You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Sofía - Cap 4

Salvador estaba viviendo los momentos más intensos de su matrimonio.
Ya habían pasado unos cuantos días desde que su mujer volviera a prestarse a su fantasía, usando a su padre como medio para excitarlo. Había sido una noche maravillosa. El sexo que tuvieron fue tan increíble, que cada vez que lo recordaba se excitaba mucho otra vez.


Pero eso solo era la punta del iceberg, pues, contrario a lo que él imaginó en su momento, Sofía ahora no se comportaba como lo hizo tras su cumpleaños, cuando parecía que trataba de olvidar todo lo que habían hecho. A ojos de cualquier persona externa a la familia, seguramente pasaría desapercibido, pero Salvador no podía dejar de notar pequeños pero drásticos cambios en su mujer. Ahora se le veía más risueña y un tanto desinhibida. Incluso de vez en cuando llegaba a meter a su padre en cualquier conversación trivial, y Salvador quería creer que buscaba estimularlo al mencionarlo. Además, su preciosa esposa hacía cosas que antes parecían imposibles, como andar por la casa usando solo ropa interior; y no es que se exhibiera a sí misma tratando de provocarlo, sino que lo hacía naturalmente, cuando estaban solos y era muy tarde, o por las mañanas. En otros tiempos no habría salido nunca de la habitación sin vestirse a menos que fuera una emergencia, así que para Salvador verla mostrar su cuerpo de esa forma tan despreocupada era todo un espectáculo.


También había comenzado a mostrarse más coqueta. Desde la noche que fantasearon con su padre, no era raro que fuera ella quien iniciara el contacto cuando tenían intimidad. Antes Salvador necesitaba acercarse y poco menos convencerla para hacer el amor; ahora, ella lo abrazaba de pronto, lo besaba por sorpresa y lo invitaba a la cama cuando la pequeña Alejandrita se dormía.


Era una mujer diferente. Tal vez el cambio no era tan exagerado como a Salvador le gustaba imaginarse en sus fantasías más alocadas, pero eso no significaba que no lo valorara.
Así pasaron los días desde aquella sensual noche juntos, repitiendo los encuentros sexuales casi a diario, con ella demostrando un gusto inusitado por el sexo, y con él disfrutando lo que parecía un esbozo de una nueva vida llena de placer.
Sin embargo, Salvador todavía estaba lejos de imaginar lo mucho que cambiaría su vida en los próximos meses.
 
Un día, después del trabajo, Salvador llegó a su departamento y, al abrir la puerta, se encontró con una sorpresa.
—¿Papá? —dijo sorprendido al ver a su padre sentado en el sofá de la sala, cargando a su pequeña hijita.
—Hola, hijo —dijo el abuelo, poniéndose de pie para darle un medio abrazo fraternal con un brazo, ya que con el otro seguía cargando a la pequeña Janita.
Salvador acarició la mejilla de su pequeña, y cuando estaba a punto de preguntarle la razón de su visita, Sofía apareció por la puerta de la cocina, con una taza de café en cada mano.Estaba vestida con leggings de lycra grises, tacones negros y una blusa nueva que no se la habia visto, era negra de encaje, sin mangas bastante escotada. Salvador se emocionó nada más verla, y ella le dedicó una de sus radiantes sonrisas.


Sofía - Cap 4
—Ah. Hola, amor —dijo la hermosa mujer, al tiempo que, sin dejar las tazas en ningún lado, se acercó para darle un beso de bienvenida en los labios. Al hacerlo, sus portentosos senos se apretaron un instante contra el pecho de Salvador, excitándolo como siempre que sentía el contacto con esas dos sensuales tetas de madre.


Salvador vio como su padre, detrás de Sofía, aprovechaba para darle una repasada de arriba abajo al sinuoso cuerpo de su esposa. Fue muy fugaz; de haber habido otras personas seguramente no lo habrían notado, pero él sí que lo hizo, lo que le causó una excitación que le fue difícil controlar.
—Tu padre acaba de llegar —dijo Sofía. Dejó una taza de café en la mesa de centro y se sentó en el sofá. — Qué bueno que por fin pueden verse.
—¿Por fin? —Salvador tomó asiento y miró a su esposa extrañado.
—Sí. Tu padre vino el otro día a verte, y también la semana pasada, pero siempre tenía que irse antes de que tú llegaras —dijo Sofía, tomando por sorpresa a Salvador.
Él no sabía eso. Ella no le había dicho hasta ese momento que su padre había estado en la casa. La miró a los ojos y pensó que en su coqueto semblante se escondía algo más, algo que lo hizo estremecer.
Salvador había tenido mucho trabajo el último tiempo, así que estaba volviendo a casa en horarios irregulares, a veces muy tarde. Sin embargo, era muy extraño que su mujer no le hubiera comentado antes de las visitas de su padre.
—¿En serio? —preguntó, mirando a su papá —¿Por qué no me llamaste?
Su padre de pronto se mostró algo nervioso, rehuyendo por un instante la mirada de su hijo. Levantó los hombros antes de responder.
—Ya sabes que no me gustan las conversaciones por teléfono, prefiero hablar frente a frente —dijo algo huraño. Salvador sabía que era algo chapado a la antigua, pero eso no explicaba su repentina incomodidad.
—¿De qué querías hablar? —Salvador tomó a Janita de brazos de su padre cuando comenzó a llorar.
—De nada en particular. ¿Necesito una razón para venir a ver a mi hijo, a mi nieta… y a mi nuera?
—No, claro que no.
Su padre recuperó la compostura tras ese extraño lapsus de nerviosismo y adoptó su habitual gesto serio.
Justo antes de que pudieran decir otra cosa, el llanto de la bebé ganó más fuerza. Sofía se puso de pie para tomarla.
—Iré a dormirla —anunció con ternura—. Dejaremos a los hombres hablar de sus cosas por un rato. Ya vuelvo.

milf
Mientras la veía marchar, Salvador recordó lo que Sofía le había contado días atrás, sobre la vez que su padre llegó a casa a buscarlo y ella amamantó a la pequeña Janita delante de él… No pudo evitar el creciente morbo que lo invadió. Incluso pensó en detener a Sofía y decirle que le diera leche a la niña ahí, frente a ellos, y ver la reacción de su padre. Pero se mordió la lengua y se contuvo. Aun así, observó que su padre también prestaba atención a los movimientos de su esposa, aunque claro, lo hacía de forma disimulada, tratando de que él no se diera cuenta.


