
Martín abrió la puerta del baño y comenzó a desvestirse de forma cotidiana. Dejó la ropa dentro de un canasto que compartía con Florencia, entre toallas y alguna sábana. Se quedó en bóxer y se miró al espejo. Era un mueble amplio, estilo tocador con tres puertas, donde la imagen le llegaba hasta la cintura.
Tenía un cuerpo promedio: medía 1,83 m y su contextura era más bien delgada. Se notaba que había hecho ejercicio en otros tiempos —quedaban algunos músculos en los hombros y el pecho—, pero ahora estaba fuera de forma. Al verse, pensó cuánto había cambiado en los últimos años; se había dejado estar, y se preguntó si seguiría gustándole de la misma forma a Flor.
Florencia y Martín eran una pareja joven: ella tenía 27 y él 32. Era bajita —apenas 1,57 cm—, con pelo rubio y ojos azules muy claros. Tenía una pancita plana, levemente curvada hacia adelante, que rompía en unas caderas anchas y una cintura delgada y atlética por genética. Sus tetas eran naturales, grandes, con poca caída y bien armadas, perfectas para el tamaño de su cuerpo y para que las manoseen. Y si eso ya era mucho, sus piernas y su culo formaban un conjunto letal: un culito armado con una proporción perfecta que se tragaba cualquier bombacha u obligaba a la bikini a exhibirse al límite, uniéndose a unas piernas torneadas que parecían no tener fin. Florencia era una bomba, el tipo de chica por el que volteás sí o sí cuando estás esperando el semáforo en el auto: aunque tengas a tu mujer al lado, preferís ver ese culito caminar y jugarte la cagada a pedos después.
Los primeros años, cuando viajaban a la costa, Martín notaba cómo los hombres vivían mirándole el orto a Flor y no había nada que hacer: eran tantos, todo el tiempo, que o te acostumbrabas como ella o te vivías cagando a trompadas con todos. Martín aceptó que así sería, no había otra opción; incluso llegaron a bromear sobre esto. Ella, pícaramente, cuando notaba que un grupo de hombres la había comido con la mirada mientras tomaba sol junto a Martín, al pasar al lado soltaba un:
—¿Así, mi amor? ¿O me abro más? —dijo entre risas, mientras arqueaba la espalda exponiendo su culo de forma todavía más gráfica, haciendo que se vea muy claramente por dónde pasaba bien adentro la bikini.
Tras varios años saliendo con Flor, Martín se acostumbró a lidiar con esto y con las cargadas de sus amigos. Flor había demostrado con los años que, además de ser una mujer que estaba muy buena, era alguien en quien podía confiar; jamás había notado nada raro y ella siempre le demostró lealtad.
Decidió no darle más vueltas al asunto y arrojó su bóxer al canasto cuando vio algo que le llamó la atención. Los pensamientos frente al espejo no hicieron más que añadirle sorpresa a este hallazgo.
Dentro del canasto había una tanga. Era de Flor, eso estaba claro, pero ella no usaba tangas: esta era nueva y diferente. Normalmente usaba colaless anchas de microfibra, de esas prácticas y cómodas que no se marcan con los jeans; cero eróticas, cero pensadas para una noche de pasión. Florencia siempre se quejaba de que las tangas eran incómodas, que prefería sentir tela más fina que no apriete demasiado y se amolde al cuerpo. Pero esta prenda no respetaba ninguna de esas ideas. Era una tanga negra, muy pequeña, de encaje: casi un triángulo con elásticos que por detrás se juntaba en otro triángulo, esta vez liso. La parte que sostenía la conchita era pequeña y de tela elastizada. Al tocarla, Martín notó la humedad entre sus dedos y, de forma automática, se los llevó a la nariz: sin ninguna duda olía a su mujer. El golpe de su olor le estalló en los pulmones, mezclando su perfume con su propia humedad caliente. Esto le despertó el miembro lentamente. Inhaló, llenando los pulmones una última vez de ese olor tan rico, y se metió a la ducha.
