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Follando con los compañeros de piso

Los tres tenían veinticinco años y se conocían desde el instituto. Habían crecido juntos: mismos amigos, mismas fiestas, mismos veranos en la playa del pueblo. Cuando terminaron la carrera y ninguno quería volver a casa de sus padres, alquilaron un piso pequeño en el centro. Dos habitaciones y un salón que hacía las veces de comedor. Claudia se quedó con la más pequeña. Ellos se turnaban el sofá cama cuando había visitas.


La convivencia era fácil y sin complicaciones. Cocinaban juntos, se repartían la limpieza, se prestaban dinero a fin de mes. Nunca había habido tensión sexual entre ellos. O al menos eso se repetían. Claudia los veía como hermanos. Ellos a ella igual. Hasta esa noche.


Laura, su mejor amiga desde los quince, había venido a cenar. Trajo una botella de vino barato y demasiadas ganas de coquetear. Se sentó demasiado cerca de Dani, le tocaba el brazo cada vez que se reía y le sostenía la mirada más tiempo del necesario. Álex lo notó. Claudia también. Dani se puso colorado y no apartó la mano cuando Laura se la rozó al ir a por más vino.


A las doce y media Laura se levantó, se puso la chaqueta y dijo que tenía que madrugar. En la puerta, delante de todos, le dio a Dani un beso en la comisura de los labios que duró un segundo de más. Después miró a Claudia, sonrió como si nada y se marchó.


La puerta se cerró.


El silencio que quedó fue denso, casi físico.


Dani se dejó caer en el sofá con las piernas abiertas. La polla se le marcaba claramente en el pantalón de chándal. Álex soltó una risa baja mientras recogía las copas.


—Estás que no te aguantas, tío.


—Cállate.


—En serio. Llevas media hora sin poder quedarte quieto. Te ha dejado tieso.


Dani se pasó una mano por la cara y soltó el aire.


—Joder… se ha ido y me ha dejado así. Desde que se sentó a mi lado solo pensaba en tirarme de cabeza.


Álex dejó las copas en la cocina y volvió al sofá. Se sentó en el otro extremo y lo miró un momento.


—¿Te acuerdas de cuando teníamos dieciséis?


Dani levantó la vista.


—¿De qué?


—De las pajas en grupo. En casa de Marcos. O en el local de ensayo. Cuando poníamos una peli porno de mierda y nos la terminábamos todos juntos, cada uno con la suya, sin mirarnos demasiado… aunque al final siempre mirábamos.


Dani soltó una risa corta, nerviosa.


—Joder, qué tiempos. Éramos unos obsesos.


—Y funcionaba —contestó Álex—. Nadie se sentía raro. Era solo descargar y ya.


Hubo un silencio. La nevera zumbaba al fondo. Claudia, en su habitación, tenía la puerta entreabierta y lo oía todo. Estaba tumbada de lado, el camisón subido hasta la cintura, una mano quieta entre los muslos. No se tocaba todavía. Solo escuchaba.


Álex volvió a hablar, más bajo.


—Podemos hacer lo mismo ahora. Cada uno con la suya. Como cuando éramos críos. Sin mirarnos si no quieres. Y listo.


Dani se pasó la lengua por los labios. La polla se le movió dentro del chándal.


—O… —Álex se recostó en el respaldo— podemos apostar. El primero que se corra le roba un tanga a Claudia esta noche.


Claudia contuvo la respiración.


Dani lo miró como si hubiera perdido la cabeza.


—¿Estás tonto? Claudia es… Claudia.


—Tiene un cajón lleno. Seguro que ni se entera. El primero que se corra entra en su cuarto, coge uno y se lo queda. El otro se aguanta. Como una apuesta de adolescentes. ¿Qué más da?


Dani se rio, pero la risa le salió rara.


—Eres un cabrón.


—Di que sí y baja el chándal.


Se oyó el ruido de la tela y de las cremalleras. Claudia imaginó perfectamente la escena: los dos en el sofá, los pantalones bajados hasta los muslos, las pollas fuera, empezando a tocarse con la misma torpeza de cuando tenían dieciséis años. Al principio solo se escuchaba la respiración y el sonido húmedo de las manos subiendo y bajando. Después empezaron a hablar en voz baja, casi sin darse cuenta, exactamente igual que entonces.


—Más rápido, cabrón…


—Tú calla y concéntrate. Llevas ventaja.


—Porque tú siempre te distraías mirando la peli.


Claudia se mordió el labio. Su mano empezó a moverse despacio entre las piernas. Estaba empapada solo de escucharlos. El recuerdo de cómo eran de adolescentes se mezclaba con la imagen de los dos ahora, adultos, haciéndose una paja en el mismo sofá donde veían series juntas todas las semanas.


Pasaron varios minutos. Las respiraciones se hicieron más pesadas. Alguien soltó un gemido ahogado. Después otro.


De repente Dani soltó un grito bajo y ronco, el mismo que soltaba cuando se corrían en grupo de adolescentes:


—Joder… joder, me corro…fin del primer capitulo, parte 2 en la red social de mi autor original https://x.com/memestodoslos24/status/2110024431070490871

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