Cuando se quedaron solos, Pastor cambió de tema y comenzó a conversar de trivialidades, de cómo estaban las cosas en el país y de su trabajo. Salvador pensó que su viejo simplemente se había sentido solo esos últimos días, y por eso lo buscaba. Desde su cumpleaños no habían vuelto a verse, y antes de eso a duras penas hablaban.


Lo cierto es que Salvador no ponía demasiada atención a lo que su padre le contaba. Lo miraba fingiendo lo contrario, pero solo podía pensar en su esposa, la presencia de su papá en la casa lo hacía pensar en aquella mágica noche cuando Sofía lo montó motivada por el supuesto deseo que su progenitor sentía por ella.


—En serio —dijo su padre de pronto. Se notaba enojado —¡¿Quién se deshace de un Ferrari, por amor de Dios?! Viejo y maltratado sigue siendo una joya. Hay gente con demasiado dinero y muy poco criterio, hijo.
Pastor trabajaba en una desarmaduría y estaba hablando de un auto que habían llevado ese mismo día. Salvador lo miró sin saber exactamente qué decir. Su padre era aficionado a los autos caros, aunque nunca podría comprarse uno.
—De seguro el dueño consiguió otro mejor, ¿no? —dijo al fin Salvador. Llevaban un buen rato hablando y ya era algo tarde. Estaba cansado.
—¿Mejor que “tu” Ferrari? —preguntó su padre, mirándolo incrédulo—. ¿Qué coche puede ser mejor que una obra de arte así? No hay ninguno, ni siquiera otro Ferrari. —Luego miró al piso, dio un pequeño tragó a su cerveza y volvió a hablar—: Es como si tú te separaras de Sofía. No vas a encontrar una mujer mejor nunca en tu vida.
La frase tomó tan de sorpresa a Salvador, que durante unos instantes no supo ni qué decir. Miró a su padre, quien había agachado la mirada, seguramente avergonzado. Se veía nervioso otra vez.
—Jajaja. Supongo que tienes razón —dijo Salvador después de un momento, tratando de que todo quedara como una simple broma—. No hay nadie mejor que Sofía.
—¿Yo qué? —La voz de su esposa hizo que Salvador pegara un brinco. No se había percatado de que su esposa había vuelto, y a juzgar por la reacción de su padre, él tampoco.
Venía sola, el escote se le veía exuberante, cualquier hombre que se jactara de serlo no podría evitar mirarlo. Era una diosa, no había duda de eso, sus hermosas piernas eran una oda al fitness.
—¿Qué pasa? —preguntó su esposa con cara de inocencia, aunque Salvador imaginaba que ella sabía bien lo que provocaba al vestirse así—. ¿De qué estaban hablando?
—Nada importante —dijo Salvador, cuando por fin se recuperó. Sofía tomó asiento frente a ellos, con una pierna cruzada sobre la otra. La vista era maravillosa, y Salvador entendió que su mujer lo hacía a propósito—. Mi padre me acaba de decir que tú eres como un Ferrari.

suegro y nuera
Notó que a su lado su padre se estremecía, sorprendido porque él hubiera decidido contarle eso a Sofía.


—¿En serio? —preguntó su mujer. Era evidente que no entendía mucho a qué se refería—. ¿En qué sentido?
—Dice que soy muy afortunado. Que tengo una mujer de lujo, y que nunca podría encontrar otra mujer mejor que tú.
Al igual que a él, eso tomó por sorpresa a Sofía, quien incluso se ruborizó un poco, causando una punzada de celos en Salvador, y también un poco de excitación.
—Vaya, eso es muy amable de su parte, suegro —dijo Sofía, sonriendo, alagada por el comentario.
Su padre no dijo nada, pero Salvador se dio cuenta de cómo clavaba los ojos en las piernas de Sofía. Era la mirada de un macho que deseaba a una hembra. Supo que su esposa también lo notó, pues comenzó a revolverse en el sofá, nerviosa. A pesar de los leves cambios que había en ella, todavía seguía siendo la misma mujer tímida que no disfrutaba siendo el centro de atención, y menos recibiendo esa clase de atención.
—Pero… ¿por qué me compararon con un Ferrari? —preguntó Sofía, tratando de calmarse de nuevo.
Salvador le comentó sobre lo que habían estado hablando, del coche que habían llevado a la desarmaduría, y que a su padre le parecía una locura. Ella escuchó atentamente y luego miró a Pastor y le preguntó con verdadero interés.
—¿Y qué van a hacer con el coche?
—Lo mismo de siempre —respondió su padre—. Le quitaremos las partes que estén en mejor estado, y lo demás a la prensa para hacer cubos de acero oxidado que se venden por kilo.
—Vaya —respondió Sofía —. Qué bueno que no soy un auto. Y que tengo un hombre que siempre estará dispuesto a cuidarme.
Pastor sonrió. Las palabras de Sofía fueron dichas con un tono de sensualidad que le provocaron una punzada de celos a Salvador, quizá porque no lo miraba a él cuando lo dijo. Su padre y su esposa siempre se habían llevado muy bien, y nunca hasta ahora había sentido esa extraña inquietud. Tal vez se debía al juego que él y Sofía mantuvieron aquella noche; ahora su cerebro sospechaba de forma inconsciente que podría haber algo más entre ellos que una buena relación, lo que activaba sus celos, y también su excitación.