A Martín le gustaba ducharse con agua caliente y poco a poco el vapor lo fue desanudando. Repasó en sus adentros las tareas que le quedaban en el día, aprovechó para cepillarse los dientes y tampoco tuvo problemas en mear allí mismo. Al cabo de unos minutos, el recuerdo de la tanga volvió a su cabeza. «Qué raro», pensó… «Debe ser que Flor ya no quiere llevar esas bombachas anchas y lisas, quizás quiere verse con ropa más sexy y ya. ¿Por qué me preocupa? Es que nunca le vi esa tanga, jamás la usó conmigo, aunque debe ser nueva… Pero Flor no es así, a ella le gusta hacerse la puta conmigo, sabe que me gusta este tipo de ropa, ¿y no vino a modelarme un poco? Qué sé yo, hay tantas posibilidades, es cualquiera pensar tanto». No fue hasta que comenzó a imaginar cómo le quedaría esa tanga a su novia que empezó a olvidar lo malo de aquellos pensamientos.
Tocan la puerta y, sin esperar respuesta, se abre y entra Flor.
—Martín, ¿cuánto te falta? Caro me dijo de salir a tomar algo con las chicas y me quiero dar una ducha rápida antes de ir —dijo en un tono apurado.
—Ya salgo, mi amor. ¿Qué tal estuvo la vete? —preguntó Martín con la pija en la mano, apoyándose en la pared mientras el agua caliente le caía en la espalda y, con la mano libre, empezaba a masturbarse lentamente.
Del otro lado de la cortina se escuchó cómo Flor abría el cierre del pantalón para bajárselo y sentarse en el inodoro a hacer pis.
—Bastante tranquilo, demasiado. Casi no tuvimos pacientes, no suele pasar. A la mañana le dimos el alta a dos perros: uno atropellado, pobrecito, que tenía una de las patas de adelante rota —Galil se llamaba, un ovejero negro, te hubiera encantado—, y el otro no tenía raza, venía con infección urinaria y estaba un poco jodido, así que le dimos el alta temprano. ¿Vos qué tal, gordo?
Martín estaba caliente. Nunca había dejado la práctica, pero ese día se sorprendió al darse cuenta de cuánto le calentaba la idea de su novia perfecta con la lencería que más olor a sexo emane. Era una idea que crecía al mismo tiempo que se tocaba sin que ella lo supiera. Sin darle importancia a la pregunta, le soltó:
—¿Y hoy qué tenías puesto?
—¿Puesto? ¿Querés saber qué me puse hoy? Jajaja, podés mirarme y sacarte la duda, ¿no?
—Le sacás la gracia, Flor. Contame, que me lo quiero imaginar.
—¿Estás caliente, Martín? —preguntó de forma juguetona.
—Capaz…un poco, pero es tu culpa, sabés.
—¿Y ahora qué hice yo? —dijo entre risas mientras tiraba de la cadena y se sacaba el resto de la ropa.
—Tenés una tanga nueva, muy chiquita. No sabía que ahora te gustaban así.
—¿Qué tanga, tonto?
—La nueva, esa de dos triángulos con elásticos. La dejaste en el canasto de la ropa sucia.
Hubo un pequeño momento de silencio en el que Flor pareció quedarse quieta.
—Ah, esa. Sí, la vi el otro día y me la pedí por internet. Es un conjunto en realidad: vino con un corpiño de encaje negro y un arnés. Te lo iba a mostrar, pero con el laburo se me pasó. Y cuando llegó me dio curiosidad si sería cómoda para el trabajo y dije «por qué no», así que me la puse y me fui así a la vete…shh, no le digas a mis pacientes perrunos.
—No son precisamente los perros lo que me preocupan
Flor apagó la luz del baño y abrió lentamente la cortina. Martín estaba muy caliente, su erección era cada vez más firme. Flor entró a la ducha y le dijo:
—Shh, no pasa nada, tampoco es que entran los clientes con sus perros y me bajan el pantalón para ver si tengo o no una tanga de trola, Martín —lo abrazó por detrás, apoyando su par de tetas calientes en su espalda baja.
Con la mano derecha fue bajando por su abdomen hasta manotearle la pija y continuar ella misma la tarea que su novio había comenzado. Lo conocía bien y sabía exactamente cómo le gustaba; él se lo había contado con detalles durante los años y ella había aprendido bien.
—Uy, Flor —dijo él, retorciéndo las piernas por la calentura, intentando aguantar—. Menos mal que tus clientes no te bajan los pantalones para que los atiendas —dijo entre dientes, casi pidiendo por favor.
—No sé…con el culo que tengo, si me bajaran los pantalones para eso, más de uno me traería el perro todos los días. Estaría llena…
—¿Llena de qué, Florencia?
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Historia basada en un testimonio real.
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