Te arrepentís?
—No. Para nada.
—¿Y ahora?
—Ahora desayunamos. Y después vemos.
—¿Vemos?
Sofía sonrió.
—Vemos. Sin apuro.
Mateo asintió. Se levantó a hacer café. Sofía se quedó un rato más, con Lucas dormido al lado. Lo miró, le acarició el brazo. Después se levantó, se puso una remera de Mateo, y se fue a la cocina.
Lucas se despertó solo, un rato después, con el olor a café. Se estiró, se puso los calzoncillos, y fue hasta la cocina. Mateo y Sofía estaban ahí, tomando café, riéndose de algo. Lucas se sentó con ellos.
—Buen día —dijo.
—Buen día —contestaron los dos, al mismo tiempo.
Y se rieron otra vez. Los tres.
Desayunaron, hablaron de pavadas, de la noche, de lo que había pasado. Sin solemnidad, sin análisis. Como si fuera lo más natural del mundo. Después Lucas se fue, con un abrazo para los dos, un beso en la mejilla para Sofía y un apretón de manos para Mateo.
—Nos vemos el sábado —dijo, antes de irse.
—Nos vemos —dijo Mateo.
Cuando se cerró la puerta, Sofía se quedó en el living, mirando el colchón desarmado. Mateo se acercó por atrás y la abrazó.
—¿Contento? —preguntó ella.
—Mucho. ¿Vos?
—Mucho.
—¿Y ahora qué sigue?
—No sé. Pero me gusta que no sepamos.
Mateo la apretó un poco más.
—A mí también.
Esa semana, la vida siguió normal. El grupo se juntó, como siempre, con el Chino y la Vale, que no sabían nada. Sofía y Mateo y Lucas se miraron entre ellos, cómplices, sin decir nada. Nadie sospechó. Nadie preguntó. Y ellos tres se guardaron el secreto, con esa satisfacción de tener algo que los demás no tenían.
El sábado siguiente, Lucas volvió a la casa. Y esta vez no hubo película, ni partido, ni excusa. Se sentaron en el sillón, los tres, y a los cinco minutos ya estaban enredados otra vez. La segunda vez fue distinta. Más relajada, más conocida. Ya sabían cómo se besaban, cómo se tocaban. Sofía ya sabía lo que Lucas hacía con la lengua, y Lucas ya sabía cómo reaccionaba el cuerpo de Sofía. Mateo ya sabía cuánto le gustaba mirar.
Esta vez, Mateo también participó. No solo miró. Se metió, tocó, besó. En un momento, los tres terminaron en la cama, en la pieza grande, con más espacio. Sofía estuvo con los dos, alternándose, primero uno, después el otro. Lucas la cogió de frente, mirándola a los ojos. Mateo la cogió por atrás, agarrándole las caderas. En un momento, los dos la tuvieron a la vez, uno en la concha y el otro en la boca. Sofía no podía más, no pensaba, solo sentía.
Cuando terminaron, se quedaron los tres en la cama, tirados, transpirados, riéndose.
—¿Y ahora? —preguntó Lucas.
—Ahora, otra vez —dijo Mateo.
—¿En serio?
—Cuando podamos, sí.
Sofía, en el medio, con la cabeza en la almohada, los miró a los dos.
—¿Sabés que sí? —dijo—. Cuando podamos.
Y se rieron. Los tres.
Y así, sin planificarlo, sin ponerle nombre, sin decidir nada, empezó a funcionar. Se veían los sábados, a veces un viernes. A veces solo Mateo y Lucas, cuando Sofía trabajaba, y volvían con anécdotas. A veces los tres, como al principio, en el sillón, mirando algo, hasta que se olvidaban de lo que miraban.
En el grupo de amigos, seguían siendo Mateo y Sofía, la pareja. Y Lucas, el amigo. Nadie sabía nada. Y eso, lejos de pesarle, les daba un aire de aventura. De tener algo propio.
Una noche, después de uno de esos sábados, Sofía le preguntó a Mateo, en la cama, con Lucas ya dormido al lado:
—¿Vamos a seguir con esto?
—¿Hasta cuándo?
—No sé. Hasta que queramos.
—Y sí. Mientras estemos bien los tres, sigamos.
—¿Y si alguno se enamora?
Mateo se rió.
—¿De quién?
—No sé. De alguien.
—Bueno, si pasa, vemos. Pero por ahora estamos bien.
—Sí. Estamos bien.
Sofía se acomodó entre los dos. Mateo le dio un beso en el hombro. Lucas, dormido, le apretó la cintura. Y así, los tres, en la cama chaqueña, con el ventilador girando y el calor pegajoso, se durmieron. Sin saber hasta dónde iba a llegar todo. Sin necesitar saberlo.
Porque en Resistencia, las cosas se cocinan despacio. Y ellos tres, recién empezaban.

0 comentarios - Capítulo Cinco: El Audio