No estaba seguro. Lo único que sabía con certeza era que su cuerpo se estremecía viendo a su padre comerse con los ojos a su esposa, y a esta sonriéndole como antes solo le sonreía a él.


Los tres siguieron platicando un buen rato, hasta que finalmente su padre anunció que era hora de irse. Les agradeció por la velada y luego se despidió. Dio un largo abrazo lleno de amor fraternal a Salvador, y otro a Sofía, aunque Salvador estaba seguro de que por la mente de su padre pasaban otros impulsos, más obscenos, al abrazarla. No lo culpaba, su esposa era preciosa, la fantasía de cualquier hombre.

cuckold
Salvador lo acompañó a la planta baja del edificio. Su viejo era un buen hombre. Se había hecho cargo de él cuando su madre los abandonó y a pesar de todos los problemas que tenía en su trabajo, siempre había tenido tiempo para él. Así que se enorgullecía de ahora poder de alguna forma devolverle la mano, aunque a veces fuera complicado.


Salvador subió de nuevo a su departamento, donde Sofía había apagado ya las luces de la sala. Notó que la única luz en el departamento era la que irradiaba la puerta entrejunta de la habitación. Sabía que en ese lugar estaba la mujer más hermosa y deseable del edificio, de la cuadra, de la ciudad… Una renovada Sofía que, estaba seguro, había disfrutado exponiendo su hermoso cuerpo ante su padre. ¿Le habría gustado escuchar que su padre la consideraba como un Ferrari, una mujer de la más alta gama?


Cuando entró en la habitación, se encontró con una vista espectacular. Su esposa estaba recostada boca abajo, apoyada en los codos, con su esbelto y sinuoso cuerpo estirado sobre la cama. Miraba su teléfono.


Sintió ganas de lanzarse sobre ella y hacerle el amor como un poseso…
—Tardaste mucho —dijo Sofía, sacándolo de su ensoñación—. Comenzaba a creer que te habías ido con tu padre a tomar una cerveza.
—Mañana tengo trabajo —respondió Salvador con naturalidad. Sabía que su esposa estaba bromeando. Luego adoptó un tono más insinuante—. Aunque quisiera, no podría irme de copas.
—¿Y para besar a tu esposa? ¿Para eso tienes tiempo? ¿O te tienes que levantar muy temprano? —Le encantaba la sonrisa traviesa que ahora se dibujaba en el rostro de Sofía cuando le coqueteaba. Era algo que antes no veía casi nunca.
—Siempre tengo tiempo para eso —dijo Salvador, subiendo a la cama lentamente. Abrazó a su esposa y la besó al tiempo que se giraba con ella en los brazos para que Sofía quedara encima de él.
Se besaron durante varios minutos, rozando sus labios y sus lenguas de manera sensual, como si en lugar de tener tantos años de casados fueran una pareja en su primera noche juntos.
—¿Notaste cómo tú padre me comía con los ojos? —preguntó de pronto Sofía—. Así es como me miró todos estos días que vino a buscarte…, incluso con más fuerza, como si quisiera decirme que me deseaba.


Salvador sintió como ese morbo insano comenzaba a surgir dentro de su pecho. Al principio, cuando descubrió su fetiche de cornudo, se había hecho un sinfín de preguntas, tratando de descubrir la razón detrás de todas las reacciones que su cuerpo tenía; sin embargo, a estas alturas ya comprendía que no había caso en preguntarse nada, solo tenía que aceptarlo… y disfrutar.
—¿Por qué no me dijiste que había estado viniendo? —preguntó, con verdadera curiosidad—. Podría haber tratado de llegar antes a casa.
Sofía desvió la mirada antes de responderle.
—Si te lo hubiera dicho, habrías venido a molestar nuestro tiempo a solas —dijo. Salvador abrió mucho los ojos, pero antes de que pudiera decir nada, Sofía no pudo contener una carcajada que le dejó claro a su esposo que estaba bromeando.
Sin embargo, a pesar de saber que no lo decía en serio, la mente de Salvador viajó al mundo de la fantasía, donde de pronto se dibujaron un montón de imágenes de su padre y Sofía a solas, haciendo cosas indecentes que se suponía su esposa solo tenía que hacer con él.
—Te lo estás imaginando. Lo sé —dijo Sofía con un gesto serio que generó algo de miedo en Salvador—. En serio tienes ese fetiche, ¿verdad? A pesar de todo, aún me cuesta creerlo, pero si eres capaz de imaginarme con tu padre, entonces…
—Lo siento —dijo Salvador, pues no se le ocurrió nada mejor que decir.
—Tranquilo, no tienes que disculparte —le dijo Sofía, dándole otro beso en los labios—. Admito que he comenzado a aceptar un poco como eres… y lo que hemos hecho hasta ahora ha sido divertido como fantasía, no puedo negarlo.
Salvador se sorprendió. No pensaba que llegaría a oír esas palabras salir de la boca de su esposa. Ella lo miró con ojos tiernos y la comisura de sus labios alzadas en una tímida sonrisa.
—Además…, gracias a todo esto me he dado cuenta de lo bella que soy —dijo.
—¿A qué te refieres?
—A que antes, cuando andaba por la calle, las miradas me molestaban, me hacían sentir incomoda —respondió Sofía —. Ahora, mientras la gente me ve, en especial los hombres, solo pienso en si tú te excitarías si te lo contara…, pienso en que tal vez podríamos hacer el amor como la otra noche, cuando hablamos sobre tu padre, o en tu cumpleaños, cuando fantaseaste con el señor Porfirio… y yo.


