El grupo de amigos, mientras tanto, seguía igual. El Chino, la Vale, las salidas, los asados. Nadie sospechaba nada. Hasta que un sábado, en un boliche del centro, la Vale, que era medio bruja, se les sentó al lado en un momento en que los tres estaban juntos.
—Che —dijo, con la mirada fija en ellos—. ¿Pasa algo entre ustedes tres?
—¿Cómo? —preguntó Mateo, fingiendo.
—Que si pasa algo. Los veo raros. Lucas mira a Sofi más que antes. Sofi se ríe distinto. Y vos, Mateo, te hacés el boludo pero estás todo el tiempo atento a los dos.
Sofía se puso colorada. Lucas se rió. Mateo levantó las manos.
—Nada. Lo de siempre.
—Mentira. Algo pasa.
—¿Y si pasa algo, qué? —preguntó Sofía.
—Ah, entonces pasa algo. —La Vale clavó los ojos en ella—. Contame.
—Después.
—¿Cuándo?
—Cuando estemos solas.
La Vale se fue, con una sonrisa cómplice, prometiendo que no iba a olvidarse. Y Sofía, cuando volvió a la mesa, se sentó entre Mateo y Lucas, y los tres se miraron. Sin decir nada. Con una sonrisa.
Esa noche, al volver a la casa, Mateo habló:
—Se va a saber.
—Y sí —dijo Lucas.
—¿Te molesta?
—No. ¿A vos?
—No. ¿Y a vos, Sofi?
Sofía lo pensó un segundo.
—No. Pero quiero que se sepa bien. No que anden diciendo cosas. Que sepan que nosotros estamos bien, que es algo nuestro, que no es un lío.
—Está bien —dijo Mateo—. Cuando se sepa, se sabe. Y si preguntan, contestamos.
—Contestamos —dijo Lucas.
Y así quedó. La Vale iba a preguntar, en algún momento. Y ellos iban a contestar. Con la misma calma con la que habían armado todo.
—Che —dijo, con la mirada fija en ellos—. ¿Pasa algo entre ustedes tres?
—¿Cómo? —preguntó Mateo, fingiendo.
—Que si pasa algo. Los veo raros. Lucas mira a Sofi más que antes. Sofi se ríe distinto. Y vos, Mateo, te hacés el boludo pero estás todo el tiempo atento a los dos.
Sofía se puso colorada. Lucas se rió. Mateo levantó las manos.
—Nada. Lo de siempre.
—Mentira. Algo pasa.
—¿Y si pasa algo, qué? —preguntó Sofía.
—Ah, entonces pasa algo. —La Vale clavó los ojos en ella—. Contame.
—Después.
—¿Cuándo?
—Cuando estemos solas.
La Vale se fue, con una sonrisa cómplice, prometiendo que no iba a olvidarse. Y Sofía, cuando volvió a la mesa, se sentó entre Mateo y Lucas, y los tres se miraron. Sin decir nada. Con una sonrisa.
Esa noche, al volver a la casa, Mateo habló:
—Se va a saber.
—Y sí —dijo Lucas.
—¿Te molesta?
—No. ¿A vos?
—No. ¿Y a vos, Sofi?
Sofía lo pensó un segundo.
—No. Pero quiero que se sepa bien. No que anden diciendo cosas. Que sepan que nosotros estamos bien, que es algo nuestro, que no es un lío.
—Está bien —dijo Mateo—. Cuando se sepa, se sabe. Y si preguntan, contestamos.
—Contestamos —dijo Lucas.
Y así quedó. La Vale iba a preguntar, en algún momento. Y ellos iban a contestar. Con la misma calma con la que habían armado todo.
0 comentarios - Capítulo Siete: El Secreto Que Deja de Serlo