Salvador se estremeció al escucharla. Gracias al foro de cornudos que solía visitar, supo que estaba viviendo una de las etapas por las que todo hombre con ese fetiche tiene que pasar alguna vez: la aceptación de la esposa.


Una vez que la esposa pasaba de ignorar el fetiche de su esposo a pensar en él cuando se topaba con otros hombres, se podía decir que la relación estaba avanzando. Lo había leído muchas veces de hombres que contaban sus experiencias en el foro. De pronto, sus esposas comenzaban a hablarles sobre encuentros casuales con el sujeto de la tienda, o sobre como algún tipo por la calle las miraba con lujuria. Era aquí cuando las fantasías comenzaban a cobrar mayor vida, donde ella se hacía todavía más participe del juego. Y Salvador supo, al ver y escuchar a su esposa, que estaban llegando a ese punto.


—Sabes, creo que si yo realmente fuera un Ferrari… —dijo Sofía, mirándolo a los ojos de forma traviesa—, seguro que tú serías el dueño que le gusta dejar a sus amigos probar su coche.
Escucharla decir eso solo causó más excitación en Salvador. Esa forma indirecta de hablar de su fetiche era algo nuevo y emocionante.


Sofía se percató del entusiasmo que estaba sintiendo, pues su pene se puso duro y comenzó a rozarse contra el cuerpo de su esposa. Volvieron a besarse. Salvador recorrió con sus manos las perfectas curvas de su nueva mujer. Ahora le gustaba mucho más tocarla. Ya no sentía culpa, ya no sentía que estaba con alguien que no lo conocía. La idea de que Sofía se excitara junto con él y su fetiche desbordaba su morbo. Su piel era tan suave, y su cuerpo tenía una forma tan perfecta. Cualquiera se volvería loco al tener tamaña hembra en una cama. Pensó en lo mucho que se calentaría un hombre solo haciendo eso que él estaba haciendo, besando a Sofía, acariciándola con cariño y pasión contenida. Su excitación se disparó, y dejó escapar de pronto un montón de sus fantasías más obscenas. Se la imaginó haciendo eso con otro hombre. Su padre, sus amigos, el señor Porfirio… Todos y cada uno de ellos disfrutaron en su ensoñación del cuerpo de su esposa, y él solo podía excitarse más y más.


—Mmm… Parece que te estás emocionando de verdad —dijo Sofía, mordiéndose el labio en una media sonrisa—. ¿Estás pensando en algo travieso?
Salvador se puso algo nervioso. Estaba realmente excitado, pero temía confesarle a Sofía lo que se estaba imaginando. Pese a ello, necesitaba hacerle el amor a su esposa, y de alguna manera presentía que ella también necesitaba que se lo hiciera. La pregunta era si ella estaba así de encendida esa noche por sus caricias o por la visita de su padre.
—Apuesto a que estás imaginándome con otro hombre —dijo Sofía, sin atisbo de estar molesta. A Salvador le gustaba cada vez más esa faceta nueva y traviesa de Sofía. Era como un sueño hecho realidad verla actuar tan coqueta y traviesa.
—Sí —respondió Salvador, casi suspirando. Volvió a acariciar la espalda, las piernas y la cola de su esposa. De pronto, Sofía, sin dejar de mirarlo a los ojos, comenzó a bajar lentamente sobre su cuerpo, hasta que su rostro quedó frente a la entrepierna de Salvador, quien apenas y podía creer lo que estaba pasando.
—¿Vas a…? —preguntó Salvador, emocionado al pensar que su esposa podría estar dispuesta a regalarle una nueva mamada.
Sofía no respondió a la pregunta; en su lugar, solo lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Crees que tú padre realmente solo venía a buscarte estos días? —le preguntó de pronto con un gesto de curiosidad.
—¿A qué te refieres? —Salvador sintió que el corazón se le salía del pecho.
—Me refiero a que es extraño que haya venido tantos días seguidos, en lugar de solo llamarte —dijo Sofía.
—Es obvio que venía a verte a ti —soltó de pronto Salvador, mirándola a los ojos.
—¿Tú crees? —dijo Sofía. Por cómo lo dijo, era obvio que no le sorprendía lo que le había dicho. ¿Hablaría en serio o estaría jugando?—. Pero es tú padre…
—Es un hombre —dijo Salvador, tratando de sonar tranquilo, aunque en realidad apenas y podía aguantar la excitación—. Te aseguro que cualquiera de nosotros haría muchas locuras por estar a solas contigo.


Sofía le sonrió con dulzura, agradeciendo el cumplido. Aunque luego adoptó un gesto más serio.
—¿De verdad crees que tú padre solo viniera para verme a mí? —dijo, todavía incrédula —¿No sería más simple si saliera con alguna mujer?
Salvador miró a su esposa a los ojos. La pregunta iba en serio, lo cual demostraba que Sofía no entendía del todo a los hombres. Acarició la mejilla de su mujer, fascinado por esa mezcla de belleza sensual e inocente ternura.
—Una mujer tan hermosa como tú puede causar estragos en la cordura de cualquiera, mi amor. Y como tú no conozco a nadie más. No se trata de que busque a cualquier chica. Te quería ver a ti 
—No lo sé —dijo Sofía, más incomoda—. Yo creo que tú padre solo quería visitarnos, ver a su hijo, a su nieta.
—¿Quieres que lo comprobemos? —le preguntó cuando una loca idea atravesó su cabeza.
—¿De qué hablas?
—Es que se me acaba de ocurrir algo que nos permitiría saber con certeza si mi padre te ve con ojos de deseo o no —dijo Salvador.
Sofía lo miraba sin comprender.
La idea que se le acababa de ocurrir a Salvador podía ser descabellada, pero era tan emocionante que simplemente no podía dejarla pasar sin más. Le explicó a su mujer lo que se le había ocurrido, y el rostro de Sofía fue cambiando conforme lo escuchaba. Enfado, sorpresa, y finalmente intriga, fue lo que se dibujó en sus gestos.
—¿Estás seguro? —preguntó su esposa, llena de dudas, cuando Salvador terminó de contarle su idea—. ¿Y si pasa… algo?
—Tranquila, no pasará nada —dijo él, aunque la verdad era que deseaba todo lo contrario.
—No... —Antes de que Sofía pudiera terminar la frase, la pequeña Alejandra comenzó a llorar a todo pulmón, y ella, una madre preocupada hasta la médula, tuvo que levantarse de la cama para atenderla.


La observó cargar a su bebé, sonreírle y amamantarla con cariño para que volviera a dormirse. Mientras la veía, Salvador solo pensaba en la suerte que había tenido de poder casarse con una mujer así, pues no solo era una hermosa mujer, sino que también era considerada, tierna, maravillosa…


Por un momento se maldijo a sí mismo por desear tanto compartir el tesoro que tenía por esposa. ¿Qué clase de hombre tendría esos deseos?. Aunque todavía parecía lejano que sus fantasías más obscenas pudieran cumplirse de verdad, poco a poco empezaba a tener más esperanzas de que fuera a ocurrir, y eso le causaba excitación.


Miró a su esposa durante varios minutos. Era hermosa, se daba cuenta de que merecía al mejor hombre en la cama, uno que pudiera complacerla, dejarla completamente satisfecha al hacerle el amor. Y algo le decía que él no era ese hombre. Su virilidad no era tan grande, y sabía que, en cuanto Sofía probara algo mejor, podría volverse adicta a ello. ¡Y diablos! eso, contrario a lo que provocaría en cualquier otro hombre, solo servía para excitarlo como un demente.


Al fin su mujer dejó a su hija dormida en la cuna. Sin embargo, cuando volvió a la cama ya no se notaba excitada como antes. Salvador entendió que se iba a quedar con las ganas de volver a recibir sexo oral de su parte. Ella lo miró. Había perdido el brillo travieso de sus ojos, pero no se veía molesta. Sofía se puso el pijama, le dio un tierno beso en los labios y se recostó en la cama, dándole la espalda, como siempre lo hacía cuando ya quería dormirse.


Entonces Salvador hizo lo mismo, se puso la pijama y regresó a la cama. Apagó la luz y se acomodó mirando al techo.
—Está bien —dijo de pronto Sofía.
—¿Qué cosa? —preguntó Salvador, sin comprender.
—Puedes decirle a tu padre eso que se te ocurrió —respondió ella, sin darse la vuelta. Le hablaba de espaldas en la penumbra de la habitación.
—¿Estás segura? —preguntó Salvador, emocionado. ¿Estaba soñando? Apenas y podía creer lo que escuchaba.
—Sí —dijo Sofía con seguridad—. Yo también quiero saber si tu padre me ve… como tú dices.
—¿Y si él…? —empezó a preguntar Salvador.
—No lo sé —lo interrumpió Sofía—. Supongo que, si todo lo que dices resulta ser cierto, tendré que tener más cuidado con la forma en que me visto y me comporto con tu padre.
Salvador se sintió algo decepcionado al escucharla. Esa no era la respuesta que quería.
—Está bien —dijo Salvador—. Mañana lo llamaré.
Sofía no volvió a decir nada. Se quedó inmóvil, de espaldas hacia él, tal vez dormida, tal vez pensando en lo que iban a pasar. A Salvador le costó bastante conciliar el sueño. Su mente se llenó de fantasías lujuriosas de su esposa y su padre. En ese momento no le importaba si estaba mal. Se sentía bien pensar en ello; lo excitaba de una manera muy sabrosa, y no quería renunciar a esa sensación tan placentera.
 
A la mañana Salvador se fue a trabajar temprano, como todos los días. Fue un día complejo en la oficina. Distraído por todo lo que sucedía en su casa, no podía atender sus responsabilidades como siempre.


Cuando terminó, ya muy tarde, sacó su móvil y marcó el número de su padre. Según decía su viejo, no le gustaba hablar por teléfono, pero una vez que lo escuchara, estaba seguro de que sería incapaz de colgarle.


—¿Hola? —preguntó su padre con voz ronca. Se oía molesto, tal vez estresado por algo.
—Papá, ¿cómo va todo? —lo saludó Salvador, tratando de disimular los nervios. Ahora que había llegado el momento, sintió ciertas dudas y remordimientos; sin embargo, el morbo fue más fuerte y se mantuvo firme.
—Todo bien. Dime —dijo su padre. Parecía distraído. De seguro seguía en el trabajo.
—Perdón por llamarte así, pero necesito pedirte un favor —dijo Salvador. Había pasado toda la mañana pensando en cómo pedírselo.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Pastor, esta vez más atento.
—No, no me pasa nada, todo está bien —dijo Salvador de la forma más despreocupada que pudo. — Es solo que tengo un pequeño problema y quería pedirte que me ayudaras.
—Claro, ¿de qué se trata?
—Pues verás, el próximo fin de semana tengo que salir de la ciudad por unos negocios del trabajo —mintió Salvador—. Sofía se quedará sola con Janita. —Salvador esperó un instante. Su padre se mantuvo en silencio. Lo imaginó expectante al otro lado de la línea—. Bueno, no sería la primera vez que se quedan solas, pero el problema radica en que ella está tomando unas pastillas que le generan un sueño muy… pesado.
—¿Está enferma? —pregunto su padre, preocupado.
—No, para nada. Son solo para esa alergia que le da por estas fechas. —Salvador tenía planeada toda la historia—. El caso es que esas píldoras la hacen dormir como un tronco toda la noche —dijo algo nervioso, pues por ahí iba el meollo del asunto—. Y tú ya sabes que Janita, como cualquier bebé, tiene un sueño impredecible, suele despertarse con hambre o con el pañal pasado. Estos días yo me hecho cargo de sus necesidades, pues Sofía no despierta con nada. —Salvador volvió a hacer una pausa. Su padre ya debía de intuir por donde iba el favor que quería pedirle.
—Aha… —dijo su viejo, pero tuvo que aclarar su garganta para continuar— Y… ¿qué puedo hacer… para ayudar?
—Pues quería pedirte que el viernes en la noche te quedaras con ellas; atento para cuidar de Alejandrita en caso de que se despierte. No sería más que darle leche o cambiarle el pañal. —dijo Salvador.


Su padre no le respondió de inmediato y los nervios de Salvador solo aumentaron. Suponía que estaba poco menos que consternado por la petición, por el hecho de que podría pasar la noche a solas con Sofía. Sintió nauseas de morbo al tratar de imaginar lo que su padre debía de estar pensando en ese momento.
—Si te complica puedo llamar a alguien más —dijo Salvador ante el prolongado silencio de su padre.
—¡No! Claro que no —exclamó de inmediato Pastor—. Yo las cuidaré, no te preocupes. Pero ahora tengo que volver al trabajo, aún estoy aquí resolviendo algunas cosas.
—Perfecto. Gracias, papá. Te llamó luego —Salvador cortó la llamada y se guardó el teléfono. Cuando lo metió en el bolsillo del pantalón pudo sentir lo dura que tenía la verga, que palpitaba atrapada bajo su ropa interior. Suspiró para calmarse un poco. Sabía bien a qué se estaba arriesgando, y Sofía debía ser consciente de ello también. Pedirle a su padre que pasara una noche en la casa, solo con ella, podía terminar en cualquier cosa, pues, aunque Sofía lo dudara, Salvador era plenamente consciente de lo que ella podía provocar en los ánimos de cualquier hombre. Pero es que le resultaba tan emocionante solo pensar en lo que podría ocurrir.


La verdad es que él estaba seguro de que su padre se calentaba con su nuera, sobre todo ahora, que ella había, de alguna forma, liberado al mundo su increíble belleza. Sin lugar a duda, el día de su cumpleaños había marcado un antes y un después en cómo todos, y no solo él, veían a Sofía.


Salvador tenía la esperanza de que Sofía, al darse cuenta de lo que provocaba en su propio suegro, se diera cuenta y aceptara al fin lo hermosa y deseable que era. Tal vez así podría convencerla finalmente de que llevaran su relación un paso más allá; aunque tampoco albergaba muchas esperanzas al respecto. No obstante, por lo menos estaba seguro de que la experiencia le iba a servir a él para nutrir sus obscenas fantasías.


Por supuesto, no tenía que salir de la ciudad. Eso había sido una mentira, y junto con la también falsa medicación de su esposa, habían servido de cebo para captar el interés de su padre. En su mente, Salvador esperaba que algo ocurriera entre ellos, lo que fuera, algo que lo hiciera excitarse más y aumentar su fetiche de cornudo a nuevos niveles.


Se preguntó qué estaría dispuesto a hacer su padre viéndose solo en el departamento, a altas horas de la noche, todo en silencio, y con su hermosísima nuera drogada en una cama.
De camino a su edificio, pasó frente al gimnasio donde entrenaba Sofía, y se llevó una sorpresa cuando vio a dos hombres saliendo del lugar, pues los conocía perfectamente.
—¿Renato? ¿Leonardo? —preguntó cuando se cruzó con ellos. Sus amigos levantaron la vista y se giraron con evidente sorpresa; repentinamente nerviosos, según notó Salvador.
—Chava, ¿qué tal? —despabiló Renato primero, acercándose a él y saludándolo con un apretón de manos.
—No sabía que se habían apuntado al gimnasio —dijo Salvador, extrañado. Estaba sorprendido de verlos en el mismo lugar donde iba Sofía, pero se contuvo de decir nada.
—Pues claro, llevamos asistiendo solo una semana, pero está muy bien —dijo Renato, ya más alegre—. Ya siento el cuerpo más ligero. Me hacía falta ejercitarme.
—Además, hay buenas muchachas por aquí. Eso te da más energía para entrenar, jaja —terció Leonardo. Era el soltero, así que siempre salía con ese tipo de comentarios. Renato, por otro lado, en su condición de casado, era más reservado; al menos, así era cuando estaba sobrio, pues, cuando bebía, se dejaba llevar tanto como su amigo—. Hay una chica que nos trae enfermos, hermano.


Renato miró a Leonardo con ojos asesinos por un momento, gesto que no pasó desapercibido para Salvador. De pronto, ese morbo que traía prendido desde la conversación con su padre se avivo como una hoguera en la playa. «¿Están hablando de Sofía? ¿Se apuntaron al gimnasio solo para poder verla?»
No podía estar seguro. Quizá era su creciente morbo el que le hacía pensar esas cosas, pero ¿qué otra razón podía haber? Al pensar en eso, Salvador sintió una extraña mezcla de celos y emoción. No le gustó que Renato y Leonardo hicieran eso a sus espaldas, pero, al mismo tiempo, su imaginación volvió a llenarse de obscenas fantasías de su esposa siendo deseada por esos dos que se decían sus amigos.


—¿Por qué vienen a este? —preguntó, esforzándose en sonar despreocupado para no evidenciar sus sospechas.
Sus dos amigos se miraron el uno al otro antes de responder. Estaba claro que no se esperaban esa pregunta, y que les complicaba su respuesta.
—Queda cerca del trabajo —dijo Renato después de un instante, levantando los hombros—. Pensamos que era buena idea venir después de trabajar, para quitarnos el estrés.
—Ya veo —Era verdad. los dos trabajaban en la misma empresa no muy lejos de ahí. Sin embargo, estaba seguro de que estaban ahí para ver a Sofía. Aunque su esposa tenía un horario flexible, iba cuando le daban ganas, bien podía ser en la tarde o en la mañana, así que supuso que, para ellos, topársela ahí era más bien cuestión de suerte—. Creo que Sofía también viene a entrenar aquí —dijo tranquilamente, tratando de observar su reacción, ver si se delataban. Y así fue.


—¿En serio? —preguntó Renato, moviendo las manos, nervioso—. Pues no sabíamos.
Esta vez fue Leonardo quien miró raro a su compañero. Sin embargo, convino con él.
—No nos la hemos topado —dijo. Se notaba más tranquilo. Claro, él siempre había sido el más cara de raja.
—Bueno, pues tengo que ir a casa —dijo Salvador. Ya había comprobado que le mentían—. Mi esposa me espera —puntualizó, sabiendo que la envidia haría estragos en sus amigos. Si solo supieran lo que le gustaría poder compartirla con ellos.
—Claro, claro —dijo Renato—. Otro día nos vemos. Deberíamos salir a tomar algo pronto.
—Por supuesto —respondió Salvador. Luego les dio la mano a los dos y tomó rumbo a su casa—. Nos vemos.


Cuando por fin llegó al edificio. No se topó con el viejo Porfirio, y en su alterado estado, deseo no encontrar a Sofía en casa para poder imaginársela amamantando a Janita frente a los ojos perversos del viejo conserje. En el ascensor sacudió su cabeza, tratando de despejar todas esas ideas morbosas de su cabeza.


Entró a su departamento y encontró a Sofía sentada en el sofá, mirando una telenovela antigua en el televisor.
—Hola, amor —dijo Sofía en cuanto se dio cuenta de su presencia, apartándolo de esos pensamientos tan dañinos.
—Hola, preciosa —respondió Salvador, sacándole una deslumbrante sonrisa. Sabía que ese apelativo había empezado a tener otro efecto sobre ella—. ¿Y Janita?
—Está dormida. Mi mamá la trajo de arriba para abajo, así que se cansó mucho. Cayó como un tronco en el viaje de regreso. —. ¿Y qué tal tu día?
Salvador suspiró y se sacó la chaqueta del traje. Luego se aflojó la corbata y se dejó caer a su lado en el sofá.
—Agotador —dijo—. Los vendedores no dejan de meter la pata con el papeleo. Y el gerente quiere que lo revise todo.
—Bueno, ese es tu trabajo como jefe —dijo Sofía, pasándole un dedo por la mejilla con ternura.
—No soy el jefe —respondió Salvador—. Soy el segundo al mando.
—Algún día serás el primero —Sofía se acercó y le dio un tierno beso en los labios, y luego otro, y luego otro, cada uno más intenso que el anterior. A Salvador le encantaba esa nueva faceta amorosa que se había despertado en ella.


Cuando se separaron, Sofía se quedó mirándolo con una sonrisa traviesa. Se escuchaba la telenovela, pero ella solo tenía ojos para él. Al percatarse de su buen ánimo, Salvador supo que era el mejor momento para contarle sobre la conversación con su padre.
—Hablé con mi papá —dijo sin rodeos, pues de nada servía andarse por las ramas. Al escuchar eso, Sofía apartó la mirada, incomoda, pero no dijo nada—. Aceptó venir a pasar la noche aquí el fin de semana.
Sofía se reacomodó en el sofá y tardó unos cuantos segundos en decir algo.

cornudo
—¿Estás seguro de querer hacerlo? —preguntó finalmente. Se notaba nerviosa y era evidente que ella estaba llena de dudas—. Es decir…, ¿qué tal si pasa algo? ¿y si tu padre intenta...?
—No va a intentar nada —dijo Salvador—. Nunca te faltaría al respeto.
—¿Y si descubre que todo es mentira? Que tu no viajaste, que yo realmente no estoy tomando nada y que simplemente estoy dormida o simulando que estoy dormida.
—No lo va a descubrir a menos que se lo digas —respondió Salvador. La verdad es que él también estaba nervioso y no del todo convencido, pero las expectativas secretas que tenía eran demasiado morbosas para ignorarlas—. Tú misma dijiste ayer que querías averiguar si mi padre te veía como mujer o no.
—Ya lo sé, pero…
—¿Quieres que lo llame y lo cancele? —preguntó Salvador, decepcionado, pero con sinceridad. Si su esposa no quería hacerlo, no iba a obligarla.
Sofía otra vez guardó silencio, esta vez durante varios minutos. Salvador la observó expectante. Se notaba la lucha interna que se llevaba a cabo en ella; se mordía el labio, miraba la tv, el techo, y de nuevo a su marido, solo para llevarse una mano al rostro y volver a desviar la vista hacia cualquier otro lado, sin poder tomar una decisión. Salvador estaba consciente de que le pedía demasiado.
—No, no lo llames, lo vamos a hacer —dijo Sofía al fin—. Yo creo que… Quiero estar segura. —Sus nervios eran evidentes—. Si tu padre realmente me ve con otros ojos, tengo que saberlo. Así sabré cómo debo comportarme con él para evitar malentendidos.
—Está bien. Yo también creo que es lo mejor —dijo Salvador—. Alquilaré una habitación en un hotel cercano, solo en caso de que necesites que regrese de forma urgente. Me llamas y vendré volando.
El plan era descabellado, claro, y tenía un montón de fallas como esa. Estaría lejos. Si su padre intentaba algo con Sofía, él no podría ayudarla. Pero entre más pensaba, más se excitaba ante la idea de que Sofía estuviera ocultando algo, y que en realidad sí estuviera esperando a que su suegro intentara algo con ella.


—Claro, y mientras yo estoy aquí, seguro que tú te vas a masturbar imaginándote cosas que no suceden en realidad —dijo Sofía. Salvador la miró, pensando que estaba enojada, pero no era así; su rostro delataba un dejo de preocupación, pero era más bien de curiosidad—. Vas a hacerlo, ¿verdad?
—Es lo más probable —respondió Salvador. No hacía falta mentir, al menos en eso sí que había avanzado su relación.
Sofía lo miró con suspicacia, incrédula, como si él estuviera bromeando.
—Así que mientras tu esposa se arriesga sola e indefensa ante los supuestos deseos obscenos de tu padre, ¿tú estarás dándote placer imaginando lo que él podría estar haciéndome? —Sofía lo dijo en un tono pausado, pero firme, como las elucubraciones de un detective de teatro.
—Me declaro culpable —dijo Salvador, exagerando el tono de la misma forma. Los dos sonrieron ante la estupidez de su forma de hablar y volvieron a besarse.
De pronto a Salvador se le vino a la mente el encuentro con sus amigos fuera del gimnasio.
—Oye, ¿sabías que Leonardo y Renato están yendo al mismo gimnasio que tú? —le preguntó a Sofía, como si tratara de cambiar de tema.
—Sí —respondió ella con naturalidad—. Me los he topado un par de veces esta semana. El primer día me pidieron que les mostrara el lugar y les enseñara cómo funcionaba todo. Son unos lerdos, siempre andan preguntando todo.
—¿Por qué no me dijiste? —preguntó Salvador, algo enfadado al comprobar que efectivamente sus amigos le habían mentido.
—No me pareció importante —dijo Sofía—. Están haciendo ejercicio. Bien por ellos.
—¿Has hablado mucho con ellos últimamente?
—Bueno, compartimos gimnasio —dijo Sofía, como si no fuera gran cosa—. Y somos amigos, claro que hablamos cuando nos topamos. Nos juntamos y hacemos ejercicio juntos.
Salvador sintio una punzada de celos que recorrió toda su columna vertebral.
—De hecho, es curioso —dijo Sofía, dejando de ver la tele para voltearse a mirarlo.
—¿Qué cosa?
—Desde tu fiesta de cumpleaños, me los he topado un par de veces antes de que entraran al gimnasio. No sé por qué, pero se han vuelto bastante más amigables que antes —dijo Sofía, como si le extrañara no haber reparado en eso antes—. Incluso me preguntaron sobre el gimnasio. Creo que lo que les dije les sirvió para decidirse a entrar.


Otro ataque de celos casi lo volvió loco. Ya no le quedaba duda alguna de que esos dos querían pasar tiempo con su hermosa esposa.


Salvador miró a su esposa. Ella parecía no darse cuenta de nada de eso. Seguramente pensaba que todo era casualidad, o que realmente sus amigos solo querían ejercitarse. A veces podía ser muy ingenua, pero era por ese tipo de cosas que la amaba tanto.


Tomó a su mujer por la cintura y la atrajo hacia él para besarla con mucha pasión. Cada vez que pensaba en ella con otro hombre, más la adoraba y más ganas tenía de hacerle el amor. Se estaba volviendo adicto a su fantasía de cornudo, pero no le importaba con tal de seguir sintiendo ese intenso morbo.


—Te amo —dijo Salvador, cuando dejaron de besarse.
—Yo también te amo —respondió Sofía con ternura—. Haría cualquier cosa por ti.
Salvador se excitó en extremo al escuchar eso. Casi parecía una invitación, como si le estuviera diciendo que podía pedirle que se acostara con otro hombre y ella lo haría.
—Por ahora, solo quiero hacerte el amor —dijo Salvador, mientras comenzaba a desnudarse, viendo como Sofía hacía lo mismo.


Hicieron el amor con intensidad. Sofía se dejó llevar por la lujuria de Salvador y lo besó apasionadamente a la vez que le arañaba la espalda con fuerza y apretaba su vagina para sentirlo más patente en su interior. Salvador dio rienda suelta a toda la calentura que le habían provocado los sucesos de esa tarde, pensando en la noche del viernes y en todas las pajas que sus amigos se debían de correr en honor a Sofía, su dulce Sofía.


Cuando terminaron, ella quedó recostada en el sofá, jadeando. Mientras la veía, Salvador solo pudo pensar en el placer que esa mujer podría despertar en otros hombres. Es que era tan hermosa y sensual… Lo qué darían sus amigos, su padre, por verla así desnuda, entregada a complacer al macho que quisiera tomarla.


No soportó el morbo que lo invadió.
—Nuera —le dijo, acercándose a ella, aún empalmado, pese a haber eyaculado hace un minuto.
Sofía lo miró con los ojos vidriosos de placer y se humedeció los labios.
—¿Suegro? —dijo tímidamente.
Y Salvador la volvió a penetrar.
 
FIN CAPITULO 4.

1 comentarios - Sofía - Cap 4

Chepe7075
Ya quiero leer como se la coman el suegro y los amigos y se se puede varios vecinos